Lo sé lo sé, hace millones de años que no actualizo, pero si habéis leído mi perfil, allí lo explicaba. Cuando iba a actualizar, el fanfiction este me daba error, y días más tarde mi ordenador murió inesperadamente y con él mis historias. Gracias a dios todos los capítulos se los mando por email a una amiga, q si no... Bueno y ayer mismo me lo reenvió y aquí lo traigo.

Gracias a lady-gojyo por su comentario, espero q no te decepcione este capítulo, supongo que no es lo q te esperas pero igualmente creo q está bien, a mí personalmente ¡me encanta! El siguiente ya SÍ será el final, y tendrá contenido erótico.

Os recuerdo que esta gente se había quedado uno con el picaporte en la mano y el otro cerrándole el paso (hace tanto tiempo que a lo mejor no os acordáis).

Disfrutad y espero muchas reviews¡ah! el consejo de esta amiga es que no ponga el final hasta que no tenga 500 reviews, jeje, no voy a ser tan mala, pero os podríais estirar un poco, anda.


Se miraron con furia a los ojos. Saltaban chispas.

Sanzo no había retirado su mano del picaporte y lo asía con fuerza. Gojyo, por su parte, mantenía su cuerpo contra la puerta.

-¡Aparta!-gruñó Sanzo apartando la vista de esos rubíes encendidos y tirando con ímpetu del pomo.

Gojyo arrimó el pie también a la puerta para ejercer más presión e impedir la huída del rubio.

-¡Ni lo sueñes! Esta vez vamos a hablar, y vamos a dejar las cosas claras. No permitiré que huyas eternamente. ¿No ves que esto también va conmigo?-su cara reflejaba la rabia y la decepción de sentirse excluido.

Al ver aquella sinceridad en su gesto, Sanzo sintió un pinchazo en el pecho, pero recobrándose inmediatamente, volvió a su pose agresiva. No iba a dejar que aquella cara le venciese. Tal vez su decisión le haría daño, pero mucho mejor hacerlo ahora y dejar de sufrir más, que dejarse llevar por sus sentimientos y arruinar su vida y la de Gojyo para siempre.

Se armó de valor, miró fijamente a los ojos del otro, y montando una fachada que mostraba odio y rencor le gritó:

-No quiero saber nada de ti. ¡Déjame tranquilo de una vez! Lo único que me provocas son dolores de cabeza.

Después de aquella declaración se hizo el silencio. Un silencio sólo roto por la respiración agitada del monje, quien miraba expectante a su compañero. El rostro de Gojyo no reflejaba emoción alguna. Parecía que no había oído las palabras de Sanzo, hasta que de la nada surgió un puño que impactó contra la cara del rubio, lanzándolo al suelo.

Ahora la piel roja, la mirada fulgurante. Gojyo se lanzó encima de Sanzo y antes de que se diera cuenta, el joven monje estaba sujeto por las muñecas con un colérico pelirrojo a horcajadas sobre él.

Un hilillo de sangre manaba de su labio inferior para deslizarse suavemente por su mandíbula y acariciar su cuello.

-Pero… ¿QUÉ COÑO ESTÁS HACIENDO, IMBÉCIL?

Sanzo se agitaba bajo el peso del otro, se retorcía intentando liberarse y alzaba las piernas intentando alcanzar a Gojyo.

-Bueno, creo que ahora podemos hablar.-Gojyo se acomodó encima del otro. Estaba inclinado sobre el rubio, sujetando fuertemente sus muñecas. Sus caras quedaban una encima de la otra, y mechones de un color rojo brillante rozaban el rostro acalorado de Sanzo.

-No tengo nada que hablar contigo. ¡APARTA!

Sanzo arremetía con furia contra el suelo, sus pies descalzos lo golpeaban produciendo un débil sonido.

-Te vas a hacer daño.-le advirtió Gojyo.-Y yo no te voy a soltar, así que mejor para.

-¡QUE TE DEN, GILIPOLLAS!

Junto a su grito, alzó la rodilla hasta que al fin consiguió llegar a su objetivo.

-¡AY!

Gojyo, por el repentino golpe, se llevó su mano izquierda a la espalda, donde había recibido el rodillazo. Sanzo aprovechó su liberación y reaccionando rápidamente, le devolvió el puñetazo anterior.

Ahora las posiciones habían cambiado. Sanzo, encima de Gojyo, intentaba seguir pegándole y Gojyo, debajo, luchaba por detener aquellos puños que furiosos arremetían contra él.

Por fin Gojyo había ganado aquella batalla. Retenía los puños de Sanzo con sus manos, impidiendo que estos se acercasen de nuevo a su cara magullada.

-¿Sabes qué?-preguntó jovial a Sanzo.

Sanzo, con cara de pocos amigos, lo miró resentido.

-¿Qué?-contestó de mala gana.

Gojyo como respuesta sólo alzó un poco sus caderas, haciéndole notar a Sanzo el bulto de sus pantalones.

El rubio pegó un brinco e intentó zafarse de las manos del pelirrojo. Con tanta pelea sus cuerpos no habían dejado de rozarse y ahora se encontraban en aquella comprometida postura.

Con el desconcierto de Sanzo, Gojyo, con un rápido movimiento, volvió a invertir sus cuerpos.

-Es que prefiero encima.- soltó con una sonrisa.

-¡Serás hijo de…

No pudo acabar su frase porque una lengua pugnaba por introducirse en su boca.

Antes de que se diera cuenta, ambos estaban besándose con lujuria. Sanzo mantenía los ojos fuertemente cerrados, siendo consciente sólo de esos labios que lo atormentaban con aquellos tórridos besos. Poco a poco el arrebato del principio fue calmándose para dejar paso al amor. Las lenguas ahora se rozaban sensualmente, invitando al otro a una danza llena de sentimiento. Sus manos, antes peleando por superarse, ahora se entrelazaban amigables, apretándose con pasión. Gojyo movía insinuante su cadera contra la de Sanzo, haciendo doloroso el resistirse más, y entre pequeños gemidos reprimidos y respiraciones agitadas, una palabra rompió todo.

-Sanzo-aquel nombre dicho entre los gemidos hizo desmoronarse en un segundo el paraíso.

Sanzo abrió los ojos. La lengua cesó su actividad y sus manos se abrieron con estupor. "Pero…¿qué se supone que estoy haciendo?"

Apartó su cara de Gojyo, quien lo miraba con asombro.

-¿Qué te pasa?

-¿Qué crees que estás haciendo, imbécil?

Gojyo frunció el ceño. Empezaba a hartarse de los cambios de humor del rubio. Tan pronto era el hombre más apasionado, como se convertía en un ogro sin sentimientos dispuesto a matar al primero que se cruzase en su camino.

-Mira, maldito monje de los cojones. Estoy harto ti. ¡ESTO LO VAMOS A SOLUCIONAR YA!

Apretando más las muñecas de Sanzo contra el suelo. Gojyo se dispuso a dar su discurso.

-Te quiero, y no estoy dispuesto a dejar que lo estropees todo por una tontería. Sé que te gusto, me has besado y hemos disfrutado. No entiendo por qué no quieres que esto pase. Podemos estar juntos y el mundo va a seguir girando.- su tono cambió a uno más dulce y comprensivo.- Entiendo que tengas miedos e inseguridades, pero yo estaré contigo. Sé que piensas que así decepcionas a tu maestro, pero creo que se sentiría muy orgulloso si viese en qué clase de hombre te has convertido, y seguro que estaría muy feliz de ver que tú lo eres, no importa si con un hombre o con una mujer. Ahora sólo puede ir a mejor¿no crees?. ¿Por qué no lo intentas?

Sanzo se había quedado sin palabras. Lo que Gojyo había dicho era lo que lo atormentaba. El rechazo de su maestro, la decepción de ver que lo había ignorado.

Pensaba en su vida. Aunque hubiera mucha gente a su alrededor siempre había estado solo. Un monje de su altura no se relacionaba con nadie, no tenía amigos y menos alguien que lo amase. Su vida era solitaria. Pero ahora alguien pretendía cambiar eso. Alguien se había acercado a él, unos locos se habían convertido en sus amigos, y uno de ellos había transformado su pétreo corazón en un órgano bombeando sentimientos sin parar. Tal vez necesitase tiempo para pensarlo, o tal vez ya había pasado demasiado y si esperaba más, todo se marchitaría y lo perdería.

Miró los ojos de Gojyo y lo que reflejaban era sinceridad. Sí, Gojyo estaría a su lado pasase lo que pasase.

Gojyo se inclinó más sobre Sanzo, mientras soltaba sus muñecas y las liberaba de su agarre. Acariciaba suavemente su pelo conforme unas suaves palabras salían de su boca.

-Sólo eran unos besos. No tenemos que hacer nada. Comprendo que lo que pasó en el templo con esos…

-No pasó nada.-le cortó Sanzo.

Gojyo levantó la cabeza y miró a Sanzo.

-No hace falta que hablemos ahora de eso. Podemo…

-Te estoy diciendo que no pasó nada.-ante la mirada inquisidora de Gojyo, Sanzo siguió.- Es cierto que me encerraron en un cuarto y que querían…bueno, ya sabes. Pero cuando estaban a punto de hacerlo mi maestro llegó.

Gojyo escuchó con atención y al terminar Sanzo, sólo pudo sonreír.

-No sabes cuánto me alegro.-y cambiando su cara por una más pícara, añadió.- Así que no te causaría ningún trauma si lo hacemos¿verdad?

Sanzo alzó una ceja y miró al pelirrojo. Era guapo, de eso no cabía la menor duda; tenía un cuerpo de escándalo, no había más que verlo salir de la ducha; besaba como los ángeles, al notar sus labios un escalofrío recorría su espalda; sólo mirarlo producía en él una sensación de tranquilidad, se sentía seguro a su lado, a gusto entre sus brazos. No podía negarlo más, se había enamorado de aquel Don Juan, pero lo mejor de todo es que él también lo quería. Así que no le quedó más remedio que desviar su mirada para decir socarronamente.

-Por supuesto que no.