Sintió los dedos helados del miedo trepar por su espalda paralizándola, como si esa mano invisible de afiladas uñas, fueran arañando su piel hasta lograr que sus bellos se erizaran y toda la sangre le huyera del cuerpo. Ese miedo se coló en cada célula de su sistema hasta llegar a su nuca tironeando sus cabellos, esparciendo el frio pánico de su aliento, logrando que temblara como una hoja presa del viento.
Cubría la boca de Draco con su mano, evitando así que emitiera cualquier ruido que los delatara. Tan lentamente como pudo se bajo el faldón del vestido, con ojos suplicantes miro los ojos plata del rubio.
-¿¡Hermione!? –Escucho la voz de Damon cada vez más cerca, llamándola.
Los ojos de Draco brillaban de manera peligrosa, dispuesto a delatar su ubicación, para cobrar en algo la afrenta hecha.
-¡No te atrevas! –Susurro entre dientes, adivinando las intenciones del rubio. Se apretó contra su cuerpo, levantando el rostro para que la mirara a la cara. —Se que nada me debes y que merezco todo lo malo que pueda pasarme, pero si en verdad me quisiste en algún momento, si aún queda un poco de ese amor entre todo ese odio y repulsión que sientes por mí, ¡Te suplico que no lo hagas! –Su voz se quebró al final. – ¡Te matara!
Se encontró estremecido por la intensidad de sus palabras, parecía tan sincera, como si en verdad le preocupara, las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos amielados. Por un momento, por solo un instante creyó sus palabras, sin embargo, era tanta la rabia, tanto el dolor acumulado, que lo hizo ciego y sordo a sus suplicas.
Violento le retiro la mano, con los ojos llameantes por la indignación. Si en verdad te preocupara, si en verdad me hubieras querido al menos un poco, no te hubieras casado pensó para sí mismo, sin querer mendigar mas por un amor no correspondida. Todavía con el sabor de sus labios en los suyos, con el calor que emanaba de su cuerpo, con la certeza que nunca seria suya y sabiendo que sería otro quien la tomaría hasta el cansancio, cuando por un estúpido momento pensó que podría ser el hombre de su vida.
La sintió temblar entre sus brazos, con los ojos llenos de pánico y de lágrimas. -¡Lo siento! –Apenas la escucho decir en un susurro, con una voz tan queda y lastimera que si estuvieran en otro tiempo hubiera sido suficiente para hacer todo cuando ella le pidiera.
-Lo siento. –Repitió cuando las primeras lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas.
Draco pudo ver como sus labios temblaban y su rostro pálido se volvía cada vez más triste. Tuvo que aferrarse a su rabia y a sus desventuras para no ceder ante la desolada imagen de la castaña. Pero de la misma manera en que había palidecido y el miedo y el pánico se habían hecho presentes en sus ojos, de esa misma forma se disolvió para transformarse en algo muy distinto.
Hermione no necesitaba de palabras, todo cuanto necesitaba saber estaba en el brillo asesino de sus ojos grises. No cedería.
-¿¡Hermione!? –Ya no había tiempo Damon estaba al otro lado de la puerta. Mas tardaría en girar el pomo de la puerta, que en asesinar al amor de su vida.
*o**O**o*
La vio marcharse, siguió con la mirada su andar elegante, el movimiento del vestido blanco ondeando con cada uno de sus pasos; la piel expuesta de sus hombros y espalda estaba radiante a la luz de la luna que ya lucia en el firmamento. Notaba la tención en los músculos del cuello a pesar de la fluidez con la que se movía hacia la mansión y seguía departiendo sonrisas a su paso a los pocos invitados que aun quedaban.
Era valiente en efecto, pero también rebelde y orgullosa; aun a pesar de su situación le daba batalla, no se quedaba callada, y eso extrañamente le gustaba. Estaba acostumbrado a imponer su voluntad, a salirse con la suya, ya fuera por las buenas o por las malas, pero con ella era diferente, tan distinto que a veces le costaba seguirle el ritmo.
Tantos años de espera, conociéndola desde que andaba en pañales, no lo había preparado del todo, había esperado muchas cosas de ella, pero siempre y a pesar de conocerla tan bien, no dejaba de sorprenderlo.
Se encontraba fascinado y frustrado a partes iguales. Descubriendo tantas facetas en su personalidad que en ocasiones no sabía cómo lidiar con ella. Era todo un reto y pensar en ello le hacía sentir satisfecho, pero también confundido por lo que despertaba Hermione en el.
Suspiro, llevando la copa que sostenía entre sus dedos a los labios, dando un largo trago. Se daba cuenta de que no le estaba haciendo las cosas fáciles a su "esposa", lo sabía, pero no podía evitarlo, como tampoco podía ignorar que un sentimiento de culpa comenzara a hacer por primera vez malla en su carácter voluble y egoísta.
Cuando ya la había perdido por completo de vista, se decidió a levantarse de la mesa principal para alcanzarla, tratando de negarse a si mismo lo que comenzaba a ocurrirle. Por el momento solo deseaba disculparse aunque sabía que sus disculpas no le valdrían de mucho con ella, pero tenía que al menos hacerle saber que trataría de no amargarle más la existencia y en medida de lo posible hacer todo lo necesario para hacerla todo lo feliz que merecía.
Caminaba lentamente, sumido en sus recuerdos, en los vertiginosos momentos que lo habían llevado a ese preciso instante y ser ahora un hombre casado con una prodigiosa bruja.
Sonrió por sus pensamientos, por todos los hechos que se desencadenaron poco a poco desde que el tatarabuelo de Hermione había sellado con su sangre el destino de la primera descendiente mujer de los Granger. Todo lo había planeado fría y meticulosamente y ahora se daba cuenta que su plan podía tener un fallo que no había contemplado, tenía que ser muy cuidadoso para que esa nimiedad no cambiara nada.
Subió los escalones con lentitud y cuando termino de subirlas se puso alerta, algo le decía que algo estaba mal, podía sentir un extraño efluvio que no le resultaba del todo desconocido.
Paso de largo la puerta que conducía al baño, llamando por primera vez a su mujer en voz alta.
-¿Hermione?
Ninguna respuesta obtuvo, apretó con fuerzas sus puños conforme sus sospechas iban acrecentando.
Sin titubeos llego a la habitación de donde provenía el aromo de Hermione, ya temblaba de rabia sabiendo que no estaría sola y mucho mas enfurecido al saber con certeza quién era la persona que la acompañaba.
Aun así se obligo a girar lentamente el pomo de la puerta. No lo mataría rápidamente, se entretendría un poco –o quizás bastante-, al hacerlo.
Sus ojos no necesitaban de luz para ver con suma claridad dentro de la habitación en penumbras.
Una silueta conocida estaba asomada en el balcón. Escuchaba sus sollozos y podía detectar el aroma salado de sus lágrimas, mezclándose con el efluvio del maldito rubio platinado.
La tomo del brazo haciendo girar con violencia, tenía las mejillas empapadas y en el rostro pálido una mezcla de tristeza y sorpresa por su imprevista llegada.
-¿Dónde está? –Pregunto con el rostro crispado por la rabia, presionando con fuerza su brazo, mirando a todos lados, esperando encontrarlo a su lado o escondido entre las penumbras que devoraban la habitación.
La poca luz que entraba por la ventana iluminaba tímidamente, pero lo suficiente para observar rápidamente que no estuviera nadie a la vista, mientras atenazaba el brazo de la castaña.
Dio un gran respingo y sus ojos amielados se abrieron con sorpresa, tenía el rostro bañado de lágrimas y sus labios temblaban.
-¿Qué…? -Fue la única palabra que alcanzo a articular, por la brusquedad de Damon.
-¿Dónde está? –Repitió sin aflojar la presión en su brazo, con la mirada amenazante y predadora como de un animal al que le quieren robar la presa.
-¡Suéltame! –Dijo tirando de su brazo para intentar liberarlo. Limpiando con un pañuelo las lagrimas de su rostro, mientras se agitaba para que la soltara.
Orgullosa como era trato de recomponerse irguiéndose a pesar de lo patética que sabía que debía verse, limpiando a toda prisa cualquier huella que pudieran dejar el llanto en su cara con aquel pañuelo, que despues metiera con rapidez en el escote.
-No volveré a repetirlo. Más te vale que me digas ¡Donde demonios se esconde!
Sus ojos se habían tornado completamente negros y las venas alteradas sobresalían de su piel, mostrando su bestialidad, el lado más salvaje había salido a la superficie guiado por los celos. No era estúpido conocía demasiado bien el efluvio de aquel mago rubio que estaba fascinado con su mujer.
Hermione lucia genuinamente desconcertada, o al menos eso creyó Damon.
Sin soltarla aspiro buscando el origen de ese aroma. No le ayudo en mucho detectar el aroma de ese tal Malfoy en la piel de la castaña. Olisqueo su cuello pasando su nariz por su piel cálida.
-¡Apestas! –Le susurro al oído en tono amenazante y posesivo, crispando el rostro. -¡Hueles a el!
Un gruñido se escapo de lo profundo de la garganta del vampiro, que tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no hincarle el diente en su cetrino y largo cuello.
Aspiro el aromo de sus cabellos, regresando de nuevo por el camino de su cuello, bajando por su clavícula, enterrando después su nariz en el escote del vestido de novia, donde minutos antes había colocado discretamente el pañuelo con el que había limpiado sus lágrimas.
Liberando por fin su brazo, la tomo con un rápido movimiento por la cintura metiendo los largos dedos de una de sus manos entre sus pechos, para extraer el delicado pañuelo blanco.
Apenas lo saco, lo olio de nuevo, frunciendo la nariz con disgusto. Más aun cuando encontró bordado en una de las orillas dos iniciales.
"D.M." Se leía con prodigas letras de hilo de oro, estaba perfumado con la fragancia que usaba Malfoy.
-¿Qué haces con esto? –Pregunto aun con rabia, mientras le mostraba aquel pañuelo.
-¿Con el pañuelo? –Replico aturdida, para después de mostrarse completamente confundida, su rostro súbitamente se tenso, sus labios formaron una línea recta y su ceño se frunció con molestia. -¡Ya comprendo! –Se atrevió a exclamar altanera irguiendo el cuello para enfrentarse a sus ojos.
-¡No entiendes nada mujer! Si lo entendieras, a estas alturas estaría suplicando por qué no los matara, primero a el, para darme el regocijo de que me veas desgarrarle la garganta y después a ti por ladina y perdida ¡Por todos los demonios! ¿Dónde quedaron las promesas de fidelidad? –Exclamo con sarcasmo.
Hermione le cruzo el rostro con una bofetada que le dejo adolorida la palma de la mano.
-¡Estas celoso! –Sentencio, mientras una sonrisa altanera ocultaba sus verdaderas emociones.
-¡No digas estupideces! –Escupió con su orgullo herido. –Solo cuido mis pertenencias y tu eres una de ellas, ¡no te creas tanto!
Por alguna razón sus palabras la hirieron, se lo achaco que acababa de rebajarla al nivel de un objeto o un adorno cualquiera.
Damon pudo ver como lo que acababa de decir la había lastimado, se maldijo por ello. Quiso rectificar sus palabras pero ya era demasiado tarde y aun necesitaba explicar de dónde carajos había sacado ese pañuelo que apestaba al perfume de aquel hombre que empezaba a odiar con todas sus fuerzas.
-Lo tengo claro, se que para ti, no soy más que una de tus posesiones. –Dijo con los ojos brillantes por nuevas lágrimas. –Y ya que muestras tanto interés, te diré que baile con Malfoy, porque tú así lo quisiste cuando él lo solicito, es normal que algo de su aroma este en mi ¿No crees?. Y tengo su pañuelo por que el me lo dio.
-¿Por qué diantres te lo dio? -Dijo el vampiro sintiendo una nueva oleada de ira quemándole las entrañas.
-¡No lo entenderías! – Estaba perdiendo los nervios, la máscara que tan minuciosamente se había creado se estaba desquebrajando poco a poco y las lágrimas que tan afanosamente se había obligado a detener, fluían nuevamente libres por su rostro.
-¿Por qué? –Insistió pero esta vez su rabia se había apaciguado al verla quebrarse ante sus ojos.
-¿Qué crees que pueda significar? –Dijo agobiada, con sus hombros agitándose con la fuerza de su llanto.
-¡No tengo ni puta idea! ¡Solo dime! –La voz de Damon se torno suplicante, quería disolver esa duda que le estaba enloqueciendo, no podía soportar la sola idea de que estuviera con otro. Deseaba entender el por qué tenía el aroma impregnado en su piel y ese maldito pañuelo. La tomo del rostro casi con dulzura, con sus ojos de nuevo de ese intenso color azul aguamarina.
-¡Significa que estamos en paz! –La tristeza estaba presente en su voz, como si lejos de aliviarla la mortificara estar en paz con Malfoy.
-¿En paz?
-Significa que con el daño que le acabo de hacer, se compensan todos los años que me hizo llorar. Me lo dio mientras bailábamos, porque está seguro que sufriré a tu lado y que llorare por ello. –Sonrió con amargura con el rostro húmedo por el llanto -¡Si supiera cuánta razón tiene! -Exclamo afligida soltándose por fin de los brazos de Damon, que había cedido en su agarre, aturdido por lo que acababa de escuchar.
Le dio la espalda, temblorosa, ocultando el rostro para que nada la delatara. Ella nunca había sido buena mintiendo, pero a las desesperadas y con la presión de saber que si se equivocaba, que si no lograba convencerlo, Draco estaría pronto muerto.
-Me tiene sin cuidado si me crees o no. –Continúo hablando sin mirarle. –Pero siempre puedes superarte y hacer un poco más el ridículo, en tu papel de marido celosos, puedes comprobar que estoy sola. Eso si, busca bien en los armarios, debajo de la cama y tras las cortinas, puede ser que haya escondido ahí a mi amante. Y antes que me hagas la estúpida pregunta de "¿Por qué estás aquí sola?" –Intento imitar su voz altanera. –Te digo que necesitaba estar un momento a solas para tomar fuerzas y seguía actuando como la feliz recién casada ¡No te jode a lo que tengo que recurrir!
Recobrando el aplomo se atrevió a mirarle a la cara, Damon solo la observaba, sin moverse siquiera, tratando de despejar su mente para pensar con claridad.
-Los últimos invitados esta por irse, si prefieres puedes quedarte aquí, ya has hecho demasiado, a menso que te sientas con fuerza de despedir a tus amigos –No dijo nada mas, quería disculparse pero no sabía de qué manera hacerlo.
Se sentía un estúpido por haberse dejado llevar de esa manera por los celos. Ese tal Draco Malfoy no estaría tan loco para atreverse a intentar algo con Hermione, delante de sus narices, lo que si le molestaba y mucho, era que con ese estúpido pañuelo le había hecho pagar su pequeño juego de las bragas, anticipándose a él y eso lo tenía furioso.
Antes de dirigirse a donde los últimos rezagados de la fiesta se encontraban aun bebiendo y disfrutando de las ultimas canciones, se adentro a su despacho, necesitaba calmarse el también.
Se sirvió una copa de licor y bebió ávidamente de ella. Abrió uno de los cajones del escritorio sacando un encendedor de oro macizo. Saco entonces el maldito pañuelo del bolsillo de su saco y prendiéndolo quemo la punta del rectángulo blanco, y espero que el fuego lo consumiera y cuando quedaba solo un pequeño tozo aun encendido lo tiro en el cesto metálico de basura.
Con placer vio como las letras bordadas "D.M." se reducían a cenizas. Tomo otro largo trago antes de salir a los jardines a seguir con su papel de anfitrión.
*o**O**o*
Se mantuvo de pie, firme y decidida, aferrándose a la máscara digna del orgullo, tratando de que sus piernas no le fallaran y el corazón no le reventara. Con la mirada turbia por las lagrimas lo vio girar y encaminarse hacia la puerta, cerrando la puerta tras de el evitando mirarla nuevamente.
Agradecida, con el cuerpo tembloroso, se dejo caer de rodillas, amortiguando el golpe con las capas y capas de tela blanca y vaporosa del vestido.
La noche había caído lentamente, tan lentamente como el suplicio y la amargura iban dejando huella en el alma y el cuerpo de la castaña por la frustración y el cansancio. Hincada en el piso, lloraba, pero esta vez no solo de tristeza, sino también de alivio, un infinito alivio.
Había pensado en no llevar su varita a la boda, para no tener la tentación de usar magia en un arranque de desesperación, pero al final, cuando estaba completamente lista y a punto de abandonar aquel cuarto de hotel, tuvo que regresar sobre sus pasos para tomar la varita que había escondido muy bien entre la ropa en una de sus maletas que serian enviadas después a la mansión de los Salvadore.
La había ocultado bien, valiéndose de un hechizo sencillo que la adhirió a una de las varillas del corsé del vestido, la necesitaba cerca, no porque pensara usarla, pero tenerla con ella le hacía sentir al menos un poco más segura. Ahora daba gracias a Merlín y a todos los dioses conocidos por traerla consigo.
Con solo ver sus ojos grises supo que no se detendría a pensar en las consecuencias de sus actos, estaba tan rabioso y herido que su único fin era causar el mayor daño posible, sin saber que sería precisamente él, el más perjudicado.
-¡Lo siento! –Se había disculpado al tiempo que su mano llegaba a la altura de sus costillas para tomar la varita.
Dispuso de pocos segundos para trazar un plan que los librara a ambos de morir en manos de Damon. Vio el pañuelo blanco asomarse en el bolsillo de su saco y eso le dio una idea.
A penas tuvo el tiempo necesario para petrificar a Draco y hacerlo descender por el balcón con un hechizo levitador, fue todo lo que pudo hacer en los pocos segundos que le tomo al pelinegro abrir la puerta, hubiera querido disimular el aroma, sabiendo de antemano lo desarrollado que tenia los sentidos los vampiros, pero no pudo hacer mas, le tocaba jugar con las pocas cartas que tenia a la mano.
En su desesperación por tratar de salvarlo, no se dio cuenta que lloraba, hasta que las lagrimas nublaron por completo sus ojos, mientras intentaba calmar el latido de su corazón y ocultaba de nuevo su varita. En un puño tenía el pañuelo que había tomado del rubio.
Miro hacia el cielo, fijando sus ojos en la pálida luna que le recordaba tanto a su amor, estuvo tan absorta en ese ultimo pensamiento}, que cuando Damon corto la distancia que los separaba y la tomo con fuerza por el brazo haciéndola girar de golpe y chocar contra su cuerpo, la sorpresa fue tan genuina, que nadie hubiera negado que era autentica su expresión de pasmo y sorpresa.
Tambaleante, se levanto como pudo y corrió al baño para vomitar. Se mojo la cara, enjuagando también el sabor amargo de su boca. Mirándose al espejo intento calmarse, después de todo Draco aun corría peligro y necesitaba salvarlo de si mismo, pues el rubio no sabía que en esos momentos el mismo era su peor enemigo. No sabía que no solo se exponía a los celos de un marido ofendido, se exponía a una muerte segura en las garras de un vampiro que no se tentaría el corazón para matarle.
Tuvo que usar de nuevo su varita para arreglar el estropicio de su rostro y ocultar que había llorado.
Cuando bajo por las escaleras no había huella en su rostro que la delatara, de nuevo sus labios de rojo carmesí se curvaban en una sonrisa que no alcanzaba a llegar a sus ojos, pero que era suficientemente buena para que todo mundo creyera que era la feliz recién casada.
Salió al exterior ocultado su nerviosismo, buscando con la mirada a Harry. Para su decepción, encontró la mesa donde habían estado sus amigos vacía, pero se aferro a la idea de que su amigo no se iría sin despedirse antes y no se equivocaba.
Harry se negaba a irse, por un lado se encontraba la incógnita sobre la boda de su mejor amiga y por otro estaba aquella chica que le recordaba a alguien del pasado. No fumaba, pero hubiera deseado hacerlo para así mitigar las horas transcurridas aunadas con el hielo que se interponía entre él y la pelirroja después de la mínima discusión que habían tenido por el tema del "compromiso". No era que el pelinegro héroe del mundo mágico detestara atarse a alguien más para poder formar una familia, sin embargo, consideraba que las cosas iban demasiado a prisa conociendo a toda su familia.
Esperaba en la entrada, esa noche se quedarían en el hotel a cinco kilómetros a que se había instalado cerca de la mansión de los Lockwood como parte del ahora atractivo turístico que tenía el pueblo. Tendría que hablar con su amiga, no le cabía en la cabeza el hecho de una decisión tan abrupta como esa a pesar de conocerla casi toda una vida; se negaba a aceptar que Hermione Granger, al menos, la Hermione Granger que el conocía tomara una alternativa tan a la ligera sin antes consultarlo con sus mejores amigos.
Se había recargado cerca de uno de los pilares que sostenía el extenso recibidor observando que varios invitados desconocidos para él se retiraban, se frotaba las manos sintiendo el vapor saliendo de su boca a causa de la temperatura en descenso y junto con ella su paciencia. Ginny no le habló al salir de aquella mansión dirigiéndose junto a su hermano al hotel seguramente esperando a que las aguas se calmaran para poder hablar mas tranquilos.
Hermione sintió un inmenso alivio cuando miraba que Harry; su eterno amigo de toda la vida se encontraba esperándola. Recordaba que no había cruzado palabra con ellos durante toda la velada, y no era por el hecho de ser grosera o presuntuosa, no se sentía precisamente la reina de la noche, sino porque su mente estaba ocupada tratando de fingir e imponerse la idea de tener una lucha consigo misma con tal de salir algún día liberada. No hoy, no mañana, quizás ni el día posterior a ese, pero llegaría, estaba segura que podría librarse de las ataduras.
Caminaba algo apresurada, lo único que deseaba era terminar con aquella noche tan fastidiosa y sumergirse en un sueño tan profundo para evitar despertar al menos hasta el día siguiente. Harry aún la esperaba, y cuando por fin notaba su presencia se limitaba a sonreír, pues aquella lista de preguntas que tenía que hacerle, se borraba de su memoria para concentrarse en darle un abrazo, pues debía reconocer que en cuanto a felicitaciones y buenos deseos era un poco escueto.
-¡Te ves hermosa! –Admitió con evidente orgullo en la voz. –Me hubiera gustado ser el padrino de tu boda, pero no me diste tiempo para prepararme, ni para cualquier otra cosa—Comenzaba él dándole un abrazo a su amiga, mismo que ella recibió con mucha intensidad. Apretaba sus labios, su garganta ansiaba por sacar la verdad y que su amigo le ayudara a resolver el enigma de su libertad, pero no lo creyó conveniente por no ver expuesta su seguridad, estaban en terrenos peligros y no estaba dispuesta de seguir poniendo en riesgo a las personas que amaba.
-Todo fue tan repentino Harry—Se limitaba a decir, cuidando muy bien sus palabras por si Damon estaba cerca y pudiera escucharle. Tenía que alejarse un poco para pedir la ayuda de su amigo.
Caminaron juntos hacia a una de las bancas de madera donde podría apreciarse una magnifica vista del jardín principal engalanado con una fuente de cantera.
-Lo sé, fuiste muy clara en tu lechuza—Declaraba el pelinegro tomando la mano enguantada en seda de su amiga. -¿Cómo es que lo conociste Hermione?, pero sobre todo ¿Por qué nunca nos lo dijiste?
-Harry, escúchame –Tomo su mano con urgencia, mirando con sutileza a todos lados para comprobar que nadie pudiera escucharlos. –Ahora no puedo hablar demasiado, necesito tu ayuda con urgencia.
-¿Qué ocurre? –Apretó ligeramente su mano, tratando de calmarla, tenía las manos heladas y temblaba ligeramente. No había notado el estado en que se encontraba hasta que sintió su mano aferrarse a la suya como una tabla de salvación. -¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo el imbécil de tu marido? –Pregunto demandante.
-No, se trata de Malfoy.
-¿Qué hizo ahora ese imbécil? –Pregunto esperando lo peor, después de todo cuando había desaparecido, excusándose con ir al baño, pensó que había tenido ya suficiente y se había retirado. Ahora por la desesperación de su amiga, se daba cuenta que se equivoco.
-¡Escucha! –Le urgió. –No tengo demasiado tiempo. Se que quieres explicaciones y te prometo que te diré cuanto quieras, pero ahora necesito que me ayudes. ¿Puedes hacerlo?
-Sabes que cuentas conmigo, ni siquiera tienes que preguntar.
-Gracias. –Le dijo agradecida. –Draco esta inconsciente bajo el segundo balcón que está al lado derecho de la mansión, oculto entre los arbustos, necesito por favor que te lo lleves, puedes decir que se paso de copas, pero llévatelo.
-¿Qué ocurrió? –Pregunto con curiosidad el moreno.
-Es muy largo de contar. Pero supongo que todo se resume a que me acorralo en una habitación y Damon estuvo a punto de encontrarnos. –Hermione tenía el rostro encendido por la vergüenza. –Mañana te mandare un recado para podernos ver y te contare todo, pero ahora no puedo.
-¡Esta bien! –Acepto, con cierta reticencia. Le sorprendió que Draco fuera capaz de hacer una locura como esa. En verdad debía estar profundamente enamorado de Hermione para hacer algo como aquello. –Sabes que por ti aria lo que sea y por eso precisamente espero que cuando hablemos me expliques el porqué de todo esto. –Dijo señalando su alrededor, tratando de explicar todo el asunto de su boda.
-¡Gracias! –Exclamo con alivio besando la mejilla de su amigo. Regresemos a la Mansión, tratare de distraer a todos para que puedas ir por Malfoy.
-De acuerdo. –Acepto siguiente las órdenes de la castaña.
En pocos minutos Harry llevaba a un tambaleante rubio inconsciente, nadie pareció prestarles demasiada atención para alivio de Hermione.
Ya mañana se preocuparía por pensar que le diría a Harry y como podria contestar sus preguntas, sin que eso implicara que se desatara una nueva guerra, por ahora no quería pensar más en el asunto, estaba al límite de sus fuerza.
Estaba cansada, exhausta, harta de fingir todo el tiempo delante de todos el estar llevando la ilusión del matrimonio a grandes dimensiones, las horas se hacían eternas para solo tratarse de una simple celebración del que toda chica podría considerar una nada de tiempo. A pesar de no haber algun reloj cercano para cerciorarse de la hora, constantemente observaba a la luna para apreciar que los minutos podrían transcurrir tan pesadamente dependiendo la intensidad del sereno y su misma luz.
Uno a uno, los últimos invitados comenzaban a retirarse de la mansión Salvatore, algunos con la idea ferviente de criticar en sus respectivos hogares tanto la vestimenta y la belleza exquisita de la chica definiéndola como lo mejor que aquel hombre tan codiciado podía haber conseguido durante todo el tiempo que llevaban de conocerlo. Algunos le restaban importancia a la pareja y se dedicarían a tomar esa noche como pretexto para poder embriagarse y evitar trabajar al dia siguiente.
Hermione no había tenido oportunidad de hablar con sus amigos, ni siquiera de saludarlos como era debido, consideraba de suma importancia que no estuviesen teniendo el mar de suposiciones, conjeturas o dudas respecto a la decisión que había tomado en tan poco tiempo. Era muy fácil haberse acercado a ellos durante la fiesta, durante el baile, pues de haber sido alguna otra circunstancia los amigos de antaño estuvieran bailando, bebiendo juntos, riendo, compartiendo anécdotas; sin embargo para la castaña toda esa pantomima no era digna de celebración, sino de sufrimiento, de una condena a la que su tatarabuelo la habia confinado y prefería padecerla en soledad.
La razón por la que no se había acercado a su mesa para poder compartir su felicidad era por el hecho de ver unos ojos grises que la observaban con un mudo reclamo, y que sostenía siempre una copa de licor entre los dedos esperando seguramente la menor oportunidad para continuar con la larga lista de reclamos y amenazas de venganza. Se sentía asqueada, sucia, tan enlodada a pesar de estar tan pulcramente ataviada de blanco y perfumada con la mejor esencia de marca que su ahora esposo había adquirido para su joya.
Toda la noche había procurado mantenerse dueña de la situación, pero era tanto como mantener el equilibrio en una cuerda floja, que al menor movimiento la hacía tambalearse con el peligro inminente de caer. Y a pesar de sus sentimientos y el miedo aplastante que le hacía mantenerse firme, el episodio con Draco hacia sido la gota que colmo el vaso.
La castaña no deseaba cruzar palabra con Damon y tener que sostener una conversación trivial acerca de la ceremonia, tratando de ignorar la discusión que tuvieron hacia tan poco tiempo, consideraba inverosímil estar compartiendo opiniones sobre los amigos, la felicidad, la luna de miel, y cosas por el estilo que suelen hablar las parejas una vez de casados.
No deseaba ver a ese hombre, pues sabía que tendría mucho tiempo para eso y mientras tanto lucharía por no solo saber la forma de deshacer ese contrato absurdo, sino de cómo evitar ser débil.
No recordaba la última vez que se había sentido tan cansada emocionalmente, quizás cuando estuvieron en esa interminable búsqueda de los Horrocruxes. Pero a pesar de todo aun se mantenía en su pose de mujer feliz, despidiendo a los invitados con una sonrisa que le cobraría factura al dia siguiente, pues ya sentía cada musculo de su rostro engarrotado.
Observaba que su ahora esposo platicaba amenamente con la sheriff del pueblo y otras personas que se congregaron quizá a darle las felicitaciones por su nueva vida.
Por unos instantes, mientras giraba su cabeza estirando los tirantes músculos del cuello que estaban completamente tensos se detenía para apreciar al hombre con quien se había casado.
Damon aún continuaba platicando, sonriendo, como si todo aquello le causara un triunfo personal anotado a su lista, pero más que eso, Hermione ponía especial cuidado en la manera en que gesticulaba, la forma en la que sus labios se movían al compás de las palabras; por unos instantes, esas características que solo se aprecian cuando se observan detenidamente le robaban el aliento. ¿Cómo era posible que un hombre sumamente atractivo resultara tan despreciable?, esa era una de las preguntas que rondaban en su cabeza. Presionaba sus labios rojo sangre tratando de buscar el verdadero móvil de ese matrimonio, sin embargo, solo el tiempo podría dictaminar las cosas.
Regresaba a la tierra, su aliento regresaba a su lugar de origen y su ritmo cardiaco volvía a la normalidad mientras mantenía a raya sus confusas y volátiles hormonas.
Cuando acompañaron al último invitado a la puerta, un escalofrió recorrió la espalda de Hermione, cuando la mirada de Damon se poso sobre ella abrazadora y letal.
-¡Por fin solos! –susurro, acariciando las palabras con una sensualidad que logro erizar los bellos de su piel.
La castaña sintió por primera vez los nervios de toda mujer recién casada, cuando se ve a sola con el que debería ser hombre de su vida, aunque dadas las circunstancias no estaba segura si podría considerarse normal o no, lo que sentía; cualquiera que estuviese en su lugar no hubiera dudado un instante en tomar al atractivo pelinegro de la cintura para obligarlo a propiciarle su "felices por siempre". Damon sencillamente era el manjar más suculento que toda chica deseaba degustar de inicio a fin.
Pero todo era contradictorio en su interior, un hervidero de sentimientos confusos que la aturdían a tal punto que no lograba saber lo que era correcto y lo que no, por un lado se asqueaba de sí misma por desearlo con tanta intensidad, pero era humana y tenía que reconocer que también era débil y lo deseaba. Quizás ese deseo solo fuera el instinto mas primitivo del hombre, pero asi era, y la había sentir la peor mujer del mundo.
-Deberíamos entrar, comienza a hacer frio y no quiero que tu primera noche aquí la sientas como una navidad en las montañas—Rodaba los ojos dando otro trago a su bebida, usando su natural sarcasmo, la había visto estremecerse y pensó que se debía a que comenzaba a refrescar afuera.
Damon al contrario de Hermione comenzaba a sentir calor, su cuerpo pedía a gritos despojarse de esas ropas de etiqueta para ponerse más cómodo. Cabe mencionar que le gustaba vestir en jeans y chaqueta de cuero, simplemente era más fácil para el moverse de un lado a otro convirtiéndose en su vestimenta oficial.
Observaba que la castaña dudaba en entrar a su nueva casa, y tuvo una idea intrépida, la tomo desprevenida, cargándola entre sus brazos, para cruzar con ella el umbral de la puerta.
Sabía que estaba demasiado nerviosa y no quería contrariarla más, pero no se había resistido al impulso.
-Es una vieja tradición cargar a la novia para entrar al nuevo hogar. –Dijo como toda explicación mientras la bajaba, sin despegarse por completo de ella, hasta que se estabilizo.
-Gracias. –Fue lo único que atino a decir con timidez, confusa por el arrebato. Podría considerarlo un detalle bastante romántico si otro fuera el caso.
-Debes de estar demasiado cansada como para mostrarte toda la mansión, pero si te parece puedo mostrarte el piso de abajo o permanecer en la sala de estar, mientras terminan de acomodar las pertenencias que recogieron del hotel.
Hermione no contesto a su invitación en voz alta, solo se limito a seguir el camino que le indicaba con un ademan galante.
Sus tacones se hacían sonar en cada paso y la luz tenue de las lámparas iluminaba cada espacio para dar como resultado un sitio bastante acogedor y cálido. Por un momento la castaña se sintió tranquila de no seguir fingiendo mostrando una felicidad que no sentía, tenia adolorida la mandíbula por mantener la sonrisa toda la tarde.
El vampiro pelinegro caminaba lentamente tras de ella, paso a paso apreciaba el andar de Hermione Granger, sus curvas, sus formas tan exquisitas untadas en ese vestido de seda blanca, convirtiéndose asi no solo en la adquisición por la que había estado esperando. Ahora era su reina, ahora, la tenía a su lado y eso significaba dejarla fuera de varios peligros.
El instinto de la castaña inicialmente fue huir despavorida hacia su habitación, cualquiera que fuese, no importaba si se quedaba en el ático con tal de no tener que ver el rostro de ese vampiro, esa risa, la forma en la que se apuntaba un triunfo a su lista a costa de la extorsión. Pero no, esa no era Hermione Granger, no era la heroína del mundo mágico, esa sería una chica cobarde que se encerraría en si misma y en su tristeza evitando así que la razón la hiciera luchar.
Decidió esperar un poco más en la sala de estar, cansada tomo asiento en uno de los sillones; le estorbaba el peinado por lo que lo soltó para que callera en cascada sobre sus hombros y espalda; comenzaba a quitarse las joyas que llevaba puestas además de la peineta tan hermosa y exquisita la removía con sumo cuidado para no estropearla. Debía reconocer que una joya tan exquisita era digna de conservarse.
Levanto y cruzo la pierna para poder quitarse las zapatillas que ya la estaban matando, suspiro con alivio cuando se quedo descalza, trataba de concentrarse en otra cosa diferente que no fuera el confinamiento, observaba a su vez la chimenea que siempre permanecía encendida, miraba la forma en que las llamaradas consumían la leña seguramente producto de los espesos bosques de Mystic Falls. Comenzaba a relajarse un poco más, su ritmo cardiaco había regresado a su estado original y junto con eso la calma, aunque fuera momentánea.
Damon no dejaba de observarla, se paseaba con su copa de licor por la sala apreciando lo hermosa que se miraba Hermione Granger en el sillón tapizado de terciopelo borgoña; había observado a muchas mujeres en el pasado tomar asiento en el mismo sitio, los escotes, las faldas cortas, las bragas notorias en los pantalones a la cadera que muchas se vestían para incitarlo a tomar de ellas no solo unos cuantos besos. No se comparaban con el ángel perfecto que engalanaba ahora el mueble.
Dudaba en hablar, por fin estaban solos, nada ni nadie podría interrumpirlos, tan solo estaban los cuadros pintados al oleo que adornaban la casa junto con las lámparas de luz tenue y ese crujir de leña consumida por el fuego. Damon se recargó en la repisa de la chimenea no importando si llegaba a quemarse un poco a causa de las brazas. Cruzaba sus pies y arqueaba una ceja para mirarla de frente.
-¿Asi que te gustan las chimeneas?—Daba un trago a su bebida. – Creo que tengo una revista de Home Depot que Stefan olvido alguna vez con sus locos planes de remodelar la casa, ¿Puedes creerlo?, ¿Usar vitropiso en lugar de madera?, no estamos en la morgue—Esbozaba una sonrisa mientras que la castaña aun tenía su mirada fija en el fuego y la peineta con la que había estado jugueteando de manera distraída.
No deseaba mirarlo a los ojos, no quería, se negaba a aceptar su hermosura, su gallardía, y detestaba la sola idea de que todo aquello comenzara a atraerle sobremanera de nueva cuenta, se sentía demasiado vulnerable.
-Hablando de Stefan—Se atrevía a decir ella. –Tenía entendido que vivía en esta casa.
-Vivía—El se adelantaba para tomar asiento y adoptar una postura más relajada.
Comenzaba a desabotonarse la camisa para dejar ver claramente su piel caucásica contrastando a la perfección con la camisa. Hermione cometió el grave error de voltear por unos instantes para darse cuenta de lo atractivo que era su nuevo esposo en esas ropas tan elegantes. Miraba sus ojos, no comprendía la razón por la que esos ojos la atrapaban, la hacían cautiva, por ese motivo debía romper cuanto antes ese contrato, pero al menos por esa noche, estudiaría a su enemigo Damon Salvatore, para tentar el terreno sobre el que estaba pisando.
-Conociste a Elena ¿Cierto?, pues él y su noviecita están caminando juntos al jardín de "nunca jamás"—Esbozaba una sonrisa mientras que la castaña arqueaba un poco la ceja no comprendiendo la alusión
-El bosque de Fell's Church—Explicaba el vampiro. – Mi pequeño Stefy decidió que era tiempo de volar del nido y hacer su vida con ella, asi que solo lo veras por aquí los domingos o en las parrilladas, lo que me recuerda…—Se levantaba para servirse otro trago de licor proveniente de una charola repleta de botellas de todos los vinos que podrían existir en el universo.
¿Acaso ese hombre no paraba de beber? Se pregunto Hermione al verlo.
-Tenemos que ir a Super Mart a surtirnos de todo, necesito una parrilla nueva, la que teníamos resulto ser un horno crematorio.
-¿Un horno crematorio?, no comprendo. –Preguntaba la castaña colocando especial cuidado en esa anécdota.
-Borlita, el gato de que Elena le compro a Stefan se introdujo antes de su cumpleaños—Se serbia el licor regresando a su vez al sillón frente a la castaña.- Cuando decidió prenderlo no se había percatado que el gato estaba dentro…
La castaña se llevaba la mano a la boca, sin querer recordaba a Cronshanks, su antiguo gato compañero de Hogwarts, mismo que ahora cumplía casi un año de fallecido. Se imaginaba al pobre felino metido en el horno preparado para morir inesperadamente.
-¡Oh por Merlín!—
-No te preocupes—Damon se inclinaba un poco más para sonreír a la castaña, mientras que ella admitía que aquella misma era tan inocente, sin un deje de frialdad o malicia. Esa era, una sonrisa diferente a las que había conocido de el.
Al fin se daba cuenta que era precisamente esa la razón por la que se sentía tan confundida respecto a Damon. Había algo que a pesar del rechazo la hacía sentir atraída a ese hombre y no solo por lo físico, a veces, solo a veces encontraba en sus ojos o su actitud algo quela hacía sentir tranquila, aunque era absurdo.
-Borlita sobrevivió—Bebía de su copa recargándose de nuevo en el respaldo.
-Entonces ¿Por qué dices que resulto ser un horno crematorio?—Preguntaba la castaña no comprendiendo.
-Por que cuando Stefan salvo al estúpido gato, descubrió que un nido de ratas estaban en el interior de la parrilla—Rió un poco haciéndose sonar por toda la casa. La castaña moría por reir también, sin embargo aun no tenía la confianza -Todas murieron quemadas, y creo que Stefy logro comerse la cola de una de ellas.
-¡Oh por dios!—Hermione hacía mueca de asco.
Damon la volvía a observar cuidadosamente estudiando sus movimientos, le sorprendía que no le reprochara, que no le retara, sin embargo consideraba que la castaña estaba teniendo su propia lucha interna.
No quería presionarla más, ni tentar a su suerte con ello, aun se sentía culpable por la estúpida escena de celos que le había hecho hacia ya un par de horas, había sido demasiado hiriente con sus palabras. Por eso quería en medida de lo posible hacerle olvidar el trago amargo que le hizo pasar.
-¿Ves cómo necesitamos una parrilla nueva?, te lo dije—El pelinegro sonreía, sin embargo, ella ya no lo hacía, pues volvía a recordar su confinamiento, el verdadero motivo por el que se encontraba en ese lugar tan hermosamente espantoso. Se levantaba de su sitio para despedirse, ya era algo tarde y deseaba dormir lo más que pudiera.
-Ya es tarde y debo dormir, necesito preparar mis cosas para mi admisión a Salem—Ella necesitaba en verdad estar sola, olvidarse de su mundo por un instante y concentrarse en lo que mejor sabía para poder distraerse. El estudio.
Deseaba pedirle que se quedara un momento más, pero sabía que no era un buen momento, bastantes esfuerzos hacia ya la castaña.
-¿Qué carrera elegiste?—Se levantaba junto a ella para dirigirse unos pasos al frente. Este movimiento hizo que estrepitosamente la castaña se retirara un poco asustada de la cercanía.
-Antropología mágica— Contesto titubeante, con el corazón acelerado.
Damon intento ignorar su reacción.
-Gran elección, aunque no comprendo que le encuentran de divertido a descombrar huesos—Espetaba él con un aire divertido mientras ella lo confrontaba.
-Bastantes cosas, podría sorprenderte lo mucho que se puede descubrir con lo que llaman "las cenizas", incluso puedes saber las causas de la muerte que hicieron al ser humano convertirse en polvo, recrearlo, avivar los casos muertos de asesinos que se creen más inteligentes que el brazo mismo de la justicia—Declaraba con toda seguridad haciendo que el vampiro se adelantara un poco mas colocándose a centímetros de su presencia.
-Lo se, me lo dice una chica que ha estado al filo de la muerte tanto como la cantidad de exámenes excelentes que ha tenido—Daba un largo suspiro dejando su copa en el buró para disponerse a encaminarla.
-Te mostraré nuestra habitación—El pelinegro se acercaba lentamente, para no volver a sobresaltarla, deslizando sus manos por la cintura de Hermione dejándola a centímetros de su boca. Ella desviaba la mirada, sin embargo Damon tomaba suavemente su mentón sin lastimarla; jamás lo haría.
-Al fin solos… cielo—Susurraba de nuevo esa frase, tan suave como si la acariciara, tan sutil que esas palabras penetraban hasta los huesos de la chica que aun resistía mirar esos ojos aguamarina. Debía ser fuerte, mas poderosa que esa tentación, esa adrenalina que comenzaba a emanar por todo su cuerpo al estar completamente sola con ese hombre tan bien parecido la hacía flaquear y perder poco a poco la cordura.
Recordaba sus sueños, esa humedad de su propio cuerpo no era algo fácil de olvidar de la noche a la mañana; y al sentir sus manos sus brazos se hacían gelatina, su piel se erizaba sintiendo el calor despertar de su propio cuerpo en contraste con la frialdad de la piel de ese hombre tan apantallante.
Olía su perfume, ahora mezclado con el licor le daban el toque de hombre de mundo que la hacía despertar, y en verdad, despertar como una mujer que comenzaba a tener serias batallas campales contra sus instintos. Sin embargo, se anteponía la idea de ser mas fuerte, tenía que tener el control de si misma o de lo contrario no saldría bien parada de toda esa pantomima. Tomaba las manos de su ahora esposo y las deslizaba alejándolas con delicadeza, sin portarse grosera, lo miraba de frente y se atrevía a declarar.
-Damon, estoy cansada, quiero dormir y olvidarme de…
-Lo se, me odias, te soy repulsivo, asqueroso, y no soy más que un mounstro chupasangre para la eminente Hermione Granger ¿Cierto?
-Prefiero no contestarte para terminar de arruinarnos aun mas la noche evitar echarte a perder el triunfo de tan bella boda, asi que...—La chica se adelantaba un poco mas colocando uno de sus dedos en sus labios. La yema se deslizaba lentamente por el grosor de ellos sintiendo el aliento calido y sin pensarlo, ese hombre la estaba excitando de una manera impresionante, pero esta vez no deseaba caer.
-Te sugiero que bebas hasta reventar Damon Salvatore, porque te aseguro una cosa, y no es una amenaza si llegas a preguntarlo—Se acercaba un poco mas a sus labios casi rosándolos con los suyos, hablaba suave, contundente, segura de si misma dando una tonalidad seductora; la de una mujer fatal como las solía llamar la señora Weasley. - Es una promesa.
Damon cerraba sus ojos dejándose acariciar por su esposa, debía admitir que los dedos de esa chica provocaban la reacción secundaria que el hombre no puede ocultar tras un pantalón. Su erección estaba creciendo, asi como su apetito sanguinario de beber aunque fuese un sorbo de ese cuello tan menudito. Solo escuchaba cada palabra como si fuese música para sus oídos.
-Y ¿De qué promesa estamos hablando bella esposa?
-Algún día…—Su cercanía era mínima, pues ahora rodeaba el cuello del vampiro con sus brazos para esbozar una sonrisa.—No hoy, no mañana, quizá tampoco el día posterior a ese, pero te prometo que seré libre de ti, desharé el maldito contrato de acuerdo a las leyes vampiricas.
En ese instante Damon cambiaba el semblante para convertirlo en uno gélido, lleno de rabia, pues ya le parecía extraño que el asunto del matrimonio fuera tomado tan a la ligera por esa chica sin espetar, sin contradecir, aceptando un destino impuesto por el mismo. Deseaba apartarse de ella, pero al sentirla tan unida a su cuerpo desistía siendo un vampiro completamente débil.
-¿Qué?
-¿Acaso no sabes que hay una regulación para los vampiros?—Hermione se apartaba suavemente para esta vez ser ella quien se encaminara a la charola con licor y servirse la cantidad minima de un sorbo en una copa de cristal. Lo observaba con triunfo, le había dado directo a la yugular con una confesión que no esperaba.
-Asi como fuiste capaz de guardar un contrato elaborado por la sangre Granger, también debe haber una manera de disolverlo, solo es cuestión de esperar un poco, y créeme, puedo ser paciente una vez que me lo propongo Damon—bebía de su copa para después mirarlo exactamente como el lo hizo al principio.
-Pero no te preocupes Damon, no me mires asi, mañana te acompañare a comprar tu parrilla, incluso pudo ser una gran actriz fingiendo ser la mejor esposa para el vampiro desgraciado que en realidad eres—Apretaba sus dientes, sin embargo no descolocaba sus estribos, permanecía quieta, sonriente y dócil.
-Y ni creas que permitiré que me pongas una mano encima.
Damon estaba furioso a tal grado de lanzar su propia copa a la pared haciéndola añicos, se dirigía a gran velocidad frente a la castaña para tomar su mano; esa misma que sostenía la bebida mostrando su bestialidad. Los ojos de aquel hombre se tornaban negros, sus venas se marcaban en sus mejillas asi como sus colmillos filosos salían relucientes dispuestos a atacar. Hermione tenía miedo, mas no podía darse el lujo de caer antes de comenzar, si de algo estaba completamente segura era que no le haría daño. La necesitaba.
-¿Me mataras Damon?, ¿Cómo le explicaras al pueblo que decidiste asesinar a tu propia esposa?, lastima de boda tan bonita, lástima de vestido tan hermoso que me compraste y sobre todo, es una pena que tengas que regresar las joyas a Tyfanis.
El vampiro estaba completamente iracundo, comprendía la capacidad de investigación de Hermione Granger, pero cada momento se sorprendía mucho más de lo que podía ser capaz de hacer con tal de protegerse, de defender a los suyos. Respiró un poco más, pues ahora más que nunca esa chica le parecía no solo una joya preciada, sino algo invaluable que no estaría dispuesto a perder. La tomaba del brazo y la acercaba a cuerpo.
-¿Tienes miedo de mi verdadera forma Hermione?—Preguntaba el con voz grave aun con la bestialidad vampirica.
-No, asi que si decides matarme, te sugiero que lo hagas hoy, o de noche, o el día que prefieras, por que como tu dices, he estado mas veces en las garras de la muerte tanto como la cantidad de perfectos exámenes colegiales—Ella suavizaba su rostro mirando sus ojos. Por un instante, sintió miedo, pero por otro lado jamás había visto a un vampiro de cerca.
Debía admitir que a pesar de haber leído bastantes cosas, anécdotas, "las historias de Morgana" u otros complementos en la biblioteca del colegio jamás tuvo la oportunidad de conocer a uno en persona. Nunca luchó contra uno, por lo que desconocía en su totalidad las características que los envolvían, pues lo mas cercano que tuvo a esa experiencia fue en la ocasión de ser entrevistada por Rufus Scrimgeur en la madriguera; quienes muchos decían y especulaban era un chupasangre convertido en ministro de magia.
Llevó su mano libre por los pómulos de Damon comprobando el grosor de sus venas enmarcadas, ponía especial cuidado en la negrura de sus ojos; se preguntaba como unos orbes tan bellos podrían ser opacados por la bestialidad de un vampiro sanguinario. Acariciaba suavemente su rostro llevando sus dedos a sus labios. Damon abría su boca permitiéndole conocer mas sobre si mismo, pues era la primera vez que alguien no le huía, no corría, no gritaba por su vida, y ese contacto le fascinaba, le encantaba, pero sobre todo le excitaba, al tal punto que su erección se apretaba contra sus pantalones de manera casi dolorosa.
-No permitiré que te alejes de mi Hermione, eres mía, eso ni la ley vampirica podrá cambiarlo.
Hermione sintió ganas de preguntarle muchas cosas, entre ellas, sobre su tatarabuelo, la elaboración del contrato, la situación en la que tuvo que haberse visto envuelto para ofrecer a su descendencia a cambio de un favor. Todo eso se esfumaba al estar tan cerca de su carcelero, de su verdugo, de su ahora esposo por quien comenzaba a sentir algo peligroso que no le gustaba.
-Tengo mi forma de luchar Damon, y puede que no siempre sea bien aceptada, incluso, seré odiada, pero el fin justifica los medios y te aseguro que me liberare de ti a toda costa.
Le costaba mucho trabajo apartarse de él, ya que en cierta manera se sentía segura, cómoda, protegida, deseada, envuelta en esos brazos que estarían en el mejor de los casos a morir por ella cuando fuese necesario. Cerraba sus ojos al darse cuenta que aquel matrimonio era tan falso como los arreglos sintéticos colocados en los centros de mesa, simplemente, bonitos por fuera pero tan secos y sin vida por dentro que podían llegar a pudrirse con el tiempo.
Respiraba lenta y profundamente, se apartaba con suavidad, no deseaba una lucha, no quería pelear esa noche puesto que sus fuerzas estaban al mínimo, sus energías agotadas y sus ganas de terminar con todo eran demasiadas. Se encamino hacia a las escaleras para verificar la habitación que le tocaba, no deseaba dormir a su lado, aunque sus instintos le indicaran otra cosa. Deseaba tanto ese cuerpo magnifico y fuerte sobre el suyo que sintió asco de si misma con el solo hecho de pensarlo.
Damon la miraba, no cavia duda que no se equivocaba con ella, pues conociendo sus antecedentes Hermione Granger no sería una persona que se rendía fácilmente. Se adelantaba lo más que podía notando que la chica castaña tenía un ligero váguido al subir el primer escalón. La alcanzó a sostener completamente mientras le sonreía, ella entre tanto se sentía desfallecer, habían sido tantas emociones juntas que ahora le estaban pasando factura.
-Te llevare a tu habitación, prometo no tocarte, en serio, no soy tan hijo de puta, una vez que me conoces—Antes de que ella pudiera objetar cualquier cosa, el se encontraba apoderándose de su cuerpo cargándola para subir las tortuosas escaleras. Hermione tan solo sentía su fortaleza, su protección, no estaba segura de la forma en que pasaría la noche; sin embargo, tendría que descansar para recuperar fuerzas, pues aun tenía los ojos grises de Draco Malfoy llenos de odio y de reproche en su cabeza.
Se encaminaron juntos a lo que debía ser una habitación perfectamente acondicionada. Era rustica, la madera se hacía notar por cada uno de los rincones de la misma dando un toque cálido y reconfortante. Había un escritorio en el otro extremo donde se habían colocado papeles en blanco de todo tipo, tenía una repisa llena de libros, mismos que Damon había comprado adelantándose a la carrera que cursaría. No había duda que aquel vampiro se había preparado con el más mínimo detalle a tal grado de haber comprado una computadora de tecnología de punta, un multifuncional y una conexión a internet de banda ancha.
-Espero te guste la habitación, me ayudaron a decorarla, espero que no eches de menos los unicornios y las Barbies—El vampiro rodaba los ojos, mientras tanto la castaña apreciaba todo a su alrededor considerando que su antigua habitación distaba de estar tan equipada como la que ahora contemplaba.
-Nunca me gustaron las muñecas, un gasto innecesario si me permites decirlo—La castaña sonreía un poco y mientras tanto Damon la incorporaba de pie para poder ayudarle con el vestido.
-¡No!—Espetaba Granger.
-Permíteme hacerlo, necesitas dormir y tienes que quitarte ese vestido, además ¡vamos!, eres mi mujer, se supone, en estricta teoría que esta debería ser mi primera noche contigo.—Sonreía de forma pícara rodando los ojos como era su costumbre mientras que comenzaba a liberarla del vestido.
-En tus sueños vampiricos Damon, lo seremos por un contrato pero jamás seré tuya—Aseguraba la chica mirándolo a los ojos, por un segundo sintió que su respiración se cortaba.
El vampiro pelinegro, con sus habilidosas manos comenzó a bajaba suavemente el cierre, ese era el único sonido que se escuchaba en la silenciosa habitación, además de sus respiraciones. Sentía la fría caricia de sus dedos al liberarla del vestido, rosando a penas la piel desnuda de su espalda.
Lentamente como si se tratara de una exhalación, el vestido cayó al piso como una ola de espuma blanca a los pies de una venus de piel bronceada y cabello castaño.
Era realmente erótico verla de esa manera con el corsé blanco apretado a su cuerpo, haciendo se sus pechos se irguieran respingones en las medias copas que mostraban el nacimiento de unos senos hermosos, de pezones erguidos, visibles a través de la delicada tela. Sus largas y torneadas piernas lucían apetitosas enfundadas en esas finas medias de seda, sujetas por el ligero.
Trago duro sintiendo como su deseo comenzaba a sofocarlo, hasta el punto de nublar su mente y hacer que sus instintos más oscuros quisieran salir a flote, pero se contuvo, solo para no romper el mágico momento, para poder disfrutar un poco más de la vista.
Estaba divina con el rostro enrojecido por la vergüenza y el pudor. La marea de cabellos castaños, descansaban sensuales sobre la desnudez de sus hombros y espalda.
Sensual e inocente, una contradicción en si misma, pero no menos cierta, estaba esplendida con el blanco virginal de su ropa interior. Pero sin duda, lo que lo hizo ponerse aun más duro y estar contemplando la posibilidad de echársele encima para poséela, no era la sensual ropa, si no la falta de esta.
Cuando el vestido resbalo por sus caderas, se llevo una grata sorpresa. Por un segundo había olvidado que el mismo le había arrancado las bragas y ¡Por todos los infiernos! estaba orgulloso por ello, pues solo por eso ahora podía admirar su desnudez.
Una imagen demasiado erótica como para no admirarse con detenimiento y deleite. Su mirada abrazadora paso por lentitud por cada parte de su cuerpo, paseándose con calma y sin prisas por cada pedacito de piel expuesta, desde su rostro angelical hasta su pubis de bello encrespado.
Su instinto vampirico deseaba salir a la luz de nueva cuenta pero sencillamente eso arruinaría todo el momento que disfrutaba con el solo hecho de ayudarla a ponerse cómoda.
Hermione sentía esa mirada como fuego sobre su piel, su primera intención había sido cubrir su desnudez, pero se había quedado paralizada ante el ardoroso escrutinio de esos ojos hipnóticos y encantadores; y esas caricias audaces casi inocentes y descuidadas, cuando le ayudo desabrochar el vestido, ardían sobre su piel como brazas ardiendo aquí y allá.
Se sentía abrumada, cada fibra y poro de su piel reaccionaban ante las caricias sutiles de ese hombre que le estaba dando un trato de reina; debía reconocer, muy a su pesar y a sus ideas, que le gustaba, le encantaba ser el centro de atención por primera vez en su vida. Sus piernas comenzaban a hacerse de gelatina al aspirar el aroma varonil y perfumado que despedía la camisa de Damon, pero lo más asombroso, era el deje de misterio que escondían los pectorales escondidos en la misma.
Agudo, con los sentidos alterados, ya no se complacía con solo mirarla, deseaba con todo su ser tocarla, y así lo hizo. Fue lento, con pies de plomo para no asustarla, para no provocar que huyera de su toque.
Suave paso su mano acariciando su mejilla y enredando sus dedos en un travieso rizo que le aparto del rostro para mirarla, a los ojos, con una fuerza e intensidad que le robo el aliento. Libero su cabello solo para pasear con las yemas de sus dedos por su cuello, mandando descargas eléctricas al sur de anatomía.
Con premeditada calma y sin dejar de mirarla a los ojos acaricio su clavícula y delineo con suavidad sus redondos pechos, apretando solo un poco sus pezones erectos, conforme sus manos se movían cada vez más audaces y exigentes. Con la necesidad de calmar las pequeñas llamas que iba evolucionando en un incendio de proporciones mayúsculas.
Hermione mordió su labio para tragarse un gemido de placer cuando esas manos varoniles siguieron bajando, delineando sus formas, paseando con una torturante lentitud sobre la estreches de su cintura, la curva de sus caderas y la firmeza lozana de sus nalgas.
Se sentía poderosa al ser admirada de aquella manera, tocada con tal fascinación como si se tratara de una obra de arte exquisita. Las caricias eran suaves, tan consientes, tan presentes que los sentía avanzando por todo su cuerpo de manera tan voraz que la estaba consumiendo de poco.
Sorprendida se encontró pensando en que era una idea morbosa imaginarlo completamente desnudo ante su presencia, vulnerable como estaba ella en esos momentos, no se consideraba experta en el amor y por ende neófita en cuestiones sexuales, en cambio el pelinegro vampiro recorría con sus manos su cuerpo con una sabiduría que no dejaba duda alguna sobre su experiencia.
Se colocaba por detrás de la chica para poder aspirar su cuello, aparto su cabello para poder admirar su perfil. Su respiración era cortada, lenta, pausada, misma que se compaginaba con el ritmo de ella, y a su vez mordía su labio inferior dándose gusto caminando de nuevo con sus dedos sobre su abdomen.
-Solo relájate, no te hare daño—Declaraba en susurro a su oído y ese acto hacia que el fuego interno de Hermione Granger aumentara considerablemente, la voz profunda de notas cavernosas hacía por si sola que su entrepierna comenzara a humedecerse.
La castaña sentía arder su propia sangre, sus sentidos se adormecían y no hacían otra cosa que obedecer los mandatos de Damon, ¿Cómo era posible mantener una cordura con ese hombre tan experto?, no lo sabía, ni siquiera se molestaba en averiguarlo.
Se dedico a cerrar sus ojos, apretaba sus parpados con mucha fuerza recreando a detalle aquel sueño que lleno de fuego su sangre y su cuerpo. Ahora las caricia eran lenta y tímidas, tan distintas, pero estas también eran intensas y sensuales a su manera, estaba perdida lo sabia.
Deseaba culminar en la explosión de un orgasmo, sentirlo dentro, perderse y llegar al mismo infierno mientras la toma, mientras le hace olvidar por un efímero momento que lo odia, que aborrece desearlo, que detesta que se meta tan dentro de su cabeza que la maneje a su antojo.
Era arcilla en sus manos, lo sentía moldear su figura, formar sus curvas, cada línea, cada recoveco, la redescubría. Se encontraba renaciendo bajo su toque, explorando lo inexplorable, sintiendo por primera vez algo tan fuerte y tan poderoso que se sentía ajena a ella misma, incapaz de refrenar sus sentidos y parar todo aquello.
-Damon… no lo lograras.
-¿No lograre qué?—El continuaba por la labor de seducirla, no conforme con las caricias de sus manos, se deleitaba probando con su boca el sabor de su piel, pasando sus carnosos labios por su cuello deslizándose hacia su busto para mirarla a los ojos. Grave error, ella lo sabía, pues esos orbes aguamarina la desarmaban por completo y no había escapatoria contra aquel acto.
Notaba que su piel se erizaba, el calor era tanto, como la humedad presente en su intima, deseando poder aplacar esa necesidad que se volvía cada vez más insoportable. Quería, vaya que si quería, que entrara en ella a como diera lugar para consumar y apagar todo ese fuego que se había generado.
No había nada igual o parecido en todos sus ciento cuarenta y cinco años de vida vampírica; pues todas las mujeres con las que habia tenido esos derroches arrebatados de pasión no se comparaban en absoluto con el enigma, la sensualidad y el decoro encerrado en la castaña. Era como poder disfrutar de una flor que él mismo había cultivado y visto crecer.
-No lograrás esto Damon, no te daré ese gusto—Susurraba luchando contra si misma, tratando de apartar mentalmente las manos del pelinegro que ahora comenzaban a tocar sus senos, su abdomen, su cintura ahora semidesnudos.
El pelinegro continuaba, mientras tanto la erección que difícilmente ocultaba su pantalón se hacía presente, su camisa estaba más desabotonada y la luna se reflejaba por la ventana golpeando directamente en su piel caucásica.
Sus ojos, lo más enigmático de ese hombre resaltaban en la penumbra y la luz tenue de la habitación haciendo que ella lo mirase lo más parecido a un ángel. ¿Cómo era eso posible?.
Ella se negaba, deseaba parar, necesitaba pensar muchas cosas, había sido un día difícil, complicado, demasiado forzado para con solo unas horas transcurridas, y en ese instante el recuerdo de sus amigos, sus padres, de Draco volvían a su memoria para romper todo el encanto que se había sucintado.
Eso mismo, le había servido como baldazo de agua helada y recobrar la compostura, así que se apartaba bruscamente sintiéndose expuesta y avergonzada consigo mismo por caer de nueva cuenta en esas manos tan maestras.
Se apresuro a tomar una toalla del armario y enredarse en ella para cubrir su cuerpo desnudo. No sabía en qué momento la había despojado del corsé, el punto era que ya solo llevaba las delicadas medias de seda sobre las piernas, como única indumentaria.
Damon tan solo respiraba hondo para recomponerse, necesitaba algo mas que sangre para poder calmar el ansia loca que había provocado ver a su ahora esposa desnuda. Relamía sus labios y se acercaba otra vez a ella para besar su frente con una sonrisa triunfante, sabía perfectamente que otra victoria estaba anotada a su extensa lista. Un último esfuerzo y estaría en sus brazos.
-¿Acaso solo necesito tocarte para encenderte?—Acariciaba su mejilla. No fueron las palabras adecuadas, pues solo eso basto para que Hermione volviera a tierra por completo.
Tenia razón, absoluta y completa razón en esas palabras, pues tan solo bastaba tocarla con esas manos fuerte, blancas y hermosas para que ella pudiera ser total materia dispuesta a sus deseos, sus besos, su cuerpo. Se llenaba de ira contra si misma, pensaba que debía ser la persona más detestable del mundo por estar enamorada de un hombre deseando a otro, ¿O era al revés?, ¡Diablos!, la castaña sí que tenía un serio problema existencial, o mejor dicho, una batalla de la que ni ella misma conocía el final.
Apretaba sus labios uno contra otro, en una línea recta y a pesar de que su varita descansaba en el piso en el vestido y no deseaba dólar que la llevaba escondida, decidió mentalizar algo para que aquel hombre se apartara de ella de una vez por todas; al menos por esa noche para permitirle descansar como era debido. Lo miraba fijamente y colocándose al frente cerraba sus ojos.
Damon estaba a punto de volverse a acercar pero sentía que una energía extraña lo repulsaba de su contacto. La castaña había mentalizado un hechizo; pues bien lo decían los profesores, solo una gran cantidad de energía y fuerza de voluntad podían sustituir a una varita mágica; sin embargo, ese método no era recomendable por la cantidad de fuerza que ésta requería.
-No puede ser… no tienes..
-No necesito una varita Damon, asi que por ahora quiero descansar, y mi respuesta seguirá siendo ¡NO!—Declaraba la castaña para después cerrar la puerta de su recamara dejándolo con la palabra en la boca. Se recargaba en ella para cerrar sus ojos recapitulando todo lo que había hecho en esos instantes locos. En definitiva, se consideraba la peor persona del mundo por caer de nuevo ante sus deseos.
