Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin pertenecen a Hajime Isayama. Este Fanfiction es escrito sin fines lucrativos.
Notas del capítulo: POV de Levi. Lenguaje vulgar.
Advertencia: Lime o escena con toque sexual, dos maneras de describirla: EreRiRen y un poco fuerte.
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Pasaron varios días de la propuesta del mocoso.
Había pensado que, después de su pedida de mano tan disparatada, me mandaría toda clase de tonterías a mi casa (que flores, que chocolates, que putos peluches para que se llenen de ácaros y te coman los ojos cuando hayan formado su civilización inteligente, etcétera), que me llamaría todos los días para presionarme; que me visitaría al día siguiente de encontrarnos en el aeropuerto para hablar y pedir mi respuesta…
Nada de eso pasó.
Al contrario, fue como si se lo hubiera tragado la tierra.
¿Acaso se había arrepentido de pedírmelo? ¿Se le había olvidado? ¿Lo atropelló un camión saliendo del aeropuerto? ¿Qué carajos había pasado con él?
Y no supe si el mocoso seguía vivo hasta dos semanas después…
Estaba en el taller soldando unos encargos. Era la hora de salida, y escuché los ruidos cotidianos que me avisaron que empezaban a cerrar la tienda. Yo normalmente me quedaba hasta acabar el último trabajo, sin obedecer horarios.
Sin embargo, los ruidos se ausentaron de pronto, sin dejarme oír el sonido de las puertas aseguradas y las alarmas activadas. Algo pasaba.
Y después, oí al cajero bastante nervioso. Estaba discutiendo con alguien. No, más bien, alguien estaba gritándole a él.
—¡Exijo hablar con tu jefe! —Demandó, con voz prepotente— ¡Con ese malnacido que me arruinó la boda! Dile que estoy aquí para arreglar cuentas.
Entonces, al asomarme desde el taller, vi a Auruo dudar entre si marcar la extensión de Erwin o la mía, con el dedo paseándose en el aire, entre los botones del teléfono. Casi me entró una risa irónica al oír que empezaba a marcar la mía. ¿Realmente yo me veía como un arruina-bodas malnacido?
Sin más, pasé al mostrador, notando cómo ambos se asombraban al verme aparecer sin aviso. Pero ése era un problema que sólo yo podía resolver.
—Hola. —Saludé secamente al sujeto ofendido, que me miraba con el ceño fruncido.
—¿"Hola"? ¡¿Eso es todo lo que tienes que decir?! —Me alzó la voz el tipo.
—Hola, mocoso. —Agregué, viéndolo sin interés.
—¡Maldito! ¡Tú me arruinaste mi boda con Sasha! —Me gritó.
—… De nada.
—¡Imbécil, no te estoy agradeciendo! —Bramó, colérico— ¡¿Sabes la pasta que me gasté?!
—¿La "pasta"? —Pregunté, alzando una ceja— Eres el mocoso más tacaño que he conocido. Seguramente sólo pagaste el certificado de matrimonio, y a pagos de doce meses.
—¡¿Qué?! —Gritó, enfadándose más.
—Llamaré a la policía. —Decidió el cajero, intranquilo. Pero sólo negué.
—No, Auruo. —Respondí con seriedad, y corregí— En este caso es a la perrera. Diles que se les escapó un cachorro muy latoso.
—¡¿A quién le dices cachorro?! —Vociferó, furioso. El cajero me miró sin saber qué hacer.
—Tranquilo. Yo me haré cargo. —Le afirmé.
—Señor Ackerman-
—Este mocoso no me puede hacer nada. Para cuando él pestañee, ya lo habré pateado tres veces y sacado seis dientes. Sabes que soy capaz.
Auruo asintió, algo inseguro de dejarme ahí con el chiquillo, para finalmente pedirme:
—Jefe, tenga cuidado.
—El que debe cuidarse es otro. —Expresé, viendo a Eren sin disimularlo, él devolviéndome una mirada enfurecida—… Espero que tengas ahorros para tu dentadura nueva. Te va a hacer falta.
Él sonrió, tentado por el reto, sin intimidarse por él.
—Auruo.
—… Hasta mañana, señor.
—Sí, te veo mañana. —Fue lo único que respondí, vagamente, viéndolo salir por la puerta principal, dejando un silencio incómodo entre los dos.
Entonces, Eren se me acercó con una actitud de calma, totalmente distinta a la que mostró frente al cajero. Lo miré con recelo. ¿Acaso era bipolar, estaba drogado o sólo loco?
Pero, de pronto, Eren me preguntó:
—¿Estás solo? —Musitó en mi oído, a pocos centímetros de mí.
—Por ahora. —Repliqué, la cercanía de Eren provocándome alguna tontería extraña, pero luego lo reñí— ¿Tenías que hacer tu jodido teatro al llegar?
Eren sonrió casi con pena.
—Estaba algo nervioso. —Me explicó, aún bastante cerca— Sabía que estabas aquí, a unos metros de mí, y sólo atiné a gritar que estaba aquí para golpearte… no creo que quieras que tus compañeros de trabajo sepan para qué vine en realidad. Eres tan privado.
No respondí. No era tanto que me importara que me vieran con Eren, pero no quería que me miraran besándolo, o el cómo nos hablábamos… sentía que me podrían perder el respeto como jefe. Estaba seguro de que no era el mismo cuando estaba con Eren… sólo quería que él me viera de esa forma, y nadie más. Eso era algo que sólo a Eren y a mí nos tenía que importar.
—Pasaron dos semanas. —Le recalqué, con un regaño visual. Que me diera un anillo no significaba que le iba a perdonar cualquier basura que hiciera. Si la cagaba, yo se lo echaría en cara.
Y replicó, suavemente:
—Pensé que querrías tiempo. Y estaba en otra ciudad en un proyecto. —Me contó— No podía esperar para volver. Tomé el primer vuelo en cuanto terminé, me vine hacia acá directo del aeropuerto. Incluso tengo la maleta en el auto. —Me hizo saber, con una sonrisa ligera.
Pero sólo le murmuré, viéndolo seriamente:
—Avísame cuando salgas de la ciudad, maldita sea.
Él se asombró al oírme.
—Lo haré. —Y, tras asegurarlo, me confesó en voz baja— Te extrañé tanto… —Expresó tomándome por los hombros, dispuesto a besarme pero, antes de que lo hiciera, le contesté secamente:
—… Yo no.
—¿Eh? —Preguntó, paralizándose, con confusión.
—Ni siquiera me acordaba de ti. —Agregué.
Él resopló, irónicamente.
—Ah, qué malvado. Yo sé que sí.
—Oh. Qué bueno que pienses así. Modificando la realidad para crear tu felicidad…
—Eres tan cruel.
Hablábamos en voz baja, a pocos centímetros el uno del otro, empezando un juego extraño en ese momento. Un reto silencioso de estar a pocos centímetros de la boca del otro, sin romper la distancia. Yo sentía la maldita tentación de besarlo pero no lo haría, y a él lo recorrió un cosquilleo de ansiedad también, su mirada fija descaradamente sobre mis labios, casi hipnotizado por ellos, lo que me obligaba a hacerlo sufrir un poco más. Podía ver su deseo frente a mí, no estaba tan mal. Me gustaba que me deseara… y eso quedaba claro en sus ojos verdes del mal.
De improviso, me confesó suavemente:
—En el viaje, pensé cada noche en ti.
—Oh. —Solté, sin impresionarme— Y mira, yo dormí tan cómodo sin acordarme de ti. Sólo dormí y dormí…
—¿Y qué soñaste? —Se interesó de pronto— Yo soñé que eras un ángel…
—Y yo soñé que te atropellaba un camión.
—¿No me fuiste a visitar al hospital? —Quiso saber.
—No, tenía mejores cosas que hacer.
—Oh, qué pena. —Expresó, con un deje de tristeza— Aunque no me hayas visitado, sé que en el hospital yo imaginé que lo hacías y me sentí feliz de todos modos.
Rayos.
Me acorraló.
Entonces, le dije:
—En realidad moriste. Nunca pisaste el hospital.
Al oír aquello, Eren sólo preguntó:
—Oh, ¿y lloraste mucho?
—No. Me quedé en casa viendo televisión.
—Supongo que alguna película de dolor o un video de nuestros recuerdos —conjeturó.
—No, era una comedia de un mocoso tonto arrollado por un camión. Me recordó ligeramente a ti.
Aunque Eren había podido seguir el juego sin problema por un buen rato, pareció costarle un poco de trabajo al final, porque preguntó casi lastimado:
—… ¿Por qué eres tan cruel?
Y repliqué de inmediato:
—Porque todavía no te he perdonado.
Entonces, de pronto, sonrió, como si se le acabara de ocurrir algo.
—Je, ya creo saber por qué no. —Me contestó y, en ese momento, tiró de mi brazo hasta hacerme chocar contra su pecho— ¿Sabes, Levi? Soy de los que piensan… que la mejor manera de solucionar problemas, es a través del sexo brutal de reconciliación. —Me informó, su voz encendida, cargada de lujuria.
—¿De qué carajo hablas?
Y agregó en mi oído:
—¿No te pone que lo hagamos aquí, en tu trabajo?
Me quedé casi absorto, sin reaccionar, pero un maldito cosquilleo me recorrió por un segundo. Diablos, había pasado casi cuatro meses sin hacerlo. Y pensar que fuera con Eren, conociendo ya lo intenso que era… agh, maldición.
—Así, cuando llegues a tu trabajo, sabrás que en el mostrador donde atiendes a tus clientes, te follaron hasta sacarte las ideas. —Murmuró, sus palabras vestidas de un deseo que daba rienda suelta al mío, aunque no lo quisiera admitir.
Con una mirada de reproche, le pregunté:
—¿De verdad crees que estoy tan enfermo?
A los pocos segundos, contestó:
—… Sí. —Dijo, acercando sus labios peligrosamente a los míos, casi a uno o dos centímetros de rozarlos. Y su maldita respiración constante en mi boca me estaba desquiciando—… ¿Puedo besarte?
—¿Qué? —Le solté, casi sin creer lo que acababa de preguntar.
—Dices que no me has perdonado. Por eso, no quiero tocarte cuando no quieres que lo haga. Quiero avanzar a tu paso, porque tu perdón lo es todo para mí. Tú lo eres —me explicó, y aquella cercanía me hacía tan mal, me mareaba…
—Haz lo que quieras.
Acto seguido, sentí las manos de Eren tomarme por el rostro y plasmar lo que había sido el beso más suave de mi vida. Era un beso casi tímido, sus labios apenas rozaban los míos, diferente a cualquier beso que nos hubiéramos dado. Parecía como si Eren esperara mi respuesta, un indicio mío de si quería cortarlo o profundizarlo; pero, aunque fuera un contacto tan superficial, era intenso… con algo que me desesperaba y que me hacía recordar lo obsesiva que era su boca en realidad. Ése era el maldito sabor que había buscado en tantas cajetillas de cigarros, pero Eren no sabía a tabaco ese día. Me pregunté por qué.
—¿Ya no fumas? —Pregunté sobre sus labios.
—Lo dejé hace un tiempo, porque ahora tengo una adicción más fuerte.
—¿Cuál? ¿Te estás drogando? —Pregunté sin pensar, y él me miró con la respuesta en sus ojos, incrustados en los míos, antes de contestar:
—Es posible.
Y me calló con otra serie de besos, pausados pero infinitamente tibios. Sentí los brazos de Eren en torno a mi cuerpo, apretándome, y cómo él me hacía desistir el paso hasta que mi cuerpo chocó contra el mostrador al centro de la tienda, cargándome suavemente para sentarme a un lado de la caja, sin dejar de besarme. Pero aquellos besos no eran eróticos, ni carnales. Más bien, era como si nuestros labios se acariciaran entre sí, chocando entre besos dulces, flojos, lentos pero ruidosos; el sonido de nuestros labios llenando la tienda… Luego, mordió mi labio inferior, tirando un poco de él para tentarme mientras me apretaba contra su pecho. Mis brazos inmóviles a cada uno de mis costados, a la vez que él me fundía consigo con tanta fuerza, tanta necesidad…
—Extrañé tanto besarte… —me confesó, su voz tibia, cargada de emoción.
No contesté. No quería ceder tan fácilmente. Pero, mierda, esas palabras habían jalado alguna tontería dentro de mí…
—Ojalá llegues a perdonarme, porque yo tengo tanto que darte, he guardado tanto para ti, y no puedo esperar a tenerte en mi vida. Y te tengo una oferta.
—¿Cuál?
Y, con sus manos acunando mi rostro, me susurró al oído:
—Me muero por hacértelo sobre este mismo mostrador, entre tus adoradas joyas…
—Carajo, Eren. Estás aun más enfermo que yo.
—¿Eso está mal?
—… No necesariamente. —Repliqué en voz baja, casi perdido en aquella maldita cercanía, esperando un contacto que no sabía cuándo llegaría.
Él continuó:
—Deseo tumbarte sobre el mostrador, tenderte suavemente en él sin dejar de besarte. ¿Me permites hacerlo?
En ese momento, mi maldita cara empezó a arder. Y no supe si estrechar al mocoso o patearlo por soltar tantas idioteces…
—Ya deja de preguntar. —Le indiqué— Si no me gusta algo, sólo te volaré un diente de una maldita patada.
Él se asombró un poco.
—Rayos. Es una manera dolorosa de descubrir lo que no te gusta, ¿no crees?
—Pues te jodes. —Contesté, pero él aprovechó el doble sentido para decir:
—Mejor te jodo a ti.
—¿Qué mier-?
En ese segundo, me empujó con fuerza sobre el mostrador, recostándome sobre la plataforma para luego hundir su boca en la mía en un impulso furioso. Sus manos aprisionando mis muñecas contra la barra, mientras el cuerpo de su lengua se enredaba con el de la mía, en un acceso forzado y rápido, nuestras lenguas mitad jugando y mitad atacándose. Su sabor invadiéndome, atontándome, y los movimientos de su boca tan sensuales y fuertes arrastrándome al colapso mental…
Había gemido sin querer al sentir el arranque brutal, como un impulso pasional y enfurecido, sin razonar, exigente y hambriento. Y, maldición, había pasado esos cuatro meses sin sentir el toque de nadie, ni siquiera el mío…
—Estás algo sensible…
Mierda. Lo notó.
—No lo estoy.
—Te digo que sí. Temblaste cuando te empujé, estás temblando ahora. No lo hiciste con nadie más.
—Sí lo hice. —Lo contradije— Me tocaron muchas veces.
—¿Quién?
—No pedí nombres, carajo.
—Creo que estás mintiendo. —Replicó, sin alterarse.
—Es verdad aunque te joda. —Le dije, secamente.
Entonces, sonrió ligera pero descaradamente.
—Y ¿con esas personas también reaccionabas así… cuando te hacían esto? —Preguntó, arrancándome un maldito escalofrío cuando lamió lentamente la piel que cubría mi garganta, concentrándose en hacer círculos en torno a la manzana de Adán, dejando besos suaves en ella. Las malditas sensaciones escalando por mi piel tan lenta pero cruelmente que casi olvidé la maldita pregunta.
—Tal vez —contesté, manteniendo mi voz impasible.
—¿Y también te estremecías cuando te hacían esto? —Continuó, chupando dulcemente la piel de mi cuello, tan blanco que supe que iba a marcarme, para luego bajar a besar lentamente mi clavícula y morder un poco. Mi maldita respiración traicionándome al volverse más pesada.
—Yo nunca me estremezco, mocoso idiota. —Señalé, cortantemente.
—¿No?
—No.
Luego, él sonrió contra la piel de mi cuello, sus labios acariciándolo mientras su aliento cálido viajaba a través de él, mi cuello tensándose sin que pudiera evitarlo por aquella sensación de calor. Era jodidamente glorioso sentirlo de esa manera.
—¿Levi?
—¿Qué quieres?
Entonces, me hizo la pregunta más enferma que había oído en mi miserable vida.
—¿Alguna vez te la han chupado en el trabajo?
Aquella sugerencia me dejó casi perplejo, sus manos peligrosamente cerca de mi miembro, pero sin tocarlo, ni siquiera rozarlo.
—No. —Respondí, con la voz algo apretada, forzada a sonar seria cuando era lógico que el estúpido me estaba encendiendo…
—¿Y quieres saber cómo es? —Me preguntó, sus manos acariciando mis malditos muslos de una manera que me arrancó un gruñido, pero sus manos jamás rozaron mi entrepierna, más bien la evadían de una manera que me daban ganas de ahorcarlo— Si nunca te lo han hecho, ésa es mi oferta. Será un placer hacerlo por ti.
Diablos, estábamos en mi trabajo. De tantos malditos lugares que había en el mundo, ¿el único que se le ocurría proponer era aquí?
—Quiero reconciliarme contigo… —me repitió, deseoso.
—¿Y piensas que lo lograrás a través de sexo?
Antes de responder, me dio un beso corto pero profundo, ligeramente ruidoso al final, sus labios separándose de los míos tan lentamente como si se hubieran despegado.
—Todo se logra a través de sexo, Levi.
Desvié la mirada, notando la respiración pesada de ambos.
—Claro que no.
—Si no me crees, podemos intentarlo —propuso—. No tenemos nada que perder y hay mucho que ganar —reconoció, su voz temblando de ganas, oscureciéndose cada vez más. —¿Te imaginas? Tu jefe piensa que ya cerraste, que te fuiste a tu casa… y mírate. Mira cómo estás ahora.
—Cierra la boca…
No, ya no estaba pensando bien.
—"Cerraré la boca" de una forma que te gustará bastante.
—¿Qué-?
Entonces, volvió a darme otro de sus besos impulsivos, frenéticos, de ésos que iban a acabar conmigo. Esos besos se parecían tanto a los de nochebuena, tan jodidamente sensuales, eróticos… y Eren escurría una de sus manos bajo mi camisa formal para acariciar mi abdomen, subiendo hasta mi torso y arrancándome un maldito temblor. Él sonriendo ligeramente al notar las reacciones de mi piel bajo sus manos, que se enrojecía conforme a su recorrido.
—Agh, maldición… —gruñí.
—Te lo dije, estás sensible. —Me recordó— Nadie te tocó, yo sé que no. Pero ahora tenemos todo el tiempo del mundo… nos pondremos al corriente. —Me aseguró, en voz baja, clavando sus ojos en los míos como si quisieran devorarme. —Creo que extrañas sentirte dentro de mi boca, ¿no? ¿Ya olvidaste la última vez? —Y, en cuanto acabó la pregunta, el recuerdo de aquella chupada me llenó y me calentó de forma insoportable— Yo lo recuerdo como si fuera ayer. Cómo te retorcías en tu cocina de lo mucho que te gustaba…
No contesté, sólo tragué saliva al sentirme tan arrastrado por él. Mierda, me estaba dejando tan mal con todo lo que hacía, con todo lo que decía. Me estaba dominando…
—Si quieres sentirte en mi boca, tienes que decir la palabra mágica —musitó en mi oído, su respiración intoxicándome.
—Maldito… —Le escupí, obligándome a encerrar aquel deseo que empezaba a brotar de mí, el que él me provocaba.
—Ésa no es. —Contestó— ¿Cuál es, Levi?
—Te mataré… —volví a responder casi con rencor. Quería que se lo pidiera. No, primero me moría que humillarme así…
—Error. Sólo tienes un intento más. —Dijo, casi entretenido. Juro que deseé ahorcarlo. Pero no podía resistirlo, su voz, su calor, todo él era mi maldita droga y me quebraba la razón… y diablos, él lo sabía.
Si Eren me estaba buscando, me iba a encontrar. Y si tanto quería esto, pues yo iba a dárselo…
Sin pensar, lo cogí por el pelo y dirigí su maldita cara a mi pantalón, viéndolo casi asustarse en el acto, y le solté entre dientes:
—Chúpala, mierda.
Él me miró de una manera tan intensa que mi entrepierna casi se torció.
—… Muy cerca. La palabra era "por favor". —Expresó al fin.
Bufé.
—Yo no digo esas estupideces. —Declaré, pegando su cara a mi longitud que empezaba a endurecerse, para ordenarle con una voz oscurecida de deseo—… Llévatela hasta la garganta, mocoso.
Eren me miró directamente, sus dedos dirigiéndose con decisión para bajar la cremallera, cuando contesté fríamente:
—Así no. Con los dientes.
Eren me vio casi extrañado.
—¿Quién es el enfermo ahora? —Preguntó, casi jugando, pero sólo apreté el agarre en su cabello para decirle:
—Cállate y trágatela. —Murmuré, la voz ensombrecida de deseo. Sólo con Eren me había oído así. Era como si él despertara algún fuego en mí, uno que no nacía con nadie más. ¿Qué rayos tenía Eren que nadie lo podía igualar, y que me dejaba vuelto una caricatura de mí mismo? Nunca lo había podido entender.
—… A sus órdenes. —Obedeció, casi sin aliento, sus ojos verdes y enormes incrustados en mi pantalón, dejándome ver un asomo de saliva en sus labios que me endureció. Su boca y sus dientes rozándome por encima de la tela, su aliento tan cálido sobre ella. No podía esperar para sentirme dentro de su boca otra vez, y lo tenía sujeto por el pelo para ajustar la maldita chupada al ritmo que a mí se me antojara.
—¿Así que quieres ese maldito sexo de reconciliación? —Le pregunté, estrujando sus cabellos castaños para alzar su rostro en mi dirección, sacándole un gemido pequeño pero intenso— Como tú te largaste, ahora vas a seguir mis órdenes… lo haremos a mi modo.
—Sí. Será como tú digas.
—La vez que te fuiste, en realidad fue mi error. —Le confesé, para luego añadir con seriedad— Debí amarrarte a la maldita cama en cuanto terminamos.
—L-Levi… —Soltó, sus ojos bien abiertos.
—Si quieres ese jodido perdón, tendrás que portarte muy bien hoy. —Le advertí, tirándolo por el pelo hacia mi boca para besarlo de una manera que lo idiotizó, un beso tan infestado de deseo, incluso de morbo por lo que parecía venir…
Y, para acabar de calentar la escena, Eren me dejó sentado en la esquina del mostrador, arrodillándose frente a mí. Su rostro cercano a mi miembro, tanto para hacerme sentir su respiración contra mi longitud atrapada bajo la tela, para luego verme directo a los ojos y decir suavemente:
—Me portaré bien…
Maldición, eso era un juego erótico; nunca había vivido uno, no era de los que participaban en esto ni me interesaban, pero parecía que con Eren funcionaban bastante bien, casi como si fueran parte del encuentro con él.
—Ahora, chúpamela. —Le ordené, en voz grave, recordando que ésta era la primera vez que tenía este grado de control sobre él. Me volvía loco tener a Eren a mis pies de la manera en la que estaba, que me obedeciera cuando yo sabía que él era un alma orgullosa, rebelde e ingobernable— Esto es lo que quieres, ¿no? Entonces trágatela. Y mírame mientras lo haces.
En cuanto acabé de decirlo, sus orbes viajaron de su objeto de interés hacia los míos grises, mirándome con una combinación de sumisión y atrevimiento, entre obediente pero decidido a hacer pedazos mi juicio con lo que estaba a punto de hacer.
Y me acerqué a su oído para ordenarle:
—… Quiero tus ojos clavados en mí todo el tiempo, desde que empieces a chupar hasta que termines. —Le indiqué— Quiero verte tragando mi semilla cuando me corra, y cómo se resbala por las comisuras de tu boca, por tus jodidos labios, hasta tu barbilla…
Entonces, la maldita imagen que me dio, su imagen de obediencia y deseo hacia mí, acabó por embrutecerme. La escena de su mirada clavada en mi pantalón, su cara ruborizada; su respiración cálida perdiéndose en la tela negra y su boca lubricándose con abundante saliva con anticipación, relamiéndose para luego acercarse al cierre, dispuesta a bajarlo con sus dientes, mientras sus labios enrojecidos se separaban sensualmente para hacerlo. Apreté con fuerza su pelo castaño, acariciándolo entre mis dedos, encantado por todo lo que hacía; mientras su boca dejaba escapar un gemido quedito que chocó contra mi pantalón y que me endureció.
—Rápido, mocoso. —Le ordené, mi mano en su cabello recordándole que sería yo quien impondría el ritmo.
Y, mirándome con sus benditos ojos verdes nublados, me respondió suave y dócilmente:
—Sí… Heichou…
Y entrecerré los ojos dispuesto a dejarme arrastrar al maldito cielo o al jodido infierno, adondequiera que él tuviera pensado llevarme…
—¿Levi? —Oí una voz que reconocí al instante, tan jodidamente inesperada que sólo atiné a reaccionar con un:
—¡Mierda! —Grité, aventando por reflejo al mocoso que fue a dar a no sé dónde— ¿Qué… qué quieres? —Murmuré, cruzando una de mis piernas para disimular aquella maldita erección ligeramente despierta. Menos mal que ni siquiera me había movido el pantalón, si lo hubiera hecho…
—¿Qué haces sentado en el mostrador? —Me preguntó el cejón, viéndome desde la entrada de la tienda.
Maldita sea, ¿por qué carajos había vuelto?
—Había ratas en el piso. —Excusé inmediatamente.
Erwin me miró, extrañado.
—¿Qué tan grandes?
—Medían lo mismo que tus cejas. Entonces, parecían perros.
—¿Y qué hace Eren en el suelo y por qué está tan alterado?
Lo resolví en menos de un segundo.
—Lo llamé para que las matara… pero es un mocoso muy raro y se excitó al verlas.
—¡¿Qué?! —Gritó el aludido.
—Eren, necesitas ayuda, hijo.
Nunca olvidaré la mirada que Eren me dedicó. Casi decía "te mataré y te reviviré y te mataré".
—¡Eso no fue así!
—¡Cállate!
—¡Argh! —Gritó de rabia, casi tirándose por los cabellos por la desesperación de no contradecirme.
Erwin se empezó a reír.
—Qué interesantes son ustedes dos.
—Siempre usas el calificativo "interesante" cuando algo es completamente raro, estúpido, torcido o descerebrado.
—Es correcto.
Lo miré de mala leche.
—Ya lárgate. ¿No tienes que ir a contarles cuentos a tus cejas? Escuché que estaban vivas-
—¿Y tú no tienes que volver a tu casa? —Preguntó Erwin, astutamente.
—Estaba esperando a que se fueran las ratas.
—Eso no te lo crees ni tú.
—Vete al diablo.
—Levi, es tu jefe… —comentó Eren, sorprendido desde el suelo.
—Exacto: Trabajo para él, pero no soy su lamebolas.
—Ah… —Soltó el castaño, y Eren y Erwin intercambiaron miradas. La de color verde preguntando: "¿Levi siempre ha sido así, señor?" y la azul respondiendo algo como: "Sí, desde que se cayó del carrito de compras cuando bebé, nunca volvió a ser normal".
—Eren, dime, ¿qué te trae a mi humilde tienda? —Le preguntó el rubio, tendiéndole una mano para levantarlo y advirtiendo mi mirada en ese segundo— Cielos, Levi. Cuánto peligro puede caber en una mirada…
—Si ya lo sabes, deberías alejar tu maldita garra.
En ese instante, Eren se levantó por sí mismo, de inmediato.
—… Vine por mi respuesta, en realidad. —Le contestó a Erwin, un poco después.
—¿Tu respuesta a qué? —Se interesó él.
Pero antes de advertirle al mocoso que cerrara la boca, el castaño ya le había respondido sin pelos en la lengua:
—A mi propuesta de matrimonio.
Me quedé algo boquiabierto, pero no más que el cejón…
—¿De qué propuesta hablas, mocoso?
Los dos se me quedaron viendo como si me hubiera explotado la cara. Principalmente Eren.
—Te dejé un anillo… —Explicó él, en voz baja.
—¿Un anillo? —Pregunté, curioso.
—Sí, y una nota, le encargué a una mesera que te la diera.
—Hmn… —empecé a pensar— ¿Anillo?
—Ajá. —Contestó Eren, volviéndose nervioso.
—¿De otra joyería?
Él asintió, intranquilo.
—Erwin, ¿ése no es el que vendimos esta mañana? —El rubio volteó a verme— El que vendimos por un millón y medio…
—¡¿Un millón y medio?! —Gritó el castaño, a punto de arrancarse el pelo al oír la cantidad— ¡Pero si me costó-!
Sentí mis ojos achicarse, atento a la respuesta, pero el cejón intervino.
—Ya, no seas así con él. —Me pidió, amablemente, para luego dirigirse a Eren— Levi lo ha usado por dos semanas. De hecho, sólo se lo quita cuando está soldando o se lava las manos… seguramente está en su bolsillo.
Eren por fin respiró, aliviado.
—Tch, tú cállate, maldito cejas habladoras.
Pero la voz de Eren rebasó la mía, emocionada.
—Levi, ¡¿eso es cierto?! —Preguntó, a gritos— ¿Lo has estado usando? ¡Yo sí! ¡Mira! —Y, en ese momento, nos mostró en su mano el gemelo de mi anillo, haciéndome desviar los ojos al sentir mi jodida cara empezando a calentarse…
—Lo que se encuentra uno en el aeropuerto… —observó Erwin, entretenido.
—Tú no hables, maldito cejón.
—¡Levi, sí lo usas! —Soltó el mocoso, al borde de la emoción pero, en cuanto vi su intento de acercarse a mí, le dediqué una mirada fulminante de "si me abrazas frente al maldito cejas vas a amanecer en un jodido tanque con tiburones" que lo hizo dar un paso atrás.
—Por cierto, "heichou"… —habló Erwin, seguido de una risita que me inyectó unos deseos de raparle las cejas— A juzgar por lo que vi, parece que por fin tengo mi respuesta a una duda que me asaltó durante semanas. Parece que perdí mi apuesta. —Reconoció, aunque no sonaba afectado por eso.
—¿De qué hablas?
—… Hanji dijo que tú eras el pasivo, yo aposté que eras el activo. Bueno, aún no sé cómo perdí, pero lo asumo.
Entonces, lo interrumpí:
—Yo soy el activo. Dile, mocoso.
Pero Eren viró sus enormes ojos verdes, y respondió torciendo la boca:
—No sé de qué estás hablando.
Eso me dejó helado.
—¡No te hagas el loco! —Le grité— ¡Sabes que soy el activo, mierda!
—¿Eren? —Lo instó Erwin, con una sonrisa. El castaño se lo quedó viendo.
—… De verdad, no sé de qué habla. —Le explicó al rubio— Me estás confundiendo mucho, Levi.
—¡Vete a la mierda! —Le grité, pero Erwin preguntó:
—Sólo por curiosidad, ¿cómo es Levi como pasivo?
Eren tomó aire para responder, pero yo fui más rápido y solté:
—¡Váyanse al carajo los dos! —Les dije, dispuesto a largarme de ahí, pero Eren me tomó por el brazo.
—¡No, espera! ¡Quiero mi respuesta!
—¡¿A qué mierda?!
—¡A…! —Empezó, pero bajó la voz de pronto— A… tú sabes…
Y vi que en ese momento Erwin se daba la vuelta, diciéndome "no te olvides de cerrar todo" y saliendo de la tienda.
Se formó un silencio extraño. Luego, el mocoso se me acercó, tanteando en mi bolsillo del pantalón la forma del anillo, para luego suspirar con alivio de que estuviera ahí.
—Levi, dime. ¿Puedo tomar el hecho de que uses el anillo como un "sí"?
No contesté. Tampoco lo vi.
—Quiero saber qué piensas. —Me dijo, tomándome por los hombros— Por eso estoy aquí. Lo pensé mucho. Quiero saber si tú quieres lo mismo que quiero yo.
Más silencio.
Pasaron como dos minutos, hasta que finalmente hablé.
—Me dejaste una nota, ¿no pudiste darme la cara? —Le pregunté, con poco volumen. Eren asombrándose ante mi pregunta.
—No quise incomodarte en el café, ante los ojos de todos. No supe cómo reaccionarías. —Me confesó— ¿Ése es el problema? ¿Que lo quieres versión película?
—No es-… —continué, en lo que lo sentía hurgar en mi bolsillo para extraer la joya— Eren, ¡no, mierda! —Le advertí, sintiendo los putos colores en el rostro, viéndolo arrodillarse ante mí. No sabía si patear al mocoso, arrancarme la cabeza, arrancársela a él, o qué…
—Si no te gustó la nota, no tengo alternativa. —Decidió, suspirando.
—No soy una maldita mujer. —Le recordé, fría y peligrosamente, evitando que tomara mi mano como planeaba hacer.
—Eso me queda claro. Muy claro, de hecho. —Afirmó, recordando algo— ¿No te conté lo mal que quedé esa noche? —Me preguntó, casi apenado. —Me dolían hasta los dientes. Definitivamente, una mujer no hubiera podido dejarme con ese dolor de culo.
—Cuando lo hicimos, no te quejaste. —Respondí.
Él sonrió, irónicamente.
—Primero el placer, luego la factura, ¿no? —Preguntó.
—Bienvenido al jodido mundo real. —Fue todo lo que dije, notando que esa conversación había sido para distraerme y que tenía mi mano entre la suya. Pero, cuando me di cuenta, ya era bastante tarde.
Y justo antes de que le gritara que se parara y se dejara de mierdas, me dirigió una mirada segura que casi me dejó frío.
—Levi Ackerman…
Pausa. Todo en una maldita pausa. Y se me formó un nudo espinoso en la boca del estómago, como si fuera a vomitar… su voz era tan seria que ni siquiera se me ocurrió algo para burlarme de él y acabar con eso. No podía pensar en nada para cortarle el teatro; pero, esa forma en la que me veía…
—Ah… aquí tienes que sacar la nota y leerla —me pidió en voz baja, ocultando un rostro tan inmensamente rojo.
—Se la comió un perro.
Se me quedó viendo, atónito.
—Pero te acuerdas de lo que decía, ¿no?
—Se la comió antes de que la leyera —corregí.
Me miró aun más extrañado.
—¿Qué? ¿Un perro entró al café del aeropuerto, así nada más, a nadie le pareció raro, se subió a tu mesa y se la comió?
—… Sí.
Eren me miró como queriendo decir "¿qué te estás fumando, Levi?" pero continuó:
—Sé que es mentira. Antes tú dijiste: "Me lo pediste con una nota", eso quiere decir que la leíste.
—Ya no me acuerdo. —Lo corté, secamente.
Resopló.
—Tendré que pedírtelo, entonces.
—Tendrás que hacerlo, idiota. —Sentencié— Pero si lo pides, hazlo con huevos, como los hombres, carajo. Las notas son de niñas de instituto.
Él sonrió, algo incómodo.
—Si me rechazas será muy humillante. —Continuó, nervioso.
—De todos modos, te habrás ganado un diez por ciento de mi jodido respeto. Para arrodillarse y pedirle matrimonio a un hombre, hay que tener huevos. —Señalé.
—Sobre todo si es a ti.
—Puede ser.
Entonces, respiró profundamente y su mirada se volvió seria de nuevo, para luego incrustarse en la mía.
—Bien. Te lo diré exactamente como lo pienso. —Decidió, tomando mi mano sin cuidado alguno, y su mirada brutalmente firme me dijo que iba en serio— Levi Ackerman —repitió, apretando mi mano con fuerza y extendiéndome el anillo, mientras yo me quedaba helado al ver tanta determinación, sus ojos verdes clavados en mí. —¿Me harías el honor de casarte conmigo y volverte mi vida?
Silencio. Silencio absoluto.
Apenas podía pestañear.
Tras oírlo, creo que abrí y cerré la boca como un pez fuera del agua. Los ojos verdes de Eren encajados en mí, expectantes. Desesperados.
Pasaron unos minutos así.
Tantos, que Eren incluso pareció bajar la mirada ante el silencio tan largo, entendiéndolo como una negativa; para después hacer el intento de levantarse con una mirada infinitamente triste, cuando respondí:
—… Dame tiempo. —Fue todo lo que dije, casi sin voz, sintiendo mi pulso tan extraño e irregular.
Eren me miraba como si no lo pudiera creer.
—¿Qué?
—Que me des tiempo. —Repetí, mirándolo morderse el labio inferior, como si estuviera dolido por mi respuesta— Eren. —Lo llamé, pero no me vio. Acabé sentándome a su lado, tomándolo del rostro para obligarlo a verme. —La manera que lo pediste… no estuvo mal, pero te diré la verdad: Todo lo que pensé después de tu propuesta, fue en la vez que me dejaste. —El castaño se quedó boquiabierto al oírme— Recordé la vez que desperté solo después de confiar en ti. No sabes… cómo mierda fue eso.
—Levi, yo…
—Escucha. Casarse es una maldita cosa muy seria. —Señalé, él callándose al instante— Si quieres obtenerlo, tendrás que ganarte mi confianza. Gánatela. Eres un mocoso muy terco y te gustan los retos, ¿no? Pues ahí tienes ése.
Él tragó duro, pensando en tantas cosas al mismo tiempo, con tanto dolor, culpa y arrepentimiento en su expresión.
—… Pero acepto salir contigo.
Sus ojos se abrieron bastante al oírmelo decir.
—¿Salir? —Preguntó, asombrado— Es decir, ¿serás algo así como mi novio?
Desvié la mirada.
—… Sólo no lo digas muy alto. Me jode que se me queden viendo. —Repliqué— Pero sí, supongo.
Él asintió lentamente, entendiendo mi decisión.
Sin embargo, hizo algo que no esperé.
Apretó con fuerza mi mano y me dijo, viéndome directo a los ojos:
—Voy a ser muy claro contigo. —Comenzó— Mi meta es convertirme en tu esposo. Y todos los días, voy a esperar tu respuesta. Cada segundo hasta que me lo digas. —Sentí mis ojos abrirse de la impresión. —Será el mayor privilegio de mi vida casarme contigo. Es lo mejor que voy a lograr.
—Ya deja de decir esas mierdas… —Lo corté, sin verlo, mientras él besaba suavemente cada uno mis dedos, acariciando mi mano con sus labios y su rostro, con tanto maldito afecto, tanta devoción.
Aunque fuera ridículo y patético, por primera vez, lo dejé ser. Lo miré colocarme el anillo en el dedo, susurrándome al oído: "No queremos que se pierda, ¿cierto?". Y sólo le contesté, secamente: "Pues si se pierde, vas y compras otro, maldición".
Pero era mentira. El maldito anillo era único.
Sin embargo, aunque acababa de pedirle tiempo, ahora estaba besándolo nuevamente, con la sensación del anillo en mi dedo mientras él me tendía suavemente en el suelo… y no perdí el maldito detalle de su antebrazo bajo mi cabeza, para que ésta no tocara el piso.
Realmente esperaba confiar en él. Que él hiciera tantos méritos que su error de largarse quedara microscópico y, sobre todo, que pudiera asegurarme que esa basura jamás volvería a ocurrir. Que irse había sido algo que eligió por estrés, pero que él no era así y que en realidad era de confiar. Pero, por mientras, esto era lo único que podía ofrecerle. Una maldita relación…
Fin del capítulo 14.
Notas: ¡Hola! Gracias por leer este fic. En este capítulo, me gustaría hacer unas menciones muy especiales.
Son varias pero, por una parte, a Gala117.
Una de las cosas que más he disfrutado de este fic (y por lo que me siento muy agradecida con él) es por los amigos que he podido conocer. ¿Qué tiene que ver esto con Gala? Pues, en una ocasión, estábamos conversando por PM y cuenta: "Ay, Levi, ¡(el que Eren haya huido) nunca te hubiera pasado si lo hubieras amarrado a la cama!" Al leer su comentario, me fui al piso de la risa, y le contesté de inmediato: "¡Niña, que tienes toda la razón del mundo!" Típico problema de seme primerizo (?) Originalmente el capítulo corría normal, sin embargo, en la parte donde Levi empieza a dejarse llevar, el comentario de Gala hizo muchísimo sentido (¡y no se leía igual sin su perspectiva!). Entonces, el crédito de esta idea del amarre y la opción de reconciliación, es para esta chica maravillosa.
Además de ella, este capítulo va dedicado con todo el cariño a varias personas a quienes adoré leer: Ireth. Igni, Emilda, Portgas D. Raven, Miss Paranoic, Altaria Blue, ConyCP, Blue blu6, Mickeylove14, Kanon Yutaka, Bossenbroek, KAAS' Riko, yayoi heichou, PancitoDeCanela, La ctm (¡gracias, me fascinó leerte! Me da mucho gusto que sigas leyendo esta historia. ¡Gracias, muchas gracias de verdad y te mando un abrazo gigantesco!). Amé leerlos no saben cuánto, infinidad de gracias por compartirme su opinión. Ya les mandé un sustillo por PM o chat dándoles las gracias. Cualquier comentario o crítica constructiva es bienvenida y se agradece mucho.
A quienes estén o sigan en finales como yo, todo el éxito del mundo en sus deberes y pruebas. Que les vaya súper bien, un abrazo fuerte y gracias por leer esta historia.
Un beso.
