¡Historia Nueva!
Los personajes son de S. Meyer y la historia es una adaptación. La Originas es de Penny Jordan.
Amor en público
Penny Jordan
Capítulo 12
-Por última vez, Lauren, no. Nunca voy a darte dinero, bajo ningún concepto.
Mientras se enfrentaba a ella, en la biblioteca del palacio, Edward reconoció que estaba tentado de darle lo que pedía y no volverla a ver. Pero sabía que, aunque lo hiciera, no conseguiría echarla de la vida de Vanessa.
El chantaje era una cosa que crecía con el tiempo. Más pronto o más temprano, Lauren volvería a pe dir más. Una y otra vez. La niña nunca estaría a salvo. Por eso, aunque fuera arriesgado, tenía que acudir a los tribunales para que decidieran con quién debía quedarse Vanessa. Para Edward, aquello era lo más acertado.
-Te arrepentirás -le advirtió Lauren-. Dices que quieres a Vanessa, y no eres capaz de soltar un mí sero millón de dólares para quedarte con ella. ¡Vaya clase de amor!
-Yo podría decir lo mismo de ti. Pero los dos sa bemos que, por tu parte, no hay amor en el asunto. ¿No se te ha ocurrido pensar el perjuicio que te estás ocasionando viniendo aquí a chantajearme?
-¿Y cómo vas a probarlo? -soltó ella con una ri sotada de desprecio-. A lo mejor, haciendo que de clare uno de tus lacayos. Pero mi abogado se encargara de que todo el mundo sepa que en esta casa to dos dependen de ti y tu palabra es la ley. Y si estás pensando en tu esposa... -su risa se hizo aún más desdeñosa-. ¿Cuánto le has pagado para que se case contigo? ¿O lo ha hecho gratis? Pobre tonta... Un hombre le da siempre mucho más valor a aquellas cosas por las que tiene que pagar. Y cuanto más paga, más valor le otorga a las cosas.
-Estoy seguro de que tú lo sabes muy bien, Lauren -le respondió Edward con calma-. Pero como vuelvas a mencionar a Bella en esos sórdidos térmi nos, me aseguraré de que te arrepientas.
-No te atrevas a amenazarme -le dijo llena de fu ria-. Es tu última oportunidad, Edward. Si no la apro vechas, te prometo que te quitaré a Vanessa. Soy su pariente más cercano.
-Una madre que vendió a su hija. Ningún juez te concederá la custodia cuando conozcan tu historia -le dijo Edward, luchando por mantener la confianza en ello.
-Me las vas a pagar, Edward -dijo Lauren, dán dole la espalda-. Te lo prometo. Vas a arrepentirte, porque de ningún modo te quedarás con la niña.
-No eres tú quien tiene que tomar esa decisión -le recordó él. Sin embargo, mientras ella salía del pala cio hecha una furia, él supo que no estaba totalmente seguro.
En un mundo seguro y justo, él debería quedarse con Vanessa, pero... Lauren podía ser muy convin cente cuando se lo proponía, y era manipuladora y peligrosa.
Lauren sacudía la cabeza llena de ira mientras conducía. Había dado por hecho que Edward se rendiría. Necesitaba dinero desesperadamente, porque ha bía un lado muy oscuro en su vida que ni siquiera su hija Victoria conocía.
Durante muchos años, su ex amante Jack, un mafioso, le había estado prestando dinero, y estaba exigiéndole que se lo devolviera. Si no lo hacía, arries gaba su vida. Por eso tenía que conseguir el millón de dólares como fuese.
Apretó el acelerador, provocando una nube de polvo de la gravilla del camino que conducía al pala cio.
Bella, que estaba paseando a Vanessa, vio la nube y se sintió aliviada. Estaba sentada en el jardín cuando había visto llegar a Lauren, y se alegró de que se marchara por fin.
Tenía que haber algún modo de que Edward le diera el dinero, pensó Lauren. Había pensado que él accedería a sus demandas, por eso lo había amenazado con llevarse a la niña. La última cosa que le interesa ba era tener un bebé que dependiera de ella. Nunca había querido que naciera, y le había aconsejado a Victoria que abortara. Pero por supuesto Edward, el típico italiano, estaba encandilado con la dichosa niña.
Lauren apretó las manos en el volante cuando vio a Bella con el carrito... Tuvo una inspiración sú bita y supo que sus plegarias habían sido escuchadas.
Dio un frenazo y se bajó del coche. Fue hacia ellas y le dijo a Bella autoritariamente:
-Dame a mi nieta -se colocó de pie en su camino, de modo que le fue fácil sacar a Vanessa del carrito antes de que Bella pudiera evitarlo.
En cuanto se vio en brazos de una extraña que no tenía ningún cuidado, la niña se puso a llorar, lo que aumentó la ansiedad de Bella.
-La está asustando -le advirtió a Lauren-. Déjeme enseñarle cómo le gusta que la tomen en brazos...
-No me importa en absoluto lo que le gusta o no le gusta -respondió Lauren desagradablemente. Gritó de repente y apartó cuanto pudo a Vanessa, porque la niña, totalmente asustada, había devuelto un poco sobre su traje.
-Ni se te ocurra volver a vomitar encima de mí, mocosa -le dijo, furiosa, y empezó a agitarla con fuerza. Bella protestó y le dijo que dejara de mover así a la niña.
-No te gusta lo que hago, ¿verdad? -respondió la mujer con desprecio-. Pues de todas formas es mi nieta y va a venir conmigo.
Bella no daba crédito a lo que estaba oyendo... Lauren no podía marcharse con Vanessa sin más. Pero se dio la vuelta, sin preocuparse mucho de cómo llevaba a la niña, fue hacia su coche y abrió la puerta del conductor. Entonces, Bella se dio cuenta de que el motor estaba encendido toda vía.
De repente, sintió pánico. Se oían tantas cosas so bre niños secuestrados por parientes en conflictos de custodia legal... Pero ella no había imaginado que aquello pudiera sucederle a Vanessa.
-¡No se la puede llevar! Por favor, solo es un bebé y no la conoce. Además, tiene que comer dentro de media hora.
Lauren se dio cuenta de que lo que le estaba di ciendo era verdad. Pensó rápidamente, y tomó una decisión.
-Si estás tan preocupada por ella, súbete al coche tú también. ¿Quién sabe? Quizá Edward esté dispuesto a pagar el doble para que las dos volváis con él.
Bella la miró estupefacta. Lauren estaba secues trando a Vanessa para pedir un rescate. Sintió mu cho miedo por la niña.
El coche no tenía asiento para bebés, así que la mujer casi tiró despreocupadamente a Vanessa atrás, y en unos segundos se la llevaría. Bella tardaría unos veinte minutos en llegar hasta el palacio y avisar de lo que estaba ocurriendo. Para entonces, Lauren ya estaría lejos.
-¡Espere! -le dijo Bella mientras ella empezaba a meterse al coche-. Voy con usted, pero necesita mos el carro. Se convierte en silla para el coche y...
-Ni hablar. O entras en el coche o te quedas.
No tenía alternativa. Se sentó en el asiento trase ro, y tomó a la niña en brazos. Lauren conducía temerariamente, así que la agarró con fuerza.
-Por favor. Conduce usted demasiado rápido.
-Pobrecita. ¿Qué estás intentando? ¿Hacerme perder el tiempo para que tu maravilloso maridito nos alcance? Ni lo sueñes -Lauren soltó una carca jada-. No voy a detenerme hasta llegar a Roma, y de allí, a Estados Unidos, donde nos quedaremos hasta que se me pague.
No había ninguna posibilidad de que la niña aguantara el camino hasta Roma a aquella velocidad sin ponerse enferma. Además, no tenían pañales ni biberones.
Bella nunca había odiado a nadie como detestaba a Lauren. ¿Cómo era posible que le hiciera aquello a su propia nieta? Pero sabía que no tenía sentido in tentar razonar con ella. Vanessa estaba acurrucada contra el cuerpo de Bella, con los ojitos muy abier tos, llenos de miedo y confusión.
-Todo va bien, pequeñita -le susurró Bella con ternura-. No te preocupes.
Mientras la acunaba, deseaba que alguien le dijera lo mismo a ella. ¿Alguien, o Edward? De repente, Lauren se saltó una señal de stop y estuvieron a punto de chocar contra otro vehículo.
-Típico machista al volante -la oyó decir Bella-. Oh, Dios, cómo odio a los hombres. Y por encima de todos ellos, odio a tu marido. Todo lo que tenía que hacer era darme un millón de dólares. Eso era todo, y podría haberse quedado con la mocosa y contigo. Dice que os quiere, pero es evidente que a ti no te quiere mucho, ¿verdad?
Era una noticia nueva que Edward hubiera dicho que la quería, pero no dijo nada al respecto. Lauren ya estaba lo suficientemente histérica y Bella in tentaba encontrar una forma de calmarla para que redujera la velocidad. Si no lo hacía, tendrían un accidente...
Media hora después de que Lauren se llevara a Vanessa y a Bella, Pietro encontró el carrito abandonado en mitad del camino, y se apresuró a contárselo a Edward.
Edward, que pensaba que Bella quería mantenerse alejada de él por lo que había pasado la noche ante rior, miró rápidamente en el dormitorio, y cuando se lo encontró vacío, tomó su propio coche y condujo hasta donde Piedro le indicó.
Las marcas de los neumáticos en la gravilla le dieron toda la información que necesitaba. ¡Lauren! Estaba claro que era la responsable de la desapari ción de Bella y la niña.
-Oh, Dios mío -murmuró cuando intuyó lo que había pasado-, Dios mío.
En cuanto llegaran a Roma, llamaría a Edward des de el aeropuerto. Justo antes de tomar el vuelo, deci dió Lauren. Y le diría que el coste de quedarse con Vanessa había ascendido a la cantidad de dos millo nes de dólares, y otro millón más si quería que su mujer regresara sana y salva.
Todavía no había pensado cómo iba a convencer a Bella para que subiera con ellas al avión, pero sospechaba que allí donde se llevara a Vanessa, ella iría también.
Vanessa había vomitado tantas veces, que no de bía de tener nada en el estómago en aquel momento, pensó Bella. Intentó hacer todo lo posible para con solarla. Aquella carretera era estrecha y con muchas curvas. Incluso cuando Edward conducía, Bella se sentía inquieta, y Edward era un conductor muy prudente.
Lauren, sin embargo, no lo era, y Bella podría haber jurado que a veces se le olvidaba cuál era el lado de la carretera por el que debía conducir.
Lo inevitable sucedió cuando Bella había comen zado a relajarse y a pensar que Lauren no conducía peor que otros conductores que venían de frente.
La mujer perdió el control del coche y dio un fre nazo, con lo que empezaron a derrapar y se quedaron atravesados en medio de la carretera. Otro coche ve nía a gran velocidad por el carril contrario.
Instintivamente, Bella protegió a Vanessa con su cuerpo cuando el coche empezó a dar vueltas de campana. Notó un terrible dolor en las piernas, y después un entumecimiento, y después dejó de oír los hierros chirriando. Rogó que Vanessa estuviera bien...
Oyó voces llenas de angustia, y consiguió decir:
-¡La niña! Tienen que sacar a la niña -se oyó a sí misma, y vio la cara de un hombre que la miraba ansiosamente. Ya no le dolía nada, pero olía la gasolina y notaba el miedo de los hombres que se agolpaban al lado de la puerta.
No podía pensar. No veía a Lauren, pero notaba el calor de Vanessa en sus brazos.
-¡El bebé! -repitió. Tenía que hacer un gran es fuerzo para hablar y notaba los labios adormilados, pero no podía levantar la mano para tocárselos por que le parecía que todo su cuerpo estaba atrapado bajo un peso abrumador.
-Rápido. Hay un niño ahí -oyó decir a alguien en italiano, y después alguien gritó-: ¡Tendremos que cortar la chapa para sacar a la mujer!
¿De qué mujer estaban hablando? ¿De Lauren? Aunque la detestase, Bella esperaba que estuviera bien...
-La niña -repitió Bella.
El hombre se inclinó sobre ella, mientras Vanessa, que había liberado un bracito, le acariciaba la cara. Bella vio que el hombre se quedaba muy impre sionado y aquello le molestó. ¿Es que no había oído lo que le estaba diciendo?
-Tiene que decirle a Edward, el conde, que Vanessa está bien -le dijo lentamente para que la entendie se-. Estará muy preocupado. Llame al palacio -le dio el número de teléfono y la dirección y notó cómo le sacaban de debajo a la niña con facilidad. Tuvieron que sostenerla mientras colocaban en el hueco un almohadón para que mantuviera la misma postura. Tra tó de resistirse, indignada, pero poco a poco se quedó medio inconsciente.
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Edward tardó menos de media hora en llegar, des pués de que la policía le informara del accidente. Ha bía conducido incluso más rápido que Lauren. Le habían dicho que Vanessa estaba bien.
-¿Y Bella? ¿Y mi esposa?
Hubo una pausa.
-Se ha quedado atrapada en la parte trasera del coche. Debió de echarse sobre el cuerpo del bebé para protegerlo y la fuerza del golpe empujó el asien to delantero contra la parte de atrás, sobre ella -le di jeron en tono sombrío.
Cuando Edward llegó al lugar del accidente, había mucha gente.
-Habrá que cortar el coche para sacar a su mujer. Ya hemos avisado a Florencia para que venga la máquina.
Edward sintió que se ahogaba. Tenía que ir con Bella y nada iba a impedírselo.
-Voy con mi mujer -al decir las palabras «mi mu jer» se dio cuenta de todo lo que significaba para él.
-Está casi inconsciente -le dijo el policía -. Ade más, se ha derramado la gasolina y no es seguro.
Edward le entregó a Vanessa a Sue y dijo:
-Déjeme verla.
Sin esperar la respuesta del agente, Edward traspa só el cordón policial. Le daba vueltas la cabeza. Era peor incluso que la imagen del accidente de Victoria y James. El pequeño coche había chocado contra otro mucho mayor y estaba destrozado. Irónicamente, el asiento del conductor estaba intacto.
-Es un milagro que su hija esté completamente bien. Su mujer ha arriesgado la vida para salvarla. Por desgracia... -continuó el policía-. Por desgracia, no sabemos la gravedad de sus heridas. El doctor acaba de llegar y está intentando hablar con ella.
Edward fue hacia el coche. El médico estaba aga chado, tomándole la mano a Bella.
-¿Siente algo? ¿Le duele? ¿Tiene alguna sensa ción? -le estaba preguntando con suavidad.
Bella intentaba concentrarse en lo que le estaban preguntando, pero le resultaba muy difícil. Todo lo que quería hacer era cerrar los ojos y dormir. Sentía su cuerpo extraño y pesado. Tenía un horrible dolor de cabeza y un sabor metálico en la boca... Por lo menos, Vanessa estaba bien.
-Debe mantenerse despierta -le decía el doctor-. No cierre los ojos -le pellizcó el dorso de la mano con fuerza y se volvió para hablar con alguien que estaba fuera de su campo de visión. No oía lo que es taban diciendo. Sintió un pánico horrible.
¡Se sentía tan sola!
Edward intentó controlar la angustia cuando llegó al lado del coche y le preguntó al doctor cómo estaba su mujer.
-Es importante que se mantenga despierta -le dijo el médico.
Escuchó un gemido de miedo de Bella y se aga chó para hablar con ella.
-No sabemos si está muy grave, y no lo sabremos hasta que la saquen. Tengo que quedarme aquí para hablarle y mantenerla despierta.
-Déjeme a mí. Es mi mujer.
El doctor frunció el ceño, pero Edward insistió.
Bella oyó la voz de Edward diciendo su nombre, pidiéndole que no se durmiera. Intentó concentrarse en el sonido. ¿Cómo era posible que él estuviera allí?
Intentando comprobar si era cierto, abrió los pár pados y se quedó asombrada. Nunca lo habría imagi nado. ¡Edward estaba con ella!
De repente, sintió una alegría que la reconfortó, pero se dio cuenta de que seguramente no estaría allí por ella, sino por Vanessa.
-Intenté detener a Lauren, pero tenía a Vanessa. Dijo que tendrías que pagarle si querías volver a verla...
Se le llenaron los ojos de lágrimas y dio un pe queño gemido cuando Edward intentó secárselas. Vio sangre en su mano y se impresionó.
-Te has cortado -dijo muy preocupada.
-No es nada -contestó Edward. Su voz sonó ronca, como si tuviera algo en la garganta. ¿Estaría enfada do con ella?
Edward volvió la cabeza para que Bella no pudiera ver que él también estaba llorando. La sangre era de Bella, que tenía varios cortes en la cara. Aunque el doctor le había dicho que eran superficiales, no quiso explicárselo para no asustarla.
Dentro del coche hacía calor, y le dolían los mús culos de estar agachado para poder permanecer lo más cerca posible de ella.
Bella pensaba que estaba en un sueño. Él estaba a su lado, agarrándole la mano, apartándole el pelo de la cara mientras le hablaba.
-¿Cómo te sientes? ¿Te duele?
-Me dolió la espalda al principio, pero ahora ya no.
-¿Sí? Muy bien -respondió él mientras se juraba a sí mismo que dedicaría toda la vida a cuidarla si era preciso. Todo aquello era culpa suya.
-¿Dónde está Lauren? -preguntó Bella.
-No lo sé -respondió él sinceramente.
Uno de los testigos del accidente había declarado que había visto a una mujer salir corriendo de la es cena del accidente y Edward pensó que debía de ser ella.
Las máquinas ya habían llegado, y los policías le dijeron a Edward que, por su seguridad, debía quitarse de allí.
Él se negó.
-Cuánto ruido -murmuró Bella cuando las má quinas empezaron a cortar.
-Muy pronto te sacarán de aquí.
Había una ambulancia esperando, y el doctor vi gilaba desde cerca.
Se dieron cuenta de que Bella estaba sangrando mucho al retirar los hierros.
-Me duele -susurró temblando. Tenía la cara blanca como el papel, y los ojos abiertos de dolor y asombro.
-Intenta ser valiente un poco más -le dijo Edward con la voz entrecortada. El doctor iba hacia ellos con una aguja hipodérmica en la mano.
-Esto es solo para que se relaje, y podamos mo verla más fácilmente...
Bella apretó la mano de Edward mientras la aguja se hundía en su brazo.
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-Así que hoy se va a casa ¿eh? ¡Qué pena! -la en fermera bromeaba con ella-. Vamos a echar mucho de menos a su guapísimo marido.
Bella sonrió. Había estado en el hospital un mes. Allí se sentía tan segura que casi no quería volver.
Todo el mundo había sido muy amable con ella, asegurándole que era muy valiente y que había teni do mucha suerte.
Lo peor que le había ocurrido en el accidente ha bía sido perder mucha sangre, pero se había recupe rado perfectamente.
Las roturas y los hematomas habían sanado también, y no quedaba ni rastro de los cortes de la cara. Así que el doctor había decidido que ya era hora de volver a casa. Con Vanessa... y con Edward.
¡Edward! ¿Sería lo suficientemente fuerte como para controlar lo que sentía por él?
El accidente había tenido una consecuencia posi tiva. Cuando la policía había detenido a Lauren en el aeropuerto, se había asustado tanto, que había ac cedido a firmar un documento renunciando a cual quier derecho sobre Vanessa. Tal y como le había dicho Edward a Bella, ningún tribunal la concedería la custodia después de saber que había escapado por poco de una condena de cárcel por conducción temeraria y por poner en peligro la vida de su nieta, a quien decía querer tanto.
También le había dicho cuánto se arrepentía de no haberle dado el dinero a Lauren. Pero Bella le había dicho que aquella mujer nunca habría dejado de chantajearlo.
Aquel día, Bella tenía que volver a su vida normal y tenía miedo. La realidad era que, sin la amenaza de Lauren, Edward ya no la necesitaba. Por lo menos, como esposa. Y eso significaba que...
No quería pensar en ello.
-¿Preparada?
Bella asintió con nerviosismo. Edward recogió la bolsa y se dirigió a la puerta de la habitación. Ante su propia insistencia, Bella sostenía a Vanessa en bra zos. Tan pronto como se había recobrado lo suficien te, había pedido que le llevaran a la niña para que no se sintiera abandonada. Por aquella razón, y no por ninguna otra, Edward la había visitado todos los días e incluso se había quedado a dormir algunos días. Había sido solo por Vanessa, y no por ella.
Bella no había querido que se lo contara a su fa milia. Su hermana le había contado entusiasmada, días antes del accidente, que estaba embarazada, y no quería que se asustara.
Había estado temiendo el trayecto de vuelta a casa en coche, pero Edward se sentó en el asiento de atrás con Vanessa y con ella, y dejó que condujera Pietro.
-No te preocupes, Bella. Estás completamente se gura.
Se sintió mejor. Lo que más la asombró fue que él no solo la acompañara en el asiento trasero, sino que además le tomara la mano y se la agarrara fuertemen te entre las suyas.
Bella se puso rígida e intentó disimular su sorpresa. En todo el tiempo que había estado en el hospital, Edward no la había acariciado. De hecho, le había dado la impresión de que él quería mantener la dis tancia física, exactamente igual que había hecho en el palacio, cuando quiso demostrarle que su relación sexual solo había sido eso, sexo, y no tenía nada que ver con los sentimientos.
Estar sentada allí, sintiendo su mano cálida, hizo que se quedara muy débil. Si pudiera acercarse más a él, apoyar la cabeza en su hombro y sentirse protegi da en sus brazos... Llena de preocupación porque él pudiera descubrir sus sentimientos, sacó la mano de entre las suyas.
Cuando sintió que Bella retiraba la mano, Edward miró por la ventanilla del coche. El rechazo a sus caricias le recordó el alcance de sus pecados contra ella. Se estaba enfrentando a una elección que era imposible para él.
Por una parte, estaba Vanessa, que quería y nece sitaba a Bella. Edward no se atrevía a calcular el daño emocional que podría causarle a la niña perderla en aquel momento. Durante las primeras horas del accidente, cuando Vanessa había tenido que estar sepa rada de Bella obligatoriamente, había llorado sin pa rar y no habían podido consolarla de ninguna manera hasta que Edward, desesperado, la había llevado al hospital y la había puesto al lado de Bella. En el mo mento en que la puso a su lado en la cama, la niña se había tranquilizado, y ella, medio inconsciente, la ha bía rodeado con el brazo.
No, Edward sabía que no había sustituto posible para el amor maternal de Bella.
Pero, por otra parte, estaba la propia Bella. Había sufrido terriblemente por su causa. Ella tenía derecho a elegir al ser amado, pasar su vida con él, tener sus propios hijos, Edward sintió que se moría de pena al pensarlo.
¿Qué iba a hacer?
Conociendo a Bella, sabía que querría volver al contrato original y permanecer con Vanessa cinco años. Pero si aquello era así, ¿cómo podría él contro lar el amor que sentía?
El divorcio no supondría ninguna diferencia. Él todavía estaría enamorado y todavía la desearía. ¿Cómo podría protegerla de sí mismo?
Cuando llegaron al palacio, Bella estaba aliviada, pero también cansada y pálida, así que Edward le dijo que subiera directamente a la habitación a descansar.
-Ya han empezado las obras en nuestra habita ción. Queríamos haber terminado antes de que vol vieras, pero no ha sido posible. Así que podrías ocu parte de supervisar la decoración, el papel, las telas... En cuanto te encuentres lo suficientemente fuerte, concertaré citas con los proveedores.
Bella estuvo a punto de tropezarse con un esca lón. ¿Por qué seguía hablándole de aquello?
Ella había pensado que, sin la amenaza de Lauren, él querría poner fin a su matrimonio. Y se había convencido a sí misma de que, si ya no estaban casa dos, sería mucho más fácil disimular su amor.
No podía dejar a Vanessa, por supuesto, pero si Edward sugería que lo hiciera...
Se le llenaron los ojos de lágrimas al pensar en perder a Vanessa. Edward no se había dado cuenta, y le dijo:
-Bien, ahora te dejo para que descanses. Sue vendrá en un rato para ver si necesitas algo -pero al mirarla, se dio cuenta de que estaba llorando, y se quedó inmóvil-. ¿Qué te pasa? ¿Te duele? Dímelo.
Bella sollozó. Ojalá Edward siguiera pensando que era dolor físico. Pero, antes de que pudiera decir, nada, él explotó.
-Bella, Bella, por favor, no llores. No puedo so portarlo. No puedo soportar pensar cuánto has sufrido por mi culpa. Nunca quise que ocurriera, te lo juro.
Bella oyó sus súplicas y lloró sin poder controlar se al pensar, por lo que él decía, que se había dado cuenta de que estaba enamorada.
-Yo tampoco quería que ocurriera -dijo entre el llanto-. No quería enamorarme, yo...
Notó que se quedaba petrificado. Después, se acercó a ella. Bella se estremeció.
-Bella, ¿qué estás diciendo? -su voz sonaba llena de asombro, pero Bella no se dio cuenta.
¿Qué importaba lo que dijera? Después de todo, estaba claro que se había dado cuenta de que estaba enamorada.
-Digo que te quiero, Edward. Me enamoré de ti en el momento en que te vi por primera vez, y no hay nada que desee más en el mundo que haber concebi do un hijo tuyo. Al menos tendría algo de ti. Sé que tú no me quieres y que quieres dar por concluido el contrato del matrimonio, pero, por favor, no me sepa res de Vanessa, déjame quedarme con ella. Me nece sita, Edward, y te prometo que no te...
Edward la miraba, atónito.
-¿Que no harás qué? -le preguntó con la voz ron ca cuando se dio cuenta de que ella se había quedado en silencio.
Bella sacudió la cabeza. No podía expresar con palabras lo que sentía.
-Que no me permitirás hacer esto -sugirió Edward. La abrazó e inclinó la cabeza para darle un beso sua ve en los labios-. O esto -y pasó la lengua por la lí nea de la boca, hasta que empezó a abrirse sin poder evitarlo.
Bella temblaba de angustia. ¿Qué estaba intenta do hacer? ¿Por qué la atormentaba de aquella mane ra? De repente, le oyó decir con la voz entrecortada por la emoción:
-Bella, Bella. Amor mío. Mi único amor. Casi no puedo creerme que esto sea cierto. Que me quieras, cuando he hecho tan poco para merecer tu amor.
Edward le estaba diciendo que era su único amor. Confusamente, Bella trató de entender lo que estaba sucediendo, pero Edward la estaba besando tan apasionadamente que le resultaba imposible pensar.
Unos minutos después, Edward separó sus labios y le dijo:
-Deberías estar descansando.
Pero mientras le decía aquello, Bella podía ver el deseo en su mirada, y aquello hacía que se le acelera ra el corazón.
-No me mires así -protestó Edward-. Solo soy un hombre, y he estado enfermo de miedo durante estas semanas. Creía que conocía a la perfección el senti miento de pérdida, pero no sabía nada. Si te hubiera perdido, no habría merecido la pena seguir viviendo.
Bella no podía respirar. Luchaba por que el aire entrara en sus pulmones.
-Nunca deberías haber estado en ese coche. Si yo hubiera pagado a Lauren...
Bella notó la culpa en su voz. Había dicho que la quería, pero ¿y si ese amor era solo un espejismo causado por su culpabilidad?
-Tú no... No tienes que quererme -le dijo, buscando las palabras precisas para expresar sus pensamientos.
-Te quiero -la contradijo Edward inmediatamen te-. Tengo que quererte, Bella, porque es mi destino, mi futuro. Creo que me di cuenta a las pocas horas de habernos encontrado. Por supuesto, intenté negarlo, porque a ningún hombre le gusta admitir que ya no tiene el control sobre su propia vida. Pensaba que, cuando decidiera casarme, la decisión sería lógica y racional. Por supuesto, tendría respeto por mi esposa, y por supuesto...
-¿No sería británica, y no estaría acusada de acos tarse con cualquiera? -le dijo Bella.
-Tienes razón en recordarme mis prejuicios con tra ti. Me avergüenzo de ello.
-Entiendo que un hombre de tu posición, con un linaje tan antiguo, tenga valores tradicionales -le dijo ella con delicadeza-. El hecho de que creyeras que yo era una persona promiscua...
-No -la interrumpió Edward bruscamente-. Admi to que intenté pensarlo para defenderme a mí mismo, para intentar no amarte cuando pensaba que tú no me querías a mí. Pero al poco tiempo de conocerte, Bella, ya había reconocido la pureza de tu espíritu. Y una vez que reconocí aquello... -hizo una pausa-. El día de nuestra boda sabía que estaba enamorado de ti, y que siempre lo estaría. Pero no fui lo suficientemente fuerte como para controlar mis sentimientos...
Bella tenía un nudo en la garganta. Sus suaves palabras lo significaban todo para ella.
-Por desgracia, la tentación de saber que...
-¿Que podías disponer sexualmente de mí?
Inmediatamente, Edward negó con la cabeza.
-No, no. Aquello nunca se me pasó por la cabe za-. No, lo que iba a decir era «la tentación de saber que eras mi mujer».
-Pero te asombró saber que eras mi primer aman te. Y cuando lo descubriste, fuiste arrogante conmi go, distante, y me juraste que nunca ocurriría de nue vo. Entonces me di cuenta de que no me querías.
-Al contrario, era porque estaba muy enamorado de ti. Te había juzgado injustamente y había traicio nado la confianza que depositaste en mí al acceder a casarte conmigo. Sabía que no podía confiar en mí mismo; que una vez que hubieras sido mía, ya no po dría detenerme. Por eso intenté mantener la distancia contigo, para protegerte. Si por un momento hubiera sabido que tú también me querías...
Bella lo miró totalmente ruborizada.
-La manera en que te respondí en la... cama... de bería haberte dado alguna pista.
-Quizá. Pero yo estaba convencido de que tu na turaleza apasionada y tu inocencia habían sido la causa de que te entregaras a mí de aquella manera tan sensual. Solo fue otra razón más para sentirme culpa ble. Y si te hubieras quedado embarazada...
Bella apoyó la frente en su pecho y le susurró:
-Lo deseaba con todas mis fuerzas.
-Bella -notó cómo él se estremecía al pronunciar su nombre-. Si me hubieras insinuado que querías aquello...
Los ojos de Bella brillaron y lo miró entre tímida y traviesa.
-Creo que hice algo más que insinuártelo -le dijo, recordando la total falta de inhibición con la que se había entregado a él.
-Quizá yo no estuviera muy concentrado. ¿No te gustaría insinuármelo de nuevo?
-¿Ahora?
En aquel momento, ninguno tenía ya necesidad de esconder el amor ni el deseo, así que Bella se puso de puntillas para alcanzar su boca con un beso que hizo que un escalofrío de deseo le recorriera el cuerpo. Saboreó su boca desvergonzadamente.
-Bella -le advirtió Edward.
-Llévame a la cama, Edward.
-¿Estás segura de que estás bien para esto? -le preguntó él solícitamente, minutos más tarde, mien tras le apartaba el pelo de la cara y la miraba, apoya da en la almohada. Tenía las mejillas sonrosadas de la pasión de los besos que acababan de compartir.
Le desabotonó la blusa y le acarició el cuello y la suave curva del pecho mientras que ella se ofrecía por completo.
-Creo que esta es la mejor terapia que podría te ner -le respondió con una sonrisa mientras se incor poraba levemente para alcanzar de nuevo su boca.
-No sé qué habría hecho si te hubiera perdido -le dijo él, una hora después, cuando ella descansaba apoyada en las suaves formas de su cuerpo masculi no, saciada, relajada y feliz. El sol de la mañana atravesaba los cristales y jugaba sobre sus cuerpos des nudos-. Yo también habría muerto contigo, Bella. Prométeme que nunca, nunca dudarás que te quiero.
-Te lo prometo -le aseguró ella.
Pequeñinas, sólo nos queda el epílogo, besos.
Niñas, les aviso de una vez, cuando las historias sean terminadas de publicar, no será necesario que las descarguen de flagfic o de otros sitios. Pondré las historias a su disposición, con portada y toda la cosa. La pregunta del millón: ¿Dónde?
Bueno, pues para acceder a ellas solo deben pasar a mi facebook ;)
En mi perfil está el link de acceso ;) www . facebook karen . oshea . 568?fref=ts
Besos: K. O'Shea.
