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Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de la fabulosa Stephanie Meyer y la historia es completamente de la grandiosa escritora Venezolana Lily Perozo (serie: Dulces mentiras, Amargas verdades) La historia es Rated M, por contener alto contenido sexual. Yo los adapto sin fines de lucro, solo por mero entretenimiento.
Leer bajo tu responsabilidad.
Gracias a Lily Perozo, la autora por permitirme adaptar su historia, sin ella esto no fuera sido posible.
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Capítulo No. 13
Una vez que las puertas de cristal oscuro del edificio del Estado: Adam Clayton Powell Jr. Se abrieron concediéndole la salida a cuatro de los fiscales que laboraban dentro de la majestuosa y respetable estructura de concreto, hierro y vidrio.
Entre los funcionarios públicos se encontraba Edward Cullen que aprovechó el frío de la intemperie para tomar una bocanada de aire helado que le refrescara la garganta, la que traía ardida después de que le tocará impartir una charla penalista a los casi 1.200 reclutas establecidos para graduarse de la academia de policía, la mañana del lunes en el Madison Square Garden.
El clima últimamente estaba enfriando más que de costumbre, estaba seguro que éste era el Otoño más frío que estaba viviendo en Nueva York y por primera vez le hizo caso a las noticias matutinas del estado del tiempo, las que escuchaba mientras se vestía por la mañana, después de su religiosa rutina de capoeira, la que interrumpió la llamada de su tío en la cual lo felicitaba y aún después de casi una semana seguía preguntando por cómo le había ido a Esme en su primera consulta prenatal, interrogándolo a él y estaba seguro que también lo hacía con ella.
Definitivamente no había sido una buena idea que Carlisle Cullen se convirtiera en padre después de tantos años, porque su sentido de sobreprotección iba en aumento.
Se colocó un traje gris: formal y abrigado, incluyendo el chaleco que muy poco le gustaba usar, pero le ayudaba a ajustar la bufanda y eso era razón suficiente para decidirse por la prenda.
El frío imperaba, por lo que buscó dentro de la gabardina gris plomo, los guantes de cuero forrados de cachemira en color grafito y se los colocó. Luciendo un formidable atuendo en diferentes tonos de grises y que su corbata roja armonizaba de manera impecable atrayendo miradas.
—Hoy no podré acompañarlos a almorzar, prometí hacerlo con mi esposa. —les informó Jack Jenks a sus compañeros.
—Primero la familia, así que tranquilo. —le palmeó uno de los hombros, Snowden el asistente fiscal 185°.
—Yo también paso del almuerzo, tengo una asesoría en la torre, en media hora. —dijo Edward, que buscaba un cigarrillo en los bolsillos internos de la gabardina, pero dejó de hacerlo al saber que no lo encontraría, apenas recordaba que los había dejado en el auto.
—Entonces nos vemos en un par de horas, Jenks queda para mañana el almuerzo… no creas que lo he olvidado. —el asistente fiscal Gross, de aspecto estilizado y gran estatura. Buscó en su teléfono el artículo de noticias y se lo enseñó a su compañero—. Aquí está la prueba, la puta revista informó que el 46% de los errores se debe a equivocaciones de los investigadores judiciales.
— ¡Qué le den! Como dirían los españoles. —objetó Snowden con el ceño fruncido, hasta casi juntar sus tupidas cejas que le robaban protagonismo al color azul de sus ojos.
—Es una mierda ese artículo. —acotó Jenks sintiéndose ofendido por la noticia difamatoria.
—Sí que lo es, pero dijiste que este año no llegaba al 40% has perdido la jodida apuesta.
—Señor Gross, le recuerdo que las apuestas son ilegales en el Estado de Nueva York. —le advirtió en un claro tono de amenaza y se alejó un par de pasos.
—Me pagas mi puto almuerzo. —le exigió de manera divertida y lo señalaba insistentemente.
—Será mejor que le pagues el almuerzo —aconsejó Edward sonriendo y acoplándose al paso de Jenks—. O te hará la vida imposible, no dejará de joderte un solo minuto.
—Está bien, está bien. —empezó a asentir con la cabeza fingiendo estar derrotado—. Mañana te llevo al Carnegie Deli.
—Jack Jenks estás de psiquiátrico si crees que me brindarás un almuerzo del Deli. —se giró y caminó en sentido opuesto a su interlocutor, para no seguir alargando una conversación que sabía no los llevaría a ningún lado, porque ninguno de los dos iba a ceder.
—No quedó satisfecho. —agregó Edward evidenciando su buen estado de humor.
—Sé que no. —aseguró riendo de buena gana.
— ¿A dónde vas a almorzar? Podría llevarte —se ofreció Edward con amabilidad.
—No es necesario Cullen, ya mi esposa está esperando. —le palmeó la espalda, agradeciendo de esa manera el gesto del chico—. Nos vemos.
Edward asintió en silencio y se quedó parado en la acera observando como Jenks atravesaba el Boulevard Adam Clayton Powell Jr. Mientras se decidía a ir al estacionamiento por su auto, un Bentley continental, que estaba estacionado a poca distancia, inició la marcha y se detuvo frente a él.
En ese momento el vidrio de la ventana del asiento trasero descendió, lo que inevitablemente captó la atención de Edward y todo su buen humor se fue al diablo en el momento en que la cara de Aro Vulturi se le atravesaba en las pupilas, las que se dilataron en señal de alerta.
—Ethan, ¿tienes un minuto? Necesito hablar contigo —le pidió el hombre con voz conciliadora.
—No lo tengo —le contestó de manera rotunda.
—Ethan, por favor. Hoy es tu… —intentaba hablar pero Edward lo detuvo.
—Hoy no es nada —tensó la mandíbula ante la ira que empezaba a recórrelo y sin embargo su postura era recta como la de alguien que no sintiera las inmensas ganas de matar que lo embargaban. Se giró para largarse del lugar.
—Hijo, lo siento —dijo en el tono de voz adecuado para que además de su chofer, sólo él pudiese escucharlo.
Edward no pudo controlar la jauría de odio que se le desató dentro al escuchar las palabras que salieron de la maldita boca de Aro Vulturi, esas palabras que lo hacían despreciarse. Tan sólo si supiera la lucha que había llevado por años para aprender a vivir con lo que era, ni siquiera se le pasaría por la cabeza llamarlo de esa forma. Se dio la vuelta y en un par de largas zancadas llegó hasta el auto apoyó las manos en la puerta y casi se metía dentro del vehículo lo que hizo que Aro retrocediera en el asiento.
—Métete tu maldito remordimiento por el culo. —le dijo con dientes apretados, apenas si podía controlar los temblores que lo recorrían a causa de la furia—. La próxima vez que me llames hijo, te mataré, juro que lo haré, me va a valer mierda el juicio, no te dejaré opciones. Si no lo he hecho hasta ahora es porque no quiero ser una sucia rata como tú… ¿Lo sientes? ¿Ahora lo sientes? No creo en tu palabra, no creo en ti, eres un hijo de puta que no vale mierda. —siseó obligándole a sus manos que se habían empuñado a no estrellarse contra el rostro del hombre al que más detestaba.
— ¡No sabes nada! —explotó perdiendo los estribos y las lágrimas una vez más le anegaban los ojos, al ser consciente del desprecio que su hijo sentía hacia él y sabía que intentar ganarse su perdón era una causa perdida. En ese momento prefirió nunca saber de él, seguir pensando que alguien lo había adoptado y que lo que le había arrancado al amor de su vida había sido un accidente—. Yo amaba a tu madre, yo la amo, nunca quise hacerle daño.
—No la ensucies, no la nombres… no tienes el derecho —en la garganta de Edward empezaron las lágrimas a hacer estrago, no podía controlarlo porque su punto vulnerable era su madre—. Eres un maldito mentiroso. —se alejó del auto utilizando como punto de apoyo sus puños, empezó a negar con la cabeza—. No tenías necesidad, no la tenías… ella tenía orgullo y lo último que hubiese hecho sería pelear por un parásito. Tenías a Sulpicia y ella lo sabía ¿temías que le dijera que tenías una familia? ¿Fue por eso que pagaste? Eres un maldito cobarde —una inevitable lágrima rodó por su mejilla y la limpió con ira—. No vuelvas a acercarte a mí, no quiero verte la puta cara, no quiero hacerlo si no es a través de unos barrotes. Entonces lo haré todos los días hasta que te desintegres y aún así eso no será suficiente para que pagues —con toda la furia que lo consumía golpeó el techo del Bentley, obligando a sus ocupantes a sobresaltarse.
Se alejó un paso y en ese momento sintió unos pasos apresurados detrás de él, no tenía que volverse para saber que se trataba de Tayler y Ben.
—Joven Cullen… —la voz agitada de Ben se dejó escuchar.
Los hombres se apostaron a cada lado de Edward y de manera instintiva empuñaron sus armas. Ben la llevaba en la espalda y la de Tayler en el arnés en su cintura.
—Todo está bien. —arrastró las palabras con los dientes apretados. Era en esos momentos en que odiaba tener que cargar con las niñeras.
El vidrió del Bentley empezó a ascender, mientras Aro lo miraba aturdido y Edward le sostuvo la mirada cargada de resentimiento, hasta que la ventanilla se interpuso entre el duelo de miradas y aún así Edward no se movió del lugar hasta que el auto arrancó.
En ese momento el teléfono le vibraba en el bolsillo del pantalón y no pensaba contestarlo, pero una férrea necesidad lo venció y lo sacó. Apenas vio el nombre que identificaba la llamada entrante, sintió miedo y cosas terribles se le pasaron por la cabeza, tanto como para que sus manos temblaran y dudará en responder porque temía que no fuera ella quien llamaba. Entonces pensó que Vulturi simplemente lo estaba distrayendo o en el más inteligente de los casos usándolo como coartada.
Cerró los ojos y apretó el móvil con fuerza. Su corazonada era algo extremista, pero a él nada, absolutamente nada lograría sorprenderlo. Sabía que tan cruel podría ser la vida y más allá de pensar que su más grande posibilidad de ganar el caso estaba perdida, le desesperó el sólo hecho de pensar que algo malo le hubiese pasado a la señora Senna.
Debía salir de dudas, así que abrió los ojos y el iPhone seguía vibrando ante la llamada entrante. Se armó de valor atendió.
—Señora Senna —saludó deseando que la voz de ella se dejara escuchar y no la de ningún efectivo policial.
—Ethan —escuchar la voz de la mujer le tranquilizaba los latidos del corazón y dejó libre un suspiro de alivio—. ¿Cómo estás hijo? No quiero interrumpir en tu trabajo.
—Bien, estoy bien señora Senna. No se preocupe no interrumpe —dio media vuelta reanudando su camino al estacionamiento y podía escuchar el eco de los pasos de sus guardaespaldas al seguirlo—. Estoy en la hora del almuerzo. ¿Usted se encuentra bien? —preguntó, porque definitivamente la llamada lo sorprendía.
—Sí hijo, estoy muy bien… —la mujer guardó silencio por varios segundos titubeando sobre el pedido que haría—. ¿Tendrás al menos diez minutos disponibles para que pases por aquí? —preguntó en voz baja apenada con Ethan.
—Sí claro, en pocos minutos estoy con usted —contestó sin importarle que no había almorzado, ya comería cualquier tontería.
—Gracias.
—No tiene porque. —le dijo con una sonrisa tranquilizadora y finalizó la llamada—. Necesito que me lleven al hotel Stanford. —les pidió a los guardaespaldas que lo seguían a un paso de distancia. Él no tenía cabeza, ni mucho menos ganas de conducir.
Al llegar en el estacionamiento subió a la parte trasera de la camioneta y marcó a su secretaría.
—Buenas tardes, Emily. ¿Cómo estás? —le hizo la pregunta porque apenas tenía tiempo para comunicarse con ella.
—Buenas tardes, señor Cullen. Bien gracias ¿y usted?
—Bien, aunque se me ha presentado un imprevisto y no podré atender la asesoría del señor Rodríguez, por favor reagéndalo para la fecha más cercana.
—Sí señor, enseguida lo hago.
—Dile que me disculpe, pero lo que se me acaba de presentar es de suma importancia.
—No se preocupe señor, déjelo en mis manos. —le dijo con voz conciliadora para que su jefe no se sintiera tan presionado.
—Gracias. —suspiró apenas de manera perceptible y finalizó la llamada. Fijó su mirada en la pantalla del teléfono y con el dedo pulgar bordeaba el círculo inferior, indeciso entre si llamar a Bella o escribirle. Después de casi un minuto se decidió por la segunda opción, al recordar que debía estar en la sesión fotográfica y una llamada podría ser inoportuna.
Espero ser el primero en ver esas fotografías.
Tecleó agradeciendo a los materiales especiales que los guantes tenían en el pulgar y el dedo índice y facilitaban la escritura sin la necesidad de quitárselo. Envió el mensaje instantáneo. Mientras la respuesta llegaba empezó a juguetear con el teléfono al darle vueltas en su mano y anclaba la mirada en el camino. Necesitaba distraerse porque el indeseable encuentro con Vulturi lo había perturbado y aunque la señora Senna pareció estar normal, temía que el motivo de su encuentro fuese para informarle que ya no seguiría ayudándole. El móvil le vibró en el agarre y ese excitante vacío en su estómago surgía de la nada con el sólo hecho de pensar que era la respuesta de Bella, ese vacío y esas cosquillas que sólo ella producía en él.
Te tocará esperar, porque en este momento no puedo ni moverme con las benditas alas. Van a terminar por desviarme la columna.
P.D: Pero vale la pena.
No pudo evitar sonreír estúpidamente al imaginarse a Bella como su mariposa nocturna, pero sabía que su utopía no le haría justicia.
Estoy seguro que en este momento eres la envidia de toda la especie de lepidópteros: habidas y por haber.
Además de las alas ¿qué otra cosa llevas puesta?
Envió su respuesta, en el momento en que Tayler tomaba la rotonda con salida a la 5ta avenida.
Llevo un diminuto conjunto de lencería que moriría porque me lo quitaras, mientras me susurras una y otra vez el nombre científico.
Ante el mensaje de Bella, se removió incomodo en el asiento e instintivamente separó un poco las piernas, al sentir como la inconfundible y placentera alteraciones se apoderaban de su espina dorsal e inevitablemente el glande empezaba a sensibilizarse. Bendito poder el de esa mujer para excitarlo con tan pocas palabras.
Pero más allá de la excitación su mirada resaltó un diminuto conjunto de lencería y una alerta lo invadió repentinamente, y sin siquiera pensarlo empezó a escribir el mensaje de vuelta.
¿Hay hombres ahí?
Casi inmediatamente Bella le contestaba.
Sí, claro que hay hombres, hay mucha gente aquí.
La mandíbula se le tensó y quiso pedirle a Tayler que siguiera de largo hasta el set de fotografías donde se encontraba Bella no quería dejarla con otros hombres en ese lugar.
¿Cuántos?
Las respuestas de Bella cada vez duraban menos, lo que quería decir que no se encontraba tan ocupada, tal vez estaban en medio de un descanso.
Cuatro, hay cuatro hombres aquí conmigo fiscal.
Para Edward cuatro hombres eran demasiado, quería saber qué podrían hacer cuatro tipos en un lugar como ese, además de comerse con la vista a su mujer.
¿Te han estado mirando?
Ella inmediatamente le respondió.
No sólo me han estado mirando, hasta me han agarrado el culo. Son quienes se encargan de maquillarme no el rostro, el cuerpo, además de realizarme los peinados.
Son homosexuales, con actitudes más femeninas que yo, así que puedes dejar los celos en el lugar donde te encuentres que eso te agota las energías y no te quiero desganado para el fin de semana.
Recuerda que tenemos un compromiso.
Edward farfulló e hizo un sutil berrinche como si fuese un niño malcriado. Dejó caer el teléfono móvil entre sus piernas y pensó la respuesta antes de escribir y arrepentirse. Le costaba asimilar que quienes la tocaban eran homosexuales, no lo creería tan fácilmente, pero debía creer en la palabra de Bella.
En el momento en que la camioneta cruzó a la izquierda hacia la W 32nd St. Sabía que estaba por llegar al hotel Stanford, por lo que agarró el teléfono y escribió su respuesta.
Guardaré todas mis energías para el fin de semana. Estoy por entrar a una reunión, apenas me desocupe te llamo para que me digas qué tal quedaron las fotografías.
Te envío besos que borren las huellas de las manos de tus asistentes.
El mensaje de Bella no se hizo esperar.
Suerte en la reunión. Ya siento tus besos.
Edward se quedó esperando un poco más de ese último mensaje, tal vez anhelaba que Bella supiera o lo recordara, pero eso no sucedió. Guardó su teléfono en uno de los bolsillos de su pantalón y en ese momento la camioneta se detenía frente a su destino. Bajó y con él lo hizo Ben, mientras que Tayler buscaría un puesto en el estacionamiento.
Espero que les haya gustado el capítulo.
No creen que merezca Reviews.
Adelanto del próximo capítulo…
— ¡Feliz cumpleaños Ethan! —lo felicitó la mujer con ese entusiasmo que embarga a las personas cuando realmente hacen lo que desean.
A Edward empezaron a temblarle las manos y se llevó una al rostro y se lo cubrió para sofocar el inevitable sollozo que se le escapaba y después de eso, aunque se apretara la cara con la mano el torrente de lágrimas no dejaba de brotar. Eran de felicidad y de tristeza, de dolor y de alivio. De impotencia y de esperanza. Eran muchos sentimientos causando estragos en él.
Era revivir la parte más bonita de su pasado, pero de igual manera lo arrastraba a lo más cruel y doloroso que había vívido. Estaba seguro que ningún dolor, ninguna impotencia, ningún pánico en la vida se le comparaba al que él había experimentado con tan sólo ocho años.
