Niñas! Aquí capítulo nuevo!

Gracias por seguir leyendo y por vuestra paciencia.

Os quiero un montón.

A leer entonces

Cata!


Capítulo 14

Bella y Edward van cogidos de la mano por el campus universitario, mientras el sol sigue pegando con fuerza, pese a que la estación más calurosa está despidiéndose de la temporada. Sonríen mientras comentan la pasada reunión con sus amigos, donde incluso Jamie se animó a participar, ya que Morfeo no llegaba a convencerlo de dormirse de una vez, por lo que decidió ser el centro de atención en la reunión que se vivió en su casa nueva.

―Jamie será un chico bohemio…

―Ni me lo digas ―murmuró Edward con pesar, mirándolo Bella de reojo y soltando una carcajada a la que el joven escritor se unió enseguida. ―Pero en cuanto llegue el momento, le dejaré las cosas bien claras, sobre todo por el asunto de las novias…

―No queremos que te haga abuelo tan joven, ¿verdad?

―No sé qué hubiera dicho mi madre o mi padre de saberse abuelos tan pronto, pero lo que sí puedo asegurar es que lo hubieran amado…

― ¿Y quién no es capaz de amarlo?

― ¿Lo dices por él o por mi? ―preguntó Edward con picardía, levantando una de sus cejas. Ella lo miró y sonrió al responder.

―Por ambos… ―acotó ella, elevando cara y ofreciéndole sus labios a Edward, quien no demoró en besárselos tiernamente.

Era tan bueno estar enamorados, pensaron ambos al unísono, pues sentían que cualquier cosa sería posible para ellos, pues eso conseguía el amor, una seguridad inexplicable que les empujaba a ser felices.

Siguieron caminando hasta el punto donde ambos se apartaban, cada uno hasta su clase, cuando a espaldas de la pareja, se oyó la voz de una mujer.

―¡Bella! ¡Bella!

Ambos se giraron hacia la voz y vieron a una mujer delgada y cabello corto y desordenado correr hacia ellos, con una sonrisa atravesándole la cara mientras una de sus manos se agitaba en el aire en señal de saludo.

Bella arrugó el entrecejo y Edward miró con diversión a la chica que corría hacia ellos, mirando a continuación a su novia, a la que parece, habían pillado por sorpresa.

―¿La conoces?

―Uhm… sí…

Eso fue todo lo que alcanzó a responderle, pues la chica se apresuró a abalanzársele y abrazarla con demasiado entusiasmo, quedando Bella atrapada en los brazos delgados de la chica, que no dejaba de repetir su nombre.

―¡Ay, Bella, qué alegría encontrarte! ―exclamó la chiquilla, apartándose y tomándola por los hombros, sin dejar de sonreír, mientras que Bella no podía retribuirle con el mismo entusiasmo.

―¿Renata?

―¡La misma! ―exclamó con entusiasmo. Sus ojos eran oscuros y sobresaltaban sobre su blanca piel, al parecer, cuidada estrictamente contra los rayos UV. Vestía ropa casual, jeans, una polera con el logo de una vieja banda de rock y unas zapatillas viejas, que iba muy bien con su aparente estilo despreocupado que dejaba entrever. Reparó la chica en Edward, que seguía sonriendo junto a ellas, apresurándose a acercársele y besarle la mejilla sin él prever ese movimiento, que lo pillo desprevenido. Miró a Bella con picardía, y luego volvió a mirar al joven de los pies a la cabeza ―Veo que te ha ido muy… muy bien…

―Sí… uhm… él es Edward, mi…

―Tu novio, puedo verlo. ―Respondió Renata interrumpiéndola y mirando a Edward, quien se apresuró a coger la mano de su chica cuando ella la buscó a tientas, como para marcar territorio. ―Eres muy guapo, Edward.

Edward negó con la cabeza y sonrió divertido, mirando a la chiquilla chispeante que había llegado a sorprender a su novia.

―Esto… gracias… ¿Renata?

―Sí, Renata, una antigua y olvidada amiga de Bella, ¿verdad? ―volvió a mirar a su amiga después de darle una buena repasada al atractivo joven a quien su amiga cogía celosamente de la mano, para marcar su territorio.

― ¿Y qué haces aquí? ―quiso saber Bella, ahora un poco incómoda, deseosa de acabar luego con ese fortuito encuentro.

―Te vi de lejos, iba pasando por aquí, paseando, ya sabes… pues una cabeza tan atolondrada como la mía no sería admitida en una universidad tan prestigiosa como esta… Bueno, la cosa es que te vi y salí corriendo… ¡y aquí me tienes!

—Vaya…

―Debemos ponernos al día… ―dijo, volviendo a poner sus manos sobre los hombros de Bella, mirándola directamente a los ojos ―¿te parece si vamos por ahí y hablamos?

―¿Ahora? Me parece que no es posible, tengo clases y…

―Hablando de clases, señoritas… ―interrumpió Edward, mirando su reloj de pulsera ― yo debo dejarlas. No puedo retrasarme.

Bella quiso protestar para que no la dejara sola o que al menos la arrastrara con ella, pero no pudo hacer nada, pues cuando se dio cuenta ya se estaba despidiendo de Renata.

―Fue un gusto conocerte, Renata ―le dijo Edward a la chica, antes de acercársele a Bella y besar sus labios suavemente, ante la atenta mirada de la recién llegada, que los miraba como si estuviera proyectándose frente a ella una buena película romántica. ―Te veo más tarde.

―¡Recuerda lo de Charly! ―advirtió Bella a Edward, antes que este se apartara del todo, y quien levantó su dedo pulgar y guiñó un ojo.

―Wow… qué sexi es… ―comentó la chica del cabello corto, mirando a Edward que se alejaba de ellas con paso decidido, mientras ella mordía su labio, cosa que molestó a Bella.

―Renata, en serio, ahora voy a una clase…

―¡Oh, Bella, puedes saltártela! ¿Hace cuánto no nos vemos?

Bella apretó los dientes y miró a la entusiasta Renata, de la que honestamente nunca fue tan amiga como para haber sido parte de ese "reencuentro" tan efusivo, ni mucho menos para saltarse una de sus clases teóricas. Pero lo poco que recordaba de ella, era lo insistente y molesta que podía llegar a ser para conseguir lo que quería, por lo que suspiró dándose por vencida.

―Mira, puedo quedar contigo en otro momento dentro del día, pero justo ahora tengo una clase importante.

Renata hace un puchero infantil, torciendo su cabeza y cruzando sus piernas como una niña pequeña a la que se le priva de la diversión.

―Ya veo… pero en serio, me gustaría quedar contigo. Ahora sé dónde encontrarte ―añadió eso último en tono de advertencia medio en broma, mientras alzaba al unísono sus cejas.

―Ya veo… te parece si te llamo…

―Ah, no. Sé que no lo harás… Pero yo sí que lo haría, por lo que puedes llamarme a mi número ahora para dejarlo guardado ―dijo, sacando su teléfono del bolsillo trasero de sus jeans, esperando que Bella diera el siguiente paso, cosa que hizo antes de retrasarse más. Sacó su móvil y marcó el número que ella le dictó, aprovechando Renata de guardar el número en la memoria de su teléfono.

―Ahí lo tienes.

―Durante la tarde te llamaré para quedar uno de estos días. ¡Y debes contestarme, pues te perseguiré!... o perseguiré al galán sexi que tienes como novio….

―Está bien, está bien. Espero tu llamada.

― ¡Seguro! ―exclamó Renata, volviendo a abrazar a su amiga, antes de soltarla y dejarla ir, deseándole una buena clase.

Se quedó de pie viéndola caminar hacia uno de los edificios del campus, mordiéndose el labio y sonriendo con satisfacción de quien tiene cubierta una primera etapa de un plan bien elaborado.

Bella entró a sus clases después de ese "sorpresivo" reencuentro, con una sensación extraña en el cuerpo. Primero, debía reconocer sobre lo alerta que se puso cuando vio a Renata al recordar lo avasalladora que ella era con los hombres, lanzándose sobre ellos de la misma descarada forma que lo hizo con Edward, a quien le pareció gracioso ese arrebato. Fuera de eso, le costaba encontrar momento memorables que pudieran haberse dado entre ambas durante el tiempo que en verdad coincidieron en el grupo de amigos que ella frecuentó en un tiempo, de quienes pocos recuerdos agradables conservaba, pues las reuniones siempre giraban en torno a alcohol fiestas y drogas… y Jacob. Pues ambas se conocieron en el tiempo que ella salía con él, y honestamente no quería traer a su presente nada de esa época. Quizás por eso su incomodidad, y su extrañeza por sobre todo, pues buen recuerda que nunca fueron tan amigas como para que ella hubiese reaccionado de esa forma tan efusiva a su encuentro.

―Podemos ver que la señorita Swan no está atenta a la clase… ―comentó de pronto su estricta profesora, quien la miraba directamente a ella, seguramente esperando la respuesta a una pregunta que Bella no oyó gracias a sus cavilaciones.

―Ejem… perdóneme, maestras.

―¡Atenta, señorita Swan! ―exclamó la sesentona profesora, antes de volverse a mirar la proyección de su ordenador.

Bella logró concentrarse en la clase que duró una hora y media, antes de salir a una clase práctica. Luego de eso, se retiró a darse una ducha rápida a los baños de la facultad y enseguida enfiló hasta los escalones de la biblioteca donde a lo lejos vio a Rosalie cargando a Jamie, mientras hablaba con Charlie animadamente. Se relajó caminando hacia ellos, cuando desde atrás sintió unas fuertes manos que la aferraban por la espalda y deteniendo su caminar. No necesitó girarse para saber quién era, pues su cuerpo anunciaba la presencia de Edward como si estuviera en sincronía con él, dejando caer su espalda sobre el torso de su novio, quien besó su cuello al descubierto gracias a la coleta que llevaba la chica atada a la nuca.

―Amo como reaccionas a mi ―susurró Edward justo bajo su oído, provocándole escalofríos en todo el cuerpo a Bella, la que suspiró de puro placer.

Cuando Edward quería, podía dejar salir a flote todo su lívido y tentar a Bella en cualquier momento y lugar. Le gustaba provocarla cuando ella menos se lo esperaba, pues como le dijo, amaba la forma como reaccionaba a él.

Bella mordió su labio y enroscó los dedos de sus pies dentro de sus Converse, ahogando el gemido que habría brotado naturalmente de estar en otro lugar.

―No hagas eso si no quieres montar un numerito aquí frente a la biblioteca…

Edward sonrió con malicia, besando la piel de Bella y apretando el agarre de sus manos por las caderas de ella.

―Los catedráticos no están para presenciar la forma en la que te haría el amor sobre el césped…

―Basta, Edward… ―protestó ella sin mucha convicción, deseando poder tomarlo de la mano y correr junto a él hacia el apartamento para encerrarse ahí por el resto de la tarde con el fin de que le brindara atenciones a su deseoso cuerpo. Pero no podía, no cuando Rosalie ya los había visto y los apresuraba a reunirse con ella, el niño y Charlie.

― ¡Ey, tortolitos! ¿Qué hacen ahí?

Edward se apartó y tomándola de la mano, recorrió la corta distancia que quedaba entre Rosalie, Charlie y Jamie, este último estirándole los bracitos para que lo agarrara en brazos.

―Menos mal llegan ―dijo la rubia, besando la mejilla de Bella ―Charlie y yo nos cortamos de hambre y Emmett tiene un banquete preparado en el apartamento…

―¡Un banquete! ―exclamó Charlie, frotándose las manos.

―Bueno pues, no lo hagamos esperar más ―dijo Bella, tomándose al brazo de Charlie y enfilando con el resto hasta el edificio donde alguna vez vivió Edward. Habló con Charlie sobre cómo había estado su mañana, contándole él lo feliz que había sido al recibir un libro de regalo de unas de las bibliotecarias del lugar, mientras unos pasos delante de ellos, Rosalie hablaba con Edward sobre cómo Irina había llegado a media mañana con la intención de llevarse a Jamie.

―No me dijo que quería llevárselo… ―recordó Edward en voz alta, cuando la noche anterior Irina lo llamó, avisado que había tenido que salir de la ciudad rápidamente y que no había tenido oportunidad de avisarle, por si es que la echaba de menos.

Rosalie se alzó de hombros mientras caminaba junto a Edward rumbo al edificio.

―Insistió en que no era necesario que tú lo supieras, pero le dije que sí lo era. Creo que se molestó…

―¿Se molestó?

―¿Tú qué crees? ―preguntó Rosalie con diversión ―Se fue refunfuñando sobre por qué a ella le negaban sacar a su hijo así sin más, mientras que Bella podía hacerlo…

―Ella puede hacerlo, pero sabe cuáles son las reglas, además sabe también que no le negaría salir con Jamie, pero debe avisarme. ―Miró entonces a Jamie, quien había dejado caer su cabecita en su hombro, aprovechando él de besar su frente, la que con el roce de sus labios sintió un poco más caliente ―¿Estás enfermo, campeón?

―Justo iba a preguntártelo, pues estuvo más decaído que de costumbre. Quizás se está agarrando una gripe o algo así…

―Pondré cuidado ―asintió el estudiante de literatura, volviendo a besar la frente de su hijo. Rosalie igualmente lo miró con preocupación y estiró la mano para acariciar la espalda del niño.

―Le podemos dar algo en casa.

―Seguro… ―respondió Edward.

Al llegar al apartamento de Emmett, se apresuró en dejar a Jamie en la cama doble del dormitorio pues el niño había caído dormido.

Se planteó llevarlo al pediatra cuando acabara su reunión con la editorial, a la que debía llevar su manuscrito finalmente terminado, cosa que le hacía mucha ilusión. Mientras almorzaban, Edward comentó de lo que iba su historia, sin revelar grandes detalles de ésta, pues el grupo dijo preferir leerlo del libro cuando saliera publicado.

―Una mujer que no logra conformarse con haber perdido al amor de su vida en un accidente. Sigue buscándolo en otras personas, hasta que comprende que, de alguna manera, ese amor ha transmutado en otra persona, completamente diferente, que le enseña a entregarse al sentimiento otra vez.

―Suena eso a que habrá un final feliz para la protagonista…

―No sé si feliz, como de cuento, pero logrará ver otros matices del amor que desconocía… ella hace reflexiones que a los editores y a Carlisle le han parecido interesantes, no solo para mujeres u hombres que puedan haber pasado por esa misma situación….

―Basta, Edward, no sigas contándonos la historia…

―Es verdad. Como sea, estamos seguros de que será una revelación, como lo han sido los poemas.

―Me basta con la satisfacción de verlo publicado, aunque no sea un best seller

―Lograrás forjarte un nombre, estoy seguro de eso… ―dijo Charlie, apuntando al novio de Bella con el tenedor que estaba usando para devorar el platillo que Emmett había preparado para ellos. Edward le agradeció la confianza con una sonrisa, antes que sentir la mano de Bella tomar la suya, dándole un apretón ligero.

Se miraron y recordaron la noche anterior, cuando Edward le presentó el manuscrito listo, con un papel pegado en la primera tapa, donde se leía la dedicatoria que él había hecho en honor a ella, con la cual a Bella le entraron ganas de llorar de la emoción: "Para la mujer que capturó mi ser, y con la que sé, viviré prendado por el resto de mis días". Eso, más que una dedicatoria, era una profunda declaración. Ella siempre sintió que el amor de Edward y su relación con él era demasiado buena para una chica como ella, obligándose siempre a mantener sus esperanzas a raya respecto a una vida eterna a su lado. Además, ambos eran jóvenes y ella pensaba que él, en el camino, podría conocer otro amor. No así ella, que se sentía profundamente atada a ese hombre, al que sabía, amaría por siempre.

Acabado el ameno almuerzo, Edward tomó al niño dormido en sus brazos y lo cargó hasta el auto en compañía de Bella y Charlie, el que de satisfecho, se acomodó en la cama de plaza y media que había en un cuarto de invitados a dormir una buena siesta.

―Quisiera tener la misma suerte de Charlie y echarme a dormir un rato, pero no puedo…

―Lo siento, cariño… ―lo abrazó por la cintura y besó su barbilla cubierta de la barba que solía usar. El la rodeó por los hombros y descansó su cara contra el tope de su cabeza, mientras miraban a Jamie dormir en su cuna. ―¿Quieres que te acompañe con el pediatra hoy? Puedo llevar al niño y reunirnos allá, para que no tengas que venir aquí.

―Es una buena idea, te lo agradezco. A las seis nos estará esperando, así que me da tiempo por si la reunión se extiende.

―Estupendo.

―¿Y tu amiga no te ha vuelto a llamar? ¿Renata, no?

Bella rodó los ojos y se apartó de Edward para empujarlo hacia el dormitorio de ambos. Él la acomodó sobre su regazo, metiendo sus manos bajo la camiseta de la chica. hundió su rostro en el hueco de su cuello y aprovechó de arrastrar sus labios por la suave piel de su mujer.

―Oye… ―intentó protestar ella sin llegar a sonar convincente.

―Tú me trajiste al dormitorio, yo solo reacciono a las señales que me envías…

― ¡Qué señales, Edward! ―se apartó divertida, lanzándole suaves manotazos para que se apartara él con sus lascivas intenciones, hasta que claudicó cuando él, mucho más ágil que ella, la dejó tendida bajo su cuerpo sobre el colchón.

―Tengo media hora, cariño…

― Y Charlie duerme en la otra habitación, al igual que Jamie… no seas cruel…

― ¿Cruel yo?

―Sabes que media hora no nos bastaría

―Demonios, Bella…―susurró con intención, capturando sus labios y hundiendo su lengua en la boca abierta de su novia, la que lo envolvió por los hombros con sus brazos y con sus piernas por la cintura, pegándose a él. por instinto ella se movía, restregando su cuerpo al de Edward, el que gruñó casi desesperado. ―Nena, no sigas haciendo eso si no quieres que me olvide de Charlie y de la maldita reunión…

―Lo siento… ―le dijo Bella, poniendo sus manos sobre su rostro.

Si de ella dependiera, se desnudaría y dejaría que Edward le brindara las atenciones con las que venía tentándola desde la mañana, como si con la noche anterior no les hubiera bastado. Habían hecho el amor despacio, disfrutándose el uno del otro.

―No lo sientas… ―sonrió, restregando su nariz a lo largo de la de ella. ―Mejor dime qué fue eso de la amiga que casi me saltó encima esta mañana.

Bella soltó un bufido largo y se aprontó a relatarle la historia.

—Renata… y no es mi amiga, si me ciño al concepto de amistad que tú conoces.

―Pude ver que no te complació su aparición, aunque intentaste que no se te notara… ―murmuró Edward, ahora con sus labios pegados a la frente de Bella, la que se apartó para mirarlo a los ojos.

Se reacomodaron de costado sobre la cama, sin que él soltara el agarre alrededor del cuerpo de Bella. Le sonrió, encantada que él la conocieran tan bien, que se haya dado cuenta enseguida lo poco que la complació la aparición de Renata.

―Pero lo notaste ―se acercó y besó sus labios sutilmente. ―En realidad, ella y yo coincidimos en un grupo que salía de fiesta constantemente, cuando yo salía con Jacob.

―Ya veo…

―Drogas, alcohol, fiestas, entre otras cosas sin sentidos fue lo que nos llevó a coincidir, pero nunca forjamos una amistad, no lo hice con nadie de ese tiempo, por eso me pareció extraño que Renata se me acercara con tanta… efusividad, como si hubiésemos sido amigas desde siempre, ¿comprendes?

Edward asintió, pensativo. Debió temer que esa amistad que a Bella no le causaba tanta emoción, provenía de su historia con Jacob.

―Por supuesto. Y si te resulta incómodo o no te da confianza, puedes decírselo, podemos hacerlo juntos.

―Prácticamente me empujó a darle mi número de teléfono.

―Si no querías hacerlo, pues no deberías habérselo dado ―dijo, tocándole con su dedo la punta de la nariz.

―Me la quería sacar de encima…

―Bueno, pues, no contestes si te llama, no te sientas en la obligación de recibirla si no quieres.

Bella sabía eso, pero pensaba que quizás podría darle una oportunidad. Quizás Renata necesitaba de alguien, como ella lo necesitó en algún momento.

― ¿Pero si a ella le pasó lo mismo que a mí? ¿Si las cosas han cambiado para ella y quiere, no sé, hacer amistades?

―Es válido pensarlo, pero cariño, si no te sientes cómoda, ni segura, da un paso al costado. Los amigos no se imponen.

―Quizás un café y una conversación me bastarían para hacerme una idea. Después de eso, ya veré. ―entonces miró a su novio, y puso su dedo en su pecho, empujándolo. ―Ahora, tú, joven escritor, debes comenzar a moverte…

La sonrisa de Edward se formó poco a poco en sus labios, apresurándose a cambiar su postura, quedando sobre ella.

― ¿Moverme? ―preguntó, restregándose contra ella, sacándole carcajadas. ― ¿Así?

― ¡Edward, basta! ―se reía ella, empujándolo para que se apartara, sin desearlo realmente. Él sonrió y besó sus labios antes de pegar su frente a la de ella. Suspiró y se apartó con una mueca de desagrado.

―Ya sé, ya sé. Pero esta noche…

―Esta noche…

La besó justo antes de levantarse e ir al baño a ducharse para la reunión con la editorial, mientras que ella se quedaba tendida de espaldas sobre la cama, mirando el cielo de la habitación, pensando en Renata y su sorpresiva reaparición, preguntándose si su sentimiento de desconfianza hacia ella era del todo válido.

Dejó ir a Edward a su reunión, ataviado con un pantalón de vestir negro y una camisa azul clara que se le veía muy bien.

―Esta noche dejaré que me la quites ―le susurró Edward cuando ella pasó sus manos sobre sus pectorales, sobre la tela de la camisa.

Charlie se marchó después de tomarse un café de grano y jugar con Jamie, claro, en la medida que su ánimo daba pie para eso, pues el pequeño estaba decaído y casi todo el tiempo se mantuvo sobre las piernas de Bella, con su cabecita recostada en su hombro.

Llegada la hora, Bella bajó con el niño al estacionamiento y lo metió dentro del coche, sobre su sillita en la parte trasera. Suspiró, rodeando el flamante jeep y se encomendó para manejarlo sin estropearlo.

Lo hizo sin problemas, llegando hasta la consulta del médico donde Edward ya los esperaba, y quien ese apresuró en tomar al niño en sus brazos.

―Ha estado toda la tarde igual, aunque conseguí que comiera y tomara su leche… ―anunció Bella, sosteniendo entre sus manos el peluche con el que había estado intentando entretener a Jamie.

Edward miró a su hijo y peinó su cabello, mirando su carita decaído.

―Ya te verá el doctor, campeón.

Cuando se instalaron en la salita de espera hasta que el doctor los llamara para su cita, ella recostó su cabeza contra el hombro de Edward.

― ¿Te fue bien en la reunión?

Edward giró su cara y besó el tope de la cabeza de Bella antes de contestarle.

―Sí, mejor de lo que me esperaba. Estoy muy conforme, muy contento.

―Me alegro. ¿Y entonces, por qué estás tan serio? ¿Estás preocupado por Jamie?

―Jamie tiene que tener algún virus o algo, me preocupa por supuesto, pero no creo que sea nada más. Lo que pasa es que a su madre se le ocurrió ir a hacerme un numerito a la editorial, cuando estaba en plena reunión. Creo que fue hasta el jardín a por Jamie, y Rosalie le contó que el niño estaba decaído. No sé cómo supo que estaba en la editorial…

―No fue al apartamento…

―Lo supuse, me hubieras llamado.

Edward cerró los ojos con su boca cerrada sobre la frente algo caliente de su hijo, recordando lo que había sido la llegada de una furiosa Irina, pidiéndole explicaciones de por qué ella no estaba enterada que su hijo estaba enfermo.

―Lo viste esta mañana en la guardería, tendrías que haberte percatado que estaba decaído. Pero no te preocupes, lo llevaré al médico.

—También tendría que ir, así que dime donde y cuando.

―Bella lo llevará cuando…

― ¿Perdona? ¿Dijiste Bella? ¡Y por qué esa mujer está encargada de las cosas de mi hijo, cuando yo tendría que ser quien lo haga! Ella no tiene derecho a retirarlo como si nada de la guardería, cuando yo, su verdadera madre no puede. Tampoco tiene derecho a llevarlo al médico cuando está enfermo, cuando esa es mi labor.

― ¿Acabaste ya con la performance? ―preguntó cruzado de brazos

― ¡No es una performance! Quiero ser la madre de Jamie, y siento que no me dejan… que no me dejas…

―Irina, la verdad no entiendo a dónde quieres llegar. A pesar de todo, he dejado que te relaciones normalmente con Jamie, nunca te lo he negado, y ciertamente la relación que se forjó entre él y Bella, "mi novia", es algo que no tiene nada que ver contigo y tu relación con nuestro hijo, así que no la culpes. Ella no está tomando tu lugar ni mucho menos.

―Como sea, quiero saber cuándo llevarás a Jamie al doctor.

Edward rodó los ojos y le dio las indicaciones, pidiéndole que fuera si realmente estaba interesada, y no para hacerse notar o darle una lección a Bella.

―O sea que ahora vendrá… ¿te parece mejor que me marche?

―No, por ningún motivo.

―No quiero enfrentamientos. Además, quien importa aquí es Jamie, y es bueno que él vea a su mamá cuando se siente mal. Uno busca a su mamá instintivamente cuando se siente enfermo, ¿no?

Eso era algo que Edward no podía aseverar, ni mucho menos Bella, la que siempre que enfermaba terminaba llorando sola, hecha un ovillo sobre la cama. Pero siempre deseó unas manos femeninas que la cuidaran cuando ella no se sentía bien, manos que suplieron algunas buenas monjas o Renée cuando ella fue más grande.

―Jamie Masen ―dijo entonces una enfermera con uniforme colorido, que se apresuró a hacer pasar a Edward y a su hijo, mientras Bella los aguardaba en la sala de espera, mirando con diversión las imágenes infantiles que ornamentaban el espacio, y que mantenían bajo control a los pequeños que llegaban a la consulta. Había juegos dispersos en una esquina, sobre una mesa pintada de todos colores, además de revistas de tiras cómicas y otras con imágenes para colorear.

Había cogido un entretenido libro infantil de la mesita de centro cuando sintió su móvil sonar en su bandolera. Miró el número y aunque este no estaba asociado a ningún contacto, supo que se trataba de Renata, por lo que decidió responder, de lo contrario la chica insistiría.

― ¿Hola?

― ¡Qué hay, Bella! Soy yo, Renata.

―Ah, hola Renata ―respondió Bella, cerrando los ojos.

―Me preguntaba si esta noche podríamos reunirnos.

―Uhm… sabes que es complicado. ¿Podemos dejarlo para otro día?

―No, no podemos. Porfis, Bella, solo será una copa o un café, lo que tú quieras… si quieres puedo visitarte en tu casa, o donde vivas…

"ah, no, al departamento no"

―Mira, ¿lo podemos dejar para mañana? Prometo no escaparme, pero ahora estoy complicada.

― ¿Todo bien con el Adonis?

― ¿El Adonis?

―La cosa rica que tienes por novio…

―Sí, todo bien con él. vuelve a llamar mañana, ¿vale?

No tengas duda que lo haré.

Cuando Edward y Jamie salieron de la consulta, el niño venía agitado una paleta dulce que el buen doctor le regaló para mantenerlo quieto mientras lo revisaba. Se puso de pie apresurándose a recibirlos y saber qué había dicho el doctor.

―Lo que me temía, un virus. Nada que no se resuelva con mucha agua, frutas y una semana de reposo en casa.

― ¿No te dio medicamentos?

―Sí lo hizo. Pasaremos por ellos de camino.

Irina no había llegado a la cita, como Edward lo previó, cuestión que le causó una mala sensación en la boca del estómago. El niño se supone estaba enfermo, y ella, como la madre que deseaba ser, debería haber estado ahí para él, aunque no fuera de gran cuidado lo que al niño le ocurría. De cualquier modo, agradecía que Bella estuviera con él, pensó mirando al granuja de su hijo coquetear con su novia envolviendo en su pequeño dedo índice un mechón de pelo de Bella, mientras ella le preguntaba cómo se sentía y mientras él esperaba que le entregaran los medicamentos que había comprado.

Recorrieron el camino a casa, contándole Edward a Bella cómo es que Jamie se había pegado ese virus, probablemente por contagio aéreo con otro niño de la guardería.

―Hay que darle mucha agua y los medicamentos por una semana. Además de mucha vitamina C, y cuidar que la fiebre no subiera por las noches. El decaimiento y la falta de apetito son algo normal, así que podemos estar tranquilos.

―Me alegro que solo sea eso ―dijo Bella mirando hacia el asiento trasero del vehículo.

Llegando a casa le cambiaron la ropa y lo metieron a la cama, y mientras Edward le leía un cuento, Bella le preparaba la leche para después darle su medicamento antes que se durmiera.

En eso llegó Alec, pidiendo disculpas por su desaparición, pero había tenido un compromiso importante que cubrir, adivinando por su rostro hinchado con nuevos hematomas, que se había tratado de una de sus peleas de box clandestinos, que ya una vez antes lo mandaron derechito al hospital.

―Esas peleas no son seguras, Alec ―apuntó Bella, sentándose junto a Edward en el sofá, entrelazando los dedos de su mano con los suyos.

―Ninguna pelea lo es ―agregó entonces Edward, mirando a su amigo con desaprobación. Recuerda que han sido varias las veces que ha tenido que verlo con el rostro hinchado, por ese deporte que al menos para él, no tiene ningún sentido.

Alec alzó las manos hacia sus amigos, para que detuvieran sus interpelaciones contra él.

―Oye, de verdad, chicos, me basta con las protestas de Tanya. Pero cuéntenme las novedades y que es eso que tuvieron que llevar a Jamie al doctor.

―Un virus, todo bajo control ―explicó Edward a su amigo, contándole qué había dicho el doctor y cuáles eran los cuidados que había que tener con el pequeño, que en ese momento dormía tranquilamente.

Al día siguiente, Bella salió del apartamento a toda carrera. Eran pasadas las diez de la mañana e iba retrasada a su clase por culpa de su insistente novio, que le rogó que se quedara cinco minutos más en la cama, minutos que se convirtieron en casi una hora, retrasándola. Él, muy relajado, la vio vestirse a toda carrera, con sus manos tras su cabeza y su torso desnudo, su cabello revuelto gracias a los jalones y las atenciones que ella le brindó.

―Eres… despiadado ―le dijo antes de salir, oyendo ella a sus espaldas las carcajadas de su novio, que también la hicieron sonreír a ella.

Pisó la sala de ensayo y abrió la puerta con mucha discreción, cosa que no le sirvió de nada, pues la estricta profesora de danza moderna le indicó con el dedo que diera la vuelta por donde había venido. Nadie, absolutamente nadie podía llegar tarde a su clase, y eso todos los alumnos lo sabían, pero Bella quiso probar suerte, no resultándole, debiendo devolverse cabizbaja, aunque esperaba encontrar a la maestra a la salida de la clase y excusarse con algo creíble que la redimiera, pues si le decía que había tenido sexo mañanero con su novio, seguro no volvería a abrirle la puerta.

Se apresuró a sacar su teléfono para enviarle un mensaje a Edward y decirle que por su culpa no la dejaron entrar, pero sus dedos quedaron estáticos sobre la pantalla, cuando la voz femenina que oyó el día anterior después de tanto tiempo, la interrumpió.

―Supongo que estás enviándome un texto a mi…

Bella levantó la cabeza y asombrada, vio la figura menuda de Renata frente a ella, sonriendo con suficiencia como siempre.

―Renata, qué haces aquí…

―Buscándote ―respondió, rodando los ojos, como si fuera lo más obvio.

―Yo…

Renata movió las manos en el aire y se apresuró a acercársele hasta tomarla por los hombros. Solía tener ese gesto con las demás personas, como si quisiera dominarlas.

―No te dejaron entrar porque llegas tarde, así que no tienes excusa. Vámonos por ahí a tomar un café o algo…

―Yo no…

―¡Anda, Bella! ―exclamó, agarrándole la mano y jalándola hacia el sector de las cafeterías. ―No puedo creer que no tengas tiempo para una vieja amiga…

―Renata, de verdad, ¿qué es todo esto?

― ¿A qué te refieres?

―Te comportas como si hubiésemos sido las mejores amigas del mundo, cuando en realidad...

Renata se detuvo y la miró con ojos tristes.

―Yo solo quería hablar contigo, ver qué ha sido de ti en todo este tiempo. Siempre destacaste en el grupo, como si no pertenecieras a él, por lo que me alegro que hayas tomado un buen camino, no como el resto, que son todos unos buenos para nada, exceptuando a Jacob, por cierto…

―No me interesa saber nada sobre ninguno de ellos ―se apresuró en responder ella, a lo que Renata asintió, comprensiva.

―Y espero que eso no me meta a mí en el mismo saco. Si bien es cierto no tuve tu suerte de estar en una universidad como ésta, tengo un trabajo que me permite vivir dignamente. No vivo en un palacete no tengo un adonis esperándome en casa como tú, pero he tratado de salir adelante, sabes… y solo lo quería compartir con alguien.

—Vale, disculpa ―dijo Bella, sintiéndose avergonzada por su actitud.

―Bueno, tampoco soy un pan de Dios, pues a veces salgo a tomar un par de tragos, tengo uno que otro ligue y a veces fumo algo de marihuana o inhalo algo de coca… ¿tú ya no necesitas de eso?

―No, desde que casi me mata.

―Tienes razón, la droga es algo malo ―dijo en tono de broma, cosa que a Bella no le pareció graciosos pues parecía estarse burlando de ella. ―De cualquier modo, si alguna vez quieres caer en la tentación, yo puedo disponer de un poco, solo para relajarnos.

Bella no dijo nada, simplemente miró el recipiente desechable del café que a ella le había tocado pagar, pensando que en adelante sería sincera con ella y evitaría a toda costa cualquier reunión con Renata, que no le daba ninguna buena espina.

Dejó que hablara de su vida y respondió apenas a las preguntas que ella le hacía, sobre todo cuando quiso saber de Edward, de cómo lo había conocido, qué hacía, si ya vivían juntos, y de cómo era en la cama…

― ¡Porque supongo que un tipo como ese, debe ser una bestia entre las sábanas! ―exclamó Renata demasiado alto, tanto que algunos otros estudiantes que había en el café, se giraron a mirarlas.

―Soy feliz con él ―se limitó a decir, bebiendo del café antes de ceder a sus impulsos y lanzarle la bebida caliente a la cara.

―La felicidad es algo de lo que tenemos que agarrarnos con dientes y uñas, Bella… ―meditó en voz alta, mirándola por sobre el borde de su vaso. Enseguida sacó su teléfono del bolsillo y miró la hora, alzando sus delineadas cejas. Dio el último trago a su café y se puso de pie a toda velocidad. ―Y hablando de felicidad, si yo quiero seguir con la mía, debo presentarme en el trabajo. ¿Me llamas para una salida de chicas?

No esperó a que Bella le respondiera, simplemente se le acercó y besó su mejilla antes de salir corriendo del pequeño café, quedando Bella de una pieza por esa forma tan apresurada de marcharse, aunque no era algo que a ella le molestara, había sido una suerte que Renata hubiera puesto fin a la reunión, pues se imaginó inventando uno y otro motivo para levantarse e irse. Había sido menos de una hora allí reunidas, y a ella le había parecido el café más largo de su historia.

Suspiró aliviada y aprovechó que quedó sola en ponerse a pensar inevitablemente en lo que había sido su vida en la época que conoció a Renata, las andanzas que en aquella época le causaban tanta euforia. entonces, el recuerdo de un viaje entre semana sobre el que tiene poca claridad vino a su memoria. Un viaje… a Valle Escondido. Arrugó su frente y se rascó la cabeza, poniendo atención a los resquicios de sus recuerdos sobre ese viaje, y no es mucho lo que puede aportar, pues estaba tan bebida y se le había pasado la mano con la marihuana, que a diferencia del resto la aletargaba, que se quedó dormida dentro del coche.

Se reacomoda sobre su asiento cuando recuerda un hecho que la asustó, esto cuando Jacob mató a un perro en la carretera, una noche por un camino olvidado a orillas de un río. Lo único que sabe es que se asustó mucho, pero Jacob logró convencerla de que apenas lo había tocado al pobre animal.

¿Por qué recordaba ese hecho sin importancia ahora? Será porque Edward viene de ese lugar… y porque Jacob ha estado contactándose con la tía de Edward por alguna razón. Entonces una punzada se posó en el centro de su pecho, un calor doloroso del que no pudo deshacerse, ni siquiera cuando salió a tomar aire.

―No puedo quedarme con esto… tengo que investigarlo… ―se dijo entonces, comenzando a trazar un plan que ayudara a revelar el misterio que a Edward venía aquejándolo hace bastante tiempo.

**oo**

―Tienen una relación idílica. Él es un tipo absolutamente atractivo, aunque poco pude verlos juntos, pero por lo poco que vi, se nota que él como... un satélite alrededor de ella.

Jacob escuchaba a Renata mirando hacia la ventana de su despacho, mientras esta le exponía lo que había logrado averiguar sobre la relación entre Bella y Edward. No sabía cómo tomarlo, pues no podía aceptar que ella hubiera logrado ser feliz con otro tipo, menor que él incluso, un pueblerino que se las da de escritor.

―Se conocieron en la universidad y ya van a cumplir un año juntos, incluso viven en el mismo apartamento.

― ¿El mendigo vive con ellos?

― ¿El mendigo? ¿de qué hablas? No me dijo nada sobre eso…

―No tiene importancia ―dijo, haciendo una señal con su mano.

― ¿Puedo saber para qué quieres toda esta información?

―Lo que me cuentas no es algo que no sepa, Renata, solo quería constatar los hechos para calcular mis próximos movimientos y crear mi plan de contingencia…

― ¿Qué?

―Olvídalo. ―Abrió el cajón de su escritorio y sacó un sobre, tirándolo sobre la mesa hacia Renata, la que se apresuró en abrirlo y ver su contenido. ―Ahí está lo que acordamos. Ahora puedes irte.

― ¿Puedo saber si todo esto lo estás haciendo para recuperarla? No me digas que Jacob Black está enamorado de una imposible…

―Cierra la boca y lárgate de una vez, Renata. Lo que haga o deje de hacer con la información, no es algo que te incumba.

Cuando se queda a solas, Jacob saca su teléfono móvil y entre maldiciones a media voz marca el teléfono de la mujer que desearía nunca volver a ver. Esta vez es él quien necesita hablar con ella para ponerla al tanto de cómo están las cosas, y para ponerla al tanto de lo que él considera su plan de contingencia. Ella debe tenerlo todo muy claro, aunque eso le cueste a él una fuerte cantidad de dinero para tenerla contenta y de su lado.

― ¿Eres tú, querido Jacob?

―Necesito que vengas. Ahora.

― ¿Ahora? Puede que esté ocupada…

Jacob apretó la mano libre fieramente. No estaba para las bromas de esa mujerzuela.

―Dos horas, si dentro de ese tiempo no te encuentro en el parque donde siempre nos reunimos, dile adiós a tu existencia, Sue ―y sin más, colgó. Suspiró y se dispuso a abrir su bandeja de correos y enviarle un mensaje a uno de sus abogados de confianza. Tendría que cubrir todos flancos, no debería dejar nada al azar.

Movida por el miedo o quizás por el entusiasmo de recibir un poco de dinero, Sue llegó puntualmente a la cita, sentándose en uno de los bancos de la placita frente a una pileta redonda, mientras esperaba al joven empresario. Pensaba, que si Jacob quería ser discreto, podría invitarla a beber algo por ahí, pero nunca él cedía a esas insinuaciones de su parte.

Se cruzó de piernas, alisándose el vestido que había elegido para la ocasión y que había comprado en una liquidación gracias al dinero que el moreno joven le había dado la última vez. Además, se había peinado, dejando caer su cabello negro sobre sus hombros e incluso se había maquillado. Quién sabe y Jacob cambiada de opinión sobre ella y la invitaba finalmente por ahí a beber un trago… o quizás a un motel, pues no le vendría nada mal un poco de acción con un joven tan esplendido como él.

A lo lejos vio aparcar el coche que Jacob usaba, uno negro de vidrios polarizados, como los que usa la gente rica en las películas, pensando en que si se esforzaba un poco, podría llegar a tener uno de esos mismo coches y ser la envidia de Valle Escondido.

―Jacob, querido, qué gusto que me hayas citado… ―dijo ella, descruzándose de piernas y volviéndolas a cruzar, mientras le daba un visto rápido al joven empresario, quien al llegar quitó de sus ojos las gafas negras, metiéndolas en el bolsillo de su saco azul marino que se ajustaba tan bien a su atlético cuerpo.

Jacob se sentó de mala gana junto a la mujer y la miró con gesto hosco, pasando por alto el aleteo de pestañas que la mujer le brindó como bienvenida.

―Cállate y escúchame. Lo que tengo que decirte es serio, y debemos ponernos de acuerdo en lo que vamos a hacer.

Sue alzó sus cejas y miró con curiosidad al nervioso muchacho.

― ¿Hacer con respecto a qué?

El joven bufó y pasó sus manos por el espeso cabello negro, intranquilo.

―El tipo ese, tu sobrino que vive aquí…

― ¿Qué pasa con él?

―Pasa que está emparejado nada menos que con mi ex pareja, la misma que me acompañaba esa vez… que nos conocimos…

― ¿Y? ―siguió preguntando con una risita que delataba lo perdida que estaba.

― ¡¿Y?! En cualquier momento ella va a recordar todo y le dirá lo que ocurrió, ¿comprendes?

―Oh… ―puso sus dedos contra sus labios, asintiendo al recordar la imagen de la muchacha con la que vio a Edward la última vez que lo buscó ―Con razón me pareció carita conocida cuando la vi con él…

― ¿Los viste y no me lo dijiste? ―preguntó con fiereza Jacob, sujetando a la mujer por el antebrazo sin medir su fuerza. Ella hizo una mueca de dolor y sacudió el brazo, soltándose del agarre de Black.

― ¡Ni siquiera recordaba que era tu noviecita de aquel entonces! Pero no debes asustarte, tú mismo me dijiste que ella no sospechaba nada, que iba lo suficientemente ebria y drogada el día que mataste al maricón…

― ¡Pues no puedo confiarme!

― ¿Y qué es lo que vas a hacer?

―Cubrir cualquier laguna que pueda inculparme directamente, y necesito que prestes atención y que te aprendas la historia, por si él llega a preguntarte.

― ¿Y por qué me preguntaría a mi?

―Ella te vio de juerga con nosotros, y te vio al día siguiente cuando te volvimos a encontrar en el estacionamiento abandonado.

―No me reconocería…

― ¿Estás segura? Si no colaboras, ya sabes lo que podría pasarte…

― ¿Y cuál es tu plan?

Jacob inspiró profundo y le contó el plan que había elaborado para exculparse, al que Sue prestó mucha atención. Era difícil que ella la recordara, pero de cualquier modo negaría todo si se le vinculaba de alguna forma.

Mientras tanto, mientras ambos hablaban sentados en el banco de la plaza a varias cuadras del edificio donde Black trabajaba, a un par de metros de distancia y poniendo mucha atención a este dialogo se encontraba el joven que, por petición de Edward, seguía los pasos de Sue.

Garrett movía la cabeza, pensativo y estrechaba los ojos, dilucidando que ambos estaban discutiendo algo importante, por la postura corporal preocupada de Sue y Jacob, y que incluso discutía, alzando los brazos ella y pasándose él repetidas veces las manos por el rostro y el cabello, en clara señal de exasperación. En ese momento deseó tener algún adminiculo sofisticado para poder oír la conversación, algo con que ponerlos en evidencia respecto a las sospechas de Edward.

No estuvieron más de media hora sentados en ese lugar, hasta que Jacob se levantó frente a las protestas de Sue, quien al parecer no consiguió lo que esperaba de él, probablemente alguna buena suma de dinero. Se quedó sentada mirando al hombre alejarse hasta el coche que había dejado aparcado y decidió ponerse de pie y caminar a paso firme y decidido hacia la estación de trenes.

Sacó entonces Garrett su teléfono y le envió un mensaje a Edward, avisando que tenía información importante, devolviéndole Edward enseguida el llamado.

Qué tienes, Garrett…

―Sue y Jacob acaban de reunirse. Me parece que tuvieron una discusión… la cosa es que estaban muy tensos. No pude oír nada, pero…

―Me basta con saber que siguen reuniéndose. Pensaré en lo que haré a continuación y te lo comentaré. Gracias por todo, Garrett.

―Ya sabes que puedes contar conmigo.

Gracias otra vez.

Garrett colgó la llamada y se guardó el teléfono en el bolsillo, dirigiéndose hasta la misma estación de tren donde seguro se encontraría con Sue. No valía la pena seguirla ahora de regreso a la ciudad, pues ya había obtenido información importante, y sospechaba que más que eso, no lograría averiguar.

Edward en tanto, en compañía de Alec, se quedó pensando con el teléfono en la mano en aquella última información que Garrett le entregó, y que seguía un patrón ya habitual entre Sue y ese tipo.

― ¿Entonces? ―preguntó Alec, golpeando su hombro.

―Se reunieron otra vez… ―dijo, pasándose la mano por la barbilla. Alec asintió, haciendo una mueca con la boca.

―Y volverán a reunirse una y otra vez, y nosotros nos quedaremos aquí esperando dirección divina…

― ¿Y qué propones que debo hacer? ―le preguntó Edward a su amigo, a sabiendas de lo que iba a decir él.

―Ir de una vez donde ese tipo y encararlo. Sacarle verdad por mentira… ¡Qué se yo!

―Va a negar cualquier cosa que podamos decirle…

―Puedes decirle que saber que le entregas dinero a tu tía, y que le exiges saber por qué lo hace.

―No sé… ―Edward sacudió la cabeza, no del todo convencido.

―Edward, vamos a quedarnos esperando un año más para saber qué diablos pasa entre ellos debemos comenzar a movernos, no esperar que nos lleguen más pistas.

Edward mordió su labio y puso la mano sobre su pecho, con el presentimiento y el miedo crepitante de saber que a algo espeluznante para él iba a destaparse cuando lo enfrentara. Ya suficiente tenía con saber que ese tipo se relacionaba con Sue por algún motivo que no conocía, y además saber que ese mismo hombre no era de los trigos limpios y que para colmo había sido ex pareja de la mujer que él amaba y que en ese momento acompañaba a su hijo en el cuarto. ¿Qué más le quedaba por descubrir?

―Hagámoslo ―dijo finalmente Edward, a lo que Alec se puso de pie de un salto, moviendo los pies y haciendo ejercicios con sus manos, como si fuera a presentarse a algún combate.

Apareció por el pasillo Bella, que vio a Alec en ese plan previo a una pelea, mientras que su novio estaba sentado en el sofá, con la vista perdida en alguna parte, claramente preocupado.

― ¿Qué pasó? ―se apresuró a preguntar ella, mirando primero a Alec y luego a Edward, quien apenas le dedicó una mirada, corriendo ella a sentarse junto a él. ― ¿Edward?

―Hemos decidido ir y encarar al Jacob ese…

Bella abrió la boca ligeramente y sintió un cosquilleo en la barriga lo que interpretó como miedo y al que no le quiso dar más vueltas. Miró entonces a Edward esperando que este le diera más detalles, no consiguiéndolo sino hasta que insistió.

― ¿Vas a contarme a lo que irán allí, Edward?

―Volvió a reunirse con Sue hace menos de una hora, y más que las pruebas de los encuentros y de saber que él le entrega dinero cada cierto tiempo, no es mucho más lo que averiguaremos, por lo que Alec insistió en dar el siguiente paso.

―Vamos a ir a encararlo y preguntarle qué se trae con la vieja Sue…

La chica tragó grueso y miró a Edward, que seguía evitándola con la mirada. Tenía miedo, podía verlo en sus ojos y en su postura corporal, el mismo miedo que quizás la invadía a ella, no sabe bien por qué. Tomó entonces la mano que descansaba sobre el pecho de Edward y lo instó a mirarla, cosa que él hizo girando su cabeza hacia ella lentamente. Se quedaron viendo en silencio por unos instantes, ocasión que usó Alec para desaparecer y darle intimidad a la pareja, atinando Edward a entrelazar sus dedos a los de ella, perderse por un momento en el color de su mirada que lo cautivó desde el primero momento que los vio en medio del gentío del vagón de tren, momento que recordaba como si fuera ayer.

―Dios… eres tan hermosa… puedes hacer que olvide absolutamente todo, cada una de mis preocupaciones desaparecen al momento que me conecto con tu mirada…

Ella sonrió con tristeza, torciendo su rostro y mirándolo con todo el amor que sentía por él. extendió su mano y acarició la barba que crecía en el rostro de Edward, adorando el rose con sus dedos.

―Lo mismo puedo decir yo. No sabes lo afortunada que me siento de tenerte

―Somos dos afortunados entonces.

―Edward, por favor, dime cómo te sientes respecto a la decisión que tomaste.

―Tengo mucho miedo, Bella. Tengo la impresión de que cuando hable con ese tipo, voy a descubrir cosas que no quiero saber ―asumió en voz alta su miedo, deseando Bella poder hacer algo para ayudarlo.

―¿Quieres que interceda? Puedo acercarme a él y…

―Te quiero al margen, no quiero a ese tipo cerca de ti. ―Dijo Edward de forma tajante ―Quizás estoy apresurándome y en verdad nada saquemos con la visita, ni siquiera tengo la seguridad de que querrá recibirnos. Pero Alec tiene razón, debo hacerlo ahora, sino cuando.

―Está bien. Hazlo y sal de estas dudas de una buena vez.

―Lo haré.

―Y recuerda que yo estoy aquí, esperándote para reconfortarte. No olvides lo mucho que te amo, y que no habrá nadie más a quien logre amar de esta manera.

―También te amo, Bella. Tú y mi hijo son lo más importante que tengo.

Se besaron como si se estuvieran despidiendo, como lo harían dos amantes cuando saben que existirá un periodo de tiempo en que la distancia ―o las circunstancias― los separaran. Ella se aferraba a Edward por los hombros y torcía la cara mientras él la sujetaba por la nuca y la mejilla, absorbiendo el sabor de sus labios, como si fuera su más importante alimento.

― ¿Irás hoy? ―preguntó ella en un susurro, aun con sus labios pegados a los de él, pues se negaba a dejarlo ir. Él inspiró con los ojos cerrados, inhalando el aliento de Bella que lo estremecía.

―No lo creo. Mañana temprano quizás, ya es tarde para eso y quiero quedarme en casa contigo y con mi hijo, pasar tiempo juntos, tranquilos, ya sabes…

―Me parece perfecto.

A quien no le pareció tan perfecto fue a Alec, quien pensó que irían enseguida a encarar a ese tipo, bufando por lo bajo y debiendo aceptar la decisión de Edward, poniendo por supuesto sus exigencias:

―Mañana temprano iremos al trabajo de ese. No pasado mañana ni el siguiente. Mañana ―puntualizó sin dar lugar a que su amigo titubeara.

Dejó a la pareja sola en su apartamento, quienes pusieron en silencios sus teléfonos mientras se acomodaban en el sofá de la sala y se mimaban, mientras el niño dormía en su cama después de haber tomado su medicina.

Bella descansaba su espalda contra el pecho de Edward, rodeándola este por la cintura con sus brazos, como una fuerte correa, colándose las manos bajo la camiseta de ella, acariciándola piel de su vientre, y su nariz subiendo y bajando por su cuello, alternando con su boca cuando no se aguantaba las ganas y la besaba, haciéndole cosquillas.

Ella se dejaba envolver por las caricias de Edward y pese a lo delicioso de su toque, no lograba pues la preocupación de lo que podría ocurrir al día siguiente, la tenía nerviosa. No pudo seguir guardándoselo, por lo que decidió decírselo, sin querer romper el momento entre ambos.

―También estoy nerviosa por lo que pueda pasar mañana ―reconoció Bella en voz baja, pasando de arriba abajo sus manos por los brazos de Edward, que por un segundo detuvo sus caricias, retomándolas enseguida.

―Bueno ―suspiró profundo ―pues somos dos.

―Te vas a reunir con Jacob, él seguro te dirá cosas de mi…

―Oye, no. ―La movió de tal manera de poder verla a la cara. Subió sus manos hasta su rostro, tomándola por las mejillas ―Él no tiene por qué saber que tú y yo estamos juntos, y de cualquier forma, si lo sabe, no podría decir nada que pudiera poner en duda lo que siento por ti.

―Prométemelo.

―Te lo prometo, cariño.

Enseguida volvió a besarla para cerrar el compromiso, antes de incorporarse y con ella entre sus brazos, dirigirse hacia el dormitorio, donde tras cerrar la puerta, le hizo el amor sobre la cama repitiéndole una y otra vez su promesa de amor eterno, hasta bien entrada la noche.

A la mañana siguiente se despidió de ella con un beso, haciendo lo mismo con su hijo, quien estaba sentado sobre su cuna con la mamila de leche entre las manos.

―No me moveré de aquí ―le dijo Bella antes que él saliera por la puerta y se dirigiera hasta el estacionamiento para tomar su coche y pasar por Alec, para finalmente dirigirse al edificio alto donde sabían, Jacob Black trabajaba.

Tras aparcar en una zona permitida, Edward miró por el parabrisas del coche el edificio, preguntándose si era lo correcto hacer lo que se habían propuesto, leyendo Alec sus pensamientos.

―Anda, Edward, es lo que debemos hacer.

Alec fue el primero en descender del coche y cerrar la puerta con un golpe seco, siguiéndole Edward los pasos cuando se dirigió con mucha seguridad a las puertas de entrada, donde fueron recibidos por un guardia, que les abrió las puertas de vidrio, invitándolos a pasar.

Alec fue quien habló con las recepcionistas, pidiendo que lo dejaran entrar a ver al señor Jacob Black, negándoles el ingreso si es que no tenían una cita previa con él.

―Solo dígale que estamos aquí para tratar el tema de "Valle Escondido". Él entenderá ―dijo Alec con voz segura, mirándolo Edward de reojo por el aplomo de su amigo, y que estaba fallando en ese momento en él.

Las chicas se miraron y una de ellas levantó el teléfono comunicándose con las oficinas de la planta superior, avisándole a la asistente personal de Black sobre las visitas y el recado que adjuntaron, para que los dejaran pasar.

―La asistente del señor Black les dará su mensaje ―dijo una de las recepcionistas tras colgar el teléfono, indicándoles una zona de sillones, como una sala de espera ―Pueden aguardar la respuesta en ese lugar…

―Gracias, pero estamos bien así ―dijo Alec, tocando el brazo de Edward para alejarse del mesón de recepción.

Edward miraba el entorno lujoso del primer piso con desconfianza, poco acostumbra a lugares como ese, causándole una sensación de desconfianza, como si la luminosidad impuesta de forma artificial del lugar escondiera sucios secretos.

―Tú tranquilo, Edward. Vamos a subir allí donde esté ese tipo y lo encararemos, le sacaremos la verdad de cualquier forma.

―Honestamente, no sé lo que podamos conseguir con esta visita… ―dijo Edward, dubitativo, mirando a los hombres y mujeres vestidos de trajes caros, ir y venir por el lugar.

―Conseguiremos lo que hemos estado buscando, Edward. La puta verdad, de una vez por todas.

El joven escritor asintió y metió las manos a sus bolsillos de sus pantalones, mirándose la punta de sus botas. Se sentía mal vestido con esos pantalones informales y su camisa a cuadros, pero no había tenido cabeza para pensar si había una forma correcta de vestirse para ese encuentro.

―Disculpe, señor ―dijo una de las chicas tras el mostrador, dirigiéndose a Edward y Alec. Ambos se acercaron a ella, nerviosos, como si fueran a oír un veredicto. ―El señor Black los espera. Pueden pasar.

Alec y Edward se miraron, recibiendo a continuación las tarjetas de invitados que la chica les entregó, indicándoles donde estaban los ascensores y el piso hasta el cual debían seguir.

Una vez dentro del elevador, Alec miró a su nervioso amigo, golpeándole levemente el brazo.

― ¿Estás preparado, Edward?

―De ningún modo, Alec.

Fueron recibidos por una rubia mujer casi tan alta como ellos, cuyo cabello caían por su espalda recto, muy ordenado, tan ordenado como su traje gris que marcaba cuidadosamente sus curvas.

―Sean bienvenidos ―les dijo con voz cantarina, dedicándoles una educada sonrisa. ―El señor Black los espera en su despacho. Síganme, por favor.

Sin decir palabra, ambos jóvenes siguieron los pasos de la rubia asistente personal, que contorneándose con estilo les abrió una puerta doble de madera oscura, que daba paso a un despacho grande, de ventanales enormes que iban desde suelo a techo. Frente a uno de los ventanales, y de espalda a la puerta por donde estos dos jóvenes ingresaron, la figura alta y fornida de un hombre de cabello oscuro, les daba la espalda.

No se dieron cuenta cuando la rubia desapareció tras la puerta, solo se quedaron ahí esperando que el señor Black se dignara a darles la cara.

Alec, que no se caracterizaba por poseer mucha paciencia, fue el primero que habló.

―Buenos días ―saludó con voz dura.

Entonces, poco a poco, la figura frente a la ventana se giró, quedando de frente a ellos, exponiendo un rostro compungido, cosa que ni Edward ni Alec esperaban.

―Pensé que tarde o temprano llegaría este momento… tan doloroso ―dijo Jacob en un susurro, evitando mirar a sus visitas, quienes estaban un poco descolocados con su actitud de mártir.

―Sabes quienes somos ―dijo Edward levantando su barbilla.

Jacob torció su boca y miró a Edward con ojos de disculpa, revolviéndose el estómago del joven escritor, sintiendo el miedo arder en sus entrañas. Supo entonces que lo que ese tipo le diría, cualquier cosa que fuera, lo destruiría.

―Entonces sabrás que tenemos un montón de preguntas, de las que seguro conoces las respuestas ―dijo Alec, cruzándose de brazos, exponiendo sus fuertes y trabajados brazos.

Jacob asintió, bajando su cabeza hasta que su barbilla tocó su pecho, metiéndose las manos a los bolsillos en el proceso.

―Perdonen mi descortesía, ¿les ofrezco algo de tomar, un té, agua…?

―Nada. No hemos venido a hacer vida social, Jacob Black ―dijo Alec, inspirando Edward antes de tomar la palabra.

―Quiero que me digas qué clase de relación tienes con Sue, y por qué demonios le has estado dando dinero durante todo este tiempo.

Volvió Jacob a sonreír con tristeza, alzándose de hombros, caminando hacia el sector donde había una mesa con licores dentro de recipientes de cristal. Se sirvió un vaso de whisky, al que añadió dos cubos de hielo, llevándose el vaso a la boca para darle una bocarada. Miró el contenido del licor e hizo girar los hielos dentro del vaso, haciéndolos tintinar.

―Antes que todo, debes saber que todo cuanto he hecho, ha sido por amor…

―De qué hablas ―se apresuró en demandar Edward, dando un paso hacia él.

―Bella.

Cuando el nombre salió de los labios de Jacob, Edward retrocedió, abriendo ampliamente sus ojos. Podría haber protestado, impidiéndole que nombrara a Bella, pero no pudo, pues más fuerte fue el deseo de saber todo cuanto ese hombre, de semblante triste y preocupado, tenía para decirle.