Minerva en Jaque
14. Dreamer
Una mirada traviesa a través del polvoriento mostrador los clavó en el suelo y sólo pudieron tragar saliva y dejar que un sudor frío recorriera su sien.
- Ah, los tortolitos. – y sonrío con satisfacción al verlos sin palabras, quietos en la penumbra del vestíbulo y mirándose con nerviosismo.
'Ni lo sueñes.'Quiso decirle con la mirada. Pero Quistis ya se había adelantado con una tenue sonrisa en los labios. Lo iba a hacer sin duda.
- ¿Luna de miel? Tenemos la habitación ideal para ello.
No atinaba a comprender qué había en sus ropas o rostros cansados que le dieran a ese tipo la idea de que estaban recién casados. Incluso su lenguaje corporal era de todo menos cariñoso.
Seifer aún ardía de rabia contra ella y el mundo por el numerito que le había hecho hacer frente a la tumba de Raine Loire.
'De aquí nada me haré modisto, que ya me está empezando a pegar.'Se fustigó con dureza. Habían sido mil las promesas que se hizo después de Adel. Una de ellas, y de las más importantes, era la de no dar pie a ninguno de los "héroes" de tenerle compasión. No mostrar ninguno de sus anhelos estúpidos por los que había caído en la oscuridad.
- ¿Vamos, cariño?
Chirrió los dientes y siguió a una Quistis con la sonrisa más falsa que hubiera visto jamás. Estaba claro que ella tampoco estaba muy conforme con la situación. Pero en vez de quejarse como debía haber hecho, parecía dispuesta a ser arrastrada a un arreglo poco práctico y potencialmente peligroso. Había que tener unas palabritas con ella algún día acerca de esa docilidad que le sobrevenía en los peores momentos.
No tendría que haber aceptado la misión de Leonhart tan tranquilamente. Y no tendría que decir que sí a una habitación compartida con él.
Subieron la oscura escalera en silencio. El pequeño hostal de Winhill era eso, pequeño. La famosa "suite nupcial" que había querido darles el dueño del hostal no era más que la única habitación con cama de matrimonio.
- Quizás no ha sido buena idea. – murmuró ella.
No era tan mal sitio, aparte de la cama había lo habitual y hasta dos sillones y una mesita. Debía ser la única habitación con baño propio, aunque fuera tan pequeño que la ducha fuera un diminuto cubículo.
- ¿Quieres que nos bañemos juntos, cariño? – soltó Seifer en voz de falsete al verla. – Podemos llamar al mumba, cabemos los tres.
- Gracias, "cariño", pero ahí no caben ni dos personas.
- No me digas. Ahí no cabe ni la mitad de una. – gruñó él. - ¿A qué ha venido eso del matrimonio? Podríamos haber cogido habitaciones separadas.
- Dudo que tuvieran tantas. – respondió ella mientras echaba una ojeada a los cierres de las ventanas. – ¿Qué querías, que me pusiera a discutir con él? Nos han visto paseando y comprando por todo el pueblo. No podíamos llamar más la atención.
- ¿Y decir que somos SeeDs en misión especial?
- En Winhill. Donde la media de visitantes es de tres al año. – cogió los prismáticos y le echó una ojeada al panorama de fuera. – Me gustaría recordarte que nos están buscando. Prefiero ser una pareja de recién casados que no algo tan obvio.
- Si es verdad que nos están buscando - y le sacó los prismáticos de las manos para tener toda su atención. – nos encontrarán seamos señor y señora Felicidad Conyugal o no. ¿Y quién te dice que todavía nos siguen la pista? Hemos dado un buen rodeo.
- El collar. – dijo en tono lúgubre y cogió los prismáticos de vuelta. - Esta cosa pita por las noches.
- Pensaba que habíamos quedado en que eran paranoias tuyas, Trepe. – se los arrebató de nuevo. - Te parece oírlo cuando despiertas. ¿Qué fundamento puede tener eso?
- Que me alcoholizaras una noche no significa que tenga que dar por buenas tus ideas. Soy yo quien convive con esto.
Tres viajes de mano a mano de los prismáticos después, Seifer y Quistis aún discutían sobre una posible persecución y la posibilidad de un rastreador en él.
El argumento de Seifer: que LeBlanc había tenido que estar a mínimo dos metros para activarlo. Ella era de la opinión que muy bien podía tener dos sistemas de transmisión, el de corta distancia y uno de larga distancia. Las torres de transmisión volvían a estar en marcha (ella misma había organizado el trabajo de reconstruirlas) y era muy factible que las usaran para manejar el collar.
La tozudez de ambos, ya probada y sabida por ambas partes y todo el mundo, los llevó a un análisis apasionado de la tecnología esthariana y sus posibilidades. Al final, Quistis tuvo que sacar a relucir su rango y mandarlo a callar.
- Mientras yo sea jefa de equipo se hará lo que yo diga. – y recuperó sus prismáticos en un gesto más infantil que otra cosa. – Y esta noche veremos si son alucinaciones o no. Si pita, lo hará en tu oreja.
Al oír eso, el SeeD no pudo evitar echarle una mirada de angustia a la cama de matrimonio. Ese iba a ser su potro de tortura toda la noche si no conseguía una solución rápida y pronto.
'¿Una noche entera en la misma cama con ella? Venga hombre.'Se sentía como un adolescente en su primera cita y todo el enfado que se había difuminado al discutir con ella (nada como un tira y afloja con Quistis Trepe para subir el ánimo de uno) volvió a resurgir con renovada intensidad. ¿No se suponía que era un hombre hecho y derecho? Ella era quien tenía que estar temblando ante la perspectiva de pasar la noche junto a él, ¡No él con ella! Había aceptado la situación con pasmosa tranquilidad y eso lo ofendió profundamente.
Para calmar un poco su rabia o angustia o lo que fuera que le hiciera sentir ridículo por el simple hecho de sentir algo, bajó a pasar el rato en lo que sólo podía ser descrito como comedor. Restaurante habría sido pedir demasiado.
Pero no tardó demasiado en apurar su bebida. Era demasiado incómodo estar ahí con los cuatro inquilinos de turno observándolo con mal disimulado interés. Cuando empezaron a cuchichear, fue demasiado para él.
- Ya se sabe, la primera noche. – oyó murmurar a uno.
- Pues los nervios son malísimos para hacer una buena actuación. Quizás debiera darle un tranquilizante o algo.
- ¿Y qué no se le levante por tu culpa? Son jóvenes, y ella es guapa. El chaval no tendrá problemas.
'SOCORRO.' Recogió sus cosas con celeridad y salió de ahí como alma lleva el diablo. '¡Malditos entrometidos de mierda!'Por un momento temió haberse sonrojado o algo, momento en el que tendría que suicidarse como el hombre de honor que era. Pero podía achacarlo a las ganas de matar que aumentaban a cada zancada que daba.
Era horrible saber que había deseado estar en la situación que ellos describían con tan poco disimulo en vez de estar sufriendo por justamente lo contrario. No tocarla de ninguna manera.
Porque si algo tenía claro Seifer era que hasta ahí habíamos llegado. No debía, bajo ningún concepto, meterle mano ni besarla ni nada parecido. Eso sólo le daría pie a ella a patearle el culo y a él a saberse demasiado atontado por un simple par de curvas. 'No es para tanto, sólo es una tía'Las había visto mejores. No había por qué ponerse nervioso.
Reconfortado por sus pensamientos, entró en la habitación. Y se quedó helado.
- Ah, ya estás aquí. Llegas a tardar más y me lo como todo yo sola.
En otro ejemplo de lo que él sólo podía llamar intromisión a la intimidad, les habían subido un tentempié exótico a la habitación para animar un ambiente que el dueño debía imaginar de lo más caldeado.
'Gilipollas.'
Pero no era la bandeja con comida o el champán lo que le hizo tragar saliva y cerrar la puerta con controlada lentitud. Todo ese rato que había estado abajo oyendo tonterías y ahogando su malhumor, Trepe había decidido que era el día del relax.
- ¿Qué haces vestida así?
Un arqueo de ceja.
- Es la ropa con la que duermo, Seifer. – se miró a sí misma. – No puedo dormir con la ropa de batalla, ¿sabes?
No, claro que no. Pero casi lo hubiera preferido. Lo que ella consideraba "ropa para dormir" no podía calificarse como tal. No era el coqueto y monísimo de la muerte pijamita de lunas y soles de Selphie que había tenido que sufrir en alguna misión. Ni esa camisa y pantalón de corte tan masculino que solía usar Fuujin.
No, eso que apenas tapaba la bata sólo podía ser seda o raso a juzgar por cómo se le pegaba al cuerpo.
- ¿Vas a dormir así? – insistió. ¡Estaban de misión! ¿Cómo llevaba una SeeD responsable algo así para las noches? - ¿Con eso?
- No me importa si te parece feo o lo que sea. – y los ojos azules se clavaron en los de él, antes de añadir con voz de mando. – Sí, voy a dormir así.
'Mierda, joder, mierda.' Voz autoritaria y camisón de raso blanco. 'Soy un puto pervertido.'
Pero en realidad, lo que lo azoraba hasta el punto de no atreverse a mirarla otra vez era un detalle mucho más simple: el pelo. Quistis se había duchado y, comprensiblemente, se había soltado el pelo al secárselo. Ahora caía, rubio y sedoso, por su espalda. Estaba definitivamente muy diferente con la melena lisa cayéndole desordenada.
- Toma, ha traído para un regimiento.
Colgó el abrigo y se sentó pesadamente en el otro sillón con el ánimo por los suelos. Apaleado por un largo viaje y frustrado por tantos detalles turbadores, aceptó la copa y un poco de pastel de carne. Ella le había ganado con sólo cambiarse de ropa. ¿Qué podía hacer él, oh pobre hombre mortal?
Los demás clientes pensaban que era guapa. Estúpidos. Quistis era bonita a rabiar. Y si la pillabas en buenos momentos podía volverte loco. ¿Por qué había tenido que tener la mala suerte de pillarlos uno a uno como una caída de piezas de dominó?
Ni él podría haber creado una atmósfera más apropiada ni un ambiente más relajado. Miró con mal disimulada fascinación las largas piernas desnudas que tenía al lado y suspiró. Hyne sabía que él era un hombre de honor, pero si el destino se lo ponía tan difícil no estaba seguro de querer pelear contra él.
.-.-.-.-.
La caminata por la Gran Salina había sido vagamente soportable. Al fin y al cabo, eso estaba plagado de monstruos, así que no había demasiado tiempo para cháchara. Comprendía que él nunca había sido muy hablador y que los demás sí solían serlo. Pensaba que estaba inmunizado con Selphie, porque la chica hablaba y saltaba y reía y no paraba quieta ni un maldito momento.
Pero lo de su acompañante no era normal. Las vías del tren se le hicieron horriblemente largas mientras no dejaba de escuchar tonterías. Al menos sus compañeros eran ridículos pero hablaban de cosas que él entendía. Que un cuarentón con ínfulas de gobernante le diera una perorata sin ninguna esperanza de final durante días era lo que Squall consideraba el infierno en la tierra.
- Por Hyne, ¿es que no puedes callar ni un segundo?
- Imposible, estoy recuperando el tiempo perdido. – y Laguna sonrió tímidamente mientras se rascaba el cogote.
Y esa era toda la excusa que necesitaba para seguir dándole el día y la noche con historias y opiniones varias poco relacionadas entre sí.
Por eso no le gustaba estar con el presidente de Esthar, alías Laguna Loire. No le gustaba, le aburría y le molestaba. Y más que Rinoa le obligara a ir solo a esta misión de llevarlo de Esthar al Jardín. Podría haber usado el Lagunamov, pero no, lo estaban usando para una misión y había tenido que ir a pie. Él, el comandante.
El inconfundible perfil de F.H. se vislumbró en la mañana y apresuró el paso. Casa. Cama. SOLEDAD.
- ¿Irvine? – se paró en seco al ver al tirador sentado en el borde de las vías mirando al mar insondable. A su lado estaba el mumba, quién no se había despegado de su lado desde que habían llegado y parecía tan o más deprimido que su acompañante. - ¿Qué haces aquí?
- Bienvenido. – se giró levemente para saludarlos con una débil sonrisa. – Selphie me está buscando. Y por primera vez en la historia de mi vida no quiero que me encuentre.
Squall frunció el ceño. Irvine queriendo alejarse de compañía femenina era un claro signo de que el Apocalipsis estaba cerca. Había estado raro desde que había vuelto sano y salvo de Deling, y sus escapadas se iban haciendo cada vez más constantes a medida que pasaban los días.
- Llevas huyéndole desde que viniste. – se masajeó el puente de la nariz. Llevaba cuatro días con la oreja calentada y nada más llegar, la depresión de Irvine. Maravilloso. - ¿No será por lo que pasó?
- ¿Pasó? – se giró un poco más para mirarlo. – Oh. Ni hablar, ese beso es el primero de mi ránking. Me encantan las chicas apasionadas.
- Vale, vale, lo he captado. – ¿Qué había pasado con su cama y su soledad? No estaba él para escuchar las preferencias de un tirador ligón. – Entonces, ¿qué es?
- Nada. – y volvió a mirar al mar mientras Squall rodaba los ojos. Empezaba a comprender por qué todos le habían tenido tanta rabia en su momento. ¿Es que no podía hablar y explicar qué diantres pasaba? – Sólo quiero estar solo.
Sólo había una razón por la que Irvine pudiera desear algo así. Se la había confesado de hombre a hombre en la torre del reloj de Deling: los nervios. No de los buenos, mariposas en el estómago y demás. La angustia y la preocupación lo llevaban a encerrarse en sí mismo.
La última vez que le pasó, Edea estaba a punto de dominar el mundo. Squall tuvo un mal presentimiento.
.-.-.-.-.
Al principio fue un dolor sordo, que le subía desde las entrañas. Un ahogo lento pero constante. Caras queridas y odiadas se le aparecían y desaparecían.
Se encontraba sola, en algún lugar de baldosas polvorientas. Le pareció ver a Edea hablando con alguien. ¿Los señores Trepe? ¿O sus verdaderos padres? ¿Quiénes debieron ser? Alcanzarlos y pedirles explicaciones, eso debía hacer. Pero le parecía imposible moverse del sitio.
Un pitido insoportable, y al volver a abrir los ojos se encontró en el Jardín. Squall, más joven que nunca, apartaba el brazo de ella con unos ojos glaucos y fríos. Lo había querido tanto. Lo había protegido tanto. Pero sólo había en esos recuerdos la mortificación más absoluta.
Oyó risas ante sus múltiples fracasos, fallos y torpes intentos en el amor, en su vocación. Podía ser Rinoa, sus amigos, Edea, Cid. O los Trepe, que habían intentado darle de todo menos comprensión. O sus verdaderos padres, que debían estar muertos sin poder ver a su hija fracasar en todo lo que se proponía. O ella misma. Esa parte malvada y ruin que deseaba humillar a aquellos que le habían negado el placer de ser feliz.
Oyó sus risas malvadas, agudas y afiladas como cuchillos. Eran como un pitido en medio de la multitud de caras queridas y odiadas que aparecían y desparecían.
Un pitido. Un pitido ensordecedor y asfixiante.
- ¡Trepe!
Caras de gente que había amado y odiado a partes iguales.
- ¡Quistis! ¡Despierta, por Hyne!
La sacudida sólo sirvió para romper parcialmente la pesadilla. Seguía con una nebulosa en la mente y le costaba mucho trabajo despertar del todo. Era como si aún se creyera dentro de su sueño, aunque era consciente, en alguna parte de su mente, que había terminado. ¿O no?
Veía, en la penumbra, la cara cincelada en sombras hablándole apresuradamente. Una mandíbula masculina, un cuello fuerte, unos labios finos y unos ojos brillantes, sorprendentemente verdes en esa amalgama de blancos y negros. Sus palabras parecían amortiguadas por los últimos retazos de una pesadilla que se negaba a disiparse del todo. Temía que esa cara sólo fuera a reírse igual que todas las demás. Pero sólo notaba en ella preocupación.
- Ha sido una pesadilla, Trepe.
Sí, eso había sido, ¿verdad? Lo vio suspirar y fruncir los labios, molesto. Ese gesto podía ser suyo o podría habérselo robado a ella. Sí, eso parecía más real. No había por qué estar asustada. Toda esa adrenalina que parecía seguir fluyendo en su inconsciente podía diluirse.
- Seifer. – dijo quedamente.
- ¿Te encuentras bien? – respondió, igual de bajito. – Estás helada, Trepe. – y le palpó el brazo con una mano cálida. Y real. Tan real.
- Seifer. – y esta vez le salió aún más quedo y estrangulado, medio gemido que hizo abrir los ojos al rubio. Oh, Hyne, había sido un sueño. Cada vez era más consciente de que estaba bien y a salvo.
- Joder, no me lo pongas más difícil. – y apartó la mano de su brazo con brusquedad. Recostado en un codo desde su lado de la cama parecía más incómodo que nunca.
¿Difícil? Qué sabría él. Había sido horrible, aterrador.
Tiempo después, Quistis alegaría en su defensa que estaba medio dormida, que no sabía lo que hacía. En realidad, se dedicó a ser extremadamente egoísta por una vez en la vida y pensó en ella, en lo que ella necesitaba y en nada más.
Agarró la camiseta de él con dedos torpes y tiró y tiró hasta que casi cae de bruces encima suyo. Necesitaba calor, algo reconfortante que la hiciera sentir a salvo y en casa. Y el estúpido y engreído de Seifer, que era guapo y la había tocado casi con miedo a romperla, casi con dulzura, podía dárselo.
Podía haber sido cualquiera pero había sido él. Él, el que había querido hablarle de corazón a corazón en la dehesa y el que le había dado alcohol para que ahogara su angustia. La había hecho reír más de una vez y, supo que lo recordaría siempre, la había ido a salvar. Como el estúpido y engreído caballero andante que era.
- Qué cojones… - soltó en la oscuridad antes de que ella buscara sus labios y se apretara a él con intensidad. Cálido y reconfortante, como ella deseaba.
No tardó en sentirlo hambriento, pero no le importó. La habían llamado tantas veces Reina del Hielo que era de las que aún creía que podía mantener la cabeza fría con un hombre en cualquier situación. Podría pararlo cuando quisiera.
Sólo el alcohol (y drogas similares) o esa difusa frontera entre el sueño y la conciencia dan alas a una sensación de falsa seguridad. El cuerpo no reacciona ante el peligro y se deja llevar. Las alarmas constantes en la rígida y controlada Quistis no sonaban en absoluto.
El despertar le tardó quince minutos de reloj. Tiempo en el que su piel pasó de helada a estar ardiendo. Tiempo que tardó Seifer en descontrolarse y mostrarle que estar tan bien acomodado entre sus piernas lo estaba afectando de la única manera posible.
Lo notó en su estómago así como notó sus manos moviéndose en círculos por sus pechos y los dientes mordiéndole los labios.
Trató de pensar, con algo de la conciencia recuperada pero que empezaba a desaparecer de nuevo bajo el peso de unos instintos largamente reprimidos. Quizás, y era un quizás difuso, debería pararlo. Pero cómo iba a pararlo si ella misma tenía las manos felizmente ocupadas en apretarle la espalda desnuda. Una espalda deliciosa, fuerte y de músculos ondulantes que no podía dejar de delinear.
Un mordisco leve en su mandíbula y no pudo evitar apretar los muslos contra las caderas de él. Fue demasiado. Seifer embistió inconscientemente en un gruñido descontrolado antes de bajar con prisas los tirantes del camisón.
En el momento en el que sólo se oyeron los jadeos entrecortados de ambos, Quistis tuvo una revelación. ¿Había oído algo?
- Seifer. – trató de articular más palabras, pero descubrió que apenas podía respirar. Se sentía tan laxa y cómoda y, que Hyne la amparara, tan excitada que estuvo a punto de olvidar por qué había hablado. Pero tantos años de autocontrol no habían sido en vano. - Seifer, espera.
- Estás flipando. – gruñó él en su cuello mientras la marcaba de mil y una maneras distintas.
El camisón había seguido su camino inexorable hasta los tobillos y la camiseta de Seifer hacía tiempo que había desaparecido.
- Atiende, idiota. – pero lo dijo con tan poca autoridad y tantos suspiros de por medio que él siguió con lo suyo.
Y por su vida que lo hacía bien el condenado. Notó una sonrisa satisfecha en su garganta cuando se le escapó otro de esos gemidos incontrolables.
Volvió a oírlo.
- ¡Seifer! – gritó quedamente. Esta vez le apartó la cara para que la mirara.
- Si crees que haciéndote la doncella primorosa conmigo vas a…
- ¡Escucha!
Se quedaron en silencio, mirándose en la oscuridad. Quistis lo observó: con sus pupilas dilatadas y a punto de soltar algún improperio de los suyos cuando todo su cuerpo se tensó. También lo había oído.
Un cuchicheo y el crepitar amortiguado del pasillo.
- Mínimo cinco.
- A lo mejor son un par de inquilinos yendo al baño. – contestó él, tratando de convencerse. Aún no podía creerse lo que le estaba pasando. Justo cuando la cosa se había puesto bien, tenían que interrumpirlos. ¿Qué clase de sádico había creado este mundo? – Ah, sí, Trepe.
- ¿Qué?
- Tu collar pitó de verdad. Un pitido de tres pares de narices, por cierto.
Se lo quedó mirando con los ojos como platos. En otro momento la situación le habría parecido en los límites del surrealismo. Apoyada en sus codos, semi desnuda y con Seifer encima de ella en iguales circunstancias. Hablando de la misión y el collar.
Pero en ese momento, la revelación de que verdaderamente no lo había imaginado, que todas las noches pasadas, sufriendo, no habían sido "absoluta paranoia" como lo había llamado él. 'Voy a matarlo.'
- ¿¡Por qué demonios no…!
¡BAM!
La puerta se abrió de una patada y sólo tuvieron tiempo de ver varios cañones apuntándoles antes de que sus instintos de soldado despertaran y pasaran a la acción.
Agarrando los bordes de la cama, y con la fuerza que da la desesperación y muchos años de entrenamiento, tiraron hasta levantarla de un lado y escudarlos de las balas. Afortunadamente era de esas camas antiguas, bien hechas, con pesadas placas de hierro como somier para aguantar mucho. Eso les dio el tiempo suficiente para organizarse.
- Te lo dije. – dijo Quistis mientras se subía el camisón. – Es que te lo dije.
- Sí sí sí, lo que tú quieras y más. – contestó hastiado mientras cargaba Hyperion - Nos seguían y tú tenías razón y todo eso, ¿contenta?
- Cúbreme, yo cogeré nuestras cosas. – enrolló el látigo y abrió los seguros de la ventana.
- ¿Por la ventana? ¿Estás loca? – '¡Estamos en un tercer piso!'
- ¡Hazlo!
Giró el sable-pistola en una mano antes de sacar el pestillo de seguridad y devolverle a los intrusos su dosis de artillería. Es posible que lo hiciera con el triple de rabia y agresividad de lo habitual, pero como los resultados eran menos enemigos, ni él ni Quistis pusieron muchas objeciones.
Quistis rodó hasta el sillón mientras arrastraba la mochila con el látigo y echaba un vistazo rápido a la situación. Lanzó el Save the Queen a ras del suelo y lo enredó en la pierna del más atrevido del grupo, que ya estaba entrando en la habitación.
El chillido de dolor al hundirse los bordes en la carne y lanzarlo al suelo quebró el aire y se hizo un silencio de balas. Aprovechó para enlazarse sus G.F.s con la velocidad que da el peligro. Rodó de nuevo al amparo de la cama y se levantó para abrir la ventana.
- ¡Vamos!
- ¡Estamos en un tercer piso! ¿Quieres que…? – "Nos matemos" iba a decir, pero Quistis ya estaba alzando las manos en su invocación. Oyendo el silbido del aire concentrándose en la habitación, comprendió enseguida lo que iba a hacer. Lanzó un brazo para agarrarla por la cintura y tomó impulso antes de saltar por la ventana.
La caída libre duró justo hasta el segundo piso, en que el fuerte viento de Eolo los recogió y los llevó en un suave descenso hasta el suelo. Cuando levantaron la vista, trozos de madera y más de un rifle salían disparados por la ventana destrozada del tornado que se había formado ahí dentro.
- ¿Dos ráfagas? Eso es nuevo. – Sonrió, falto de aliento, al oír los gritos e improperios de ahí arriba.
- Aquí hay alguien que sí hace sus deberes. – le devolvió la sonrisa y enrolló el látigo antes de mirar en todas direcciones. – Parece que son sólo ellos.
- ¿Una patrulla de reconocimiento quizás?
La conversación terminó ahí. Las luces de todo el hotel habían empezado a encenderse en alarma y los gritos llenaron el aire. Descalzos y a medio vestir, atravesaron la plaza cargando sus cosas como pudieron. Antes de que llegaran a adentrarse en la parte sur del pueblo, oyeron el retumbar de cinco pares de pies en los adoquines de la plaza y las órdenes cortas y secas del líder.
- No llegaremos a tiempo. – y con una comunicación sin palabras que les sorprendió hasta a ellos, pararon en seco y soltaron las bolsas.
- Enlázate. – Quistis agarró las botas y se las puso como pudo entre saltitos y tirones.
Antes de que pudiera discutir la SeeD ya había salido del camino, magias y arma en manos, para darle tiempo.
'¿Pero qué se cree que hace? ¿Protegerme?'
.-.-.-.-.-.
El pueblo estaba en alerta máxima. Los ruidos del hotel habían despertado a todos los vecinos cercanos a la plaza que se arremolinaban, curiosos y asustados, en sus ventanas.
Sin embargo, a los cinco minutos los cinco atacantes ya habían volado de allí tan rápido como habían aparecido. Corrían en ordenada fila por el camino, entre campos a rebosar de flores que daba a la zona sur de casas.
- Han cogido el atajo, pero les alcanzaremos igualmente.
En esta zona del pueblo nadie había despertado del letargo nocturno y todo era una profunda oscuridad. En pueblos como ese no hacía falta ni farolas ni iluminación de ningún tipo. Toda la gente decente estaba durmiendo.
Caminaron, silenciosos, con las armas en alto y atentos a cualquier sonido. Visto en la negra noche, el apacible pueblito tomaba un cariz un poco surrealista envuelto en la fría niebla. Las casas chirriaban y conversaban en tétricos ululares y cuando oyeron un movimiento y al girarse, expectantes, sólo vieron la negra oscuridad ya no sabían con qué estaban tratando.
- Esto da mucho repelús. – susurró uno.
- ¡Calla, idiota! – le chistaron los demás.
Justo cuando volvieron a ponerse en marcha, el gemido estrangulado del último de la fila les heló la sangre. Se giraron de nuevo para encontrar oscuridad y un par de ojos azules mirándoles fijamente. No hubo tiempo a gritar la alarma o ponerse en guardia.
El siguiente fue puesto fuera de juego con una patada en la mandíbula y antes de que el otro pie tocara el suelo, la atacante ya había rotado el torso para dar impulso al látigo. Agarró la pierna del siguiente y con un tirón lo lanzó al suelo para fulminarlo con una caída directa en su estómago. Antes de caer del todo ya estaba tomando impulso para lanzarse a por el siguiente.
Quistis no era demasiado buena a un cuerpo a cuerpo de verdad. El látigo solía necesitar un tiempo de retroceso que las patadas, puñetazos y demás no le daban. Pero el efecto sorpresa debía mantener a toda costa y no podía permitirse el lujo de separarse de ellos y darles la oportunidad de recuperarse. O pedir refuerzos. O huir.
La ventaja es que llevaban rifles, no pistolas, así que requerían un espacio de maniobra y no eran la mitad de flexibles que su bien entrenado látigo. Cuando el siguiente contrincante tuvo el buen hacer de esquivarla, Quistis supo que tendría que acabar las cosas rápidamente. Estaba cansada y pelear con el camisón y las botas no era la mejor manera.
'Habrá que sacar la especialidad a la cancha.'Era más fácil usar un GF, pero ella era muy estricta con su uso. Eolo había sido suficiente por una noche.
Notó el cosquilleo en el cuerpo nada más cruzar los brazos. La magia azul era un estudio complicado que sacaba las habilidades más poderosas de los monstruos y las convertía en peligroso poder para los humanos. En este caso, el Rayo Bomba se concentró en sus manos, iluminándola, antes de crear una explosión que recorrió el camino en mortífera estela.
Cuando la luz amainó, sólo ella se mantenía de pie en la calle.
- Joder, Trepe, no me has dejado ninguno. – dijo una voz a su espalda mientras revisaba los cuerpos de los derrotados.
Seifer seguía igual de polvoriento y semi desnudo que antes, pero al menos había alcanzado a ponerse los guantes. Maniobrar con un armatoste como Hyperion con las manos desnudas no era lo más recomendable.
- Cuando les interroguemos ya tendrás tiempo para eso. – gruñó mientras los cargaba uno a uno cerca de la pared.
- ¿Interrogarlos? ¡Lo que hay que hacer es salir de aquí cagando leches! – y miró las luces que se iban encendiendo por la calle en la que estaban. – De aquí nada tendremos medio pueblo encima. Y dudo que se crean lo de los recién casados con la paliza que les has dado a estos.
- ¡No quiero dejar el pueblo de esta manera! – se levantó, molesta. No quería estropear las buenas memorias que tenía del lugar.
- Trepe. – el SeeD se le acercó, amenazante. – Hay que marcharse. Ya.
Una parte de ella estaba de acuerdo. Si habían dudado que el tiempo apremiara, esta emboscada no dejaba lugar a las dudas. Tenían que llegar a la protección del Jardín cuanto antes o no durarían mucho. Las explicaciones en Winhill tendrían que esperar.
- Está bien.
Oyeron a los vecinos de la plaza acercándose desde el camino principal y corrieron por los senderos de la parte trasera hasta el coche. Afortunadamente los soldados no lo habían encontrado y tanto el motor como las cosas de dentro estaban intactos.
'Si llegan a descubrirlo nos quedamos sin retirada.'Se mordió el labio, furiosa. Si le hubiera pasado algo al coche habría ido personalmente de vuelta al pueblo y ni un solo vecino de Winhill habría podido evitar la absoluta destrucción de esos hombres.
- El paisaje es precioso. – Desde dentro Seifer empujó la puerta del copiloto para afuera. – Pero, joder, como no subas de una vez te voy a atar a la baca del coche.
Así, con la noche terminando sobre sus cabezas y sus pijamas polvorientos, pusieron el coche a toda máquina hacía Tímber.
CONTINUARÁ…
Notas:¡Escena pr0n! O lo más subido de tono que soy capaz de conseguir -_- El sádico del que habla Seifer soy yo por supuesto XD
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