No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.
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Alec Vulturi estaba profundamente sedado; el olor a narcótico apestaba en la nariz de Edward. La idea de introducir sangre contaminada en su cuerpo le asqueaba, pero era necesario para poder leer los pensamientos de Vulturi con total libertad. Isabella lo había dejado marchar, su fe en él era total, igual que su amor y su confianza; aunque todas las células de su cuerpo pedían a gritos la muerte de Vulturi, Edward no podía traicionar la confianza que Isabella había depositado en él.
- Déjame a mí –dijo Jasper suavemente, leía con facilidad los deseos de Edward.
- Tu alma sufriría un gran riesgo –señaló Edward.
La continuación de nuestra raza lo merece; Vulturi es un peligro y no podemos permitir que nos aceche. Debemos concentrar todos nuestros esfuerzos en la búsqueda de mujeres que perpetúen nuestra estirpe, no en luchar contra cazadores de vampiros. Creo que sólo existe un puñado de mujeres humanas con gran habilidad psíquica que pueden unirse a nosotros.
- ¿En qué te basas para afirmar eso? –preguntó Edward, añadiendo una sutil amenaza a su modulada voz. Experimentar con mujeres era un crimen imperdonable.
Los ojos de Jasper se estrecharon y brillaron; el vacío negro crecía en su interior, la mancha oscura se extendía por su alma. Y no hizo ningún esfuerzo para ocultarlo a Edward. Parecía querer mostrarle lo desesperado de la situación en la que se encontraba.
- He hecho infinidad de cosas horribles, oscuras e imperdonables; pero jamás usaría a una mujer para experimentar con ella. Debo ser yo el que tome la sangre de Vulturi si insistes en dejarlo con vida –y no era una pregunta.
Los dos hombres de los Cárpatos se deslizaron con facilidad por los estrechos pasillos del ala de psiquiatría del hospital. Los humanos que se encontraban allí sintieron una sensación de frío a su paso, nada más; nadie les vio cruzar el edificio. Se escurrieron a través de la cerradura de una puerta, tomando la forma de una nube de vapor que más bien parecía una espesa niebla teñida; girando por la habitación envolvieron el cuerpo de Vulturi como si se tratasen de una mortaja. Vulturi gritó, el miedo se apoderó de su cuerpo ante la visión de la neblina moviéndose a su alrededor como una serpiente, resbalando por sus costillas, sus muñecas, cerrándose en torno a su cuello y apretando cada vez más fuerte. Podía sentir esa sensación en toda su piel, mientras el vapor retorcía su cuerpo como un sacacorchos. Cuando intentó aferrar la niebla, sus manos la atravesaron. Sentía horribles voces siseando en su cabeza, susurrando, amenazándole, en voz tan queda que parecían tenues murmullos. Se tapó las orejas con las manos en un intento de detener el pernicioso siseo; un hilillo de saliva cayó por la comisura de su boca, abierta por el efecto de los tranquilizantes; su garganta trabajaba de forma compulsiva.
La neblina se dividió en dos; una parte flotó hacia un rincón de la habitación y se quedó flotando a ras del suelo; la otra se espesó muy lentamente, emitiendo destellos y empezó a tomar forma humana, hasta que el cuerpo de un hombre musculoso, de anchos hombros, con ojos pálidos como la muerte, apareció ante él. Alec empezó a temblar de forma incontrolable, acurrucándose en un extremo de la cama, hasta hacerse un pequeño ovillo. La aparición era demasiado impresionante, demasiado amenazadora para no ser real.
- Vulturi –y los colmillos de Jasper brillaron en la oscura habitación.
- ¿Qué eres? –las palabras brotaron en un ronco graznido.
Los ojos pálidos brillaron y sin parpadear, se estrecharon hasta formar dos hendeduras.
- Lo sabes –los ojos pálidos atraparon los de Alec, y los traspasaron, hipnóticos, apremiantes– Ven a mí; aliméntame. Conviértete en mi servidor hasta que seas digno de entregarte la oscura maldición.
Los ojos de Vulturi mostraron la repentina comprensión, el horror y el creciente pánico. Jasper susurró de nuevo con voz irresistible, seductora, un arma poderosa.
- Me servirás ahora, obedece mi mandato, infórmame cuando sea necesario –y diciendo esto, bajó despacio la cabeza.
Vulturi supo que su alma estaba perdida; podía percibir el increíble poder del extraño, su inmensa fuerza y la habilidad de hacer cosas imposibles para un humano. La inmortalidad. La idea lo seducía, lo tentaba. Fue hacia él de buena gana, ladeando la cabeza para dejar expuesta su garganta. Sintió una respiración ardiente y un dolor agudo cuando los colmillos se clavaron en profundidad. Podía notar como su sangre fluía, saliendo de su cuerpo como un torrente; el dolor era muy intenso, un infierno que era incapaz de detener, pero tampoco deseaba detenerlo. Un curioso sopor lo invadió, sus párpados eran demasiado pesados para poder elevarlos.
La niebla volvió a espesarse en la habitación, envolviendo a Jasper, arrastrándose entre él y su presa. De mala gana, Jasper levantó la cabeza de su presa con un gruñido de protesta, y dejó que el lacio cuerpo se escurriera hasta el suelo con sumo desprecio.
- Casi lo matas –escupió Edward.
Merece morir. Está podrido y vacío por dentro, su alma es corrupta; quiere noches interminables, mujeres indefensas, y el poder de otorgar la vida o la muerte a la humanidad. Hay mucho de su abuelo y su padre en él; es una concha vacía, con gusanos que devoran lo bueno que queda en él. Su mente es un laberinto de deseos retorcidos.
- Si Vulturi muere de una enorme pérdida de sangre…
- No soy tan descuidado –dijo mientras apartaba de una patada el cuerpo que yacía a sus pies –Vivirá. Su abuelo empezó todo esto…
- Se llamaba Carlisleimir ¿lo recuerdas Jasper? Estaba loco como un anciano, pero era pervertido como un muchacho. Golpeaba a su mujer y perseguía a las jovencitas. Le detuve una vez –dijo Edward repentinamente pensativo.
- Y no sólo te ganaste su odio, sino también sus sospechas; te vigiló desde entonces, espiándote a cada oportunidad; esperaba encontrar algo que te condenara; cualquier cosa que supusiera un descuido de tu parte, un gesto, tu forma de hablar ¿quién sabe? Le transmitió las sospechas a Aro –y con esto volvió a empujar el cuerpo –Vulturi usó un fax para enviar copias de las pruebas a varias personas. Los originales están en su casa, bajo los tablones del suelo de la habitación de sus padres –Jasper vigiló atento el intento de Alec de escapar arrastrándose –Tarde o temprano, vendrán.
El cuerpo de Jasper brilló, se disolvió y la niebla giró en volutas por la habitación, largos jirones que se movían como serpientes allí donde los dos hombres habían estado plantados. El vapor se acercó al lugar donde Vulturi se encogía, muerto de miedo, en el suelo; se detuvo junto a su cabeza, junto a su garganta y entonces, la niebla se disolvió dejando a un indefenso y sollozante Vulturi.
Edward y Jasper se deslizaron a través del pasillo, silenciosos y rápidos, internándose en la frescura de la noche. Tras experimentar la depravada mente de Alec, necesitaban volver a sentir la tierra; una vez en el exterior, Jasper obligó a su cuerpo a expulsar los tranquilizantes a través de sus poros, para verse libre de cualquier efecto. Edward, que lo observaba atentamente, se maravilló de la facilidad con que llevó a cabo la tarea.
Jasper permaneció en silencio durante el viaje a la casita de Vulturi; Edward respetaba su necesidad de respirar los aromas de la noche, de sentir el tacto de la tierra bajo sus pies, escuchar el canto de los lobos, y del resto de las criaturas nocturnas que se expresaban en una relajante cadencia.
Una vez seguros en el hogar de Vulturi, Jasper se dirigió, sin vacilar, al punto exacto donde los papeles estaban escondidos bajo el entarimado. Edward cogió las viejas fotografías y el fardo de documentos sin apenas echarles un vistazo.
Cuéntame todo lo que viste en su mente.
Los ojos de Jasper brillaron, su apariencia era feroz.
Un hombre llamado Smith, James Smith, es miembro de una sociedad secreta dedicada a deshacerse de los vampiros. Von Halen, Cayo Smith y Victoria Steward son los supuestos expertos que investigan y señalan a las víctimas. Smith recluta nuevos miembros y confirma y realiza los asesinatos.
Edward soltó una elocuente maldición.
Otra nueva cacería de vampiros acabaría con nuestra gente.
Jasper encogió sus anchos hombros.
Buscaré y destruiré a estos hombres. Tú coge a Isabella y vete lejos de aquí. Noto tu protesta, Edward, pero es la única manera, y ambos lo sabemos.
- No compraré mi felicidad a cambio de tu alma.
Los ojos plateados contemplaron a Edward y después buscaron la noche.
No nos queda otra opción. Mi única esperanza es hallar a mi compañera. Hace mucho que no tengo emociones; me limito a satisfacer mis necesidades. Mi cuerpo no evidencia ningún tipo de deseo, solo mi mente está activa. No puedo recordar los sentimientos que tú experimentas ahora; debo tener pronto una compañera, solo resistiré unos años más; después buscaré el descanso eterno.
- No te entregarás al sol, Jasper, no sin decírmelo antes –Edward alzó la mano para acallar la protesta de su amigo –Yo he pasado por lo mismo que tú, he estado solo con el monstruo luchando por obtener el control, con mi alma cada vez más negra. Nuestra gente te necesita. Debes permanecer fuerte y luchar contra la bestia agazapada en tu interior.
Los ojos de Jasper, pálidos y amenazadores, emitieron un peligroso destello en la oscuridad de la habitación.
- No sobrestimes mi cariño ni mi lealtad; debo tener una compañera. Si alguna mujer despierta cualquier cosa, lo que sea, lujuria, posesión, cualquier sentimiento en mí, tomaré lo que es mío y no permitiré que nadie me lo arrebate –y súbitamente, el enorme cuerpo de Jasper se disolvió entre destellos, formando pequeñas gotas de agua y pasando por debajo de la puerta, para entregarse a los acogedores brazos de la noche.
Vámonos de esta casa donde solo hay muerte y locura. Quizás es la sangre maldita de Vulturi, que corre por mi cuerpo, la que está hablando. Con un suspiro, Edward lo siguió, internándose en la noche.
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Las volutas de niebla, idénticas ambas, refulgían bajo la luz de la luna, uniéndose a los jirones de neblina que se levantaban a escasa altura por encima del suelo del bosque. Ansioso por volver a estar junto a Isabella, Edward se deslizaba entre los árboles, dirigiéndose hacia el claro que separaba las casas del bosque profundo. Al pasar por la casa del párroco, e internarse en la pequeña pradera, su mente detectó una pequeña alteración. La advertencia hizo que su cuerpo se sacudiera lo suficiente como para volver hasta la casa del Padre Barner y, bajo el cobijo de los árboles, retomar su aspecto humano. Rozó la mente de Isabella; nada la amenazaba.
- ¿Qué es? –preguntó Jasper mientras se materializaba a su lado.
Escudriñaron cuidadosamente el área, en busca de algún peligro. Era el suelo el que hablaba de violencia, de botas que pisaban con fuerza y de sangre derramada.
Edward elevó la mirada, golpeada por el dolor, hacia los pálidos ojos de Jasper, y ambos se giraron simultáneamente hacia la cabaña de su viejo amigo.
- Yo iré primero –dijo Jasper, con toda la compasión que fue capaz de reflejar en su voz. Caminaba con fluidez delante de Edward, aproximándose a la entrada de la casa.
La pequeña cabaña, ordenada, limpia y tan acogedora, había sido destrozada, registrada de arriba abajo. Los sencillos muebles estaban rotos, las cortinas ladeadas y los antiguos platos de loza hechos pedazos. Los preciados libros del párroco estaban rasgados y sus dibujos hechos jirones. Las tisanas, cuidadosamente guardadas por el Padre en pequeñas latas de metal, yacían en un montón en el suelo de la cocina. Su delgado colchón estaba rasgado y las sábanas hechas trizas.
- ¿Qué estaban buscando? –murmuró Edward en voz alta, vagando por la habitación tan familiar para él.
Se agachó para recoger una torre, encerrando la conocida pieza de ajedrez en su puño. Había manchas de sangre en el suelo, en el viejo sillón tallado.
- No hay ningún cadáver –señaló Jasper innecesariamente. Se estiró para recoger una antiquísima Biblia encuadernada en piel. La encuadernación era muy buena y el cuero brillaba donde los dedos del párroco la habían sostenido tan a menudo –Pero donde apesta a podredumbre, siempre hay un rastro –Jasper le pasó la Biblia a Edward, observando como su príncipe, sin decir palabra, guardaba el libro bajo su camisa, sobre su piel.
El musculoso y fornido cuerpo de Jasper se inclinó y emitió una especie de resplandor. Sus brazos se cubrieron de una gruesa capa de pelo, de sus uñas surgieron grandes garras y los colmillos aparecieron en su hocico. El enorme lobo negro saltaba por la ventana, transformándose en el aire. Edward le siguió, saltando entre los árboles, siguiendo el rastro con el morro pegado al suelo, alrededor de la cabaña. Les llevaba al interior del bosque, alejándose de la casita, subiendo cada vez hacia las montañas. Siguiendo el rastro se separaban de Emmett y Isabella; quienquiera que se hubiera llevado al Padre, quería estar a solas para llevar a cabo su sucio cometido.
Edward y Jasper devoraban la distancia en loca carrera, hombro a hombro, y con el mismo propósito oscuro y mortal en sus corazones. Olfateaban el aire y de vez en cuanto hundían la nariz en el suelo para asegurarse que iban por el camino correcto, tras el olor del Padre Barner. Los poderosos músculos de ambos vibraban en las espaldas de los animales, sus pulmones y corazones trabajaban como máquinas recién engrasadas. Los animales se apartaban de su camino, encogiéndose de terror a su paso.
Un olor desconocido y desagradable les salió al paso, emanaba desde un árbol; Edward se detuvo. Habían cruzado los límites del terreno de su manada de lobos y entraban en el territorio de otra. Los lobos solían atacar a los intrusos; Edward envió una llamada, dejando que el viento llevara su mensaje, para intentar localizar a la pareja alfa.
Con el olor de la sangre del Padre, era muy sencillo seguir el rastro; pero Edward empezó a sentir un extraño desasosiego; algo se le escapaba. Habían corrido durante kilómetros, persiguiendo un rastro que jamás cambiaba, el olor no era más fresco ni tampoco desaparecía, siempre era el mismo. Un pequeño ruido sobre sus cabezas fue la única advertencia, el sonido de una roca contra otra; estaban en una estrecha garganta, con escarpadas paredes que se cernían a ambos lados. Ambos se disolvieron con presteza, convirtiéndose en pequeñas gotas de agua, en neblina. La lluvia de rocas y cantos rodados pasó sobre ellos inútilmente, no podían hacer daño a un ser incorpóreo.
Edward y Jasper se lanzaron al vuelo simultáneamente, y tomaron de nuevo sus cuerpos humanos cuando pusieron pie sobre el acantilado con gracia felina. No había ningún cadáver, y ciertamente, tampoco encontraron al asaltante. Edward miró a Jasper con inquietud.
Esto no es obra de un humano.
- El párroco no anduvo esta distancia y ningún humano lo trajo hasta aquí – dijo Jasper pensativo- Usaron su sangre a modo de trampa, para atraernos hasta aquí –ambos escudriñaban la zona, usando todas las armas de las que disponían- Este es el trabajo de un vampiro.
- Es lo suficientemente inteligente para no dejar su propio rastro –observó Edward.
Una manada de lobos salió de entre los árboles con los ojos rojos fijos en Edward. Gruñendo y mordiendo al aire para hacerlos oír los chasquidos de sus mandíbulas, se lanzaron hacia las dos altas y elegantes figuras que permanecían inmóviles justo al lado del precipicio. Jasper se convirtió en un torbellino demoníaco, lanzando a los animales por el barranco, rompiendo huesos como si se trataran de cerillas; y sin hacer ningún tipo de sonido, a una velocidad pasmosa, tan increíble que su propio cuerpo parecía una mancha borrosa.
Edward no se movió, su alma se llenó de tristeza por la inútil pérdida de aquellas vidas. Era una tragedia. Jasper era capaz de destruir vidas sin remordimientos, fácilmente, sin ningún tipo de sentimiento. Eso le demostró a Edward, más que cualquier otra cosa, lo desesperada que era la situación de su gente.
- Te arriesgaste demasiado –gruñó Jasper como reprimenda mientras se materializaba junto a Edward- Estaban programados para destruirte, deberías haberte quitado de en medio.
Edward observó la destrucción y la muerte que lo rodeaban; ningún cuerpo estaba próximo a él.
- Sé que jamás hubieras permitido que se acercaran. El vampiro no descansará hasta que te destruya, Jasper.
La boca de Jasper se curvó en una sonrisa feroz.
- Esa es la idea, Edward. Esta es mi invitación; puede desafiarte abiertamente si lo desea, pero te está traicionando, entregándote a los humanos. Tal traición jamás será tolerada.
- Necesitamos encontrar al Padre Barner –dijo Edward con suavidad- Es demasiado viejo para sobrevivir un ataque tan brutal. El vampiro no lo mantendrá con vida una vez que el sol empiece a salir.
- ¿Pero por qué trazó todo este plan? –Musitó Jasper, pensaba en voz alta- Debe haber supuesto que no te atraparía en la garganta y tampoco los lobos podrían contigo.
- Está intentado entretenerme –los negros ojos de Edward parpadearon con repentino temor; una vez más, su mente buscó a Isabella.
Estaba mortificando a Emmett.
Edward inspiró repentinamente.
- Eleazar. En el pueblo se sabe que es el hermano de Esme. Si Esme, su hijo y Carlisle fueron objetivos de los fanáticos, es posible y lógico que Eleazar también lo sea.
Mientras su cuerpo se contorsionaba, se doblaba y las plumas empezaba a surgir, emitiendo destellos iridiscentes bajo la pálida luz que iba tiñendo el cielo, mandó una brusca advertencia al joven Eleazar. Las poderosas alas batían el aire con fuerza, volando deprisa en un intento de ayudar al mejor amigo de su hermano.
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Jasper inspeccionaba las montañas, sus pálidos ojos recorrían los oscuros riscos que se alzaban sobre el bosque. Saltó del borde del precipicio y su cuerpo empezó a transformarse mientras se dejaba caer hacia el suelo. Las alas se movieron con fuerza, elevándolo al cielo, hacia la superficie de la roca que sobresalía sobre la cima de los árboles. La entrada a la cueva era un mero resquicio en la pared de piedra; fue muy fácil deshacer los hechizos de protección; para poder pasar por la estrecha abertura, Jasper se disolvió una vez más formando una tenue neblina y fluyó a través de la grieta.
El pasadizo se hacía mucho más amplio abruptamente, girando y dando vueltas; el agua caía por las paredes a ambos lados del pasillo rocoso que desembocaba en una amplia cámara: la guarida del vampiro. Ahora tenía su olor. Un brillo de satisfacción iluminó los ojos plateados de Jasper; el vampiro no encontraría su lugar de descanso aquí; el no-muerto aprendería que nadie amenazaba al Príncipe Edward y salía ileso, antes debía enfrentarse con Jasper.
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Isabella caminaba inquieta de un lado a otro de la cabaña, sonriendo burlonamente a Emmett.
- Tengo mucha paciencia.
- Ya lo veo –asintió secamente Emmett.
- Vamos, Emmett –dijo Isabella atravesando de nuevo la estancia y dándose la vuelta para mirarlo - ¿No encuentras esto un poco desquiciante?
Emmett se acomodó perezosamente en el respaldo de la silla; una socarrona sonrisa, típicamente masculina, deslumbró a Isabella.
- ¿Estar encerrado con una hermosa lunática, quieres decir?
- Ja, ja, ja. ¿Todos los hombres de los Cárpatos se creen graciosos?
- Sólo aquellos que tienen cuñadas que rebotan en las paredes. Cada vez te pareces más a una pelota de ping-pong. Cálmate.
- Vale. ¿Cuánto tarda un asunto como este? Edward estaba muy molesto. - Con estudiada tranquilidad, Emmett se apoltronó aún más en la silla, apoyándose en la pared casi hasta perder el equilibrio y elevó una ceja.
- Las mujeres tenéis una imaginación muy gráfica.
- Inteligencia, Emmett, no imaginación –lo corrigió amablemente.
Emmett le dedicó una sonrisa.
- Los hombres de los Cárpatos entendemos la fragilidad nerviosa de las mujeres. No pueden soportar las adversidades que los hombres soportamos. - Isabella pasó el pie por debajo de la pata de la silla y tirando con fuerza, dejó que Emmett cayera de espaldas al suelo. Con los brazos en jarras, lo miró con superioridad.
- Los hombres de los Cárpatos son muy engreídos, querido cuñado –anunció Isabella- pero no son nada brillantes.
Emmett la miró fijamente con pretendida ferocidad.
- Tienes un punto de mezquindad en ti –dijo levantándose repentinamente con los ojos oscuros serios e inquietos- Ponte esto –y sacó de la nada una gruesa rebeca.
- ¿Cómo haces eso? –le parecía simple magia.
- Un miembro de mi especie puede fabricar cualquier cosa que proceda de la naturaleza –le dijo con una entonación que denotaba su ligera distracción – Póntelo Isabella. Estoy empezando a sentirme atrapado en esta cabaña; necesitamos salir al exterior donde pueda olfatear el peligro, saber de dónde viene.
Isabella se envolvió en la calidez de la prenda y salió al porche con Emmett.
- Casi es de día –puntualizó Isabella.
Emmett llenó de aire sus pulmones de forma brusca.
- Huelo a sangre. Dos humanos; uno de ellos me resulta familiar.
- El Padre Barner –dijo Isabella nerviosa- Es su sangre –y empezó a bajar las escaleras, pero Emmett, mucho más cauto la agarró del brazo.
- Esto no me gusta, Isabella.
- Está herido, Emmett. Siento su dolor, no es un hombre joven.
- Quizás. Pero ¿Por qué ha venido hasta aquí? Esta cabaña está muy alejada y pocos conocen su existencia. ¿Cómo es que el párroco viene hacia aquí cuando estamos cerca de nuestra hora más vulnerable?
- Podría estar muriéndose. Edward confía en él –dijo Isabella firmemente, su corazón buscaba al Padre Barner- Tenemos que ayudarlo.
- Te quedarás detrás de mí y harás lo que yo te diga –ordenó Emmett, obligándola a protegerse detrás de su cuerpo- Le di a Edward mi palabra de que te protegería con mi vida, y eso es lo que pretendo hacer.
- Pero… -Isabella se tragó el resto de la protesta, la determinación de Emmett era muy clara.
- Olfatea el viento, Isabella; ahora eres una mujer de los Cárpatos. Busca siempre más allá de lo obvio, no mires sólo con los ojos y con el corazón. He llamado a Edward; está lejos, pero volverá con rapidez. Y se acerca el amanecer –Emmett se había alejado del porche, y haciendo un movimiento circular se dirigió hacia la espesura de los árboles- Hay otro.
Isabella intentó olfatear, escudriñando en todas direcciones para encontrar el peligro. Se sintió inquieta, pero sólo pudo detectar al Padre Barner y al otro hombre acercándose muy despacio.
- ¿Qué es lo que no capto, Emmett?
Entonces lo percibió con claridad, una turbulencia, una perturbación en la armonía de la naturaleza, un poder que desequilibraba el orden terrenal. Vio a Emmett quedarse sin respiración; sus ojos negros, tan parecidos a los de Edward, brillaron con repentina amenaza.
- Vete de aquí, Isabella. Corre. Vete muy rápido y no mires atrás. Escóndete del sol y espera a que llegue Edward.
- Puedo ayudarte –estaba aterrorizada. Algo terrible los estaba amenazando, algo que Emmett era obvio que temía. Isabella no podía darse la vuelta y salir corriendo, dejando a su cuñado solo frente al peligro- No puedo marcharme, Emmett.
- No lo entiendes; tú eres más importante que yo, que el párroco y que cualquiera de nosotros. Eres nuestra única esperanza de futuro. Deja este lugar. No hagas que falle a mi hermano.
La indecisión luchaba con su conciencia. El Padre Barner apareció ante ellos, mucho más frágil de lo que recordaban. Tenía el rostro hinchado y amoratado, era imposible reconocerlo. Por vez primera dejaba ver su verdadera edad, ochenta y tres años que pesaban sobre su anciano cuerpo.
- - ¡Vete, Isabella! –dijo Emmett dejando escapar el aire entre los dientes, moviéndose de nuevo en un amplio círculo sin dejar de mirar al párroco.
Sus ojos se movían sin descanso, buscando, siempre buscando.
Debes marcharte ahora.
Otro hombre llegó; se parecía mucho a James Smith, pero era mucho más rubio y joven. Se movía a espaldas del párroco, y lo empujaba dándole manotazos en la espalda de forma cruel.
El párroco tropezó, cayendo hacia delante sobre una rodilla, intentó enderezarse, pero cayó de bruces, con el rostro sobre la hierba y el polvo. El hombre rubio le dio una patada con rencor.
- Levántate maldijo viejo. Levántate o te mataré aquí mismo.
- ¡Déjalo! –Gritó Isabella con los ojos llenos de lágrimas- ¡Padre Barner! –bajó los escalones en loca carrera.
Emmett se adelantó y la interceptó con su cuerpo, tan rápidamente que el ojo humano no percibió el movimiento. La empujó de vuelta al porche.
- Es una trampa, Isabella. Sal de aquí.
- Pero el Padre Barner… - gritó a Emmett en protesta.
- Venga aquí señora –gruño el hombre que se parecía a Smith. Se agachó, agarró al Padre Barner por el alzacuello y lo puso de rodillas. Una navaja de brillo malicioso estaba apoyada en el cuello del sacerdote –Lo mataré ahora mismo si no hace lo que le digo.
Emmett se dio la vuelta entonces, las profundidades de sus ojos brillaban con una luz roja. Rugió en forma de advertencia, provocando escalofríos en la espalda de Isabella y haciendo que el asaltante del Padre Barner perdiera el color de su rostro.
El viento comenzó a soplar a su alrededor, enviando hojas secas y ramas a los pies de Emmett. Una criatura pareció materializarse de la nada, golpearlo en el pecho, agarrarlo y lanzarlo contra un árbol.
Isabella chilló.
Edward, ¿dónde estás?
Voy hacia allá. Sal de ahí.
Emmett y el espectro volaban, chocando contra los troncos de los árboles. Las garras destrozaban los cuerpos y se mordían con los colmillos. El peso de ambos tumbaba ramas mientras cambiaban continuamente de forma durante el mortal combate. El vampiro estaba fuerte, acababa de matar y beber sangre recientemente; se lanzó sobre Emmett, haciéndole caer y desgarrando su cuerpo al mismo tiempo.
- Corre Isabella, es a ti a quien busca –advirtió Emmett- Vete mientras puedas.
Podía escuchar a Emmett respirar trabajosamente, se debilitaba por momentos. Isabella jamás habían atacado a otro ser humano en su vida, pero estaba claro que Emmett estaba en peligro.
Date prisa, Edward. Estaba desesperada, el amanecer se cernía sobre ellos cuando se lanzó sobre la espalda del vampiro para apartarlo de Emmett.
- ¡No, aléjate! –gritó Emmett de forma inapelable y muerto de terror.
¡No, Isabella! Edward repitió la orden de Emmett desde la distancia.
¡No, mujer, no lo hagas! Dijo con ferocidad la voz de Jasper en su cabeza.
Sin acabar de comprender, pero sabiendo que su vida estaba en peligro, Isabella intentó zafarse, saltando de nuevo hacia atrás. Pero el vampiro la atenazaba por la cintura en un abrazo imposible de romper, y girando la cabeza con los ojos brillantes por su triunfo, hundió los colmillos en la muñeca de Isabella y bebió la rica y espesa sangre. Quemaba y dolía como si la estuvieran marcando con un hierro candente, el vampiro rasgaba su carne y sorbía su sangre, clavando profundamente los colmillos.
Edward y Jasper intentaban ahogar con la fuerza de sus mentes al vampiro, cerrando sus dedos alrededor de la garganta. Aunque un ataque como aquel, a aquella distancia, era muy poco efectivo en un miembro de su raza, al combinar sus fuerzas, consiguieron que el no-muerto se quedara durante un instante sin aire. Emmett aprovechó para golpear al vampiro con renovada fiereza, empujándolo hacia atrás y logrando que Isabella quedara libre y cayera al suelo. La sangre brotaba de su muñeca, dejando un reguero de gotas carmesíes en el suelo del bosque, y por un momento, los dos contendientes se quedaron inmóviles, distraídos por la roja visión, volviéndose al unísono para coger a Isabella.
- ¡Cierra la herida! –gruñó el vampiro con voz ronca.
- Isabella, morirás desangrada –Emmett se esforzaba por mantener la calma, intentando que ella comprendiera la gravedad de la situación.
El vampiro golpeó entonces, desgarrando el estómago de Emmett de modo que tuvo que usar sus manos para tapar las heridas de forma protectora. La cabeza del vampiro se contorsionó, formando un morro alargado y arremetió como un lobo hacia la garganta desprotegida de Emmett, desgarrando y destrozando.
Isabella gritó y se lanzó de nuevo sobre el vampiro, golpeando con ferocidad la cabeza y los brazos. Desdeñosamente, la asquerosa criatura dejó caer el cuerpo de Emmett, que cayó como el de una descompuesta muñeca de trapo sobre la vegetación, pútrida al roce del cuerpo del vampiro. De nuevo agarró la muñeca de Isabella para llevársela a la boca, sus ojos reían sobre los de Isabella, mientras cerraba las heridas con un lametón. Isabella sintió unas náuseas profundas ante el hediondo contacto, su cuerpo se revelaba ante el sucio roce.
- Recuerda, humano, ella es mía –ordenó a Smith- Volveré a por ella esta noche. Que no le dé el sol –Dijo el vampiro liberándola y saltando hacia el cielo.
Isabella cayó sobre sus manos, de rodillas; y dando tumbos, se acercó al cuerpo inmóvil de Emmett.
- Ese vampiro lo ha matado –gritó histérica. Y mientras sus manos tocaban el suelo del bosque, agarró puñados de tierra- ¡Oh, Dios, está muerto! ¡Dejaste que esa cosa lo matara! –usando su delgado cuerpo a modo de escudo, para impedir que vieran lo que hacía, Isabella tapó las heridas del cuello de Emmett mezclando su saliva sanadora con la tierra– Bebe, Emmett, ahora, para que puedas espera a que lleguen Edward y Jasper – con la muñeca sobre la boca de Emmett, Isabella continuó sollozando de forma dramática, dando gracias por una vez, de que los hombres pensaran que las mujeres se volvían histéricas ante una crisis.
Edward, Emmett está herido de muerte. Está al alcance del sol. Y sintió que el humano se le acercaba y la cogía suavemente por las muñecas como advertencia. Emmett estaba muy débil; alimentándose ciegamente, casi perdió sus latidos. Había perdido una enorme cantidad de sangre. Con gran dignidad, Isabella cubrió la cabeza de Emmett y su muñeca con la rebeca, agachándose para darle un beso de despedida.
- No me abandones, Emmett. Debes vivir. Por mí, por Edward, por todos nosotros. No dejes que ganen – pero no podía detectar ningún pulso, el corazón de Emmett no latía.
Smith la levantó agarrándola de un hombro. Estaba mortalmente pálida, muy mareada y extremadamente débil.
- Ya basta de llorar. Si me causas algún problema, mataré al cura y si me haces daño, el vampiro lo matará –dijo mientras la empujaba para que comenzara a bajar por el sendero.
Isabella elevó la barbilla, mirándolo fríamente con los ojos enrojecidos.
- Entonces, supongo, que por tu bien, es esencial que el Padre Barner se mantenga con vida ¿no?
Isabella supo al invadir su mente que el hombre no creyó ni por un instante, que el párroco fuera uno de los secuaces de Edward ni tampoco un servidor del diablo. Había visto el poder de vampiro y lo ansiaba para él mismo, quería ser recompensado con presteza.
James Smith veía con claridad el odio y la comprensión en los grandes ojos azules. No le gustó lo que veía reflejado en ellos y le volvió a dar otro empujón para que siguiera andando.
Empleó todas sus fuerzas en mantenerse bajo control y toda su determinación para continuar caminando por el escarpado suelo. Jamás se había sentido tan débil; ni siquiera podía ayudar al Padre Barner. Todas sus energías las empleaba en seguir poniendo un pie delante de otro. De repente, se desplomó sentada en el suelo, atónita al comprender que no habían llegado a ningún sitio, que sus piernas simplemente no la podían sostener. Estaba helada, por dentro y por fuera, y temía no volver a sentir calor jamás.
Aliméntate del cura. Ordenó el vampiro, dejando translucir su ira en el tono de voz.
Isabella parpadeó, y buscó por todos lados, aún cuando la voz sonaba en su cabeza; el vampiro había establecido un lazo de sangre con ella y podía controlarla a su voluntad.
Vete al infierno. Y se alegró en el fondo con la infantil respuesta.
La risa del vampiro se burló de ella.
Le diste sangre a Emmett, debía haberlo imaginado. No vivirá; me aseguré de infligirle una herida mortal.
Isabella reunió todo el odio de que fue capaz, dejando que fluyera a su mente. Se le antojaba muy difícil pensar claramente y se había caído al suelo tantas veces que había perdido la cuenta. Su secuestrador la arrojó al asiento trasero de un coche, al lado del Padre, y empezó a bajar por la montaña a una velocidad suicida. Isabella se tumbó en el asiento, agradecida de que las ventanillas tuvieran cristales ahumados y el interior estuviera oscuro. El letargo la invadía y su cuerpo era pesado como el plomo.
¡Aliméntate! La orden del vampiro fue implacable y áspera.
Isabella daba gracias por poder desafiarlo; no podía dormir, no se atrevía a hacerlo hasta saber si Emmett estaba a salvo.
Edward y Jasper se apresuraban bajo el sol, las alas se movían con ferocidad mientras se acercaban volando a la vieja cabaña. Se enterrarían hechos ovillos bajo el suelo, llevando a Emmett, en cuanto tuvieran oportunidad.
Isabella. Lo oyó más cerca, inundando su mente de amor. Estás demasiado débil.
Salva a Emmett. Ven a por mí esta noche, Edward. El vampiro puede leer mis pensamientos; se cree a salvo, cree que seré el anzuelo para atraparte. No lo permitas. Desesperada, intentaba enviar las palabras con claridad, pero su cerebro estaba demasiado embotado.
- ¿Isabella? –la llamó el Padre Barner tocándole la frente; estaba helada. Su piel estaba pálida, casi translúcida y los ojos azules se hundían en las cuencas como dos flores aplastadas contra su rostro- ¿Puedes hablar? ¿Edward está vivo?
Isabella asintió con la cabeza, observando angustiada la cara hinchada del párroco.
- ¿Qué le han hecho? ¿Por qué le han golpeado de esta forma?
- Dicen estar seguros de que yo conozco los lugares donde Edward esconde sus ataúdes. De acuerdo con Paul…
- ¿Quién es Paul?
- El vampiro traidor que está compinchado con estos asesinos. Él es un verdadero no-muerto que se alimenta de niños y destruye todo lo sagrado. Su alma está perdida para toda la eternidad. Sólo sé que Paul parece estar llevando a cabo los mitos acerca de los vampiros con un propósito determinado. Afirma que Edward es el jefe de los vampiros y que, si tienen éxito y lo matan, todos los que están bajo su influencia recobrarán su existencia humana. Ha debido de establecer un vínculo de sangre con ellos, inadvertidamente, y lo usa para controlarlos.
Isabella cerró los ojos con cansancio. Su corazón se las ingeniaba para seguir latiendo con menos sangre de la necesaria; sus pulmones bramaban por un poco de oxígeno.
- ¿Cuántos son?
- Tres que yo sepa. Este es James Smith, su hermano James es su supuesto líder y su hombre de acción es Cayo Smith.
- Ambos se quedaron en la pensión con el matrimonio americano. Pensamos que habían abandonado el país. Este vampiro, Paul, debe ser más poderoso de lo que sospechamos.
Su voz se desvanecía, y hablaba cada vez más despacio. El Padre Barner la miró atentamente mientras ella intentaba levantar el brazo para apartarse el pelo de la cara; su brazo parecía muy pesado y su rostro tenía una expresión distante. La ayudó con suavidad.
¡Isabella! La voz de Edward sonaba angustiada.
Era muy difícil contestarle, requería demasiada fuerza. El párroco se incorporó de modo que la cabeza de Isabella descansara sobre su brazo. Isabella temblaba de frío.
- Necesito una manta para cubrirla.
- Cállate, viejo –espetó Smith. Sus ojos vigilaban constantemente el cielo a través del parabrisas del coche. El sol estaba alto, pero unas grandes nubes lo tapaban, ocultando su luz.
- Si ella muere, Paul te hará desear haber muerto también –insistió Edgar Barner.
- Necesito dormir –dijo Isabella con voz queda, sin abrir los ojos. Ni siquiera se asustó cuando la chaqueta de Smith cayó inesperadamente sobre su cara.
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Edward tenía que alejarse de inmediato del sol; sin gafas oscuras y sin ningún tipo de protección, sus ojos y su piel ardían. Se posó sobre un árbol, en una rama cercana al suelo y recuperó su cuerpo humano mientras saltaba la distancia que lo separaba del suelo. El cuerpo de Emmett yacía al sol, una rebeca tapaba su cuello y su rostro. Sin mirar la extensión de las heridas de su hermano, Edward lo cogió en brazos y se deslizó sobre el suelo hacia el laberinto de cuevas.
Un enorme lobo negro se le unió, saliendo de la espesura, corriendo a grandes zancadas a su lado, los pálidos ojos brillaban amenazantes. Atravesaron juntos los estrechos túneles hasta llegar a una cámara amplia, cubierta de vapor. El lobo negro se retorció, y el pelo desapareció de los musculosos brazos al recobrar Jasper su verdadera forma.
Edward dejó el cuerpo de Emmett sobre el rico suelo con mucho cuidado y quitó la rebeca. Maldijo en voz baja, y notó que las lágrimas se agolpaban en los ojos y en la garganta.
- ¿Puedes salvarlo?
Las manos de Jasper se movieron sobre el cuerpo, sobre las horribles heridas.
- Emmett detuvo su corazón y sus pulmones para conservar la sangre que le quedaba. Isabella está débil porque lo alimentó; mezcló su saliva con la tierra e hizo unos emplastos con los que taponó las heridas. Ya están empezando a sanar; pero necesitaré tus hierbas, Edward.
- Sálvalo, Jasper –dijo Edward mientras su cuerpo se doblaba y se cubría de pelo, alargándose para tomar forma mientras corría por la maraña de pasadizos saliendo de las entrañas de la tierra.
No se atrevió a pensar en Isabella y en lo débil que estaba. El letargo también invadía ya su cuerpo, exigiéndole entregarse al sueño.
Convocando toda su enorme fuerza y su voluntad, convertida en acero a lo largo de los años, Edward salió a terreno despejado en plena carrera. El cuerpo del lobo estaba diseñado para correr velozmente, y así lo hizo él, corría pegado al suelo, con los ojos convertidos en dos estrechas ranuras. Las zarpas arañaban el suelo y las patas traseras tomaban impulso para saltar sobre los troncos derribados. Jamás disminuyó el paso mientras atravesaba barrancos y saltaba por encima de las rocas.
El hecho de que el cielo estuviera nublado le ayudaba a paliar los efectos del sol, pero aún así, los ojos le lloraban al acercarse a la cabaña. El viento comenzó a soplar, trayendo el hedor del sudor y el miedo. Un hombre. La bestia rugió en silencio, toda la furia reprimida estalló hasta alcanzar una ira candente; el lobo se detuvo, totalmente agazapado, de nuevo dominaban los instintos del depredador; se movió a favor del viento, escurriéndose en silencio entre los espesos matorrales para acercarse con sigilo a los dos hombres que pensaban tenderle una emboscada. Por supuesto que el traidor sabría que Edward correría en ayuda de su hermano; el vampiro era muy astuto y había previsto todas las opciones. El traidor había esperado largo tiempo, alimentando el fanatismo de Aro Vulturi. Probablemente fue él el que ordenó a Vulturi matar a su esposa. El lobo se echó sobre el vientre, arrastrándose hacia delante hasta quedarse a unos metros del hombre más alto.
- Hemos llegado demasiado tarde –susurró Cayo Smith mientras se incorporaba a medias para observar el sendero que llevaba a la cabaña- Seguro que algo salió mal.
- Maldito camión, tenía que calentarse –se quejó Victoria Steward- Hay sangre por todos lados y ramas rotas. Hubo una pelea, estoy seguro.
- ¿Crees que Paul mató a Cullen? –preguntó Cayo.
- Ese es nuestro trabajo; pero el sol ya ha salido. Si Cullen está vivo, estará durmiendo en su ataúd en algún lado. Podemos echarle un vistazo a la cabaña, pero no creo que vayamos a encontrar nada –dijo irritada Victoria.
- Paul no se pondrá muy contento –dijo preocupado Cayo- Quiere que Cullen tenga una muerte espectacular.
- Bueno, que nos hubiera dado un camión más decente. Le dije que él mío tenía una avería –espetó Victoria con impaciencia. Creía en la existencia de los vampiros y en su deber de exterminarlos.
Victoria se puso en pie despacio, examinando el paisaje con mucho cuidado.
- Vamos, Smith. Quizás tengamos suerte y Cullen ya esté metido en el ataúd en la cabaña.
Cayo soltó una risa nerviosa.
- Yo le clavo la estaca; tú le cortas la cabeza. La forma de matar un vampiro es un enredo.
- Cúbreme mientras inspecciono el lugar –ordenó Victoria mientras se internaba en la espesura con el rifle preparado. De repente, los arbustos que estaban justo delante de él, se abrieron dando paso a un enorme y fornido lobo. El corazón de Victoria se detuvo por un instante, se quedó paralizada, incapaz de moverse.
Los ojos negros brillaban con maldad, estaban llorosos y enrojecidos en los bordes. Los afilados colmillos blancos emitieron un destello, relucientes de saliva. Durante treinta segundos, el lobo capturó a Victoria con su mirada, aterrorizándolo. Sin aviso, embistió con la cabeza baja y las mandíbulas abiertas, atrapando un tobillo por la bota y rompiendo el hueso de forma audible, con un horrible crujido, gracias a su enorme fuerza. Victoria gritó y cayó al suelo. El lobo lo soltó de inmediato y retrocedió, mirándolo con ojos distantes.
Desde los arbustos, Smith había visto a Victoria Steward caer al suelo y gritar, pero no vio qué le había sucedido. El pánico en la voz de Steward hizo que Cayo empezara a sentir terror. Tardó más de un minuto en poder pronunciar una palabra.
- ¿Qué pasa? No veo nada –tampoco es que intentara averiguarlo, es más, instintivamente retrocedía entre los matorrales, manteniendo la pistola en alto y amartillada, con el dedo en el gatillo preparado para disparar a cualquier cosa que se moviera.
Quería advertir a Victoria que guardase silencio, pero se mantuvo callado con el corazón martilleando en el pecho por el sobresalto.
Victoria intentaba preparar el rifle y colocarlo para poder disparar; entre el pánico y el terror esos venenosos ojos negros le inducían a hacerlo, ni siquiera podía coger el cañón con la suficiente rapidez. Los ojos del lobo mostraban mucha inteligencia, furia y rabia. Y esa mirada asesina iba dirigida a ella; eran los ojos de la muerte los que lo estaban hipnotizando. Era incapaz de desviar la mirada, no pudo hacerlo cuando el lobo se abalanzó a su garganta. Por lo menos no sintió nada y agradeció el rápido final. Los letales ojos cambiaron la expresión en el último momento, repentinamente tristes mientras el lobo quitaba la vida a la mujer.
Sacudió la peluda cabeza y se deslizó de nuevo entre los matorrales en busca de Cayo Smith. Podía escuchar su corazón latiendo acelerado por el terror, bullendo de vida; podía oír la sangre caliente fluyendo por su cuerpo, olía el miedo y el sudor. El júbilo sacudió el cuerpo del lobo, necesitaba sangre, necesitaba matar; no obstante Edward se libró de esta necesidad pensando en Isabella, en su compasión y en su valentía. En ese momento, el sol encontró un hueco en una espesa nube y los ojos de Edward fueron asaltados por miles de alfileres.
Necesito esas hierbas, Edward. El sol está alto y el tiempo se acaba para Emmett. Termínalo ya.
El lobo esperó a que la nube cubriera de nuevo el sol y entonces caminó audazmente hacia el claro, exponiendo deliberadamente la espalda a Smith cuyos ojos se estrecharon y dejó ver una diabólica sonrisa. Agarró la pistola con las dos manos y puso el dedo en el gatillo; pero antes de que pudiera apretarlo, el lobo giró en el aire y aplastó el pecho de Cayo, abriéndose paso entre los huesos para llegar al mismo corazón.
El lobo saltó sobre el cuerpo de forma desdeñosa para correr a grandes zancadas hasta la cabaña. Los ojos le lloraban constantemente, sin importar que apenas fueran dos rendijas; pero la debilidad que invadía su cuerpo era mucho más difícil de ignorar. Consciente del paso del tiempo, el lobo subió a toda velocidad las escaleras que llevaban al porche de la cabaña, hasta llegar a la puerta. Una garra se dobló, alargándose hasta formar unos dedos que se aferraron al pomo de la puerta y la abrieron de un empujón. La necesidad de entregarse al sueño era arrolladora, pero Emmett esperaba las hierbas. Las patas delanteras del lobo eran ahora dos manos que cogieron la bolsa de las hierbas y la pusieron alrededor del cuello peludo y musculoso; una vez hecho esto, el lobo se marchó en frenética carrera bajo el sol, ya por encima de la cubierta de nubes que antes lo ocultaba.
De forma inesperada, retumbó un trueno; el cielo se vio surcado de negras nubes cargadas de lluvia que ayudaron a Edward a protegerse del sol. La tormenta descargó sobre el bosque muy rápidamente, el fuerte viento arrancaba las hojas y empujaba las ramas de los árboles. Un relámpago crujió y cayó a la tierra como un furioso látigo de luz; el cielo se había convertido en un amenazador caldero de nubes en ebullición. Edward se dirigió hacia las cuevas y a través del estrecho laberinto de pasadizos llegó a la cámara principal, transformándose en plena carrera. La fría mirada de Jasper se deslizó por Edward mientras este soltaba la bolsa de las hierbas.
- Es una proeza que hayas sido capaz de atarte los zapatos sin mi ayuda durante todos estos siglos.
Edward se dejó caer al lado de su hermano, cubriéndose los doloridos ojos con una mano.
- Es mucho más milagroso que te hayas mantenido con vida con tus ostentosas puestas en escena.
La cámara se llenó de las antiguas palabras, tan viejas como el tiempo. La voz de Jasper era hermosa pero implacable. Nadie tenía una voz como la suya; hipnótica y hermosa. La letanía era un ancla donde asirse en el confuso mar donde Emmett flotaba. La rica tierra mezclada con la saliva de Jasper fue colocada a modo de collar alrededor del cuello del herido. La sangre de Jasper, antigua y poderosa como ninguna, fluía por las maltrechas venas de Emmett. Jasper estrujó y mezclo algunas hierbas, añadiéndolas a las cataplasmas que cubrían las heridas del cuello.
- Reparé las heridas desde el interior; está muy débil, Edward, pero Emmett es fuerte. Si lo enterramos profundamente y le damos tiempo, sanará –dijo Jasper mientras ponía un emplasto en la mano de Edward- Ponte eso sobre los ojos, te ayudará hasta que estemos bajo el suelo.
Tenía razón; el emplasto era fresco y aliviaba el fuego que Edward sentía. Pero en algún lugar de su interior, otra pesadilla empezaba a cobrar forma. Un vacío inmenso y negro empezaba a extenderse por su alma, susurrando pensamientos negros y desquiciados. No importaba cuántas veces intentara alcanzar la mente de Isabella, siempre encontraba un silencio por respuesta, la nada. Su cerebro le decía que Isabella dormía profundamente, pero su sangre de los Cárpatos pedía a gritos ponerse en contacto con ella.
- Necesitas ir bajo tierra ahora –señaló Jasper- Sellaré las entradas con los hechizos de protección y me aseguraré de que nadie nos moleste.
- Sí, ¿con un gran luminoso que diga "Jasper duerme aquí, no le molestéis"? - preguntó Edward con una nota de advertencia en su tono de voz.
Jasper bajó el cuerpo de Emmett hacia el profundo agujero excavado en la tierra, de ningún modo molesto por el sarcasmo de Edward.
- También podías haber escrito tu nombre en el cielo después de tu espectacular actuación, Jasper.
- Quiero que el vampiro tenga muy claro quién soy, a quién ha osado elegir como enemigo –dijo Jasper encogiéndose de hombros en un descuidado gesto de poder.
El hambre se arrastró por la piel de Edward dejando a su paso la sensación de miles de hormigas que mordían su carne, aguijoneaban sus órganos y despedazaban sus nervios. Alzó los ojos hinchados y rojos hacia el rostro adusto, aunque curiosamente sensual, de Jasper. Su amigo tenía un enorme poder que resplandecía en sus ojos plateados.
- Crees que con Isabella ya estoy completo y que no te necesitaré más. Atraes deliberadamente el peligro hacia ti, alejándolo de mí y de los míos, porque en el fondo crees que ya no puedes soportar más tu existencia. Abres los brazos al peligro de la caza porque estás buscando un modo de acabar con tu vida. Pero nuestra gente te necesita ahora más que nunca, Jasper. Tenemos esperanza; hay un futuro para nosotros si somos capaces de sobrevivir durante los años venideros.
Jasper dio un hondo suspiro y apartó la mirada de los duros ojos de Edward, donde resplandecía la censura a su comportamiento.
- Hay una razón para salvar tu vida, pero salvar la mía no tiene sentido.
Edward pasó una mano por su cabello.
- Nuestra gente no puede sobrevivir sin ti, Jasper, y honestamente, yo tampoco.
- ¿Estás tan seguro de que no voy a transformarme? –La sonrisa de Jasper carecía de humor, era burlona- Tienes mucha más fe que yo mismo; este vampiro es despiadado, está embriagado de su propio poder. Anhela dar muerte, destruir. Yo camino por esa línea fronteriza todos los días; su poder no es más que una pluma al viento comparado con el mío. No tengo corazón, Edward, y mi alma es oscura. No quiero esperar hasta no ser capaz de tomar mi propia decisión; no quiero obligarte a darme caza y destruirme. Mi vida ha sido protegerte y serte fiel. No esperaré hasta tener que ser perseguido.
Edward movió una mano para abrir un claro de tierra sobre el lugar donde yacía su hermano.
- Eres nuestro más grande sanador, muy valioso para todos nosotros.
- Sí, por eso murmuran mi nombre con temor, con miedo.
Bajo sus pies, la tierra tembló repentinamente, agitándose y retumbando. El epicentro del terremoto estaba a una enorme distancia de donde se encontraban, pero no tuvieron dudas al creer que el origen del mismo fue la rabia del vampiro al encontrar su guarida destrozada.
El no-muerto había entrado confiado a su cubil, hasta que vio el cuerpo del primer lobo; a cada giro del túnel fue encontrando los cadáveres de sus secuaces, hasta que la manada entera estuvo a sus pies. El miedo se convirtió entonces en profundo terror. No era obra de Edward, cuyo sentido de la justicia y del deber le llevaría a la perdición, no, aquello era obra del Oscuro. Jasper.
Al vampiro no se le había pasado por la cabeza que el Oscuro pudiera jugar una baza en esta partida. Paul salió como un rayo de la seguridad de su guarida justo en el momento en el que la tierra tembló y las paredes de piedra se venían abajo. El choque de los bloques de granito estuvo a punto de reventarle los tímpanos. Un vampiro con muchas muertes a su espalda era mucho más susceptible al sol y al letargo que invadía a los miembros de la Estirpe de los Cárpatos. Paul tenía muy poco tiempo para encontrar un agujero seguro; al salir de la montaña, mientras esta se derrumbaba, el sol golpeó su cuerpo con tan fuerza que se le escapó un grito de agonía. El polvo y las piedras salían despedidos de su hogar y el eco de la risa burlona de Jasper flotó sobre los escombros del terremoto.
- No, Jasper –dijo Edward con una pizca de diversión en su voz. Se entregó flotando a los brazos de la tierra- Este es un buen ejemplo de por qué susurran tu nombre con pavor. Nadie entiende tu humor negro como yo.
- ¿Edward?
Edward dejó quieta la mano con la que iba a ordenar a la tierra que se cerrara sobre su cuerpo como una manta.
- No os pondría en peligro a ti ni a Emmett con mi desafío. El vampiro no puede atravesar mis hechizos.
Nunca he temido a Paul; y sé que tus hechizos son fuertes. Creo que nuestro amigo ya tiene bastante con el problema de encontrar un lugar para ocultarse del sol. No nos molestará hoy.
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¡Uff Uff Uff! Llegamos a los 155 comentarios 3 Me alegro que la historia les esté gustando:3
Nos quedan solo 3 caps de esta fascinante historia:O así que me gustaría que me escribieran sus hipótesis, qué opinan de la historia y cómo creen que terminará.
Estoy empezando a trabajar en otra historia (no de esta saga) así que pronto tendrá noticias mías.
Por otro lado, ya casi tengo listo el capítulo de El Costo de la Fama para que estén pendientes.
Espero hayan tenido un bonito fin de semana y les deseo un buen inicio de semana (aunque yo tendré vacaciones… ustedes también?).
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