El secreto desvelado
Un instante después de haber dejado los brazos de la reina, Emma ya estaba de vuelta en el Reino Blanco. La poderosa magia violeta se dispersó rápidamente y dejó aparecer a una princesa perdida en sus pensamientos y con el corazón acelerado. Su boca dibujaba un ligera sonrisa, y le llevó un tiempo comprender que estaba de regreso en su habitación, en el mismo sitio que la noche anterior. Si las últimas brumas mágicas no flotaran aún en el aire, Emma hubiera podido jurar que había soñado los dulces momentos de esa noche.
Su corazón latía desenfrenadamente. Se esforzó en convencerse de que estaba así a causa del viaje mágico. Pero sabía en su yo interno que Regina no era ajena a ese estado. Aún aturdida, se dejó entonces caer en la cama.
Fue en ese momento cuando la vio. Sentada tranquilamente en un sillón cerca de la puerta, parecía esperarla. Su rostro estaba serio y los brazos cruzados en una posición de desafío. Emma se sobresaltó ante la sorpresa y se incorporó inmediatamente.
«¡Ruby! ¿Pero qué haces ahí? ¡Me has asustado!»
Su amiga no le respondió. Se conformó con mantener los brazos firmemente cruzados observando a Emma de los pies a la cabeza con ojos temblando con una cólera contenida. ¿Había visto a la aparición de Emma? ¿Había comprendido a quién pertenecía esa magia? Emma rogó en su fuero interno para que no hubiera visto nada, pero la actitud de su amiga demostraba lo contrario.
La princesa se acercó a ella, pero cuando quiso abrazarla, fue violentamente rechazada.
«Pero…¿qué te ocurre, Rub'? ¿No estás bien?»
«¿Tú me preguntas lo que me ocurre? ¿Es eso, Emma? ¿He comprendido bien?» dijo finalmente Ruby en un tono que Emma no le conocía.
Emma se sorprendió tanto de la reacción de su amiga que no supo qué responder, y frunció el ceño. ¿Estaría al corriente de todo? Pero, ¿cómo se habría enterado?
«¿Cuánto tiempo pensabas ocultármelo, Emma?» continuó ella, mirándola a los ojos
«Pero…¿de qué hablas?»
«Tengo que ganar tiempo a cualquier precio», pensaba Emma «Quizás no hable de Regina. Sobre todo, no confesarle algo que ignora…»
«¡NO ME TOMES POR UNA IDIOTA!» gritó Ruby, dejando traspasar su cólera «¿CUÁNDO PENSABAS DECIRME QUE TE COMUNICAS CON LA REINA MALVADA?»
Ante esas palabras, ella se precipitó hacia el escritorio y sacó el libro mágico. El corazón de Emma se saltó un latido cuando comprendió lo que tenía en las manos. ¿Cómo había descubierto el libro? ¿Habría hurgado en sus cosas? Emma no sabía lo que la enfadaba más: que Ruby hubiera descubierto su secreto o que se hubiera entrometido en esa parte tan inconfesable de su vida privada.
Con lágrimas en sus ojos, Ruby continuó con sus grandes gestos, agitando peligrosamente el libro ante el rostro de la princesa.
«¿Sabes qué? Lo que me apena más es que no te haya parecido bien contármelo, y que no hayas tenido la suficiente confianza en nuestra amistad para compartir este secreto conmigo, Emma…»
Incapaz de pronunciar la más mínima palabra, Emma bajó la mirada. Sí, debería habérselo contado, pero ¿cómo habría podido hacerlo si ella misma no sabía lo que hacía?
Pero aún había tiempo para hacerse perdonar. Alzó la mirada, dispuesta a enfrentar a su amiga y confesarle todo.
«Ven aquí» le ordenó suavemente sentándose en la cama
Ruby parecía desconfiada, pero estaba decidida a saberlo todo, así que obedeció.
«Antes que nada, Ruby, quiero que sepas que no me gusta para nada que hurguen en mis cosas. Ese libro es privado y si hubiera querido enseñártelo, lo habría hecho»
«Pero, ¿por qué no me has hablado de él? Se trata de la Reina Malvada…No estamos hablando de cualquiera…»
«¡Precisamente para evitar este tipo de escena, Ruby!»
«Pero…»
«Pero dejemos eso» la interrumpió Emma agitando las manos «Lo hecho, hecho está, y después de todo, quizás sea mejor así. Así que sí, hablo con Reg…la Reina Malvada»
Ella hizo una mueca al decir ese apelativo. Ante sus ojos, la Reina Malvada había desaparecido hacía mucho tiempo, y ese apelativo ya no le iba. Pero extrañamente, se sentía mejor compartiendo ese secreto con una oreja amiga.
«Sí, ella me dio ese libro» continuó ella «Sí, nos hablamos por medio de él…Y…»
«¡Pero Emma!» la interrumpió Ruby, asombrada «¿Nunca has pensado por un instante que quizás ella podía estar espiándonos? ¿Aprovecharse de ti para alcanzarnos a nosotros y hacernos caer? ¿Has visto todo lo que le has dicho? Todos esos detalles de tu vida…»
«No, sé que ella no está haciendo eso» respondió Emma, confiada «Sé que no habla conmigo para traicionarme después…»
«Pero, ¿cómo puedes estar segura, Emma? ¡Estamos hablando de la Reina Malvada!»
«Bien, precisamente por eso. ¡No, no estamos hablando de la Reina Malvada!» retomó ella más fuerte de lo que hubiera deseado «¡Hablamos de Regina!»
«¡Oh, Dios mío…! Ya veo…»
Ruby se llevó sus manos a su boca. Sus ojos se desorbitaron. No se creía lo que estaba escuchando.
«¿Ves qué?» preguntó Emma, que comenzaba a sospechar con angustia lo que podía poner a Ruby en ese estado
«No me digas eso, Emma…Te lo ruego…¡No me digas que te has encaprichado de…de esa…bruja!»
El asco se leía en el rostro de Ruby. Apenas pudo esconder su repugnancia ante las imágenes que acababan de formarse en su mente.
«¡Ella NO es una bruja!» se enfadó Emma
Fue la frase que colmó el vaso. Ruby se salió de sus casillas y dejó estallar todo el odio que sentía hacia la soberana del Reino Negro.
«¿Te das cuentas que arriesgamos nuestras vidas por arrancarte de sus garras?» gritó ella «¡Todos pusimos nuestras vidas en peligro por salvarte!»
«En realidad, no…Ella os dejó sanos y salvos a propósito…» precisó Emma, bajando la voz
«¡Para! ¡Para con ese delirio! ¡La Reina Malvada no perdona la vida a nadie y lo sabes! Pero bueno, después de todo, hemos sido muy tontos…Habríamos hecho mejor dejándote con ella, seguramente debías estar en su cama, ¿no? ¿Se ponía ella arriba o eras tú? Humm, déjame pensar...¡debía ser ella! Ella solo debe sentir placer dominando a los demás, ¿no? ¿Tenías derecho a tocarla al menos? Si no es así, sería realmente una pena…»
«¡Cállate!»
Al escuchar esas palabras, la respiración de Emma comenzó a acelerarse, y la cólera deformó su rostro. ¡No podía dejarla decir esos horrores! Pero el odio parecía haber tomado posesión de Ruby y ella continuó, atacando a Emma con su verborrea.
«Y pensar que todos nos arriesgamos por ti…Mientras tú te lo pasabas bien…No sabía que eras de las que te gustaban que te tomaran por la fuerza, Emma…Debiste aburrirte mucho conmigo…»
«¡PARA, RUBY! ¡PARA!» gritó Emma, cogiéndola por los hombros
«Escúchame, Emma…» retomó ella, amenazante
«¡PARA! ¡ESCÚCHAME TÚ!» la interrumpió ella con un grito desesperado «¡Basta! ¡Stop!»
Ella tomó su rostro en sus manos y la obligó a mirarla a los ojos. Ruby no se resistió. Como aliviada por la violencia de sus propias palabras, se calmó y la miró. Lamentó haber perdido los nervios de esa manera, pero Emma parecía no tenérselo en cuenta. Ella la miraba, con lágrimas en los ojos, y los labios temblorosos.
«Soy consciente de que habéis arriesgado la vida para salvarme y nunca os lo agradecerá bastante. Os lo deberé durante toda mi vida. No vale la pena que me culpes, ya lo he hecho yo por todos vosotros»
Ante la mirada baja de Ruby, ella continuó
«No sé lo que me pasa, ya está…¿Estás contenta de escucharlo?»
«Joder, pero, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo? ¡Pones a todo nuestro reino en peligro por un polvo!»
«¡NO SE TRATA DE UN POLVO!»
Rápidamente, Emma comprendió lo que acababa de decir. Por supuesto que no, no era eso. Desde el comienzo, Emma sabía que su atracción por Regina no era sencilla atracción sexual. Y, desgraciadamente, Ruby también lo comprendió.
«Entonces, ¿qué es, Emma?» le preguntó, con voz temblorosa, inquieta por la respuesta que vendría
«No lo sé. Creo que…»
«¿Qué…? ¡Dilo, Emma!» la presionó Ruby, obligándola a mirarla
«NO PUEDO, RUBY…No puedo…»
«La amas»
No era una pregunta. Ruby lo había comprendido todo. Emma aún no era capaz de confesárselo, pero el amor que sentía por la reina negra saltaba a los ojos. Ruby incluso se preguntó cómo no lo había visto antes.
No sabía si tenía que echárselo en cara o tenerle lástima. Pero ver a Emma tan débil, con lágrimas en los ojos y la espalda curvada le encogió el corazón.
«Sí, eso es. ¿Estás contenta? ¡Ahora, vas a poder denunciarme ante mis padres e intranquilizar a todo el reino! ¡"Mirad, mirad, la princesa Charming se acuesta con la reina negra, y amenaza a todo el reino"!»
Ruby observó a Emma, y no pudo reprimir un sollozo que murió en su garganta.
«¿Crees que es eso lo que quiero hacer? ¿Es de verdad lo que piensas de mí?»
Emma bajó la mirada, sabía que había ido demasiado lejos, pero no quería retirar sus palabras. En su cólera, había dejado que las palabras sobrepasaran su pensamiento. Pero las palabras de Ruby daban vuelta en su cabeza y no podía apartarlas. También ella había ido demasiado lejos.
Por supuesto que Ruby no sería capaz de denunciarla. Pero, verdaderamente, no sabía lo que Ruby sería capaz de hacer.
«He mentido a tu madre para protegerte, Emma…»
Ante la mirada incrédula de Emma, ella le explicó calmadamente la inquietud de Snow ante la ausencia de Emma en el último consejo de ministros. El corazón de Emma se hinchó de alegría y le dio las gracias con una sonrisa.
Por un breve instante, las dos mujeres se miraron. Se conocían de memoria, así que no les costaba nada leer el arrepentimiento en sus rostros. Las dos habían ido demasiado lejos y eran conscientes de ello. Y las dos lo lamentaban.
«Perdón Ruby por haber dudado de ti. Eres una verdadera amiga…No sé qué hacer para darte las gracias…»
«Para comenzar, vas a empezar desde el principio, lenta y calmadamente. Y después, quizás podría intentar comprenderte. Y digo bien: ¡intentar!»
Emma, entonces, contó a Ruby todo lo que llevaba en su corazón. Y el peso que soportaba en soledad desde tanto tiempo parecía que, poco a poco, se aligeraba. Al final de su relato, Emma tenía los ojos húmedos, y estrechaba las manos de su amiga entre las suyas.
«Ya no sé qué hacer, Rub'…Estoy perdida»
Ruby tenía el corazón encogido. Sentía el amor de Emma por Regina tan fuerte que sabía que era sincera. Jamás la había visto así. Jamás le había parecido tan enamorada. Y además, las amigas están para apoyarse, ¿no es verdad?
Pero, ¿qué pasaría si se equivocaba? ¿Qué pasaría si la Reina Malvada de verdad había decidido aprovecharse de ella para invadir el Reino Blanco?
«¿Eres consciente de que tus padres están intentando buscar represalias contra el Reino Negro en este momento?»
Completamente alejada de los asuntos del Reino desde que frecuentaba a Regina, Emma no estaba al corriente de lo que preparaban sus padres. Sacudió la cabeza, asolada por el peso de sus decisiones.
«No lo sabía… Por favor, intenta que entren en razón…»
«Lo intentaré…» suspiró ella
Después añadió, incapaz de creer lo que estaba a punto de decir
«No comprendo cómo logro decirte esto, pero escúchame bien. Haz lo que quieras con esa bru…reina. ¡Pero te prevengo, si te traiciona, no solo devoraré su corazón, sino que también te mataré a ti!»
La broma hizo sonreír a Emma, pero Ruby, muy seria, continuó
«Mientras, te cubriré delante de tus padres»
Sin añadir una palabra, Emma se lanzó a los brazos de su amiga y la estrechó contra ella, incapaz de pronunciar nada.
«Presiento que lo voy a lamentar…» murmuró Ruby entre dientes.
Por muy lejos que se remonte la memoria, jamás el Reino Negro había conocido tantos días de paz. Desde hacía semanas, los campesinos vivían sin temer perder la vida o sus cosechas. Jamás habían vivido tanto tiempo sin que uno de ellos desapareciera o sin que sus aldeas fueran quemadas por las tropas de la reina. Corrían rumores. Algunos afirmaban que la reina estaba muerta, otros que se había vuelto loca y estaba encerrada en su castillo…Su pueblo no la había visto desde hacía varias semanas y los habitantes del reino negro comenzaban de verdad a esperar poder vivir así de tranquilos por el resto de sus días.
Para ser sinceros, la reina ya no tenía ánimos para luchar. Sembrar el terror es útil cuando se debe probar su fuerza. Matar es necesario cuando se debe afirmar su poder. Pero la fuerza, el poder…Regina ya tenía todo eso. ¿Para qué seguir masacrando sin parar? En otro tiempo, Regina no se habría hecho tantas preguntas. Para matar al enemigo o simplemente porque le daba la gana, habría reagrupado sus tropas y habría atacado una aldea. Era violento, pero sencillo. Su alegría duraba el tiempo que duraba la masacre, después su interés iba en otra dirección.
Hoy en día, todo había cambiado para Regina. La muerte de su padre le había hecho tomar consciencia de la vulnerabilidad de la vida. La confianza que él siempre había puesto en ella, y que ahora encontraba en Emma la había transformado profunda y duraderamente…Ante ese pensamiento, su corazón se aceleró.
¿Por qué masacrar para hacerse respetar cuando ella leía el más grande de los respetos en sus grandes ojos esmeralda? ¿Por qué saquear cuando se sentía rica como nunca entre sus brazos?
Por supuesto, sus consejeros le recordaban a menudo que un pueblo atemorizado es un pueblo sojuzgado y que estaría bien recordar al Reino que aún ella era su soberana, pero Regina no les hacía mucho caso. Ya no quería esa parte de sí misma. Ya no quería ser esa reina malvada que torturaba a sus súbditos. Y qué más daba si por eso se arriesgaba a una revolución. De todas maneras, cuando estaba con Emma, ya no era una reina, una soberana o la Reina Malvada. No era más que Regina.
Como todas las mañanas, con los ojos perdidos en el vacío, los pensamientos enfocados en Emma, ella se sentó mecánicamente en su tocador. Se soltó delicadamente sus cabellos que cayeron en una larga y sedosa cascada negra.
«Eres tan bella…» las palabras de Emma resonaban en su mente y la obsesionaban. Por supuesto que era hermosa, se había procurado los medios para ello, desde hacía años. Sentada frente a su espejo, se observaba, se escrutaba. ¿Era de verdad hermosa? La imagen de Emma apareció ante sus ojos y Regina no pudo ocultar una sonrisa. ¿Por qué su corazón le decía que Emma era mucho más bella que ella? Se observaba: esa frente ancha, esos labios carnosos, esos ojos de un negro profundo, esa pequeña cicatriz, esos altos pómulos…Sí, era bella, objetivamente hablando. Pero su belleza era lisa, helada. Emma, por el contrario, tenía un no sé qué más: ojos resplandecientes de vida, una sonrisa maliciosa…
Regina comprendió: Emma vivía. La belleza de la princesa reflejaba la vida, la alegría, la tristeza…Todo se leía en el rostro de Emma y eso la hacía magnífica. Su propia belleza, por el contrario, estaba fija eternamente. Su perfección la transformaba en una obra de arte, pero no estaba vivía. Desde hacía años, estaba petrificada en esa juventud helada y se deleitaba en ello.
Durante un corto instante, su mirada se posó en una minúscula arruga, una minúscula pata de gallo en sus ojos. Regina ya no se reconocía. En otro momento cualquiera, habría pedido a una de sus súbditas y la habría desangrado para usar su sangre para hacer desaparecer las huellas del tiempo. Pero hoy, su asco habitual dio lugar a una ligera y enternecida sonrisa. La miró, la tocó…Esa pequeña arruga no era una vulgar señal de decrepitud. Era una huella de vida.
En ese momento, Regina decidió que, de ahora en adelante, respetaría la vida. Comenzando por esas pobres campesinas.
Hoy, quería vivir. Quería vivir como Emma, por Emma y con Emma. Y al Diablo las imperfecciones. De todas maneras, bajo la mirada de ella, estas no existían.
Emma había logrado el más increíble de los retos: le había devuelto el gusto por la vida.
Ayudadas por la fidelidad de Ruby, Emma y Regina no pasaban un día sin verse. Ya fuera por media hora, o varias horas o una noche entera, no podían pasar un día sin sentir la presencia de la otra a su lado.
Emma, que, en su confianza ciega, no le escondía nada a Regina, le había confesado que Ruby había descubierto su secreto. Aunque no le había dicho que su amiga no confiaba completamente en ella, estaba feliz de saber que la reina no ignoraba nada de su amistad con Ruby. Regina, por su parte, estaba aliviada al saber que no se arriesgaba a que los idiotas del Reino Blanco descubrieran dónde su hija pasaba la mayor parte de sus noches.
Algunas veces Emma pretextaba un dolor de cabeza, otras, una noche con Ruby, e incluso otras veces simplemente pedía no ser molestada. Todas las veces, su amiga tomaba su sitio en su habitación para frenar cualquier intrusión parental. Cuando Emma no volvía durante la noche, tenía el derecho de dormir en su cama. Se habían vuelto tan inseparables que sus padres empezaron a pensar que habían vuelto a retomar su relación. Y aunque era falso, eso les convenía, y les evitaba tener que contestar a preguntas indiscretas.
El corazón de Emma se hinchaba de felicidad siempre que su amiga la acompañaba y asistía a su partida mágica hacia el Reino Negro. Pero latía aún más fuerte cuando, un instante más tarde, aterrizaba en una nube violeta en la habitación negra.
Esa noche estaba particularmente fresca. El invierno sería rudo, pensaba Regina, acodada en su chimenea, con los ojos en el vacío. Perdida en sus pensamientos, no escuchó el ligero crujido mágico que anunciaba la llegada de Emma. Pero su corazón se disparó cuando sintió una fría mano en su nuca, y un cálido aliento en su oído
«Buenas noches, mi reina…»
El frescor de la noche parecía haber desaparecido instantáneamente. Un dulce calor había calentado su cuerpo entero en cuanto la voz de la princesa había alcanzado sus oídos. Sin darse la vuelta, retrocedió ligeramente para sentir el cuerpo de Emma contra el suyo, e inclinó la cabeza hacia atrás apoyándola en el hombro de la princesa.
«Buenas noches, Swan…»
«Tengo un nombre, sabes» dijo Emma besándole el cuello
«Buenas noches, Emma, mi dulce princesa…»
Como un gato cerró los ojos y se dejó llevar por la dulzura de las manos de Emma que habían abandonado su nuca y se aventuraban ahora por su cintura y caderas. Ellas no vivían sus días, los sobrevivían. Y todas las noches, tras una jornada sin alegría, volvían a la vida en los brazos amados.
El perfume de Regina inundaba la habitación y Emma, con la boca en el cuello de la reina, se dejaba poseer por los dulces efluvios. Los suspiros de Regina tenían el don de volverla loca. Sus manos dejaron entonces sus caderas y ascendieron hacia los pechos que masajeó delicadamente.
«Me vuelves loca, Regina» susurró a su oído «Quiero pasar…»
Pero Emma no pudo continuar su frase, de repente petrificada ante lo que iba a decir
«¿Quieres pasar qué?» la alentó Regina, curiosa
Emma posó sus manos en las caderas de la reina e hizo que se girara. Las más grandes decisiones son, a menudo, tomadas durante un impulso; a veces hay que saber no mirar atrás. Ella estaba preparada.
Jamás había hablado tan en serio cuando confesó, mirándola a los ojos
«Quiero pasar mi vida a tu lado. Quiero amarte y vivir contigo. Ya no quiero estos secretos, ya no quiero tener que escondérselo a mis padres. Quiero que nos amemos y que envejezcamos juntas ante la mirada de todos. Hasta el fin…»
Mientras que pensaba que su amor no podía ser más fuerte, Regina sintió su pecho estallar de felicidad. Fuegos artificiales estallaron en su corazón, e inflamaron todo su cuerpo. Las lágrimas corrían por sus mejillas sin darse cuenta. Tomó las manos de su princesa y las posó en su acelerado pecho.
No era un «Te amo», era mucho mejor…
«Oh, mi amor…Es lo que también yo quiero»
Se lanzó a la boca de Emma y su beso jamás había sido tan apasionado. Retrocedió y dijo
«Pero antes, tengo que enseñarte una cosa»
La reina blanca estaba lejos de ser una idiota, al contrario de lo que pudiera pensar Regina. Con la mente ocupada en su perfecta venganza contra Regina, no había visto rápidamente el cambio de comportamiento de Emma. Pero desde hacía unos días, estaba percibiendo que no la veía tanto, y que, cuando estaba, parecía ida.
Sabía que su hija no era de las que se dejaba abatir por un dolor de cabeza. También sabía que su aventura con Ruby no había sido sino una experiencia, y que nada podía dejar presagiar que volverían a estar juntas. Pero sobre todo, nada ni nadie había logrado apartar a Emma de los asuntos del Reino. Aunque estaba físicamente en los numerosos consejos y audiencias, su mente no estaba ahí, y Snow lo había notado.
Sin embargo nada parecía sospechoso, ya que las dos amigas habían tomado la máxima de las precauciones para que sus escapadas pasaran desapercibidas. Pero ella no sabía explicarlo, pero tenía un terrible presentimiento, la extraña sensación de que su hija le escondía algo particularmente indecible.
Esa noche, Snow estaba decidida a saber lo que pasaba, así que tomó la decisión de ir a llamar a la puerta de su hija. Y le daba igual si imágenes traumatizantes de ella y Ruby desnudas iban a poblar su mente para siempre. Pero debía estar segura.
Llamó a su puerta. Nadie respondió. Se decidió a entrar. Sus ojos tardaron un momento en acostumbrarse a la oscuridad de la habitación. Cuando consiguió ver correctamente, avanzó hacia la cama. Su corazón comenzó a acelerarse cuando no vio sino una cabeza sobresalir de las sábanas. Una cabeza morena.
«¿Dónde está Emma?» gritó sacudiendo a Ruby, que se despertó sobresaltada
«¿Qué? ¿Qué ocurre?» murmuró la joven con voz dormida
«¿DÓNDE ESTÁ MI HIJA? ¿Dónde está Emma?»
Snow parecía haber perdido la cabeza. Gritaba sacudiendo a la pobre Ruby en todos los sentidos. Felizmente, esta última tenía el sentido de la réplica, y dijo, ahora completamente despierta
«¿No está aquí? Oh, seguramente ha ido a las letrinas…No tardará…»
«¡NO ME MIENTAS, RUBY! ¡Emma no está allí, lo sé, lo presiento!»
El cerebro de Ruby comenzó girar a mil por hora, pero no encontraba ninguna excusa apropiada. Y la más mínima vacilación que dejara transparentar no se le escaparía a Snow.
«Sé que me escondéis algo, las dos. Te lo ruego, Ruby, debo saber lo que ella…»
Ruby ya no podía luchar. Ya no podía mentir.
«No puedo, Snow»
«¿Está bien al menos? ¿No es nada grave?»
«No, te lo prometo, está bien»
La reina se calmó instantáneamente y se sentó en la cama al lado de Ruby.
«Por favor, Ruby, tengo que saber lo que me esconde»
«Con todos mis respetos, Majestad, vuestra hija ya tiene veintiocho años. Es lo bastante grande para hacer lo que quiera, con quien quiera, sin tener que daros cuenta»
Snow no pareció molesta. Pero lo que acababa de decir Ruby parecía confirmar las dudas que tenía desde hacía unos días. Dudas que no quería confesarse, pero que iban tomando cada vez más sitio en su mente. Entonces, elevó los ojos hacia la joven y respondió, con tono firme.
«Solo te haré la pregunta una vez, Ruby. ¿Está mi hija manteniendo una relación con…la reina negra?»
Lo había dicho. Había puesto en palabras lo que la atormentaba desde hacía días. Miraba a Ruby, rezando para que esta desmintiera con fuerza, que le replicara, que hiciera cualquier cosa, pero que negara toda realidad de esa locura. Pero Ruby vaciló, y en los pocos segundos que pasó antes de que ella dijera «Oh, no, Snow, no es eso lo que…» la reina lo había comprendido todo.
Ni ella ni Ruby percibieron la presencia del hombre disimulado en una esquina, entre dos columnas del pasillo, a quien nada se le escapó.
«Un día me preguntaste si mi belleza era mágica. ¿Lo recuerdas?»
Emma asintió, sin saber muy bien a dónde quería ir a parar Regina.
«Tengo un secreto, y quiero que lo conozcas. Y después decidirás si quieres de verdad envejecer a mi lado. Quiero que conozcas todos los horrores que he cometido antes de que decidas quedarte conmigo»
Las cejas de Emma se fruncieron de incomprensión. Sabía que la reina había cometido atrocidades, era consciente de ello. Pero no comprendía la relación con su belleza. Regina se acercó entonces a una puerta escondida que Emma nunca había notado. Posó su mano sobre el pomo, pero no la abrió, no inmediatamente. Ella podía aún retroceder, esconder esa parte de sombra negra, tan negra…Emma, notando su vacilación, posó su mano en su espalda y dijo
«Confío en ti, Regina…»
«Mira» dijo sencillamente, abriendo la puerta.
Emma tardó un momento en comprender lo que veía. La diabólica maquinaria que estaba descubriendo era tan compleja que realmente no entendía para qué podía servir. Tocó la jaula, siguió el tubo, observó la bañera…sus ojos asombrados se posaron en los diferentes instrumentos dispuestos ordenadamente en la mesa: cuchillos, tenazas, hachuelas, y otras hojas estaban limpias y bien colocadas. Acaba de entrar en el antro de la Reina Malvada.
Cuando posó los ojos sobre Regina, se dio cuenta de que esta tenía los ojos fijos en el suelo, como incapaz de hacer frente a sus propios crímenes.
«Tantas vidas han sido segadas aquí…» dijo en tono bajo
Emma se acercó y tomó el rostro de Regina entre sus manos
«Regina, ¿qué ha pasado aquí?»
«Toda magia tiene un precio, Emma…Y mi belleza cuesta muy caro. Cuesta la vida de centenares de inocentes»
Ella le explicó el funcionamiento de su tortura sin omitir el mínimo detalle. Debía liberar su consciencia y quería que Emma, si la aceptaba, la aceptara por completo. Poco a poco, la princesa comprendió y el horror de los crímenes de la reina la asaltó. Tal ingeniosidad puesta al servicio de tal abominación…Emma sintió unas repentinas ganas de vomitar.
«¿Por qué me enseñas esto?» preguntó, evitando la mirada de Regina
No podía mirarla, era demasiado duro. Tenía la impresión de volver a estar delante de la Reina Malvada y sus propios recuerdos de sufrimiento ascendieron rápidamente a la superficie. Regina había cambiado, lo sabía, pero tener las pruebas concretas de sus crímenes, a pocos centímetros de ella, le recordaba el horror que había vivido.
«Quiero que sepas todo de mí, para que estés segura de lo que quieres hacer. Ya no quiero esconderte nada. Si me aceptas, también debes aceptar esta parte de mí, que siempre estará conmigo…»
Ante la ausencia de reacción por parte de Emma, Regina sintió sus lágrimas aparecer. Ella iba a marcharse, no podría aceptar eso…Emma aún parecía petrificada, hipnotizada por el instrumental de tortura y Regina, a su espalda, la observaba, inmóvil. Habría podido dar un paso hacia delante, posar su mano en su hombro, pero no podía hacer nada, temiendo que el más mínimo gesto precipitara la huida de la princesa.
«Gracias a esto no envejecía. La sangre de las jóvenes mantenía mi terna juventud»
Emma le daba aún la espalda. Entonces Regina se envalentonó, animada por el hecho de que no la estuviera mirando a los ojos.
«Antes de conocerte, tenía miedo de todo. Tenía miedo de mí, miedo de mis sentimientos, de la muerte, de la vejez…Escondía ese miedo con la violencia y la fuerza. Pero de hecho, tenía miedo de vivir, Emma…»
Suspiró antes de continuar
«Pero ya no soy esa persona, Emma. Te lo prometo. Si aceptas, quiero envejecer a tu lado, sin magia ni muertes. Quiero dejar que el tiempo marque mi piel y que ames mis arrugas como yo amaré las tuyas…a tu lado, el paso del tiempo ya no me da miedo…»
Veía los hombros de Emma elevarse y bajarse regularmente. ¿Estaba llorando? Regina ya no luchó, y sus lágrimas resbalaron por sus mejillas.
«Me avergüenzo tanto de mí misma. Lo peor no es solo la cantidad de crímenes que han tenido lugar aquí. No…Lo peor es que he hecho tanto daño y que…que lo disfrutaba…»
Enjugó sus lágrimas sin dejar de mirar a Emma.
«A menudo pienso meterme yo en esa jaula y dejar correr mi propia sangre para vengar a todas las pobres almas que han perdido la vida aquí…Si supieras como es de duro vivir con esto…Me lo reprocho tanto…»
Regina se derrumbó en el suelo, roída por la culpabilidad, y su voz se perdió entre los sollozos
«Comprendería que no pudieses aceptar esta parte de mí, Emma. Así que si quieres marcharte, hazlo…Lo entendería»
Fue en ese momento cuando finalmente Emma se dio la vuelta. Había llorado ella también. Llorado por esas chicas, llorado por ver la voluntad de Regina haciendo frente a sus demonios. Y sobre todo, llorado por ella, y la elección que iba a hacer y que iba a cambiar su vida para siempre. ¿Cómo podía amarla hasta ese punto? No era humano. ¿Cómo podía amar a tal torturadora?
Emma no lo sabía, pero no amaba solamente a Regina, amaba también su fuerza y su voluntad desesperada por acabar con su vida de antes. El coraje que acababa de demostrarle le encogió el corazón. Su decisión estaba tomada. Su deseo no había cambiado. El descubrimiento de ese secreto, en lugar de hacerla huir, hizo que reforzara su decisión. Si la Reina Malvada estuviera aún ahí, jamás habría confiado en ella hasta el punto de confesarle tal secreto.
Paradójicamente, el descubrimiento del secreto más vergonzoso de la Reina Malvada reforzó su amor por Regina.
Se acercó a la reina, la hizo levantarse y la rodeó con sus brazos. No dijo una sola palabra inmediatamente, contentándose con sentir su cuerpo contra el suyo, sus manos en sus cabellos, y su aliento calentarle el corazón. Tras un corto momento que las reconfortó a las dos, le tomó el rostro en sus manos y la miró a los ojos. Jamás se habían mirado con tal intensidad.
«Escúchame bien, Regina. Quiero envejecer contigo, y jamás he estado tan segura de mí misma. Quiero verte con tus arrugas y las besaré una a una. Poco importa el físico, verás todos los días que eres la más bella a mis ojos, y te amaré cada día mucho más»
Regina no pudo responder nada, estalló en llanto. ¿Qué había hecho para merecer es segunda oportunidad? Emma era realmente su salvadora.
Aún enlazadas, las dos mujeres apenas tuvieron tiempo de alzar los ojos sobre el hombre que acababa de entrar en la habitación y les gritaba
«¡Snow White está al corriente! ¡Viene hacia aquí!»
