14

Bella y Edward estuvieron juntos casi todas las noches.

La primera noche él la pasó en el pequeño y poco confortable departamento de Bella y a la mañana siguiente le dijo:

—Nos vamos a tomar el día para encontrarte un lugar decente para vivir.

Salieron juntos a buscar departamento y al anochecer Bella dio la seña en un edificio recién hecho en Sutton Place, llamado Las Torres Belmont. En el frente del edificio había un cartel que decía Agotados.

—¿Para qué vamos a entrar? —preguntó Bella .

—Ya verás.

El departamento que alquilaron era precioso, con cinco habitaciones; un dúplex muy bien amueblado. Era el departamento más lujoso que Bella hubiera visto en su vida. Arriba había un dormitorio principal y un cuarto de baño y abajo un cuarto de huéspedes con su baño privado y un living con una vista magnífica del East River y de la ciudad. Había además una gran terraza, una cocina y un comedor.

—¿Te gusta? —le preguntó Edward.

—¿Si me gusta? Me encanta —exclamó Bella— pero hay dos problemas, querido. Primero no creo que pueda pagarlo. Y en segundo lugar aunque pudiera, ya pertenece a otra persona.

—Pertenece a nuestra firma de abogados. Lo tenemos para visitas de importancia, les encontraremos otro lugar.

—¿Y qué me dices del alquiler?

—Yo me haré cargo. Yo…

—No.

—Es una locura querida. Yo puedo fácilmente hacerme cargo y… Quiero hacerte un regalo.

Edward la tomó en sus brazos y Bella se apretó contra él y dijo:

—Ya sé lo que haré… trabajaré por las noches.

El sábado hicieron muchas compras. Edward le compró a Bella un camisón y una bata de seda y Bella a Edward una camisa. Consiguieron un juego de ajedrez y una torta de queso. Compraron un budín de frutas y libros. Además fueron al supermercado en donde Edward le compró a Bella cosas suficientes como para diez días. Comieron en un lugar a la vuelta del departamento.

Se encontraban en el departamento al anochecer, después del trabajo y hablaban de lo que les había ocurrido durante el día y Bella cocinaba mientras Edward ponía la mesa. Después miraban televisión o leían o jugaban al gin rummy o al ajedrez.

Bella preparaba los platos favoritos de Edward.

—Soy una desvergonzada —le decía ella—. No quiero detenerme por nada.

Edward la abrazaba.

—Por favor no lo hagas.

Bella pensaba que era algo raro. Antes de que empezaran su af aire se veían libremente. Pero ahora que eran amantes, se cuidaban de no aparecer juntos en público, iban a lugares donde no pudieran encontrarse con amigos: pequeños restaurantes a donde iban familias, conciertos de música de cámara en la Third Street Music School Settlement. Fueron a ver una nueva obra de teatro en el Omni Theatre Club en la calle 18 y comieron en la Grotta Azzurra en la calle Broome y comieron tanto que juraron renunciar a la comida italiana por un mes. Sólo que no tenemos un mes, pensó Bella. Tanya vuelve dentro de catorce días.

Fueron a The Half Note para oír jazz de vanguardia en el Village y curiosearon por las ventanas de pequeñas galerías de arte.

Edward era un enamorado de los deportes. Llevó a Bella a ver un partido con los Knics y Bella se entusiasmó tanto con el juego que gritó hasta quedarse ronca.

El domingo holgazaneaban, tomaban el desayuno en robe de chambre y se intercambiaban las secciones del Times mientras oían las campanas de la iglesia de Manhattan ofreciendo cada una sus propias plegarías.

Bella miraba a Edward absorto en las palabras cruzadas y pensaba reza una oración por mí. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Sabía que no podía durar. Y sin embargo, nunca había sentido tanta felicidad, tanta euforia. Los amantes viven en un mundo especial, en el que cada sensación se agranda y la alegría que Bella sentía ahora con Edward era mejor que cualquier precio que tuviera que pagar más tarde. Y sabía que iba a tener que pagarlo.

El tiempo tenía una dimensión diferente. Antes, la vida de Bella estaba dividida en horas y en citas con los clientes. Ahora, su tiempo se contaba en los minutos que podía pasar con Edward. Pensaba en él cuando estaba con él y pensaba en él cuando estaba lejos de él.

Bella había leído historias sobre hombres que tenían ataques al corazón en los brazos de sus amantes y por eso puso el número del médico de Edward en su libreta telefónica al costado de la cama por si pasaba algo para poder manejarlo con discreción y que Edward no tuviera problemas.

Bella estaba llena de sentimientos que desconocía. Nunca se había imaginado que le gustara ocuparse de la casa pero ahora quería hacer todo para Edward. Quería cocinar para él, limpiar, ocuparse de la ropa en la mañana, cuidarlo.

Edward había llevado una parte de su ropa al departamento y pasaba las noches con Bella. Ella permanecía acostada a su lado mirándolo dormir y trataba de estar despierta el mayor tiempo posible, aterrorizada de perder un momento de ese precioso tiempo que pasaban juntos. Finalmente, cuando Bella no podía tener los ojos abiertos, se refugiaba en los brazos de Edward y se dormía satisfecha y segura. El insomnio que había perseguido a Bella por tanto tiempo había desaparecido.

Cuando se acurrucaba en los brazos de Edward, se sentía inmediatamente en paz. Le encantaba pasearse por el departamento con una camisa de Edward y a la noche usaba su saco de pijama. Si todavía se quedaba en la cama cuando él se iba, se ponía del lado de Edward. Le gustaba el cálido olor a él. Le parecía que todas las canciones populares de amor habían sido escritas para ella y Edward yBella pensaba Noel Coward tenía razón. Es increíble lo poderosa que puede ser la música vulgar.

Al principio, Bella había pensado que la enorme atracción física que sentían el uno por el otro iba a disminuir, pero en cambio crecía más fuerte.

Le contaba a Edward cosas sobre sí misma que nunca antes había dicho a nadie. Con Edward no había máscaras. Ella era Bella Swan totalmente desnuda y así la quería. Era un milagro. Y compartían otro milagro: la risa.

Era imposible pero amaba a Edward cada día más. Deseaba que lo que estaban haciendo no terminara jamás. Pero sabía que debería suceder. Por primera vez en su vida, se volvió supersticiosa. Había un café especial de Kenya que a Edward le gustaba. Jennifer lo compraba casi todos los días.

Pero compraba una lata chica cada vez.

Uno de los terrores de Bella era que a Edward le pasara algo cuando no estaba con ella y que sólo se enterara leyéndolo en los diarios o por un programa de noticias.

Nunca le habló a Edward sobre sus miedos. Cada vez que Edward iba a llegar tarde, le dejaba notas para que ella las encontrara si llegaba inesperadamente al departamento. Se las dejaba en la caja del pan o en la heladera o en uno de sus zapatos; esto le encantaba y las guardaba todas.

Los últimos días que quedaban para estar juntos transcurrieron en una alegre actividad. Finalmente llegó la noche del día antes de la vuelta de Tanya. Bella y Edward habían comido en el departamento, oído música y hecho el amor. Bella permaneció despierta toda la noche, abrazando a Edward. Pensaba en la felicidad que habían compartido.

El dolor vendría después.

Durante el desayuno, Edward dijo:

—Pase lo que pase, quiero que sepas esto… eres la única mujer a la que he amado

realmente.

Entonces llegó el dolor.