En sus brazos: tercera parte

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La energía eléctrica volvió minutos más tarde.

Me senté en el mueble, agotado y acariciando el puente de mi nariz. Kagura cerró la puerta tras sí y el sonido de la lluvia cesó una vez más, iría por un vaso de agua. Agradecía por fin estar en calma, aunque la sensación en mis manos ahora era como fuego, ese fuego me estaba quemando y no necesariamente la palma, quemaba en mi pecho.

Mi familia pertenecía a la clase media-baja, pero de un día para otro nos mudamos en una casa grande, una de dos niveles y un ático, hecha de madera y con grandes ventanas de cristal. La casa estaba en la cima de una colina y alejada del pueblo, con un extenso bosque alrededor. Me daba miedo, más cuando el sol caía y la oscuridad llegaba con ella. Mi habitación era el ático y a veces, cuando el viento era fuerte, las ramas secas de los árboles golpeaban contra la ventanas..

No teníamos energía eléctrica, agua en las tuberías o modernidades, sólo lo básico para vivir: dos camas; un comedor y la losa; un fogón en la cocina para poder cocinar con las leñas; el agua para limpiar, o asearnos, la conseguíamos del arroyo al final de la colina al sur de la casa.

Mi padre se dedicó, una vez más, al cultivo y al ganado, yo le ayudaba con los animales de vez en cuando. Recuerdo que en aquel entonces, hace 24 años atrás, que mi madre era una mujer muy bella, inteligente y cariñosa con nosotros. Le encantaba pintarse los labios de color rojo frente al único espejo de toda la casa, éste le quedaba muy bonito.

"Cuando sea mayor me casaré con una mujer que sea como mamá", no sé cuantas veces le comenté a papá y el sólo me respondía que ella era única y su corazón le pertenecía.

Mamá me enseñó a hablar, escribir y leer antes de los cuatro años. Ella era maestra, lo único que se podía permitir estudiar una persona con escasos recursos. Afortunadamente la educación era, y sigue siendo, pagada por el gobierno. Así podían llegar a ser profesionales que ayuden a la sociedad, empezando por lo más importante en ésta: Educación y conocimiento.

Viviendo del campo y para el campo, mis padres pudieron darme todo lo que necesitaba. Hasta ese momento, nunca me descuidaron, nunca me faltó comida en el plato, nunca me faltó calor del hogar, nunca faltó su amor incondicional. Pero sí faltaba algo importante para sostener lo anterior: Lluvia.

Con mis siete años de vida nunca había visto la 'lluvia' caer, era parte como una especie de cuento de hadas, o eso creía en ese entonces, pero debía ser real porque se hablaba de ella hasta en la Biblia. Era agua cayendo desde el cielo, ¿cómo era aquello posible si el agua siempre estaba deslizándose sobre el suelo? Aunque mamá me explicaba aquello llamado 'ciclo del agua' para mí era imposible entenderlo del todo, no conocía la lluvia.

Durante aquel caluroso marzo, los cultivos estaban pasando por mal momento debido a la sequía y a que regarlos manualmente no era suficiente, al igual que el ganado que moría por falta de comida y agua. La tierra estaba tan árida que de las grietas se desprendían capas de ella, como si fuera costra alzada de una herida.

Cada vez eran menores las porciones sobre la mesa y mamá ya no usaba su labial rojo, se veía cansada y triste, al igual que papá. Discutían mucho sobre cosas que no entendía bien, sólo podía escuchar la discusión proveniente de su habitación en el segundo piso.

Un día, poco después, encontré a papá llorando. Cuando le pregunté qué sucedía, tan claro como el agua recuerdo que dijo lo siguiente: «El amor de un padre, o una madre, hacia su hijo, todo lo puede». Tras eso me alborotó la cabellera y me sonrió cuando limpié aquella lágrima escurridiza.

Tras eso, mamá cocinó como solía hacerlo, incluso había más variedad en los platillos.

A finales de marzo acompañé a mamá a su trabajo en la escuela, la cual quedaba a 8km y a la que yo empezaría a asistir, pues había perdido el año con la mudanza. Mientras ella hizo el papeleo, yo jugaba con los que serían mis compañeros o más bien, jugaba con algunos de ellos. El resto simplemente se limitaba a mirarme de lejos y secretearse entre ellos, luego se reían, era obvio que me juzgaban. Incluso alguien me llamó «bestia», no fue un niño, fue uno de los adultos.

Los niños que escucharon empezaron a llamarme de diferentes maneras, sólo porque vivía en un área más rural que ellos y por ende tenía más fuerza física, era más alto y delgado que ellos también. Simplemente diferente en cuanto a mi físico y las cosas que se me habían inculcado.

Los días pasaron y papá se veía cada vez más alterado con el flujo de estos. Siempre me pedía que tuviera cuidado en el sendero cuando iba de camino a casa o a la escuela, que no hablara con extraños y que si alguien me seguía durante mucho tiempo que fuera con el alguacil de inmediato.

No entendía que sucedía.

El día 4 de abril llegó, al día siguiente sería mi cumpleaños.

El milagro llegó. Unas nubes grises, como muchas otras, habían empezado a opacar el color azul en el cielo. Se sentía sumamente diferente a las otras veces, mi corazón latía emocionado, quizás asustado, pero sobre todo me sentía curioso. Tan curioso que sentía mí estomago encogerse.

Mamá y papá pelearon.

Él insistía en que teníamos que abandonar la casa ese mismo día, pero mamá se negaba. Ella le recordaba todo el trabajo que le había costado reinstalarse aquí y él seguía pujando a que nos fuéramos esta misma tarde.

Papá susurró cosas a su oído y ella se cubrió la boca con ambas manos mientras negaba de manera acelerada e incrédula, papá la abrazó y ella se alejó gritando que buscarían alguna salida. Él negó con la cabeza a gachas.

Yo miraba emocionado desde el patio el espectáculo que el clima me estaba brindando. Habían muchas luces, desde unas blancas hasta unas que parecían azules; se escuchaban ruidos fuertes, como mi estómago cuando tengo mucha hambre; el viento estaba más fuerte que nunca y hacía que mi pelo se alborotara.

Esa tarde llovió.

Papá recogía sus pocas pertenencias y las ponía en una valija, mamá le pedía que al menos esperáramos a que la tormenta pasara. Él le respondió que para ese entonces sería muy tarde. Mamá me había pedido que fingiera estar enfermo y por ella yo haría lo que fuera.

Discutieron una vez más y papá mojó sus ropas con cada paso que daba, alejándose cada vez más de nosotros.

Empecé a jugar frente a la ventana a que yo era quien controlaba los relámpagos y la intensidad de los truenos. Empezaba a entender todo lo que mamá me contaba sobre la lluvia y porque esta era tan maravillosa e importante para las tierras y los animales. Era mucha agua la que caía durante ella.

Entre luces noté que una sombra se acercaba a la casa y esperanzado de que sea papá, le conté a mamá. Ella me llevó hasta su habitación y me escondió bajo su cama adornada con una manta a cuadros, camuflándome con todas las colchas que tenía guardadas.

Mamá repetía que me amaba mucho y que pasara lo que pasara no saliera de mi escondite. Los truenos eran cada vez más fuerte según las lágrimas corrían por sus mejillas, sólo los incontables relámpagos me permitían ver su rostro con claridad. Su labial se había corrido con los besos que depositó en mi frente. Ella se puso de pie y pronto la puerta se estrelló contra la pared, cerré los ojos por inercia.

Abrí los ojos al sentir un bruscos movimientos sobre mi escondite. Levanté un poco la sábana y miré al espejo, los relámpagos me permitieron ver a mi madre haciendo algo que sólo había visto hacer a los animales que poseíamos. Tronaba muy fuerte, pero más fuerte gritaba mi madre adolorida cada vez que el espaldar de la cama chocaba contra la pared.

Mamá notó que le miraba mientras que la violaban.

Ella se estiró para tirar más sábanas al suelo y que yo no viera aquello. Quizás el hombre pensó que ella se estaba oponiendo con ese acto y empezó a cortarla con una navaja que tenía en el bolsillo trasero. Yo miraba a través del espejo y ella estaba llorando al ver a su único hijo observarla mientras la humillaban en sus narices.

El hombre se dio cuenta que ella miraba algo y descubrió a quien miraba. Un forcejeo inició entre ellos mientras intentaba salir de la casa.

El hombre salió con la navaja ensangrentada instantes más tarde.

Ya no escuchaba los gritos desesperados de mi madre pidiéndome que huyera.

El hombre me perseguía, se burlaba de mí y me dijo cosas que con los años entendí:

«—Tu padre, quien de tanto honor presumía, me robó —echó una carcajada mientras bajaba a toda velocidad por las escaleras de madera. Sus pasos retumbaban por todo el lugar debido a su gran peso—. Él estaba tan seguro en que repondría el dinero... ¿Sabes qué puso de garantía?

Corrí por la sala y halé el comedor para impedir su paso a la cocina mientras escapaba por la puerta trasera. Me temblaba la mano y me era casi imposible quitar el seguro de arriba, estaba muy alto.

—Él me aseguró que si no me pegaba... —dijo mientras entraba a la cocina con paso lento, había empujado la mesa hacia el otro lado. Sacó la navaja ensangrentada—... Yo podría tomar a su esposa como mía, como una puta cualquiera y venderla si quería.

Empecé a dar brincos para quitar el pestillo con insistencia.

—Pero la he matado antes de poder vender tan bella muñeca —rió al compás de los truenos— Por lo que no hay trato, aunque debo admitir que su hijo es precioso también...

Me acorraló contra la puerta y un trueno se hizo presente al mismo tiempo que un grito por mi garganta debido al miedo. Las rodillas me temblaron cuando colocó sus manos sucias en mis caderas por debajo de la camisa blanca que llevaba puesta.

Mi cuerpo tembló y yo chillé mientras sus manos frías ascendían.

—¡Calla, pequeña zorra! —vociferó contra mi oído, enojado— Que si no me sirves de puta, podría vender a buen precio tus órganos.

Lágrimas descendieron y más truenos se escuchaban.

Cerré los ojos, tenía miedo.

La lluvia no era ya tan divertida.

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"In his arms" es el arco dedicado a Hyuk y su pasado :)