Capítulo 13: Juego de Tronos
Tras retornar a Kyōto tras la boda, la monótona vida del Daiyōkai siguió su curso. Poco a poco, Sesshōmaru se fue recuperando del golpe y tuvo que aprender a convivir con la idea de que su cautiverio se prolongaría mucho más allá de sus previsiones más pesimistas.
Pero los cambios en su régimen de encierro hacían el día a día del Lord algo más llevadero. Para empezar, Naraku decidió poner fin a su cautiverio bajo tierra y adquirió el edificio adyacente a la Casa de los Suspiros con la intención de remodelarlo y convertirlo en una vivienda adecuada y mucho más cómoda para ambos. Sesshōmaru permanecería encerrado en esa casa pero podría pasear por su jardín, sentir la luz del sol sobre la piel y escuchar el cantar de los pájaros. Al no tener ganas ni motivos para escapar, ni contar con aliados a los que pedir ayuda, ya no se hacía necesario seguir ocultándolo del mundo. Recuperó su estatus de joya de la corona del burdel de Yamaguchi Kanaru, afianzando la posición de su Amo frente a la nobleza y adornando con su presencia las reuniones de más alto copete. Cierto era que el rechoncho mercader estaba tan encaprichado con su esclavo que no se lo cedía a nadie, por muy altas cifras que se le ofrecieran, pero todos podían disfrutar de su belleza cuando acompañaba a su amo al teatro, al puerto, a los festivales o a las reuniones con los diferentes clanes que buscaban aliarse con el Yamaguchi Gumi.
Todos estos cambios, junto al retorno de las interminables partidas de shōgi, los debates sobre estrategias y los viajes de negocios ocasionales a diferentes regiones del país, hacían el cautiverio mucho más llevadero para Sesshōmaru. Por supuesto que había momentos en los que solo deseaba olvidarse de todo pero para esas ocasiones contaba con la herramienta perfecta para conseguirlo. La botella del líquido dulzón siempre estaba a mano y aunque no tuviera la potencia de antaño borraba, al menos, los escrúpulos que le generaba el desear acostarse con su peor enemigo.
El sexo con la Araña nunca era monótono o mediocre. Ambos conocían ya tan bien el cuerpo del otro que el abanico de posibilidades que les ofrecía la experiencia era gigantesco. A veces Sesshōmaru se preguntaba cómo era posible que nunca se cansara de esto. ¿Sería por la enorme capacidad de inventiva de Naraku? ¿Su habilidad? ¿Su físico? Más de una vez se sorprendía formulando estas preguntas. Pero la simple idea de contestarlas le provocaba náuseas.
«Ni hablar… Solo puede existir un motivo y es éste» pensaba mientras daba largos tragos a la botella de afrodisíaco. «Si dejara de tomarlo, seguro que follar con él sería igual que todos los demás polvos de mierda de mi vida»
Ya sabemos que en realidad ese líquido no era más que un placebo, pero también era la excusa perfecta para Sesshōmaru, la mejor explicación y la única que podía aceptar. Todas las demás eran demasiado tortuosas y estaba harto de torturarse a si mismo.
Ya no lo perseguían pensamientos sobre su dignidad perdida, ni buscaba constantemente oportunidades para revertir la situación. La situación no era reversible a estas alturas y lo único que podía hacer era esperar. Iba a ser mucho tiempo pero para un yōkai, cuya longevidad es prácticamente ilimitada, los cincuenta años de vida de una humana no representaban un gran desafío. Además, la venganza es un plato que sabe mejor si se sirve frío.
Mientras tanto, Naraku lo arrastraba consigo a toda clase de reuniones. Aunque no era precisamente por exhibirlo.
Sesshōmaru había probado tener una enorme capacidad de análisis. Notaba cualquier mentira de los humanos al vuelo y era capaz de prever todas sus reacciones. No por nada fue tan temido en el pasado; y en una época tan convulsa como la que atravesaban, Naraku necesitaba desesperadamente de sus aportaciones para poder mantener su imperio del crimen. Juntos presenciaron momentos que quedarían grabados para siempre en los libros de historia.
Durante el año de la boda de Rin se dio fin al shōgunato Ashikaga. A esas alturas del Sengoku, el clan Oda era el predominante, por lo que Nobunaga fue nombrado shōgun y gobernó durante nueve años en 32 de las 68 provincias de Japón que había logrado conquistar y reunificar. Pero a pesar de haber cosechado tantos éxitos gracias a la información y consejos proporcionados por Yamaguchi Kanaru, a Naraku le preocupaba muchísimo la enorme cantidad de poder que estaba acumulando. La causa de su preocupación, sin embargo, estaba muy lejos de las políticas de los clanes japoneses.
Entre tanta guerra civil apareció otro factor muy peligroso, esta vez, para los yōkai.
La religión autóctona de Japón, el sintoísmo, admitía la existencia de los yōkai, les otorgaba un alma e incluso elevaba a algunos a la categoría de dioses. Los yōkai también la practicaban y creían en el mismo panteón que los humanos. Los monjes budistas los respetaban o temían, según fueran de una escuela u otra. Si un yōkai los atacaba, se defendían purificándolo, pero en general seguían la política de "vive y deja vivir".
Pero hacía unos treinta años que una nueva religión había llegado a Japón. Una religión que solamente contaba con un único Dios y que proclamaba a los cuatro vientos que todos los demás kami eran falsos ídolos. Cuando esos misioneros cristianos vieron por primera vez a los yōkai sentenciaron que el país estaba infestado de demonios enviados por el rey de las tinieblas Lucifer como castigo a los adoradores de falsos ídolos que lo poblaban. Al principio eran muy poquitos pero, poco a poco, fueron llegando más y más, con la intención de erradicar el pecado de esas tierras y convertir a todos a la única religión verdadera: el catolicismo.
Llegaban barcos llenos de misioneros jesuitas que, además de la palabra del Señor, traían en sus bodegas una gran cantidad de misteriosas armas, que funcionaban con pólvora y permitían abatir a hombres y bestias con brutal precisión y a gran distancia.
Uno de los principales obstáculos del gobierno de Nobunaga era el gran poder que ostentaban algunos monasterios budistas de la zona cercana a la capital, que poseían tierras y ejércitos tan numerosos como los de los clanes de los samurai. Por lo que los jesuitas lo contactaron con la intención de crear alianzas para erradicar esas herejías budistas y convencerlo para que fuese heraldo de su guerra santa. No lograron convencerlo para convertirse pero sí que consiguieron todo su apoyo y atención al obsequiarle con una buena cantidad de arcabuces y la promesa de muchos más.
Yamaguchi Kanaru fue solo a la reunión en la que fue presentado a los misioneros jesuitas y se ocupó de relatar la entrevista a Sesshōmaru al día siguiente. Al oír sobre las armas, Sesshōmaru arrugó el entrecejo. Ya las había visto en alguna que otra ocasión e incluso alguien tan poderoso y veloz como él se las vería negras para poder esquivar esas balas.
—Ese humano ya no nos conviene como aliado —sentenció tajantemente, dejando a Naraku boquiabierto.
—Pero tú mismo dijiste que es el más inteligente y prometedor noble de todos los clanes…
—Y sigue siéndolo, pero ya no hablamos de lo que le conviene al humano Yamaguchi Kanaru, sino de lo que nos conviene a ti, a mí y al resto de los yōkai de mis tierras.
—¿Por qué crees que Nobunaga pueda ser peligroso para los yōkai? Sé de buena tinta que le gustan, es un cliente habitual.
—A él sí pero a los jesuitas no. Si esos monjes extranjeros son la Iglesia favorecida por el shōgun, tarde o temprano pedirán el exterminio de los yōkai y la prohibición de nuestra religión.
—¿Tú crees? Si solo hablan de amor al prójimo, perdón y caridad...
—No te fíes de las palabras benevolentes, son las que esconden las intenciones más hostiles. Lleva a Este Sesshōmaru a tu próxima reunión y lo comprobarás.
Una vez más, Sesshōmaru acertó en su pronóstico. Cuando Yamaguchi Kanaru apareció a la siguiente reunión con los jesuitas, sujetando la correa de su siervo yōkai, no sólamente montaron en cólera, gritando "¡va de retro Satanás!", sino que uno de ellos agarró uno de los arcabuces que habían traído de regalo a Nobunaga y disparó sin rechistar contra el Daiyōkai, que ya se lo esperaba y pudo esquivar la bala a tiempo.
Pero la reacción de Baka Dono no fue la debida tampoco. La ley dictaba que atentar contra la propiedad ajena, ya fueran siervos u objetos, consistía un delito grave castigado con flagelación y la correspondiente indemnización monetaria al amo. Pero Nobunaga solo lanzó una sonora carcajada, y dio unas cuantas vigorosas palmadas al hombro del acojonado sacerdote.
—No es un demonio, padre… No tema. Es tan solo un esclavo. Ese hombre regordete y anodino que tiene delante es increíble. Su capacidad para subyugar a los yōkai y convertirlos en sus putas es impresionante. Incluso a los que se hacen llamar Lores Cardinales.
Sesshōmaru apretó los puños. En el pasado cualquier shōgun temblaría al escuchar su nombre y, por culpa de la maldita Araña, en esto se había convertido todo el honor de su familia y raza. En cuanto a los monjes, no se tranquilizaron en absoluto, más bien parecían todavía más escandalizados.
—¡¿Ese demonio es una de las rameras que se prostituyen en ese antro de depravación que nos mostró?! ¡Pero si es macho! ¿No me diga que también promueven la sodomia?
Las risotadas de Baka Dono eran ya tan escandalosas que tapaban incluso los gritos de protesta.
El ojo de Yamaguchi Kanaru parpadeó en un tic de cabreo. Ya había visto suficiente. Tomó una larga bocanada de aire, se inclinó humildemente y se dio la vuelta para marcharse. Necesitaba controlarse. Entre él y Sesshōmaru habrían podido acabar con los pusilánimes extranjeros y el idiota de Nobunaga en un suspiro pero, de hacerlo, toda su organización se habría ido al garete. Ya se ocuparía él mismo esa noche de degollar a los monjes en sus camas, pero acabar con Nobunaga no era tan sencillo. Sesshōmaru tenía razón, ese hombre era un peligro para los yōkai y debía ser sustituido.
A finales de ese mismo año, Rin daba a luz a su primer cachorro, a la vez que Oda Nobunaga era traicionado y atacado por uno de sus generales de más confianza.
En realidad, a Akechi Mitsuhide le convencieron ciertas malas lenguas de que podría ser shōgun al estar emparentado con los Minamoto. Pero esas mismas malas lenguas fueron las que dieron el soplo a otro de los generales afines al clan Oda para que viniera a vengar a Nobunaga.
Su nombre era Toyotomi Hideyoshi, otro de los clientes asiduos de los yōkai que trabajaban para Naraku y un gran admirador de la raza yōkai. Incluso afirmaba entre carcajadas que él era un poco hanyō, ya que su tatarabuela tuvo relaciones ilegítimas con un yōkai y nadie supo si sus dos hijos eran producto de la semilla de su tatarabuelo o del ayakashi que la sedujo.
Por eso fue elegido por el Yamaguchi Gumi y encumbrado al puesto de shōgun en funciones. Además, Toyotomi creía firmemente que los daimyō conversos rendían pleitesía a la Iglesia Católica antes que a su gobierno, y que los sacerdotes cristianos eran sólo la avanzadilla de un futuro intento de invasión de Japón por parte de los españoles.
Sin embargo, el escogido tampoco duró demasiado. Decidió que no le bastaba con el territorio reunificado y que era más divertido conquistar que gobernar. Tras una exitosa primera invasión en Corea, siguió una segunda y fue durante la misma, justamente tras el veintitresavo cumpleaños de Rin, que Hideyoshi murió en el campo de batalla.
El Yamaguchi Gumi volvía a enfrentarse a una muy dificil decisión. O apoyaba al último gran general del Sengoku, Tokugawa Ieyasu, o trataba de promocionar a algún otro para el puesto de shōgun. Pero ninguna de las pérfidas víboras que se escondían tras las murallas de sus palacetes tras la reunificación, tenía el suficiente ímpetu y criterio para luchar por los intereses de todos los territorios frente a sus intereses personales, resultando en que el Japón recién reunificado se volviera a desmembrar, condenando a sus habitantes a un nuevo y sangriento Sengoku.
El problema era que Tokugawa era un hombre extremadamente inteligente y calculador, lo que lo convertía en alguien muy difícilmente manipulable. Al principio, incluso quiso volver a restablecer las relaciones comerciales con Occidente y la Iglesia Católica, en aras de la prosperidad económica del país. Desoyó todas las advertencias de Yamaguchi Kanaru y volvió a otorgar ciertos beneficios a los sacerdotes españoles y portugueses. Por suerte para los yōkai, España parecía únicamente interesada en la campaña evangelizadora, a la que daba total prioridad sobre cualquier otro tipo de relación. A las costas japonesas también arribaron los franciscanos, que comenzaron a evangelizar diréctamente a las clases sociales más humildes, logrando rápidamente miles de adeptos.
Fue entonces que Yamaguchi Kanaru decidió jugar su última baza. Si lo que quería Tokugawa era comerciar con extranjeros, el poseía los contactos más adecuados. Holanda e Inglaterra estaban en guerra con la corona española y a su vez, la Iglesia Protestante estaba en conflicto con los católicos. Bajo la idea de "un clavo saca a otro clavo", el Yamaguchi Gumi puso todos sus contactos comerciales con la Compañía de las Indias al servicio de Tokugawa.
Pero todo eso no era suficiente para asegurar el bienestar de unas criaturas únicas en un mundo global donde todas las especies mágicas hacía mucho que habían sido exterminadas por las religiones monoteístas.
Tokugawa Ieyasu recibió el título oficial de shōgun a manos del emperador Go-Yōzei a sus sesenta años de edad. Después de establecer las bases de su gobierno, Ieyasu abdicó de su posición oficial como shōgun, tres años después, nombrando como sucesor a su hijo Tokugawa Hidetada. Aunque, en realidad, él mismo continuó asumiendo el centro del poder, dejando la fachada protocolaria a Hidetada, mientras se ocupaba de los asuntos importantes con más libertad. Tratando de balancear todos los factores, mantener a los nobles calmados y las relaciones económicas abiertas, Tokugawa Ieyasu resultó ser un hueso extremadamente duro de roer.
Naraku sabía lo que la influencia occidental acabaría haciendo a la raza yōkai tarde o temprano. Una de sus aficiones más habituales tras su "renacer" como Naraku fue la de viajar a lo largo y ancho del globo para conocer las distintas culturas humanas que lo habitaban. Y solamente en Japón la raza yōkai y la humana continuaban coexistiendo pacíficamente. Eso se debía a lo apartadas que habían estado esas islas del resto de la civilización. Japón debía volver a cerrarse al mundo para preservar sus costumbres ancestrales. Y ya que Tokugawa Ieyasu no respondía demasiado bien a los consejos o a la retórica de Yamaguchi Kanaru, sólo le quedaba una opción: tratar de convencerlo como Naraku.
La noche en la que Rin cumplía 51 años, sus dos tíos favoritos no asistieron a su fiesta. Estaban invitados a una lujosa recepción para comerciantes de todo el país en el palacio del shōgun de Edo. Esa noche fue la primera vez que Sesshōmaru ponía en práctica las técnicas de genjutsu que Naraku llevaba meses enseñándole, que enmascaraban sus rasgos yōkai a ojos de los demás y que lo hacían parecer un, bello, pero simple humano.
Sesshōmaru y Yamaguchi Kanaru eran un gran equipo y todo un referente en las cortes, por lo que Naraku no deseaba ir sin él. Pero tampoco quería ir por la nueva capital con un yōkai atado con correa. El cristianismo estaba expandiéndose más y más cada día y más de uno de sus trabajadores había sido atacado por fundamentalistas. No temía por Sesshōmaru pero no le apetecía llamar la atención en un ambiente tan hostil.
Tras una larga jornada, cargada de protocolo y falsas sonrisas, la fiesta se dio por terminada y los invitados se fueron dirigiendo a sus respectivos dormitorios.
A altas horas de la madrugada, cuando todo el palacio dormía, Yamaguchi Kanaru se escurrió silenciosamente por los pasillos, en compañía de su nuevo guardaespaldas. Con un tipo de sigilo del que solo son capaces los yōkai, lograron colarse en los aposentos privados de Tokugawa y, tras asegurar la puerta, procedieron a despertar al dormido shōgun.
—Tokugawa Dono… Abra los ojos —susurró el mercader en su oído.
Como buen soldado, curtido en mil batallas, Ieyasu se despertó de inmediato y se incorporó, ligeramente extrañado por lo surrealista de la situación. ¿Qué demonios hacía ese comerciante metiche en su dormitorio? ¿Y dónde coño estaban sus guardias?
—¿Qué significa esto Yamaguchi Sama? ¿Cómo os atrevéis a presentaros en mis habitaciones privadas y a estas horas? ¿Es esto algún tipo de complot? ¿Quién os ha contratado para asesinarme?
—No sea ridículo, Su Excelencia. Si quisiéramos verle muerto, no nos habríamos molestado en despertarle.
Esa lógica era aplastante y Tokugawa Ieyasu era un hombre que destacaba por ser bastante coherente. Por lo que trató de ignorar lo impropio de la situación y se preparó para oír lo que tuvieran que decirle.
—En fin… ¿Y qué es lo que quieren de mí un mercader del barrio rojo y su perro guardián a las tres de la madrugada? Y como sea la misma cantinela con la que lleva meses taladrándome, que sepa que mi respuesta será la misma que en conversaciones anteriores. No voy a cerrar los puertos ni a prohibir el culto al dios cristiano. Ya le expliqué que ese tipo de actitud solo traerá conflictos entre los daimyō y estoy ya viejo para otra guerra civil.
—No. Hoy no vengo a darle consejos, Tokugawa Dono. Hoy le traigo efectos. Sin palabras, solo hechos. Podrá ver en primera fila cómo es la civilización occidental que pretende invadirnos, así como los resultados que ya está obteniendo por todo nuestro país.
—Mmm… —sonrió cínicamente el shōgun—. ¿Acaso me lo mostrarás con un espejo mágico o es que tienes una bola de cristal?
—No. Le llevaré directamente allí, a las tierras de Occidente. Pero antes de eso creo que ya va siendo hora de que muestre a mi shōgun quién es en realidad este leal servidor suyo.
Tokugawa observó como el regordete mercader se arrodillaba a los pies de su cama y se inclinaba respetuosamente. Por un instante sus contornos se volvieron borrosos y el shōgun se frotó los ojos buscando aclarar la imagen que ya de por si era complicada de definir a causa de la penumbra dominante.
Al incorporarse de la reverencia, de la figura del viejo mercader no quedaba ni rastro. Delante suya y todavía en cuclillas, se perfilaba la silueta de un joven pálido y apuesto, con una cabellera de bucles negros como la tinta y vestido con un lujoso kimono de seda morado. Era ciertamente extraña, la transformación, pero Ieyasu Tokugawa se caracterizaba por su gran capacidad para afrontar situaciones inesperadas con calma y cabeza fría.
—Ya veo. No eres humano… Esto explica muchas cosas—. Después lanzó una penetrante mirada al guardaespaldas que permanecía al lado de la puerta en completo silencio—. Y si el mercader es un yōkai disfrazado supongo que tú tampoco serás lo que pareces… Aunque creo tener una pista sobre quién eres en realidad. ¿Hoy no te han puesto la correa?
La cara del joven guardaespaldas se contrajo en una mueca de cabreo y con un gestó disipó el genjutsu que enmascaraba su imponente silueta. Además de su kimono blanco y rojo, esa noche Sesshōmaru llevaba puesta su armadura con sus dos espadas colgando del cinto. Cuando Naraku se las devolvió por la mañana no le ofreció ninguna información del porqué. Y tampoco le importó demasiado. Casi se sintió igual a su antiguo yo cuando se miró en el espejo. Aunque lo de dentro estuviera podrido, el envoltorio era casi exacto al del Lord Cardinal que fue alguna vez.
—No se burle de mi compañero, Tokugawa Dono. Los personajes de Humano-Amo y Yōkai-Esclavo no son más que papeles en la pequeña obra de teatro que representamos frente al mundo—. Sesshōmaru levantó una suspicaz ceja ante las palabras de la Araña. ¿A qué venía esta pantomima ahora?— Sabe a la perfección quién es el Lord del Oeste, ¿de veras cree que un yōkai débil como yo sería capaz de esclavizarlo?
El shōgun entrecerró los ojos, convirtiéndolos en rendijas.
—Hum. Por mucho que pongas voz de doncella inocente, tú de débil tienes poco o nada, taimada criatura. Aunque sí que conocía muy bien el poder de Lord del Oeste cuando era jovencito. Fue la fuerza contenedora de todos esos nobles rastreros y egoístas durante tantos años... Lo siento pero para mi, representó el principal causante de esta maldita guerra. No se ofenda Sesshōmaru Dono y siento haberme mostrado irrespetuoso con usted antes, pero no puedo perdonarle que estuviera jugando a amos y mascotas con este embaucador y no hiciera nada para recuperar la paz durante tantos años.
—Este Sesshōmaru no es responsable de que los estúpidos humanos disfruten masacrándose por un puñado te tierra que saben a la perfección que no les pertenece.
—¿Y de quién es esa tierra, Sesshōmaru Dono? ¿Acaso un verdadero Señor no es responsable de que la paz perdure en sus territorios? Tanto si hacía teatro como si se dejó capturar, no fue un gobernante digno al desaparecer y permitir que sus rebaños se desbocasen.
Naraku, que había permanecido callado disfrutando del absurdo cruce dialéctico sobre paz y responsabilidades entre un yōkai privado de su voluntad y un gobernante que había llegado a su posición escalando una montaña de cadáveres, decidió que ya era hora de echar un cable a su "compañero". Y de paso averiguar la respuesta a los interrogantes que lo habían llevado aquí esta noche. Se había descubierto completamente frente al shōgun, si la jugada fallaba no tendría más remedio que matarlo.
—Ieyasu Dono, ¿cómo se atreve alguien como usted a hablar sobre la paz si ha sido uno de los guerreros más sanguinarios de este conflicto? Y el más letal y resistente también, siendo el único de los tres mejores que sigue con vida.
—¿Cual es tu nombre, criatura?—respondió secamente Tokugawa.
—Naraku, su excelencia. No evada mi pregunta, ¿de veras se considera un defensor de la paz alguien con tantos muertos a sus espaldas? No es nadie para exigir responsabilidades a los demás de sus propios actos.
—Que sepa usar la guerra como herramienta, no significa que la apruebe. Pero algo de razón llevas, Naraku. Yo tendré que cargar con mucha sangre en mi conciencia pero aún así siempre luché por detener esta locura. No quería ser shōgun, por eso dejé a Nobunaga y a Hideyoshi intentarlo, pero ambos fracasaron; no supieron ser buenos gobernantes y ahora es mi turno de gobernar y lograr la paz.
«Buena respuesta» pensó Naraku mientras sonreía. Ahora solo faltaba descubrir si deseaba la paz solo para los suyos o para todo el mundo.
—¿Y cómo pretende alguien así de pacifista defenderse y defender a los débiles frente a los que abusan de la fuerza? ¿Con palabras? ¿Flores? ¿Abrazos?
En ese momento Sesshōmaru bufó y al shōgun se le escapó una risilla.
—Parece que al Lord le parece una cuestión trivial el cómo.
—Esa pregunta es demasiado estúpida incluso para que un estúpido humano la responda. Solo hay una manera.
—Me parece que el Lord y yo coincidiremos en esto, sólo hay una manera de hacerlo: recayendo en el gobernante, el monopolio absoluto de la fuerza. Deseo que el Japón reunificado viva un periodo de paz que continúe tras mi muerte, tras la muerte de mis hijos y la de mis nietos, y para ello estoy dispuesto a usar la guerra sistemática y sin cuartel contra cualquier amenaza. Solo el Gobierno legislará para todos, solo mis soldados portarán espadas, todas las víboras venenosas serán exterminadas o sus herederos serán tomados como rehenes. Cada víbora restante pasará, como mínimo, la mitad del año en la capital, trabajando para mi y a mi alcance. Todos pagarán sus tributos puntualmente, sean comerciantes o campesinos. Seré implacable con todo aquel que perturbe la paz con castigos físicos y económicos, trabajos forzados o pena de muerte. Lo único que deseo es que mi país prospere y la gente se olvide de tanto odio y muerte.
Naraku obtuvo su respuesta. Tokugawa sería implacable frente a las amenazas, ahora solamente habría que mostrárselas.
—Su Excelencia, ¿qué opina de los yōkai? ¿Nos considera un peligro para ese futuro de paz?
—Sois unas bestias poderosas, inteligentes y hermosas. Es cierto que el poder que poseéis representa una seria amenaza a mi monopolio de la fuerza, pero llevamos conviviendo muchos siglos y nunca habéis supuesto una seria amenaza a la paz.
—¿Y qué respondería a la propuesta de disponer de criaturas tan poderosas como aliados para ejercer ese monopolio de la violencia? Totalmente fieles a su gobierno y dispuestos a seguir todas sus indicaciones.
El shōgun permaneció en pensativo silencio, sopesando los pros y contras de la propuesta. Tras unos segundos respondió.
—Respondería que nadie propondría tan generoso ofrecimiento sin esperar una compensación a cambio. ¿Cuál sería vuestro precio?
—Solo tenemos una exigencia: que prohíba el Cristianismo y la libre entrada de predicadores extranjeros a nuestros territorios.
—Eso ya me ha sido aconsejado varias veces por Yamaguchi Kanaru. Y no lo he tomado en consideración porque va en contra de nuestra propia religión. Tanto el sintoísmo como el budismo son sincréticas: nos instruyen en el respeto a las creencias ajenas.
—Eso es un principio del que carecen las religiones que nos llegan de occidente. En todas ellas se afirma rotundamente que solo hay una fe verdadera y que las demás deben ser eliminadas. Eso nos libera de la obligación de respetarlas.
—Puede ser, pero también debo pensar en el desarrollo y bienestar económico del país. El comercio con occidente nos permitirá obtener nuevos conocimientos y abrir amplios mercados. Con el pan del pueblo no se juega.
—No digo que Japón deba cerrarse al comercio. Sólamente creo que se debería hacer en unas condiciones estrictamente controladas por nosotros mismos. Cogiendo lo que queramos coger y dando lo que queramos dar. Para comerciar con un país no necesitamos que su religión venga en el paquete, como exigen determinados Imperios. Y el territorio nacional es inviolable; si entre diferentes territorios vigilamos el libre paso de personas, ¿por qué debemos permitir el libre acceso de cualquier extranjero a nuestras tierras?
Tokugawa volvió a quedarse pensativo.
—Son preguntas lógicas, pero aún así no entiendo por qué os preocupan tanto los clérigos cristianos. ¿Porque os temen? ¿Porque os llaman demonios?
—Porque buscan nuestro exterminio, por eso. Es simple autodefensa. Seres como nosotros han sido borrados de la faz de la tierra y solo en estas islas hemos sobrevivido hasta el día de hoy, en armonía con los humanos.
—¿Y qué podrían hacer esos monjes escuchimizados a los temibles ayakashi? Lord Sesshōmaru podría aplastar diez cristianos con la punta de su dedo meñique y ni darse cuenta.
Naraku no era tan estúpido como para no captar la trampa en ese argumento.
—Podría, pero estaría perturbando la paz, ¿verdad? A menos que sea uno de los designados para ejercer el monopolio de la fuerza.
—Bien. Buena respuesta. Muy bien. Me habéis convencido. Mostradme esos territorios extranjeros donde el Catolicismo impera y juzgaré por mí mismo si son o no una amenaza.
Tras esperar a que Tokugawa se vistiese, los tres se encaminaron a la azotea del palacio. Una vez allí, Sesshōmaru tomó su forma de bestia y con Naraku y el shōgun sobre su lomo, iniciaron un viaje de varios días para conocer las principales capitales donde estaba instalada la Iglesia Católica.
El shōgun escuchó historias sobre sangrientas guerras santas y reconquistas, se quedó anonadado ante el tamaño y riqueza de iglesias y catedrales, vio a reyes hincar la rodilla frente a papas y arzobispos, pudo observar torturas y juicios a los herejes por parte de la Inquisición y vio como las diferentes versiones de una religión que a él se le antojaba la misma, instaban a sus seguidores a matarse los unos a los otros. Pero fue con los pueblos del recién descubierto continente americano, con los que más identificado se sintió el shōgun.
—¿Así que eso nos espera? Primero mandan a los sacerdotes y a los pocos años llegan los soldados a expoliar las riquezas de los pueblos indígenas y a convertirlos en sus criados...
El viaje había sido muy esclarecedor para Tokugawa, dando fundamentos a las sospechas que ya hace tiempo que albergaba.
—Así es. Por suerte, los cristianos tienen muchos problemas para entenderse entre sus distintas ramas y podemos aprovechar esos conflictos internos a nuestro favor. Los ingleses y holandeses son más que suficientes para comerciar o traernos los avances que necesitamos. Si solo admite a unos pocos y sin la presencia de sus pastores, no creo que sea un problema controlarlos.
A estas alturas de la conversación, volvían a sobrevolar los tejados de Edo. Era, de nuevo, noche cerrada y el gigantesco inu blanco que descendió sobre la azotea del palacio imperial pasó desapercibido a todos.
—¿Y qué hacemos con los clérigos que no deseen marcharse? —preguntó Tokugawa tras descender del lomo de Sesshōmaru.
—Nosotros podemos deshacernos de ellos si así lo desea —propuso Naraku sin dudar.
El shōgun volvió a quedarse pensativo.
—Pero igual gracias a ellos podemos prevenir que invasiones como esta vuelvan a suceder…
—¿A qué se refiere, su Excelencia?
Sesshōmaru había vuelto a su forma original y respondió en lugar de Tokugawa.
—Pretende usarlos de escarmiento.
—Así es, Lord Sesshōmaru… Veo que nos entendemos. ¿Le gustaría estar a la cabeza de mi comando de ejecución? Mientras tanto, su... "compañero" me ayudará a obtener mejores réditos de las negociaciones con los ingleses y holandeses.
Naraku sonrió disimuladamente. El plan había salido a la perfección.
—Por supuesto que estaremos encantados de ayudar. ¿Verdad Sesshōmaru?
El Daiyōkai clavó su penetrante mirada en el anciano soldado y aparentemente benevolente gobernante.
—¿De qué clase de escarmiento estamos hablando? —preguntó cortante.
—Pues… no sé… Algo llamativo... ¡Ya lo tengo! Esos cristianos adoran a un mesías que fue colgado de una cruz, ¿verdad? Pues haremos lo mismo con ellos. Levantaremos una larga hilera de cruces a lo largo de toda la costa, de las cuales colgaremos a sus predicadores, para que puedan recibir con los brazos abiertos a sus compatriotas cristianos.
Naraku volvió a sonreír amablemente. «Los humanos son realmente terribles, Casi tanto como yo. Y éste, con toda su fachada de honorabilidad, es de los peores que me he encontrado…»
—Así se hará, su Excelencia.
