Sweet Dreams
Dubidú, dubidú, dubidú, dubidá. Dubidú, dubidú, (¡ya llego la Navid… ¿No? ¿No? ¿Seguro? Pero yo juraría que… Ah, que es noviembre… ¿De qué año?) ¡Hola lectorzuelos, estoy de vuelta! (JAJAJA. ¡En la cara no!) Sí, sí, ya sé lo que me vais a decir. (Han pasado 1, 2, 3, nuez moscada y me llevo 5 menos 9 y medio plátano… 2 meses tía. TÍÍÍA.) Pero después de haberlo discutido sabiamente con mi alter ego (Es verdad.), he llegado a la conclusión de que (¡ESPERO QUE HAYÁIS TENIDO UN FELIZ HALLOWEEN! OY OY OY OY)… Bah, qué más da. (Halloween para Soul Eater es como, como el día de la nación o algo así…) ¿Te quieres callar ya? (¡Hay que crear unos mandamientos acordes con la obsesión! Número 1.) Puedes saltártelo. (HELP ME!)
Una cosilla, "baes." Sabéis que Free, el cachorro. Se llama Free, por Free el hombre lobo de Soul Eater, ¿no? (Si decís que no, no pasa nada… Sólo os perseguiré con una motosierra… De amor y eso.) A veh, es normal que penséis que es del anime de los sex(peps)is tragaldabas estos. El swimming anime. Que por cierto… Sí, a mí me gusta. (¿Por qué será? Que gran misterio.) Es decir, no tiene una gran trama ni un gran trasfondo, pero es un buen Slice of life que toca, aunque de forma curiosa, temas del día a día de un chaval normal que hace natación. Y la animación es (EL FESTIVAL DE LOS MALDITOS MÚSCULOS) brutal… Bonita… Sí, muy bonita. (—Bell no, ahora no, ¡maldita desgraciada!)) Para compensar este vacío rápido de testosterona que los estrógenos han omitido, el gobierno (de… No sé, ¿Kentaki? Sí.) me obliga a dar una optativa para aquellos de género masculino (o para las mujeres) que amen a otras mujeres, es lo justo. Así que allá va: tetas. Muchas… De todos los tamaños y nacionalidades… tetas. (Eso es todo.) Repetimos: "Kentaaaaki."
"Liar, liar, pants on fire." Y atención lectorzuelos, porque. Hemos llegado… A más de 200. Venerados. Reviews… Que se dice pronto: "¡doiento!" O algo así, muy deprisa. (No, ¡no quiero que me veáis llorar! Soy demasiado sociópata para esto (pensabais que iba a decir macho man verdad, pues no) ¡Soy una hermosa, mariposa!) Lol. Muchísimas gracias. De verás que sí, gracias por todo el apoyo. Siempre lo tengo mucho en cuenta a la hora de escribir, porque cuesta que no veas. Por los buenos comentarios, los buenos ratos hablando. O las risas que nos hemos echado aunque no estemos cerca. A todos los que leéis seguís al pie del cañón, gracias. Gracias, de verdad.
(Interrumpimos este momento de (ugly)lagrimeo fácil de Bell, para ofrecerles de nuevo: el fic) ¡Vamos con el siguiente capítulo (episodio catorce, larguísimo de cojo…), de Sweet Dreams!
Espero que os guste, se os quiere.
Bell Star
"Oh, Sweet Dreams are made of these. Who am I to disagree?"
Música para escuchar hoy:
The Pretender
"Mantente en la oscuridad,"
"sabes que todos fingen…"
"¿Y qué si te digo que no soy como los otros?"
"¿Y qué si te digo que no soy otro de tus juegos?"
"Tú eres el que aparenta."
"¿Y qué si digo que nunca me rendiré?"
"Así que, ¿quién eres tú?"
"Sí, ¿quién eres tú?"
(Foo Fighters)
"Judas"
Black Star
Entonces, es cuando repite mis mismos actos. La dura realidad es exacta para los dos. Ni yo le soporto, ni él en el fondo me soporta a mí. Trata de abrir el portón, agarrando el manillar con ambas manos, empujando con fuerza animal. Por una vez tenemos el mismo deseo. Un deseo imposible.
—No te asustes pero —transpira por la boca, haciendo un último intento de arremeter de lado contra la puerta. Sin ningún fin—… Creo que estamos encerrados —baja ambas manos y pasa su lengua por las cavidades de los dientes superiores, se queda mirando la puerta con curiosidad y murmura con los ojos dorados achinados—. Qué raro…
No le oigo demasiado bien, estoy intentando partirme la crisma para no tener que pasar por esto.
El infierno.
Capítulo catorce
Hospital de Death City.
(Domingo)
—¿Y por qué iba a asustarme? —me quejo en voz alta, deteniéndome en mi dura labor de quedarme inconsciente contra una de las paredes de los servicios de la planta baja.
Pero él me ignora por completo, centrado en averiguar el mordaz enigma de la puerta atascada en extrañas circunstancias, con la mano en el mentón cual Sherlock Holmes de capa caída.
Lo prefiero.
Como mucho sufro por dentro, por tener que soportar al imbécil de turno. Después de todo lo que me ha costado; el plan tirado a la basura. No era un esquema muy elaborado pero hubiese triunfado si esa maldita niña entrometida con aspecto de chaval, no se hubiese interpuesto en mi camino. Y ahora es cuando me entra la risa tonta al darme cuenta de que prácticamente he hablado como uno de los villanos travestidos y aleatorios de Scooby Doo. El que ha caído bajo, soy yo.
Death the Kid me miraba demasiado raro. Suponía que estaría pensando que de tanto golpe había perdido la cabeza por completo. No iría mal encaminado. Un poco acojonado, quizá.
—¡Eh, ¿hay alguien ahí?! —Hasta yo sé que eso ha sonado a película de terror; si digo que no salgo vivo. Es que no salgo vivo—. ¡Socorro! —él trata de pedir ayuda. Insiste aporreando la puerta sin parar. Martilleándome la cabeza con gusto.
Es imposible que en un hospital donde hay una gran suma importante de ancianos con el muelle flojo, que van a mear cada cinco minutos y medio; y aun así no sean capaces de escucharnos. Tiene pecado. Mira que les tienen dicho que deben ponerse el Sonotone en la oreja como es debido. Si llego a viejo estás cosas no pasarán. (Pero es más probable que me mate antes un ataque de asma.)
Esa maldita cría, seguro que había sido ella. Las puertas no se estropean porque sí, no es un aparato electrónico. Mal rayo la parta. Y la vuelva a partir hasta que solamente queden trocitos para pisotearla con desdén. Mi vena sangrienta aumenta de tamaño (hasta formar un espagueti azul) según paso más segundos atrapado con Death the Kid en la misma habitación del pánico. ¿Dónde estará SAW cuando se le necesita?
Él atrae mi atención por sorpresa, para quejarse de mí con una molestia que irradia por todo su cuerpo. Es un animal de costumbres fijas:
—Podías pedir ayuda tú también…
—No puedo gritar —doy una excusa pobre, tan pobre como mi casa lo es.
Degradando mi frente desplomada y pegada contra la pared de azulejos. Veo borroso, pero todavía no es suficiente. Y dudo que sea por los golpes. No le dirijo la mirada, no parece captar la indirecta de: "prefiero mil veces la pura y dura inconsciencia antes que discutir contigo, imbécil." Berrear de desdicha mientras miro al techo como un enamorado quedaría bastante cutre ahora.
—Que oportuno —él asiente, soltando un deje de voz sarcástica a más no poder. Con esos ojos dorados bien abiertos que podrían asesinar en serie si las miradas matasen—, con lo que te debe gustar.
—Gilipollas.
Susurro en voz baja, tapándome la boca con una de mis manos. Siento un ligero mareo y me dejo caer al suelo de cuclillas.
—¿Cómo? —Death the Kid levanta una ceja, luego la otra.
Parece sufrir de un tic nervioso o un espasmo, aunque podría sufrir una embolia y estarse quietecito. Es un obseso del orden. No es coña.
—Que no puedo gritar —sonrío macabramente, con los dientes bien apretados.
—Bueno, tampoco es gusto de mi devoción pasar mi hora de descanso contigo —se cruza de brazos, recayendo toda su atenta mirada de padre decepcionado en mí. Como si no tuviera bastante con que lo hiciera el de verdad, pues tengo a este anormal.
Ya empieza a mostrarse como es en realidad. Aparenta ser un tipo amable, alegre y divertido. "Que ayuda a los demás, porque quiere ser médico y echar arcoíris por el agujero del culo." Pero en el fondo está podrido como un plátano de Canarias pocho, que lleva semanas lleno de moho en la nevera. Porque nadie lo quiso en su día o se olvidaron de él.
—Ha sido culpa de… esa cría —enfadado, trato de dar una excusa razonable para que no suene tanto como podía sonar a una de mis paranoias de enfermo febril. Pero no parece surtir el efecto deseado en él. Caigo en la cuenta, no sabe de lo que estoy hablando—. Desgraciada.
Aun así sigo cabreado y él lo va a pagar. Frunzo el ceño azul con decisión sin fijarme del todo bien a donde puñetas estoy mirando. Puede que los espejos del baño.
—¿Qué niña? —Y él, sigue confundido a más no poder. Ladea la cabeza lentamente, apoyando la espalda y todo su porte entero en la puerta del baño, cual chico malo o deprimido de instituto. Me observa con detenimiento, como debe mirar a esos pacientes que están fuera de sí—. ¿Te encuentras bien cabeza hueca?
No estoy muy seguro de si habla con un tono de preocupación o de asombro. O los dos. Mientras se lleva un dedo a la barbilla, discute consigo mismo y con sus piernas largas el acercarse a mí, o no. Más el riesgo que eso conlleva; yo sólo me fijo en el insulto.
—¡Estaba loca! —yo insistía en mi versión de los hechos. ¿Quién más podría ser si no? ¿Quién más querría encerrarme en un baño público con este palurdo de extra? Que yo sepa mis enemigos no están aquí hoy. Y si podía tener algo de credibilidad en un principio, no pasaba nada. Lo acabo de tirar por la borda. No se puede hablar bajito y "con calma", para luego ponerse a gritar de impotencia, así en las películas los personajes siempre van a creer que el protagonista escéptico está como una chota; mira que olvidárseme—… Yo no le he hecho nada, ha sido sin querer. ¿Cómo iba a saber que era una chica? ¿Es qué tú nunca cometes errores? —Lo bien que me estaba montando yo mi propio dialogo interno, las artes escénicas siempre han sido lo mío pero no soy hombre de una sola opción—. No, tú no. Tú eres perfecto.
En resumen era eso. Si quitas las ansias de homicida enfermo, lo era. También el meterme con Death the Kid de gorra.
—Y me lo dice el que está dándose de cabezazos contra una pared —el señor enfermero vestido de blanco nuclear negaba con la cabeza, derrotado. Verle así vestido causaba un gran contraste con aquel pelo negro como el carbón, cortado a tazón. Vi que desistía de averiguar mis acertijos y caracteres sueltos, con los hombros caídos.
A mis entendederas, me estaba explicando la mar de bien… (Golpearse el cráneo contra una pared, contra un pupitre, contra el examen de álgebra. Podría ponerlo de moda, la gente se aburre mucho.)
—Cuanto más lo hago menos te oigo —me tapo lo oídos con ambas manos y cierro los ojos por iniciativa propia.
Sólo me faltaba ponerme a cantar.
—Entonces hablaré más alto —ladeó la cabeza al otro lado, y me sonrió. Como si estuviésemos jugando a Marco-Polo. Y así hizo—. Ya que tu capacidad para chillar aparece y se desvanece de la nada, lo haré por los dos.
—Gracias —le mostré mi mejor sonrisa falsa y satisfecha de vuelta, las guardo siempre para ocasiones especiales—. Me esfuerzo.
Odio ponerme enfermo. Odio a este tipo. Y me estoy mareando de nuevo; me siento en el suelo del todo, ayudándome de la pared. Arrastrando la espalda por ella, me masajeo entonces el puente de la nariz. Sólo quiero respirar aire, no es mucho pedir.
—Y de todas formas, ¿puede saberse qué haces aquí? —Estar enfermo, venir a mear, discutir con una pequeña bruja, huir de ti, ponerme aún más enfermo. Esas cosas pasan muy a menudo. No en ese orden—. No sé si te habrás enterado —Kid deja caer una bomba desde una altura considerable, como si nada. Sin darle importancia alguna a los problemas imaginarios que puede acarrear—, pero Soul se fue hará un par de semanas. O quizá un poco más
Me detengo en seco. Dejo de martillearme la nuca un rato contra los azulejos, levanto la cabeza y la dejo en blanco.
—Ni que él fuera el centro de mi mundo —espeté. Me sentí bastante impertinente sin una verdadera razón, pero me rebotaba que dijera eso. Que hablara de esa forma tan insoportable. Ni que no pudiese ir a donde me diese la gana, cuando me diese la gana.
Yo. Soy el centro de mi mundo. Y mis gallinas. Quizá luego, tal vez, Maka Albarn… (Mi madre estaría en algún punto entre medias, del final.) Me gusta que sea así.
—Pues lo parecía.
—He venido a un chequeo, eso es todo.
—Oh, ¿y qué te pasa? —sintió una curiosidad repentina, muy extraña en alguien como él.
Con esa gélida cara de rancio bajo la careta que lleva puesta las veinticuatro horas, siete días a la semana.
—¿Qué te importa? ¿Por qué me interrogas poli? —sobreactué, moviendo los brazos sin control y deseando cambiar de tema cuanto antes.
—Si sigues siendo tan cargante, es que estás estupendo.
"—Pues ya tenemos algo en común." Tiene suerte de que no esté en mis mejores momentos, porque si no tal vez le daría un puñetazo en la cara. Se lo habría dado nada más verlo. Y eso sólo como gesto de simpatía hacia el oponente.
—Se ve que entiendes de gente estupenda —sonreí. Mi sarcasmo reluciente salió a flote, como si el mismísimo Titanic renaciese de sus despojos olvidados en el basto océano—. ¿Cuándo te han dado el máster? No me he enterado, qué lástima oye. Felicidades.
Kid se rió, mostrando aquella maldita sonrisa blanca y perfecta que sólo se consigue con aparato fijo para los restos. Imitándome, se sentó rendido junto a la puerta. Alejándose de mí, frente a frente.
Juraría haberle visto a él y a su inusual cara de modelo irritante en un anuncio de televisión; un anuncio de televisión que odio.
—¿Le has visto? —preguntó curioso, indagando en la llaga y con un deje preocupante en la mirada. Como si me hubiese leído el pensamiento. Levanté una ceja, arrugando la frente. Él pensaba que no me había coscado de a lo que se refería, así que se aclaró. Dando un chasquido molesto, pero no muy molesto, con la lengua—. A Soul. ¿Cómo está?
Le había entendido perfectamente. Se creería que soy rematadamente idiota.
—¿Qué sabes de él? —insistía. Dejando en claro lo enfadado que estaba por una razón de la que yo no estaba al corriente.
Podía mirarme mal hasta con los movimientos de los pómulos, o la boca. También perfecta.
"¿A éste que le afectaba Soul lo más mínimo? ¿Quién se cree que es para él?"
—Sí, sí, lo he visto. Está bien ahora que no estás tú cerca para dar el coñazo —suspiró, dejando los ojos abiertos como platos y una mueca contenta con los labios marcados en una especie de sonrisa seca y amarga. Como el que muerde un limón asqueroso llamado Death the Kid—. Está bien —terminé por decir, para que me dejase en paz.
—Eso es bueno —casi estalla en una risa perfecta, ni estridente, ni infantil. Jodidamente perfecta valga la redundancia de la palabra. Cierra la boca a presión para no ser maleducado, más de lo que es.
Otro que se ríe de mí. Y se me queda mirando como si fuera todo un Judas; siempre hacía lo mismo.
—Si te soy sincero —Kid se llevaba las manos tras la nuca, sin darle importancia. Sabía que podía sacarme de quicio con cualquiera de sus acciones y se aprovechaba de ello. Murmuraba con una voz cantarina—, no sé en que estaría pensando el doctor Stein para darle el alta.
—¿Qué quieres decir con eso? —tardo en preguntar más de lo usual. Liando mis pensamientos con mis palabras. Ofuscado, frunzo el ceño y me muerdo los labios. Juraría que no estoy procesando bien el misil que ha soltado sobre mi cabeza.
—Olvídalo —miró para otro lado, como el vil que ignora a los viejos en el autobús para que no le quiten en sitio—. No es nada.
Me levanto a paso rápido, dando tambaleos al principio. Estiro el brazo delante de su cara, y apoyo la mano con fuerza en la pared del servicio, a punto de caerme en el proceso. Le asombro por un instante, pero no sé si de pena o de miedo. Piedad.
—Nada, no es… "No es nada" —Trago saliva. Mi lógica era tan aplastante que me estaba liando yo solito, puesto que el Black intimidador había desaparecido hace tiempo. Siento un poco de sangre brotar del labio inferior roto que yo mismo me he causado. Y optó por la vía segura, que más utilizo a diario cuando me lío al hablar—. Mis cojones. Habla.
—Pensaba que te daba un poco… Igual. Creo —rodó ambos ojos tras usar aquella voz insinuante y viperina. Volviéndome aún más loco de rabia si podía, porque podía—… ¿Recordar?
—No juegues conmigo, presumido de mierda —di un golpe tosco en el panel de azulejos, cerca de su oreja. Es más alto que yo, más mayor pero no me importa—. Que a mí no me la cuelas.
—No, ¿verdad? Tú eres demasiado listo para ello —dijo con cierta sorna en sus palabras. Asintiendo, como si fuera en serio. Una pulla tras otra—. Y tan inteligente, que nadie lo ha notado todavía.
Di otro golpe, esta vez mucho más seguro de mí mismo. Confianza. No iba a quedarme corto ahora.
—Mira tío plasta, estaré enfermo. Pero el golpe seco en la cara te lo puedo meter igualmente —me separé al instante, porque si no lo hacía. Ya sabía la que acabaría liando y ese no era el plan. Le señalé con el dedo acusador mientras mi otra mano, hecha un puño se contenía por fuerza divina—. Elige.
O dejas de vacilarme, o golpe. "Susto o muerte."
—Eres muy valiente para lo que te apetece, ¿no? —Ahí, en ese momento se había acabado todo, ha hecho explotar esta bomba de relojería. Lo que me costaba no cruzarle la cara sí que era un maldito milagro. Que sea bienvenido el que cruce la línea de mi cordura—. Seguro que nada es culpa tuya nunca y siempre llevas la razón —rodó los ojos, iban a salírsele de órbita—. Qué bien resuelves tus jodidos asuntos.
En esa última frase venía un puñal incluido que me atravesó el hígado por error.
—¿Pero qué coño te pasa conmigo? Ni siquiera me conoces bien. ¿Se puede saber que te he hecho yo? —"para que siempre que me cruce contigo debas destrozarme por dentro." Me iba a explotar la cabeza en poco tiempo, como la alarma de un despertador— Porque no te he hecho nada malo, entérate —escupí las palabras con la voz ronca que lleva acompañándome estos días, dentro afuera. Aun así puedo defenderme por mí mismo—. Siempre empiezas tú esto.
—¿Crees que yo he empezado esto? Lo que me faltaba —soltó una risa sarcástica y seca, una sonrisa que no mostraba diversión o alegría. Se cruzó de brazos y volvió a poner aquella cara larga. Matándome con la mirada—. ¿Te crees qué a mí me agrada está situación? —se señaló con la mano, indicando el torso—. ¿Pero tú qué piensas hacer con tu vida, es que vas a seguir así?
Aprieto los dientes, los puños. Me brillan los ojos, me duele el pecho y la garganta. Sólo quería que se callase de una vez.
—¿Tú qué vas a saber de mí? —negué en rotundo con la cabeza, con fuerza. Sintiendo como el suelo se movía bajo mis pies; la habitación entera—. Yo intento ser amable —Aunque ahora no le esté gritando; estaba en proceso. Dirigí la vista al suelo, al rincón. A cualquier punto en el que no tuviese que mirarle a la cara—, soy un buen tío. ¡Y cada vez que te encuentro eres igual de cargante conmigo!
—Sinceramente Black Star. Creo que sabes muy bien lo que has hecho. Y no te lo voy a explicar. Lo siento —abrió los ojos como si se tratase de dos platos dorados. Cerrando la boca por un momento la mar de incómodo, hasta que volvió a atacar. Yo empezaba a notar algo fresco en la nuca, agua quizá—. ¿Cuántos años tienes? ¿Dieciséis, diecisiete? ¿Cuándo piensas madurar de una vez?
—Te lo ha contado él, ¿verdad? —pregunté, aun sabiendo la respuesta al dedillo. Necesitaba saberlo. Me sentía tan mal ahora mismo y a la vez tan enfadado. Me dolía todo y por una vez no me apetecía darle explicaciones a nadie. O discutir. Achiné los ojos—. ¿¡Y por qué puñetas le haces caso!? Joder —me llevé las manos a la cabeza. Había llegado a un punto en el que ya no podía calmarme. Ignoro el sonido de un taladro que empieza a perforarme la sien—. ¡No fue todo culpa mía! ¿Quién eres tú para darme la charla ahora?
"Quién te crees que eres." Se piensa que porque hayamos hablado un par de veces me conoce mejor que nadie.
—Bonita excusa, cuéntame más. Tenemos todo el tiempo del mundo —se dejó caer sentado, arrastrando la espalda por la pared del baño. Tenía el ceño bien fruncido y los párpados apretados—. Sigo siendo mayor que tú, tal vez merezca un poco de respeto —Eso sí que era divertido, por fin ha dicho algo gracioso de verdad. Si él no me trata con el mismo "respeto", ¿por qué debería hacerlo yo?
"Porque sí, Black Star siempre es el malo y el idiota del cuento, el mono estúpido. Y el que no piensa nunca ni tiene emociones. ¡Los demás sólo son víctimas de su maldad pura, dura y cruel! Él es tan sólo un maldito traidor. Un Judas."
Ni que le debiese sumisión.
—¿Respeto? ¡Pero qué cojones te has creído que… —me faltaba el aire en los pulmones, no podía seguir. No podía respirar por la nariz, ni tragar. Tenía la garganta cerrada, hecha un puño. Ese sentimiento de angustia nació de nuevo. Me estaba ahogando otra vez.
—¿Y ahora qué te pasa? —pronunció molesto, pero tal vez sin la mima saña con la que me había atacado anteriormente.
Me negaba la mirada de vez en cuando y esta vez no era una excepción. Mas viendo que no le respondía ni le seguía el juego. Optó por encararme de nuevo y mirarme a la cara. Sorprendiéndose con lo que vio. Sus brazos dejaron de estar cruzados. Se acercó sin pensárselo dos veces aunque intentase alejarle con las manos. Sentía que no llegaba a tocarlo nunca. No sabía que le pasaba ahora. Ni a mí tampoco. Pero por su cara asustada a rabiar, no debía ser nada bueno.
No tarde mucho en averiguarlo.
—Quita…
—¡Dios! Estate quieto de una vez.
A buenas horas viene esa ayuda.
—Por fin me llamas… Como me merezco —me entró la risa tonta y con ella el último aliento que guardaba en el pecho. Empecé a tambalearme como un borracho a la salida de un bar de pueblo que cierra hasta el amanecer—… Creo… Qué, que me estoy —el baño se volvió borroso al igual que una nube de humo y oscuro como la cueva donde habitan los murciélagos chupasangre como Death the Kid—… Marean…
"Do." De pecho.
Una fuerza sobrehumana me arrastraba hasta tocar el suelo de baldosas.
—¡Cuidado! —él grito, tratando de atraparme.
Con derecho a roce
Maka
Por un momento, mientras observaba esa tímida sonrisa con sigilo, tras la puerta corredera, aquella frase me vino a la mente:
"Hace varios años, la madre de Soul murió, Maka."
—Eres tonta —Soul dijo alto y claro, sentado como el indio que el sobre el porche de mi casa. Acababa de dar a luz lo que mi subconsciente piensa de mí por pensar cosas que no debería en momentos inoportunos—, Porky.
Eso a él nunca se le olvida, ¿verdad?
(Segunda Parte)
—¿Por qué? —hinché los mofletes hasta los topes, exigiendo una satisfacción—. ¡Y es Maka! Ya te he dicho que no me gusta —estiré el brazo con fuerza y de la furia contenida que llevaba dentro mi dedo instigador, le rocé la nariz en un visto y no visto.
Lo cual quedo bastante ridículo.
—Pero a mí sí, te aguantas —respondió enfadado, cada uno dirigimos la vista en dirección contraria. De la velozmente extrema torcedura de cuello que hicimos, podíamos haber muerto perfectamente como dos idiotas. Nos llevamos la mano a acariciar la zona afectada, cuando nuestras miradas se cruzaron. Nos bufamos como gatos. El perro ladraba, pobre de él. Sus padres adoptivos son un desastre—… Voy a terminar. Sólo queda un tablón —se levantó huyendo como si no hubiese pasado nada estúpido entre ambos, estirándose todo lo largo que era con las manos juntas. Y sin mirarme siquiera, murmuró en su ya conocida voz de indiferencia—, estarás contenta. Ya me voy.
Y eso último que dijo, por inexplicablemente que pareciese, me dolió.
—¿Tan pronto? —pregunté, increíblemente deprisa, crispando a Soul Evans en el acto. Su espalda tembló. Me puse en pie sin perder un segundo, por inercia. Agarrando con ambas manos el cristal de la puerta corredera del porche—. No hay porque… hacerlo en un día.
Bajé la cabeza, como si toda la fuerza que tenía desde un principio se hubiese esfumado. Como si fuese una olla exprés que pita y echa vapor. Yo no estaba triste.
—Que más te da, mejor si te lo quitas antes de encima. ¿No es lo que quería tu padre? —me cuestiona. Volviéndose alguien responsable de repente, ¿quién es éste y qué han hecho con Evans-gruñón, el terror de los indefensos? Que más dará lo que opine Spirit, es mi perro. Le cuido yo, le limpio yo las cacas. Es mío—. ¿No es lo que tú querías?
Vuelve a preguntar, sin esperar nada a cambio. Pero me sigue mirando, examinándome con la mirada. Me fijo en la manera que tienen sus labios de juntarse cuando se queda callado más de lo debido. Pero entonces cierra los ojos y se da la vuelta, me da la espalda dispuesto a terminar lo que había empezado. (El arca de Noé, a este paso. La caseta de Free) Y me urge, darle una contestación. Tal vez porque ya era una costumbre maleducada entre él y yo, o tal vez:
—No —susurré, en un tono casi inaudible para Soul…
Ni siquiera yo entendía lo que acababa de decir; imaginar la cara de pasmado que se le quedó a Soul Evans cuando di mi respuesta era digno de asombro. No pensé que me había oído, pero tiene la oreja de un lince del desierto. Me maldigo, le maldigo por ello. Aunque la verdad, era que estaba haciendo un buen trabajo, no se lo iba a negar. "Podría haberme dejado tirada, pero no lo ha hecho. Podría no haber ido a casa de Black Star, pero sí lo hizo." Quizá no es tan malo, como yo pensaba.
—Lo que quiero decir es que, si te vas ahora —traté de explicarme por mi bien, con una voz medianamente humana que sonara como un pito de árbitro, medio muerta de vergüenza. Y con razón—. Será… Como si no hubiésemos pasado el día, juntos —me punzó el pecho al terminar aquella frase tan hiriente. Pero cierta para mí. Palabra, por palabra.
Él se detuvo, sentándose de cuclillas frente a la caseta a medio construir. No me quitaba ojo. ¿En qué puñetas estaba pensando? Quería gritarle de una vez. Free correteaba en círculos alrededor de un Soul; él mantenía la boca un poco entreabierta y la frente arrugada y cubierta por sus mechones de flequillo albino, lleno de incomprensión; la gata se unió a nuestro cachorro Free, saltando de la cuna que se había creado en nuestro seto compartido, para perseguirlo ferozmente mientras la presa huía cagada de miedo. Gato malvado persigue a perro inocente, ¿de qué me sonará eso?
Soul les acariciaba mientras pasaban a su lado, llamándole la atención. Sacándole de su embobamiento rutinario.
—Quieres que no la termine hoy —parpadea varias veces, sentándose como un indio sobre la fina capa de nieve que cubría el césped. La espalda recta pero los codos sobre los muslos. Su vista esta fija en algún punto móvil entre el cachorro y la gata fugitivos de la ley, pero me está hablando a mí. Alto y claro—… ¿Para que vuelva a estar contigo?
Dijo poco a poco, como si le costara entenderlo. Pero iba pillando el concepto.
—No —me retracto. Y cambio la oración, mientras juego con un mechón de mi pelo rubio como habituó a hacer cuando no sé qué hacer. Tal vez era lo que iba a decir desde un principio, porque no podía decirle que simplemente que no. Mi orgullo me lo prohibía. Dejé de plantar la mirada en el suelo esperando a que crecieran alubias mágicas. Me arrastro con las rodillas hasta el borde del porche de manera, me siento al estilo japonés, con los pies juntos bajo el trasero. Y asintiendo lentamente, buscándole, le miré a los ojos—… No estaría mal…
—¿Por qué quieres estar conmigo? —se levantó aturdido, sin que me esperase esa reacción. Le observó paso a paso—. Es que, no te entiendo —se llevaba la mano a la cabeza, fruncía el ceño. No parecía tomarse a bien mis últimas palabras—… No entiendo nada de lo que dices, nada de lo que haces, nada de nada joder.
Soul seguía repitiendo aquello en voz baja, negando con la cabeza, parpadeando aquellas pestañas claras. "No lo entiendo…" Se revolvía la melena en un corto despiste.
Me sorprendí ante aquel acto. Ni para bien, ni para mal.
—Yo sólo no quería estar hoy en casa, eso es todo —Hablaba tranquilo como si fuese lo más normal del mundo. Cerró los ojos y cuando los abrió para dirigir la mirada a otro sitio de mi jardín. Sentí con el iris de sus ojos se volvía más oscuro—. Y no tenía nada que hacer, ¿vale? No te lo tomes como algo personal, no somos amigos. Ni, ni nada parecido.
Tal vez ahora sí me lo tomase para mal. Pero que muy mal. Empezaba a pretender que sólo él sabía cómo sacarme de mis casillas de verdad.
—Porque tú no quieres…
Pronuncié molesta y autoritaria con el mentón descansando en la palma de mi mano. Ya está, ya lo había dicho. Soul dejó rienda suelta a una mueca sonriente y sarcástica, en un momento de debilidad que le hacía parecer un ser humano de verdad… Que va, eso es imposible para él.
—No —negó con la cabeza un par de veces. Decidiéndose a mirarme a la cara, con esos ojos distintivos que le hacían parecer alguien terrorífico. Se tornaba decaído y serio al mínimo gesto que yo mostraba de inquietud—. Porque tú al final no querrás serlo y te arrepentirás de ello.
Se me desencajo la mandíbula, dejándome perpleja y confusa. ¿De verdad me acababa de decir eso? Desde luego lo suyo no eran las relaciones sociales: "Hola soy un ser horriblemente horripilante. Ódiame mucho, ¡y largo de aquí!" Y eso que lo he resumido un poco. Es más raro de lo que yo creía.
—Vaya, ¿tanto me odias que tienes que inventarte una excusa tan terrible? —abrí bien los ojos, no me lo podía creer. Solté una risa corta y seca. Le quería dejar bien claro un par de cosas y no me las podía callar, es una maldición que tengo. Pero esto en gran parte lo merecía—. En todo caso no decidas las cosas por los demás, y entérate imbécil —véase mi gran uso del tacto psicológico—, porque tal vez tú eres el único que lo piensa.
Iba a señalarle con el dedo, como en las pelis de misterio, pero no lo hice.
—No es verdad.
Canturreaba; más borde y seco no podía ser él. Como si no se tomase en serio nada de lo que digo. No dijo nada más el señor: "sólo me comunico con monosílabos." Le estudié con la mirada: no paraba de arrancar briznas de hierba inofensivas. Me sacaba de quicio, harta y cabreada.
—O mejor, tú eres el único que te impide ser tú mismo —solté de golpe y porrazo, en la misma pose que había empezado. Dando paso a un silencio incómodo y casi eterno.
Al segundo de manifestar aquella frase, tuve que fruncir el ceño. Desorientada. Ni yo misma llegaba a entender del todo lo que había dicho. Escondo el mentón entre las rodillas mientras Soul me mataba con la mirada como sólo se asesina a alguien que odias a muerte, a vida, a infierno, a todo.
"¿Por qué habré dicho eso?"
Qué gélido.
—Las cosas no funcionan así por aquí —su voz sonó como un leve susurro, pero con un tono grave que te hacía ser capaz de escucharla sin duda alguna. Como si tuviese un nudo en la garganta—. Y tú no me haces caso.
¿Y quién iba a hacerlo si eres un imbécil de cabo a rabo?
—Me da igual —dije alto y claro, con la mirada fija en sus ojos prófugos. Atreviéndome a retarle del mismo modo. Dejando el ambiente peor de lo que estaba. Porque esa soy yo.
Traté de mantenerme más serena, zarandeé el cuello de lado a lado, echando hacia atrás la cabeza. Pensé. Sino no llegaría a nada con todo esto, no con él. Me lo sabía a la "casi" perfección. Él fruncía el ceño, observando la nieve en el suelo. Parecía confundido. Porque así éramos nosotros.
—Pensé que me odiabas pero creo que no es sólo eso, ¿verdad? —intenté explicarme mejor, las ideas que brotaban en mi cabeza debían ser pensadas y procesadas antes que dichas. A mi manera—. Sólo digo que, podemos quedarnos aquí sentados hasta que nos despidamos con insultos, pensando que nos odiamos el uno al otro sin conocernos —cogí una bocanada de aire—. O, podemos conocernos de verdad. Estamos igual —inevitablemente puse unos morros, a veces también me deprimía está situación continua—. No entiendo porque te caigo tan mal...
"Yo soy encantadora. El problema era él, estaba clarísimo." O eso es lo que hubiese dicho la Maka de ayer. Pero la Maka de hoy era más decidida, menos que la de mañana, pero hoy quería saberlo. Su "por qué". Y no pensaba dejarle vivir en paz y armonía con las perdices muertas hasta averiguarlo. Ya que no iba a descubrir porque Black y él dejaron de ser amigos, esto Soul Evans me lo debía contar al menos.
Atrapé de nuevo las rodillas entre mis manos. "¿Qué he hecho tan mal?" Supongo lo mío tampoco es hacer muchos amigos.
—Si tienes algún problema que…
Comencé a comentar como vano intento de conseguir la paz mutua, hasta que él me cortó a la mitad. De frase, no de carne y hueso. Ni que él tuviese una guadaña por brazo o algo por el estilo.
—No —me niega la mirada raudo, sin saber qué hacer. Aprieta los puños—, no me caes mal—… No —da un largo suspiro para relajarse, confundido. Con los ojos vidriosos. Se lleva la mano derecha a la frente, como si le doliese mucho la cabeza. Se aprieta tanto el gorro hacia abajo que apenas se le ve la nariz, y entonces pronuncia—, no tendría que haber venido.
Y entonces, ahora que no puede ver porque el gorro le tapa los ojos. Hago una bola de nieve socorrida, congelándome las manos y se la tiro a la cabeza sin ningún remordimiento. Le da en toda la boca. Se levanta el gorro y empieza a escupir como si fuese un perro. (Nuestro cachorro, para ser exactos.) Me extrañó que sacudiese la cabeza como dicho can, pero no el gorro, lo cual del porqué descubrí más tarde. De una forma violenta.
—Para ti, de mí —sonrío con los ojos cerrados, como haría Black Star, enseñando bien los dientes—. Sabes, no lo sé —jugueteo con mi cabello sin parar. Me he vuelto una desequilibrada, me golpeó en la frente con suavidad y doy un chasquido con la lengua. Va siendo hora de centrarse un poco con seriedad—… No conozco mucha gente aquí todavía, pero si no estás tú, yo —Era increíble lo sincera que podía llegar a ser con este idiota—… No sé, me aburro mucho. No me caes del todo bien, pero tampoco me caes del todo… Mal.
Esperaba ferviente la llegada de su mirada llena de odio infinito, y más allá. En vez de lidiar con esa cara de pollo empanado que podía tener a veces. Pero eso no alcanzó su destino. Ni siquiera había salido de la terminal. Porque Soul Evans suspiró con sorpresa, (para él y para mí). Tiró el gorro al suelo, dándose la vuelta, se cruzó de brazos y alzó la voz realmente nervioso. Como sólo le había oído al sentir vergüenza por mi intento de amenaza: el fuera pantalones. Lo llamo.
—Bueno, bueno vale —Intenté sellar mis labios para que mi risa tan sólo se oyese como una leve tos, entre los ladridos del perro en la lejanía siendo perseguido por la gata. Es capaz de subirse a un árbol, el cachorro me refiero—. Podemos ser amigos, puedo intentar… Soportarte y eso —me brillaron los ojos ante aquellas palabras tan "emotivas", que de espaldas, parecía que Soul se lo estaba diciendo a la valla de mi jardín. Pero aun así, lo tomé como un hecho más que válido. Se notaba que le estaba costando—. Pero no vuelvas jamás en tu vida a tirarme de los pantalones o tendré que hacer algo de lo que me sentiré orgulloso nunca —la amenaza de muerte llena de ira y sonrojo, que no falte en él. Ya no sabía de qué reírme exactamente, de sí intentaba darme a entender que me levantaría la falda para verme las bragas. O que estaba más rojo que una langosta cocida, mejillas para arriba con orejas incluidas—, no tienes remedio Porky.
—Sí señor —dije alto y claro, llevándome la mano erguida a la sien. Cual militar entrenado—. No tocar pantalones, entendido —asentí con seriedad falseada. Mientras Soul se tiró de los pelos albinos al punto de arrancárselos, dando un pisotón de rabia y cortedad máxima en la nieve. Dejando huella.
No ha dicho nada de cualquier otra parte del cuerpo, ¿verdad? No lo he oído yo sola.
—Y sólo porque esto porque te lo debo, eh —El pobre ya estaba prácticamente gritando entre gallos disimulados, sin saber que hacer a continuación. Fue cuando mis pensamientos, se hicieron realidad. Por una sola vez—. Y me tienes que ayudar a pintar otro día —me señaló con el dedo de espaldas—, que conste.
—¡Guay! —me reí, sujetándome el estómago de tal carcajada. Me tumbé en el porche "panza arriba". Traté de calmarme, disimulando de forma estrepitosa cual snob amateur—. Digo, sí… Lo intentaré. Eso se me da bien.
Aunque sigo sin saber cuál es el problema, me siento feliz porque creo que acabo de dar un gran paso hacia delante. Se acabó dar pasos hacia atrás, Maka Albarn piensa hacer muy buenos amigos. O al menos enemigos no tan malvados como se esperaba.
—Ya lo sé, perezosa artística —Sus quejas sonaban como el berrinche de un niño pequeño. Tierno, hasta que decidió devolverme la bola de nieve. Triplicada, lleno el gorro de nieve del jardín. Corrí todo lo que pude de aquí para allá en lo que es el rectángulo de mi patio. Pero él acabó atrapándome alrededor del único árbol que ahí, me lanzó el gorro lleno de hielo a la cabeza como si fuese una piedra. Pero por suerte algún ser divino me debe una, y fue el tronco de la planta quien interceptó el cargamento asesino sin decencia.
—¡Has fallado! —chillé loca de contenta, señalándole con el dedo. Cuando saqué la cabeza de detrás del árbol, acción que no fue muy buena idea, Soul me lanzó una bola en toda la frente. O ardía como una bala o era yo la que estaba rabiosa.
Me sacó la lengua, mordiéndosela en un lado de la boca. Me reí a carcajadas y le reembolsé una bola directa al culo. La guerra del pique había comenzado, o eso creía yo. Soy mejor que él en algo. (En muchos sentidos.) Y con eso me contento, parcialmente. Tal vez fuese por el hecho de que con él podía abrirme como a mí me gustase. Podía ser yo misma, no la persona que intenta caer bien a los demás. A esos demás que ya se conocen de antes, "de siempre", y entre los que yo no pintaba demasiado por ahora. Ni en grises ni en colores.
Igual que me sentía cerca de Black Star. O Tsubaki, por separado...
—Vaga —Tras terminar de colocar la última madera en la caseta. Soul se acercó, levantando una ceja. Me tendió la mano—. Que eres una vaga.
La cacé, parpadeando sin parar. Prefería aquello de perezosa artística, sonaba mucho mejor.
—Sí, y tú mi esclavo —dije, poniéndole morritos, morritos seductores. Me soltó cabreado—. ¡Gruñón!
Soul hinchó las mejillas aun resistiendo el amago de no hacerlo: rojo, completamente rojo. la nariz, los ojos, la cara, las orejas. Entero. La risa se me escapaba como si fuera un globo con un agujero minúsculo. Blair y Free llegaron con patas en polvorosa, dando la vuelta a la casa. Se estaban corriendo un maratón y parecía que querían terminarlo arrinconando y rodeando sin parar a su querido y más amado amo. Y esa no soy yo.
"¿Podía llamar por ahora a Soul amigo? No lo creo."
—Eh, ¡dejad de enredaros en mí! —gritaba Soul Evans, levantando las piernas mientras la rabiosa Blair perseguía enseñando los colmillos al alegre de Free el cachorro medio tuerto, a su alrededor—. ¡Fuera!
Pero por el momento, así estaba bien. Y no me disgustaba que fuese así.
—Quizá no sea tan malo pasar el rato contigo…
—¿Qué? ¿Qué has dicho, Porky? —me observaba con esos grandes ojos burdeos, se estaba enfadando; separando a cada animal, sujetándoles con las manos—. No me insultes por lo bajo, eso no cuenta.
Blair enseñaba sus zarpas y colmillos al cachorro, mientras Free no paraba de jadear contento entre cada ladrido, como si sonriese. Quizá sea verdad eso que dicen, de que las mascotas se parecen a sus dueños.
—No, nada —rodé los ojos.
"Nada importante."
Suspiré sin remedio, dándole un mordisco al regaliz rojo enrollado que me había guardado secretamente en el bolsillo, para casos de emergencia o mera e insana gula propia.
—¡Sordo!
Gritó un tercer e inesperado espectador de la escena, salió de uno de los arbustos que forman el seto que divide la casa de los Evans y la nuestra. Soul y yo nos asustamos, mirando en aquella dirección. Me levanté para tener una mejor visión de la peculiar escena.
—¡Wes!
La novia del nombrado en alto, chilló de forma acusadora. Dándole una colleja en la nuca al mencionado. Ambos se encontraban agachados y pegados como chinches tras el seto.
—No pasa nada, si no me habrá oíd —Wes Evans demostraba lo improbable y se sobaba la zona herida—… Ah, pues sí. Huir ahora no servirá para nada —se dio por vencido fácilmente, demasiado. Asumió el error, negando con la cabeza y sonrió alegre como un niño pequeño—. ¡Hola hermanito, hola Maka! ¿Qué tal os va?
Ambos salieron de aquella madriguera poco trabajada, veloces como el estirar de un muelle. Wes nos saludó con la mano mientras Eruka se reía avergonzada, quitándole trozos de rama del pelo a su pareja.
—¿Qué haces tú ahí escondido? —Soul ardió hiriente como una llamarada, acusando con el dedo a su propia sangre—. ¡No me espíes! ¿Te ha mandado papá?
No sabía si sentir curiosidad por la duda de que el padre de estos dos gritones, necesite al hermano mayor para vigilar al pequeño. O si ciertamente el señor Evans (mi nuevo Dios) es un genio adivino y profetizador que ha mandado a su mesías primogénito para protegerme, a mí, una humana corriente y "rubia cañón"; de todo mal terrenal que pueda atacarme. (Traducido a: Soul Evans) Pondré una vela por papá bueno y albino, más tarde.
Eruka intentaba calmar el ambiente moviendo las manos sin parar, con gestos me pedía ayuda para detener a Soul. Que se dirigía hacia el arbusto con intenciones probablemente violentas. Forme una amable equis con los brazos y una enorme sonrisa en la cara, simbolizando un: "ni de coña." En parte se lo ha buscado. Y preferiría no tener que ser arrastrada contra mi voluntad al tratar de detenerle cogiéndole de los pantalones. Bando de Soul para siempre. No quiero morir hoy.
Wes por su parte no paraba de sonreír como sólo él sabe.
—Wes, ¿has terminado ya de demostrar al mundo que tienes seis años de mentalidad? Si no, me largo —Justo cuando Eruka estaba punto de echarse a llorar en la nieve, un chico joven y de tez morena apareció tras la pareja en el jardín de los Evans. Deteniendo por acción divina a un Soul cabreado en el proceso de aniquilación. Este magnífico ser bronceado y de pómulos salientes se percató de nuestra presencia y se comportó como una persona normal haría—… Oh, hola. ¿Qué hay? —murmuró sonriente haciendo girar el balón en una mano. Saludándonos.
Me asombré, devolviéndole el saludo. Porque yo me asombró con facilidad y porque lo único que sé de baloncesto es que se juega con un balón y un cesto. Muy triste pero cierto. "¿Quién es este Adonis y por qué no me ha sido presentado antes?" Eruka, al ver la reacción del Evans menor formó un puño con la mano y llevó el codo hacia atrás con gusto. Susurrando por lo bajo un: "¡Sí!"
—¿¡Espiar!? Para el carro, amigo —Wes levantó la mano, haciéndose el herido. Casi nos caemos todos al suelo. Acababa de darse cuenta de la situación, lo estaba procesando como un ordenador anticuado—. ¿¡Cómo puedes decir esas cosas a tu propio hermano!?
Es un chico lleno de drama por enseñar a la sociedad. Me acerqué a Soul para estar a la misma altura, observé que no le quitaba ojo al martillo con el que había construido la caseta del perro. Por si las moscas, envié la maza a paseo con un par de patadas que sirvieron como empujones leves, para alejar cualquier posible arma peligrosa de su alcance. Me miró mal de costado y se cruzó de brazos enfadado con el planeta; le sonreí con las manos a la espalda hasta que los demás elementos de personas atrajeron nuestra atención.
—Sí, la verdad es que es lo que estamos haciendo —decía Eruka sin ninguno tipo de reparo al respecto. Sin darle mucha importancia, plantó derrotada los codos sobre la valla de arbustos que formaban el seto. Señaló con el pulgar a su novio—. Bueno él, otra vez.
—Llevan aquí cerca de quince minutos. Lo raro es que no se les haya helado el culo —habló aquel chico apuesto de cuyo nombre desconozco y soy demasiado vergonzosa en cúmulos de gente para preguntar. Así que le llamaré Adonis por el momento. Adonis se burló de sus amigos, mientras hacía malabares con el balón en la cabeza. Botándolo sin parar hasta que a la número catorce no la pudo atrapar más—. Hoy no estoy fino —Adonis se quejó, recibiendo una mirada de odio por parte de Wes.
—Vosotros a callar, menudos compinches más inútiles estáis hechos —prácticamente escupió las palabras en un arrebato—. Toda la tarde quejándoos sin parar —sobreactuó el albino mayor, gesticulando con los brazos. Imitando al Adonis y a su novia. La cual le acarició la cabeza como a un perro, haciendo que Wes quejara—… ¡No me des la razón como a los tontos!
No conocía del todo esa faceta de Wes. La cual me parecía muy divertida. La cual en cambio parecía en ortundo que a Soul no, que era el que lo sufría supongo.
—Eres tú el que me llama para ayudarte a poner la canasta de baloncesto en su sitio y me encuentro con esto —Adonis botó un par de veces la pelota sobre la cabeza de Wes. Como si se tratase de ese juego de los recreativos donde debes aplastar un topo con una porra. Salvo que en esta versión el topo se queja sin parar porque le estropean el peinado—. No más misiones, soldado. Descansen, ¡ar! —el tal Adonis hizo el gesto militar del saludo y a posteriori se dirigió cortésmente a mi esclavo gruñón—. Ah y, ¡Soul, me alegro de verte bien! —sonrió, antes de que Wes llegará y mandara a tomar por saco el balón de un tortazo.
"¿Acaso es Adonis ciego?"
—¿Tú no sabes la de chicos por ahí que están sufriendo mucho más que tú ahora? —Wes seguía contraatacando cara a cara con el moreno, sacándole la lengua. Se agarraban entre ellos con los brazos, rodeando el cuello del contrario—. No lo sabes. Te aguantas.
Eso de que los guapos se juntan con otros guapos… Ahora mismo es demasiado cierto como para creerlo del todo. Él es guapo, su novia es guapa, sus amigos son guapos, su padre es guapo, su hermano es… Su hermano pequeño. "¿De qué telenovela ñoña de las cinco y media han salido éstos?"
Ya me estaba mosqueando. ¿Pero cómo se llama este tío? Soul le conoce, debería preguntarle a él. Y no sé si por algún casual sabe lo que estoy pensando y me quiere ayudar. (Cosa poco creíble hasta para mí.) O si por el contrario sólo está respondiendo al saludo del ahora chico con nombre.
—Hola Noah.
"Por fin. No ha sido tan difícil."
Soul levantó los hombros, vergonzoso por razones que desconozco. Aunque no me sorprendía en absoluto. No le quitaba ojo al tal Noah, pronto averigüé porqué:
—¿Ese balón no es mío? —frunció el ceño, llevándose la mano al mentón. Gruñendo desde la garganta.
—¡No confraternices con el enemigo! —el albino "adulto" inquirió. Haciendo que su brazo, apareciendo de la nada, formase una barrera debilucha entre nosotros y el torso del conocido como Noah. A secas.
—Para —el sonriente Noah, anteriormente conocido como Adonis; retiraba el brazo de Wes y le empujaba con la mano en la cara para que dejase de interrumpir su diálogo—. No te asustes pequeña —¿Pequeña? Me habló a mí. No he oído bien, no quiero haberlo oído bien. Pero se lo perdono porque no parece haberlo dicho en un tono despectivo. Quiero creer que es amable—, Wes tiene un complejo de hermano que tira para atrás —asintió varias veces. Pillando a Wes en otro abrazo sorpresa, empezó a lijarle la cabeza con el puño a raspones amorosos—. Pero se le coge cariño.
—¡Ni con el aliado del enemigo! —Wes se lanzaba las manos a la cabeza, aterrado ante tal insubordinación—. ¡Mi pelo no!
A todo esto, el albino mayor no negaba su fetiche de sobreprotección. Y aunque lo hiciese ya no colaba esa treta. Más claro, transparente.
—Wes amor, vámonos dentro, creo que has pasado demasiado tiempo en frío…
Eruka comentaba alegremente y con amabilidad, pidiéndoselo con las manos hechas un rezo socorrido. Pero su voz se iba transformando por total contrario, amenazadora. Wes sí que sudó frío.
—Eh, ¡Wes! ¿Tienes hambre? —Soul preguntó contento, sin venir a cuento. Manteniéndose agachado de pronto en el suelo. Y para mí, que ya soy una experta en este ser nuevo y malicioso, tanto que podría escribir una enciclopedia. Soul contento no puede traer nada bueno…
—Pues sí, la verdad es qué...
Una bola de nieve por parte de su hermano menor, interceptó en su cara como si tratase de una diana de dardos especializada. Interrumpiéndole a mitad de frase.
—Que aproveche.
—Pero serás —murmuró temblando de rabia, pura rabia. Y gritó entre dientes, con la cara llena de nieve—… Muy bien, si eso es lo que quieres…
Y Soul vuelve a lanzarle otra bola de nieve a la cara. Nos carcajeamos, no pude evitarlo.
—Bicho —Wes murmuró con odio, ultrajado. Zarandeó la cabeza como un perro, mojando a los otros dos. Se protegieron ante la helada ducha gratuita con los brazos…
—¡Wes!
—Idiota.
Ambos, Noah y Eruka murmuraron hirientes. Unas muecas de terror y cansancio se posaban en sus rostros. Mirándose el uno al otro. Y al segundo entendí sus reacciones a la mismísima perfección.
—Eruka, Noah, ¡construid un fuerte! —el albino mayor ordenaba, saltando por encima del seto sin ningún esfuerzo. Les señaló con el brazo erguido y aterrizó con las botas en mi jardín. O el ahora renombrado: campo enemigo. Comenzó a gritar como un capitán de tropa—. ¡Te declaro una guerra Soul, una guerra sangrienta y horrible! ¡Y sobre todo sangrienta —¿y horrible?—, de bolas de nieve! —sin dejarle acabar, su hermano pequeño le lanza otra bola helada directa a la entrepierna. Hay que admitir que es bueno—. ¡Soul!
El albino de menor estatura recogía la nieve del suelo de nuevo en un suspiro y hacia una pequeña esfera compacta. Haciéndola rebotar en su mano con picardía, mientras observaba como su hermano mayor se ponía rojo de ira:
—¡Tres de cuatro! La próxima ira a tu trasero —Al menos Soul era justo, daba pistas—. Maka, corre, ¡tras la caseta! —giró la cabeza, hablándome con total seriedad. Terminando con una media sonrisa realmente seductora y maléfica. "Seduléfica." Me quedo con la boca entreabierta. Tal vez me he metido en una disputa de hermanos en la que no debería entrar. Quiero llorar.
—¡Sí, mi capitán! —alcé la mano hacia frente, llena de inseguridad. Free me acompañó toda la truculenta batalla a mi vera, incluso poco después su barriga interceptó una bola de nieve por mí, en un salto heroico. Realmente emotivo. La gata era más lista, esa ya había desaparecido hace tiempo.
No tuve más remedio que hacerle caso. Quisiera o no participar, me tenían atrapada. Aterrorizada. Pero a quién quería engañar.
No me lo iba a perder.
Black
Siempre he sido alguien que se hace mucho de rogar. Y a la hora de levantarme por la mañana, no me levanto. A mí me levantan. Sea quien sea, sea lo que sea. En este caso era un quién. Pero ni era por la mañana, ni una buena forma de ponerse en pie.
—¿Podrías dejar de darme hostias? —le pregunto amablemente a Death the Kid, antes de que me propine otro guantazo caliente con los dedos en la cara.
Oigo mi voz pastosa y siento una textura parecida a la arena de playa (con cristales y tiritas incluidas) atascada en la garganta. Tengo la cara de Death The Kid encima. A escasos centímetros, el suelo del baño debajo. Frunzo el ceño, advirtiéndole que se aparte. Estoy tumbado en las baldosas, reposando la cabeza en los muslos del ser más insufrible del planeta y con la espalda tan fría que sólo me falta el esmoquin para parecer un pingüino del polo.
Me duele todo el cuerpo. No he debido de irme mucho tiempo, aún seguimos aquí metidos. Y me da en la nariz que vamos a morir aquí también. Pierdo la esperanza por momentos.
—¡Imbécil que susto me has dado anormal! —me chilló. Así, todo seguido. Sin comas.
Su timbre está perfectamente, le escucho alto y claro. Quizá más alto. Me sigue pareciendo igual de irritante
—Sí… Tú a mí también me caes muy bien —apoyé la mano en el suelo, tratando de hacer el esfuerzo de erguirme. No me podía mover y lo poco que conseguía alzarme, Death the Kid volvía a dejarme en el sitio en donde empecé—. Quita, me quiero sentar.
—No —me empujó, posando su mano en mi pecho con cuidado. Me observó con seriedad. Estaba claro que hoy yo no sonaba para nada razonable. Era penoso como no podía negarme o usar algún tipo de fuerza contra él.
—Así es peor —mi voz pastosa reiteró sobre mi situación física, antes de que me atacara una migraña rebelde. Haciendo que me llevase la mano a la frente.
Cerré los ojos con fuerza. A lo mejor cuando los volviese a abrir me despertaba y todo de este mal sueño tan realista creado por una mente malvada no habría sido más que una pesadilla vívida.
—Me da igual —me empujó de nuevo con delicadeza, y sin embargo sujetándome los hombros con fuerza. No iba a decirle que me estaba haciendo daño, soy un tío. Me lo tengo que callar—. Te has caído redondo como una piedra —por dentro y por fuera—, no voy a correr otro riesgo —negó con la cabeza. Que yo recuerde el enfermo aquí no es él—. Ya he pedido ayuda, me ha oído una paciente —murmuró orgulloso de sí mismo. Esos ojos dorados le brillaban. "Y quien no le oye, con la voz tenor de narrador de película que tiene por frecuencia auditiva"—. Habrá ido a buscar a un doctor o a una enfermera para que nos abra. Así que te jodes.
"Mientras no sea él quien lo haga…"
—Los halagos no son lo tuyo…
Recalqué sonriente, con la mirada entreabierta. Los párpados me bailaban.
—¿Qué eres, claustrofóbico? —me ignoró, sacando como siempre sus propias conclusiones. Ladeó la cabeza como un perrito—. Para mí que te ha dado un ataque de ansiedad.
—Tú sí que me das ansiedad —le pegué un pequeño y tristemente débil puñetazo en el pecho, al igual que una mujer despechada—. Te he dicho que estaba malo, serás capullo…
—Es broma —lo suyo tampoco son los chistes—, aunque al principio pensaba que era coña —abrió los ojos como platos, dejando a la vista unos enormes iris dorados demasiado brillantes para un ser del mal como yo—. Es para distraerte hombre. ¿Hablamos de algo?
"Justo lo que más me apetece en el mundo entero…"
—¡No! —moví los brazos horrorizado con una habilidad y un ímpetu que aún tenía por descubrir. Sin sentido—. Déjame en paz —me clavé las uñas en las manos y dirigí ambos puños hacia las sienes de mi cabeza, todo en modo mujer despechada. Lo tenía puesto en automático—, me va a estallar algo por dentro.
"Y no quieras saber que es."
—Pues yo no pienso limpiarlo luego —comentó tajante, dirigiéndome por segundos un aliciente de odio digno del mismísimo Soul. Le maté con mi más decaída mirada de enfermo. Ahora veía tres Kids borrosos sonriéndome vergonzosamente, era horrible. Un espejismo deprimente. Traté de levantarme varias veces, apoyándome en los codos. Me temblaban como gelatinas, haciendo que el esfuerzo resultase en vano y acabase en el suelo o echado de nuevo por "el gran enfermero"—. Vale, vale, tranquilo. No pasa nada, tú siéntate aquí e intenta no dormirte.
—Es fácil decirlo —giré el cuello, reposando la cabeza en una de sus rodillas. Al filo de ellas, lo más que podía. Me calmo por un segundo, para respirar con calma y no me puedo fiar. Suena la cascada de un grifo abierto. A la mínima de cambio Death Kid ha comenzado a echarme gotas de agua encima con la mano. Toso sin parar, cierro los ojos y me remuevo en el sitio—. ¡Pero no me eches agua, cabrón!
Intenté apartarle de mí, apartarme de él. Conseguí alejarme unos centímetros. El miedo mueve montañas y chicos de pelo azul amodorrados. Me limpié la cara con la manga de la camisa. Este tío es un matasanos.
—¡Es para que te despejes, retrasado! —grita en su defensa. Va a darme un capón, pero se contiene. Vuelve a su personal sonrisa calmada y para nada realista.
—¿Quieres despejarme? ¡Sigue existiendo!
Me arrastro. Pido ayuda una vez más, aporreando la puerta del servicio con desdén. Me quiere matar ahora que no me puedo defender. Me persigue por el cuartillo con toda esa buena intención torpe mientras me apoyo en las paredes para huir al menor indicio de acercamiento.
—Tú respira, mira así: "uh, uh. ¡Uh, uh!"
Genial, ahora ya sé que haría un búho o una lechuza que ha sufrido una embolia en mi situación.
—Oye, cálmate tú. Que no voy a parir ni nada de eso —achinando los ojos por el dolor de cabeza y porque soy en parte japonés después de todo; le tranquilizo, a pesar de ser el jodido enfermo, yo le tengo que calmar a él porque hace tiempo que perdí el control sobre mi vida—. Sólo me ha dado un vahído, es normal.
—Pues no me asustes, ¿quieres? —"quiero." Se hace el herido, exagerándolo todo—. ¿Cómo va a ser eso normal?
"Bienvenido a mi mundo. Población: Yo, y solamente yo. Ah, tú no estás admitido por mayoría de votos."
—Como si lo hiciera aposta —"si yo te contara" Lo quiero matar, pero no puedo. Ni moverme. Así que le insulto entre dientes—. Vaya enfermero de tres al cuarto.
—¿A qué te limpio la boca con el jabón? —siguiendo en su línea de mamarracho adolorido, me amenaza sosteniendo con el brazo en alto, una pastilla de jabón cubierta de pequeñas burbujas. Como si fuese una piedra pero con mejor olor.
—No tienes lo que hay que tener —no podía ni sentarme pero aun así le miré a la cara con una maldad y una picardía infantil indiscutible, le reté en toda regla.
Y lo más gracioso fue, que después de sufrir un par de tics en ambos ojos. Primero uno, luego el otro. Se picó.
Y si alguien se pregunta por qué. Es simplemente porque somos tontos.
—¿Qué no? —por poco gritó como ruge un león falsamente enfurecido, a punto de atacar a la gacela agonizante, sintiéndose ultrajado y atacado como una diva televisiva de la salsa rosa.
Vi sus ojos achinados llenos de furia latente y como el brazo con el que sujetaba la pastilla de jabón le tembló antes de tirármelo a la cara, procuré esquivarle varias veces. Algunas otras el jabón me rozó la cara o los labios, dejándome un sabor horrible a lavanda barata. Yo sujetaba sus antebrazos todo lo que podía, dándole alguna patada para quitarle de en medio, y es que debía admitir que no me estaba resultando tan fácil como yo pensaba.
Aunque él se ha vuelto más fuerte que antes y yo no estaba en el mejor momento de mi vida, así que tampoco iba a permitirme decir que era más poderoso que yo. Es una violación en toda regla de mi espacio de lucha.
—¡Se acabó! —Kid gritó su sentencia final sentado encima de mí; alzó el brazo con el arma en mano.
Vi caer aquella pastilla de jabón con forma de ladrillo blanco a cámara lenta, en slow motion, como en las películas de artes marciales. Hasta que finalmente interceptó mi boca de golpe y porrazo. Fue horrible pero si lo miraba por el lado bueno, a lo mejor esto contaba con no tener que limpiarme los dientes en una temporada.
—¿Quién es el pringado ahora? —Death the Kid se reía como todo malo ido de olla y dramatizado de videojuego siniestro haría.
Hubiese quedado muy digno y heroico por su parte ya que nunca jamás de los jamases ha logrado vencerme. Pero para nuestra mala fortuna, para mí ya algo del día a día, alguien abre la puerta de los servicios, descubriendo nuestra letal escena de combate.
—Es una derrota inválida —gruñe mi voz ronca y jabonosa—. Puag, puag. ¡Te hubiese ganado si no estuviese enfermo!
No nos damos cuenta hasta que mi madre, al lado de un tipo rubio con una bata que me da mala espina y una cría a la que detesto, comienza a hablar sola, preguntando más extrañada y con más curiosidad que un niño que mira el interior de un tubo de pasta de dientes.
—¿Qué narices… estáis haciendo?
El supuesto doctor (por la bata), la cría fastidiosa con pinta de chico y la adorada abandona niños que tengo por madre, los tres tras el arco de la puerta. Con la misma cara de estupefacción y los brazos cruzados. Yo mientras, seguía escupiendo la pastilla, limpiándome o quitándome los restos de espuma de lavanda de la lengua con ambas manos.
—Nada… Nada —Kid dispara como una bala perdida, nervioso y sudoroso. Y entonces lo veo, sé que sufre por mantener su posición en el hospital, ya que podría ser rebajada si a mí me da la gana decir algo fuera de lugar. Se levanta y me pone a mí en pie en el proceso, como el que levanta un niño de una rabieta en el supermercado. Me observa a cada rato y después a ellos—, ¿verdad?
—Él lo ha dicho —asentí repetidas veces, mareado de pies a cabeza. Me había levantado demasiado pronto—. Él lo ha dicho…
Porque no soy ningún chivato ni tampoco iba a montarle una faena. No me cae bien, y viceversa, pero tampoco voy a quitarle el trabajo por las gilipolleces que en gran parte, causo yo. De todas formas soy un cerdo que odia perder. Por lo bajo le susurré cerca del oído: "—Quiero la revancha, rayas blancas." Me mató con la mirada.
—¿Esto es lo que hacen los chicos en el baño cuando se quedan solos? —murmuraba la supuesta cría preguntona de pelo corto y vestida como un niño de barrio, con las llaves en una mano y la otra en el mentón. Se escondía detrás de la pierna de aquel doctor rubiales.
—¡La bruja! —le ladro a la cría del demonio, los ojos se me agrandan de toda la ira contenida hasta el momento. Y si no es porque Death the Kid me está sujetando ahora mismo por detrás y que si no lo hace me voy a caer redondo al suelo al dar un solo paso hacia delante, mis brazos estirados ya la habrían ahogado hasta que escupiese arcoíris por el culo. Aunque tuviese que arrastrarme como un gusano azul—. ¡Ven aquí, te voy a matar!
—¿Quieres estarte quieto de una vez? —el enfermero violento me regaña, tiene las manos enjabonadas y de vez en cuando me resbalo de su agarre. Me tira de la camisa como medida desesperada (como una fan en un concierto), decido parar antes de que me estropee mi ropa buena. Pero para entonces la niña maldita ya se ha acojonado como nunca antes y ha salido corriendo igual que un alma que escapa del diablo. Tapándose la boca del susto con ambas manos.
Chillando por el camino un lloroso y femenino:
"—¡Perdona Kid!"
Y por supuesto hace que me sienta mal por ello. Hace rato que dejé de pensar con claridad. Siento como el calor de mi cuerpo me abandona de golpe. Empezando por la cabeza y bajando hasta los pies.
—¿Pero a ti qué te pasa? —el moreno enfermero del jabón me pregunta, posando sobre mi hombro una de sus manos. A lo que pronto sumaría las dos para sujetarme, con todo su cuerpo. Cuando me precipito y me derrumbo encima suya sin previo aviso, nos caemos los dos—. Hala, otra vez…
Lo último que oigo es el preocupado grito de mi madre a pleno pulmón:
—¡Black!
Maka
(Lunes)
Dejamos a Free a buen recaudo en su nueva guarida, agua, comida y un muñeco de trapo y lana que había hecho basándome en Spirit. Cerramos la verja del jardín y salimos de casa temprano.
Con poco tiempo para pensar sobre el paso el tiempo, el fin de semana termina rápido. Dediqué el escaso y restante tiempo libre para estudiar todo lo que me había perdido en el primer trimestre. Recordemos que Medusa es una harpía sin corazón. Y sin pulmones dentro de poco de lo mucho que fuma. Lo único que le funciona a la perfección es su sarcasmo infinito y esa lengua viperina con la que te grita: "¡menos cero con cinco por respirar alto!"
Por lo demás, mi padre se quedó anonadado ante tal obra de "gran ingeniería carpintera" que he hice con los trozos de madera que me dejó el pasado sábado. Porque sí, la he hecho yo. Yo. (Una sucia mentira como la casa del perro que Soul ha montado, o quizá un poco más.) Pero no puedo decirle a mi padre en las narices que: "verás papá. No la he construido yo. Ha sido nuestro vecino, uno que se parece al pitufo ese que siempre está enfadado con el mundo. Pero no es un pitufo. Un chico. Con aparato reproductor de chico, hormonas de chico. Al que he pedido ayuda. Él y yo. Solos. En casa. Sin nadie más. Un chico. Ya sabes, lo que tú más odias en todo el mundo. Un chico, con sus cosas de hombre y de chico, que se ha acercado a mí. Un chico como todos los chicos de los que crees y confías que van a hacerme cosas malas. Malas y sudorosas, papá… ¿Por cierto qué quieres para cenar hoy, chino o japonés?"
Primero mataría a Soul, tirándole avioncitos de papel de sus periódicos viejos, después a mí. Castigándome hasta los cuarenta años y un cuarto. Pero lo bueno es que se ahorrarían sitio en el cementerio, enterrándonos juntos. Que le voy a hacer, no tengo remedio. Ni de padre, ni de mí misma. Una mentira piadosa más o una mentira piadosa menos. El verdadero daño colateral no ha sido ocasionado, que es lo que cuenta.
Ha llegado el lunes, el ansiado día en el que voy con Spirit caminando avergonzada al colegio y Enero va abandonando esta parte de mi vida poco a poco. Cosa que no durará mucho una vez me dé un ataque de nervios al ver a mi padre sentado discutiendo con el director del instituto, sobre el precioso parte que tenemos Soul y yo en nuestros expedientes. Algo injusto. No podía engañar a mi padre en algo así, por lo que actué contándoselo antes de que le llamaran de secretaría:
—Todo es culpa de Evans. No hace más que meterme en líos… —le digo a Spirit, con los puños cerrados y la cabeza rendida mientras caminamos por las calles congeladas, entre todas esas casas de colores cubiertas por la nieve invernal, que forman parte del vecindario de Death City. Vamos con cuidado de no resbalar por la acera.
Empiezo a pensar que el albino reticente y su ex amigo "grandes bíceps sensuales de pelo azul", tienen mucho en común. Esperé hasta última hora para decirle lo del parte (y lo de Soul), en el fondo hasta está siendo bastante comprensivo. Salvo por como he dicho antes, lo de la matanza del albino. Está condenado a muerte. Yo lo estoy también, no es el único.
—Cuando lo vea lo voy a destrozar —hablaba el hipócrita y mujeriego de mi padre con la mirada puesta en el frente, con decisión de aniquilar a cualquiera que se le cruzase por delante y le mirase mal. Todo un robot pelirrojo; hablaba de Soul como si fuera un perro, o una cosa de usar y tirar…
La pobre gente a nuestro alrededor, sobre todo alumnos vestidos con el mismo uniforme que yo, tienen que sufrir inevitablemente el aura asesina que emanaba de Spirit y que formaba una barrera siniestra entre ellos y nosotros. Por lo que solamente pueden huir despavoridos al notar su presencia asesina con sed de sangre albina. Cruzamos el puente y empezaron a aparecer más víctimas de Spirit versión-acojonante. Ya quedaban tan sólo unos minutos para llegar. Escondí el cuello como una tortuga cobarde, esa soy yo haciendo amigos. Suspiré, esperando que se le bajasen un poco los humos. Soy la niña de papá, la niñita de sus ojos…
Aunque no era todo tan bonito como lo pintan: padre aprensivo protege a hija indefensa. Incorrecto.
Mientras yo me escondía detrás de él como si se tratase de una cortina invisible, él se distraía de vez en cuando viendo como colegialas con falda irlandesa de cuadros paseaban a nuestro alrededor, chicas que podrían tener mi edad, un poco más o un poco menos, de nuevo. A Spirit se le caía la baba, habría que medirla con un metro de largo. Como un dibujo animado. Tuve que soltar la artillería pesada y sensata que se usa en estos casos. Todos los hijos de padres separados suelen tener muchos inconvenientes pero también se le puede sacar partido a este tipo de situaciones:
—Papá, o paras ahora mismo este comportamiento infantil, o te juro que cojo las maletas y me voy a vivir con mamá a la de ya…
Amenacé, rompiéndole el corazón en el acto por cómo me miró. Por la atención que me mostró. Después de todo es lo mismo que hizo mi madre con él, fue decisión suya no parar. Tan sólo hay que cambiar en la oración la palabra "papá por cariño", "y mamá por Joe". Pero dejando las cosas claras, jamás en la vida haría eso. Prefiero sufrir la imbecilidad de mi padre cien veces hasta el día de mi independización (no lejano) a tener que irme a vivir con mi madre un solo día. No la quiero ver ni en pintura. Por fortuna Spirit sólo sabe la punta del iceberg de nuestra relación.
—¡No, no! Pero si no estaba —silbaba una cancioncilla, evitando mi penetrante mirada de hija sagrada. Al segundo volvió a distraerse y sus ojos siguieron las curvas de las piernas de una joven colegiala. Jamás ha osado rozar a ninguna mujer más joven de veintidós, pero la lujuria le puede llevar a límites insospechados para un padre salido—… Haciendo nada…
Mintió el bellaco, como se nota que estamos emparentados. Le tiré de la oreja sin perder un segundo como si estuviese hecha de plastilina Play-Doh, oyendo sus miserables súplicas y quejidos mientras una triste lágrima brotaba de uno de sus ojos verdes cual escultura común de payaso deprimido:
"—¡Lo siento, lo siento! Ay, ay, ay…" No pude evitar sonreír ante el disfrute personal de dicha escena. Aunque me mirasen cien ojos y un tuerto con curiosidad o burla, seguimos andando los dos juntitos. Mi reputación ya estaba marcada para los restos. Mientras tuviese a Black Star lo demás me daba un poco igual. Y me preguntaba si se encontraría mejor o habría venido hoy a clase. El domingo no contestó a mis mensajes y aunque me costase admitirlo, me estaba quedando sin uñas de tanto morderlas de la insana ansiedad.
Llegamos a las puertas del colegio, rodeado por esos muros de cemento típicos en una cárcel colombiana pero sin espinos, con algún que otro póster informativo o de alguna actividad u ocio variado pegado en ellos y varios bancos del mismo cemento gris que los muros, pegados a ellos. Típicos en una cárcel o un colegio de monjas. Inocente de mí, aún no sabía que alguien me esperaba desde hace rato. Soltando a Spirit de mi agarre orejero porque a pesar de todo no puedo arrancarle una parte del cuerpo, pude darme cuenta.
—No tienes remedi —me detuve a mitad de frase, mientras él se sobaba con los dedos la zona herida como un llorica rastrero. Cuando levanté la vista al frente, tragué saliva y me amarré con fiereza a mi cartera, intentando mantener una calma falsa. Ni siquiera sabía porque estaba nerviosa, suponía que había estado todo el fin de semana intentando evitar esta situación tan aciaga—... Oh.
Ahí estaba Evans, sentado con las piernas subidas a uno de esos bancos de hormigón. Sus ojos rojos y desalentados se posaban en el suelo, no me había visto todavía ni parecía tener intención de hacer nada que no fuera mirar el suelo totalmente perdido o esconder la cara entre las rodillas. Pensé que tal vez si caminaba sin hacer mucho ruido a lo pantera rosa y observando el lado contrario como una medusa libre, no tendría que cruzarme con él tan pronto, salvando así su vida unos segundos más de las manos de Spirit.
Pero era demasiado tarde. Para todos.
—¿Es ese? —Spirit se había jactado de mi embobamiento severo, ladeó la cabeza y achinó los ojos. Sude gotas frías como la lluvia, quería una contestación a prisa—. Es ese, ¿verdad?
Muy a mi pesar, me había descubierto. No podía mentirle más. Asentí lentamente con la cabeza, como respuesta final a: "Pobre Evans, está muerto. Muy muerto." Sólo se me ocurría mostrarle una sonrisa vergonzosa y ancha para calmar el frívolo ambiente.
Sabía que esto iba a pasar tarde o temprano, aunque hubiese deseado que fuese más tarde…
—¡Tú! —Mi padre gritó colérico, haciendo que a Soul le diese un ataque al corazón en el sitio, jactándose de nuestra presencia.
Antes de si quiera intentar detener a Spirit por todos los medios violentos y posibles, antes de que mi cuerpecito de metabolismo lento fuese arrastrado inevitablemente por la ira arrasadora de Spirit. Pensando que iba a amenazar a Soul de por vida o incluso a golpearle. Se acercó al joven albino sorprendido de que le sacasen de su mundo de distracción, más raudo que una leona y con más ganas de pelea que un gorila enfurecido. Dispuesto a pegarle un puñetazo en la cara, agarró por el cuello de la camisa a Evans en cuestión de segundos contados.
Corrí tras él en ese mismo instante para contenerle. Pero fue sin embargo, en ese mismo momento, cuando Spirit se detuvo y bajó el brazo de sopetón. Anonado, se la llevó al mentón, entrecerrando esos ojos verdes y cansados—… Me resultas muy familiar.
Dijo para mi asombro.
Soul ladeó la cabeza, alejándose poco a poco con la espalda inclinada como un cervatillo. Se mordió el labio inferior con fuerza evitando la aguda mirada de lince de Spirit. Sus ojos se dirigían a los de mi padre pero tan sólo duraba un micro-segundo para que los volviera a apartar sin remedio, repetidas veces. Hasta que algo que estaba de espaldas, les interrumpió sin previo aviso. Alguien más, mejor dicho. Al parecer Soul tampoco había venido solo:
—¿No es un poco mayorcito para meterse con los chavales? —intervino aquel ser de actitud pacífica y semblante no tan sosegado, ante la agresión impune dirigida a su pobre polluelo en apuros. Llamando la atención de mi padre. Se colocó detrás de Soul y reposó una mano sobre su hombro. Su hijo alzó la mirada hacia el mentón del otro albino con el torso unido a su espalda, la mar de confundido—. Si lo que quiere es pegar a alguien, métase con alguien de su tama…
—Tú eres…
Spirit le detuvo con la mano alzada antes de dejarle terminar la frase, se mojó los labios señalando la figura de aquel hombre con el dedo acusador. Como un crío desconcertado y aturdido, una de las comisuras de sus labios comenzaba a alzarse sin que yo lo comprendiese. Como si se le hubiese olvidado todo su enfado de repente. Cosa que en gran parte agradecía. No entendía pero agradecía.
—No me lo puedo creer —La voz de aquel hombre, resguardada en una boca entreabierta y que ahora se encontraba parpadeando sin cesar, resonó en el cerebro de mi padre abriendo viejas lagunas, dejándole la boca abierta, preparada para que un aquelarre de moscas se pudiese posar en ella, ideal para el nido de una cigüeña. Se quedó atónito ante el porte de aquel hombre albino de edad similar Que a continuación iba a —. ¿Albarn? Albarn —repitió con una mueva indiscreta, cubierta por su barba de tres días—… ¿Eres tú?
Ninguno de los dos parecía creerse lo que estaba viendo. Los cuatro. Soul y yo levantamos una ceja como si fuésemos hermanos siameses. Ninguno de los dos habíamos dicho una palabra más alta que otra. Y entonces, los ojos claros del señor Evans jugaron a un ping-pong invisible entre mi padre y yo.
—Como no he caído antes… Eres igual que tu madre —el señor Evans se llevó una mano tras la nuca, maldiciéndose por lo bajo. Mostrando una faceta simplona que no conocía; su puño rebotó lentamente sobre la palma de su otra mano—, pues claro.
—¿Usted conoce… a mi madre?
El señor Evans asintió con amabilidad, manteniendo los labios bien sellados. Parecía que aún no podía creérselo.
Y ya éramos dos.
—Evans —murmuró mi padre, cambiando totalmente de personalidad al instante. Formando una sonrisa en la que enseñaba todos los dientes.
Soul
(Lunes)
—Hay muchos más alumnos que en mis tiempos —comenta mi padre sin ninguna necesidad de romper nuestro silencio pactado Obviando la obviedad.
Él y yo manteníamos las distancias el uno del otro. Yo no me movía y él no se acercaba a mí. Era un tratado que, de forma imaginaria, habíamos firmado ambos por nuestro bien. Con la espalda pegada al muro de hormigón y sin el uniforme puesto ni comprado que llevaban los demás, veía pasar a varios alumnos madrugadores y adormilados como yo, solos o en piña, de aquí para allá, que entraban por la puerta sin perderse el espectáculo de circo de pararse a mirarme de costado o el cuchichear a mis espaldas. O mejor, delante de mis narices entre susurros. Esos siempre eran más atrevidos pero también más estúpidos, ¿acaso planeaban que aparte de loco también estaba sordo? Porque no era el caso. Como yo no eran, desde luego. A ellos no se les iba tanto la pinza sin querer.
Aunque tratase de evitarlo, me traían a la mente algún que otro recuerdo volátil, cuyas imágenes permanecían borrosas en mi memoria como muchas otras de las que no logro acordarme. Si fuera viejo y encima con el pelo blanco, entre El Quijote y yo no habría una gran diferencia.
Después de todo, lo más curioso era que nadie se atrevía a reírse. Ni siquiera los de mi propia clase. Eso me tenía en vilo desde que puse un pie en este sitio, me resultaba extraño pero prefería no saber la razón. No hacerte preguntas también es una forma de evitar hacerte daño a ti mismo. Preguntarlas en voz alta también sería otra opción, pero quizá no la buena esta vez.
No estaba aquí sentado por decisión propia. Si tan sólo Albarn no hubiese aparecido de repente, abordando mi espacio vital y mis pantalones. Metiéndose en mi vida, en mi casa e interesándose por mí de una forma que hasta ahora, no concibo normal. Nada habría pasado. Eso es lo que quiero pensar. Porque si pienso de otra forma afloraran… Cosas que no deberían estar ahí. Nunca jamás.
Mi padre nos había estacionado al lado de la puerta de rejas delantera del Shibusen hace diez minutos, para hablar con el director sobre el parte que Maka Albarn y yo nos habíamos ganado: el premio gordo; y que personalmente iba a decidir si me sacaba del colegio o no. Por alguna extraña razón esa sentencia final y fatal me importaba lo que se dice un poco; Me sentía tan avergonzado, no sólo por volver a enfrentar al director desde la última vez y por algo como esto, sino por esta situación tan incómoda que en el fondo mi padre me hacía pasar como castigo por mentirle y usurpar su identidad. Es como lo llama él. Se lo toma muy en serio. Como para darme a las drogas, le daría algo.
Y es que desde la fantástica discusión del viernes a duras penas habíamos cruzado palabras. Odiaba con toda el alma que me hiciera eso. Él nunca explotaba, se lo guardaba para sí mismo un buen tiempo y luego lo soltaba cuando le era conveniente. Yo ni siquiera sabía en qué estaba pensando cuando empecé esto, quizá creía y creí mal, que Wes podría cubrirme un poco más de tiempo y con suerte nos las apañaríamos el resto del año. Sólo eran seis meses, mi padre no suele estar en casa. Eso pensé inocente de mí, que podía intentarlo. Ya no podría perder más de todas formas. Había llegado a un punto en mi vida que el más ligero bajón que se avecinase o no me hacía nada y salía impoluto como un superhéroe traumado, o me acabaría matando sin que me diese cuenta.
Tuve que saltar, incapaz de aguantar por más tiempo en el exterior del recinto sintiéndome observado y sin hacer nada:
—¿Por qué no entramos de una vez, y ya está? —suspiré. Sentía que me pesaba demasiado la cabeza como para sostenerla con la mano izquierda—. ¿Tanto me odias por esto? —mi padre dio un respingo de sorpresa, observándome de lado. No suelo hablar muy alto.
Y tras un buen rato que pasó mirándome a la cara con indiferencia, secamente me respondió:
—No —dijo impasible matándome con la mirada, por encima del hombro. "No. ¿A qué?" Me pregunté—. Esperaremos a Maka y a sus padres. Quiero pedirles disculpas personalmente, cuanto antes —se llevó las manos a la espalda, acercándose con cuidado. Dejó su espalda apoyada en el muro—. Y verte a ti haciéndolo primero por supuesto. No te vas a escaquear.
Para terminar, se cruzó de brazos. Estaba claro que el día no iba a acabar bien, y por lo que parece últimamente, ninguno lo hace. Las señales me lo indican. Fruncí el ceño cuando un dolor penetrante me invadió el puente de la nariz, y murmuré.
—No lo haría por nada del mundo…
Rodé los ojos y eché la cabeza para atrás. Parecía absurdo discutir con él, no tengo una mente muy avispada pero hasta a mí se me ha ocurrido que podíamos haberles esperado en la puerta de su casa. Somos vecinos, no nos vamos a perder. ¿Acaso a mi padre le daba vergüenza? Eso sería bonito de creer, si fuese cierto. Pero lo único que quería era humillarme aquí tirado como un gato aburrido.
Mi padre observó las nubes grises que adornaban el cielo de forma deprimente.
—Y yo que pensaba que esa chica era de tu clase —pensativo, hizo una pausa reveladora—… De terapia grupal. Y que te estaba yendo mejor en las sesiones.
Un vaho de aliento derrotado exhaló por sus labios.
—Creías —volví a arrugar el entrecejo. No había entendido bien. Mi voz sonó hasta divertida—.… ¿Creías qué Maka estaba loca?
—Pero, pero —se defendía ultrajado y nervioso. Apretó las manos en sus antebrazos. Como si le hubiese atacado vilmente. Preguntó al aire, como si alguien más estuviese aquí—… ¿En qué momento he dado yo a entender que…? —se detuvo antes de formar la frase entera, quedándose callado un instante cogió una bocanada de aire, calmándose poco a poco. Alcé una ceja inquisitiva. Dejándome sin saber el porqué, cambió de tema con una rapidez asombrosa—. Siempre estás sacando las cosas de contexto y llevándolo todo a tu terreno.
Ahora resulta que tengo tierras.
—Lo que tú digas —alcé los hombros, restándole importancia. Siempre lo hago. Escondí la cabeza de nuevo entre los hombros, dejándola caer entre las rodilla. Miré al lado contrario, negándole la vista—… No te juzgo por pensarlo, la verdad.
La verdad. Debería venir conmigo a terapia, sin duda sería muy divertido. Sonreí por tan sólo un segundo de sólo pensar la situación. Lo que me faltaba. Más Maka Albarn en mi horario. La maldigo por todo lo que es. Y la vuelvo a maldecir.
—No es eso —respondió más tarde. Sin que me lo esperase—. Pensé Pero yo que sé. La veía prácticamente alucinando con cada cosa que le enseñaba de la casa. Hasta con el horno —juraría que se movió o al menos que se sentó durante un rato, pero no me giré para averiguarlo. Mantuve los ojos bien abiertos. Fijándome en el manto blanco de nieve sin observar nada realmente. Escuchándole, mi boca estaba cubierta, no me apetecía decir nada. Por alguna razón se levantaron ligeramente las comisuras de mis labios—… Y no te lo tomes a mal hijo, pero no eres lo que se dice muy bueno haciendo amigos —espetó sin cortarse un pelo. ¿Y no te lo tomes a mal? Me daba igual pero, ¿qué arregla eso? Nada. Mis facciones cambiaron en cuestión de segundos. Arrugué la frente, un poco cabreado aunque me costase admitirlo. Él lo notó, no hizo nada. Sólo seguir con esa faceta melancólica que no le pegaba para nada—. Me siento mal al pensar así de ella.
Por pensar de mí así no, claro. Tiene sentido. Todo queda en familia. Y una mierda.
—Claro —comenté, levantando la cabeza. Dejé caer el mentón entre el hueco de mis rodillas, la vista roja al frente. Achinada—, porque ir a terapia es para seres desquiciados como yo.
Y como Stein. Pensándolo bien: terminar siendo como Stein. Con los mismos ideales que Stein. Un hombre cuyo hobbie personal es jugar con seres medio muertos con fines típicos en villanos que buscan la dominación mundial. No sé qué puede ser peor, la cura o la enfermedad.
Le observé de costado sin cambiar de posición. Él soltó una risa sorda y excesivamente corta. Sus ojos apenas brillaban, aunque tampoco hacía mucho sol esta mañana. Tan sólo un frío que te calaba los huesos.
—Si vas a ponerte en este plan —amenazó, con la nuca pegada a la pared. Seguía de pie, me lo había imaginado. Nunca se acerca más de lo debido. Ambos mirando hacia adelante, hablando como idiotas por banda—, ten en claro que se te van a acabar muchos privilegios Soul.
No sabía que hasta ahora había tenido alguno de esos. Hice una pequeña pedorreta entre las piernas, sin que hiciese ningún ruido.
—No ya —continué con tal de distraerme un poco, quizá más de lo debido—. Si te doy la razón. No sirve para nada —farfullé y los brazos rodearon mi cuerpo encogido por el frío…
Ir a terapia grupal es lo peor que hay, de todo esto. ¿Por qué tienes que hacer tú el trabajo de un psiquiatra? Stein es un vago asqueroso. No quiero soportar los problemas de los demás fracasados en la vida, ni mucho menos que alguien más sepa los míos; ya tengo suficiente con los mis propias crisis. No sé ayudar a nadie. Ni sabré nunca. Es aburrido y un latazo. Y si es malo qué, si es egoísta qué. Lo odio, lo sé y lo siento, pero es lo que pienso. Por lo que no pienso ir.
—Oh, no… No —gruñó por lo bajo desde la garganta. Lleno de frustración—. Soul, dime que has estado yendo.
Me lo suplicó con la mirada. De verdad quería oírlo, daría cualquier cosa en este mundo. Pero tampoco quería que le mintiese. A ver si se aclara pronto.
—No me mires así.
Fue lo único que respondí. Me llevé las manos a la cara, tratando de esconderme inútilmente sin motivo como un niño pequeño. No había despertado con buen pie. No es novedad. No tengo porque hacerlo, él no me obliga a ir. Y yo no voy.
—¿Qué te mire cómo? —Con pena. Me auto respondí mentalmente mientras seguía mirándome confundido. Que uno de tus padres te miré con pena es lo peor que hay. Parece que nunca se habla de otra cosa que no sea yo y de lo inservible que soy—. Dime que al menos has ido una vez por favor. Soul…
Continuó su plegaría, como si fuese a cumplirse.
—No —dije alto y claro, sin darle más reparo. Sólo evité mirarle a los ojos, era una condena de por sí sola—. Sólo me he saltado algunas sesiones. Y además, a Stein no le importa —Él tampoco me dice nada al respecto, por lo que presupongo que no me necesita—. Está más tranquilo sin mí para molestar.
Como todo el mundo.
—Soul por dios… —apretó los dientes con fuerza, bajando la cabeza. Negó de lado a lado.
Y siguió. Si ya sabía lo que se le venía encima, porque insistir. Lo hace adrede.
—¡Vas a borrarme el nombre!
Abrí los ojos como platos, gritando sin que me diese cuenta.
—¿Hay algo más que deba saber? —alzó la vista, encarándome de golpe con total seriedad. Di un pequeño respingo hacia atrás con la espalda—. Te dejo hacer siempre todo lo que quieres y sólo te pido una cosa. Una —me indica el número con el dedo índice que me roza la nariz—. Y ni siquiera te molestas en intentarlo —masticó las palabras, como si yo no fuera capaz de entenderlas. Era una regañina pero sin llegar a palabras mayores. Manteniéndose tranquilo y a punta de pistola al mismo tiempo. Siempre he pensado que se redime para no enfadarse conmigo, aunque sea estúpido—. Odio que me mientan Soul, lo sabes perfectamente.
—¡Lo siento! —respiré con fuerza por la nariz—. Ya no sé qué más quieres que te diga, ¿me arrodillo y te beso los pies o te hago un collar de macarrones? —brinco con sarcasmo, cansado e irritado. Sin que me importe un rábano quien me quiera mirar. ¿No quería que hablásemos las cosas? Pues se las estaba dejando en bandeja—. ¡Yo también odio muchas cosas de mi vida y no por ello te las echo en cara todo el rato! —tardo pocos segundos en arrepentirme, me golpeó la frente con la mano frustrado como un pájaro sin alas y mal genio.
No tenía que haber dicho eso, no tenía ningún derecho a gritarle eso pero estaba tan reventado. Por eso no suelo decir lo que de verdad pienso muy a menudo.
Mantuve la mano pegada a la frente, soportando el peso de mi estúpida cabeza que funciona como le da la gana. Los dos últimos días no había dormido nada de nada y estaba que saltaba a la mínima de cambio. Pero a pesar de todo ello él no se crispó conmigo, ni me chilló ninguna de las posibilidades que yo me había imaginado. Tan sólo se quedó de pie, a una distancia considerable. Ese es mi padre. Haciendo lo que hace siempre. No estaba serio, ni molesto, ni siquiera resentido. Iba a pedirle disculpas al verle tan callado sino fuera porque justo antes dijo por fin:
—De acuerdo. Ya hablaremos luego de todo esto —pronunció realmente calmado y con las manos a la espalda. Sus ojos decaídoseludieron el problema raudos y veloces. Sin buscarle cinco patas al gato. Como si supieran lo que estaba pensando. Lo que yo quería.
Así funcionamos él y yo.
"—Mejor nunca…"
Susurro en voz baja, asegurándome de que si me ha oído al menos no lo entienda. Aunque no fuese necesario ya que no lo hablaríamos. Si no fuese por Wes directamente nunca lo mencionaríamos. Acurruqué la barbilla entre las rodillas y me dediqué a pensar en nada, a evadirme como dice Stein. Antes de que los malos pensamientos afloren, escondo el rostro entre los muslos. Mi padre se queda observándome un largo rato cabizbajo hasta que se cansa y me da la espalda con la excusa de ponerse a mirar algún que otro mural pegado en las paredes de cemento que rodean el colegio. Dejándome mi espacio. No sabe ni como mirarme desde el último altercado que tuvimos, por mi culpa.
Y todavía no había pasado lo peor. Sólo quería que el día terminase cuanto antes para poder irme a la cama y con suerte dormir para no salir nunca. Lo ansiaba. Pero sin previo aviso, un hombre pelirrojo rabioso de ira enloquecida se acerca a toda velocidad y me agarra por el cuello de la camisa…
Espacio Beru*:
Bueno floripondios míos, hasta aquí por hoy. Habrá tercera y última parte (de… partes, no de fic. Partes, no fic. Fic no), que no es por nada pero, es mi favorita y la que cierra el sentido del hecho de estar dividido (Y es quince, ¡la niña bonita! Vamos para Bing-no). Y de su título, claro. Aunque supongo que muchos ya lo habréis pillado. (Je… Jeje… (el ro)Seh.) Porque moláis. (Ya está, ya ha acabado el fic. Puedes marchar ya, ve en paz hijo mío. (Cantos gregorianos de fondo.)) No he estado haciendo el vaaaago (bueno un poco sí), pronto os traigo una sorpresa distinta ymuy chula que espero que os guste. (Este sábado para ser exactos, estad atentos a esta cuenta de Fanfiction llamada: El reto.) Guiño, guiño. ¿He oído premio para el ganador?
Y recordad lectorzuelos, que si dejáis un review ahora mismo (redoble de tambor, del conejo de Disney y con Black Star como presentador trajeado hasta el culo con pompón), la TELETIENDA-INBELLNATIONAL-STAR(3000 y pico, porque 2000 ya no es el futuro) te envía (y presenta en novedad y primicia),nada más y nada menos qué… ¡Un Zombi!
Sí, señores. ¡Aquí está el futuro, puro y duro! ¡No deje pasar esta increíble oferta! ¡Llamando a su puerta, a su puente y a su armario nuevo! ¡Hasta que se le caigan las orejas! ¡Revolucionario, asesino e inútil, por fin en sólo artículo soñado! Un zombi en distintos tamaños, formas, ¡y colores! (Rojo víscera, amarillo bilis y… Marrón caqui.) ¡Hasta medio zombi o dos mitades de zombi para jugar al CatDog! ¡Siempre habrá alguien más feo en la sala! ¡Cómpraselo a tu mayor enemigo haciéndole creer que es un mensaje de paz más falso que este anuncio! ¡Sabe escuchar (pero no entiende nada. No acercarse demasiado, ¡o le morderá la cara!) y gruñir sensualmente! ¡Juegue a los médicos (forenses) y créase uno del CSI! ¡Descubra por donde defecan estos monstruos de la ultratumba! ¡Por fin tendrás a alguien para jugar en un cementerio de madrugada! Son el novio perfecto, ellos te querrán, ¡por lo que tienes dentro! (Sonido de público grabado y para nada forzado: ooooh...)
(Bell Star ("asoseision") no se hace cargo del seguro de vida del lector, ni de las mordeduras, infecciones, diarreas agudas, envenenamientos, muerte súbita o futuro apocalipsis terrenal no-muerto que puedan acarrear en un futuro cercano. No se aceptan devoluciones, ni llamadas en código: grrr.)
¡Con tu nuevo Zombi podrás hacer lo que tú quieras! ¡Llama a Brad Pitt o a Angelina Jolie para que te hagan la puñetera película de tu puñetera vida!(o videojuego, o libro o… Joder, están en todas partes.) ¡Asusta a tu abuela, asusta a tu perro, asusta al vecino y a su perro y a su abuela también! (¡Deja de leer este tochaco con tu voz de Telemierda entertaiment!) ¡Asusta a quien quieras, por el módico precio de un sólo review (Más gastos de envío, IVA, IVI, UVA, OBOE y alimentación (SÍ)… Y porque, bueno no se pueden dejar más por capítulo… Qué mal estoy.)! ¡Comenta ya! ¡Vienen con correa incluida (porque si regalásemos un bozal, ¡perdería toda la gracia!) y la última temporada de The Walking Dead bajo el brazo para que puedas verla hasta mientras ca-! ¡Gasta, gasta! ¡No seas zombicista! Él lo haría, ¡y además te comería! (Sea de los primeros en comentar y además, ¡llévese de regalo un Ghoul recién torturado con máscara acojonante a medida incluida!) ¡Totalmente gratis! (Patrocinado por Perry el Ornitorrinco.)
(Uf.) Que alguien me quite el teclado, por favor. (Hacía mucho que no hacía esto.) Gracias…
Nos vemos en el próximo capítulo, me queda poco para terminarlo, by the way. (No sé cómo lo voy a hacer, pero pienso responder a todos los reviews que me habéis mandado, ¡allá voy! Si muero (suspiro), dadle de comer a mi hámster imaginario.)
Dattebayo.
