—¡Me diste una completa patada!
Adrien se levantó de su silla y con todo el dramatismo del mundo tiró su control remoto al suelo. Menos mal este no se abrió, sino Marinette le hubiese dado una patada en persona.
—¡Soy la mejor jugadora del mundo mundial! —festejó la azabache mientras se levantaba y comenzaba a bailar. Era su baile de la victoria.
Adrien se cruzó de brazos y negó con la cabeza, Marinette era una horrible bailarina.
—¡Al menos baila bien! —se quejó él.
—¿De qué hablas? Yo soy la mejor bailarina de todas.
—¡Intenta hacer esto!
Ambos adolescentes terminaron metidos en una especie de guerra de baile. Estaban compitiendo. Al principio hacían pasos buenos, Adrien era mucho mejor. Pero ya después comenzaron a improvisar y gracias a eso no podían dejar de reír, lo estaban pasando de maravilla.
—¡El baile del pato!
Marinette comenzó a bailar como pato solo para molestar a Adrien, ellos siempre de alguna manera terminaban jugando con el tema de los patos.
Marinette graznó solo por diversión. Adrien negaba con su cabeza.
—Es que los patos ya están muy sobrevalorados, algo así como los ornitorrincos —Marinette se detuvo y lo miró con confusión.
¿Ahora no le gustaban los patos?
—¿Lo dice el chico que puso un huevo? —Adrien rió y de cierto modo sus mejillas se ruborizaron, ese recuerdo le daba algo de vergüenza.
—¡Ahora lo que está de moda son los lobos! ¡mira como muevo mis patitas!
Adrien bailaba como lobo y también aullaba. Marinette no le siguió el juego, ella prefirió continuar siendo un pato, le gustaba más.
Era una competencia entre aullidos y graznidos. Algunos de los vecinos escuchaban, pero como era temprano aún, no tenían motivo para reclamar. De todas formas, lo importante era que se estaban divirtiendo en su mundo.
Se acercaron un poco y al tropezar con los pies del otro, ambos terminaron tirados en la cama de la azabache.
Marinette no sintió nada, pero Adrien sintió un gran cosquilleo y una comodidad asombrosa. Quería quedarse ahí, junto a ella. Pero no podía, sabía que eso tendría que terminar.
Se alejó de Marinette.
—Es increíble como siempre terminamos haciendo tonterías —rió Adrien, ella asintió —. Me encanta tener un escape de mi vida.
—A mí me encanta que seamos mejores amigos.
Eso había dolido por alguna razón. De todas formas le sonrió a su amiga.
—¿Preparada para mañana? —preguntó Adrien.
—Me emociona mucho poder hablar más con ese sujeto, sé que con sus palabras podré saber si habla de mi mamá o no —colocó sus manos en su rostro con algo de ilusión.
Adrien se sentó en los pies de la cama de la azabache y pensó un poco en esas palabras. Él pensaba que tal vez Marinette debía hablar con Sabine, para saber si estaba enamorada o no, tenían que aclarar sus dudas.
—¿No has pensado en hablar con Sabine?
—Tengo pensado hacerlo esta noche —admitió Marinette —. Me encantaría escuchar de su boca esa felicidad que debe sentir. Aunque la he visto alegre, sonríe más, canta por la casa. ¡Algo sucede!
—Estoy seguro de que todo saldrá bien.
Ambos se dieron un abrazo y luego se despidieron. Habían prometido quedarse hasta tarde en el colegio para poder arreglarse de modo más cómodo, nadie podría verlos.
Marinette estaba feliz, pensaba que las cosas estaban saliendo de maravilla con todo su plan. Y como quería hablar con su madre y saber lo que sentía, decidió que usaría su talento con la cocina.
Su abuela le había enseñado a cocinar a los cinco años, cuando cumplió ocho años le enseñó a preparar dulces. Ella amaba preparar pasteles y sin presumir, le quedaban exquisitos.
El favorito de su madre era el pastel de frutilla, con mermelada de frutilla de relleno. Así que preparó ese.
Cuando Sabine llegó, ella tenía todo listo. Ambas solamente se sentaron y comieron juntas.
—¿Por qué hiciste esto? —le preguntó su madre de modo sospechoso.
—Simplemente quería consentir a mi mamá —mintió un poco, no podía admitir que realmente quería obtener algo de información —. Y quisiera que hablemos un poco, hace mucho que no estamos juntas.
El rostro de su madre se entristeció un poco.
—Hija, tú sabes que yo trabajo para que tú puedas estudiar en el mejor colegio de París —le dijo con algo de pesar —. Quiero que tengas el mejor futuro de todos, por eso me esfuerzo. Lamento que no pasemos tanto tiempo juntas.
Marinette en ocasiones se sentía culpable.
Ella estaba en el mejor colegio de París, ahí estudiaban grandes modelos e hijos de personas importantes como Chloé Bourgeois, la hija del Alcalde.
Ella simplemente era la hija de una cajera. Antes la molestaban y la dejaban de lado, pero eso acabó rápidamente, en ese colegio los profesores eran muy estrictos.
—Te he dicho que puedo trabajar para ayudarte, mamá.
—Jamás te quitaría parte de tu niñez, hija. Quiero que seas feliz, que vivas, que cometas locuras.
Ambas sujetaron sus manos con amor y ternura, le gustaba eso. Ambas se amaban.
Marinette pensaba que su madre era una mujer maravillosa, ella siempre se esforzaba con tal de darle el mejor futuro posible. Era asombrosa. Por eso mismo ella se esforzaba en tener buenas notas. Aunque con un amigo como Adrien no podía evitar meterse en problemas.
Marinette le contó cosas del colegio, como que había hecho una nueva amiga, Alya.
—¿Qué hay del trabajo? —finalmente pudo realizar la pregunta que tantas ganas tenía por soltar.
Vio que los ojos de su madre se abrieron un poco más por un momento, la pregunta la tomó por sorpresa evidentemente.
Eso era una señal.
Eso solo podía significar que sus suposiciones podían ser ciertas, aún no había nada dicho.
—Supongo que todo sigue igual, ya sabes, atender clientes y soportar quejas y enormes filas —respondió restando importancia al tema.
—¿Y tus compañeros? —insistió.
—Hay un chico nuevo que es bastante joven —eso no era importante —... ya sabes que la mayoría son muy agradables.
Sacar información a Sabine no era fácil. Su madre era muy despistada, o quizás era muy inteligente y sabía que ella buscaba una respuesta, entonces evitaba dar la información a propósito.
—Mami, ¿sabes que puedes contarme todo, no es así?
Los ojos de la adulta se abrieron ante la sorpresa y luego sonrió de modo preocupado.
—¿Hay algo que te aflige, Marinette?
Sí. Siento que te gusta alguien y no me lo quieres decir. Pero bueno, no todo es tan perfecto en la vida.
—Nada.
Adrien también pensó en hablar con su padre esa noche.
Ellos no se veían casi nunca, solo cuando él tenía alguna obligación como modelo o alguna clase adicional, nada más.
Pensó en hablar sobre romance. Le quería decir que si alguna vez quería salir con alguien, él estaría de acuerdo. Y quería contarle lo confundido que estaba, porque últimamente sentía que le gustaba Marinette y eso era imposible, ella era su mejor amiga, como una hermana.
Le pidió a Nathalie preparar una cena apropiada, el plato favorito de Gabriel.
Esperó. Las horas seguían pasando, esperó y continuó esperando.
—Adrien, mañana tienes clases —Nathalie apareció seria como siempre.
—Sigo esperando, Nathalie.
—Es evidente que no llegará, lo siento —su serio semblante demostraba tristeza —. Pero si quieres...
No. No quería.
—Buenas noches, Nathalie.
De ese modo subió las escaleras corriendo y secó de modo brusco sus lágrimas.
—Hablar. Como si fuese tan fácil —rió con sarcasmo él.
