¡Hola a todos!
Cuanto tiempo ha pasado, creo que bastante menos de lo que me tardé en actualizar la última vez. Así que eso ya me hace sentir bastante feliz, y por eso les traigo estas 22.252 palabras y estas 44 páginas de Word que han salido desde lo más profundo de mi corazón.
No me demoraré en esta parte, solo agradecer que aún después de tanto sigan leyendo esta locura que ya se acerca a su final.
La lista de reproducción es la misma que en el capítulo anterior, aunque agregando un par de nuevas canciones.
- Helium. Sia.
- Awake and Alive. Skillet.
- October. Evanscense.
- Love. Lana del Rey.
- Always. Bon Jovi.
...
Sin más preámbulos, los dejo con el capítulo catorce de Resurrección.
…
Capitulo XIV "Enfrentamiento y Verdad"
Jill Valentine abrió los ojos con pereza, lentamente, como despertando de un profundo y reparador sueño, descansada y repleta de una paz que le sanaba el alma desde el rincón más insondable. Observó a su alrededor con la duda todavía prendada en su subconsciente, el aroma del amor sexual aún flotaba en el aire y el hombre que la había acompañado en aquel cometido yacía dormido sobre su cuerpo en el sofá de su sala de estar. La pasión los había atrapado tan rápidamente que se desató y finalizó en el mismo lugar, sin darles tiempo para pensar en nada más que no fuera el sentirse el uno al otro, reconocerse y demostrarse de esa forma cuánto se habían extrañado, o simplemente que el sentimiento que los unía desde hacía tantos años, seguía intacto, sin hablar; solo tocarse.
Chris permanecía inmóvil en su posición un tanto incómoda a juicio de su compañera, medio doblado encima de su costado izquierdo con el torso sobre ella, respirando pausada y relajadamente. Como ambos estaban desnudos, la rubia percibía el rose de la piel del castaño con la suya, una sensación que había extrañado hasta lo inimaginable.
Se preguntó cómo había sido capaz de soportarlo, cómo había conseguido sobrellevar aquella situación por tanto tiempo; entonces no pudo evitar que su mente la llevara a pensar en lo que la BSAA le estaba haciendo a Piers, dejarle creer que Deborah estaba muerta, cuando la chica ya se debía haber ido a otra ciudad creyendo lo mismo de él.
Dios, todo ese escenario era tan jodidamente injusto. Ambos se habían mantenido vivos con la esperanza de salir juntos de ese sitio, su corazón se encogió al recordar la expresión en el joven rostro del soldado una vez que salió del hospital, pues nadie le dijo nada sobre ella, y nadie lo sacó de su error de creer que la chica que lo acompañó durante su encierro estaba innegablemente muerta.
La capacidad de mostrarse fuerte frente a sus seres queridos la había dejado, sin duda alguna, sorprendida por decir lo menos, una actuación digna de un actor talentoso. Piers se había manifestado feliz de verlos y muy positivo en cuanto a su estatus actual, agradecido de la segunda oportunidad que la vida le daba, lo que de una forma muy clara los había convencido de que todo estaría bien, de que podían volver a sus labores actuales lo más pronto posible.
Estaré bien, y todo sigue igual que antes de marchar. Les había dicho, con una amplia sonrisa en el rostro que no se reflejaba en sus tristes orbes color miel.
Un leve quejido escapó de la garganta de Chris, haciéndola salir bruscamente de sus cavilaciones y centrando toda su atención en él, volvió a mirarlo; dormía con la expresión de un niño tallada en la cara, inocente y frágil.
Abrió los ojos y se encontró con los de ella, contemplándolo con una especie de júbilo en la mirada y una sonrisa en los labios. Se incorporó estirando el cuello, y sentándose a su lado mientras apreciaba la desnudez de quien deseó por esposa. Su piel extremadamente blanca, sus iris de color azul, sus largas pestañas, sus labios rosados, su cabello que en ese instante estaba muy despeinado, y que aun así lucía hermoso, su fino cuello que lo enloquecía y la cicatriz que todavía llevaba adornando su escote, sus grandes pechos y su estrecha cintura, sus caderas, su intimidad, sus piernas… La recorrió con la vista de hito en hito, deleitándose con tan divina imagen.
Su hombría comenzó a reaccionar nuevamente, la sangre fluía hacia una sola zona en particular, levantando su miembro por segunda vez esa mañana.
Jill se percató de ello y sonrió ladinamente fijando la mirada entre los gruesos muslos del capitán, sin titubear se posicionó a horcajadas sobre él, quedando su rostro frente al suyo. Sintió su aliento y el roce sutil de su miembro palpitante sobre su capullo hinchado por unos minutos sin decir una palabra. Los orbes pardos del castaño se fundieron con los azules de la rubia, y en ese momento comprendieron que los vocablos estaban de más, solo necesitaban eso, contemplarse mutuamente, sentirse, saciarse el uno del otro.
Concluyendo eso, Jill se deslizó con suavidad, acomodando el cilindro carnoso en su entrada húmeda. Chris se quedó inmóvil, dejando que ella llevara el mando y el ritmo y solo se limitó a mirarla. Lo abrazó por el cuello, rodeándolo con ambos brazos mientras comenzaba con un vaivén tenue para ir aumentando la intensidad con lentitud. Sus pechos quedaron a la altura del cuello de su amante quien no esperó para acariciarlos con ambas manos, sintiendo como el placer subía desde su entrepierna hasta sus manos, viajando por su espalda y seguía escalando, estaba entregado totalmente a la mujer que estaba encima de él.
…
El rugido ensordecedor de los motores de los aviones inundaba la enorme estancia que se abría tras la puerta de embarque número cuatro del aeropuerto LaGuardia de Nueva York. Su vuelo nacional proveniente de la capital había llegado sin retraso, por lo que estaba de muy buen humor y con una amplia sonrisa en el rostro, Claire Redfield se encaminaba a retirar su maleta desde la huincha de equipaje.
Cuarenta y cinco minutos exactos le había tomado llegar desde Washington D.C, lo que no era más que un paseo corto, teniendo en cuenta los eventos desafortunados de los días pasados.
Se había encontrado fuera del país por trabajo luego de saber que Chris había regresado a los Estados Unidos sin novedades. Su equipo resultó ileso, o más bien sin bajas que lamentar, y también se había enterado de que Piers Nivans fue localizado y encontrado con vida en aquel lugar y lo que en un principio creyeron sería una misión de reconocimiento, finalmente había sido un rescate originado por un brote bioterrorista desde el interior del laboratorio.
Menuda y jodida misión.
Recogió su maleta de color rojo, y estiró la manecilla para llevarla, las ruedas comenzaron con su sonido característico al ser arrastradas contra el suelo, por suerte para ella el lugar no estaba tan atestado de gente. Había empacado pocas cosas ya que no pensaba estar muchos días, porque había quedado con Leon de que se verían esa semana, pues cuando había hablado con él esa misma mañana, lo notó bastante preocupado, dizque necesitaba un consejo con algo de lo de su amiga del trabajo. Al parecer la chica que había conocido en aquel bar la última noche que estuvieron juntos, había tomado un lugar importante en el corazón del agente o eso le pareció a Claire.
El aire frío, el repiquetear de la lluvia y el estruendoso caos de Nueva York le dieron la bienvenida a la gran ciudad. Exhaló una respiración tomando su maleta con firmeza desde la manilla, se encaminó hacia el exterior con seguridad montándose velozmente en un taxi amarillo tan particulares del sitio en que se encontraba. Le dio la dirección al conductor y sacó su celular desde su bolsillo que llevaba vibrando desde hacía rato.
¿Es que no puedes vivir sin mí?
Su fuero interno estalló en carcajadas ante tal ocurrencia que hizo aparición al ver que varios avisos de mensajes del señor Kennedy adornaban la pantalla de bloqueo de su aparato electrónico.
— Acabo de llegar, sin novedad. — murmuró, mientras tecleaba en la pantalla táctil del móvil.
Leon sin duda tenía un lado protector que al parecer se le desarrollaba más con los años. Se acomodó en el asiento cuando el conductor giró a la derecha, ya estaba cerca del edificio donde vivía Chris. Intentó mirar por la ventana, no sin antes limpiar el vidrio empañado con el dorso de la mano, justo para notar que ya había llegado a su destino. Pagó la carrera y se bajó sin más con su valija tras ella.
Saludó al conserje que ya llevaba años trabajando en el mismo lugar, así que conocía a Claire hacía mucho tiempo, y sin más se subió al elevador. Treinta segundos después ya estaba frente a la puerta de su hermano llamando con ansiedad, y es que a decir verdad lo había extrañado bastante.
Uno, dos, tres y hasta cuatro veces golpeó sin obtener la más mínima respuesta, era raro que el castaño no se encontrara en casa, había hablado con él la noche anterior y le comentó que estaría allí al menos en la mañana.
¿Dónde te has metido hermanito?
Volvió a tomar su teléfono para marcarle, sin embargo, el buzón fue lo único que obtuvo como contestación.
— ¿Y ahora qué? — soltó, escrutando a su alrededor. — ¡Jill!
Aquella exclamación fue como una respuesta divina, no obstante, volvió a obtener el mismo resultado. ¿Estarían juntos o algo así? Hasta donde tenía entendido ella estaba con días de descanso por sus lesiones en el campo de batalla. Tal vez había ido al hospital y por eso no cogía el móvil, no cabía duda que todo era muy extraño, pues ninguno de los dos solía no contestar sus llamadas, por lo que estaba comenzando a preocuparse, y obviamente no le quedaba otra opción más que esperar.
…
Chris y Jill aún permanecían en la misma posición, él sobre ella jadeando después de una intensa jornada pasional sobre la cama de la rubia. El castaño la había llevado a punta de embestidas hasta la alcoba, en un acto salvaje y dominante saciando de manera primitiva su instinto animal.
— ¿Chris? — inquirió, con tono suave y la respiración agitada.
El aludido alzó la mirada quitándole con ternura unos mechones traviesos del rostro, se apoyó en su codo derecho sin abandonar la calidez de la intimidad de su amante. La contempló como si fuese lo más hermoso que había visto en la vida, y es que realmente lo era, Jill era eso y mucho más para él.
— Lo sé. — soltó finalmente. — He sido un idiota, y tenemos mucho de qué hablar.
— Yo…
—Shhh. — la silenció con suavidad, mientras se posicionaba a su lado y ella se incorporaba sentándose para que ambos quedaran de frente. — Yo… — retomó buscando las palabras correctas. — No sé, cómo es que no logré recordar lo nuestro. — la miró a los ojos para que ella pudiera ver su sinceridad en ellos. — Te juro por lo más sagrado Jill, que en ningún momento quise hacerte daño.
— Lo sé. — insistió ella. — Créeme, que mejor que nadie sé que no ha sido fácil.
— ¿Por qué? — la interrumpió. — ¿Por qué no me lo dijiste?
— ¿Decírtelo? — la pregunta retórica reverberó en el silencio. — Intenté darte señales, de a poco. Porque simplemente no deseaba forzar las cosas. — tragó saliva evocando sus memorias. — Todo fue tan repentino, te fuiste a Edonia con la promesa de nuestra boda en abril… — aquello aún le calaba hondo. — Finalmente supe por Piers que la misión había sido un fracaso y que tú estabas desaparecido.
El hombre de orbes pardos la miraba atento, tratando de recordar esos días, por supuesto que lograba vislumbrar la trampa de Ada Wong, la muerte de su equipo a manos de esa mujer… luego todo permanecía siendo una nebulosa.
— Jill…
— Fueron los seis meses más angustiosos de mi vida. — una lágrima afloró desde sus ojos azules, y el castaño se apresuró a secarla con el pulgar. — Por la situación que se vivía en ese país, no me permitieron viajar. Por lo que Piers fue quien estuvo a cargo de seguirte la pista. — escondió la mirada. — Claire estuvo conmigo en todo momento, y ambas éramos informadas por Piers de los avances. Hasta que un día nos llegó la noticia de que te habían encontrado.
— Fue cuando nos fuimos a China. — ella asintió.
— Después de eso, cuando volviste, ya no eras el mismo hombre que partió desde ese helipuerto.
— Perdóname. — la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en el cuello de ella. — ¿Cómo pude ser tan egoísta? — se quebró con un sollozo quejumbroso. — Me cerré, la culpa me consumió y no pude ver que estabas ahí.
De todos los años que lo conocía, Jill jamás había visto a Chris romperse de esa manera, dejando salir todo lo que se encontraba escondido en lo más profundo de su fuero interno, si bien lo había visto llorar un par de veces en cerca de quince años, lo que estaba pasando en ese preciso instante era mucho más fuerte que eso. Era la desnudez completa del hombre que más había amado en su vida después de su padre, y la sensación de aquel momento era realmente abrumadora. La rubia ejerció más presión sobre el abrazo, dándole a entender que siempre estaría para él. Cerró los ojos con fuerza, permaneciendo en silencio hasta que él volvió a unirse y se irguió con lentitud.
Ambos se contemplaron por unos segundos en los que el tiempo pareció detenerse, viéndose el uno al otro, tal cual y como eran, completamente desnudos en cuerpo y alma.
— Sabes que ya no hay nada que perdonar. — dijo, por fin aun sosteniéndole la mirada. — Aquel día en el funeral simbólico, comprendí que la culpa que sentías era más de lo que podías soportar. — le apretó las manos entre las de ella. — Y decidí que era justo y necesario darte ese espacio.
Él solo pudo besarla a modo de respuesta, y recordó por qué solía preguntarse qué había hecho de bueno un bruto como él para merecer a Jill Valentine. Que a ojos cerrados, era la mejor compañera que la vida podía haberle regalado, y en todos los ámbitos, era la mujer más completa que había conocido a lo largo de sus años y si de algo estaba seguro, era que quería que aquella rubia hermosa lo acompañara por el resto de sus días.
…
Piers Nivans salió del Hospital institucional de la BSAA con el sonido de las puertas automáticas cerrándose tras él. Extrajo su celular del bolsillo y decidido a arreglar algunos temas, le marcó a Chris con el estómago dándole un vuelco, pero como era de esperarse el capitán no respondió. Volvió a guardarlo de donde lo había sacado y se dirigió hacía el estacionamiento mientras las palabras de Rebecca retumbaban una y otra vez en su cabeza, eso de que debía ser responsable consigo mismo se le estaba dando demasiado difícil por esos días.
El aire gélido le dio de lleno en el rostro, haciéndole recordar que ya el invierno estaba cerca al igual que las nevadas que se dejaban caer por la ciudad ya entrada la estación.
La profesora Chambers había puntualizado bastante en el tema de su medicación, el famoso suero que habían desarrollado en el laboratorio los peones de Alex Wesker, no estaba del todo seguro de haber entendido en su totalidad las palabras de la mujer, pero lo que sí le había quedado del todo claro; era que si dejaba de inyectarse aquel producto, el virus que permanecía en estado latente en su organismo podría provocar más que unos estragos en su cuerpo, llevándolo incluso a la mutación. Por suerte o intervención divina, solo era necesario hacerlo cada quince días, porque de más estaba decir, que las agujas y los médicos no era algo que le agradara en demasía después de todo lo que había tenido que soportar en aquel castillo, si ya antes no era muy asiduo a los hospitales, ahora lo era con menos razón.
Abrió la puerta de su vehículo con un sonido seco, subiéndose y cerrándola inmediatamente. Colocó la llave en el encendido, y prendió la radio para oír que las lluvias continuarían al menos un par de días. Posó la cabeza sobre el volante, descansando la frente sobre el mismo, le dolía la cabeza por el golpe que se había dado la noche anterior y un dolor punzante en el pecho le recordó la razón.
— Deborah… — susurró, perdiendo la vista en su pantalón de mezclilla.
No le cabía duda que la realidad era mucho más dura de lo que la imaginaba estando ebrio, y estaba deseando con todas sus fuerzas ir por una botella de whisky antes de emprender el rumbo a su departamento.
¿Qué es lo que estoy haciendo?
Aquel pensamiento le atravesó el cerebro como un rayo, por supuesto que sabía que terminar borracho cada noche en la soledad de su hogar, llamándola entre sueños e imaginándola en sus delirios alcohólicos no era la solución a nada, al contrario, eso lo hundía cada vez más en la desesperación que le provocaba no tenerla. Y era obvio también, que ella no estaría de acuerdo con su proceder. Sonrió al recordar los días que estuvo sin querer hablarle cuando se enteró de que él no le había contado la verdad del porqué estaban en ese lugar, cuando a modo de desafiar su voluntad se fue por gusto con los científicos del lugar y llegó hecha un mar de lágrimas corriendo a sus brazos.
Y esa fue la última vez que estuvimos juntos de esa manera.
De alguna forma confusa y aterradora, había sido en ese instante en que vio en sus ojos lo mismo que él estaba sintiendo, en ese momento probablemente ambos se dieron cuenta de que el juego los había atrapado haciéndolos caer en ese espiral de emociones que era algo más que solo atracción.
Estando completamente desnudo y dentro de ella, cayó en cuenta que se había enamorado perdidamente de Deborah Harper, y que por eso mismo no fue capaz de soportar que aquel enfermo le pusiera las manos encima, haciendo hasta lo imposible por defenderla, incluso a costa de su propia vida.
El sonido de su móvil lo hizo volver al mundo real, provocándole un respingo mientras se estiraba para sacarlo del bolsillo delantero de su pantalón. Alzó las cejas al ver la pantalla, pues claramente era una llamada que no esperaba.
— ¿Hola? — inquirió con cierto recelo. — Sí, soy yo. — sus labios se curvaron, dibujando una alegre sonrisa. — ¡Claire! ¿Qué tal todo? — hizo una pausa para escuchar lo que ella expresaba. — Sí, creo saber dónde podría estar. — un leve dejo de culpa se plasmó en su juvenil rostro. — ¿Ahora? ¿Dónde estás? — el timbre cambió a preocupación. — Está bien, espérame ahí, pasaré por ti en unos diez minutos.
Colgó lanzando el celular en el asiento del copiloto y acto seguido echó a andar el motor, la verdad es que escuchar la voz de la pelirroja le había animado bastante. Claire solía ser de esas personas que podían hacer salir el sol en un día gris, o al menos para él era de esa manera, desde que la había conocido unos años atrás. Salió del estacionamiento con rumbo al edificio donde vivía su capitán, sabiendo desde luego, que él no se encontraba ahí, y es que sinceramente no deseaba encontrárselo aún.
…
El aroma característico de su hogar invadió por completo sus fosas nasales y su sentido olfatorio se embriagó de recuerdos de antaño. Helena abrió la puerta y le hizo un ademán invitándola a pasar, la menor de las Harper se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero que estaba detrás de la entrada de la casa desde que Deborah tenía uso de razón. Soltó la maleta y se dedicó a escrutar el lugar que había sido su hogar desde hacía muchos años, sus padres habían comprado esa casa cuando ella tenía apenas cinco años y desde entonces todo lo importante que su mente lograba evocar había ocurrido con su familia viviendo en ese sitio.
Dio un par de pasos y notó que las paredes habían sido pintadas recientemente de un color gris oscuro, muy distinto al beige que solía impregnar los muros, algunos cuadros habían sido cambiados y las fotos familiares que solían estar sobre la chimenea de la sala ya no estaban allí. Continuó su recorrido pasando por el comedor, más atrás de la sala de estar y la cocina, aquellas estancias continuaban igual que como las vio la última vez que estuvo ahí. Se acercó hasta la escalera, pasando los dedos por la baranda de madera color caoba, fijó la vista en los peldaños cubiertos por una gruesa alfombra de color chocolate.
— ¿Estás bien? — la voz de su hermana mayor la hizo voltear hacia la puerta que daba al patio trasero. — ¿Deborah?
— Sí… — terminó de girar quedando frente a ella y de espalda a la escalinata. — Solo estoy cansada. — mintió, no tenía las fuerzas o las ganas de entablar una conversación a cerca de todo lo que había pasado con ella los últimos meses. — Subiré a mi cuarto, no te ofendas Helena pero, ¿crees que podría estar sola un momento?
— ¿Estás segura que es lo que necesitas? — aunque le preocupaba sobremanera, también quería darle su espacio.
Deborah asintió y subió los peldaños con rumbo a su habitación, asió el pomo dubitativa, mientras tomaba una profunda inhalación y posteriormente dejaba salir el aire con lentitud, pues sabía que lo que venía a continuación no sería fácil, su vida entera estaba entre esas cuatro paredes. Abrió la puerta y la atmósfera nostálgica de su niñez y adolescencia la golpeó en la cara, había dejado ese cuarto cuando entró es estudiar en la universidad. Ingresó y cerró la puerta tras ella con rapidez, las paredes de color morado atiborradas de posters de diferentes artistas, el escritorio a su derecha, la cama al fondo, un sillón a la izquierda con su respectiva televisión. Nada había cambiado y eso le produjo una sensación difícil de explicar, se abrazó a sí misma como si un frío intenso la invadiera de repente. Caminó hasta la cama dejándose caer sobre esta, sintiendo la suavidad de la colcha con las palmas de las manos, recordando cuántas veces durante el encierro deseó sentir algo tan simple como la tranquilidad de su cuarto, y ahora eso no importaba, porque por más que estuviera disfrutando de ello, en el fondo estaba irremediablemente rota y vacía.
La tenue luz del sol tras las gruesas nubes grises pareció lograr pasar a través de las cortinas de encaje blanco que adornaban la ventana en la cabecera de la cama dándole de lleno en los ojos, se sentó en el borde de la misma quedando de frente al ventanal que daba al balcón de su habitación. Cruzó la distancia que la separaba de la vidriera y se asomó al exterior, inspirando hondo el aire gélido, no cabía duda que el vecindario seguía siendo el mismo.
El vecino, el señor Miller o algo así; cortaba el césped de su antejardín saludando con un gesto a la chica de tres casas más al norte Nancy no sé qué, que pasaba corriendo con sus audífonos puestos en las orejas.
Siempre tan tranquilo todo por acá…
O aburrido, quizás esa era la palabra más adecuada para Deborah. Una vez que se había ido al campus casi huyendo, porque a pesar de estar en la misma ciudad nunca fue su idea quedarse en casa, más bien la universidad había sido una excusa para conseguir una habitación fuera de la sobreprotección que su hermana mayor había desarrollado con ella una vez que fallecieron sus padres. Venía de vez en cuando, los fines de semana o cuando los exámenes se lo permitían, y bueno después de lo de su exnovio Michael, ya era cada vez que Helena la llamaba histérica por teléfono casi ordenándole que se apareciera por la casa.
Sin duda un episodio difícil de olvidar.
Y es que ¿quién en su sano juicio podría olvidar una reacción como la que tuvo él? Era cierto que ella se había extralimitado, pero no se arrepentía de haberlo seguido ese día, pues eso la había llevado a la verdad. Y era bien sabido por ella, que siempre iba a preferir una verdad horrenda a una mentira blanca, y por eso mismo que había dejado de confiar en la gente por algún tiempo, y más aún en los hombres. Sin embargo, ahí volvía a aparecer él, ese soldado de piel mate y orbes color miel, y es que definitivamente la había hecho sentir viva en todos los sentidos de la palabra, ¡y como lo amaba! Más de lo que estuvo dispuesta a admitir durante su cautiverio, no obstante, ahora sería capaz de dar la vida misma por poder decirle solo una vez que se había enamorado perdidamente de él.
Sus pensamientos fueron violentamente interrumpidos por el sonido del motor de un automóvil que luego se apagó al estacionarse frente a su vivienda. No reconoció el modelo del vehículo, pero era claramente un deportivo de lujo de color negro. Y de este emergió un hombre de unos más de treinta años, alto, rubio, fibroso y bastante guapo a gusto de la castaña que lo observaba desde el balcón. Llevaba encima un estilo poco formal, chaquetón grueso, camisa blanca y pantalón negro con zapatos a juego. Comenzó su marcha en dirección a ella sin notar su presencia en la planta alta o eso le pareció, el timbre sonó y Deborah entró a la carrera saliendo de su cuarto para posicionarse junto a la escalera en el segundo piso. ¿Quién era ese sujeto? ¿Novio de Helena? ¿No era un poco mayor para su hermana de veinticinco?
¿Y qué tanto opinas tú?
La regañó su mente, recordándole de alguna manera su ausencia, no tenía idea que había sido de su hermana en esos más de cuatro meses que no se veían. Probablemente había muchas cosas de Helena que no sabía, y no sería nada extraño que hubiese conseguido un novio en ese periodo. Se sentó posicionando la espalda contra el barandal, aunque se sentía mal por lo que estaba haciendo, necesitaba saber de dónde había salido el rubio con pinta de galán que acababa de entrar y que relación mantenía con su hermana.
— Hola, Leon. — escuchó a su hermana saludarlo, el hombre dijo algo que la joven no logró escuchar del todo. — Bien, creo. Pero pasa, toma asiento. Justo estaba preparando café. — su tono sonaba un tanto ansioso a gusto de Deborah, lo que le causaba más curiosidad. — ¿Quieres un poco?
La mayor de las Harper llegó con la bebida caliente que puso sobre la mesa de centro, atisbó un poco el fuego de la chimenea que había encendido hacía unos minutos y luego se sentó junto a su compañero de labores.
— ¿Y tu hermana que tal? — inquirió, mientras recibía la taza de manos de la castaña. — ¿Qué te dijeron los de la BSAA?
— Es complicado. — musitó. — El virus que usó ese idiota de Simmons con ella, aún sigue presente en su cuerpo. — bebió un sorbo de su café y continuó: — Eso me dijo la mujer a cargo. Así que, alguien de la BSAA vendrá a inyectarla cada dos semanas, tuve que firmar un sinfín de documentos, ya sabes, acuerdos de confidencialidad y todas esas mierdas a cambio de la libertad de mi hermana. — hizo énfasis en la palabra «libertad», pues sabía que eso no era del todo cierto.
— Entiendo. — expresó el agente, posicionando el recipiente de porcelana sobre la mesa. La verdad es que a pesar de los años que llevaba en ese rubro, no estaba muy seguro de lo que debía decir en ese momento. — Como sobreviviente, al igual que tú, solo puedo decir y recordar que los días posteriores a esos encuentros, son los peores.
— Así es. — pesadillas, terrores nocturnos… frunció los labios y presionó la taza. — Cuando creí que nunca más la vería, mi vida se vino abajo.
— Lo sé, fui testigo de eso. — el rubio le apretó el antebrazo en señal de apoyo.
— Creo que nunca te lo agradecí, al final, fuiste el único que estuvo conmigo o que se preocupó por mí en esos momentos difíciles. — lo contempló con los orbes llenos de agradecimiento. — Aún en contra de tus deseos me apoyaste durante la misión en China.
— No hablemos de eso. — la interrumpió antes de que Ada Wong fuera mencionada en la conversación. — Lo que importa ahora, es que tu hermana se recupere de todo lo que conlleva un episodio con armas biológicas. Que poco a poco vaya retomando su vida.
— Es verdad, aunque siento que hay algo que ella no me ha contado, la conozco, y sé que algo pasó allí que la destruyó por dentro.
…
Piers Nivans se encontraba por fin fuera del edificio de apartamentos donde vivía Chris, había estacionado su Jeep justo frente a la puerta del recibidor de la construcción, y se bajó para esperar a su acompañante apoyando la espalda en el vehículo. Echó un rápido vistazo a su celular y cuando levantó la mirada vio a Claire aproximarse hacia él arrastrando una maleta roja detrás de ella. Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios, hacía mucho tiempo que no veía a la hermana menor del capitán.
— Hola Piers. — dijo la pelirroja, aproximándose para besarlo en la mejilla. — ¿Qué tal todo? — él solo se encogió de hombros y le recibió la valija para meterla en asiento trasero.
Claire lo escrutó con la mirada, su semblante dejaba al descubierto que no había dormido bien, y al parecer hacía varios días, estaba más delgado de lo que lo recordaba y con algunas marcas de batalla adornándole el rostro en la mitad derecha.
El castaño le abrió la puerta del carro para que ella subiera, y acto seguido se dio la vuelta para abordarlo por el lado del piloto.
— ¿Todo bien? — se aventuró a preguntar la activista. — Luces… ¿deprimido?
Al parecer había dado en el clavo, esa era la expresión que tenía tallada en su varonil rostro el joven sentado justo a su lado. Se sintió ligeramente mal al ver que los labios del soldado se curvaban, dando paso a una cara de profunda tristeza. Algo muy malo le estaba ocurriendo.
— ¿Te parece si lo conversamos bebiendo algo? — logró articular con un hilo de voz, a lo que la mujer de cabello rojo asintió sin más.
Diez minutos más tarde ya se encontraban instalados en una modesta, pero bonita cafetería a unas manzanas del hogar de Chris. El lugar era cálido y acogedor y por suerte para ellos, ese día no había mucha gente a su alrededor, probablemente por la lluvia y el frío. Ella había ordenado un mocaccino doble con chocolate extra y un muffin de arándanos, mientras que Piers se decidió por un café irlandés, no sin antes pedirle al camarero que agregase una cuota extra de whisky a su bebida caliente.
— ¿Y bien? — comenzó Claire. — ¿Qué se siente volver a nacer? — bromeó, tratando de suavizar el ambiente.
— Pues… — en ese momento el mesero llegó con su pedido, acomodó la mesa y se retiró. — En mi caso, no muy bien. — aseguró, bebiendo un sorbo de su café.
— ¿Y eso? — cuestionó, incrédula ante lo que acababa de escuchar. — Pensé que estarías feliz, es decir, eres un héroe y además un sobreviviente.
— Verás. — se restregó el rostro con pesadez. — No me han tratado como tal. — remedó, como solía hacer con algunas cosas. — La verdad, Claire. Es que estoy más que agotado con la situación.
— Imagino que volver a la vida no es tan espectacular como suena. — dijo, llevándose un trozo de pastel a la boca. — Aunque estoy segura que Chris debe ser el más feliz con tu regreso del más allá. — hizo un movimiento gracioso al decir esas últimas palabras y sonrió, el gesto fue devuelto con una risita algo floja. — No te veo bien, en realidad el Piers que conocí hace años hubiese reído con más ganas de mi estúpido chiste. Reconozco que no soy buena con el humor, pero solías celebrar mis malas burlas. — le alcanzó el brazo por encima de la mesa. — ¿Qué es lo que pasa? Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?
El soldado torció los labios y las cejas en una mueca que para la activista fue indescifrable, pero recordaba haber visto un gesto parecido en su hermano, en aquellos años cuando perdió la cabeza por la supuesta muerte de Jill Valentine.
— Estoy… roto por dentro. — exteriorizarlo se sentía raramente bien. — Siento que perdí lo más importante que había tenido en años, y te mentiría si no agrego que fue también lo mejor que he tenido en la vida.
Claire abrió los ojos de par en par con un mohín de asombro, era raro escuchar al castaño decir algo así, es que ¿se había enamorado durante ese periodo que estuvo «muerto»?
— ¿Cómo? — cuestionó, incrédula. — ¿Conociste a alguien en ese lugar?
— Así es. — continuó, con la vista perdida en el adorno de pequeñas flores plásticas sobre la mesa. — Nos salvamos mutuamente, y al final ella dio su vida por la mía. Y desde entonces no hago más que sentirme de lo peor, la culpa me consume. Y la extraño hasta el punto de sentir que me estoy volviendo loco.
— Entiendo. — consiguió señalar, sin poder evitar que Steve Burnside diera un salto directo a sus pensamientos. — Así que… — bebió más café. — Esa persona dio su vida por salvar la tuya, déjame decirte que eso es un acto de amor infinito. Lo sé porque lo viví hace varios años. — Piers alzó la mirada y se encontró con la de la mujer que lo observaba con agudeza. — En la isla Rockfort, mi compañero Steve fue infectado por una loca, con un virus de prueba que ella había estado desarrollando. — el soldado la contemplaba expectante. — Finalmente cuando di con él, mutó y luego luchó contra eso para evitar que yo muriera a manos de Alexia Ashford, claro que eso le costó la vida. Murió en mis brazos unos minutos después. — tragó saliva con pesar y continuó: — Después de eso, Chris me encontró, devastada y aferrada a su cadáver.
— ¿Cómo hiciste para sobreponerte a eso? — ansió saber.
— No fue fácil, pero aunque parezca una frase muy repetida, el tiempo no pasa en vano, pues han pasado casi quince años de eso. Además solía pensar que él no hubiese querido que yo me derrumbara, al contrario, si había dado su vida por la mía, era porque realmente pensaba que valía la pena que yo siguiera respirando.
— Eres tan fuerte. Yo siento que no puedo sin ella. — apoyó los codos sobre la mesa para descansar sus labios sobre los dedos entrelazados de sus manos. — Le prometí que la sacaría de ese lugar, finalmente lo hice, pero lo que traje fue su cuerpo inerte hasta los Estados Unidos.
— No te tortures de esa manera. — lo regañó. — Son temas que escapan a tu voluntad.
— Al parecer tengo un hijo. — lanzó sin rodeos. — Y no sé si estoy preparado para conocerlo, o hacerme cargo de la situación.
— ¿Un hijo? — investigó la pelirroja. — ¿Con tu exnovia supongo? — él asintió. — Vaya. ¿Y qué tienes pensado hacer?
— Hasta el momento nada, la noticia me pilló de sorpresa, fue nada menos al despertar del coma en el que me tuvieron inducido desde que llegué al país. — Piers apretó los dientes haciendo que la contracción se reflejara en la articulación de su mandíbula. — Pero siento que no puedo estar con una mujer que no amo.
— Pero la amaste. — lo interrumpió Claire. — Quizás si lo ves desde el lado amable, tal vez sea una señal del destino para que puedas salir del agujero en el que estás sumido. — dio el ultimo bocado a su muffin. — Es decir, no me malinterpretes pero creo que podrías intentarlo.
— ¿Intentar qué?
— Pues, intentar ser feliz. — la activista se aclaró la voz. — Al fin y al cabo, pensaste en casarte con ella ¿no?
— Sí, pero eso fue hace casi un año atrás, no sé si podría estar con ella de nuevo.
— Y no lo sabrás hasta que lo intentes, si la vida me ha enseñado algo, es que no puedes quedarte esperando con la duda para siempre. — el camarero se acercó para retirar la porcelana. — A lo mejor, ese niño llegó por algo a tu vida, a darte esa motivación que necesitas para seguir adelante tal vez.
— No sé si me convences. — el soldado le hizo un gesto al mesero para que le trajera la cuenta. — La verdad es que estoy demasiado confundido.
— Puedes hacer dos cosas. — aseguró. — Te quedas sentado autodestruyéndote. — el empleado del local llegó con la cuenta y Piers pagó con su tarjeta, Claire se silenció un momento hasta que el joven soldado volvió a dedicarle toda su atención. — Y la otra opción: vas y lo intentas, y obvio, sales de la duda. Nadie dice que te cases con ella, o que vivan juntos. Pero si tienen un hijo en común…
— Puede que tengas razón, pero es que…
Lo que fuese que iba a decir, fue interrumpido por el sonido del celular de Claire, ella contestó y Piers volvió a perderse en sus propias reflexiones. Sabía que por el momento no podría amar a nadie más, pero también era cierto que Deborah estaba muerta y debía dejarla ir, aunque la sola idea fuera como una patada en los testículos, aunque se sintiera fuerte en ese preciso instante, estaba seguro que una vez solo en su departamento, se pondría a beber para evadir su penosa realidad, para olvidar que ella ya no estaría más junto a él.
Deborah.
— Está bien, vamos para allá. — colgó el teléfono luego de decir esa frase. — ¿Piers? — él dio un respingo y la miró confuso. — Acabo de hablar con Chris.
¿Había escuchado bien? Ella había dicho un «iremos» en plural, lo que claramente significaba «ambos» él y Claire al encuentro de Chris. No estaba seguro si eso era una buena idea, teniendo en cuenta la pequeña plática que habían tenido esa mañana, aunque eso también significaba que el capitán Redfield ya no estaba de mal humor.
…
Un mes después.
Sábado 14 de diciembre de 2013.
No había nada muy interesante que ver a esa hora en la televisión y a pesar del frío que estaba sintiendo desde hacía ya varios minutos, la pereza que lo envolvía le imposibilitaba pararse y encender la calefacción central que había mandado a instalar cerca de dos semanas atrás. Piers estaba casi desparramado sobre el sofá de dos cuerpos de su sala de estar, usando su tenida deportiva, con una lata de cerveza en una mano y en la otra el control remoto. Se encontraba viendo la televisión sin observar realmente lo que la pantalla le mostraba, y aunque últimamente le gustaba el boxeo y de hecho lo practicaba a diario con Arnold Wells en el gimnasio de la BSAA, ese día en particular se encontraba realmente desganado.
Había pasado poco más de un mes desde que había salido del hospital institucional de la alianza de seguridad contra el bioterrorismo, y aún no se acostumbraba del todo a su nueva vida. Las inyecciones cada quince días, las pruebas físicas, de sangre y de tejidos no cesarían en un buen tiempo, al menos eso era lo que le había asegurado la profesora Chambers quien aún continuaba con la investigación del virus del cual era portador.
Los días habían pasado lentos y tediosos bajo la opinión del castaño, y aunque Claire le había asegurado en su última plática que el dolor de la pérdida mermaría con el paso del tiempo, él seguía llorando y recordando a Deborah cada vez que estaba solo, sintiendo el ardor y el desconsuelo con la misma intensidad que el primer día.
Un golpe seco en la cara de su adversario y el grito del locutor de la pelea que se mostraba en el aparato receptor, sacaron al joven soldado de sus cavilaciones. Volvió a fijar la vista en el cuadrilátero y en el hombre que estaba contra las cuerdas; acorralado, recibiendo los impactos directo en el rostro. No pudo evitar sentir empatía, de cierta manera así era como se apreciaba a si mismo desde hacía una semana, sin estar realmente seguro de estar haciendo lo correcto.
— Ya se durmió. — la voz femenina lo hizo voltear en su dirección. — Costó, pero finalmente lo conseguí.
— Genial… — le dijo, y se volvió a concentrar en la televisión.
La rubia se acercó hasta su posición, sentándose en el espacio libre que quedaba en el sillón donde estaba Piers, justo entre la pierna que tenía apoyada en el suelo y la que estaba sobre la butaca. Alzó las pestañas hacia él, se quitó el sweater rosa que llevaba encima y pasó la lengua por sus labios antes de hablarle.
— ¿Qué tal si… — situó su mano derecha sobre el muslo izquierdo del que consideraba su hombre, clavándole levemente las uñas. — …Tú y yo, nos divertimos un rato?
El castaño dudó unos segundos, pues no habían intimado desde aquella vez en la casa de playa de sus padres un año atrás. Jenna seguía siendo una mujer hermosa, una mujer que cualquier hombre desearía llevar a su cama, sin embargo, él no estaba del todo seguro de querer tomar esa opción. Vaciló por lo que pareció ser un minuto más, con la vista de la chica fija en él. ¿Qué más daba? Ya estaba en esa situación y técnicamente estaban juntos como una pareja, no era que le pareciera una tarea difícil o un sacrificio, ya que como seguía considerando, la muchacha era bella y aún conservaba ese toque sensual que en algún momento lo sedujo sin clemencia.
Un apretón en su entrepierna le hizo dar un brinco y fijar su atención en la blonda que tenía en frente, no alcanzó a reaccionar cuando ella ya había reclamado sus labios besándolo con la fiereza de un animal en celo.
Su mente y su cuerpo se debatían entre su necesidad primitiva y sus sentimientos, que claramente estaban con la mujer que aún amaba, no logrando concentrarse del todo en el ósculo, sentía la lengua de Jenna recorriéndole la boca por completo, la observó de manera fugaz, tenía los ojos cerrados y parecía disfrutar el contacto.
— Espera. — consiguió decir, apartándola un poco.
— ¿Qué ocurre? — preguntó ella, con algo de frustración y las mejillas sonrosadas. — No me digas que todo lo que te pasó, te ocasionó una especie de trauma sexual. — ironizó, mientras con un rápido movimiento metió la mano bajo el pantalón y el bóxer de Piers. — Recuerdo que esto te gustaba bastante.
Empezó a masajear el miembro del soldado bajo su ropa interior con una mano, mientras que con la otra tiraba de su blusa aflojando los botones y dejando ver su sensual sujetador de color rojo. El cuerpo del castaño no tardó en reaccionar a la manipulación de su zona erógena y en ese momento cerró los ojos, de cierta forma dejándose llevar, su mente pareció viajar a otro lugar y de pronto ya no estaba con Jenna White, la sentía a ella… a Deborah.
Eres tú…
Pensó en ella y la distinguió claramente, su rostro, sus orbes celestes, su cabello castaño claro; Deborah Harper estaba con él sobre ese sillón. La tumbó suavemente para que ella cayera de espalda sobre el sofá y como un poseso arremetió contra el bonito brasier, rompiéndolo como si hubiese sido de papel, liberando los pechos de la mujer que estaba debajo. Lamió los grandes y firmes senos de Deborah con ahínco, esos que tanto le gustaban, los apretó con violencia y mordió con fuerza sus pezones como si buscara asegurar la veracidad de aquel espejismo.
— ¡Hey! — exclamó Jenna. — ¡Me duele! — se apartó hasta quedar apoyada en el mango del asiento. — ¡¿Qué diablos haces?!
— Lo siento, yo… — pronunció taciturno, se acomodó la ropa y se puso de pie. — No puedo hacer esto.
Se dirigió hasta la habitación sin siquiera mirar a Jenna quien aún estaba derribada sobre el sillón con expresión espantada. Abrió el armario, buscó ropa de abrigo y se cambió.
Las temperaturas en el exterior debían bordear el par de grados bajo cero, pues las nevadas de diciembre ya habían comenzado y la probabilidad de encontrarse con una ventisca en la calle era bastante alta.
— ¿Qué haces? — interrogó la rubia desde el umbral de la puerta del cuarto con los brazos cruzados sobre el pecho. — ¿A dónde vas?
— Por un poco de aire. — aseveró, sin voltear la vista. — No sé a qué hora volveré, y no me llames por teléfono porque no voy a contestar. — Jenna abrió la boca para protestar. — Sabes que otras preguntas estarían de más, quiero estar solo.
— ¿Quieres estar solo? — su tono era sarcasmo en su máximo esplendor. — ¿Me puedes explicar que fue eso que acaba de pasar? — lo detuvo con el peso de su cuerpo cuando él intento pasar hacía el corredor. — ¡Te estoy hablando, maldita sea!
— Eso fue: Yo pensando en alguien más mientras intentaba follarte. — la mujer se quedó muda, y su anatomía que antes hacía resistencia, se volvió lánguida y casi inerte.
Piers continuó su marcha resuelta por la sala de estar, sin arrepentimiento por su ataque verbal de sinceridad, agarró sus llaves y salió cerrando la puerta tras él. Sin duda en ese momento en lo único que podía pensar era en un bar, soledad y una gran botella de whisky, simples cosas que ya no podía disfrutar en la tranquilidad del que era su hogar, su vida se había convertido en una seguidilla de malas decisiones, de eso podía estar absolutamente seguro, no había rumbo ni descanso para su alma torturada.
…
A pesar de las bajas temperaturas, Jill seguía pensando que aquella idea de salir a cenar a su restaurante de sushi favorito en la ciudad había sido fabulosa. Blue fin siempre sería una buena opción; y si era acompañada del capitán Redfield definitivamente eso se convertía en el mejor panorama para un sábado de nevazón por la noche.
La rubia observó a través de la cristalería de la ventana, los copos de nieve habían comenzado a caer hacía unos minutos atrás, lo que acompañado de las luces de Times Square convertía esa imagen en una digna postal de Nueva York.
Bebió un sorbo de su copa de Sauvignon blanc, sintiendo el sabor ácido en el paladar, mientras tomaba otra pieza de sushi entre sus palitos y le dedicaba una tierna mirada a su acompañante.
— Estás particularmente callada hoy. — un reclamo sutil por parte de Chris. — ¿Será que te estás arrepintiendo?
— Por supuesto que no. — soltó una risita contenida, y fingiéndose ofendida le espetó: — ¿No será que el arrepentido eres tú?
— Jamás. — aseguró el mayor de los Redfield, tomando un bocado desde el plato en el centro de la mesa. — Tendrían que secuestrarme para no llegar a esa boda y convertirme por fin, en tu esposo.
Jill rio nerviosa ante el ultimo comentario, sintiendo el leve rubor en sus mejillas. Si bien era cierto que conocía a Chris desde hacía ya varios años, aún le costaba trabajo acostumbrarse al trato amoroso que había nacido nuevamente entre ambos.
— Y la próxima vez yo elijo el restaurante. — bebió de su copa y entornó la mirada hacia la rubia frente a él. — Sabes que esto es como un tentempié, luego iremos por unas hamburguesas o unas pizzas.
Ambos rieron enérgicamente, los días habían transcurrido rápido, casi tan veloces que ya solo quedaba una semana para el tan esperado día; el próximo sábado ya serían oficialmente marido y mujer.
Claire y Piers habían sido los primeros en enterarse de la noticia, pues llegaron juntos al departamento del capitán, la celebración entre los cuatro no se hizo esperar, y una botella de champán los acompañó mientras hablaron y rememoraron viejas anécdotas por horas. El veterano le había dado las gracias al soldado más joven por haber sido tan brutalmente honesto, al parecer eso había sido lo único que necesitaba Chris para salir de donde estaba, en conclusión otra vez lo había salvado.
Luego de unos días de eso el aviso se había convertido en información de dominio público, hasta Leon los había llamado para felicitarlos. Barry casi saltó sobre ellos cuando se lo contaron y media BSAA estaría invitada al compromiso, cortesía del señor Burton y el general Henderson y sus grandes bocazas.
— Y bien. — dijo Jill, ya soltando los palitos. — Tenemos la comida, el pastel de boda, la lista de invitados, las invitaciones ya fueron enviadas… — bebió un gran sorbo de vino. — El lugar, el vestido, el novio, la novia… — le dedicó una mirada pícara.
— El hotel. — prosiguió él. — La luna de miel después de año nuevo, sabes que Claire no nos perdonaría este año.
Ambos volvieron a reír con vigor, recordando las amenazas que había hecho la madrina de boda si es que se atrevían a dejarla sola en las festividades.
— ¿Supiste algo de Piers? — deseó saber la capitana, desviando el tema sin querer. — ¿Cómo está?
— Supongo que peor que antes, teniendo en cuenta su último empeño.
— ¿Cómo dices? — Jill parpadeó rápidamente. — ¿Su ultimo empeño?
— Está viviendo con Jenna y su «hijo» en su departamento. — destacó la palabra haciendo unas comillas con los dedos. — Le dije que era una locura, que primero se asegurara de que realmente era el padre, pero estaba empecinado en buscar una razón para continuar.
— Esto se está saliendo de control. — llevó las manos hasta su frente en un gesto de preocupación. — Chris…
— Sé lo que vas a decir, y la respuesta es no. — la silenció el castaño, con un mohín rudo en su varonil rostro. — Sabes que Rebecca todavía está estudiando las consecuencias del virus en el cuerpo de ambos. Y sí, sé que los dos están sufriendo. — su expresión se suavizó. — Pero tú y yo sabemos que algunas veces hay que soportar algunas cosas por un tiempo, y para un bien mayor. — le tomó las manos a la mujer que amaba. — No me malinterpretes, amor, no es que no me importe Piers, al contrario. Estoy preocupado por él y toda esta situación es un puto asco, pero me he metido en la cabeza que es para mejor.
Jill solo curvó las cejas con un gesto triste en la cara, y no quiso continuar con la discusión, no tenía muy claro si su reacción era puro sentimentalismo o realmente le afectaba el padecimiento de esos jóvenes. Todo el escenario era injusto para ellos, salir de ese lugar después de aguantar a toda la tropa de enfermos que experimentaron con ellos, darse cuenta de que se habían enamorado para finalmente perderse el uno al otro era, por decir lo menos, desolador.
Después de eso la noche continuó amena para ambos capitanes, conversaron de temas más esperanzadores, y carcajearon como en los viejos tiempos, bebiendo vino blanco y comiendo sushi.
La rubia tenía la última prueba de su vestido de novia el lunes por la mañana, cita a la que por supuesto, Chris no la acompañaría como era la tradición, y Claire sería quien iría con ella. Luego de un par de horas, pagaron la cuenta y salieron con rumbo al departamento del castaño, un poco mareados por el licor, seguramente tendrían un encuentro pasional al llegar a su destino, para terminar durmiendo juntos y abrazados hasta el amanecer.
…
La mayoría de los bares a esa hora retozaban de gente hasta sus cimientos, la vida nocturna de aquella ciudad en particular era de las más destacadas del país, y sobretodo un sábado por la noche, donde los residentes y turistas eran atraídos a los distintos clubes y discotecas, saliendo al exterior sin importarles el clima gélido o la cantidad de personas, todo por un poco de ambiente nocturno: música, baile, alcohol, drogas y diversión.
Piers caminaba por la acera, tenso y con paso rápido, llevando las manos enguantadas dentro de los bolsillos de su cazadora, con la apariencia prendada de alguien que sufre el síndrome de abstinencia.
Hacía bastante frío a esa hora, eran cerca de las diez de la noche y la nieve había empezado a descender desde el cielo acompañada de una ligera brisa que congelaba hasta los huesos y el vaho que escapaba de su boca y nariz terminaban el cuadro invernal de aquella caminata nocturna.
Giró a la derecha en la esquina más próxima y se escabulló en el primer local en el que leyó la palabra «Bar» en letras de neón brillante.
Para su sorpresa el lugar no estaba tan lleno como esperaba, se acercó a la barra quitándose los guantes y la chaqueta para luego colgarla en el taburete y posteriormente sentarse. Ordenó un whisky doble en las rocas, con eso comenzaría, necesitaba olvidar toda la mierda en que se había convertido su vida.
Había perdido la noción del tiempo y la música de fondo tomaba más importancia en sus divagaciones, detrás de las mesas y desde la rocola se podía oír «Join me in death», canción que en estricto rigor, parecía haber sido escrita para ellos.
No se había dado cuenta en que momento fue que se desplazó hacia adelante y ya estaba casi apoyado en la superficie de madera del mesón que, de más estaba decir, apestaba con el olor de distintas bebidas alcohólicas.
Tenía tantas emociones debatiendo dentro de su ser que no estaba completamente seguro de cuál era la que predominaba entre todas ellas, podía apostar que la tristeza ocupaba un puesto importante, o tal vez era la frustración quien batallaba a golpe limpio con ella, la soledad y el desamparo eran quienes les pisaban los talones.
Trató de incorporarse ¿Cuántos vasos llevaba ya? ¿Serían cuatro? No, podría apostar a ganar que eran cinco o seis. Sentía la lengua pesada y su nombre estaba atrapado en su garganta, un trisílabo sublime que lograba elevarlo y dejarlo caer hasta lo más bajo del infierno en solo un instante.
Deborah…
En su mente sonaba claramente, pero pronunciarlo moviendo su pesada lengua era una tarea titánica. Ella, siempre ella, la castaña de orbes celeste que ni en la muerte era capaz de dejarlo en paz; no podía dormir, no podía comer, no podía beber, no podía follar… porque su compañera de celda se aparecía recordándole que no podría olvidarla.
Le cabreaba sobremanera toda su puta realidad, ¿Por qué no podía dejar de amarla y ya? Tal vez sería mejor si nunca se hubiesen conocido, si su vida hubiese acabado en el fondo del mar. Él debía morir ese día, ese primero de julio, por una causa justa salvando a todos de la destrucción mundial; sin dejar una promesa rota y al amor de su vida morir en sus brazos.
Aquel momento le vino como una ola azotándole el cerebro: Deborah desangrándose sobre su regazo, con la respiración entre cortada y el cuerpo tibio tratando de decirle lo mismo que él ansiaba confesarle con todas sus fuerzas.
Te amo… Te amo tanto, te amo con la vida misma, esa vida que ya no quiero si tengo que vivirla sin ti.
Una lágrima se dejó asomar desde su ojo derecho y la secó rápidamente con la manga de su chaleco gris. Dio otro trago a su bebida y sintió nuevamente como el licor bajaba desde su boca hasta su estómago incinerándole el esófago en su recorrido. La cabeza le daba vueltas como si estuviera montado en una montaña rusa, y evocó el momento en que Jenna White llegó a vivir a su departamento, con él… con el niño del cual no era capaz ni de recordar el nombre, ese que cogió desde su cuna con la esperanza de sentir algún lazo afectivo… y nada ocurrió. Aquello había sido como cargar al hijo de un desconocido, no sintió el más mínimo apego, al contrario, sintió terror de lo que estaba pasando, de lo que había hecho con su existencia y se arrepintió de haber tomado una de las peores decisiones de su vida. Sin embargo, lo intentaría, como le había dicho Claire, y quizás eso le daría la motivación para continuar.
Y así pasaron los días, y nada, seguía viviendo con dos extraños, o al menos así se sentía en su propio hogar, saliendo temprano por la mañana y tratando de permanecer el mayor tiempo posible en las instalaciones del edificio de la BSAA, reincorporándose al trabajo de campo y entrenando con Wells, hasta que él se aburriera y le dijera que era hora de que irse.
Evadía, eso era lo que hacía en ese preciso momento también, tomando whisky hasta caer borracho como una cuba, estaba siendo tan irresponsable como nunca antes había sido y aquello también le molestaba. No medía las consecuencias de sus actos a pesar de que estaba en entero conocimiento de que no era un adolescente.
Era hora de marcharse de ese lugar, pero no era capaz de levantarse. Tomó su móvil desde el bolsillo de su pantalón y como pudo lo situó sobre la mesa para mirar la hora y marcarle a Chris, no se le ocurría a nadie más a quien molestar a las tres y media de la madrugada.
…
El aroma del pan tostado, la leche con chocolate y la mermelada la hicieron abrir los ojos de manera perezosa, se incorporó despacio y le pareció extraño que la habitación estuviese tan oscura a esa hora de la mañana, ya que el desayuno lo servían pasado el alba. Escrutó con la mirada desde la cama a su alrededor, era el cuarto del castillo y seguía igual que como lo recordaba antes de dormirse, aunque había algo que no encajaba; una chimenea cerca de la mesa donde estaba la bandeja con comida, emanando un fulgor tenue y acogedor y junto a esta, acuclillado moviendo la leña con un atizador estaba él completamente desnudo. Su brazo bien trabajado se movía hacia adelante y atrás mientras la madera crujía y encendía una gran llamarada de colores rojos y amarillos, los músculos de su espalda se contraían al igual que los de sus piernas, y su trasero bien demarcado la invitaba a arañarlo mientras lo empujaba desde allí para que una vez dentro de ella profundizara el contacto.
— ¿Piers? — lo llamó, con cierta duda en su voz.
El joven soldado giró la cabeza y la miró de soslayo sin decir nada, soltó la barra de metal que tenía en la mano y se puso de pie. Giró sobre sus talones quedando de frente, sonrió abiertamente mientras ella lo contemplaba con aire incrédulo.
Su vista paseó desde su rostro hacia su cuello fibroso, sus pectorales bien circunscritos, su abdomen ejercitado y sus muslos gruesos, para finalmente fijar toda su atención en su miembro rígido y palpitante que tanto le gustaba.
Se relamió mientras él se acercaba hasta la cama y la empujaba con suavidad haciéndola caer de espalda sobre el lecho con las piernas flexionadas, la tomó desde las rodillas separándolas para darse cabida mientras con su mano guiaba su virilidad y sin más se introducía en ella.
Deborah gimió, en una mezcla de dolor y placer, incrédula y a la vez confundida. ¿Cómo era posible? Si hasta donde lograba recordar ya no eran viables esos encuentros entre ellos, alzó la mirada para encontrar la de él, quien la observaba con deseo y ternura entreverados… se sentía tan bien estar así, Piers embistiendo contra su intimidad con movimientos rítmicos y pausados. El soldado le tomó una de sus manos y la llevó hasta sus partes bajas, la castaña pudo percibir la calidez empapada de su unión, y el cilindro duro y carnoso que entraba y salía desde su húmeda cavidad.
— Oh, Piers… — logró articular.
Sus dedos comenzaron a danzar acompasados sobre el capullo hinchado en que se había convertido su clítoris, mientras el castaño continuaba con su cometido. Lograba escuchar por lo bajo los jadeos de su amante y sus propios suspiros, estaba completamente extasiada e invadida por un calor infernal que subía desde sus entrañas hasta su garganta. Piers situó ambas manos en la cintura de la chica para lograr llegar más hondo, en tanto Deborah sentía como la cara interna de sus muslos y sus dedos rosaban delicadamente contra la piel de las caderas y el bajo vientre del soldado respectivamente.
El sudor había comenzado a bañar su cuerpo, sentía mucho calor y la excitación del momento la estaba llevando al clímax, su joven amante le alcanzó un pecho y le hizo un gesto para que ella con la mano libre tomara el otro, y acto seguido jugueteó con el pezón, estrujándolo con rudeza pero sin dañarla, haciendo que la mujer bajo él lanzara un grito de goce en su más primitiva exposición. Ya no podía aguantarlo más, sus dedos sobre su entrepierna se crisparon, por lo que los separó de la piel que se tornaba sensible en el instante en que una sacudida estremecía las paredes de su intimidad. Apreciaba a Piers completamente en su interior, más suyo que nunca mientras se dejaba ir con un jadeo que no le permitía recuperar su respiración normal.
Abrió los orbes y se giró hacia su costado derecho, aun agitada por el orgasmo que acababa de experimentar, el soldado ya no estaba junto a ella, sin embargo, sabía que aquello había sido un sueño desde el comienzo. Se sentó en el costado de la cama inspirando una gran bocanada de aire, estaba algo cansada después de lo que acababa de hacer. Se levantó taciturna saliendo de su habitación y luego se dirigió al cuarto baño que estaba en el corredor junto a la escalera.
La luz de la luna llena que entraba por la ventana iluminaba la pequeña estancia, por lo que decidió que no encendería la ampolleta, de cierta manera se había acostumbrado a la lobreguez y no le incomodaba en absoluto. Abrió la llave del lavabo, se acomodó el cabello un tanto sudado y se mojó la cara, el sonido del agua corriendo le regalaba algo de tranquilidad. Elevó el rostro para contemplarse en el espejo y lo divisó: envuelto en una sombra oscura detrás de ella, era él, vestido con la misma ropa que llevaba la última vez que lo vio.
Aquel pantalón desteñido era lo único que traía puesto. Se quedó inmóvil con la piel erizada, sin ser capaz de girarse ni de apartar la mirada de la figura plantada tras su espalda. Alzó la mano izquierda con el claro propósito de hablarle, más su voz se quedó atrapada en su laringe. Sus cejas se curvaron en un mohín de tristeza indescriptible, mientras sus ojos turquesa se posaban sobre los miel del hombre que, al igual que ella, llevaba plasmada en el rostro una expresión de angustia contenida. Piers estaba sufriendo de igual forma donde quisiera que estuviese, y eso fue una estocada directo a su corazón, el que se comprimió a sí mismo de forma violenta.
— ¿Por qué? — preguntó, con dificultad. — ¿Por qué tenías que dejarme así? — a lo que él negó con la cabeza.
Deborah desvió la vista un segundo y cuando volvió a fijarla el soldado ya no estaba junto a ella, apoyó ambas manos en el lavamanos y dejó caer el peso la cabeza enfocando la mirada en el agujero del desagüe.
Debían ser cerca de las tres o cuatro de la madrugada y no estaba del todo segura de poder conciliar el sueño nuevamente. Por fortuna para ella, domingo significaba día de descanso, ya que el lunes nuevamente le tocaría una extenuante jornada laboral en el empleo que había conseguido hacía un par de semanas; una librería en el centro de la ciudad. No era el mejor trabajo de la historia o lo que habría soñado habiendo estudiado casi tres semestres de comercio exterior en la Strayer University en la ciudad de Washington DC. Sin embargo, había decidido que no estaba preparada ni era factible retomar sus estudios aún, y con todo lo ocurrido ni siquiera estaba convencida de que esa era la profesión que quería seguir ejerciendo el resto de su vida. Todo lo acontecido en los pasados meses había sacudido su vida por entero y lo que antes daba por sentado, hoy era una maraña de incertidumbre.
Se secó la piel del rostro con la toalla y se encaminó de regreso a su habitación, intentaría dormir aunque el insomnio hiciera todo el esfuerzo por ganarle la batalla.
…
La luz plateada de la luna entraba por la ventana del dormitorio en el que Chris y Jill dormían abrazados después de hacer el amor, había sido una jornada ardua y extenuante, y aunque el veterano de BSAA admitía no tener la misma resistencia que hacía años atrás, el amor que sentía por la mujer que yacía a su lado le daba una fuerza bestial a la hora del sexo.
Se levantó con cuidado para no despertarla, el vino que había bebido en el restaurante le estaba dando una sed terrible y necesitaba con urgencia ir por un vaso de agua.
La cocina de su departamento era espaciosa, encendió las luces y se dispuso a cumplir su cometido, tragó el líquido sin siquiera respirar.
Vaya.
Dejó el vaso en el fregadero y volvió a la habitación. Desde el alfeizar de la puerta podía contemplar la figura de la rubia sobre su amplia cama, dormía con una calma y una paz que para Chris eran impagables, después de todo ya estaban juntos, se iban a casar y esperaba que eso siguiera así hasta el final de sus días. Y es que últimamente no dejaba de preguntarse una y otra vez cómo había sido tan idiota, cómo había dejado pasar tantos años creyendo que algo así arruinaría su amistad, y es que tal vez en el fondo de su ser; pensaba que no servía para una relación seria con alguien. Jill siempre había sido lo más cercano a una alma gemela, por lo que cada vez que se acercaban temía destruirlo. Siempre vivió la vida con demasiada seriedad por su trabajo, y aunque a lo largo de su vida tuvo algunas mujeres, ninguna logró llegar a ser algo más que solo satisfacer necesidades básicas y algo de compañía.
Su lucha contra el bioterrorismo lo enfrascó de cierta manera, sin darle espacio para nada más, ni pareja, ni hijos, ni perros… Su compromiso con la BSAA siempre sería lo primero, y Jill compartía ese mismo ideal, simplemente esa mujer era única e incomparable.
El sonido estruendoso de su teléfono móvil irrumpió en el silencio calmo de la habitación, Jill despertó de un sobresalto y Chris se apresuró a alcanzarlo para que dejara de sonar, se sorprendió al ver en la pantalla que se trataba de Piers un domingo a las cuatro de la madrugada.
— ¿Piers? — contestó con tono de pregunta, dedicándole una mirada rápida a la rubia que lo observaba con impaciencia y confusión. — Sí, entiendo. Un minuto — se apresuró a buscar papel y bolígrafo. — Esta bien, muchas gracias. Iré por él enseguida, gracias de nuevo.
Colgó la llamada y entornó los orbes velozmente hacia su prometida que lo escudriñaba aún con expresión curiosa y preocupada a la vez que se frotaba los parpados.
— ¿Qué fue eso? — investigó. — ¿Era Piers?
— Algo así. — respondió el castaño, buscando ropa por la habitación a oscuras. — Más bien, era el encargado del bar donde está. — encendió la luz y comenzó a vestirse con rapidez. — Voy a buscarlo, está tan ebrio que no puede ni mantenerse en pie.
— Está bien. — expresó. — Ve con cuidado.
Chris la besó en los labios a modo de despedida en el momento en que recogía su celular desde el velador y se apresuraba hacia la sala para tomar las llaves y posteriormente salir rumbo al estacionamiento por su coche para finalmente ir por su amigo.
…
Jenna White sostenía entre sus manos de uñas acicaladas en una perfecta manicure, una taza de la que emanaba el vapor tibio del chocolate caliente que acababa de preparar. Se quedó mirando la mezcla de leche y cacao de color marrón con la vista perdida en el círculo de la superficie, analizando de cierta manera los matices de distintas tonalidades que se formaban en la capa más externa de esta.
Su vida había cambiado drásticamente desde hacía dos semanas, cuando luego de sus tantos intentos de hablar casi desesperadamente con Piers, él por fin había accedido a escucharla y se habían reunido en una cafetería para charlar a cerca del hijo que tenían en común, y aunque el castaño se había mostrado bastante reticente en un inicio, poco a poco se fue relajando y cambiando aquella catadura estoica por una más abierta al diálogo, o más bien a oír lo que ella tenía para decir. Y es que aquello casi fue un monologo en el cual Jenna había expresado todo lo ocurrido después del nefasto día en que rechazó su propuesta de matrimonio.
Él no había hecho mayores preguntas al respecto y sin más le había propuesto que se mudaran, ella y el niño, a su departamento en Nueva York.
Todo fue tan extraño.
Y es que no era para menos, si en realidad ni siquiera parecía que le hubiese estado prestando demasiada atención a lo que ella decía, más bien, ese día Piers no estaba realmente ahí, y desde entonces siempre era así. Nunca se veían, salía temprano por las mañanas y solía llegar cuando el pequeño ya estaba dormido y ella también. Realmente todo el asunto no era como lo había imaginado.
Dio un sorbo al líquido caliente y se encaminó para el cuarto de Andy, – o Andrew – como en realidad lo había llamado en honor a su abuelo materno. Abrió la puerta que se encontraba entrecerrada, el niño dormía plácidamente todavía, no obstante, su madre no era capaz de conciliar el sueño y no estaba totalmente segura del porqué.
Contempló al bebé con aire ambiguo, si bien en un principio no lo quería porque no había sido para nada planeado y obviamente arruinaba su estilo de vida o lo que quedaba de este, se había hecho a la idea de tenerlo esperando que realmente le trajera algún beneficio con quién ella creía era su padre, a fin de cuentas; al poco tiempo después se había arrepentido de haber tirado por la borda la propuesta de matrimonio del soldado de la BSAA.
Recordó el día que los padres de Piers le contaron que él había fallecido en cumplimiento del deber, la mezcolanza de sentimientos que enfrentó fue realmente perturbadora y hasta cierto punto, nunca estaría del todo segura si había sido por el embarazo que ya estaba muy avanzado o porque realmente sentía algo verdadero por el castaño con quien ahora compartía apartamento. Ciertamente, de un tiempo a esta parte se inclinaba por la segunda opción, pues aunque siempre había sido una persona fría y tachada muchas veces, de un ser sin sentimientos, algo pasaba con Piers que no había experimentado antes y que le hacía creer que en realidad lo amaba. El cuestionamiento de si el pequeño niño que yacía un metro más abajo en su cuna era o no hijo del soldado la asaltó cruelmente, por lo que sacudió la cabeza de forma espasmódica para quitar esa idea de la misma.
Se remontó a lo sucedido unas horas atrás y los vocablos que salieron de su boca. ¿Sería real que pensaba en alguien más o solo lo habría dicho para lastimarla? Fuera como fuese, lo había conseguido. Aquella frase había calado hondo en su duro corazón, y por supuesto, en su gran ego.
Salió del cuarto, juntando la puerta tras ella sin cerrarla y se dirigió a la habitación que compartía con el castaño, se sentó sobre la cama y dejó la taza sobre el velador preguntándose si él volvería esa noche. Sentía muchas ganas de llamarle por teléfono, es que a decir verdad estaba preocupada, eran cerca de las cuatro de la madrugada y no tenía noticias de Piers.
…
Después de conducir durante quince minutos como un poseso por las calles de la ciudad, que a esa hora estaban ligeramente más vacías de lo habitual, Chris dio con la dirección que había introducido en el GPS de su celular hacía un momento; un discreto bar donde seguramente hallaría a Piers absolutamente borracho.
Entró a la carrera en el lugar que a esa hora ya se encontraba casi vacío. Dio un rápido vistazo a su alrededor; los empleados del tugurio ya estaban aseando todos los rincones, con las sillas situadas sobre las mesas y haciendo labor humanitaria corriendo a los últimos ebrios difíciles que quedaban aún por ahí. Se acercó con cautela al único muchacho que a su juicio tenía una cara amable.
— Buenas noches. — saludó. — Estoy buscando a mi amigo Piers, alguien del local me llamó por teléfono.
El chico señaló hacía la barra sin soltar la escoba con la que estaba barriendo y con una expresión condescendiente en el rostro, claramente no era la primera vez que veía una escena como esa. El joven soldado estaba literalmente tumbado sobre el mesón de la barra y aunque Chris no logró saber mucho más – pues estaba de espalda a él – emprendió la marcha hasta su compañero de escuadra.
Nada más al llegar a su lado cayó en cuenta del estado deplorable que se había apoderado del que otrora fuese uno de los soldados más calificados dentro de toda la BSAA. Sus ojos desprovistos de sentimiento alguno lo hacían parecer casi inerte, por lo que como acto reflejo Chris lo tomó de los hombros y lo zamarreó con brusquedad.
— ¡Hey! — exclamó, a lo que solo recibió como respuesta una mirada vacía. — ¿Piers? — lo nombró, está vez con algo más de autoridad. — ¿Cuánto has bebido?
— Sólo un… — articuló con la lengua trabada, posteriormente se intentó incorporar y el capitán lo alcanzó a agarrar antes de que se desplomara sobre el suelo. — un poco… para olvidarla. — era difícil para el mayor de los hombres lograr entender con claridad lo que decía. Un sollozo quedó ahogado en su garganta y apoyó la cabeza en el hombro de Chris. — No… no puedo con esto.
El más joven de los soldados comenzó a llorar lastimeramente sobre el hombro del veterano, con lamentos que parecían desgarrarle el corazón, con un dolor que solo reflejaba el gran sufrimiento que padecía. El amor, a veces podía ser el más mortal de los venenos. Y en el caso de Piers, lo estaba matando lenta y lacrimosamente.
Chris lo tomó del brazo y lo paso sobre su hombro izquierdo en dirección al derecho mientras le ayudaba para que se afirmara de él. Agradeció a los empleados del bar y salió con su compañero a través de la puerta, caminaron unos pasos hasta que logró acomodarlo en el asiento del pasajero; claramente el castaño no era capaz de hacerlo por sí mismo.
— No puedo. — soltó Piers entre balbuceos lastimeros, una vez que estuvieron dentro del departamento de Chris. — No puedo sin ella.
— Dame un minuto. — le dijo a Jill, antes de que ella mencionara algo acerca de la escena que tenía en frente. — Lo acostaré en el cuarto de huéspedes y vuelvo.
La rubia permaneció de pie en la sala de estar observando como los dos hombres trastabillaban hasta la habitación más pequeña de la vivienda. Sencillamente eso no podía seguir, sabía que el joven castaño lo estaba pasando horrible con la pérdida de su compañera de encierro, pero aquello que acababa de presenciar, sobrepasaba todos los límites. Lo que ambos habían vivido juntos en ese castillo tenía que ser algo realmente fuerte para que los uniera de esa manera, puesto que de los años que conocía a Piers, jamás lo había visto así por un mal de amores, ni siquiera cuando Jenna White había rechazado su propuesta de matrimonio.
Sin duda alguna, ella era la indicada para hacerle ver a su futuro esposo que estaba equivocado en cuanto a sus conclusiones.
¡Por favor! ¿A quién quería engañar? Por supuesto que pensar que Deborah estaba muerta; no era lo mejor para Piers.
— Se durmió. — Chris se aproximó a Jill y la besó en la frente, y al no notar respuesta por parte de ella se apresuró a preguntar. — ¿Qué pasa?
— ¿Seguro que es lo mejor? — contestó a su cuestionamiento con otro, frunciendo el ceño. — Tú dijiste que era lo mejor, pero… ¿lo mejor para quién?
— Jill no…
— No me interrumpas. — lo silenció. — Ese pobre chico está sufriendo en serio, casi al punto de autodestruirse por creer que la mujer que ama está muerta por su culpa. — lo miró con severidad. — Tú deberías ser quien mejor entiende su dolor.
El ex STARS continuó mudo frente a ella, mientras Jill apretaba los dientes tensando la mandíbula, realmente necesitaba que su novio entendiera lo que efectivamente estaba pasando entre su compañero de labores y la muchacha que habían rescatado de esa isla siniestra.
— No es un capricho, Chris. — expresó. — Y en el fondo tú lo sabes también. — bajó la vista por miedo a lo que él contestaría a continuación. — ¿Con quién está tu lealtad? — inspiró y dejó escapar el aire con lentitud. — ¿Con quién dio su vida para salvar la tuya o con la BSAA?
…
El aroma de la comida recién preparada lo hizo volver a la realidad. Un intenso dolor de cabeza fue lo que percibió inmediatamente después de eso, y ya una vez que recuperó la conciencia en su totalidad sintió por entero el efecto de la resaca sobre su cuerpo, la boca seca y el estómago avinagrado le daban la bienvenida al mundo real.
Se levantó con dificultad, aún mareado y bastante desorientado, pues no lograba recordar con claridad que había sido de él después de llegar al bar y cómo diablos había terminado acostado en esa cama, todo era lagunas mentales y distorsión dentro de su cerebro.
Se colocó los zapatos y se puso de pie, tropezando torpemente en su intento de llegar a la puerta de la habitación, bufó con exasperación tratando de no empezar a patear los muebles mientras se masajeaba el cuero cabelludo en toda su extensión con una mano intentando que eso aliviara en algo la pesadez de su cabeza.
— Vaya, pensé que dormirías todo el día. — la voz amable de Jill venía desde la cocina. — Ya son casi las cuatro de la tarde, y como es domingo alcanzas el almuerzo.
— ¿Cómo es que…? — inquirió, al llegar al comedor en frente de la capitana.
— Chris fue por ti anoche, lo llamaron desde el sitio donde estabas.
— Y… ¿dónde está ahora?
— Fue a la tienda por un encargo. — la rubia se quitó el delantal de cocina. — Sé que es una pregunta tonta y entrometida pero… — sus orbes desbordaban en preocupación. — ¿Cómo estás?
El castaño se sentó en una de las sillas del comedor y no estuvo seguro de si contestar o no al cuestionamiento de Jill, era cierto que desde que se conocían tenían cierta cercanía – así como con Claire – sin embargo, ya estaba más que claro, por todas las idioteces que llevaba haciendo desde que había regresado; que no estaba dentro de sus cabales, ni mucho menos a la altura de lo que solía ser o lo que debía ser un soldado cualificado de la BSAA. Y si bien lo sabía, no estaba de humor para hablar de lo mal que estaba llevando su vida.
— Estoy bien. — suspiró, en tono seco esperando que el asunto quedara ahí. — Creo que debería…
No pudo terminar lo que fuese que iba a decir ya que la puerta de la entrada se abrió y por ella atravesó Chris cubierto por una tenue capa de nieve sobre los hombros, con una mueca seria y tensa en el rostro.
Ahora sí, se viene el sermón.
Pensó el joven soldado, mientras se levantaba desde la silla para ayudar a su capitán con la media docena de bolsas que traía, el veterano se quitó el abrigo gris y posteriormente lo colgó en el perchero de pie que había junto al recibidor. Jill y Chris cruzaron miradas – él contrariado y ella ansiosa – en el instante en que Piers pasó por detrás de ella y dejaba las bolsas en la cocina.
— Hey, Piers. — lo llamó. — Necesitamos hablar. — el capitán le hizo un gesto para que se aproximara hasta la sala de estar.
— Ya sé que dirás. — dijo mientras se acercaba. — Y la respuesta es…
— Si piensas que voy a regañarte por lo de anoche, no lo haré. Es tu vida y tú decides como la llevas. — lo calló tajante. — Lo que tengo que decirte es otra cosa.
Jill permanecía inmóvil y con cierto nerviosismo, apoyada en la pared cercana a la cocina, desde ahí podía oír la conversación por si debía intervenir en algún punto de la misma, y a la vez no parecer entrometida. Lo había conseguido, con una simple frase su futuro esposo había comprendido que era lo que debía hacer, que era lo moralmente correcto de acuerdo a sus principios y sus lealtades. Y ahí estaba, a punto de revelarle a quién era como un hermano, que de cierta manera le había fallado, porque aunque no había sido por iniciativa propia, si había acatado una orden arbitraria que lo llevó a ocultar información que era de suma importancia para su compañero.
Piers tenía los ojos fijos en el rostro de Chris, estaba sentado en frente, solo separados por la mesa de café. El capitán tenía los dedos de las manos entrelazados y los codos apoyados en las rodillas, parecía estar buscando las palabras correctas para comenzar el diálogo, mientras que para el joven soldado el asunto ya empezaba a tornarse bastante tedioso. Pero tenía curiosidad y sentía un nudo en el estómago, al mismo tiempo las ganas de irse a su casa de una vez lo estaban matando, no obstante, algo dentro de su mente le decía a gritos que debía escuchar lo que su superior al mando y amigo tenía que decirle.
— ¿Y bien? — intentó apurar el asunto y acabar con el suspenso. — ¿Qué es lo que tienes que decirme?
— La verdad, es que no encuentro la manera correcta para confesarte esto. — entornó los orbes en dirección a su compañero de operaciones. — La chica, Deborah Harper… — tenía toda la atención de Piers con solo mencionar su nombre. — Esta viva.
Un minuto y quizás algunos segundos de silencio inflexible atiborraron la estancia, la expresión en el rostro del menor de los hombres reunidos en el lugar, era indescifrable, parecía haber entrado en un estado de shock, ni un músculo de su cuerpo se movía o reaccionaba ante tal revelación. Apretó los puños sobre sus muslos mientras sentía que la sangre le hervía y una emoción parecida a la ira combinada con euforia lo invadía por completo.
Llevaba más de un puto mes sufriendo por su partida, extrañándola a rabiar, culpándose de ello cada día, cada noche, cada segundo de su maldita existencia desde que salió del hospital institucional de la alianza de seguridad contra el bioterrorismo. ¿Y ahora resultaba que nada era real? Que todo era un jodido engaño, no tenía ningún sentido.
¿Qué demonios?
— Es una broma ¿verdad? — logró articular, con la cordura que le quedaba mientras deslizaba ambas manos por su rostro en un frenesí perturbado. — Tiene que ser una puta broma de mal gusto.
— No, no lo es. Es la verdad. — afirmó Chris, y el muchacho se levantó del asiento casi de un salto comenzando a andar sin rumbo. — La BSAA dio la orden a todos los involucrados en el incidente del castillo para…
A pesar de tener la vista fija sobre el castaño mientras continuaba hablando, Chris no lo vio venir – o simplemente no se lo esperaba – su relato fue brutalmente detenido por el puño firme de Piers, quien le propinaba un golpe directo al rostro e inmediatamente después lo aprehendía desde la solapa de la camisa, el capitán intentó soltarse del agarre y ambos cayeron irremediablemente sobre la mesa de centro, haciendo que la madera de la cubierta se partiera por la mitad debido al peso de ambos hombres y la fuerza de la caída.
— ¡Y esperaste todo este jodido tiempo para contármelo! — la voz del teniente Nivans era una mezcolanza de rabia y frustración. — ¡¿Por qué mierda no me lo dijiste antes?!
El capitán Redfield aguantaba los golpes cubriéndose el rostro con los antebrazos bajo la furia incontrolable de su compañero sobre él, cada combo que le propinaba Piers; era la liberación de su infortunio, su dolor y padecimiento del último mes.
Jill dio un respingo al escuchar el estruendoso escándalo que provenía desde su derecha. Se pegó más al muro a su espalda, deseaba con todo su ser ir y separarlos de una patada en el culo, sin embargo, eso no serviría de nada. Era el momento de que ambos hombres arreglaran sus asuntos pendientes. Se dirigió al dormitorio y tomó con una mano la tableta electrónica que estaba sobre la cama, y luego se encaminó de vuelta al lugar de la pelea, se quedaría ahí de pie hasta que aquellos simios terminaran de zanjar el problema a su modo.
Otro impacto seco contra la pared, esta vez Chris tenía arrinconado a Piers desde el cuello del chaleco contra la muralla, haciendo fuerza con el antebrazo en un agarre que inmovilizaba al más joven. Solo se escuchaban sus respiraciones entrecortadas y uno que otro ruido externo a lo lejos.
— ¡Te estaba tratando de explicar que fue una maldita orden! — manifestaba, mientras su camarada forcejeaba bajo la presión de su brazo. — El alto mando comandó que aquella información era confidencial, incluso para el teniente Nivans. — luego añadió con sarcasmo. — En especial para el teniente Nivans.
Piers gruñó y aprovechando una leve distracción de su superior, hizo un movimiento e inmediatamente le dio otro empujón a Chris, haciéndolo retroceder varios pasos y tropezar con la butaca de un cuerpo, pasando por encima de esta y volviendo al piso. Y después ambos luchaban nuevamente en el suelo.
Varios minutos, trompazos, morados, sangre y desorden después; tanto Chris como Piers estaban tendidos de espalda sobre la alfombra, respirando pesadamente y con el rostro de variados colores.
— ¿Así que una jodida orden? — ladeó la cabeza levemente para observar a su capitán de soslayo. — Hijos de la gran puta. — jadeaba con cansancio y agitación. — ¿Y que se supone que cambió?
— Jill… — Chris se sentó. — Ella acudió a mi conciencia. — se limpió un resto de sangre que brotaba desde la comisura de sus labios con el dorso de la mano. — De hecho, si alguien de la BSAA se entera de que tú sabes de esto, lo más probable es que mi cabeza ruede por el recibidor del edificio.
— Espero que puedas comprender los motivos por los cuales no podíamos informarte. — la rubia se acercó con precaución. — Siempre pensé que era una medida absurda. — alzó las cejas con asombro al contemplar el entorno y a ambos hombres. — Pero Rebecca me explicó el porqué de la orden.
— ¿Y? — quiso saber Piers, incorporándose en el intertanto. — ¿Cuál es la finalidad de todo esto?
— Material genético contaminado. — expuso Jill, y al ver la expresión confundida en la cara del castaño prosiguió: — Al no conocer con exactitud qué tipo de relación tenían ustedes, se decidió que era mejor prevenir cualquier tipo de encuentro de otra índole.
Son unos jodidos…
— ¿Qué es lo que sabe ella?
— ¿Deborah? — cuestionó la capitana, a lo que el castaño asintió. — A ella se le informó de tu fallecimiento en cuanto despertó del coma.
— Mierda, cree que estoy muerto. — se paró del suelo con poca delicadeza y se encaminó hacía Jill. — ¿Dónde está?
Su voz era puramente enardecimiento y parecía ser que perdería el control otra vez, la rubia creyó vislumbrar una especie de brillo blanquecino en su ojo derecho, pero justo en ese momento Chris llegó por detrás de él y lo tomó del brazo.
— Es mejor que te calmes, estamos tratando de ayudarte. — le dijo, y lo invitó a sentarse en uno de los sillones que todavía estaban en su lugar. — Lo único que te voy a pedir, es que no te pongas como un puto loco.
— Chris y yo recopilamos esta información. — Jill se allegó al sofá de dos cuerpos donde estaba Piers, con la tableta electrónica en la mano. — Aquí está su dirección en Washington DC. — le entrego el aparato. — Lo demás solo son asuntos legales y documentos que firmó su hermana el día que fue por ella al hospital institucional. Escucha, es necesario que actúes con mesura ya que…
La voz de la capitana pareció diluirse dentro de sus oídos, y de pronto ya no era capaz de escuchar nada más. Se encontraba enceguecido por una especie de incertidumbre que le carcomía las entrañas, necesitaba con urgencia estar en ese sitio marcado en el GPS de la pantalla táctil que tenía en sus manos. Contemplo el punto rojo que asimilaba un alfiler en un mapa, si salía en ese preciso instante tardaría alrededor de cuatro horas en estar a su lado. ¿Pero qué le diría? Y… ¿es que acaso importaba? Lo único que debía interesarle ahora era ir por ella. Abrazarla, sentirla y decirle cuánta falta le había hecho durante todas esas semanas que habían pasado separados el uno del otro.
Está viva, Deborah está viva…
Era como si la sangre dentro de sus vasos sanguíneos retomara su curso natural, la vida había vuelto a su cuerpo y sentía que su corazón volvía a latir. Y es que a pesar que desde un principio se negó a aceptar que efectivamente ella se encontraba inevitablemente muerta, con el paso de los días fue haciéndose a la idea. Lo que evidentemente no significaba ni en el más mínimo de los casos que hubiese llegado a superarlo.
— ¿Piers? — la voz de Chris lo sacó de sus divagaciones.
— Necesito irme a mi departamento… Todo esto es demasiado para digerir. — envió los datos del GPS y los archivos a su teléfono móvil. — Discúlpenme por todo el alboroto.
Le entregó la tableta a la rubia y se encaminó a la habitación por sus cosas, volvió a la sala y se despidió de ambos capitanes. Finalmente salió de la vivienda con rumbo a la suya. Tenía un plan, algo por lo que continuar, y no podía aguantar más, necesitaba verla en ese preciso instante si era posible.
…
Jenna colocó con cuidado a su hijo sobre el pequeño colchón de su cuna, acababa de amantarlo y el pequeño niño estaba muy somnoliento. Le dedicó una sonrisa tierna y dejó escapar un breve suspiro, estaba realmente exhausta y muy preocupada por Piers.
Se giró sobre sus talones en el momento en que escuchó la puerta abrirse y el tintinear metálico de las llaves al chocar entre ellas, se apresuró a salir al recibidor para encontrarse de bruces al padre de su bebé.
— Vaya, hasta que te dignas a llegar. — lanzó, en tono áspero y molesto. — ¿Dónde pasaste la noche?
— No tengo ganas de discutir ahora. — respondió, con desgano mientras se quitaba la chaqueta. — Tomaré una ducha y volveré a salir.
No dijo nada más y se encaminó hacia la habitación. Al llegar, abrió los cajones para buscar una toalla y el hastío lo invadió al solo ver prendas de Jenna en el lugar donde solía guardar la ropa de casa. La mujer entró en el cuarto y buscó en el closet, extrajo de este una toalla y se la extendió con gesto serio.
— Gracias.
— ¿Es en serio? — quiso saber la de orbes grises. — ¿Vas a salir otra vez? — hizo un mohín exasperado. — Es domingo, mañana debes trabajar.
Piers hizo caso omiso a los vocablos de su «pareja» y se dirigió al cuarto de baño cerrando la puerta tras él. Jenna oyó el sonido del seguro y sintió como la ira se apoderaba de ella, era el colmo que ese imbécil la tratara de esa manera, siendo que había sido idea de él que se fuesen a vivir juntos después de todo lo que había pasado. Ella solo quería lo que le correspondía a su hijo por derecho, porque hasta cierto punto entendía que la había cagado con el soldado y lo había perdido hacía mucho… y luego llegó él haciendo que las esperanzas de estar juntos otra vez volvieran con esa propuesta.
No voy a permitir que juegues conmigo Piers Nivans.
El sonido del agua al impactar contra los azulejos de la ducha y el piso de la misma se lograba oír desde su posición, estaba de pie en el alfeizar de la puerta de su habitación. Inspiró profundamente y dejó escapar el aire con lentitud, debía calmarse, debía volver a ser la misma mujer de siempre, y buscar una manera de poner la situación a su favor. Estaba segura de que no era santo de la devoción de ninguno de los cercanos de Piers, y lo más probable era que Redfield no estuviese nada contento con las decisiones que estaba tomando su pupilo después de todo lo ocurrido meses atrás.
La puerta del baño se abrió y Piers salió semidesnudo con la toalla alrededor de las caderas, con paso firme se encaminó nuevamente hacía el ropero, buscó entre las prendas algo que ponerse con cierta urgencia, pues no quería perder más tiempo; ya eran cerca de las seis de la tarde y el viaje sería largo y cansador después de su jornada de la noche anterior.
La rubia lo observó con deseo mientras se colocaba el bóxer por debajo de la tela que cubría su desnudez, y aunque estaba de espalda a ella el castaño sintió la mirada y posteriormente los brazos de ella rodeándole el torso.
— No te vayas. — aquello notoriamente era una súplica. — Hagamos que esto funcione, por favor.
Piers exhaló el aliento con pesadez, mientras se giraba para quedar frente a ella.
— Lo siento. — dijo, y continuó vistiéndose con los ojos grises sobre él.
El silencio era solo roto por las respiraciones de ambos y el sonido de la ropa de Piers al deslizarse por su piel mate.
— ¡¿Es todo lo que vas a decir?! — la rubia estalló con un chillido. — Ya estoy harta de esto. ¿Qué es lo que te pasa? — le dio un empujón, ya perdiendo todos los estribos. — ¿Con quién mierda te vas a ver? — escrutó con detalle la expresión en el rostro de su hombre. — Es eso ¿verdad? — le dio una bofetada que hizo eco en la habitación. — ¿Quién es esa maldita perra?
Piers extendió el cuello con un crujido sordo y la miró con recelo. Aunque no esperaba aquella cachetada, al menos había espabilado, trató de contar hasta diez, sin embargo, no lo logró.
— No eres la única que puede engañar, querida. — soltó sin vacilar. — Yo también estuve con alguien más mientras estábamos juntos. No es el caso ahora, pero ya no siento nada por ti.
Jenna sintió una estocada directo en su orgullo y su ego, y aunque le costaba creerlo, también sintió su corazón romperse. Intentó golpearlo otra vez pero esta vez el soltado la detuvo cogiéndola desde el brazo.
— ¿Es con quién te estás viendo ahora? — su timbre era dolor y enojo. — ¿Por qué haces esto? — explotó en llanto desconsolado. — ¿Querías vengarte? ¿Es eso?
— No. — espetó, soltándola del agarre. — No busco vengarme, y solo fue una vez. — terminó de abrigarse. — No tuvo importancia para mí, y después de eso supongo que la culpa me llevó a pedirte que fueras mi esposa. Si lo analizas, estamos juntos porque tenemos un hijo en común y tampoco está funcionando. — tomó la chaqueta desde el closet. — Creo que lo mejor será que te vayas.
— ¿Qué? — se dejó caer sobre la cama. — Entonces… ¿Ya no sientes nada por mí? — llevó las manos a su rostro y comenzó a llorar con tormento. — ¿Por qué me pediste que nos mudáramos aquí? ¡Eres un maldito!
El joven soldado sintió un dejo de culpa y tristeza en el pecho hacia la mujer que alguna vez amó, las cosas no debieron ser así, había sido el peor error de su vida haberle dicho aquellas palabras ese día que se reunieron a conversar. No tenía justificación el haber malinterpretado los vocablos de Claire al aconsejarle que lo intentara. Pero ya estaba hecho, y no conseguiría nada con lamentarse, porque en ese momento lo único que le interesaba era llegar a Washington DC y encontrar por fin a Deborah.
Piers no dijo nada más, y solo salió del cuarto con la ansiedad anclada en el estómago, no podía evitar sentirse como un hijo de puta, pero no volvería a perder a la chica que amaba, no otra vez. No podría soportarlo.
…
Eran cerca de las nueve de la noche y llevaba alrededor de una hora conduciendo cuando se empezó a sentir realmente cansado, la resaca amenazaba con dormirlo en el camino pero su espíritu y sus ansias de llegar lo ayudaban a resistir el sueño. Se detuvo en un área de descanso en la carretera «Molly Pitcher Service Area» se podía leer en el GPS, se refregó el rostro con el afán de sacudirse la pereza y se bajó del Jeep. Conseguiría un café y algo para comer, cargaría gasolina, ya después de eso dormiría un poco y continuaría con su viaje hasta la capital de los Estados Unidos.
El aire gélido le dio de lleno en el rostro, el lugar no se encontraba muy concurrido, probablemente por el día y el clima. Pensó Piers mientras se encaminaba hacia la tienda.
A decir verdad había salido con una idea clara desde Nueva York, y en ese punto se sentía completamente perdido, Deborah creía que él estaba muerto ¿qué es lo que le diría al verla? Su estómago se contrajo con violencia al pensar en ese momento y sus manos temblaron levemente. Tenerla en frente sin saber con certeza que es lo que iba a decirle, o cómo le explicaría la situación eran cosas que no había pensado antes de salir como un energúmeno tras ella.
Pagó por el café y la hamburguesa y se dispuso a comer, mientras pensaba en todo lo que se le venía encima en el corto plazo, no quería imaginar siquiera que haría una vez que tuviese que volver a Nueva York, o a la BSAA, todo dentro de su cabeza era un mar de confusiones.
Recordó todo lo que había pasado el último tiempo, desde su salida del castillo, el coma inducido, la muerte de Deborah, el rescate y su propia resurrección.
Una vez en el vehículo, reclinó el asiento, apagó el teléfono móvil y se dispuso a dormir unas horas antes de seguir con el viaje.
…
Lunes 16 de diciembre de 2013.
Deborah estaba con la cabeza reposando sobre sus manos formando un cuadro bastante melancólico y macilento, con los codos apoyados sobre el mostrador de la librería donde había comenzado a trabajar hacía un par de semanas. El ambiente era cálido y el aire acondicionado estaba en la temperatura justa para que todos sus sentidos se dejaran llevar por el agotamiento. La noche anterior había vuelto a tener pesadillas con lo ocurrido durante el encierro, por lo que no había conseguido dormir bien.
Una más de tantas noches.
Levantó la vista para mirar a través de la puerta de vidrio de la entrada principal, la nieve cubría gran parte de la visibilidad, todo era de un pulcro blanco, desde las aceras hasta los techos de los autos aparcados fuera de la tienda de libros.
Alguien ingresó a la carrera, seguido del tintineo de la campanilla del acceso a la tienda mientras la brisa helada del exterior se colaba con rapidez junto al recién llegado, cerró la puerta y se acercó a la chica con una gran sonrisa en el rostro.
— Muy bien señorita, su horario de salida será en exactamente… — echó un rápido vistazo a su reloj de pulsera. — Cuatro minutos faltan para las cinco de la tarde, por lo que recomiendo empiece a recoger sus cosas.
— Que bueno verte. — susurró la castaña, con alivio en la voz. — Tengo mucho que contarte.
Amy se aproximó hasta quedar en frente de su mejor amiga, habían quedado para ir por un café luego del trabajo. Así que Deborah no la hizo esperar demasiado, cogió su bolso, se puso su abrigo y ambas mujeres salieron con paso apresurado tomadas del brazo.
— Wow, sí que hace frío. — exclamó la de ojos celeste, inmediatamente al sentir el viento gélido en el rostro.
— Te lo dije hace un rato. Pero supongo que no leíste mis mensajes. — le dirigió una mirada un tanto seria. — Espero que no te vayas a enfermar, mira que después de todo lo que te ha pasado…
Deborah dejó de escuchar y se quedó pensando un momento en aquellas últimas palabras, si bien era cierto que no le había contado todo lo sucedido dentro de los muros del castillo, al menos le había hecho una idea. Y por supuesto que Amy no sabría jamás lo del virus mutante que portaba, de los experimentos, o de los científicos y hombres completamente locos que observó en ese lugar. Sí, conocía parte de la historia de un secuestro y del soldado que le había salvado la vida más de una vez durante ese encierro, del cual finalmente; había sido rescatada por agentes encubiertos de los Estados Unidos.
Helena había sido muy severa en recalcar que la verdad debía ser protegida, después de todo, el asunto era confidencial y ella estaba completamente bajo el cuidado y control de la BSAA. Y mientras ellos no dijeran lo contrario, la menor de las hermanas Harper es y seguiría siendo un potencial peligro biológico.
— ¿Me estas oyendo? — Amy la observaba con preocupación detrás del brillo de sus orbes esmeralda, que parecían resaltar más aún tras ese maquillaje ahumado. — Vaya sí que estás distraída.
— Lo siento, es que anoche volví a tener pesadillas. — entraron en una cafetería, e inmediatamente tomaron asiento junto a uno de los ventanales que daban a la calle, dejando sus bolsos en la silla que quedaba entre ellas. — Pensé que irían disminuyendo con el tiempo, ha pasado más de un mes y honestamente aún no me siento del todo segura.
— ¿Qué tal la terapia? — la castaña puso los ojos en blanco. — ¿Qué? Es solo una pregunta.
— Sabes lo que pienso de eso.
— Creo que te haría bien. — sentenció la de cabello negro.
— ¡Olvídalo ya! Te he dicho en todos los tonos, que no es necesario. — soltó una risa algo floja. — Si temes porque pueda volverme loca… Ya estás jodida, porque estoy irremediablemente chiflada.
Ambas comenzaron a reír hasta que la mesera del lugar apareció para tomarles la orden. Realmente necesitaba esos ratos con quién era su mejor amiga, aquello le ayudaba muchísimo más que una terapia con un profesional, porque confiaba en esa chica casi como en ella misma – y tal vez para ese instante de su vida – muchísimo más que en sí misma, por lo que contarle y hablar sobre lo sucedido le alivianaba en parte el dolor y la angustia que moraban en su corazón.
…
Piers inspiró hondo apagando el motor de su vehículo en el intertanto, dejó escapar el aire con lentitud mientras el nudo en su estómago parecía hacerse notar con más ímpetu. Cerró los ojos un par de segundos apoyando la cabeza sobre el volante, intentando por un momento ordenar sus ideas y calmar su mente que en ese preciso espacio de tiempo; se había convertido en un huracán de emociones.
Sabía perfectamente todo lo que ella había hecho en el último mes, pues se había estudiado todo el material confidencial que Jill y Chris le entregaron en las horas que llevaba esperando fuera de la librería donde la castaña trabajaba. Y aunque no podía dejar de sentirse como un obsesivo y hasta cierto punto psicópata, era la única manera de estar un poco más cerca de Deborah, después de que les hubieran robado todo ese tiempo juntos.
Todavía rondaba en su cerebro la interrogante de qué sería lo que le diría, o si sería capaz siquiera de acercarse a ella, no recordaba con seguridad cuándo había sido la última vez que se sintió así de nervioso. Estaba temblando, y no tenía la certeza de si era por el frío que hacía en la ciudad, o por lo ansioso que se encontraba.
Levantó la vista y observó a través del parabrisas de su Jeep el paisaje nevado que lo rodeaba: una calle sin mucho tráfico se abría por delante, algunos autos estacionados en frente cubiertos por un manto blanco en toda la extensión de sus superficies. Un bajo número de transeúntes circulaban a esa hora por las aceras. Eran cerca de las cuatro y media de la tarde y ya pronto caería la oscuridad sobre la ciudad, por lo que la luminaria pública no tardó en encenderse.
Se irguió para acomodarse en el asiento y luego extrajo su teléfono móvil desde su bolsillo para encenderlo, se quedó mirando la pantalla del aparato mientras su mente divagaba nuevamente.
Evocó a sus pensamientos una de las escenas finales en el castillo, cuando por primera vez creyó que la había perdido, cuando sintió como después de varios años de duro entrenamiento físico y mental, la desesperación nublaba su juicio en una situación crucial. Un escenario que podría haber costado la vida de varios miembros del equipo, la suya y por supuesto, la de la mujer que amaba.
Sonrió tras ese pensamiento, si bien era cierto no fue hasta ese preciso instante que se dio cuenta de ello. Todo había sido una seguidilla de eventos que lo hicieron llegar a esa conclusión en el minuto final, cuando ya nada podía hacer para alargar el tiempo que les quedaba juntos.
Había escuchado muchas veces la frase: «No sabes lo que tienes, hasta que lo pierdes», sin embargo, y para su pesar; fue allí cuando lo entendió… Se había enamorado de Deborah Harper y ni siquiera había tenido la oportunidad de decírselo, y tal vez eso era lo que más le carcomía el alma. No estaba seguro de cuando había sido la última vez que se había enloquecido de esa forma por alguna mujer, trataba de hacerle caso a Chris cuando en reiteradas ocasiones le dijo que no era más que dependencia emocional a causa de la experiencia que habían vivido en ese lugar.
No… es muchísimo más que eso.
El móvil comenzó a vibrar incontables veces, seguido del timbre que le notificaba que tenía demasiados mensajes sin leer, seguido de varias llamadas que habían sido desviadas al buzón de voz. Echó una rápida ojeada; Chris, Jill, Claire, Jenna… La verdad era que no tenía ganas de hablar con ninguno de ellos, y si bien era cierto que en ese momento debería estar en las instalaciones de la BSAA, honestamente ya no sabía si es que quería volver a ese lugar.
Volvió a fijar la vista en el exterior, una chica caminaba por la vereda de enfrente con paso apresurado, tenía el cabello negro y largo cubierto por un gorro grueso de color rojo, el resto de su vestimenta era del mismo tono de su pelo. Su pecho se contrajo al ver que ingresó – sin bajar la velocidad de su marcha – directo en el lugar del que él esperaba saliera Deborah en un par de minutos.
Sus manos comenzaron a sudar y de pronto sintió la boca realmente seca, extendió el brazo para tomar una de las botellas de agua que había comprado en una de las estaciones de servicio que había encontrado por el camino, y casi de un sorbo se bebió media botella.
Después de varios minutos que, para gusto del soldado parecieron interminables, la chica de hacía un rato se asomaba desde la puerta de entrada de la tienda, e inmediatamente detrás de ella…
Deborah.
Dios, lucía tan hermosa. Su melena castaña estaba cubierta por una boina de color beige que hacía juego con su abrigo color caramelo, y aunque su semblante lucía bastante más sombrío y triste de lo que él la recordaba, aquello no quitaba el brillo natural de su personalidad avasalladora.
El deseo de salir corriendo del automóvil no se hizo esperar, su corazón latía de manera frenética y agitada, golpeando fuertemente contra su esternón y haciendo eco en sus tímpanos. Su cerebro oscilaba con cada palpitar y sus ojos ardían en una especie de emoción desbordada. No se había percatado de que su respiración se había transformado en jadeos y el sudor frío bajaba por su espalda. Tiró de la manilla de la puerta para salir y un pensamiento fugaz lo detuvo de echar a correr en su dirección una vez que puso los pies sobre el asfalto cubierto por una fina capa de nieve.
No puedes aparecerte de esa forma, ella piensa que estás muerto…
Tragó saliva con dificultad mientras la observaba alejarse tomada del brazo de la chica de negro, intentó con lo que le quedaba de cordura alcanzar un estado sereno, debía tranquilizarse y enfocarse en ese temple mental que poseía desde siempre. Piers Nivans se había caracterizado dentro del ejército y la BSAA por ser un soldado, y un hombre, que era capaz de mantener la calma en situaciones de conflicto y estrés, y debía recurrir a ese autocontrol ahora más que nunca.
Después de algunos segundos, decidió que lo mejor sería seguirla para encontrar el momento y la ocasión perfecta para acercarse a ella, sin causarle un susto o un desmayo. Por lo que volvió a montarse en el coche y encendió el motor.
…
La castaña sonrió ante el hilarante comentario de Amy, la verdad es que sus antiguos compañeros de la facultad nunca dejaban de sorprenderla.
— Y entonces… el idiota de Ian, terminó por reprobar.
— ¿Qué quieres que diga? — Deborah bebió un sorbo de su chocolate caliente. — Es algo que se veía venir, además ¿a quién diablos se le ocurre rendir un examen así de drogado?
— Hay otra cosa que debes saber… — la morena le dedicó una mirada preocupada. Y la de orbes celeste le prestó toda su atención. Un breve silencio y Amy agregó: — Michael se enteró de que regresaste. — exhaló un pesado suspiro de alivio. — Y me ha estado preguntando por ti.
— Por favor no le digas nada.
— ¿De verdad piensas que lo haría? — la interrumpió. — Solo te lo digo para que estés alerta en caso de que se aparezca por tu casa. — se pasó la mano por la cara y continuó. — Sabes que siempre he temido que pueda hacerte algo.
Deborah se quedó dubitativa por unos segundos, si bien era cierto que aquel tipo había sido capaz de lastimarla en el pasado; en la actualidad, no había ninguna posibilidad de ello, pues ni física ni mentalmente sería un rival digno.
Es mejor que ni me haga enojar el muy imbécil.
— ¿Estás bien? — la voz de su amiga la sacó de sus pensamientos. — No estaba muy segura si debía contártelo.
— Estoy bien. — afirmó convencida. —Solo pensaba que después de todo lo que pasó, no creo que se atreviera a buscarme.
Su mente viajó a paso veloz a ese instante en que su exnovio intentó golpearla, después de casi asfixiarla. Su cuerpo se contrajo en una especie de tensión retenida a causa de un mal recuerdo como ese, finalmente todo eso había repercutido en su forma de relacionarse con las personas, sobre todo a la hora de entablar relaciones más cercanas.
Hasta que conociste a Piers…
El contexto había sido diferente y el hombre, totalmente distinto a todo lo que antes hubiese conocido. Llevaba bastante tiempo analizando cada detalle de la «relación» que entablaron durante el encierro, porque claramente jamás se sintió tan cerca de un chico como hasta ese entonces. Sin quererlo Piers había sanado heridas y le había ayudado a superar algunos traumas que hasta el momento, no sabía que tenía.
Era bastante irónico pensar que mientras estuvo prisionera, muchas veces divagó en la idea de que afuera de ese lugar, nunca habrían tenido la posibilidad de coincidir. Él, un soldado de una organización antibioterrorista con sede central en Nueva York y ella, una estudiante universitaria del montón y que además vivía en otra ciudad.
Quizás si no la hubiesen secuestrado esa primera vez, si no hubiesen experimentado con ella… Su vida seguiría siendo tan aburrida y normal como fue desde que tuvo uso de razón. Y estaba realmente segura de que podía sonar verdaderamente ridícula al admitir en voz alta que, estaba agradecida y conforme con todo lo que había tenido que soportar a lo largo de su corta vida. ¿Quién a sus veintiún años podía decir que había hecho la mitad de cosas que ella?
Lo único que seguiría lamentando por el resto de sus días, sería no haber sido capaz de salvar la vida del hombre que la dio por ella. Sin embargo, sabía que Piers no le perdonaría que dejara de luchar, por eso había tomado las pocas fuerzas que le quedaban y había decidido seguir respirando por ambos.
Se giró sobre su asiento para observar a través de la ventana de la cafetería, la nieve había empezado a caer nuevamente, con copos ligeros que se mecían al compás del viento apaciguado. Había varios vehículos aparcados en el exterior y a lo largo de la calle, no obstante, uno llamó particularmente su atención. Sintió un escalofrío extraño y sombrío recorrer su espina dorsal en el momento en que fijaba la vista en el Jeep de color plateado que estaba a unos metros por fuera y a su izquierda, por lo que no pudo quitarse la sensación de sentirse observada durante el resto de la velada.
…
No había notado en que momento dejó de respirar, no obstante su cuerpo le recordó que debía hacerlo nuevamente con un leve espasmo. La noción del tiempo lo abandonó desde el momento en que la vio sentarse junto a la vidriera, desde su posición podía observarla con total descaro y como él mismo pensó hacía un rato: como un psicópata.
Sacudió la cabeza y se maldijo a si mismo por su actitud, y hasta cierto punto por su cobardía. Deborah estaba bien, se había reído con su acompañante por largo rato, había encontrado un empleo… en resumidas cuentas: estaba continuando con su vida, retomando todo lo que dejó antes de ser secuestrada y vulnerada. Ella intentaba seguir, dejando atrás todo el trago amargo que significó el castillo, los experimentos y las criaturas horrendas que había tenido que ver.
No tengo derecho.
No… la amaba tanto que entendía el daño que él significaba en su vida, el mal recuerdo que representaba, era el cuadro viviente de la experiencia más espantosa de su vida. Tal vez, para un soldado con años de entrenamiento, el proceso de recuperación del estrés postraumático era mucho más fácil de sobrellevar, después de todo, para él no era la primera vez que pasaba por una vivencia de ese tipo. Pero ella era una niña, o eso pensaba antes de conocerla, pues a medida que pasaban los días y ambos pasaban largas jornadas de conversación, caricias y sexo, se fue dando cuenta de que aquella muchacha era toda una mujer.
La nieve continuaba su curso, uno a uno veía caer los copos inmaculados y mientras tanto su mente no paraba de visualizar sus posibilidades. Normalmente era de tomar decisiones de manera eficiente, sin pensárselo demasiado, y una vez que elegía la que para él era la mejor opción del abanico de ellas, la seguía sin titubear. No obstante, ahora solo deseaba encontrar una mejor alternativa.
Recordó el momento en que fue herido en la base submarina, cuando ese dolor indescriptible se apoderó de su brazo derecho en el instante en que aquel objeto puntiagudo y metálico atravesó su extremidad, e inconscientemente su mano izquierda ya estaba sobre su hombro del lado contrario. Y como si eso no fuese suficiente, el dolor cesó de un solo golpe cuando su miembro torácico fue literalmente aplastado por el peso de un gran objeto de metal. Sin siquiera dudarlo, inspiró y de un solo jalón se liberó del enganche, despedazando lo que quedaba del que otrora fuese su brazo derecho. Y todo porque sabía que en ese momento no tenía otra opción, si no hacía algo a la brevedad, tanto él como Chris habrían muerto a manos de esa criatura, pero no fue hasta que vio saltar aquella jeringuilla de entre su ropa que tomó la decisión que cambiaría su vida; inyectarse la cepa de virus C modificado.
Se restregó el rostro con ambas manos, estaba realmente cansado. Ciertamente había tenido un día agotador, tanto física como emocionalmente… Era tiempo de regresar, y aunque no deseaba hacerlo, todos sus sentidos le decían que era la decisión correcta.
Encendió el motor del vehículo y dedicó una última mirada a la mujer que más había amado en la vida, ella bebía chocolate caliente desde una taza transparente y sonreía, se veía contenta, tranquila y eso, era suficiente para él. Salió de su estacionamiento y emprendió el rumbo de vuelta hacia Nueva York.
…
El tiempo había pasado en un parpadeo, y para Piers Nivans volcar su frustración contenida sobre la superficie de ese punching bag no estaba siendo útil. Eran cerca de las once y treinta de la noche y llevaba alrededor de una hora golpeando sobre la tela de cuero sintético y el contenido semisólido del saco de box colgante. El gimnasio de las instalaciones de la BSAA permanecía abierto las veinticuatro horas del día, por lo que siempre sería un lugar disponible para hacer sus descargos.
Dio un golpe certero, fuerte y demasiado directo para que la envoltura de cuero del objeto de entrenamiento se rasgara completamente dejando caer su relleno sobre el piso. El castaño se sentó sobre una banca ubicada junto al cuadrilátero de boxeo, cogió la toalla desde su bolso de deporte que solía guardar en su casillero y que había dejado sobre el asiento cuando llegó, secó el sudor de su rostro y cuello y se quitó las guantillas para beber de un sorbo gran cantidad de la botella con agua.
Era tarde, lo sabía y aun así no tenía ningún deseo de volver a su departamento. Todavía no era capaz de asumir todo lo que había ocurrido en esas últimas horas, había descubierto que Deborah estaba viva ¿y para qué? Para dejarla morir otra vez. De cierta manera así era, o así lo sentía; la había encontrado, la había visto, había estado a solo unos metros de distancia de ella, a unos pasos de poder abrazarla y decirle que existía la posibilidad de un futuro juntos, incierto, muy inseguro, precario y problemático para ambos… pero por lo menos algo, pues ambos seguían respirando.
¡Maldita sea!
¿Por qué todo tenía que ser tan complicado? ¿Por qué no solo lo había intentado y ya? ¡Pues no! Su parte racional y predominante hacía acto de presencia para sopesar todos los hechos, y era enteramente real que Deborah necesitaba continuar y olvidar toda la pesadilla que había vivido. Debía aferrarse a ese pensamiento, repetirlo como un mantra y convencerse de que era lo mejor.
— ¿Cómo estás, soldado? — una voz femenina lo trajo de vuelta a la realidad. — ¿Qué tal todo? — Piers se quedó mirándola por un momento sin decir un solo vocablo mientras ella se sentaba a su lado. — Te ves fatal, creo que la pregunta estuvo de más, Wells me dijo que estabas por aquí.
— Sí… — torció los labios en un intento por cambiar su expresión sombría. — Vivo, estoy vivo. — no tenía muchas ganas de conversar sobre si mismo, así que desvió el tema — Y tú, ¿qué haces tan tarde por aquí, Hart?
— Estaba entrenando en el polígono, al parecer por estos días tendremos que cooperar con la división europea. — se encogió de hombros. — Algunos aún aprovechan lo que quedó del virus C, lo consiguen en el mercado negro para desatar pequeños focos bioterroristas.
— Siempre es lo mismo.
— Hart, Nivans. — Chris hizo un saludo poco formal y se acercó hasta ellos. — Lamento interrumpir la plática, pero necesito al teniente.
— No hay problema capitán, no era nada importante. — dijo Nicole, le dedicó una sonrisa a su superior y se retiró haciendo un gesto de despedida para ambos hombres.
Después de que la morena cruzara la puerta doble de la entrada a la estancia, y una vez que Chris se aseguró de que estuviesen solos comenzó:
— Tenemos que hablar. — Piers frunció el ceño, y el capitán inmediatamente agregó: — ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué tontería hiciste? — su tono de voz cambió a uno más severo. — No puedes desaparecer así, te recuerdo que estás bajo estricta vigilancia.
— Lo sé, y estoy cansado de esto. — se pasó ambas manos por la cara en señal de exasperación. — Ya no puedo más, Chris. — levantó la vista para mirar a quién era como su hermano mayor, y en quién confiaba incluso más que en su propio hermano. — Siento que me estoy yendo al carajo, perdí el rumbo y no sé cómo tomar el control otra vez. — su timbre se quebró ligeramente. — En un principio creí que mermaría con el tiempo, y que el apego que sentía hacia ella era a causa de lo que vivimos juntos… como tú mismo me dijiste.
— ¿Pero?
— Pero aquí estoy, sin saber qué hacer y descargando mi frustración con un saco de boxeo.
— ¿Pudiste verla? — quiso saber Chris, no estaba cien por ciento seguro, pero algo le decía que por eso su amigo y camarada había desaparecido todas esas horas.
— Sí… — cerró los ojos para evocar su recuerdo. — Pero no fui capaz de acercarme, no fui capaz de destruir su tranquilidad, de romper la poca estabilidad que ha logrado recuperar. — exhaló el aire con pesadez. — La amo demasiado como para ser el recuerdo de algo que ella desea olvidar.
— Entiendo… — realmente lo hacía. — ¿Y qué piensas hacer ahora?
El menor de los soldados alzó los hombros y bajó la mirada, aquella era una pregunta bastante complicada considerando la seguidilla de malas decisiones que había tomado en el pasado mes, en definitiva, había soltado una gran bola de nieve que cada vez se hacía más y más enorme y ya no sabía cómo detenerla.
— En estricto rigor, hablo del tema del niño. — Chris continuó con el diálogo que se había perdido por unos segundos. — Me refiero a que sé que aún no firmas nada… — No quería sonar de manera inapropiada, sin embargo, no pudo decirlo de otra forma. — Lo que quiero decir, es que te asegures de que ese hijo es realmente tuyo antes de reconocerlo como tal.
— ¿Qué quieres decir? — inquirió Piers, con una línea dibujada en el entrecejo.
— Que exijas que se realice una prueba de paternidad. — ya lo había lanzado. — No es mi asunto, pero no me gustaría que te veas involucrado en otra mala decisión. — trató de pronunciarse lo más comprensivo con el contexto. — No me fío de esa mujer.
El castaño permaneció dubitativo ante tal afirmación, no obstante, confiaba en Chris. Lo que decía tenía lógica al remembrar la noche en que le pidió matrimonio a Jenna White, ya que ella le confesó que había alguien más. ¿Cómo podía haber sido tan ciego? El papeleo legal ya estaba en curso, y después de esa pequeña charla con su capitán, ya estaba deseando un resultado para ese examen, un resultado que de alguna forma le devolvía el aliento, si resultaba que ese niño no era su hijo, ya nada podría atarlo a una vida que no deseaba vivir. Por supuesto, que ese era también un motivo poderoso para no buscar a la mujer que amaba.
…
Sábado 21 de diciembre de 2013.
El precioso lugar en que se había celebrado la boda simplemente era perfecto, un salón en la azotea de un lujoso edificio en el corazón de Nueva York. Ya eran cerca de las nueve de la noche y se encontraban en el recinto cerca de ciento cincuenta invitados, incluyendo a los cercanos y gran parte del personal de la alianza de seguridad para la evaluación contra el bioterrorismo, desde soldados que habían trabajado con los novios en el pasado como Sheva Alomar y Josh Stone, hasta los altos mandos como el general Henderson y su esposa, Barry Burton quien además era padrino de bodas, había sido invitado con su familia, Kathy, Moira y Polly estaban en la fiesta.
Claire estaba en una de las esquinas contemplando la vista que era sencillamente maravillosa, la catedral de St. Patrick podía vislumbrarse en todo su esplendor y ya a esa hora reflejando las luces de la gran ciudad, miró su reflejo en el cristal de la vidriera con la que habían cerrado el espacio debido a la estación del año. Su vestido rosa lucía realmente impecable, al igual que su peinado y maquillaje. Ser la madrina de bodas había resultado ser un trabajo agotador, pero finalmente la recepción se llevaba a cabo sin contratiempos, todo iba viento en popa.
Se giró sobre sus talones buscando a sus acompañantes, Leon había desaparecido con su amiga del trabajo hacía un rato, sin duda estarían en la barra degustando los tragos. Escrutó entre las caras conocidas y las que no lo eran tanto; Moira se veía realmente bella con el vestido de dama de honor al igual que su hermana menor, Barry y Kathy sin duda parecían estar reviviendo buenos momentos con el ambiente festivo de la celebración.
Sonrió mientras deslizaba la mirada recorriendo el salón, los músicos, el piano, había gente que bailaba, otros bebían. La atmosfera era tan agradable que no podía evitar sentir una gran paz y felicidad, Chris y Jill bailaban en el centro de la pista, vestidos como los más guapos del lugar.
Y es que claramente es como debe ser.
Soltó una risita, mientras se perdía mirando a su hermano. Recordando su infancia, la pérdida de sus padres y el cómo su hermano mayor se había hecho responsable de su cuidado, como jamás le había faltado nada a su lado, cuando entró a la universidad y Chris con sus ahorros le obsequió su primera Harley, que obviamente y hasta ese entonces, fue el mejor regalo de su vida. Amaba a ese hombre con la vida, tanto como para arriesgar la suya para encontrarlo en el pasado.
Ya son quince años desde entonces.
La isla de Rockfort… Steve…
— ¿Melancólica? — la voz del agente de la DSO la trajo de regreso.
— No todos los días se casa tu único hermano. — el hombre le extendió una de las copas de champán que traía en las manos. — Gracias, ¿y las chicas?
— Una fue al tocador y la otra se dirigía a la barra. — el agente bebió un sorbo mientras se situaba al lado de la pelirroja. — Veo que has hecho un gran trabajo como madrina de bodas, todo está perfecto.
— Fue duro pero, la novia se ve hermosa y mi hermano está radiante y muy guapo. — expresó entre broma y seriedad. — Además, no debo quitarle crédito a los padrinos, que ayudaron bastante.
— Así es, ¿entonces qué dices? — Leon levantó su copa. — ¿Un salud por los novios y su madrina? — Claire elevó la suya para el brindis. — Y luego he de permitirme invitar a la mujer más bella del lugar, después de la novia claramente, a bailar la siguiente pieza.
Ambos brindaron y bebieron amenamente hasta que llegó el tiempo de dirigirse hasta la pista de baile y compartir sus dotes danzarines con el resto de los invitados.
…
Jill y Chris bailaban en medio del salón sin ver a nadie más que a su pareja, ambos tenían los ojos fijos en el otro, fundiendo sus miradas como si desearan que el reflejo del otro quedase grabado para siempre en la retina de sus globos oculares.
Su mujer lucía sencillamente preciosa, el maquillaje de sus ojos contrastaba y resaltaba del color blanco de su vestido entallado que desde ya lo traía loco. El collar de brillantes que adornaba su cuello finalizaba entre el relieve de sus clavículas y hacia juego con su nívea piel. Su escote sin mangas y el entalle del mismo daba realce a sus pechos y su cintura, finalizando en un faldón largo que llegaba hasta el suelo.
— Eres tan hermosa. — susurró, pero con la música su interlocutora no llegó a oírlo.
Finalmente había llegado el tan esperado día, después de todo lo que les había tocado vivir y superar, definitivamente eran marido y mujer y ambos permanecían incrédulos ante la idea, tanto que se sentían como adolescentes.
La rubia situó sus azules iris sobre el rostro varonil del que ya era su hombre, su esposo. Chris había vuelto, era él, nuevamente el hombre al que siempre había amado y podía estar segura que nada cambiaría ese irrefutable hecho. Además el capitán Redfield lucía realmente guapo en ese smoking, así como con su traje de combate, o de deporte, o simplemente no llevando prendas sobre su cuerpo.
Sonrió. Estaba tan dichosa, que toda esa alegría no le cabía en el pecho, sin embargo, trataba de evitar que la emoción desbordara a través de sus orbes, ya que eso arruinaría su maquillaje, aunque ¿Qué más daba?
— Estoy tan feliz que no encuentro las palabras para expresarlo. — Jill fue quien rompió el agradable silencio que se había formado entre ellos. — No puedo creer que… — la melodía del piano se escuchaba verdaderamente agradable en el fondo.
— Y yo… te miro y todavía no me lo creo. — el vaivén de la danza y el tacto entre ellos era todo lo que podían sentir.
Ambos sonrieron y continuaron fluyendo al ritmo de la música de la banda, todo era perfecto, y el invierno que ya les pisaba los talones no había sido impedimento para arruinarles la celebración. Todos sus amigos y conocidos los acompañaban, la dicha era plena y ambos deseaban que ese momento de júbilo desmedido fuera eterno, o al menos intentarían que así fuese.
— ¿Me permites esta pieza con la novia, capitán? — un alegre Piers Nivans extendía su mano hacia la hermosa mujer vestida de blanco.
— Por supuesto, es un honor que solo le concederé a los padrinos. — bromeó Chris, y a continuación le cedió su lugar por un momento y se dirigió a unos pasos de la pista.
— Por fin le das un respiro a Jill. — bufoneó Sheva, mientras le daba un fuerte abrazo. — Felicitaciones por la boda, compañero. — el castaño respondió el abrazo de la chica africana. — Veo que al final todo ha salido bien. Y tu boda nos ha dado la instancia para volver a reunirnos.
— Así es. Supe que estuviste en contacto con Piers cuando él estaba tras mi rastro. Te lo agradezco.
— No alcancé a hacer mucho, solo le ofrecí mi ayuda si es que la necesitaba. — la morena bebió de su copa. — Pero al poco tiempo él dio con tu paradero.
— ¿Qué tal Chris? — Esta vez era Josh quien le brindaba un cariñoso abrazo. — Muchas felicidades camarada.
— Muchas gracias. — agradeció con una sonrisa en los labios, mientras su mirada se fijaba en su bella esposa que se aproximaba del brazo de uno de sus mejores amigos.
Ambos colegas africanos felicitaron a la flamante novia y saludaron al teniente Nivans. Las preguntas referentes a los últimos acontecimientos y la supervivencia del joven soldado no se hicieron esperar, el capitán notó la incomodidad en el semblante de Piers y rápidamente se apresuró a intervenir cambiando el tema. Conversaron de los planes de la pareja, dónde vivirían y por supuesto, dónde sería la luna de miel. Europa sería una buena opción para visitar por placer alguna vez, o quizás alguna isla paradisiaca en Centroamérica, la verdad era que aún no se decidían ya que habían planificado verlo luego de las festividades de fin de año.
Piers se disculpó y se retiró con dirección al bar abierto, aunque el hecho de descubrir que Deborah se encontraba con vida, de cierta forma le había devuelto el sentido a la suya, la contraparte de no poder estar con ella le propinaba una gran cuota de fracaso y miseria.
…
Deborah Harper seguía pensando que acompañar a su hermana mayor hasta la ciudad más ruidosa de todo el país no habría sido una mala idea para su antiguo yo. No obstante y con total sinceridad, para su yo actual todo eso había sido una pésima idea.
Y es que finalmente el tipo que en primera instancia creyó que podría ser el novio de Helena, había resultado ser un compañero del trabajo, y no uno cualquiera sino con el que se había dirigido hasta la catedral de Tall Oaks para rescatarla a ella.
Dejó escapar un suspiro intentando liberar ese mal recuerdo, que con los días iban doliendo menos. Y volviendo a Leon y Helena, se notaba que había mucha confianza entre ellos, y que él realmente se preocupaba por su hermana, tanto que hasta había intentado darle consejos a la menor de las Harper en los días recién pasados, y por quien al fin y al cabo, estaban metidas en esa boda.
También había conocido a la hermana del novio… No estaba muy segura pero le pareció escuchar que él se llamaba Chris o algo por el estilo. La chica era Claire, una mujer muy agradable y también muy ligada al mundo del bioterrorismo.
Vaya que últimamente he conocido mucha gente de esa, y esta fiesta está llena de ellos. Creo que debería irme…
Bebió otro sorbo de su Cosmopolitan mientras se relamía los labios, ese día no había comido demasiado y la bebida ya estaba comenzando a irse directo a su cabeza. Hizo un esfuerzo por levantarse del taburete, buscaría a Helena y le diría que volvería al hotel, no se había dado cuenta hasta ese momento de lo cansada que se sentía.
Cogió su pequeño bolso de mano, se acomodó el vestido negro y se dispuso a caminar, no sin antes echar un vistazo a su alrededor. Desde su posición se veía claramente la pista de baile que estaba en medio, había bastante gente bailando ahí, incluidos Leon y Claire a quien distinguió por su cabellera de color rojo, no obstante, no lograba ver a Helena. Continuó su examen visual a lo largo del salón; directamente al lado del bar se encontraba una piscina iluminada con luces de tonalidades purpura y azul, más allá de los bailarines justo en frente estaba la banda, y a su derecha las mesas de la cena delicadamente decoradas con esmero y fineza, y finalmente el balcón exterior.
Quizás podría salir por un poco de aire y en el camino busco a Helena.
Estaba decidido, se dispuso a bajar los peldaños que mantenían al bar en un nivel levemente superior al resto del salón y sin quererlo se enredó con su vestido, tropezando para ser rescatada por un extraño que la alcanzó a sostener por el brazo antes de terminar tendida en el suelo.
Se incorporó rápidamente tratando de bajarle el perfil a su percance, levantó la vista y su asombro no tuvo vocablos para describir lo que sintió.
Un rayo golpeó su mente y su corazón se paralizó para volver a latir con mayor potencia, tanto que sintió que este saldría disparado a través de su caja torácica.
No puede ser…
Había decidido ir por un whisky después de ese baile con Jill, la sensación de vacío emocional se manifestó sin dar demasiada tregua. No deseaba emborracharse, pero si sentía que necesitaba un trago, y sabía que en unos pocos minutos más Jenna comenzaría a buscarlo por todo el salón. Deseaba escabullirse antes de que eso ocurriese, iría por el licor y luego volvería para mezclarse con la multitud.
En eso estaba cuando pasó por el lado de una chica que estaba con la cabeza gacha y que tropezó torpemente de la nada, alcanzó gracias a unos muy buenos reflejos a afirmarla antes de que todo terminara en un estrepitoso espectáculo con la muchacha tumbada en el suelo. Más se llevó la sorpresa de su vida cuando ella levantó la mirada.
Su pulso se aceleró a tal punto que sentía los latidos resonando dentro de su cabeza, el aire pareció abandonar por completo sus pulmones, le costaba mantener el ritmo de su respiración, un sudor frío bajó por toda la extensión de su columna, las manos se le enfriaron y sus ojos solo pudieron clavarse en los celestes de ella.
Deborah…
Los segundos pasaban, lo sabía porque el tiempo no se detenía aunque en ese momento parecía que sí, sus orbes color miel estaban fijos en los suyos. Las piernas le temblaban y temió terminar en el suelo de todos modos, el asombro era tal que creyó que era tan solo otro sueño, cedió ante la presión y ambos cayeron suavemente.
— Pronto vas a despertar… — resopló por lo bajo cerrando los ojos con fuerza.
¡Bésalo antes de que lo hagas!
Su mente fue clara en ese grito desesperado que lanzó, rebelando así ese deseo de poseer sus labios una vez más. Abrió sus orbes turquesa, arqueó las cejas en una expresión de tristeza y detrimento y se aproximó reclamando su boca como en el pasado. Lo besó con locura y pasión, como si su vida se fuese con ese ósculo, como anheló besarlo la última vez que estuvo entre sus brazos, cuando la existencia se le escapaba con la sangre que brotaba de su cuerpo.
Piers quedó pasmado, pero respondió dándole cabida, jugando con su lengua y explorando cada rincón de la boca de la chica que tenía en sus brazos. Sus labios eran suaves, tal y como lograba recordarlos, su aroma seguía intacto y activó todos sus sentidos por lo que su cuerpo no tardaba en reaccionar, olvidando por completo en donde se encontraban…
— Lo siento tanto… — susurró la chica, separando ligeramente su boca y volviendo a besarlo. — Te juro que hubiese dado mi vida por la tuya… — sollozó, pensando que pronto volvería a la oscuridad de su cuarto.
— Pasé tanto tiempo pensando que habías muerto. — limpió una solitaria lágrima del rostro de la chica con el pulgar. — Que morí mil veces más. No podía… — su voz se quebró. — No podía sin ti.
— Te amo tanto…
— Y yo te amo a ti… es lo único que deseaba decirte ese día en el castillo, cuando morías sobre mí.
— Es otro sueño más, no quiero despertar. — abrió nuevamente los ojos, y él todavía la sostenía. — No puede ser… aún sigues aquí.
Extendió el brazo izquierdo para acariciarle el rostro, la cicatriz que partía desde su frente y acababa en su mejilla derecha, tenue, pero aún estaba ahí, su ojo del mismo lado que conservaba una tonalidad ligeramente más clara. Sus labios, su cuello, ese traje de gala que le quedaba increíblemente bien. Ni en sus mejores sueños lo había visto tan guapo como en ese preciso instante.
Decidió que era momento de ponerse de pie, ignoraba cuanto tiempo llevaban así, pero estaba claro que no estaba soñando, todo era real, todo estaba pasando.
Cuando estuvieron de pie uno frente al otro, Deborah sintió como su cuerpo se rendía ante un agotamiento físico y mental. La realidad se distorsionó al igual que el rostro del hombre que tenía en frente, sus labios se movieron pero ella no lograba escucharlo, todo daba vueltas, las luces, los muebles, la gente... Comenzó a sentir muchísimo frío, los movimientos sucedían en cámara lenta hasta que nuevamente el abrazo de Piers la sostenía, finalmente su aliento desvanecía y su mente se apagó por completo.
El joven soldado intentó sostener el cuerpo lánguido de la castaña, mientras exclamaba por ayuda. Rebecca Chambers que se encontraba en el recinto corrió hasta los jóvenes y se sorprendió hasta la médula al ver la escena que se desataba frente a ella. Todos los asistentes rodearon a la pareja, la ex STARS, les pidió que les dieran espacio para examinar a la chica. Helena llegó al lado de su hermana sin entender que era lo que estaba pasando, Jenna quedó impávida al aproximarse, Jill y Chris estaban atónitos ante tal coincidencia, Leon y Claire con las mismas expresiones que los novios…
— Hay que trasladarla al hospital de la BSAA. — sentenció Rebecca.
Prontamente hizo unas llamadas, y en menos de diez minutos la ambulancia estaba en la calle bajo el edificio donde se llevaba a cabo la recepción de bodas. Piers cargó a la castaña en sus brazos y le dijo a la profesora Chambers que él la llevaría, Helena se sumó al soldado y los cuatro se retiraron de la fiesta no sin antes pedirles a todos que continuaran con la celebración.
…
Uh lala…
Y eso fue todo, tenía que dejarlo ahí, siempre fue mi idea.
Ya empecé a escribir el capítulo siguiente, llevo dos páginas de lo que de seguro serán varias, porque ahora sí que pienso terminarlo en el próximo capi, alargarlo más no tiene sentido, así que todo lo que queda por aclarar lo haré en el siguiente.
Quiero agradecer cada uno de sus reviews que me llenan el alma y logran que la misma se colme de inspiración para seguir con esta locura, así que, a cada uno de ustedes les doy mil gracias:
seen24, Stacy Adler, hamerun21, Lirio Negro, ruth, brunosamuel. 3 Muchas gracias por sus palabras.
Muchísimas gracias también a todos quienes ponen mi historia en sus favoritos, agradecimientos totales.
Espero poder actualizar pronto, los quiero.
Atte yo, o sea Jill Filth.
Besotes y Abrazotes.
