Disclaimer: La serie de HBO 'Juego de Tronos' no es de mi propiedad, como tampoco lo es la serie de libros 'Canción de Hielo y Fuego' del escritor estadounidense George R. R. Martin.
DAWN
Capítulo 14:
Fire and Blood
En el fondo, siempre supo que Daenerys la traicionaría de alguna forma, pero no esperó que decidiera huir con el muchacho que afirmaba ser Aegon Targaryen, el hijo de Elia Martell de Dorne, por una oportunidad de hacerse con el Trono de Hierro.
—El muchacho arribó poco después de tu partida. Esperaba proponerte matrimonio, pero renunció a la idea cuando se enteró del embarazo—dijo Arthur—. Jon Connington estaba con él. Afirmaban que el bebé asesinado por Gregor Clegane era el hijo de un curtidor del recodo del Meados cuya madre había muerto en el parto. Su padre se lo vendió a Lord Varys por una jarra de dorado del Rejo. Ya tenía otros hijos, pero el dorado del Rejo no lo había probado nunca. Varys le entregó el bebé del Meados a la princesa Elia, y partió con el verdadero Aegon a las Ciudades Libres.
Había quien decía que el reino cayó cuando Robert mató al príncipe Rhaegar en el Tridente, pero lo cierto era que la Batalla del Tridente ni siquiera habría tenido lugar si el grifo hubiera matado al venado en Septo de Piedra. Jon Connington ansiaba enmendar todos los errores del pasado al entregarle el Trono de Hierro al supuesto príncipe.
—Daenerys tomó los huevos de dragón para ofrecérselos al supuesto Aegon. Si acepta al principito como consorte, lo reconocerán. Sin ella, se burlarán de él y lo tacharán de farsante y usurpador—Aenar cumplió con la misión que le encomendó, pero se culpaba por decisiones estúpidas que estaban más allá de su control—. Han desaparecido de Pentos, con la Compañía Dorada. Los Siete Reinos están a punto para la conquista. Un mocoso cruel ocupa el Trono de Hierro, y hay más rebeldes que hojas de otoño.
Los hombres de la Compañía Dorada eran mercenarios, por muy caballeros y señores que hubieran sido sus padres y abuelos en Poniente antes del exilio, y no se podía confiar en un mercenario. Sabían que necesitaban el poder de la Reina Dragón para ganar la guerra, por ello cruzaron las Ciudades Libres en búsqueda de las bestias que pusieron al mundo de rodillas. Como no podían casar al príncipe con una mujer que ya estaba casada, recurrieron a la hija del Rey Loco.
—Aegon está muerto—declaró Visenya al recargar la espalda en el cómodo sillón de terciopelo. Kinvara y Shiera le habían dicho que debería enfrentarse al falso dragón, y había comprobado por las malas que todos sus vaticinios terminaban por cumplirse—. El muchacho no es más que un impostor manipulado por un titiritero oculto en las sombras. La tonta puede huir con quién se le dé la gana, pero nadie me roba.
En menos de un día, Daenerys traicionó a la mujer que le tendió la mano para huir con el desconocido que afirmaba ser el legítimo heredero de los Siete Reinos. En el fondo, toleraba las conspiraciones que tramaban los idiotas que desconocían la verdadera amenaza, pero no podía soportar semejante robo. Daenerys violó la seguridad de sus aposentos personales para hacerse con los huevos, y luego desapareció del mapa para evitar que los exploradores dothrakis dieran con ella.
—Khaleesi—Visenya permitió que Jorah le rodeara el cuello para brindarle un abrazo que no le presionara el vientre hinchado. Había encabezado la búsqueda, pero no había obtenido resultados. Era evidente que la traición de Daenerys le molestaba tanto como a los demás—. Os prometo encontrar a la Compañía Dorada.
—Lo haré yo misma—sentenció Visy. El viento le susurraba en el oído que la traidora intentaba incubar los huevos, sin éxito. Los idiotas que reclamaban el Trono de Hierro ni siquiera comprendían que se necesitaba más que fuego para traerlos de regreso. Sin el poder de la magia, los huevos no eran más que hermosas piedras de colores. Debía encontrarlos antes de que terminaran en las manos de una persona tan aborrecible como Euron Greyjoy—. Necesito que reúnan provisiones para la Guardia de la Noche.
—¿La Guardia de la Noche? —Aenar decidió regañarla con aquella mirada tan particular. Visenya olvidaba constantemente que su sol y estrellas era ocho años mayor que ella, pero recordaba la diferencia de edades cuando él decidía comportarse como un padre fastidiado por los caprichos de su hija—. ¿Estuviste con todos los criminales de los Siete Reinos?
—Sólo háganlo—Visenya enfocó su atención en los caballeros de la Guardia Real, que se retiraron con expresiones de incertidumbre para cumplir con las órdenes de la reina. La postura de Jorah le indicó que conocía la posición que Jeor Mormont ostentaba en el Muro—. Conozco esa mirada. No necesitas regañarme por lo que he hecho.
—El anciano me dijo que el maestre del Castillo Negro es el hermano mayor de Aegon el Improbable—Aenar le brindó el abrazo que tanto deseaba. El bebé pateó bajo su mano para dejarle saber que añoraba su presencia—. ¿Te lastimaron de alguna forma?
—No lo hicieron—afirmó Visy con toda sinceridad. Una reina no debía llorar como una niñita, ni siquiera cuando su corazón se encontrara dominado por el miedo. Aenar siempre afirmó que un individuo de su cuna no era consorte adecuado para una mujer como ella porque ni siquiera imaginaba la verdad. Aenar Greyjoy, nacido como un bastardo de las Islas del Hierro, era el legítimo heredero del linaje que gobernaba los mares desde la Edad de los Héroes. Visenya debía proteger a su familia del traidor que usurpó el trono de la princesa Alhena—. Uno de mis primos también sirve en la Guardia de la Noche. Necesito aprender a lidiar con mis familiares. No es sencillo para mí…
—¿Qué sucede? —Aenar frunció el ceño al percibir las lágrimas que caían en su pecho. Era más poderosa que una tormenta, pero no creía ser capaz de enfrentar al Tridente del Rey. Los continentes estaban rodeados por grandes cuerpos de agua que eran gobernados por el monstruo que asesinó a la madre de su sol y estrellas. El Usurpador de los Mares desencadenaría todo el odio reprimido cuando se enterara del bebé que crecía en su vientre—. No llores, luna de mi vida. Eres más fuerte que esto, eres más fuerte que todos nosotros.
—Sólo abrázame.
Visenya permitió que Aenar la abrazara cuando aterrizaron en el Camino Real, a pocas leguas del Castillo Negro. Aunque la magia regresaba, no podía permitir que extraños presenciaran el verdadero poder de Shiek. Si el aliento de los dragones despertaba la maldad de los hombres, todos codiciarían a la bestia que era capaz de cruzar el mundo en menos de un parpadeo.
Shane sujetó con el pico la cadena que unía a los carromatos gigantescos para tirar de ellos.
—Pensé que bromeabas—Aenar tragó saliva al encontrarse frente al Muro. Había navegado el Mar de los Escalofríos y había caído en él, pero las ballenas lo salvaron antes de que sucumbiera a la temperatura. El abrigo de pieles lo protegería de las corrientes que azotaban el norte de Poniente—. ¿Cómo puede existir una criatura con semejante poder?
—Tu madre es una sirena—replicó Visenya cuando el zouwu trotó hacia la pared de hielo. En ese momento, comprendió que la gigantesca cola servía para transportar cargas que superaban el tamaño de su lomo. Los exploradores de la Antigua Valyria sólo documentaron que el zouwu tenía la habilidad de transportarse a cualquier lugar con sólo desearlo—. Tal vez, debas olvidar todo lo que creías saber.
—Solo espero que Aemon no herede tu temperamento. De ser así, nuestro hijo terminará peleándose a puñetazos con un gigante—Visenya le dirigió una mirada repleta de indignación. Jamás pidió que los grandes misterios la siguieran como una sombra, su existencia misma atraía la magia y a todos los seres que nacieron de ella—. No soy yo quién camina entre el fuego.
—No soy yo quién pelea a puñetazos con Daario—declaró Visy al recordar la pelea de machos que debió presenciar en Volantis—. Deberías saber que nuestro hijo heredará tu apariencia.
—Las mujeres caerán rendidas a sus pies, en especial las reinas de cabello plateado—Aenar le susurró al oído para despertar a la bestia que llevaba dentro—. Cuando nazca, podríamos hacerle un hermanito. Puedes escoger el proceso de creación que tanto te gusta. Un buen hombre debe permitir que su amada esposa disfrute del sexo, hasta que olvide su nombre.
—Esto es increíble—Visenya gimió cuando los dedos le rozaron la feminidad. Usualmente, adoraba discutir con él porque el sexo posterior tendía a ser alucinante, pero no era el momento ni el lugar adecuado para desencadenar las pasiones—. Puedes follarme de todas las maneras que desees cuando estemos en Braavos.
—Hecho—Aenar le besó el cuello con una sonrisa descarada. Las puertas de madera aparecieron en el horizonte, mientras era manoseada por su esposo. El abrigo de piel, que ostentaba colores oscuros y patrones que asemejaban las escamas de un dragón, resaltaba el atractivo masculino que tanto adoraba—. Las reinas de cabello plateado adoran a los hombres que lucen como yo.
—Y los capitanes de las Islas del Hierro adoran a las reinas de cabello plateado—replicó Visenya, con las manos sobre el vientre hinchado. A pesar de todo lo que había sucedido con los hijos del Rey Loco, tenía la familia que siempre deseó—. Debes conocer a mi abuelo Aemon. Rechazó el Trono de Hierro cuando Aerion el Monstruoso decidió emborracharse con fuego valyrio.
Los hermanos de la Guardia de la Noche le abrieron las puertas a los carromatos cargados con suministros para el Muro.
Shane transportaba toneles con avena, trigo y cebada, y barriles llenos de harina gruesa. En los primeros carros había ristras de cebollas y ajos exquisitos, y bolsas de zanahorias, patatas y rábanos, y cestas repletas de nabos blancos y amarillos. Habían quesos tan grandes que para moverlos hacían falta cinco hombres. En el siguiente, las pilas de toneles de ternera, tocino, cordero y bacalao en salazón se alzaban hasta quince palmos. De las vigas del techo, colgaban trescientos jamones y tres mil morcillas. En el carro de las especias se podía encontrar pimienta en grano, clavo, canela, semillas de mostaza y cilantro, salvia, amaro, perejil y bloques de sal. Por todas partes había toneles de peras, manzanas, guisantes e higos secos, bolsas de nueces, castañas y almendras, planchas de salmón ahumado, jarras de porcelana selladas con cera y llenas de aceitunas en salmuera. Algunos carromatos estabas abarrotados de cazuelas selladas de liebre, paletilla de ciervo en miel, y coles, remolachas, cebollas, huevos y arenques, todo en escabeche.
—Regresasteis—Jon Nieve sonrió cuando el viento le meció la cabellera. Los hermanos juramentados arribaron al patio para observar los gigantescos carromatos que se apoderaron del Camino Real—. Todos pensaban que heredasteis la locura de vuestro abuelo.
—Os presento a mi primo Jon—Visenya desmontó el lomo de Shiek con la ayuda de su esposo. A medida que el bebé crecía, más personas debían ayudarle a realizar las tareas más básicas.
—Creo que debisteis soportar los comentarios de mi primo. Desde la infancia, Theon fue tan idiota como su padre. Os ofrezco una disculpa en nombre de la Casa Greyjoy—Aenar le estrechó la mano con firmeza—. Nací como un bastardo de las Islas del Hierro. Mi apellido no siempre favoreció a la familia de mi siniestro padre. Os comprendo, Jon Nieve.
—Reina Visenya—declaró Jeor Mormont al descender de la Torre del Rey, con el cuervo parlante en el hombro. El pajarraco armó un escándalo cuando divisó la regia figura del ave fénix—. No esperaba teneros de regreso.
Sabía que el anciano pensó que la nieta del Rey Loco decidió burlarse de las necesidades que enfrentaban los hermanos de la Guardia. Jamás esperó que regresara en el tiempo acordado, con carromatos cargados de pieles y hatos de ropas, con espadas de la más fina elaboración, con hierbas medicinales, con clavos y herramientas para restaurar los fuertes a lo largo del Muro.
—Un trato es una promesa, y las promesas son inquebrantables.
La sala principal del Castillo Negro estaba llena de humo, y el aire, cargado del olor a carne asada y a pan recién hecho. Un trovador tocaba el arpa al tiempo que recitaba una balada, pero en aquel rincón de la sala apenas se lo oía por encima del crepitar de las llamas, el estrépito de los platos y las copas, y el murmullo de cientos de conversaciones ebrias.
Aquella día, Hobb Tresdedos, Pyp y Hake les prepararon una cena especial. Los oficiales devoraron un festín de costillar de cerdo asado con ajo y hierbas, adornado con ramitas de menta y con guarnición de puré de patata que nadaba en mantequilla.
A los visitantes se les asignó un lugar de gran honor, en la mesa del Señor Comandante, con todos los oficiales de la Guardia de la Noche. Aenar le cortaba la carne en trocitos, mientras relataba las aventuras que había experimentado en los catorce mares. Afirmaba que la aventura más grande de todas fue conocerla en las ruinas de Valyria, en una oscura noche repleta de sombras que danzaban con los muertos.
—Jaehaerys y Alyssane—declaró Aemon al escuchar las hazañas del capitán Greyjoy. La estrategia que empleó con la flota lysena maravilló a los oficiales que conocían de barcos—. Gobiernan como el rey Jaehaerys y la reina Alyssane.
Antes de que pudiera responder, los mayordomos regresaron de la cocina con una bandeja de comida. Había mucho más de lo que había visto en su primera visita: pan recién hecho, mantequilla, miel, mermelada de zarzamoras, panceta, trozos de queso y una jarra de té de menta preparado especialmente para ella. Era la única persona en toda la habitación que no estaba emborrachándose con la nueva cosecha de Meereen.
—Supongo que soy tu Alysanne—rió Aenar cuando la imagen de Alyssane Targaryen, sentada en las piernas de Jaehaerys mientras éste ocupaba el Trono de Hierro, invadió la mente de Visenya. El reinado del Viejo Rey fue tan largo y próspero porque gobernó con la ayuda de su amada esposa. Ella esperaba gobernar con el apoyo de su sol y estrellas—. Alyssane visitó el Muro. Me parece que sus joyas financiaron la construcción de una fortaleza.
—Lago Hondo—Aemon le dirigió una sonrisa desdentada—. Fue construido como un reemplazo para el Fuerte de la Noche.
—El Fuerte de la Noche fue el primer castillo del Muro, y también el más grande.
Pero también había sido el primero en quedar abandonado, ya en tiempos del Viejo Rey. Aun entonces estaba desierto casi en sus tres cuartas partes, y el coste de su mantenimiento era excesivo. La Bondadosa Reina Alyssane le había sugerido a la Guardia que lo sustituyera por un castillo más pequeño y en un punto situado a poco más de dos leguas al este, donde el Muro describía una curva a lo largo de la orilla de un hermoso lago verde. Fueron las joyas de la reina las que pagaron Lago Hondo, y los hombres que el Viejo Rey envió al norte, los que lo construyeron, de manera que los hermanos negros habían abandonado el Fuerte de la Noche para las ratas.
Pero aquello había ocurrido hacía ya dos siglos. En aquel momento, Lago Hondo estaba tan desierto como el castillo al que había sustituido
En el Fuerte de la Noche había reinado el Rey de la Noche antes de que su nombre quedara borrado de la memoria de los hombres. Allí era donde el Cocinero Rata le había servido al rey ándalo la empanada de príncipe y panceta, donde los setenta y nueve centinelas montaban guardia, donde la valiente joven Danny Flint había sido violada y asesinada. En aquel castillo era donde el rey Sherrit había invocado la maldición sobre los antiguos ándalos, donde los aprendices se habían enfrentado a la criatura que aparecía en la oscuridad, donde el ciego Symeon Ojos de Estrella había visto pelear a los sabuesos infernales. Hacha Demente había recorrido aquellos patios y había subido a aquellas torres para masacrar a sus hermanos en la oscuridad.
Todo aquello había sucedido hacía ya cientos o miles de años, claro, y algunas de las cosas, en realidad, no habían sucedido jamás.
La creciente melancolía hizo que Visenya recordara la leyenda del Rey de la Noche. Había sido el decimotercer jefe de la Guardia de la Noche, un guerrero que no conocía el miedo. Una mujer fue su perdición, una mujer a la que divisó desde la cima del Muro, con la piel blanca como la luna y los ojos como estrellas azules. Sin miedo a nada, la persiguió, la alcanzó y la amó, aunque su piel era fría como el hielo, y cuando le entregó su semilla, le entregó también su alma.
Se la llevó al Fuerte de la Noche, la proclamó reina, al tiempo que él se proclamaba rey, y sometió a los hermanos juramentados a su voluntad gracias a extraños sortilegios. El reinado del Rey de la Noche y su cadavérica esposa duró trece años, hasta que por fin, el Stark de Invernalia y Joramun, de los salvajes, unieron sus fuerzas para liberar a la Guardia. Tras su caída, cuando se supo que les había estado haciendo sacrificios a los Otros, se destruyeron todos los documentos relativos al Rey de la Noche, y hasta su nombre cayó en el olvido.
—¡Aenar! —exclamó Visenya cuando su esposo decidió revelarle a Aemon las acciones de Daenerys. Había sufrido un episodio de tristeza cuando le informó sobre las circunstancias que rodearon la muerte de Viserys. El maestre esperaba que las tres cabezas del dragón trabajaran en conjunto porque jamás esperó que los hijos del Rey Loco albergaran semejante codicia. Ambos pensaban que el Trono de Hierro era el único objeto capaz de llenar el vacío en sus corazones, por obtenerlo traicionarían al mundo entero—. Aemon no necesitaba alterarse por ello.
—Tu abuelo merece saber lo que ha sucedido—replicó Aenar. Su sol y estrellas estaba con Arthur cuando el robo tuvo lugar, por ello decidía culparse. Daenerys logró infiltrarse en sus aposentos personales con la ayuda de los soldados que servían en la guardia pentoshi, y luego desapareció de la ciudad para unirse al farsante que lideraba la Compañía Dorada—. La salvaste de los sicarios del rey Robert, le diste un hogar y todas las comodidades que jamás tuvo, y ella decidió robar tus huevos de dragón para huir con el impostor que afirma ser Aegon Targaryen.
—El muchacho verdaderamente piensa que es el hijo de mi padre. Ni siquiera Jon Connington sospecha que es un impostor. Todos han sido manipulados por el titiritero oculto en las sombras—Visenya sorbió el té de menta con los ojos entrecerrados. Daenerys podía escaparse con el impostor, abrirle las piernas y parirle hijos destinados a morir como imbéciles, a Visy no le importaba. Pero no podía tolerar el robo de sus huevos, ni el secuestro de Francis. La pareja de Dougal desapareció el mismo día en que los traidores huyeron, y sólo podía suponer que la llevaron consigo para cambiarla por oro—. Me encargaré de todo.
Las naves de Braavos navegaban tan lejos como el viento, a tierras extrañas y maravillosas, y cuando regresaban, sus capitanes llevaban animales extraños al zoológico del Señor del Mar. Eran caballos con rayas, animales grandes de piel manchada y cuellos largos como zancos, cerdos ratón peludos grandes como vacas, mantícoras con aguijones, tigres que llevaban a sus cachorros en una bolsa, lagartos espantosos con garras como guadañas. El Señor del Mar pagaría una fortuna por Francis, y le proporcionaría la flota braavosi a la Compañía Dorada.
La flota de Aenar ya se encontraba camino a Braavos. Les frenaría el paso donde el Mar Angosto colindaba con el Mar de los Escalofríos. Y cuando recuperara a las bestias fantásticas, permitiría que los traidores desembarcaran en Poniente para morir como los imbéciles que eran.
La intención del impostor era actuar con rapidez para ganar algunas batallas sencillas antes de que los pretendientes al Trono de Hierro notaran su campaña de conquista en las Tierras de la Tormenta.
Jon Connington debió tragarse todo el orgullo a la hora de marchar al Palacio del Príncipe de Pentos. Arthur solía decirle que el grifo, completamente enamorado del Príncipe de Rocadragón, no toleraba a ningún hombre que mantuviera una relación cercana con Rhaegar. De todos los amigos del príncipe, Jon Connington odiaba más a la Espada del Amanecer por la estrecha amistad que había mantenido con su padre. El hombre pensaba que Visenya no era más que una bastarda protegida por Arthur, una bastarda que debía cederle todos sus logros al legítimo heredero de los Siete Reinos. Ni siquiera imaginaba que el muchacho que protegió desde la infancia no era más que un impostor glorificado.
Arthur custodiaba los documentos del Septón Supremo que certificaban la boda entre el Príncipe Dragón y la Doncella Lobo, y la anulación del matrimonio con Elia Martell. A pesar de ello, algunos aún pensaban que la Reina Dragón era una farsante. Jon Connington y el supuesto Aegon eran los verdaderos impostores, aunque ni siquiera llegaran pensarlo.
Ella no permitía que los dragones volvieran a ser utilizados como armas de guerra. Visenya recuperaría los huevos a toda costa, aún si debía ponerle fin a Daenerys. Había perdido a sus hijos el día en que Euron Greyjoy decidió saquear Valyria, por ello no permitiría que dragones inocentes fueran sacrificados en una absurda guerra. Sin magia, los huevos no eran más que piedras preciosas, que contenían en su interior a los bebés de Sueñafuego.
—Jhae—suspiró Visy cuando el rugido de un dragón gigantesco sacudió el Muro. Las conversaciones cesaron y las exclamaciones de terror fueron pronunciadas al escuchar el aleteo de las alas que provocaban ráfagas de tormenta—. Jhae está aquí.
—¿Jhae? —Aenar saltó cuando ella corrió para recibir al dragón de escamas tan rojas como la sangre, que aterrizaba a las afueras del Castillo Negro—. ¡Visenya! ¡Nuestro hijo nacerá con el cerebro sacudido si continúas corriendo de esa manera!
Jhae pisoteó la nieve en los campos de cultivo que pertenecían a la Guardia de la Noche. No lo había visto en un largo período de tiempo, mucho había cambiado desde el día en que decidió liberarlos, y por un momento pensó que él no sería capaz de reconocerla. Pero su miedo desapareció cuando Jhae ronroneó para acariciarle el vientre abultado.
—¿Lo sabes, verdad? —Visenya presionó la frente en el espacio que yacía entre sus ojos dorados. Su Jhae, tan parecido al dragón del Príncipe Pícaro, siempre había sido consentido por ella. Cuando se alejó volando, le rompió el corazón.
A lo lejos, entre los árboles, el grito distante de algún animal asustado le hizo levantar la mirada. Los perros ladraron y los caballos relincharon como desquiciados cuando Duncan, tan azul como el océano, cubrió el sol. No necesitaba los sentidos de un bestia para saber que todos los pobladores de Villa Topo ascendieron a la superficie para contemplar la escena. Poniente no había visto un dragón en siglo y medio, desde que los maestres envenenaron a los últimos dragones durante el reinado de Aegon III.
Villa Topo era más grande de lo que parecía, porque tres cuartas partes del pueblo estaban bajo tierra, en sótanos profundos y cálidos conectados por un laberinto de túneles. Hasta el prostíbulo estaba allí abajo; en la superficie no había más que una choza del tamaño de una letrina, con una lámpara roja colgada de la puerta.
—Visenya—Aenar tragó saliva al sujetarle la mano enguantada. Había corrido tras ella para evitar que terminara cometiendo una de las acciones que tachaba de locuras—. Él es más grande que Aerion.
—Jhae es mayor que Aerion—Visy sonrió cuando su esposo fue olfateado. Ella se quitó la bufanda de seda carmesí para cubrirle el cuello con ternura—. Sabes que no puedo sentir el frío. La necesitas más que yo.
—Tu abuelo necesita sentirlos.
La reina permitió que Jhae le frotara el vientre con la nariz, mientras liberaba volutas de humo para asustar a los violadores que servían en la Guardia de la Noche. Su abrigo blanco, con pequeñas franjas de piel que eran rodeadas por fragmentos de color granate, resistió el calor que desprendía el dragón.
Aenar cargó al anciano maestre para presentarle a los dragones que, hasta ese momento, había dado por perdidos. Desde la distancia, presenció la reunión entre Daenys y Velaerys, y el viaje que emprendieron hasta perderse en el horizonte. Lucerys, el más rebelde de todos sus hijos, aún no le brindaba señales de vida. Aunque le preocupara la situación, debía mantener la calma para evitarle un susto al perceptivo bebé que crecía en su interior.
—Aemon, él es Jhae—Visenya depositó la mano del anciano tembloroso en la nariz de Jhae. Las risitas nerviosas estallaron cuando Duncan aterrizó junto a ellos, mientras le dirigía una mirada de incertidumbre a la bestia fantástica de cinco patas que lamía sus bigotes.
Los hermanos negros estiraron el cuello para determinar la longitud de los dragones que se alimentaban de la magia. Balerion, a la hora de conquistar los Siete Reinos, era más pequeño. La primera Visenya, más hábil y con más determinación que sus hermanos, exploró los grandes misterios hasta dar con la manera de forjar una espada de acero valyrio, que pasó a llamarse Hermana Oscura. Lamentablemente, ese poder no fue capaz de influir en el tamaño de Vhagar.
Rhaegon, por derecho propio, alcanzó el tamaño que le permitía extraer ballenas del mar. El resto de sus hijos, que nacieron en tres camadas diferentes, se alimentaban de su poder para crecer. De esa forma, se desarrollaban más rápido que ningún dragón en la historia del mundo conocido.
—¿Cómo el rey Jaehaerys? —Aemon contuvo las lágrimas a la hora de acariciar al dragón. Duncan olisqueó a Jon Nieve con interés, mientras éste se quitaba los guantes para acariciarle las escamas.
—Como Jaenara Belaerys—replicó Visenya. Jaehaerys el Sabio fue el mejor gobernante en la historia de Poniente, y aunque lo admiraba como tal, su sueño siempre fue explorar el mundo a lomos de un dragón. Jaenara Belaerys documentó la existencia del nundu, y sufrió los efectos de la hipnótica mirada de la serpiente cornuda, antes de regresar al Feudo Franco. La niña que adoraba leer sobre las bestias fantásticas que moraron el mundo, deseaba descubrir las especies que desaparecieron de la memoria de los hombres—. Duncan…
Visenya frunció el ceño cuando el dragón azul ronroneó bajo la mano de Jon Nieve. Los hermanos negros estaban aterrorizados, pero intentaban mantener la calma para evitarse la humillación. Después de marcharse, el Comandante Mormont decidió encomendarle a Ser Alliser la tarea de viajar a Desembarco del Rey. De esa manera, no debería soportar la presencia del idiota.
—Dijiste que necesitabas aprender a tratar con tus familiares—Aenar le susurró al oído, mientras sostenía los hombros de Aemon para evitarle una caída—. Tu primo luce como un muchacho melancólico, pero no es un idiota como Theon. Ve a hablar con él.
—Son hermosos, ¿verdad? —Visenya entrelazó los dedos, cubiertos por guantes de color granate, sobre su vientre hinchado—. Su nombre es Duncan, por Ser Duncan el Alto. Mi tatarabuelo, Aegon el Improbable, pasó los primeros años de su vida con un caballero que le enseñó el valor de la vida humana. De no ser por Arthur, los sicarios del Usurpador me habrían asesinado en la cuna.
El Príncipe Dragón y el Usurpador se habían enfrentado en el vado del Tridente, en el centro mismo de la batalla: Robert, con su martillo y su enorme yelmo astado; el príncipe Targaryen, con su armadura negra. Llevaba en el peto el dragón de tres cabezas, todo recubierto de rubíes que refulgían a la luz del sol. Las aguas del Tridente enrojecieron en torno a los cascos de sus corceles mientras ellos cruzaban las armas una y otra vez, hasta que por último, un golpe del martillo de Robert destrozó el dragón y el pecho que había debajo.
Algunos nobles de las grandes casas y de las menores se reunieron bajo el estandarte de Robert; otros permanecieron leales a los Targaryen. Los poderosos Lannister de Roca Casterly, los Guardianes del Occidente, se mantuvieron al margen de todo e hicieron caso omiso de las llamadas a las armas que les llegaban tanto del bando rebelde como de los partidarios del rey. Seguramente, Aerys Targaryen pensó que los dioses habían oído sus plegarias cuando vio a Lord Tywin Lannister ante las puertas de Desembarco del Rey, con un ejército de doce mil hombres y jurándole lealtad. De modo que el Rey Loco cometió la última locura: abrió a los leones las puertas de su ciudad.
—Todos pensaron que el príncipe Rhaegar secuestró a mi tía para violarla. Cuando los rumores de la reina allende los mares desembarcaron en Poniente, el rey Robert afirmó que no eran más que mentiras. Pero los dragones están aquí, después de un siglo y medio de ausencia. Nadie pensó que regresarían—Jon Nieve le dirigió una mirada a Duncan—. Después de asesinar a un traidor de la Guardia de la Noche, encontramos a siete cachorros de lobo huargo. Cinco destinados a los hijos legítimos de mi padre, y uno para mí. Pero Rhae fue un misterio, hasta el día en que las noticias sobre la Reina Dragón llegaron al Muro.
—La necesitas más que yo. La Guardia es un pudridero para los inadaptados de todo el reino—sonrió Visenya al caminar con su primo. Aenar le había hecho entender que cometió un error a la hora de descargar en él toda la amargura que sentía hacia Ned Stark. Como su esposo había nacido como un bastardo de las Islas del Hierro, y como alguna vez consideró unirse a la Guardia de la Noche para escapar de Euron, comprendía la situación de Jon Nieve. Sin duda, el muchacho había cometido el error de pensar que el Muro era custodiado por hombres honorables—. En el reino hay ya tres reyes, o sea, dos más de los que cualquiera desearía. Tu hermano Robb ha sido nombrado Rey en el Norte. Lo vestirán con sedas, satenes y terciopelos de cien colores, mientras tú vives y mueres con una cota de malla negra. Se casará con alguna hermosa princesa y tendrá hijos con ella. Tú no tendrás esposa, ni podrás sostener en tus brazos a un niño de tu sangre. Los idiotas cantarán hasta el menor de sus hechos, mientras que tus mayores hazañas pasarán desapercibidas—alzó una mano para detenerlo—. Te diré una cosa: he visto a tu hermano, no en persona, pero sí en mis sueños. Sé que perderá. Nació para convertirse en el Señor de Invernalia, no para jugar a la guerra mientras carga una corona en la cabeza. Lucha por una causa noble, pero subestima a sus enemigos y ofende a los señores que pelean por él. Los reyes en el sur ni siquiera imaginan la amenaza que está gestándose en las Tierras del Invierno Eterno. La Larga Noche se acerca, y cuando llegue, no importará el esqueleto de quién esté sentado en el Trono de Hierro.
—Mi padre fue decapitado por el rey Joffrey: el Norte no puede soportar semejante ofensa. Robb ha ganado todas las batallas hasta la fecha.
—La muerte de vuestro padre no convierte a Robb en un gran líder militar. Ha ganado todas las batallas porque Tywin Lannister se ha mantenido al margen de la guerra. Cuando derroten a los hermanos de Robert en el Aguasnegras, vuestra familia conocerá el mismo destino que sufrieron mis hermanos—Visenya apretó los labios al pensar en el impostor que creía ser Aegon Targaryen. El verdadero príncipe murió con la cabeza estampada contra una pared—. Aún no ha sucedido. Puedes enviarle un cuervo a tu hermano para advertirle del peligro. Has vestido el negro, pero puedes aconsejarlo desde el Muro.
—¿Por qué no habéis cruzado el Mar Angosto? —. Tenéis el ejército más grande del mundo, los últimos dragones, bestias que jamás han sido contempladas, barcos para transportar las huestes y los recursos para emprender una campaña de conquista. Podríais tomar el Trono de Hierro en días.
—¿Por qué debería indicarle a mis hombres que peleen por personas que los aborrecen? Aegon el Conquistador deseaba hacerse con los Siete Reinos porque pensaba que el fin del mundo provendría de este continente. Los siglos pasaron y los dragones murieron, y la amenaza no apareció. A causa de mi familia, los reinos sangraron por casi tres siglos. Durante la Danza de Dragones, las Tierras de los Ríos fueron abrazadas por los ejércitos de los pretendientes al Trono de Hierro. El pueblo no tenía la culpa de nada, pero aún así se vieron obligados a enfrentar las consecuencias. En este mismo momento, los padres asfixian a los bebés en el lecho para ahorrarles el sufrimiento. Si decidiera conquistar los reinos como Aegon el Conquistador, el pueblo moriría de hambre. Durante los asedios, las damas venden sus collares de oro y esmeraldas para comer ratones, y los señores venden a sus hijas por una cebolla—Visenya recordó el sufrimiento que antecedió a la Lluvia de Lágrimas—. Para los señores de Poniente, los dothrakis no son más que salvajes que, al pisar estas tierras, saquearán las ciudades, violarán a las mujeres y dejarán huérfanos a sus hijos. Son mejores jinetes que ningún caballero, no conocen el miedo y sus arcos tienen más alcance. En los Siete Reinos, los arqueros combaten a pie, desde detrás de una pared de escudos, o de una empalizada de estacas afiladas. Los dothrakis disparan mientras cabalgan, a la carga o en retirada, eso no les importa; son mortíferos y son muchos. Solo en mi khalasar hay más de setenta mil guerreros con sus monturas.
—No sois como vuestros antepasados—declaró Jon Nieve—. No sois como el Rey Loco.
—El poder siempre es peligroso. Atrae al peor y al mejor, lo corrompe. Nunca pedí este poder—Visenya conjuró un zarcillo de luz sobre su dedo anular—. El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Todas las tiranías en Poniente han durado poco tiempo: el mocoso cruel que ocupa el Trono de Hierro morirá en un par de años, como mucho. Aegon, el Segundo de su Nombre, fue envenenado seis meses después de matar a su hermana Rhaenyra; Aerys el Loco fue apuñalado por la espalda; Maegor el Cruel fue asesinado en el Trono de Hierro; Baelor el Santo fue un rey débil y un fanático religioso dado a alucinaciones y que tomó malas decisiones en un exceso de piedad mal entendida; Daeron el Joven Dragón perdió diez mil hombres en la conquista de Dorne, y cincuenta mil más intentando defenderlo. Pronto, una mortaja de oro cubrirá el cadáver del rey Joffrey. Vuestro hermano ni siquiera necesitaba alzar las armas para derrocar al mocoso; Robb sólo debía tener paciencia.
Más tarde, cuando ya el sol estaba muy bajo, Aenar estrechó el vientre de Visenya. Jhae y Duncan emprendieron el camino a Braavos, mientras el fénix describía círculos sobre la cabeza del zouwu.
Cuando desaparecía, Arthur actuaba como la Mano de la Reina, aunque le desagradara la política. Hablaba con la voz de la reina, tenía el mando de los ejércitos de la reina y redactaba las leyes de la reina, con la ayuda de Missandei. En ocasiones incluso impartía la justicia de la reina, cuando se ausentaba, o enfermaba, o caía indispuesta por cualquier motivo.
—¿Visy? —Aenar le susurró cuando Aemon se revolvió con fuerza en su interior. La reina observaba los mechones de color castaño y los ojos grises de Jon Nieve con tristeza. El corazón que latía en su pecho logró calentarse ante semejante visión—. Es hora de irnos.
—No reprimas tus sueños, tampoco les temas—Visenya sentía que su primo era un huargo, un tipo específico de cambiapieles que dominaba a los lobos. Sus mentes eran más difíciles de penetrar, pues debían forjar un vínculo duradero con el animal, como un matrimonio. Un cambiapieles podía empatizar con un lobo e incluso entrar en su mente, pero nunca sería capaz de domarlo—. Y no olvides lo que te he dicho.
Después de besar la frente de su abuelo Aemon, cabalgó sobre Shiek para alejarse del Castillo Negro y de la turba de Villa Topo que buscaba conocer a la Reina Dragón.
—Creo que conquistaste el corazón de Jon Nieve. Ese hermoso cabello atrae a los bastardos como el Faro de Antigua atrae a los barcos—declaró Aenar con un risita. Su cabellera, trenzada al estilo dothraki, le brindaba rizos que asemejaban la plata fundida—. Jorah solía ser el heredero de la Casa Mormont, y Daario decapitó a sus capitanes por la oportunidad de estar a tu lado. Hechizas el corazón de los hombres, luna de mi vida.
—Jon no está enamorado de mí. Ningún hombre puede enamorarse de una mujer en cuatro días—negó Visenya. De pronto, pensó en sus propios padres, y desechó la idea. En Harrenhal, donde la Doncella Lobo fue coronada por el Príncipe Dragón, la justa se extendió por cinco días. Durante ese tiempo, Lyanna Stark decidió adoptar la identidad de un caballero misterioso para vengar el honor de Howland Reed. Rhaegar quedó prendado de ella, por semejante estupidez—. ¿No deberías sentirte celoso?
—Lo comprendo bastante bien—Aenar le besó la mejilla—. Ser Abuelo resiste tus encantos porque es un anciano casado con el honor, y Arthur te crio desde la cuna. Pero los demás son incapaces de resistir la tentación. Si decidiera pelear con todos los hombres que te envían miradas lascivas, la mitad de Essos estaría bajo tierra.
—Luchas con Daario.
—Daario es un estúpido insoportable. Necesitaba enseñarle respeto.
—Por supuesto—Visenya rodó los ojos. El mercenario la manoseaba cada vez que la oportunidad se le presentaba. Aenar consideraba que sus hermosos pechos, y sus exquisitos rizos, solo podían ser manoseados por él—. Contén la respiración.
Entonces Shiek saltó.
Los marineros subían y bajaban por los altos mástiles y se movían por los aparejos para arriar las pesadas velas que estaban estampadas con el dragón de tres cabezas. Abajo, los tripulantes huían de las runespoors en medio de gritos; aún no descubrían que sólo una cabeza contenía el veneno mortal. Las cubiertas crujían y se inclinaban mientras la Estrella de Sangre guiaba la formación de la flota de Aenar.
Visenya recargó la espalda contra el sillón de terciopelo al trazar las constelaciones olvidadas en el mapa estelar que confeccionaba. El nombre de las estrellas variaba de una cultura a otra, pero en esencia eran las mismas. Como las bestias fantásticas fueron olvidadas, el nombre de las constelaciones inspiradas en ellas también cayó en el olvido.
Ser Barristan abrió la puerta del camarote principal para permitirle el acceso al consejero de Aenar. Era un hombre de cierta edad, más de cuarenta años, pero parecía fuerte y en forma. Sus ropas no eran de seda y algodón, sino de lana y cuero. Llevaba una túnica color de verde, con ribete dorado.
—Mi reina—asintió Halios Geron, mientras Nakiye cerraba la puerta. Ella advirtió que Ser Abuelo se enorgullecía de tener a una lancera tan hábil en la Guardia Real—. Vuestra convocatoria me ha honrado.
—¿Por qué habéis emergido a la superficie? ¿El Usurpador de los Mares os encomendó la tarea de espiarlo? —Visenya apartó la hipocresía para ir directo al grano. Las conspiraciones y las mentiras comenzaban a fastidiarla—. Nací para descifrar los grandes misterios, y es lo que hago mejor. No permitiré que los esbirros de un asesino pongan sus asquerosas manos sobre mi esposo. Sin el Tridente del Rey, no tiene el poder para hacerme frente.
—Mi intención no es hacerles daño, mi señora—Halios le dirigió una mirada a su vientre abultado—. Fui el amigo más cercano de la princesa Alhena, le ayudé a ocultar el embarazo, hasta que la guerra estalló. No me enorgullece decir que debí convertirme en el consejero del usurpador para mantenerlo vigilado. La esencia del legítimo rey desapareció antes de que lograra brindarle la instrucción necesaria. Debía protegerlo, y fallé.
—Os creo—Visenya observó el Lazo de Vhagar, oculto en la silla que ocupaba el tritón—. Habladme con la verdad.
—Deneb ha impuesto un reinado del terror: los trincheras se han apoderado de Sorbel y los horrores que dormían en las Grietas del Destino se han extendido a través de los mares. El legítimo heredero debe regresar para reclamar el Tridente del Rey. El destino de Sobel depende de vuestro esposo.
—¿Esperáis que un completo desconocido reclame un trono que no sabía que existía? —Visenya cerró los ojos cuando Aemon decidió patearla—. Aenar ni siquiera conoce el nombre de su madre; sabe que es un tritón porque le ayude a descubrirlo. Su mayor aspiración era elevar el nombre de la Casa Greyjoy, jamás pensó en heredar uno de los reinos más antiguos de la historia.
—El destino os ha reunido por una razón—Halios aprobaba su relación con el legítimo heredero de los mares porque conocía su poder. Para derrocar al usurpador, necesitarían más que espadas y escudos—. Los sabios de Sorbel profetizaron que, algún día, el dragón marino gobernaría los mares. La princesa Adhara está dispuesta a brindarnos su ayuda. Incluso ella sabe que su padre ha sido uno de los peores reyes en la historia.
Visenya desvió la mirada cuando un cuerno resonó en sus oídos. Fue un alarido terrible, arrasador, tan estruendoso que incluso ahogó la voz del capitán Greyjoy y el sonido de las olas que rompían contra los riscos cuajados de pinos.
Las nieblas se abrían ante ellos; la proa del barco rasgaba los cortinajes grises. La Estrella de Sangre hendía las aguas plomizas, viento en popa, impulsada por las velas negras. Visenya oía los graznidos de las aves marinas. Una hilera de riscos surgía abruptamente del mar, con las laderas escarpadas cubiertas de pinos soldado y píceas negruzcas. Pero más allá reaparecía el mar, y allí, sobre las aguas, se alzaba imponente el Titán, con los ojos llameantes y el pelo verde al viento.
Sus piernas salvaban la distancia entre las elevaciones de tierra; tenía un pie en cada montaña, y sus hombros se cernían amenazador es sobre las cimas rocosas. Las piernas eran de piedra maciza, del mismo granito negro que las montañas marinas sobre las que se alzaba, aunque en torno a las caderas llevaba una faldilla de armadura de bronce verdoso. La coraza también era de bronce, y en la cabeza llevaba un yelmo con cimera. La melena ondulante estaba hecha de cuerdas de cáñamo teñidas de verde, y en las cavernas que eran sus ojos ardían hogueras enormes. Una mano reposaba en el risco de la izquierda, con los dedos de bronce cerrados en torno a un saliente de piedra; la otra se alzaba en el aire y sostenía el puño de una espada rota.
El viento y las olas controlaban ya a la Estrella de Sangre y la transportaban velozmente hacia el canal, mientras la sombra del Titán caía sobre el barco. Durante un momento pareció que iban a chocar irremediablemente contra las piedras en las que apoyaba los pies. Visenya tuvo que mirar casi en vertical para ver la cabeza del Titán.
En la cara interior de los enormes muslos de piedra había más aspilleras y, cuando Visenya estiró el cuello y giró la cabeza para ver cómo el puesto del vigía pasaba a menos de diez varas de la faldilla del Titán, divisó los matacanes que había en la parte inferior, y también las caras blanquecinas que los miraban entre los barrotes de hierro.
Los millares de gritos apagaron el sonido de las olas. Jhae describió un círculo por encima de ellos, una silueta oscura que se recortaba en el cielo iluminado por el sol. Tenía las escamas más rojas que la sangre. Siempre había sido el más grande de todos los dragones de fuego, pero en libertad había crecido más todavía. Batió las alas hasta sumergir las garras en la cabeza del Titán, para liberar un rugido que estremeció las aguas. Entonces, Rhaegon cubrió las mil islas de Braavos, mientras Duncan y Aerion acechaban la flota de Compañía Dorada.
La sombra se esfumó; los riscos cubiertos de pinos volvieron a aparecer a ambos lados; el viento amainó, y se encontraron en una gran laguna. Ante ellos se alzaba otra montaña marina, un saliente de roca que surgía de las aguas como un puño con púas, con las almenas rebosantes de escorpiones, escupefuegos y trabuquetes.
—El Arsenal de Braavos—Aenar depositó un beso en su cabellera trenzada—. Ahí pueden construir una galera de combate en un día.
Visenya divisó docenas de galeras amarradas en los embarcaderos o situadas todavía en las rampas por las que se deslizarían hacia el mar. Las proas pintadas de otras sobresalían de incontables cobertizos de madera, a lo largo de la costa pedregosa, como perros en sus casetas, esbeltos, crueles y hambrientos, a la espera de que los llamara el cuerno del cazador. Trató de contarlas, pero eran demasiadas, y había otros atracaderos, muelles y cobertizos más allá de donde la línea de la costa describía una curva.
—Están cerca—Visenya extendió los dedos de la mano derecha para congelar las armas que apuntaban a sus dragones. No deseaba comenzar un guerra con el titán, simplemente buscaba evitar una tragedia—. Necesitaba enseñarles respeto.
—Por supuesto—Aenar rodó los ojos. Las galeras, que usualmente le cerraban el paso a los barcos, decidieron apartarse de su camino. Aerion decidió aterrizar en el Arsenal de Braavos, mientras los hombres saltaban al agua—. Vamos al Puerto del Trapero, donde atracan los barcos que no son de Braavos. El Señor del Mar enviará a sus esbirros.
Ante ellos se extendía una amplia zona de aguas verde guisante, como una lámina de cristal coloreado. En su húmedo corazón se alzaba la ciudad, una gran extensión de cúpulas, torres y puentes, todo en gris, dorado y rojo.
Al norte estaba el puerto Púrpura, donde los comerciantes braavosis atracaban sus barcos bajo las cúpulas y las torres del palacio del Señor del Mar. Al oeste se encontraba el puerto del Trapero, abarrotado de barcos de las otras Ciudades Libres, de Poniente, y de Ibben y las legendarias y lejanas tierras del Oriente. Y por todas partes había desembarcaderos y atracaderos para balsas, y muelles viejos grisáceos donde los mariscadores y pescadores amarraban sus botes tras trabajar en las albuferas y en las desembocaduras.
Sólo los braavosis tenían permiso para utilizar el puerto Púrpura, desde la Ciudad Ahogada y el palacio del Señor del Mar; las naves de sus ciudades hermanas y las del resto del mundo tenían que conformarse con el puerto del Trapero, más mísero, sucio y desorganizado que el Púrpura. También era más ruidoso, ya que marineros y comerciantes de medio centenar de territorios abarrotaban sus muelles y callejones, mezclándose con aquellos que los servían o se aprovechaban de ellos.
A la derecha se divisaba el Puerte Chequy, un entramado de muelles y atracaderos llenos de barcos balleneros de Ibben, naves cisne de las Islas del Verano y más galeras de las que habría podido contar. A su izquierda había otro puerto, más lejano, pasado un cabo donde la parte superior de barcos medio hundidos sobresalía de las aguas.
Aenar enfiló hacia la zona norte de los atracaderos, y bajaron en velero por un gran canal, una ancha vía de agua que llevaba directamente al centro de la ciudad. Pasaron bajo los puentes de piedra tallada, decorados con un centenar de tipos de peces, cangrejos y calamares. Un segundo puente apareció ante ellos, con un encaje de tallas de hojas de parra, y más allá, un tercero que los miraba fijamente con un centenar de ojos pintados. A ambos lados se abrían las bocas de canales más pequeños, en los que a su vez confluían otros más pequeños aún. Algunas casas se alzaban sobre los canales, lo que los transformaba en una especie de túneles. Por ellos se deslizaban botes de líneas esbeltas, con forma de serpiente marina, con la cabeza pintada y la cola alzada. Visenya se fijó en que no se movían con remos, sino con pértigas manejadas por hombres situados en la popa, vestidos con capas de color gris, marrón y verde musgo. También vio barcazas de fondo plano en las que se amontonaban cajones y barriles, impulsadas por veinte pértigas a cada lado, y elegantes casas flotantes con farolillos de cristal coloreado, cortinajes de terciopelo y mascarones de proa metálicos. A lo lejos, por encima de casas y canales, había una especie de gigantesco camino de piedra gris que reposaba sobre pilares unidos por una arcada de tres niveles y se perdía entre la neblina hacia el sur.
Al mirar hacia atrás descubrió que ya no se veían el puerto ni la laguna. Al frente, una hilera de estatuas se alzaba a los lados del canal: hombres de piedra con expresión solemne y túnica de bronce salpicada de excrementos de aves marinas. Unos tenían en las manos un libro; otros, un puñal; otros, un martillo. Uno sostenía en alto una estrella dorada; otro vertía en el canal un chorro interminable desde una vasija de piedra.
El Templo de las Cantoras Lunares era uno de los que Visenya había divisado desde la laguna, una mole imponente de mármol níveo coronada por una gran cúpula plateada cuyos vitrales de vidrio blanco mostraban todas las fases de la luna. Las puertas estaban flanqueadas por un par de doncellas de mármol, tan altas como los Señores del Mar, que sostenían un dintel en forma de media luna.
Más allá se encontraba el Templo del Señor de Luz, un edificio de piedra roja tan austero como cualquier fortaleza. En la parte superior de la gran torre cuadrada ardía una almenara en un brasero de hierro de treinta palmos de diámetro, y otras de menor tamaño ardían a los lados de las puertas metálicas.
El agua buena llegaba por los arcos del gran acueducto de ladrillo que los braavosis llamaban río de agua dulce. Los ricos tenían cañerías que la llevaban hasta sus casas, los pobres llenaban los cubos y palanganas en las fuentes públicas.
—Deberíais descansar un momento—Jorah le sostuvo la falda de color ciruela para impedirle saltar al Palacio del Señor del Mar. En el zoológico, los animales que provenían de todos los rincones del mundo se lamentaban en las sombras—. Por vuestro bebé, Khaleesi.
—¿Qué es lo que hicieron? —susurró Visenya al introducirse en la mente de los pajarracos que permanecían en la estancia de Ferregon Antaryon, el Señor del Mar. El cadáver de Francis yacía colgado en la pared central, con cadenas de hierro que sostenían sus diminutas muñecas. Los sirvientes habían intentando afeitarle el pelaje con cuchillos de barbero—. ¡Rhaegon!
Los barcos braavosis, de velas moradas, surcaban el Mar Angosto con los mercenarios de la Compañía Dorada. El Banco de Hierro había decidido financiar la conquista de Aegon Targaryen para recuperar el oro que le habían prestado a los Siete Reinos.
A pocas leguas de Braavos, la estúpida de Daenerys yacía en el lecho del farsante, dándole de comer a los dragones que había incubado con la sangre de Francis. Sus manos estaban quemadas, pero sonreía por la oportunidad de sentarse en el trono de su padre.
—¡No cometas una de tus locuras! —Aenar intentó atraparla, pero Visenya logró elevarse con el fuego alimentado por la rabia. Aterrizó en el lomo de Rhaegon, con la mandíbula apretada, mientras una tormenta hundía los barcos del supuesto Aegon—. ¿Qué es lo que planeas hacer?
—¡Fuego y sangre! —Visenya sujetó las escamas de Rhaegon al elevarse en el aire. Las mil islas de Braavos se convirtieron en hormigas bajo sus pies, y la flota de la Compañía Dorada apareció en el horizonte. Habían zarpado poco antes de su arribo para evitar la flota de Aenar, pero ningún barco sería capaz de superar la velocidad de un dragón—. Quémenlos a todos.
¿Cómo piensan que debería vengarse Visenya? Cuando se enfada de esa manera, nadie puede contener a la Reina Dragón.
Maeljuri: Sip, nuestro Aenar es el hijo de una sirena destinada a convertirse en reina. Ahora que lo pienso, su relación es bastante mágica (Jorah de la Casa Friendzone jamás habría tenido oportunidad). Una pequeña Danza de Dragones tendrá lugar.
Mari: Sip, pobre Aenar. Ambos necesitaban encontrarse para afrontar juntos las guerras venideras. Lo bueno es que Aenar comienza a tener más participación en los asuntos de gobierno, a comportarse como un rey. Respecto al encuentro, no quería que todo resultara de color rosa inmediatamente (hubiera sonado como una especie de cuento de hadas). En realidad, no he pensado en salvar a Theon. Respecto a Rhaegar, ella no cree en la profecía de Azor Ahai, por ello no es capaz de comprenderlo. ¿Qué debería hacer con Daenerys? Saludos!
Sorokane: Nop, no eres la única. Tengo pensada una venganza, pero quisiera conocer algunas opiniones. Te agradezco mucho!
