Año 13

Distrito 4

Marmara Star – 16 años.


La noche ha caído hace varias horas ya sobre el Capitolio y, a diferencia de en casa, el momento de dormir aún no ha llegado, todo aquí brilla, podemos oír el barullo de la vida nocturna en esta ciudad, a pesar de que estamos relativamente aislados del todo. Tras el desfile nos han traído a este edificio donde nos alojamos los veinticuatro tributos. Cada distrito tiene un piso entero a su disposición, donde disfrutaremos de lujos inimaginables, según Bridgitte, nuestra escolta. Después de la cena los equipos de preparación se han retirado, al igual que Bridgitte. Y en la sala nos encontramos mi compañero, mi mentora y yo. Tratando de definir alguna estrategia, aunque él no colabora mucho, casi ni habla.

– Tiene que haber algo que sepas hacer. – Murmura al borde de la desesperación mi mentora, mirando fijamente a Josh Odair, que es la pereza personificada, echado frente a ambas en el amplio sofá, con sus largas piernas apoyadas en la mesita de centro y un racimo de uvas en su regazo. Pestañeo mientras miro alternativamente a uno y a la otra, algo cohibida.

– Sé nadar. – Contesta el chico con suficiencia, tras llevarse otra uva a los labios.

– No puedo asegurarte que haya agua. ¡Demonios! – Prorrumpe ella cada vez más molesta. –El año pasado fue un maldito desierto, niño. Trata de esforzarte un poco…

Río entre dientes al escuchar cómo le dice, pues parece irónico siendo ella mucho más baja que él, aun cuando deben tener casi la misma edad. Ella no puede ser muy mayor. ¿Hace cuánto ganó? Tres o cuatro años, eso creo… Es muy valiente, eso sí. Y competente, si de ella dependiera ambos volveríamos, lo sé aunque no lo ha dicho. Mags es una chica digna de admirar.

– No me debes nada, Mags. – La mirada de ella se oscurece visiblemente, pareciera que va a taladrar con ella a mi compañero. – Deja de desbaratar tu cabeza tratando de ayudarme… Yo ya sé lo que me espera.

– No puedes pensar así. Josh, por favor. No puedes rendirte antes de luchar. – Le dice en un tono de súplica que no va en sintonía con sus gestos.

– Ayúdala a ella. – Dice el chico mientras me señala con los labios, en un muy coqueto gesto, debo decir. Yo he permanecido prácticamente en silencio desde que empezaron a hablar. No sé bien qué decir o qué hacer. Por supuesto que deseo volver, pero no creo poder vivir con lo que ello implica.

Mags voltea a mirarme y yo le sonrío tímidamente. Sus ojos claros no son capaces de guardar el secreto con suficiente rapidez para que no lo note, soy demasiado débil para siquiera considerar en serio la propuesta de Josh. Me siento ofuscada, molesta por la manera en que Josh atrajo la atención sobre mí, por la sombra de lástima que veo cruzar en los ojos de mi mentora.

– Tengo pensado ayudarlos a los dos…

– Los dos no podemos ganar – Sentencia Josh, apuntando lo evidente.

Es todo lo que Mags tolera, antes de salir de la amplia sala dando un portazo. Y sigo sin saber qué hacer frente a este obstinado chico. Él me sonríe y me encuentro como una tonta devolviéndole la sonrisa.

Es alto y apuesto, no sé cómo no le he visto antes, aun cuando el distrito es tan grande, supongo que alguien como él no pasaría desapercibido. Piel bronceada, ojos oscuros y profundos, cabello color caoba y una sonrisa capaz de hacerme olvidar que hace un minuto estaba enojada por su actitud. Yo, en cambio, soy un patito feo y los juegos trabarán cualquier posibilidad de transformarme en cisne. Mis ojos de color ámbar son demasiado grandes para mi rostro, mi cabello es del color de la paja seca y mi piel es blanca hasta el extremo, parezco venir de cualquier sitio excepto del distrito cuatro.

– ¿En qué piensas? – Murmura él, mirándome inquisitivamente, tras algunos minutos en los que he permanecido en silencio.

– En todo lo que no voy a poder vivir – Le confieso.

– Tampoco es que valga mucho la pena, Marmara. Para ellos somos desechables, no te equivoques, no son buenos... Sólo nos dan estos días para que disfrutemos los placeres que nos niegan durante toda la vida… Para callar su consciencia…

– Pero no es igual, yo quiero estar en casa. ¿Sabes? Conocer a un chico, enamorarme, ser feliz, sí en las malditas condiciones que ellos nos imponen. – Capto con el rabillo del ojo como la mujer que nos sirve, que ha permanecido en absoluto silencio desde que reparé en ella al llegar acá, se estremece ante mi comentario y se retira sin decir nada, yo no me detengo y no le vuelvo a prestar atención sobre todo cuando Josh me observa con cierta malicia que resulta extraña para mí – Ser feliz, Josh. No es mucho lo que pido…

– ¿Nunca has tenido novio? – Suelta de repente en medio de una sonrisa, cortando el hilo de mis pensamientos. Trato de darle una respuesta pero acabo titubeando y él con impaciencia se responde a sí mismo: – Supongo que no. Crees que es mucho lo que te pierdes, pues no es así. Es imposible ser feliz bajo las condiciones que nos han impuesto. ¿Qué sentirías cuando tus hijos fueran cosechados, cuando al igual que nuestros padres, seas obligada a verlos morir en los Juegos del Hambre?

– ¿Por qué son así las cosas? ¿Por qué? – Me cuestiono desesperada volviéndome un ovillo en el sillón, abrazando mis rodillas contra mi pecho fuertemente, tratando de no dejar salir las lágrimas del dique que sin saber él ha destruido. Josh se levanta del sofá y me abraza arrodillándose frente a mí, siento su respiración y su aliento tibio sobre mi rostro y aprieto mis ojos con fuerzas, todo mi cuerpo tensado en anticipación, con uno de sus brazos rodea mi cintura desnuda, obligándome a acercarme a él, suelto el agarre sobre mí misma y mis piernas caen una a cada lado de su cadera. Su otra mano aparta el cabello que cae sobre mi rostro.

– No le busques sentido… Nada lo tiene.

Y sin decir más, apenas abro los ojos sus labios están asaltando los míos con determinada pasión. No hago nada por separarlo de mí. Las grandes porciones de piel expuestas por nuestros trajes del desfile conspiran para que no podamos separar las manos el uno del otro, acariciando… apretando… reclamando…

Nuestras respiraciones descompasadas, piel chocando con más piel, labios deseosos que exploran cada rincón, cuando atrapa con su boca el lóbulo de mi oreja jadeo sonoramente y entierro mis uñas en sus hombros, deslizándolas lentamente a través de su espalda, su boca desciende también despacio dejando un reguero de besos por mi cuello y continúa hacia mi pecho. Pero antes de atrapar mi pezón retrocede y me mira a los ojos, me dedica otra pequeña sonrisa y sin mediar palabras, me levanta entre sus brazos y me lleva así hasta su habitación…


¡Hola de nuevo!

¡Gracias a todos por leer!

¡Un capítulo dedicado a las hormonas adolescentes!

En los 12° juegos, ganó Lillah Hollow de 18 años, proveniente del D2. La pobre Liberty no tenía oportunidad ese año tal como pensaste Alpha, era muy joven para los juegos del hambre, pero no tengo corazón para imaginar y/o describir su muerte.