Ya he olvidado cuánto hace que ocurrieron esos días.

Antes de llegar y pasar las navidades aquí, en casa aguantando a Veneciano y a su estúpido patatero con mocos y fiebre, también llegaba a tener sueños en los que siempre aparecían esos recuerdos. Pensé que no los podría recordar, ni tampoco sé por qué los comencé a soñar constantemente. Era imposible que el idiota de Antonio también pudiese recordarlo. Con lo imbécil y tonto que es, seguramente se le habría olvidado, o solo recordaría algo muy vergonzoso de cuando estuve siendo su criado. Aunque no me acuerdo de todo lo que ocurrió aquellos momentos...de verdad creí que no se acordaría ya de nada...

Pero me equivoqué.

¡Una maldita locura! Con todos los siglos que habrían pasado desde ese suceso de mi infancia, ¡no tendría ni que acordarse de todo!

Hay muchas cosas que guardo de mis días en esta enorme casa, y eso que ya ha cambiado mucho desde que me marché definitivamente de su tierra, alejándome de su acostumbrada cultura, y por fin unificándome con mi hermano. Obviamente ha reformado muchas partes de la casa como la cocina, el salón-comedor, el baño y la mayor parte del primer y segundo piso. Ya no hay que cagar en una especie de agujero donde te sentabas en algo parecido a un retrete de madera, por lo menos estando en pleno siglo XXI esta todo muchísimo mejor y más moderno que durante la época en la que viví con él. Pero...a veces tengo la sensación de todavía sentirme solo. ¡Yo tuve que también ser un adulto e independizarme, joder! ¿Por qué debería de sentirme solo? Es lo que quería.

Tal vez lo que también quería el bastardo...

...y tampoco me acuerdo bien de si estaba deseando deshacerse de mi o no. Muchos de mis recuerdos se me van olvidando o solo son muy borrosos, quizás bastantes de ellos los quise olvidar y por ello no los recuerdo del todo. Posiblemente ansiaba que me largase.

La última vez que vine nuevamente a esta casa, ya pasó incluso hace bastante tiempo. Igualmente apenas le veía muy a menudo, menos que ahora, pero era muy poco de todos modos. Cuando fui a verlo para que se uniese a la guerra, estaba también sin dinero en esos momentos, mucho peor que actualmente. Y seguía sonriendo de esa forma tan idiota. Pero odio que siga sonriendo cuando no debería de hacerlo en su estado.

En ese mismo día no llegué a tener tiempo de poder saber, si quizás aún se acordaría de los sueños que no he parado de tener desde que pillé el resfriado hará unas semanas, igual le habría creído en ese entonces, porque tampoco fue en aquellos tiempos tanto tiempo transcurrido, o eso creo.

Me cuesta creer, que todavía recuerde todo, habiendo pasado tantos siglos.


Capítulo 14Estrella que me vio crecer

A la mañana posterior a su desafortunada llegada, Lovino se logró despertar un poco menos agarrotado por todo el dolor muscular que tenía de antes, de tanto toser y vomitar era obvio que le doliesen hasta las costillas. Pero aún con una notable pesadez, algo le debió de ayudar la sopa de pollo que le fue una tortura comer. Sí, mano de santo sí que debía de ser ese agua con sabor rancio que al italiano tanto le asqueaba.

Adormilado, se sentó en la cama y pegó un largo bostezo mientras notaba una vista demasiado luminosa de la nieve cubriendo el jardín de afuera todo de blanco. Era una vista preciosa, pero un poco cabrona por meter un fogonazo en los ojos a plena mañana.

-uhm...si que ha nevado durante la noche...-murmuró haciendo una mueca por la molestia de la luz, mirando por la ventana de al lado de la cama toda la cantidad de nieve que ahora había cubierto completamente todo.

El chico sureño siguió bostezando con tos seca y notó que estaba solo en la habitación, porque al otro lado de la cama, faltaba el cuerpo calentito de Antonio durmiendo.

Y eso ya le hizo acordarse de lo último que hizo a la noche.

-...mierda...-berreó encogiéndose de hombros y llevándose de forma inconsciente una mano hacia su boca. No por el recuerdo solo de haberle dado un beso- le he pegado mis mocos...puto asco.

Pero dejando de lado el que tuviese el impulso de dárselo con resfriado y que le asqueaba mucho, poco a poco alzó la cabeza hacia arriba, con los hombros encogidos sirviéndole de apoyo a su cabeza. Lentamente, por la mente de Romano comenzaba a sentir algo de alivio y relajación, a medida que se acordaba del impulso tan estremecedor que le provocó besarle. Como si le oprimiese muchísimo en su pecho, pero que terminara saliendo de una forma desesperada. Mientras se acordaba, no se estaba dando cuenta en eso precisos momentos, que se estaba sonrojando.

Aún notaba el otro lado de la cama bastante cálido, se habría levantado hacía poco rato. Lovino con ligereza apretó un poco la sábana, recostándose en la parte en la que el español había dormido con él, estremeciéndose entre la tela. Si se callaba los repentinos jadeos, podía incluso oír sus propios latidos resonar en su interior. Maldijo la puñetera fiebre, la cual ahora dudaba si seguía afectándole.

Apoyando la mejilla contra el colchón, y con un sonrojo claro sobre su cara del que no era muy consciente, entrecerraba despacio los ojos.

-Tiene...su aroma...-susurró bajito y algo ronco, abrazándose a las finas sábanas blancas que mantenían el dulce aroma de Antonio.

Ese olor.

Ese mismo olor que conocía tan bien, quizás fuese en verdad el aroma que más le gustaba al italiano. Una mezcla entre café recién hecho y la colonia de hombre que siempre usaba el castaño. Aunque resultara extraño, le agradaba ese olor que España desprendía.

Con el calor cálido que permanecía en el sitio y el dulce aroma, el inexplicable sofoco que Lovino sentía de pronto le hacía jadear acalorado, podía notar un inmenso calor restregándose por el resto de su cuerpo. Solo que esta vez no dolía.

-J...Joder...-rápidamente fruncía el ceño entre jadeos, aferrándose con fuerza a las sábanas, sus manos iban directamente a sus zonas más sensibles de su piel, como si perdiera el control de sus inhibiciones.

Ni siquiera podía detenerse a sí mismo. Su mano frotaba una notable erección sobresaliendo bajo el pantalón del pijama, y estremeciéndose por la increíble excitación repentina, no pudo parar la necesidad de rozarse con las manos. Lovino comenzó a gemir bajito, tratando de callarse los gemidos contra el colchón, lo que provocaba que estuviese pronunciando el nombre del español.

Maldito fue el instante en el que oyó cómo la puerta de la habitación se estaba abriendo, para romper el "mágico" momento.

-¡Buenos días Lovi~!

-¡AH! ¡I-IDIOTA! ¿¡Por qué coño no tocas a la puerta!? -chillaba con fuerza y revolviéndose como loco en medio de la cama tratando de taparse con la sábana, el edredón, y si podía hasta con toda la almohada.

-Oh...lo siento, es que me había parecido oír que ya estabas despierto y venía a traerte el desayuno –dijo el español con inocencia trayendo consigo la bandeja, con un bol de leche con cereales de Choco Krispies.

Lo que parecía claramente es que le habría oído decir su nombre en gemidos mientras se estaba masturbando, y el muy bobo no hubiese imaginado que se la estaba tocando en su cama excitándose con la peste a colonia que usa, que ni tuviese feromonas para calentarlo tanto.

Como en verdad no parecía haberse dado mucha cuenta, no quedó mejor forma que tratar de disimular. Aunque si veía el bulto sobresaliente bajo las mantas estaría perdido.

-¿Te sientes mejor? –preguntó Antonio dejando la bandeja cuidadosamente sobre la cama, y se acercaba a tomarle la temperatura.

-¿Eh? Ah, sí, eso...-Lovino tragó saliva rojo hasta las orejas por no tener la mente en su sito-..estoy bien.

-¿Seguro? Porque tu cara parece que se está transformando en un pequeño tomate –se reía él solito por su propio chiste logrando siempre hacerle fruncir el ceño.

-Claro, ¡no me digas! Y la tuya no parece poder convertirse en un completo gilipollas porque resulta que ya lo eres. –dijo el sureño amargándose desde primer momento del día, agarrando la cuchara para ponerse a desayunar.

El español continuó riendo bajito por hacerle rabiar a su inquilino, y con suavidad le echó una de sus sonrisas.

-Me alegra ver que te estás recuperando –murmuró con verdadera alegría, y le apartó un poco el flequillo con una caricia, mientras que el mayor de los Italia se quedaba quieto por sus caricias y se levantó de la cama- abriré un poco la ventana para que entre aire fresco~

Comiendo los cereales con asombrosamente bastante apetito Lovino miró de reojo a Antonio dirigirse hacia la ventana de la habitación, para ventilar un poco. Lo cierto es que si que se notaba cuando alguien estaba enfermo, e inclusive la fiebre alta daba un olor un tanto extraño cuando se estaba por muchas horas en un sitio cerrado. El castaño enseguida abrió la ventana, quitando parte de la nieve que se había quedado en el marco. Y con una gran ilusión miraba hacia el jardín en un manto blanco que aún no había sido pisado.

-¡Waah! ¡Qué bonito! –se le escuchó decir con una mirada de mucha alegría- Oye Lovi, ¿verdad que dan ganas de tirarse en la nieve? Con toda la que debe haber caído seguro que parecería una cama –dijo riendo.

-Si quieres también resfriarte y cogerte una pulmonía pues te puedes tirar de cabeza –respondía con una pequeña sonrisa maliciosa con restos de Choco Krispies en la comisura.

Al observar toda la inmensa cantidad de nieve, el mayor de los dos se acordó de que sería más conveniente limpiar la entrada de la casa antes de que se formara hielo y pudiesen resbalarse a nada que tuviese que salir. Por lo que Antonio fue directamente a bajar a la puerta principal para ir teniéndolo limpio.

-Ah Lovi, se me olvidaba –se dio la vuelta para mirarle antes de salir del dormitorio- en un rato ya te toca tomarte en antibiótico, luego te lo traigo, ¿vale? –terminó seguido de una cariñosa sonrisita para ir bajando a la entrada.

Romano en una ligera respuesta, una vez que le vio salir por la puerta suspiró algo irritado. ¡Si no hubiera sido porque es tan tonto, le habría pillado masturbándose en su cama! Pero, quitando lo obvio, tampoco había sido muy consciente de por qué se había excitado tanto. Eso supuestamente ya no debería ser por causa de la "fiebre", porque aparentemente ya no tenía.

Había sido...como el mismo impulso involuntario de anoche.

Cuidadosamente, apartó de en medio de la cama la bandeja que le había traído del desayuno, y un poco sí que Lovino pudo expresar una delgada sonrisa. La forma en la que España se preocupaba siempre era así de dulce, amable, y cariñosa. Aunque pareciese que le continuaba tratando como a un maldito crio, esos gestos que tenía para cuidarlo al enfermarse, resultaban agradables.

-Ni que fuese un jodido enfermero –soltó llevándose una mano a la cabeza y rascarse levemente, detestaba sonrojarse por cualquier chorrada que el castaño hacía.

De forma muy perezosa, el sureño bostezó y optó por levantarse de una vez y estirar algo las piernas. No era plan de estar también en la cama con dolores de espalda como en casa con su hermano, también le apetecía moverse, aunque fuese de vez en cuando. Saliendo con sigilo del cuarto, y aprovechando que Antonio estaba fuera, quitando los trozos de nieve de la entrada, decidió darse una vuelta por la casa. Seguía siendo todo un curioso, desde que era un mocoso.

Caminando por el pasillo, Lovino extrañaba bastante las partes de la casa. Si, ya la conocía, pero ahora al estar tan cambiada de cómo la recordaba, se sentía perdido, como si fuese de nuevo a primera vez que recorre aquella casa española. Mantenía un paso firme pero lento, observando cada esquina, e intentando averiguar dónde estarían algunas cosas a como las recordaba de antes.

-Me pregunto dónde guardará ahora los adornos de Navidad –pensó el italiano que todavía le pareció un tanto raro que el memo de Antonio no tuviese todo decorado como siempre lo tiene en estas fechas. Y quizás ya no estaban metidos en un frio y oscuro desván, tal vez sería un armario.

Resultaba curioso que desde el primer momento que entró a su casa, Lovino no dejara de preocuparse por los adornos Navideños. Conociéndole, debería de tener el gran árbol en el comedor, pero al no verlo, le alarmaba bastante. Aunque le daba vergüenza ir y decirle de pronto algo en como "oye idiota, mejor pon el árbol o algo, que si no, eres muy poco tradicional". No era el momento.

Permaneciendo en el segundo piso, pudo observar el increíble cambio que había dado todo. De ser una casa grande y lujuriosa, lo que se veía actualmente era también una bastante grande y bonita, pero con muchos toques modernos. De alguna forma, le daba cierta nostalgia, y a la vez tristeza, pese a que ya no era su "hogar". En un punto de su paseo, algo llamó la atención del joven Vargas. Una especie de puerta, al fondo del profundo pasillo, parecía estar escondida y como si de alguna manera curiosa, fuese la única que no era igual a las otras. Se veía como más antigua y desgastada. "Podrá ser un trastero" se dijo Lovino a sí mismo en un rápido pensamiento. Pero su intuición le estaba diciendo que no se podía tratar de un simple cuarto con trastos, no parecía de ese tiempo.

Como no podía ser de otra forma, ya dejó de pensárselo mucho, y teniendo cuidado de no ser descubierto por el español que estaba abajo limpiando la nieve con una pala grande, abría la pequeña puerta del fondo. Una vez abierta y poder observar alrededor, fue como si de pronto, su cuerpo se quedase petrificado, casi quedándose en cuestión de segundos sin respiración. No daba crédito a lo que sus ojos contemplaban.

-... ¿Por qué? –fue lo único que consiguió pronunciar de su boca. Estaba tan asombrado, y a la vez tan confundido, que no sabía si llorar.

¿Acaso parecía un sueño? ¿O tan solo sería alguna alucinación suya por el "fenómeno" de la condenada fiebre del demonio? Romano quiso en verdad, que fuese una alucinación.

Porque todo estaba allí. Su pequeño cuartito, en perfecto estado, como si estuviera encerrado en una burbuja del tiempo. ¡Era imposible! Sabiendo que toda la casa ya estaba completamente reformada, aquel cuarto estaría tan sucio y lleno de cosas, que debería de no estar más allí. Pero era una completa equivocación. Lo que estaba era en perfecto estado, limpio, como si Antonio acabase por ordenársela como en aquellos días en los que él nunca la limpiaba, y siempre su antiguo Jefe se veía obligado a recoger todo.

Pero ¿Por qué? Esa era la cuestión que Lovino no paraba de repetirse. ¿Por qué mantenerlo todo? Encima sin haberlo tocado.

Tragando saliva sintiendo su garganta reseca, dio un paso hacia delante para terminar por entrar en el pequeño cuartito. A medida que observaba el lugar, un pequeño sollozo moría en su boca. Se acercó hacia la camita, la misma en la que una vez durmió.

-...Tuve tantas pesadillas en esta cama...-recordaba Lovino con un gesto de agonía, mientras posaba una mano en las finitas sábanas de seda. Casi podía sentir en su piel nuevamente el miedo que le daba dormir en esa cama.

No cabía en estupefacción ante la sorpresa de encontrarse de cara con el pasado. Habían pasado tantas épocas, que se llegó a olvidar incluso de pequeñas cosas, como las veces que sentía mucho miedo a la oscuridad en esa misma habitación una vez que llegaba la noche. Las veces en las que lloraba en sueños sobre la almohada que ahora estaba tocando, y en las que su Jefe bastardo se levantaba en la madrugada para tranquilizarlo, para acabar escuchando historias hasta dormir de nuevo.

Resultaba muy triste que Lovino hubiese olvidado recuerdos así.

Bajando la mirada, pudo fijarse en una especie de trocitos de madera que estaban en el suelo frente a la cama. No pudo evitar cogerlos y observarlos de cerca.

-¿Y esto? ¿Qué se supone que era? –se preguntaba alzando la ceja por no recordar haber visto antes- Pff...será solo algo de basura. –exclamó tirándolo un segundo al suelo.

Y entonces, como si se tratase de una especie de visión, algo logró congelar la sangre de Lovino en cuestión de segundos.

-¡Bastardo! ¡Yo no quiero jugar con madera!

Lentamente, giró la cabeza para mirar en dirección al suelo, donde lograba ver y oir, cual espectador, algunos momentos que creía olvidados. Llegaba a creer que se estaba volviendo loco. No podía ser verdad lo que veía.

-Venga Roma, ¡si es divertido! –exclamó España de cuclillas frente al menor, sujetando uno de los trozos de madera- ya verás como el Jefe te va a hacer unos juguetes muy bonitos~.

-¡Hmp! –rápidamente infló las mejillas de aire ignorándolo- ¡Pues yo quiero un castillo! ¡Hazme un castillo, idiota!

-Uhnm...Romano, tampoco me pidas imposibles...

-¡Un castillo! ¡Un castillo, bastardo!

Poco a poco, Lovino se visionó a si mismo cómo jugaba con los trocitos de roble, que resultaban ser pequeños juguetes tallados en la madera. Ahora parecía recordar, lo mucho que se pasaba tirado en el suelo del cuarto, más que en otro sitio. Y las escenas se pasaban una tras otra. Siempre en ese lado de la habitación.

-¡Ya está! ¡Este es mi propio castillo! ¡Soy el mejor rey! –chillaba un pequeño Romano con orgullo y una sonrisa picarona, mirando una pila de madera ordenada como una especie de casa.

Podía haber pasado horas, y horas jugando con aquellos juguetes. Y aún así, jamás parecía irse de aquel rincón. Era su favorito. Jugaba, dormía, comía panecillos después de comer, escribía sus primeras cartas sobre el suelo manchando siempre todo con tinta.

-Ucce, Ucce, Uccellino~ -canturreaba el pequeño del ricito a un pajarito que trataba de volar- ¡es el más bonito de todos!

Y finalmente, lo que más llegaba a hacer, era llorar. Lovino contempló un reflejo del pasado tendido en el mismo suelo, llorando en soledad siempre que quería ver a España regresar.

Mientras se veía a sí mismo, notaba como si le oprimieran el pecho con fuerza. Debía de ser una broma de mal gusto, mirase donde mirase en aquel dormitorio atrapado en el tiempo seguía sin poder creérselo. Resistiéndolo, intentaba contener el llanto que parecía querer salir de su garganta.

-¿Lovi?

Despertando del trance dio un brinco del susto al oír la voz de Antonio, y se vio incapaz de darse la vuelta para verle.

-¿Qué haces aquí? Pensé que seguirías dormido en la habitación –murmuraba extrañado el castaño, el cual se había fijado que la puerta estaba abierta.

El sureño se quedó estático, con la cabeza bajada sin poder decir algo en ese instante. Creía que si hablaba, se pondría a llorar automáticamente. Pero antes de que el español se le acercase, por fin su voz salió de su boca.

-¿Por qué?...

-Lovi, ¿qué te ocurre?, ¿Estas b-

-¿Por qué has mantenido este sitio? –farfulló Lovino apretando las manos- Y-Ya..no debería de estar aquí..

Antonio al momento estremeció la mirada, cambiando su gesto por completo.

De pronto, se dio la vuelta para poder mirarlo.

-¿Por qué todavía guardas este cuarto? ¡Se supone que ya no tendrías ni que acordarte de todo lo que yo estuve viviendo aquí! –gritó con un tono enfurecido, y dolido a la vez. Pero el español no se veía capaz de responder, y miraba al suelo entristecido. Cosa que le provocó acercarse agarrando su camisa- ¡No tendrías ni que acordarte de todo aquello! ¡Han pasado muchísimos siglos! ¡Idiota!

Antonio entrecerraba los ojos sin poner resistencia a sus golpes sobre su pecho, mirando con una mirada de tristeza.

-¿¡Si yo ya no vivo más aquí...por qué sigues acordándote de todos los momentos que he pasado yo aquí? !Ni siquiera has puesto ningún adorno!

Finalmente, y con mucho esfuerzo, el castaño terminó por romper el silencio, tratando de esbozar una sonrisa, pese a que su rostro reflejaba que era incapaz.

-Yo...ya no celebro la Navidad.

-¿Qué?

-Es la verdad, ya no lo celebro –continuó Antonio levantando la vista para mirarle, le costaba sonreir- Ni tampoco ninguna fecha importante...simplemente no puedo celebrarlo.

Lovino miraba al español con una cara de incredulidad total. No parecía el mismo España que siempre le encantaba celebrar la mínima fiesta tonta.

-¿Pero por qué? ¿Por qué dices que ya no lo puedes celebrar? No puede ser que el bastardo que yo conocía se haya ido –fruncía el ceño con enfado y confusión, creyendo que le está mintiendo.

Con una mirada profundamente dolida, que ya ni siquiera se podía esconder tras una sonrisa, el mayor miró fijamente al sureño, puesto que ya era inútil ocultar sus emociones.

-Deje de celebrar la Navidad...desde el día en el que me quedé solo aquí –confesó Antonio en un gesto de agonía y tristeza contenida, haciendo que Lovino se quedase atónito. – Lo llegaba a intentar pero...ya no era la misma sensación. Nada de lo que intentaba me hacía sentir como en casa...básicamente...en el momento en el que ya no tenía a nadie conmigo, no pude hacer ese tipo de cosas que las hacíamos juntos. –rió con pena- y aunque sé que soy un completo estúpido por verme incapaz de hacer eso..realmente, mi mundo murió cuando ya no estabas aquí.

Ver a su antiguo Jefe sonar tan triste, le hacía creer que estaba viendo a otro que no fuese el mismo España que conocía. Las manos de Lovino temblaban mientras seguían sujetando la ropa del español que tenía enfrente. Le costaba comprender de repente todas esas cosas que en realidad Antonio sentía. Puesto que lo que más pensaba, es que siempre quiso librarse de él una vez que se independizara, para no vivir más a su lado.

Qué tremendo idiota estaba siendo al creer semejante cosa.

Su voz se oía temblorosa y ahogada, sin soltar su camisa.

-S-Supuse que...quisiste que me marchara..y no aguantarme más –confesaba el italiano en un aturdido gesto que trataba de aguantar los sollozos.

Antonio miraba al más "joven" de los dos con cierto asombro. Enseguida, pudo notar cómo estaba queriendo llorar, conociendo fácilmente esa faceta. Por lo que con pura suavidad, sus brazos rodearon su cuerpo en un dulce abrazo, de los más repletos de afecto que Lovino podía sentir nunca.

-... ¿De verdad pensaste algo como eso? Lovino eres tan tonto...-murmuró el castaño mientras pasaba una mano por su cabello, para lograr al fin hacerle sonreír de una buena forma, terminando por acariciar sus mejillas que ardían por las ganas de romper en llanto- Jamás habría querido que te fueses...nunca lo quise. –confesaba con un tono de aguda tristeza por recordarlo- Luché tantas batallas para mantenerte a mi lado...habría sido imposible que yo quisiera deshacerme de ti.

El jovenzuelo de ojos color miel le observaba atentamente con un claro temblor en todo su cuerpo. Mientras que podía sentir una extraña calidez en su pecho con notar las caricias de sus cariñosas manos rozando su cara. Cada momento de su vida, pensó que solo era un sucio deshecho que en algunas ocasiones seguro que incluso alguien como el español, debió de desear no tenerle más en su compañía. Y ahora, la verdad le estaba haciendo llorar con las cálidas manos de Antonio posadas en sus mejillas.

El más mayor de ojos como brillantes esmeraldas le dedicaba una especial sonrisa, mientras movía lentamente los pulgares para limpiarle las lágrimas que comenzaron a brotarle.

-E-Eres...u-un completo...imbécil...-su mente se sentía confusa, con tantos sentimientos mezclados así, ya no sabía cómo expresarse- Debiste de...querer olvidarme como todos hicieron luego...-casi ni podía pronunciar palabras e hipaba entre sollozos.

-No lo hice, ni lo haré nunca, mientras siga siendo una nación, no cambiaría ninguno de los recuerdos que he vivido teniéndote a mi lado –muy despacio, se puso un poco agachado para estar más a su altura, sin dejar de acariciar su rostro con ambas manos. Igual que antaño, cuando era mucho más pequeño, siempre se ponía más a su altura-...aunque no quise que te marcharas...mi sueño en realidad fue el de poder criarte, verte crecer y que te convirtieras en un buen hombre. Y eso es lo que más me hace feliz de haber sido tu Jefe. Porque lo he podido ver realizado.

Lovino se quedó completamente inmóvil tras verle caer una lágrima por una de sus mejillas, mientras en cambio él sonreía con inmensa felicidad. Sus palabras eran tan sinceras, tan reales, tan profundas...que ya no pudo contener el llanto que llevaba tiempo queriendo soltar, y cerró los ojos con fuerza para terminar lanzándose sobre el español y al fin poder llorar, dejando desahogar todos sus sentimientos en lágrimas, entre los brazos que siempre le otorgaban protección.

Manteniéndole sollozando sobre su hombro, Antonio tampoco fue capaz de no retener lágrimas que caían por sus mejillas, pero sin soltar al jovenzuelo que hipaba sin parar, componía una fina sonrisa.

-No importa cuántos siglos puedan pasar...ni cuántas épocas tenga que vivir...-murmuraba Antonio, posando una mano en su cabello rojizo, apreciando la suavidad de sus mechoncitos- Lo que tú significaste para mi, jamás lo cambiaría por ninguna otra cosa que pueda desear, Romano...

Lovino escuchaba atentamente sus palabras, haciendo que correspondiera el abrazo con todas las fuerzas que podía reunir, y apretaba las manos sobre su espalda mientras que poco a poco ocultaba su cara en el hombro del castaño.

Ya nadie le seguía llamando por su nombre real. Ni siquiera su hermano Veneciano, u otra persona que podría ser más cercana. Solo España. El único que continuaba llamándole como realmente se llamaba, sin tener que usar un nombre más humano, con el que debían de usar más. Para él, que siguiera llamándole como "Romano", significaba un cariño que ahora comprendía por qué le estaba necesitando, y la razón de todos esos sueños del pasado.

Porque necesitaba estar a su lado.

Daba igual que tuviera que independizarse, y olvidarse de todo lo que tuvo mientras fue su subordinado. Lo que no cambiaba, era el sentimiento de quererle, más que a cualquier otro. Y ese sentimiento, resultaba ser mutuo, pues Antonio no olvidaba su cariño por el pequeño italiano respondón, que una vez llegó a cuidar como si de un padre se tratase. Y ahora que había pasado el tiempo, había llegado a sentir un fuerte lazo que no podría romperse.

Aunque fuera difícil amar, España había podido ver a Romano mucho más allá de lo que otros nunca vieron. A pesar de ser tan distintos, de tener unas personalidades completamente diferentes, había algo que les hacía ser muy iguales. Ocultaban mucho sus sentimientos más profundos, por temor a acercarse demasiado a los demás, y que pudiesen hacerles daño. Esa resultaba la verdadera razón, por la que Antonio, de algún modo u otro, siempre era tan despistado. Y uno de los motivos por los que veía tan especial a Lovino. Nunca podría olvidar al travieso chiquillo que tanto le costó que aprendiese su lengua, que tanto creía que le odiaba, cuando descubrió lo mucho que el menor le admiraba y su temor de no saber expresarse. Antonio supo que no importaba que el sureño creciese, ese tipo de cosas no cambiarían, y le harían quererle por siempre siempre.

Lentamente, el chico de ojos miel levantó la cabeza para observar con cierta vergüenza, la penetrante pero a la vez tan preciosa mirada del muchacho español. Si no hubiese elegido ser la primera persona de la que se habría enamorado, antes no le habría podido contemplar de esa manera. Pero así era.

Sus ojos profundos ojos verdes también lo miraban, adorando lo inocentes y enrojecidos que se veían los suyos por llorar tanto, y además de verse acompañado de un fuerte sonrojo que le cubría la cara. Para Toni, todo Lovino se transformaba en el tomate más bonito que había visto.

El sureño permaneció muy quieto mirándole, dándose cuenta de lo cerca que ahora estaba de su cara. Tanto, que podía notar el calor de su respiración unirse con la suya propia. Aunque llegó a creer que otra vez la estúpida fiebre le comenzaba a subir. No sería normal tener tantísimo calor de repente.

Lovino comenzó a sentir un fuerte calor apiadarse de su delgado cuerpo, casi tenía ganas de desmayarse. El mismo impulso desconocido, que le hacía olvidarse de todo, parecía volver de la misma manera. Y esta vez, el castaño desprendía por igual un claro calor acalorando la distancia entre los dos. No podía comprenderlo...era extraño. Y aún así tan cálido, que le hacía acercarse muy despacio hacia su enrojecido rostro.

"¿Qué debe ser esto?...¿Qué demonios me ocurre?..."

Romano apenas podía pensar lo que sus emociones estaban resaltando. Sin ya darse cuenta, las manos de Antonio terminaron por atraerle de la cintura, provocando que sus finos labios se fundieran, en lo que desencadenó un beso envuelto en pasión.

Su mente en menos de unos instantes pareció quedarse en blanco, como perdiendo todos los sentidos. Cual hechizo, como si se mantuviesen atados por cuerdas invisibles, el español le pegaba su fino cuerpo contra su pecho, haciendo que en pocos segundos, Lovino se aferrara fuertemente. Ese calor tan potente, y que le hacía ahogarse con el beso, lo estaba deseando perdurar mucho más, igual que si fuera un afrodisíaco. La pasión del castaño era clave en aquellos momentos. Potente. Lujuriosa. Repleta de ardor...sus labios parecían una droga que el jovenzuelo no podía resistir, se había apoderado de su ser por completo.

Lovino llegó a hacer sonar unos ahogados gemidos junto a sus calientes labios, ambos, comenzaron a convertir el beso en un baile de sus lenguas, rozándolas con desenfreno, sintiendo el sabor de sus salivas unirse entre ellas. No podían parar, el calor de sus cuerpos provoca que tuvieran más deseo y lujuria.


Parecía como si el tiempo se había detenido, o si en realidad iba muy deprisa. En esos momentos, no tenían ni idea de lo que podía estar sucediendo a su alrededor. El cuartito se volvía un tanto oscuro al estar con unas cortinas muy densas que solo dejaban unos pequeños rayos de luz iluminar la habitación. Pero eso ya daba igual. Puesto que al menos, había suficiente luz para ver.

El joven de cabellos castaños oscuros con tonos rojizos jadeaba envuelto en sudor acalorado contra la pequeña almohada, agarrándose a la fuerte espalda del mayor, mientras este le aprisionaba en medio del colchón. Antonio apoyaba las manos a cada uno de los costados de su cara, dejando que las manos de Lovino le arañasen un poco con cada beso que le proporcionaba en su yugular. A pesar de ser el mayor de las dos Italias, Lovino aún no había llegado a saber las sensaciones que se sienten la primera vez que hacías el amor. Y ahora, no habría podido imaginarse que su primera experiencia, iba a hacerse sobre la cama que de darle miles de pesadillas, le daría las mejores sensaciones jamás sentidas en su cuerpo.

-N..Nhg..ahn..-se estremecía en medio de las sábanas, logrando escaparse débiles gemidos de su boca por los besos en todo su cuello.

-Roma...-susurró Antonio acomodándose a ahorcajadas encima suyo para verle el gesto entumecido que veía en su rostro-... ¿Tienes miedo?- exclamó al sentirle las piernas temblarle.

Lovino lentamente abrió los ojos para mirarle en medio de jadeos entumecidos. Su corazón latía deprisa al visionar al español encima suyo. Obvio que tenía algo de miedo, más encima tratándose de su primera vez, eso le daría bastante temor a cualquiera.

Sin embargo, se tranquilizaba poco a poco, al mirar sus ojos. El castaño pasaba una mano por su suave mejilla enrojecida, viéndose claramente preocupado por si no estaba seguro de hacerlo. Pese a que su cuerpo pensara lo contrario. En silencio, se le dibujó una sonrisa en sus labios, una de esas que apenas se le ven. Y con mucha suavidad, acarició una de sus manos posadas en su mejilla.

-...No. –murmuró Lovino sin quitar esa sonrisa decidida en su cara, dedicándosela solo a él- estoy listo -afirmó plenamente.

El corazón del español dio un fuerte impulso dentro de su pecho ante una sonrisa tan bonita como esa. Poder ver a Romano sonriendo para él era como un regalo único en el mundo. No había cosa que le hiciera más feliz. Y con ello, también sonrió trayendo consigo un enternecedor sonrojo, estaba tranquilo de poder dejarse llevar por el amor que sentía hacia el muchacho.

-E...España...nh..¡ah! –siente perder los sentidos del todo, apretando con muchísima fuerza la almohada de detrás de su cabeza.

Su cuerpo entero se entumecía con las agitadas sacudidas que hacía en su interior. El dolor y el placer se habían hecho uno solo. Antonio entrecerraba los ojos sin dejar de mirar al italiano en ningún momento. Le veía estremecerse tras notar sus entrañas ser maltratadas mientras se unían por completo. Cada gemido, cada jadeo, cada sollozo que salía de su garganta, era recompensado con los lentos choques contra su pelvis.

-Du..¡Duele! –Lovino cerraba fuertemente los párpados ante la intromisión del castaño, y por el dolor, sus ojos comenzaban a dejar caer lágrimas.

-Romano...-deteniéndose en seco, acercó las manos hacia su rostro para poder verle mejor.

-N-No...!No me mires, idiota!...!No quiero que me veas..! –chillaba avergonzado por verle con cara de estúpido mientras lloraba.

-Déjame verte –con sumo cuidado Antonio le apartó las manos, para mirar fijamente su rostro derramando lágrimas. Y enternecido por su gesto avergonzado, se inclinó hacia él con una sonrisa-...te quiero, Roma..

Verle sonreir de esa manera, hizo que se tranquilizara por completo, cerrando los ojos y sintiendo sus labios atrapando los suyos. Ya no le importaba nada, ni podía sentir dolor. La forma en la que España le acariciaba, le besaba, y le susurraba, calmaba sus temores. Sus cuerpos se hacían uno solo, envueltos en un potente calor que les hacía sentirse piel con piel. El español le sujetaba las piernas, haciendo que finalmente el menor se aferrara a su cadera ellas. El ritmo tan intenso, lograba que los gemidos de Lovino inundaran la habitación. No podía parar de jadear, siendo prisionero de la lujuria.

-Es..pa..¡España..!

Rápidamente rodeó su cuello con fuerza, gimoteando su nombre apenas pudiendo callarse. Su pelvis se veía completamente unida a la de Antonio, mientras cual bestia salvaje, movía toda la cadera para perpetrar dentro del más joven. Embestía con mejor facilidad que antes, adorando la estrecha calidez que ahora Lovino dejaba a su paso. Le apretaba el miembro fuertemente, seguido de un sonoro gemido al estimular su próstata. Era tan increíble la sensación de placer que los dos podían sentir al mismo tiempo.

"Es..tan grande...le siento muy grande..."

Los gemidos se volvían gritos al pasar de unos lentos movimientos, a necesitar más. El encabezado de la cama chocaba constantemente contra la pared, por la fuerza en la que el español lo embestía. Oyendo su voz gritando su nombre, también hacía que Antonio jadease por la excitación. Rodeando su delgado cuerpo se acercó a su boca de la cual caía saliva de la comisura. Lovino lloraba por puro placer, la pasión, la lujuria y la desesperación de ambos por sentir sus cuerpos en uno solo, desprendía un sorprendente éxtasis. Notaba cómo su mano agitaba su miembro erecto sin llegar a detener las placenteras escotadas. Pronto, Romano echó hacia atrás la cabeza, arqueando la espalda con un fuerte gemido, sin poder contener los espasmos de un maravilloso orgasmo, nada más sentir la caliente esencia que acababa de llenar el preservativo.

Sin voz para apenas respirar, el joven trataba de recuperar el aliento, teniendo pegada la mejilla sobre la almohada. Su abdomen manchado con restos de su propio esperma le daba una extraña sensación por el resto de su cuerpo. Podía todavía notar el palpitante miembro de Antonio dentro de él, y ahora que estaba tan caliente, le gustaba el cosquilleo de dejarle dentro un poco más, y rápidamente, el español se abrazó a su cuerpo desnudo. Susurrándole acalorado.

-E..estás...¿Estás bien? –preguntó el castaño acariciando su cabello sudoroso, esperando que no le hubiese dado un fuerte mareo, al no estar del todo recuperado.

Algo mareado sí que estaba, pero delicadamente puso una sonrisa cansada. Aunque estaba temblando y muy mareado, había sido una de las mejores sensaciones que habría sentido nunca. Todavía le costaba pensar, pero miraba a Antonio sonriendo. Hacerlo de forma consensual, se sentía muy bien, de hecho.

-Me siento...mejor que bien...-dijo bajito, visiblemente agotado y sudando- quiero sentirte...unos minutos más...no salgas aún.-terminó por suplicarle, con una vocecilla que le costaba hablar por haber gritado tanto.

-Romano...-con mucho amor haciendo brillar sus ojos, le acarició sus rosadas mejillas, sonriendo de la forma más hermosa que el italiano le había visto nunca, y con claridad, susurró cerca de sus labios- ...te quiero.

Por fin, sus sentimientos habían logrado dar ese pequeño empujón que querían. No merecían separarse del todo, por ya no ser un Jefe y un subordinado respondón. Lo que sentían era muy incomprensible, pero, aunque ya no estuviesen juntos de la misma manera, correspondían el sentimiento de necesitarse el uno al otro, era real. Los lazos de destino no debían romperse. Sino comprender, lo que los dos estaban necesitando. Encontrar ese amor que los mantenía separados por el paso del tiempo.

Ya nada era igual. Sin embargo, Lovino derramaba lágrimas al unirse nuevamente en un profundo beso a manos de Antonio, quien tal vez, más le necesitaba tenerle a su lado.

Puede que no estuviese ningún árbol puesto, ni ningún adorno lleno de luces. Pero lo que ahora brillaban, eran los ojos de Lovino, al haber sabido la verdadera razón de sus temores, y de sus extrañas sensaciones incomprensibles. Todo cuanto añoraba en realidad, resultaba ser algo que tenía tan cerca. El corazón de su Jefe.

Tan estúpido, y a la vez tan idéntico era a él.

Continuará….

Notas: Y tras una inmensa espera, aparece el penúltimo capítulo. Sí, he decidido que ya solo sean 15 capítulos y terminar con un buen desenlace. Al final la sorpresa que ya se extrañaba acabó por venir al fin (?). Me gustaría que opinaseis sobre qué os ha parecido este capítulo tan "subido" de tono, porque ya se hacía de esperar mucho, y creo que ha sido un buen momento para ya estar dándole buen jugo xD. En fin, en verdad querría que comentarais cómo os ha parecido y si eso algunas opiniones sobre cómo veis el final, me daría muchos ánimos para poder empezarlo. Os espero ilusionada como de costumbre en cada uno de vuestros adorados reviews, espero que estéis listos para el ansiado final. ^^