EL DUEÑO DEL MUNDO...
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Y muy a su pesar tomó sus ropas de aquél elegante diván. Mirarla así desnuda y enteramente de él era suficiente motivo para producir esa alegría tremenda que le hacía sentir un estremecimiento en el abdomen. Sonrió con descaro al saberse dueño de ese cuerpo, de esa noche de amor y pasión intensos como nunca los había sentido. Recordó el beso en Escocia, aquél beso torpe que aunque no fue el primero que había probado, si fue el más lleno de intención, de nerviosismo, de ilusión y de suaves y dulces sensaciones que aún ahora y después de tantos besos compartidos con ella, su pecosa... siempre seguiría agitándole el corazón con el más puro regocijo, con todo y la bofetada que había conseguido después de eso. Seguiría siendo el primero y más especial de los muchos besos de amor que planeaba entregarle.
Recordó la intensidad de la noche anterior, aquellas caricias y besos de su amada, aquellas frases íntimas que se decían uno al otro al oído. Miró el cuerpo de ella descansando apacible en el lecho y miró su torso desnudo, lo acarició despacio, admiró su piel emocionado, consciente de que esa piel y la de ella habían estado unidas como nunca antes. Sintiendo de nuevo la pasión encenderse en su cuerpo recordó todas aquellas sensaciones que lo hicieron pensarse el dueño del mundo. Porque ahora era dueño de ella y ella era su mundo, el universo entero para él. Saberse dentro de la persona amada, saberse poderoso por ser él y solamente él quien estaba siendo abrazado por su cálido interior le daba la fuerza necesaria para enfrentar a cien Susanas y otras doscientas Faustas Marlowe.
Sólo era necesario ir a ese hospital y encarar lo que fuera.
Ya alguna vez había enfrentado a su padre, alguna otra vez a la inflexible madre superiora del Colegio San Pablo, ya se había dicho suficientes palabras fuertes con madame cara de cerdo... por lo tanto, enfrentar a Fausta Marlowe y su hija sería un problema menor. Pensaba en las palabras precisas para no dejar lugar a dudas, pensaba en su trabajo en el Teatro y de ser necesario, en la opción de renunciar a todo con tal de que nada lo siguiera atando ni a Susana, ni a Stratford ni a nada... sólo a ella, a su Candy.
Porque si de algo estaba convencido es que sólo quería estar con ella y volver a ser de ella de ahora en adelante. Si antes estaba determinado a no dejarla ir, ahora que era su mujer y él se consideraba de ella, ahora menos que nunca renunciaría a su gran amor.
Mi madre abrió sus ojos y se encontró con unos azules mirándole enamorados y a la vez, devorándola intensamente. Los labios de él irritados de tanto haber besado, la sonrisa perfecta, su cabello castaño ahora atado en una coleta, estaba él completamente vestido y mi madre al percatarse de eso buscó las sábanas para cubrir su desnudez; pero el osado amante se encontraba sobre ellas y no le permitía a ella cumplir su propósito.
-Terry... por favor. Deja que me tape...
-¿Me crees tan ruin como para negarle a mis ojos semejante regalo Candy?
Ante la imposibilidad de cubrir su blanca piel, ella optó por girarse en la cama y quedar boca abajo, al instante se escuchó una grave y contagiosa carcajada.
-Jajajajaja, pecosa... sigues estando desnuda.
-Sí, pero lo que puedes ver también lo tienes tú...
Contestó ella sin descubrir su rostro avergonzado. Lo miraba de reojo repasar muy sonriente su completa anatomía. Sabía que no había manera de convencer a ese hombre precioso y risueño que la miraba entre divertido y obsesionado, de devolverle sus ropas o algo con qué cubrir su cuerpo. Él mientras tanto, memorizaba cada espacio de piel, cada rastro de pecas y con su dedo, recorría encantado las sinuosas y a la vez delicadas curvas de ella. Ella sabía que era inútil pelear con él para ganarle esta batalla.
-Jajajajaja... vamos Candy, no te escondas de mí, desde aquí sigo viendo perfectamente... y con exquisito detalle todo lo que quiero.
Mi madre no respondía nada. El rubor llenaba su rostro y sabía que eso sería un motivo más para que ese delicioso ser a su lado siguiera incordiándole. Fue hasta que sintió la respiración de aquél posarse despacio en su cuello, hasta que sintió una de sus traviesas manos viajar por su espalda hasta el sur de su anatomía y descaradamente posarse sin ningún rastro de pudor en una de sus nalgas, que abrió los ojos con asombro y decidió girarse y buscar otra vez sus labios. Se permitió amarlo con libertad, después de todo ya era su mujer. Y no habría tal vez nada que no hubieran visto de sus cuerpos, nada que no hubieran hecho ya... ciertamente la perspectiva en la noche de todo aquello era muy distinta a la luz de la mañana, pero no por eso resultaba menos encantadora.
-Terry... -pronunció ella su nombre con un tono nuevo para él mientras rodeaba su cuello con sus brazos y enredaba sus manos en el cabello deshaciéndose de la coleta que llevaba. Las voces de ambos, las caricias cargadas de pasión, de necesidad, iniciaron nuevamente el encuentro de los cuerpos. No importaba el estar todavía adolorida y tener un ardor molesto en su entrepierna después de haber hecho el amor durante toda la noche. Sólo importaba volver a sentirlo, volver a pertenecerle.
Y entonces Terrence recorrió despacio sus hombros desnudos, volvió a besar sus senos y aunque sabía que debía irse ya a los ensayos y cierta visita al hospital amenazaba con bajarlo del cielo donde se encontraba. Bloqueó sus pensamientos y ayudado por unas blancas y suaves manos volvió a deshacerse de sus ropas sin importar nada más. Sus manos seguían abriéndose camino por donde deseaban, su boca volvía a llenarse del sabor de su Candy. Porque, cuando estaba con ella podía suceder lo que fuera alrededor... él volvía a ser dueño del mundo una y otra vez.
Caminaban de la mano creyéndose fuertes, inseparables, invencibles. ¿Cómo habrían podido saber que ese sería su último día juntos en mucho tiempo? ¿Cómo sabrían que la tarde y la noche que seguían serían por igual dolorosas e inolvidables para ellos?
Primero se fueron al teatro. El director de la obra se encontraba muy molesto por la falta de seriedad de su protagonista, caminaba como desesperado acomodándose una y otra vez el cuello de la camisa, hablaba en voz tan alta que más parecía un grito aquél reclamo.
-¡Bien lo sabe!, ¡le dije que lo quería temprano porque necesita ensayar con Karen! ¡pero me va a escuchar!
El libreto en una mano le dejaba la otra libre para revolverse el cabello con molestia o ya se acomodaba el corbatín de repente, pues no sólo se preocupaba por el muchacho y los ensayos, la mamá de Susana Marlowe lo presionaba constantemente y había llegado a ponerlo de muy mal humor con sus absurdas exigencias.
Para cuando Terrence y mi madre llegaron se podía percibir el ambiente de tensión en el lugar, él le pidió a su pecosa que se quedara sentada en una de las butacas cercanas al escenario, Karen llegó presurosa hasta su compañero de tablas y le dijo algo al oído con mucha discreción. Terrence se quedó muy serio y se dirigió a mi madre:
-Tendré que ir a hablar con Robert a su oficina, no te muevas de aquí Candy, regreso en un momento.
-Terry, ¿tendrás problema por llegar hasta ahora, cierto?
-No lo creo pecosa, pero debo ir... espérame por favor.
-No pienso moverme de aquí.
Después de un breve beso en los labios, el actor fue a hablar con su jefe y mi madre se quedó esperando, admirando la oscuridad del recinto apenas iluminando el escenario para permitir el ensayo. Karen ya estaba de vuelta en las alturas de su balcón, con sus libretos en mano, hacía los movimientos y repetía sus diálogos con voz clara y enérgica mientras un hombre robusto la miraba atento desde abajo ocupando el lugar que se suponía sería el de Romeo.
-"Oh Terry... espero que no te hayas metido en un lío por quedarte conmigo esta noche" - pensaba mi mamá mientras volvía a sentir en su vientre la delicia de las memorias vividas con su gran amor.
Y así transcurrió el ensayo. Pronto se fue el día y tras haber ensayado varias horas Terrence tomó de la mano a mi madre para comer juntos. Después de eso no se verían hasta terminada la función ya que habría otro ensayo general y no habría tiempo para más. La acompañó de vuelta al hotel para que descansara, el regresaría al ensayo y se encontrarían al anochecer, en el Teatro.
A veces, nuestros más grandes anhelos se ven truncados por una mano invisible, por intercesión de terceros, por extrañas circunstancias, por las Moiras que llegan implacables a burlarse de nuestra insignificancia y a propósito y con un sólo dedo, giran nuestro camino o lo bloquean como si de hormigas se tratase. En ocasiones, es tanta la felicidad y tanta la esperanza, la ilusión y la plenitud en la vida de las personas, que pareciera que existen guardianes encargados de que la cuota no sea excedida. Al parecer la cantidad de felicidad de Terrence y mi madre había superado los cánones impuestos y había ofendido por igual a tales guardianes pues pronto, muy pronto llegó la factura.
Ahora mi mamá bajaba sola las escaleras del Hospital donde momentos antes su gran amor llevaba en brazos a Susana Marlowe. Un remolino de ideas y confusión pesaban más en su cabeza que sus piernas entumecidas por el frío de la nieve. Terminaba de secarse las lágrimas, quería hablar con él, con ella, con quien fuera. Mi madre necesitaba respuestas y no se iría de New York sin tenerlas. No iba a rendirse tan fácilmente a pesar de que esa muchachita caprichosa también estuviese enamorada. Ella había perdido su pierna, sí... pero mi madre había perdido ya mucho a lo largo de su vida y esta vez iba a pelear. Cuando bajó por fin a los amplios pasillos del Hospital alcanzó a escuchar la discusión de Terrence con la señora Marlowe y se quedó oculta tras un muro.
-Ya se lo dije señora, por favor entienda...
-Y yo a ti también te lo dejé bien claro jovencito. ¡mi Sussie te necesita!, por increíble que te parezca eres tú quien debe acompañarla... ¿Y qué haces eh? Te desapareces todo el día y cuando decides dar la cara viene esta... muchacha o quien sea la muy... ¡muy tomada de tu brazo! ¡Qué descaro el tuyo Terrence!
-Señora, no vuelva a referirse a ella de esa manera. ¡Ella es mi novia y no Susana!. No hay ningún delito en llevar a la mujer que amo a mi trabajo
-¡Pero qué cosa es esa que estás diciendo!
-Lo que escuchó señora.
-¿Y crees que me trago el cuento de que no engatusaste a mi niña? ¿crees que por nada ella iba a saltar para salvarte la vida aún a costa de perder la suya?
-Señora yo...
En ese momento un médico le pidió al actor que pasara a la habitación y la señora Marlowe se quedó un momento con el galeno. La enfadada mujer alcanzó a mirar de reojo a mi madre y no perdió la oportunidad de soltar su veneno.
-Insisto en que le hagan a mi hija una prueba de embarazo doctor.
-Señora, pero...
-No doctor, por lo que ella me confió y por los síntomas que le he notado, es seguro que pueda estar embarazada. ¡Sólo Dios sabe en que situación se encuentre mi nietecito! ¡imagínese usted con ese golpe! Este muchacho inconsciente la ha puesto nerviosa, llega con otra joven muy tomado del brazo. Es natural que ella se sintiera desesperada y no deseara enfrentar todo esto sola. Imagínese usted una madre soltera después de haber perdido su pierna por un malagradecido... ella es una figura del espectáculo, es muy conocida y no quiso enfrentar las habladurías doctor. Mi hija está embarazada puedo asegurarlo.
-Haremos los exámenes necesarios señora Marlowe, mientras tanto serénese, a ella no le hace bien encontrarla tan alterada...
Lo que siguió sucedió muy rápido. Mi madre había hablado con Susana, sin pedir explicaciones su mente visualizó un panorama donde Susana debía tener un motivo de peso para salvar la vida de Terrence. Ahora todo estaba claro. Por mucho que le doliera reconocerlo, la incertidumbre de un hijo de ellos dos creciendo en el vientre de la actriz era una posibilidad bastante lógica. Sólo que un terrible nudo en la garganta no le permitía siquiera hacer la pregunta.
Después mi madre y Terrence se despidieron en las escaleras del hospital. La gente los miraba, algunos con morbo, otros reconociendo al actor, otros más criticando la escena que estaban dando en público. La pareja por su parte, ajena a todo eso se estaba despidiendo definitivamente sin todavía creerlo, ignorando al mundo que les rodeaba, desmoronándose al tiempo que lo hacían los sueños que habían fabricado juntos.
-¡No te vayas Candy, espera!...
-Es mejor así.
-No Candy, no es tan fácil. Tú sabes porqué no puedes irte, no te entiendo...
Terrence no podía entender qué habrían hablado mi madre y Susana, no estaba dispuesto a soltarla, la mantenía sujeta por la cintura, pegada a su pecho. Le hablaba cerca al oído y le rogaba que le explicara lo que pasaba.
Un profundo resentimiento se apoderaba del corazón de mi madre. No quería ni mirarlo a los ojos, los recuerdos de esa mañana quemaban su alma como la quemaba el dolor de saberlo o imaginarlo teniendo intimidad con Susana. Eso era demasiado para ella, la señora Marlowe se había salido con la suya, tan buena actriz la madre como la hija logró finalmente su cometido. Mi madre no se volvió a mirarlo, la había lastimado en lo mas profundo, se había entregado a él y él... ya había sido de Susana.
-Mejor piensa... ¡por qué no debo quedarme! No hagas esto más difícil Terry...
Y se soltó de su agarre. Terrence se percató de todas las personas que los observaban, quiso ir todavía detrás de ella pero un par de caballeros notando el estado de turbación de mi madre se interpusieron en su camino.
-¡No se metan en esto!
-Deje tranquila a la señorita.
-Mire joven, déjela en paz. No está bien que la acose de esa forma...
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Terrence estaba sentado en el elegante sofá de la suite, acariciaba con ternura el cabello castaño de la joven en su regazo y la miraba con cierta tristeza mientras su mente era de nuevo un caos y mil pensamientos se cruzaban entre ellos sin darle ni un poco de paz.
En su interior pedía a Dios por dos jovencitas, la que se encontraba convaleciente en el hospital y la que tenía en la privacidad de su habitación. El sólo imaginar el dolor por el que estaría atravesando su mujer, al haber perdido ya un hijo y haber visto padecer a su primogénita en el hospital, le provocaba un miedo terrible de sólo imaginarse en sus zapatos y que algo pudiese ocurrirle alguna vez a Aline.
-Sigues tan pensativo papá...
-No quiero que algo malo te suceda, nunca.
-Y no sucederá, tranquilo... lo de Scarlett, supongo que son consecuencias de los malos actos de su familia, en especial de su padre...
-¿Qué tanto sabes tú Aline?
-Todo Chicago sabe muchas cosas papá, mi madre habla todo el tiempo de eso con sus amigas, con Gregory... no dudo que mucho de lo que se dice sean exageraciones o hasta mentiras, pero por lo que me contaba Scarlett... su padre siempre actuó de maneras extrañas, como huyendo, escondiéndose... tal vez.
La plática entre padre e hija duró un buen rato. A Terrence le parecía inconcebible lo que escuchaba, por primera vez se enteraba de tantas cosas que no había hablado ni con mi madre. Era absurdo que un hombre prefiriera la compañía de su concubina a estar con su esposa y sus hijos. Sobre todo si esa esposa era su "Pecosa". Pero después recordó su propia historia y pensó que en ocasiones, son la circunstancias las que obligan a alguien a actuar en contra de su voluntad. Él se había quedado con Susana aún en contra de los más fuertes deseos de su corazón, todavía recordaba cómo había regresado esa fría noche a su habitación para exigirle una explicación a su compañera de trabajo, sólo que cuando llegó hasta ella, Susana estaba sola, tenía la vista perdida y las marcas evidentes de haber llorado mucho. Supo que sería un error dejarla en ese estado después de lo que había intentado esa tarde y así pasó el tiempo a su lado, repitiéndose a sí mismo que cualquier día aclararía todo con ella y terminaría al fin con cualquier mal entendido o esperanza por parte de Susana de permanecer a su lado. Esa noche sin embargo, alcanzó a asomarse por la ventana y todavía pudo distinguir la esbelta figura con su abrigo rojo alejarse entre la nieve.
-Terry... puedes alcanzarla, ve con ella.
-No Susana, me quedaré contigo...
Respondió apretando la cortina entre sus dedos, odiándose por permanecer ahí pegado al suelo sin correr deprisa tras mi madre como ansiosa y desesperadamente deseaba hacerlo. Sintió su corazón detenerse un momento, negándose quizá a seguir latiendo ya que el cerebro lo había obligado a permanecer inmóvil. Pasó un día, un mes, muchos más y al fallecer Susana y enterarse que mi madre ya era esposa de alguien más dejó a Karen entrar en su vida, primero como su amiga, hasta que sin darse cuenta la línea entre la amistad y la intimidad había sido rebasada y posterior a ello se convirtió en su esposa, dándole su única hija: Aline.
Siempre estuvo seguro que de haber podido elegir, habría elegido sin dudar a mi madre.
Terrence conocía bien a mi padre, nunca lo creyó capaz de interactuar con mafiosos, mucho menos de haberle hecho la vida tan triste y complicada a mi mamá. Algo más había pasado ahí, pero él no era un detective y aunque no era un cobarde, presentía que los líos de la familia Andley iban más allá de un lío de concubinas y malos negocios. Él solamente se aseguraría de que Aline y mi madre no corrieran más riesgos. Ya había contratado un equipo de seguridad para las tres damas, sí, yo era la tercera de ellas.
Terrence seguía pensativo, su mirada fija en un punto de la ornamentada y lujosa habitación. Aline se incorporó y lo miró fijamente.
-En verdad estás extraño padre. Se supone que es importante que estés en New York y sin embargo estás aquí en Chicago. No exageres tus cuidados conmigo, los problemas familiares de Scarlett son muy ajenos a mí, a nosotros. Mamá tiene quien la cuide y tal vez eso no te importe, pero en lo que a mí se refiere... me se cuidar, además te he prometido no acercarme a los Andley y pienso cumplirlo. Quiero a Scarlett, pero esto que pasa es muy grave como para estar haciendo visitas sociales o tomar el té con ella. La buscaré hasta que todo haya pasado, aún sintiéndome como ya lo hago... como la peor de las amigas. Sólo porque te lo he prometido.
-Lo sé... sé muy bien que de no ser porque estoy aquí, ya estarías en casa de tu amiga...
-Pero te di mi palabra y voy a cumplirla. Aunque... a ti te sucede algo más, tienes tu mirada triste papá. ¿Tienes problemas, cierto? Te conozco bien y sé que hay algo que escondes.
-No hija. Sólo que... tienes razón, pensaba en que no puedo prolongar más tiempo mi estancia en Chicago. Quiero quedarme para asegurarme que no te pondrás en riesgo. Necesito confiar en ti y tener la certeza de que cumplirás tu palabra de no merodear por esa casa.
-Pierde cuidado. Si eso es lo que te ata a Chicago... sabré cumplir.
Y en efecto, Aline cumplió, en todo ese tiempo no se apareció. Estuve unos días más en reposo en casa hasta que el médico me dio el alta y me indicó que podría volver a la escuela.
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Pasaron los días y no supe que sucedía entre mi madre y Terrence, por mi parte, casi todos los días recibía una llamada telefónica de Aline, aunque a veces intencionalmente me rehusaba a contestar. Por un lado deseaba comprenderla, acercarse a mi mundo era ponerse en riesgo, pero me sentía sola, enojada por las desagradables cicatrices que habían quedado en mi piel y en mis recuerdos. Nunca más volvería a usar un vestido con siquiera un escote sugerido porque aquellas cicatrices rojizas parecían zurcos indicando la tragedia de mi vida, recordándome a cada momento que la pesadilla todavía no terminaba.
En casa las noticias no eran mejores. George había estado movilizando a la policía y los investigadores pero los días pasaban y no encontraban nada, ni un indicio de mi padrino o de papá, nada que nos diera la esperanza de saberlos con vida.
Mamá y Dorothy hablaban mucho, se encerraban por largos ratos en la habitación de mi madre y parecían estar en medio de una conspiración de la cual no hacían partícipe a nadie, ni siquiera a mí.
La tía Elroy se pasaba el tiempo en su habitación o en la sala de estar, al parecer también sus amigas habían decidido mantenerse a distancia de ella. Se acercaba el cumpleaños de mi padre y la casa se sentía triste y sola, aunque al menos unas doce personas la habitáramos.
Un llamado a mi puerta me hizo despertar. Era común encontrarme por las tardes en un sueño que ya me había acostumbrado a tomar para evadirme de todo.
-Candy...
-Pasa mamá.
Mi madre entró a mi habitación. Tenía una alegría apenas pintada en su sonrisa y su mirada brillaba de nuevo.
-Baja con nosotros, vamos... pronto llegarán tus tíos Stear y Patty, ya verás... la casa volverá a estar alegre.
No tenía ánimos. No había querido regresar a la escuela aún en contra de los consejos de todo el mundo. No deseaba que la desaparición de mi padre y mi padrino fuese algo que se olvidara con el paso de los días... para mí seguía siendo una enorme sombra que pesaba sobre la familia.
-¿Sabe mi tío Stear lo que pasa en la familia?
Pregunté con una voz que incluso ya no era la mía, la amargura me visitaba todos los días y parecía haberse convertido en mi mejor amiga mía desplazando a Aline a un vago recuerdo.
-No, no hija...
-¡¿No lo sabe?!
Pregunté molesta, hasta ahora entendía el que no se hubiese presentado antes. No me cabía en la cabeza que siendo el hombre recto y amoroso que era pasara tan indiferente esta pesadilla que estábamos viviendo.
-Tu tía Patty... ella, ha tenido problemas con su embarazo. Hija, está muy delicada. No queremos que sospeche nada... yo estaré al pendiente de ella, te pido de favor que no le comentes nada. Trataremos de informar a Stear de todo esto, en el momento indicado. No lo hicimos antes porque de haberle llamado él habría venido solo o Patty se habría enterado de alguna manera y queremos evitarle complicaciones.
-¡Me parece absurdo mamá! ¡¿quienes se creen ustedes en esta familia para ocultar algo tan importante?! Es cruel que papá Stear no sepa lo que está ocurriendo... callar algo así es una vileza, una hipocresía, una...
Y me tragué mis palabras, recordando algo muy importante que también yo callaba para no romper el alma y el corazón de alguien. Me sentí también vil e hipócrita, pero entendí que el silencio en ocasiones es lo mejor...
-Bien... voy a bajar. Espero que nuestro maquillaje funcione para quitarnos las ojeras y la cara de espectros que tenemos últimamente.
Mi madre me abrazó y correspondí ese gesto. Me aferré a su cintura y hundí mi rostro en su cuello, como cuando era niña. Me sentí protegida de nuevo y recuperé los ánimos para bajar y enfrentar las caras de la familia, las constantes malas noticias y ahora... la farsa de pretender que todo marchaba bien cuando estábamos a un paso de enterarnos del infierno que estaban viviendo mi padre y mi padrino.
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CONTINUARÁ...
Mañana subo la segunda parte y los agradecimientos a mis amigas lectoras! Besos!
