Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia lo diré al final.
CAPITULO 12
EDWARD POV
De vuelta en casa tras un largo, pero satisfactorio día, dejé las llaves sobre la mesita al lado de la puerta y fui por mi violonchelo. La casa era el apartamento de verano de Emmett en Lenox, Massachusetts, cerca de Tanglewood. La mayoría de miembros de la Orquesta de Boston y algunos profesores del Conservatorio tenían segundas residencias o multipropiedades allí, dada la frecuencia con que la Orquesta actúa allí. La zona era pintoresca, exclusiva y, más importante, tranquila.
Tendría la casa para mí solo casi todo el verano, aunque Emmett llegaría en breve desde Boston. Él no enseñaría en Tanglewood ese año, pero le habían contratado para una clase magistral en la Orquesta de Jóvenes Artistas, un programa de dos semanas que ese año parecía muy prometedor, y también dirigiría nuestro conjunto a partir de la siguiente semana. El verano había sido tranquilo hasta el momento. Normalmente no me gusta enseñar, aparte de las clases privadas, pero me estaba dando cuenta de que tenía poco que ver con el hecho de enseñar en sí y más con el calibre y la voluntad de los estudiantes.
Por perturbador que hubiera sido debido a los constantes desafíos de Isabella, añoré dolorosamente enseñar Teoría de la música cuando terminó el año académico. Enseñar a estudiantes entusiasmados y brillantes fue una recompensa, una que nunca me habría esperado. Y los estudiantes que venían al programa de verano de Tanglewood eran exactamente eso: prometedores, inteligentes y trabajadores. Allí estaba en mi elemento. Empecé a preguntarme si quizá debería haber enseñado a Robert, el chico ciego, la pasada primavera. Cuanto más pensaba en cómo se lo había pasado a un antiguo estudiante, menos cómodo me sentía.
Hasta entonces me las había arreglado para evitar a Isabella la mayor parte del verano, con algunas excepciones. Era probable que eso cambiara en breve. Los instructores habían formado un pequeño conjunto que empezaría a practicar el martes por la tarde. Rosalie formaba parte del conjunto, igual que su aprendiz, y no sería posible evitarla entonces. En realidad… no quería evitarla. No quería, pero debía. No había conseguido mantener la distancia del todo.
Tres semanas antes, todo el profesorado y los estudiantes recién llegados se reunieron en un gran auditorio para la bienvenida y una introducción. Yo estaba de pie a mitad del pasillo central, buscando un asiento cuando la vi cerca del pozo de la orquesta, de pie tras Rosalie. Sonreía mientras hablaban con Joseph McIntosh, que ese año sería el director de la Orquesta de Jóvenes Artistas. McIntosh era un prometedor director de orquesta que se había encargado de la Orquesta de Cleveland justo el año anterior. Era ligeramente más bajo que yo, tenía el cabello enmarañado y una expresión juvenil y siempre sonriente.
Hablaba de forma animada, moviendo las manos en todas direcciones. Me quedé congelado, observándolos, odiando sin remedio el hecho de que ella hablara con él, incluso pese a que no fuera asunto mío. Pero entonces su mirada deambuló y se quedó fijada en mis ojos. Me quedé de piedra, mirándola fijamente. Sus ojos, su cara, su cabello. Abrió un poco los ojos y sonrió. Era una pequeña sonrisa, en los extremos de su boca. Mantuve la compostura. Le devolví la sonrisa, haciendo un gesto con la cabeza y tras respirar hondo mil veces, me di la vuelta lentamente y encontré un asiento.
La visión de sus ojos, de aquella sonrisa, me acompañó durante horas. Eso no es cierto. Todavía podía verla. Cada vez que cerraba los ojos. El sabor de sus labios…
Los talleres de dos semanas eran intensos y no teníamos la oportunidad de pasar mucho tiempo con los de otros instrumentos, así que vi un cambio notable en Isabella Swan para cuando tuvieron lugar las actuaciones finales. Rosalie me había contado que tenía un don natural con los estudiantes y tenía razón.
A pesar de que enseñaba a estudiantes de una edad cercana a la suya, a veces sólo dos años más jóvenes que ella, vi cómo desprendía autoridad sin esfuerzo. La joven temperamental que no tardaba en desafiar cada palabra que yo decía se había transformado en una profesional madura ante mí. Reía con sus estudiantes antes de la actuación y conseguía su atención total mientras los dirigía en el transcurso de su pieza. Hacía que pareciera fácil.
La inferencia de Rosalie al final del semestre de que Isabella quizá no estuviera interesada en seguir una carrera como intérprete profesional, sumada a su obvia capacidad natural para enseñar a otros músicos, me preocupaba. Aunque al principio tenía reservas sobre que Isabella tocara con nosotros en nuestro grupo privado las siguientes dos semanas, ahora habían desaparecido. Con algo de suerte, se vería estimulada al tocar con nosotros.
Sería capaz de mantener el nivel; de eso no había ninguna duda. Había escuchado la grabación de su audición varias veces a lo largo de los tres últimos años, alucinado cada vez por la confiada habilidad de esa chica de diecisiete años. Hacer cualquier otra cosa con su carrera que no fuera interpretar mientras pudiera sencillamente no era una opción. Pretendía hacer lo que estuviera en mi mano para que ella se diera cuenta.
Justo cuando me senté y saqué el violonchelo de su caja, un coche paró en la entrada. Suspiré, cerré la caja, imaginando que sería Emmett y que querría ponerse al día conmigo, sin importarle lo que yo estuviera haciendo. Cuando abrió la puerta, me sorprendió la cantidad de bolsas de compra que llevaba. Yo ya tenía comida allí, y el sólo se quedaría durante el fin de semana.
—Emmett —asentí, caminando hacia él y tomando una bolsa que estaba a punto de caérsele.
—Gracias, tío —contestó mientras dejaba las bolsas sobre la mesa.
Señalé las bolsas con la mano.
— ¿Qué es… todo esto?
—La cena. —Sonrió y comenzó a sacar filetes, espárragos y patatas—. ¿Cómo va el taller?
—Fantástico, a decir verdad. Hay algunos alumnos de cuerda con un talento increíble este año. Más que el año pasado, diría. Los estudiantes del año pasado mejoraron de manera exponencial y los nuevos sencillamente son… —Mi voz se fue apagando cuando le vi adobar los filetes—. Te agradezco que hagas la cena, ¿pero eso no es mucha comida para nosotros dos?
—Tenemos invitados esta noche, Edward. Rosalie vive a la vuelta de la esquina, y ella e Isabella cenarán con nosotros.
Asentí, respirando hondo mientras me pasaba la lengua por los labios. Isabella vendría a cenar.
— ¿Rosalie vive a la vuelta de la esquina, dices?
Emmett ya era bastante escéptico respecto a mis sentimientos por Isabella y no necesitaba empeorar las cosas. Sobre todo, si íbamos a estar todos en la misma habitación pronto. Emmett asintió y me habló como si fuera tonto.
—Sí, ya lo sabes, Edward. Era la casa de sus padres cuando estudiábamos en el Conservatorio.
—Sí, por supuesto. Por supuesto.
Ya lo sabía. Había estado en esa casa antes, por el amor de Dios. Lo que quería decir era, ¿Isabella había estado justo a la vuelta de la esquina todo ese tiempo?
—Pero intenta ser amable con Isabella, por favor.
Emmett bajó el cuchillo, lanzándome una mirada de advertencia.
— ¿Por qué todo el mundo sigue diciendo eso? —Puse los ojos en blanco y agarré el cuchillo de carnicero y comencé a trocear las patatas.
— ¿Quién lo dice?
—Tú. Rosalie lo dijo hace unas semanas en su despacho. Nunca he sido malo con esa chica, Emmett. Era una estudiante. Una que pensó que podía discutir mi autoridad.
Emmett rió.
—No era tu autoridad lo que le parecía rebatible, Edward. Eran tus opiniones.
— ¿Qué diferencia hay? —me burlé—. Además, ¿cómo sabes lo que pensaba ella?
Emmett parecía saber más sobre Isabella de lo que yo hubiera imaginado.
—Rosalie me lo contó. Dijo que Isabella parecía nerviosa por estar aquí este verano contigo, preocupada por haberte molestado todo el semestre.
Se encogió de hombros y sacó el aceite de oliva de un armario, pasándomelo para que lo echara sobre las patatas.
— ¿Hablaste con Rosalie de mi relación con Isabella? —hice la pregunta con el cuello rígido. Hasta donde yo sabía, Rosalie no había escuchado los breves rumores de aventura amorosa que habían recorrido el campus, ya que estuvo fuera durante todo el semestre.
—Relájate, no sabe nada de los rumores. Al menos nunca me los ha mencionado. Pero sí, hablamos de Isabella. Rosalie y yo hemos tenido algunas citas y a veces hablamos de trabajo. Naturalmente, nuestros estudiantes más prometedores aparecen en la conversación, e Isabella es la de Rosalie.
Sacudí la mano intentando regular mi suspiro de alivio.
—Por supuesto, por supuesto. No me había dado cuenta de que tú y Rosalie…
Sonrió.
—Bueno… es muy reciente.
Asentí y dije, con tono firme: — ¿Y puedo preguntar por qué no me habías avisado de la cena antes?
Emmett colocó las manos sobre la encimera y me lanzó una mirada escrutadora.
—Porque es obvio que estás obsesionado con la chica. Pensé que era mejor evitar que te preocuparas, y dado que se ha terminado el año académico quizá podáis estar cerca el uno del otro sin actuar como idiotas.
Apreté los ojos durante un instante.
—Tu lógica es disparatada.
Soltó una risita.
—Quizá. ¿Pero no es cierto que si te hubiera avisado, de repente habrías encontrado algo que hacer esta noche?
Gruñí.
—Quizá eso hubiese sido lo mejor.
ISABELLA POV
Mientras subía las escaleras de la casa tras Rosalie, me preguntaba por quinta vez si debería haberme ido a algún otro sitio. Las pasadas semanas habían sido maravillosas. Había asistido a Tanglewood como estudiante durante los veranos del instituto, pero nunca hubiera imaginado que era tan educativo para los instructores como lo era para los estudiantes. Y una cosa que aprendí las pasadas semanas fue que yo era buena profesora. Era gratificante no ser la única que se sentía así.
Rosalie me había dejado cada vez más a mi aire, a medida que crecía su confianza en mis capacidades. Aun así, yo seguía sintiéndome un poco solitaria. No era realmente una instructora, aunque técnicamente formara parte del profesorado durante el verano. Me separaba la edad y el hecho de que el resto de profesores fueran músicos profesionales, la mayoría con puestos permanentes en la Orquesta Sinfónica de Boston.
Más de uno me trataba con frialdad por mi juventud y mi calidad de estudiante aún no graduada del Conservatorio. Al mismo tiempo, era cuatro años mayor que la mayoría de estudiantes. Rosalie había sacado casualmente el tema de la cena un par de días antes.
—El viernes por la noche voy a cenar con Emmett McCarty. ¿Lo conoces? Es instructor de oboe en el Conservatorio.
—Estuvo en el jurado de mi audición —contesté—. Parece un tipo agradable, le he visto por la escuela.
Así que ahí estábamos. Todavía estaba un poco perdida en mis pensamientos cuando ella llamó a la puerta, yo estaba mirando el porche de madera, así que cuando alcé la mirada y vi a Edward Cullen de pie en el umbral, di una rápida bocanada de aire sorprendida. Edward vestía una camiseta negra ajustada y pantalones negros. Típico. Esbelto, en forma, con sus brazos y hombros musculosos, era algo más que un poco perturbador.
Obviamente estaba relajado, paseándose en sus calcetines negros, sin zapatos. ¿Qué estaba haciendo ahí? Pregunta estúpida, supongo. Sabía que Emmett y Edward eran amigos, o al menos les había visto bebiendo juntos fuera del campus. Ese verano me las había arreglado para evitar a Edward hasta ese momento. Porque, de verdad, ¿qué sentido tiene pasar el rato con alguien de quien te estás enamorando, si no te corresponde?
Y al fin me había reconocido a mí misma, sólo un poco, que me estaba enamorando de Edward. Era algo más que un beso pasajero en una tormenta. Era que quería volver a besarlo. Bajo la lluvia, bajo el sol, donde pudiera. Pero no podía. Él no lo quería. Tragué saliva. ¿Por qué tenía que estar aquí él? ¿Por qué no me avisó Rosalie? Puf, ella no sabía que debía avisarme, supuse, dado que no sabía nada de los rumores del pasado semestre.
Eso había sucedido hacía tiempo y ambos éramos adultos. Ella desde luego no sabía nada del beso. Realmente quería huir. Tenía la garganta seca, mis manos temblaban, cuando Edward mostró media sonrisa tensa y dijo:
—Rosalie… Sa… Señorita Swan… entrad, por favor.
Se apartó de la puerta y yo entré detrás de Rosalie. Tenía los músculos tensos cuando pasé a su lado y no tenía ni idea de dónde mirar. Cuando estiré la mano para cerrar la puerta detrás de mí, él rozó mi hombro. Me aparté un poco, bruscamente. Su tacto me encendió más de lo que me hubiera gustado, dada la situación. Me obligué a mirar a cualquier parte excepto a él porque necesitaba enfriar el calor que me subía por el cuello.
—Me alegro mucho de volver a verle —dijo en voz baja.
Se me cortó un poco el aliento y susurré: —Yo también, Sr. Cullen.
Rosalie mostró a Edward una sonrisa molesta.
—No creo que vosotros dos tengáis que seguir siendo tan ceremoniosos. Después de todo, este verano ella forma parte del profesorado.
Edward miró rápidamente a Rosalie, entonces volvió a mirarme a mí. Asintió y habló con una voz baja y tensa, con la mirada fijada en mis ojos. Su reflejo claro como el cristal hizo que se me acelerara el corazón.
—Por supuesto. Isabella.
Echando ligeramente los hombros hacia atrás para fingir un poco de confianza, asentí.
—Edward. Me alegro de verte.
Sonreí porque mi respuesta hizo que abriera un poco los ojos, pasé por su lado y me acomodé un mechón de pelo tras la oreja. Emmett se reunió con nosotros en la sala de estar.
—Gracias a las dos por venir.
Le dio un abrazo rápido a Rosalie y un besito en la mejilla y repitió el saludo conmigo. Emmett me caía muy bien y quería saber cómo él y Rosalie habían mantenido la amistad con Edward durante tanto tiempo sin infligirle ningún daño físico.
—Gracias por invitarnos. Tienes una casa encantadora. He traído esto para tomarlo con la cena.
Alargué la mano, dándole la botella de Cabernet Franc que llevé.
Emmett miró la etiqueta.
—Impresionante. ¿Es de cosecha? ¿De Villa Vignamaggio? —Me miró, sorprendido.
Asentí, mis mejillas se ruborizaron ligeramente.
—Es el mejor. La mayoría de sus viñedos producen Chianti, pero reservan algunas tierras para este Cabernet Franc y es increíble. —Emmett le pasó la botella a Edward, que la agarró y la estudió con la misma reverencia con que le había visto mirar partituras—. Sus viñedos son impresionantes en verano— añadí, sonriendo.
— ¿Has estado? —Edward me miró a los ojos y vi un parpadeo de vida pasar por sus ojos. Era la misma mirada que le había visto cuando Nathan me hizo girar en la pista de baile de aquel club de salsa en Boston. ¿Pasión, quizá? Por dentro me entraron ganas de poner los ojos en blanco, me preguntaba si también era un esnob del vino. Sin embargo, decidí ser amable.
—Sí —agregué—, mi madre… Pasé muchos veranos en Europa antes de entrar en el Instituto. —Me encogí de hombros y estiré la mano—. ¿La abro?
Al cerrar la mano alrededor del cuello de la botella, mi dedo meñique rozó su pulgar, obligándome a apartar la mano rápidamente.
—Yo lo haré.
Edward se dio la vuelta y caminó hacia la cocina, donde pocos segundos después escuché el sonido familiar de una botella descorchándose.
—Por favor, venid y sentaos. Ayudaré a Edward con el vino y traeré la comida.
Emmett señaló la gran mesa negra barnizada del comedor.
—Este sitio es genial —susurré a Rosalie cuando se sentó a mi lado.
—Lleva años en la familia de Emmett. Solíamos venir todos aquí para descansar cuando estábamos juntos en el Conservatorio.
Sonrió y miró alrededor, sin duda revisando los recuerdos de años pasados entre esos muros. Su sonrisa se iluminó y se le formaron arrugas en los extremos de los ojos cuando Emmett entró en la sala y le ofreció una copa de vino. Dejó la mía ante mí, pero sus ojos se detuvieron en Rosalie durante un segundo. Ciertamente había algo bonito entre ellos dos, pero dado mi reciente estudio independiente sobre el origen de los rumores, decidí evitar hacer especulaciones. Por suerte, Edward apareció con nuestra cena.
—Antes de comenzar —Emmett empezó la cena alzando su copa al aire—, me gustaría brindar por los buenos amigos. Viejos y nuevos, y el tiempo que pasamos haciendo lo que amamos. Música. Isabella —Emmett me miró y Edward le siguió—, sólo he escuchado cosas excelentes sobre tu trabajo aquí hasta ahora. No puedo decir que me sorprenda, dado lo talentosa que eres. Pero se necesita una clase especial de músico para interpretar e instruir con una pasión equivalente, como tú has logrado hacer.
Comencé a sonrojarme. No por lo que decía Emmett, sino porque Edward asentía todo lo que decía. ¿Cree que tengo talento? Cree que tengo talento. Ese pensamiento me hizo sonreír, pero también hizo que me reprendiera un poco. ¿Qué me importaba si un prodigio musical misántropo y huraño pensaba que tenía talento? ¿Qué me pasaba?
—Gracias, Emmett. De verdad, ha sido un gran privilegio trabajar con todos estas últimas semanas. Tengo ganas de empezar el trabajo con la orquesta esta semana. —Di un largo sorbo a mi vino, ansiosa por desviar la conversación de mi persona—. Bueno, ¿cuánto tiempo hace que os conocéis vosotros tres?
—Desde el primer día de clase en el Conservatorio. —Rosalie se encogió de hombros y se llevó la copa a los labios—. Nuestro profesor en aquella clase era un poco idiota…
—Sí, y Emmett decidió presentarle batalla siempre que podía —interpuso Edward, sacudiendo la cabeza. Su tono era lo más bromista que le había escuchado nunca.
—Supongo que puedo entenderlo.
Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera evitarlo y maldije en silencio la copa de vino que descansaba casi vacía al lado de mi plato. Di un mordisco a un espárrago rápidamente. Emmett soltó una sonora carcajada y Rosalie le siguió. Mis mejillas ardían mientras masticaba y agarré mi copa, tragándome el resto del vino.
—Oh —se me cortó la respiración en la garganta cuando vi a Edward observándome cuidadosamente, con una expresión ilegible en la cara—, no quería decir que tú fueras idiota… es decir… yo te desafiaba…
Me mordí el labio y bajé la mirada, mortificada. Eso hizo que Rosalie y Emmett rieran aún con más fuerza. Y, justo entonces, quise que me tragara la tierra.
—No pasa nada, señorita Swan… Isabella.
Parecía que Edward quiso silenciar su propio tropiezo verbal con un trago de vino.
—Muy bien, vosotros dos. —Rosalie dejó su copa en la mesa y nos miró a Edward y a mí—. El semestre de primavera ha acabado y creo que es hora de que ambos superéis ese tonto rumorcito.
Bien. Esa fue la gota que colmó el vaso. Edward se atragantó un poco con su vino y yo me volví hacia Rosalie, abriendo los ojos mientras se me calentaba la cara aún más.
—Rosalie —susurré—. ¿Lo sabes?
—Todo el mundo lo sabe, querida. Siempre sucede, cada semestre. Un profesor diferente, un estudiante diferente, la misma historia. Por suerte este rumor en concreto era especialmente ridículo y desapareció rápidamente.
¿Especialmente ridículo? ¿Qué quería decir con eso exactamente? Eso me irritó un poco, y también me irritó estar irritada. ¿Creía ella que yo no era lo bastante buena para él? ¿En serio? Me froté los ojos, ignorando el maquillaje y apoyé la frente sobre las manos durante un segundo. Cuando volví a levantar la cabeza, me reconfortó ver que la piel de Edward tenía un agradable tono carmesí.
—Rosalie —Emmett interrumpió secamente—, ¿podemos hablar de otra cosa? Creo… creo que a Edward está a punto de explotarle la cabeza.
Rosalie y Emmett estallaron en risas de nuevo a la vez y yo no pude evitarlo. Crucé los brazos sobre la mesa, apoyé la frente encima y comencé a reír junto a ellos dos. ¿Qué otra cosa debía hacer? Era todo tan ridículo. Ridículo. Después de un minuto más o menos de la risa más incómoda que he tenido nunca, Edward carraspeó.
—Sí, tuvimos suerte de que el rumor fuera tan… ridículo, o podría habernos causado muchos problemas a Isabella y a mí mismo.
Fue como si me hubiera arrancado las palabras del cerebro. Ridículo. Me sorprendió pensar que no era un rumor ridículo, pero dejé de darle vueltas. Rápidamente. Emmett palmeó a Edward en el hombro.
—Anímate, Ed. Somos nosotros. Pero ya paramos. Lo prometo.
Emmett y Rosalie trataron de reprimir sus risitas. Emmett se puso en pie y trajo otra botella de vino de la cocina. Ed. Hmm, realmente no me gustaba cómo sonaba. Parecía que a Edward tampoco, pues apretó la boca formando una línea tensa cuando Emmett lo dijo. Supongo que era algo que Emmett, y probablemente Rosalie también, hacían para molestarle. Me alivió un poco saber que yo no era la única con quien estaba tenso. Era así con amigos a los que conocía hacía más de diez años. Pero, ¿por qué? Rosalie me puso la mano en la pierna.
—Lo siento, Isabella, pero necesitas ser un poco insensible en este negocio. Sobre todo, si quieres tener una carrera profesional. —Se recostó en su silla, removiendo lo que quedaba de Cabernet Franc en su copa—. Cuando trabajas durante días increíblemente largos con el mismo grupo de personas con las que a veces viajas… se convierte en una familia. Y, a veces se desarrollan relaciones —se pausó, aún cabizbaja, y la sombra de una sonrisa le cruzó los labios—, pero, muy a menudo, comienzan los rumores y los susurros. Es la naturaleza de las cosas. Súmale algunos cientos de jóvenes adultos movidos por las hormonas y, bum, tienes rumores de estudiante liado con profesor al instante.
—Tiene sentido —asentí, incapaz de mirar a Edward. Pero debía hacerlo, tenía que ser adulta con ese tema—. Edward —carraspeé cuando todas las miradas se dirigieron hacia mí.
— ¿Sí? —Su mirada era intensa y casi perdí el habla.
—Sólo quería asegurarte que yo no tuve nada que ver con que se propagaran esos rumores…
Sacudió la mano, como hacía siempre que algo le parecía irritante.
—Por favor, Isabella, nunca se me ocurrió eso.
—Vale, sólo quería asegurarme porque… sé lo estresantes que se pueden volver las cosas académicamente para los estudiantes, y hasta dónde llegaría un estudiante para conseguir una buena nota. Yo nunca…
—Isabella —me interrumpió bruscamente, pero con una dulzura en los ojos que nunca había visto—. Nunca pensé eso de ti. Eres una estudiante excelente con la cabeza bien amueblada. Bueno, supongo que ya no eres una estudiante… —carraspeó antes de seguir hablando—. A pesar de tu constante desconsideración hacia mi autoridad en clase…
— ¿Qué? —le interrumpí con una risita. Cuando vi cómo se formaba una sonrisa en los extremos de su boca, lo entendí—. Ah, me estás provocando… —bajé la mirada, sentí el calor subiéndome a la cara mientras me mordía el labio.
—He aprendido de la mejor. —Rió libremente, palmeando a Emmett en el hombro mientras se levantaba y empezaba a recoger nuestros platos de la mesa.
Sólo le había escuchado reír una vez antes, y eso provocó nuestro beso. Tenía que quedarme quieta y aislar ese conocimiento. Porque su risa provocaba unas cosas a mi maquillaje emocional que ni siquiera podía identificar. Así que fingí, y los demás se le unieron en una risa aparentemente agradable. Edward volvió al comedor, parecía mucho más relajado de lo que le había visto nunca. Aún tenía unas pequeñas arrugas entre las cejas, sin embargo, y comencé a preguntarme qué se reservaba.
— ¿Se quedarán las damas a tomar café?
Rosalie y Emmett compartieron una mirada de sorpresa. Sonreí y sin preguntar a Rosalie qué quería hacer, contesté:
—Me gustaría.
EDWARD POV
—Qué hospitalario por tu parte.
Emmett levantó la ceja cuando estiró la mano por detrás de mí para agarrar cuatro tazas de café.
— ¿Sarcasmo? —espeté con el mismo tono sarcástico.
—Casi te desmayaste al saber quién venía a cenar y después de toda la conversación sobre los rumores creía que querrías que se fueran de aquí lo antes posible.
Se giró de forma que apoyó la espalda contra la encimera, cruzándose de brazos. Contesté, manteniendo una voz calmada:
—No tenía ni idea de que Isabella pensara que yo creía que estuviera involucrada con los rumores. Nunca se me ocurrió esa idea.
— ¿Por qué te importa lo que ella pensara, Edward? No te importa lo que piense nadie —objetó él.
—Eso no es cierto.
¿De qué estaba hablando? Claro que me importaba. Bueno. Sentí que se me arrugaba un poco la ceja y pensé en ello. Vale, pues normalmente no me importaba. Pero… comenzaba a preocuparme mucho lo que pensara Isabella Swan… sobre mí. Seguí hablando.
—No me había dado cuenta de cuánto puede afectar a un estudiante un rumor como éste. Tú y yo sabemos lo tontos que son los rumores, pero parece que los estudiantes no. Rosalie y tú teníais razón, Emmett. Isabella tiene talento y se esfuerza. Le apoyaré en eso como pueda.
Mis manos temblaban ligeramente mientras servía el café y me di cuenta de que mi monólogo no tenía mucho sentido. Era porque mis pensamientos estaban embarullados. Tras sólo dos semanas ayudando a Rosalie, estaba claro que Isabella también era una profesora nata. Eso era inquietante debido a la hipótesis de Rosalie de que quizá Isabella no estuviera plenamente comprometida con una carrera en la interpretación.
—Sólo ten cuidado —murmuró antes de agarrar dos tazas y caminar hacia la sala de estar.
Mientras llevaba las otras dos tazas a la sala de estar, se me cortó la respiración involuntariamente al ver a Isabella en el gran sofá de cuero de dos plazas. Estaba sentada con la postura recta, resaltando sus años de formación en orquestas. Su elegancia era evidente por la forma en que cruzaba por los tobillos sus largas y bronceadas piernas y sus manos descansaban sobre el regazo de su vestido verde de verano. Los suaves rizos de su cabello dorado se tendían despreocupadamente sobre sus hombros, como siempre. Su sonrisa interrumpió mi mirada.
—Gracias.
La sonrisa de Isabella se iluminó cuando agarró la taza, rodeándola con sus largos dedos y recostándose en el sofá. Emmett y Rosalie estaban sentados bastante juntos en el sofá opuesto, así que me senté al lado de Isabella. Me senté lentamente, creí sentir su mirada sobre mí, pero cuando levanté la mirada ella sólo miraba su taza de café. Aún no había bebido.
—Bueno, Isabella —Emmett se inclinó hacia delante—, me muero por saber cómo fue crecer con Renée Dwyer. Debe haber sido una experiencia fascinante.
¿Se había vuelto loco? Parecía que Rosalie también lo pensaba, dada la mirada fulminante que le lanzó. Isabella sólo había nombrado a su madre ante mí una vez, y en un tono que dejaba claro que se sentía eclipsada, incómoda. Y la vez que conocí a su madre, ante ella, Isabella estuvo reservada. Incluso tensa. No sabía cuáles eran los motivos, pero estaba claro que era una relación extremadamente tensa.
—Emmett, seguro que podemos encontrar otro tema del que hablar. —Intenté ofrecer una salida a una noche ya incómoda para Isabella, pero ella me interrumpió.
—Oh, no, está bien —habló dulcemente mientras colocaba su taza sobre la mesita. Aunque mostró una sonrisa practicada, su parpadeo de dos segundos antes de hablar sugería que debía prestar mucha atención. Isabella se pasó la mano por su largo cabello y comenzó a hablar. —Crecer con Renée Dwyer es… algo ambiguo, Emmett. Los tres vivimos juntos en Italia hasta que cumplí doce años. Después de eso crecí con mi padre y sus padres en Filadelfia.
Su voz y expresión parecían melancólicos, pero parecía que Emmett no tenía oído para los tonos, porque siguió hablando.
—Vaya, ¿qué es lo que más te gustó de Italia?
—Bueno, tengo unos recuerdos muy vívidos del Teatro dell'Opera di Roma. Mi madre se pasó casi todo el tiempo que estuvo en Milán en el Teatro Alla Scala, pero lo bonito del teatro de Roma es que en verano no se celebran los espectáculos en ese teatro. —Su sonrisa era ahora genuina y se le iluminó la cara—. En verano, trasladan el teatro y las actuaciones de baile a los antiguos Baños de Caracalla… —Su voz se fue apagando junto con su mirada.
—Debe haber sido precioso —interpuso Rosalie.
El acento italiano aparentemente perfecto de Isabella al decir los nombres de los teatros me dejó sin palabras, haciendo que me preguntara si aún hablaba algo de italiano, estaba seguro de que debió aprender algo cuando era más joven. Los ojos color avellana de Isabella se abrieron cuando miró a Rosalie.
—Oh, Rosalie, no tienes ni idea. No hay absolutamente nada en el mundo como la ópera bajo las estrellas. El primer año que mi madre fue prima donna allí, Phil Carroll era el director de orquesta y fue… electrizante. Simplemente… increíble.
Cerré los ojos durante un segundo y me imaginé allí. Bajo las estrellas de Roma, viendo la ópera con Isabella.
—Pero no empezaste a tocar la flauta hasta los nueve años. ¿De dónde sacaste la inspiración para hacerlo? Tu padre es trompista, ¿verdad?
Aunque las preguntas de Emmett rozaban el interrogatorio, yo también quería escuchar las respuestas. Ella me lo había contado antes, en la cafetería, mientras jugaba con mis manos. Parecía que me hubiera quedado sordo en el instante en que su piel entró en contacto con la mía porque no recordaba qué dijo.
—Correcto —asintió, su sonrisa se desvaneció—, él es trompista y mi madre… —Isabella siguió contando la historia que me había contado aquel día. Me sentí atraído por sus manos. Recordando. —En cualquier caso —continuó—, siempre pensé que las flautas y los instrumentos de cuerda eran los que tenían un sonido más bello de toda la orquesta.
—Las cuerdas, ¿eh? —interrumpí, sintiéndome ligeramente incómodo en mi propio silencio—. ¿Qué hizo que te decidieras por la flauta?
Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.
—La flauta era más bonita.
Se encogió de hombros sin mostrar remordimientos.
—Qué sincera, Srta. Swan —bromeé, riendo un poco.
—Mi madre fue todo lo comprensiva que pudo y mi padre… —Isabella suspiró, inclinándose hacia delante y pasando el dedo índice por el borde de su taza, de nuevo mirando fijamente su café aún sin tocar—. Mi padre me apoyó todo lo que pudo sabiendo qué tipo de vida me estaba preparando para llevar.
Yo elegí una carrera completamente diferente a la de mis padres, provocando décadas de medias conversaciones telefónicas tensas y saludos nerviosos en las fiestas. Además de su madre, sabía que el padre de Isabella también fue un músico dotado. ¿Llevar una vida que antes dominaron tus padres e intentar convertirla en algo propio? Ciertamente hacía falta confianza. Agallas. Ella quería hacerlo, y no dormirse en los laureles de sus padres.
Al menos, es lo que ella quería al principio. Su entusiasmo por la enseñanza se volvía más preocupante. Una vez la encontré practicando después de que se acabaran las enseñanzas del día y su técnica estaba mejorando. Debía seguir tocando. Isabella enderezó los hombros, lo que hizo que la tela de su vestido se ajustara más en su pecho. Miré mi reloj.
— ¿Estás cansado, Edward? —Rosalie posó su taza vacía sobre la mesita de centro, mirándome burlona.
Estaba cansado. Pero quería escuchar más de lo que contaba Isabella. Su historia. ¿A decir verdad? Quería sentarme y escuchar su voz hasta el amanecer. Era tan melódica como las notas que salían de su flauta.
—Sé que yo lo estoy. —Isabella bostezó y se puso en pie—. Gracias a los dos por la cena, ha sido encantadora.
Sus ojos se detuvieron en los míos y no pude apartar la mirada. No quería. Emmett le tendió la mano a Rosalie.
—Os acompañaré al coche.
—Gracias —susurró Rosalie.
Mientras salían por la puerta, Isabella caminó y rodeó la mesita. Cuando pasó por mi lado percibí el aroma de su perfume. Todavía olía a lirios. Carraspeé y la alcancé cuando llegaba a la puerta.
—Isabella, he disfrutado hablando contigo esta noche —mi voz temblaba con una inseguridad desconocida para mí.
Su tierna sonrisa calmó el frenesí de mi cuerpo.
—Yo también, Edward. Gracias.
Cuando se giró de nuevo hacia la puerta, descubrí que no quería que se fuera. Pero no había ningún motivo para que se quedara. Quizá sólo unos pocos segundos más.
—Isabella, no has tocado el café, ¿tenía algún problema?
Dijo que le gustaba el café, estoy seguro. Había preguntado si querían quedarse a tomar café y ella dijo: «Me gustaría». Ella me daba la espalda y observé como sus orejas se levantaban un poco cuando sonrió. Habló en voz baja, mirando por encima del hombro:
—No bebo café.
Se mordió el labio y sus pestañas le taparon las mejillas cuando bajó la mirada y se dirigió al coche de Rosalie. El corazón se me aceleró cuando las vi alejarse de la entrada, por la calle. Yo tampoco bebo café.
