N.A.: *aparece de la nada* Perdón por la desaparición estos días. La semana pasada estuve perfilando un poco el argumento de los siguientes capítulos y liada con traducciones de fic, pero aquí vuelvo con otra parte larguísima, que espero que no aburra. Perdón también por el largo flashback, pero era necesario para fijar la atmósfera. Si a alguien le intriga saber cómo se forjó la relación entre Takuma y Kaname en la mansión Ichijou, sólo tiene que leer Uncontrollable Grief, de somewhere-there. Yo no podría explicarlo mejor ni esforzándome.
Bueno, desde el jueves que viene hasta el martes de la otra semana tengo vacaciones de Semana Santa, con familia y esas cosas ;p, lo cual implica poco tiempo para escribir, pero intentaré no tardar en actualizar, prometido. ¡Oh! Y gracias a Master of servants por hacerme caer en la cuenta de la persona idónea para verificar las cuentas de Kaname XD
Capítulo 6. Confía en mí. Parte 1
Kaname suspiró por tercera vez en menos de un minuto, dejando el papel encima del escritorio y apoyando un momento la dolorida cabeza en la palma de la mano. No había manera. Había algo allí, entre aquellas columnas interminables de balances contables que no cuadraba, pero era incapaz de averiguar qué era. Examinaba todos los documentos obtenidos en los consejos de administración de las empresas de las que era accionista cada vez que tenía un momento libre, intentando resolver aquel enigma que le tenía la mosca detrás de la oreja. Sin resultado. Levantó la cabeza, flexionando los hombros y moviendo el cuello entumecido. Estaba claro que sus conocimientos económicos no bastaban para desentrañar aquel misterio y la constatación de aquella limitación lo ponía de tan mal humor como la sospecha misma de que algo no iba bien.
Separó la silla del pequeño escritorio de Yuuki para disponer de espacio suficiente para estirar las largas piernas. A lo largo de su cautiva vida, había puesto el máximo empeño en asimilar cualquier conocimiento que cayera en sus manos, en la creencia de que la información es poder. Biología, literatura, matemáticas, historia, física, economía… Sobre todo, economía, teniendo en cuenta que el amplio patrimonio de su familia estaba siendo manejado por uno de los que orquestaron la caída de los Kuran. Pero aquello, si es que realmente algo no cuadraba en las cuentas, escapaba a sus conocimientos. Maldita sea…
Parpadeó, intentando aclarar la vista, y paseó los ojos por la habitación de Yuuki para recuperar la perspectiva. Aquel mismo día habían arreglado el cristal roto de la ventana de su habitación, una semana después del incidente, y aún no había tenido tiempo de trasladar sus papeles de nuevo a su cuarto. Había estado usando el escritorio de su hermana, una vez que había ordenado el montón de libros y apuntes en el armario, después de que ella se ofreciera a estudiar temporalmente en la sala común del palacete. También habían estado durmiendo en su pequeña cama y, por muy placentero que encontraran ambos el calor del cuerpo del otro, tenían que admitir que las estrecheces les pasaban factura cada atardecer en forma de una amplia gama de dolores musculares. Suerte tenían de su regeneración. Su vista tropezó con el enorme koala de peluche, que ocupaba un lugar preferente entre la fauna de la habitación, a los pies de la cama. Aquel maldito bicho cobraría vida algún día para estrangularles, fijo.
Completamente distraído ahora de los balances contables, se levantó de la silla, estirándose como un gato de manera poco caballeresca, aprovechando que nadie lo veía. Viendo la habitación de Yuuki, cualquiera diría que era sólo una niña, aunque viendo otras cosas… bueno, parecía que se había convertido en toda una mujercita. Se estiró en la cama, aprovechando que no tenía que compartirla para ponerse cómodo, cruzando las piernas y los brazos por detrás de la cabeza. No habían seguido exactamente donde lo habían dejado el pasado fin de semana en el establo. Oh, sí, se habían tocado y acariciado, pero no habían ido tan lejos. Incluso había bebido de ella, con la misma delicadeza con que tocaría una muñeca de porcelana, admitió con una media sonrisa mientras se pasaba la lengua por los labios. Pero las sensaciones multiplicadas por mil que percibían a través de su vínculo les habían… ¿cómo decirlo? ¿Asustado un poco por su intensidad? Cuando la tenía en sus brazos, podía sentir las ondas de su placer recorriéndole la piel, cuando bebía de ella el torrente de amor de su sangre se mezclaba con la percepción del placer que la embargaba, mareándolo, alejándolo de la realidad y sumergiéndolo en un mundo onírico de sensaciones. Y a ella le ocurría otro tanto. Ahora que estaba a solas, podía permitirse el lujo de admitir que daba un poco de miedo. Era como pasar a una piscina olímpica de sensaciones sin haberse acostumbrado antes a una infantil.
Acarició la suave cubierta de la cama lánguidamente con los dedos de la mano, pensando en el tacto de su piel. Tampoco estaba muy seguro de qué se supone que tenía que pasar ahora que los dos… bueno, que se conocían tal como eran y habían visto las… um… reacciones que podían provocar en el otro. Por un lado, quería explorar algo más de aquellas caricias sensuales y por otro… bien, por otro lado se moría por llegar al fondo del asunto, por así decirlo. Aunque Yuuki le había confesado aquella noche en la discoteca que le gustaría hacer el amor con él algún día, no había dicho cuándo esperaba que llegara aquel momento. A fin de cuentas, era más joven que él, además de estar igualmente desconcertada por la profundidad de su vínculo de sangre. ¿Y si prefería esperar a estar legalmente casados? ¿O bien esperaba a que fuera él quien se lo propusiera? Qué complicados que podían ser los asuntos de pareja.
Se sentó en la cama, maldiciendo la viveza de sus recuerdos de la pasada semana. ¿Era la calefacción o su cuerpo se había acalorado? El olor de ambos impregnando las mantas tampoco ayudaba, claro. Se pasó la mano por el pelo, desviando la vista de la cama, y volvió a tropezarse con los papeles sobre el escritorio, frunciendo el ceño. Acéptalo, no vas a poder entender más de lo que ya has hecho. Es hora de recurrir a alguien con conocimientos superiores.
Caminó lentamente hacia el escritorio, reflexionando sobre dónde podía buscar el asesoramiento que necesitaba. No era tanto una cuestión de encontrar a unapersona con los conocimientos necesarios sobre números, sino de una persona con la lealtad necesaria como para poder brindarle libre acceso a las cuentas de los Kuran y esperar que se limitara a hacerle el favor de examinarlas y contarle lo que había descubierto sin hacer uso interesado de la información. Ahí es nada.
Pasó los largos dedos por las columnas de números con gesto ausente. Lealtad y confianza, dos palabras que no solían estar en el vocabulario del mundo en que había crecido. ¿Quién tenía alrededor que pudiera hacer honor a aquellos conceptos y ser un genio de los números? ¿Kaien Cross, quizás? Um... Sí, daba el perfil, aunque no conocía exactamente la amplitud de sus conocimientos de administración y dirección de empresas. Pero Cross desconocía la telaraña de intereses económicos en los que se movía el mundo vampírico, la espesa urdimbre de fundaciones y tapaderas creadas por los vampiros durante décadas o siglos para ocultar el hecho de que no morían, que seguían siendo los mismos que habían fundado aquellas corporaciones generaciones atrás.
No, Cross no era el adecuado. Tenía que ser un vampiro, un genio de los números y alguien de lealtad incuestionable hacia su persona.
Kaname se quedó rígido a medio gesto cuando la respuesta se iluminó en neón en su mente. Sí, aquella era la persona adecuada. Ahora sólo tenía que reunir valor para confiar en alguien más fuera de Yuuki y él mismo. Era una especie de salto de fe, uno que no sabía si estaba preparado para dar y que cambiaría la manera en que se relacionaba con los demás. Hasta ahora había estado solo, se había mantenido al margen incluso de los nobles que lo rodeaban, con el temor enraizado a que cualquiera lo traicionara. Era un temor infundado, probablemente, pero se alimentaba de los siglos en que los Niveles A habían sido reverenciados al tiempo que se les había cazado por su sangre tras ser declarados inestables mentalmente por el Consejo. Aquel cónclave de buitres ya no existía. ¿Quizás podía empezar realmente a rodearse por un pequeño grupo de.... amigos?
Recogió todos los volúmenes de informes, guardándolos en un archivador, y luego se puso el abrigo que ya tenía pulcramente doblado encima del respaldo de una silla. Había quedado con Yuuki en el recibidor dentro de un rato para llevarla a la ciudad, donde la joven esperaba reunirse más tarde con Sayori para tomar unos batidos y pasar algo de tiempo juntas. Quizás él también podría disfrutar de la compañía de su hermana antes de encaminarse a la reunión que tenía concertada aquella noche.
Su expresión se volvió fría y resguardada mientras cerraba la puerta de la habitación de Yuuki y enfilaba el pasillo. Lord Shiki... el tío de Senri, uno de los nobles de estirpe que no había formado parte oficialmente del Consejo de Ancianos. Razón por la cual seguía vivo. Pero uno de los que había conspirado para facilitar el retorno de Rido. Era un poderoso cabo suelto en aquel ajedrez de lealtades en que se habían convertido las familias nobles. Ahora que la meta por la que había trabajado ya no existía, ¿hacia qué lado se decantaba? ¿Hacia el poder totalitario de Sara e Ichijou? ¿O hacia quien, a fin de cuentas, era ahora el legítimo e indiscutido heredero del linaje de los Kuran?
Era necesario averiguarlo y aquel era el motivo de la reunión que le esperaba aquella noche. La perspectiva de un nuevo juego verbal del gato y el ratón, de cortés conversación que encerraba un acerado interrogatorio sobre lealtades, era como una losa para Kaname. Había tenido demasiadas reuniones así a lo largo de su vida y estaba cansado de aquel teatro del absurdo. Cada vez más harto, en realidad, a medida que se había ido liberando de aquel mundo y sumergiendo en la pacífica vida cotidiana de la Academia, en la frescura de Yuuki y en la inocencia del mundo humano. El contraste se le antojaba cada vez más descarnado.
Aquel pensamiento acabó de acicatear su decisión de empezar a confiar en los jóvenes nobles que le rodeaban, que le habían apoyado en difíciles circunstancias. Aquellos vampiros eran la savia nueva que podía renovar la arcaica estructura social de su mundo, jóvenes que habían experimentado una nueva libertad, que habían convivido con los humanos y que se relacionaban entre sí por vínculos de amistad y sinceridad.
Sí, había llegado la hora de que las cosas cambiaran entre la aristocracia vampírica.
OOO
Hanabusa Aido mordisqueó el tapón del bolígrafo un momento antes de finalizar con una floritura el último cálculo de una larga serie... tan larga que ocupaba varias páginas finamente manuscritas. Había quien se distraía haciendo sudokus y quien prefería la física nuclear. Estaba a punto de finalizar su nueva teoría de fisión, lo cual podía valerle una nueva patente. No es que aquello le importara demasiado, ya tenía varias teorías registradas que engrosaban sus cuentas año tras año, al margen de las de su acaudalada familia. Pero a veces su cerebro de genio iba tan rápido y bullía con tantas ideas que necesitaba poner algunas por escrito para no estallar.
Satisfecho con el resultado, dejó el bolígrafo sobre el papel y levantó los brazos, estirándose y echando un vistazo al reloj de su habitación. Las cinco de la tarde. ¿Qué narices hacía él despierto tan temprano un sábado? En condiciones normales, no se habría molestado en salir de entre las sábanas hasta dentro de un par de horas, cuando hubiera anochecido completamente. De hecho, aún iba en pijama. Se había despertado tras un sueño inquieto y, después de dar vueltas en la cama durante una hora había decidido ocupar su mente en algo más provechoso que los pensamientos que se empeñaban en molestarlo de manera recurrente desde hacía 15 días.
Bueno, más que pensamientos eran sensaciones. Un dedo acariciando suavemente sus labios, unos ojos color miel muy abiertos, un penetrante olor floral, la sensación de sus colmillos arañando una piel sedosa, aquel sabor incomparable en su lengua procedente de una pequeña gota de sangre. Había podido saborearlo tan poco...
Aido resopló, tentado de darse un cabezazo contra la mesa para despejarse. ¿Qué demonios le pasaba con aquella chica? Sayori Wakaba no tenía nada de especial. No era extraordinariamente guapa, tampoco era increíblemente alegre, no se parecía en nada a las bellezas con las que se había relacionado efímeramente hasta entonces. Y, para acabarlo de arreglar, era totalmente inmune a él. No, espera, para acabarlo de arreglar era humana. Y, a pesar de todo, las imágenes de aquellos momentos compartidos seguían insistiendo en recrearse en su mente una y otra vez. Eres patético, Aido. Si Kaname supiera que has probado la sangre de una alumna humana y que no paras de pensar en...
-¿Molesto?
El noble rubio prácticamente saltó del asiento cuando aquella voz suave sonó detrás suyo, procedente de la puerta. Se giró con el corazón latiéndole en los oídos y una expresión de culpabilidad pintada en el rostro. Maldita sea, a veces parece que Kaname pueda leer la mente... Se levantó al punto, incómodo por encontrarse descalzo y en pijama ante su líder, impecablemente vestido de calle y esperando en el umbral de la puerta con una expresión levemente divertida ante su reacción. Aido no se había molestado en cerrar la puerta cuando había salido de la habitación para ir al baño un rato antes, por si su madrugador primo volvía del desayuno. Evidentemente, Kaname había interpretado la puerta entreabierta como un permiso atorgado a cualquiera para entrar. Gesticuló, invitándole a pasar.
-No, no molestas... sólo estaba... -señaló el escritorio con un gesto de cabeza, como quien desprecia unos garabatos.- acabando algunas fórmulas teóricas.
Kaname rió por lo bajo, dejando que una sonrisa irónica permaneciera en sus labios mientras meneaba la cabeza.
-Eres la única persona, vampiro o humano, que conozco capaz de pasar el rato con física nuclear.-su media sonrisa se volvió misteriosa por un momento.- ¿Qué tal llevas la economía?
Aido parpadeó un momento, desconcertado.
-¿La... economía? -se pasó la mano por los desordenados cabellos rubios. Ni siquiera se había molestado en peinarse todavía.- Bueno, a veces le echo una mano a mi padre preparando la documentación de sus empresas. Es aburrido, pero, como se supone que algún día ocuparé su lugar, insiste en prepararme.-se encogió de hombros.
Kaname reprimió una sonrisa más amplia. Conocía lo suficiente a Aido como para saber que "es aburrido" significaba en realidad "es tan fácil que no me supone un reto". Perfecto. Hizo un gesto con el abultado archivador que llevaba en la mano.
-¿Puedo pedirte un favor con esto?- preguntó con amabilidad.
Aido puso los ojos en blanco antes de poder reprimirse, lo que provocó una risa suave de su líder. Como si tuvieras que preguntarlo, Kaname…. Como purasangre que era, sólo necesitaba sugerir una necesidad, desde un antojo de chocolate deshecho a sangre fresca, para que los vampiros de la Clase Nocturna se dieran codazos por el pasillo para darle respuesta. Incluso podía forzarles a cumplir sus deseos, en el casi imposible caso de que se negaran. Pero aquel no había sido nunca el estilo de Kaname. Él siempre preguntaba o pedía con buenas maneras, lo cual lo hacía completamente distinto a la mayoría de los Niveles A que caminaban sobre el mundo. Por eso, entre otras cosas, Aido caminaría alegremente sobre ascuas por él. El noble se calzó las zapatillas disimulando su sonrojo mientras se encogía de hombros intentando fingir desenvoltura.
-Con lo que sea.
Kaname se acercó al escritorio, depositando el archivador y extrayendo gruesos volúmenes encuadernados que parecían ser balances contables, según una primera ojeada rápida. Pasó las hojas de algunos con una larga mano elegante.
-Estos son los balances y el extracto de movimientos de la empresas en las que la familia Kuran tiene participación o es accionista mayoritaria.- frunció el ceño.- Los he estado estudiando los últimos días y tengo la sensación de que algo no cuadra, de que se me escapa algún movimiento, pero… -vaciló, indeciso a pesar de su resolución de reconocer que tenía algún punto flaco.- me gustaría contar con una segunda opinión.
Aido frunció las cejas rubias, ojeando los volúmenes. ¿Kaname le estaba pidiendo ayuda para revisar las cuentas de los Kuran? Sin duda, tenía que haberlo entendido mal, a fin de cuentas, tenía un tesorero, ¿no?
-Pero, Kaname... -se mordió el labio, inseguro del terreno que pisaba.- Creí que habías recuperado el control de tu patrimonio al cumplir los 18, ¿no? Y seguro que tienes un... un administrador, ¿verdad?
Kaname contempló la expresión confundida de Aido con una mezcla de diversión irónica y frustración. Sabía que no le estaba poniendo pegas a ayudarle, simplemente, Aido no podía creer que estuviera depositando aquella responsabilidad en sus manos. Torció levemente los labios.
-Lo tengo, pero preferiría contar con una opinión más... cercana a mí. Si no te importa, claro...
Hanabusa volvió a parpadear, estudiando la expresión seria del purasangre. Kaname no se fiaba de su tesorero y, obviamente, tampoco confiaba en Asato Ichijou, tendría que ser idiota para hacerlo. Pero, al parecer, sí confiaba en él. Lo suficiente como para poner todo el conocimiento de su fortuna en sus manos. Tal cual. Apoyó una mano en el escritorio y otra en la cadera, con un súbito ataque de vértigo. Kaname nunca, jamás, le había dicho de manera tan clara que confiaba en él. Si aquella palabra ya era difícil de pronunciar entre los adultos de la nobleza, viniendo de un purasangre a alguien de clase inferior, aún más de alguien con el historialde Kaname, era absolutamente increíble.
Hasta ahora, Kaname había aceptado que los nobles le siguieran, pero nunca había hecho ningún gesto tan claro de que confiaba en ellos. ¡Demonios, ni siquiera sabían si les consideraba sus amigos! Y ahora tenía la respuesta encima de su mesa. En aquel momento, Hanabusa Aido sintió ganas de echarse a llorar.
Kaname había cambiado en los últimos tiempos. Quizás no radicalmente, más bien había sido una suave progresión. Primero había empezado a compartir las comidas con los demás, luego había empezado a frecuentar el mundo de los humanos con ellos, había confesado a Senri que echaba de menos a Takuma -lo cual había corrido como la pólvora entre el resto de nobles-. Parecía más cercano, más comunicativo. ¡Maldita sea, en la última semana incluso le había oído reír! No esbozar aquella media sonrisa nostálgica, reír de verdad. La primera vez que Aido lo había oído se había girado como un resorte, pensando que alguien había suplantado al purasangre. No había que ser un maldito genio para saber quién estaba detrás de aquellos cambios y de aquella progresiva felicidad de su líder; Kaname llevaba su olor pegado a la piel.
Aido lamentaba un poco que fuese Yuuki quien se llevara totalmente el mérito de haber conseguido, al fin, algo de paz para su atormentado purasangre, y que él no hubiera tenido nada que ver, después de tantos años a su lado. Pero aquello, aquella delicada petición de ayuda, equivalía a una confesión de amistad en toda regla.
Kaname vio las emociones que cruzaban el rostro de Aido, tan transparente como el cristal, y desvió un momento la mirada, conmovido de que aquella muestra de confianza por su parte significara tanto para el joven rubio. Hanabusa parecía al borde de las lágrimas. ¿Tan fríamente se había comportado con ellos todo aquel tiempo? ¿Tan encerrado había estado en su desconfianza que no les había conseguido transmitir que, si podía confiar en alguien en el mundo, a parte de en Yuuki, era en ellos? Tengo muchas cosas que arreglar...
-Hanabusa... -la voz suave de Kaname hizo que el otro levantara la cabeza, con los ojos muy abiertos.- Tendrías acceso a toda la información que precises, siempre que sólo la veas tú.- no toda tu familia.- No tienes que hacerlo si no quieres, sólo dímelo, tengo la sensación de que el tiempo apremia. Y, una cosa más... -sonrió abiertamente, dejando que la calidez del gesto aclarara sus ojos.- Confío en ti. Siempre lo he hecho, aunque al parecer no he sabido demostrarlo.
Aido parpadeó rápidamente un par de veces y desvió la mirada, avergonzado de que Kaname pudiera ver que sus ojos se habían humedecido. Carraspeó para disimular el nudo en la garganta mientras asentía sin levantar la vista de los volúmenes contables.
-Cuenta con ello, Kaname.- ¿debía arriesgarse?- Los amigos están para ayudarse.
El purasangre rió por lo bajo y alargó la mano para apretar brevemente el hombro del noble.
-Gracias, Aido.
Cruzó la habitación con silenciosa elegancia, dejando a solas a un emocionado Hanabusa. Tenía la sensación de que el joven no iba a abandonar su cuarto hasta que no se supiera aquellos malditos números de memoria.
OOO
Yuuki balanceaba ligeramente las manos enlazadas de ambos mientras caminaban por la avenida principal de la pequeña ciudad junto a la que se ubicaba la Academia. Una ráfaga de un aire que era cada vez más gélido revolvió sus cabellos y Kaname levantó la mano libre para subirle gentilmente el cuello del abrigo. El invierno de verdad, el de nieve y hielo, estaba cerca y los humanos con los que se cruzaban lucían ya bufanda y guantes mientras entraban y salían de las tiendas brillantemente iluminadas arrastrando bolsas coloridas.
Kaname siguió la dirección de los ojos de su hermana, que recorría con aire experto los escaparates de las tiendas, catalogando las novedades de moda. Se estaban acercando a la pequeña plaza donde habían quedado con Yori, pero aún les quedaba un rato antes de que llegara la joven humana y ambas chicas pudieran compartir un rato a solas. Y antes de que él tuviera que subirse al coche donde le esperaría Seiren para acudir a su cita con Lord Shiki. Frunció el ceño, sintiendo la familiar mezcla de hostilidad y cansancio que le invadía ante aquellos encuentros. Instantáneamente, Yuuki se giró hacia él.
-¿Intranquilo?- preguntó con una sonrisa preocupada.
Kaname meneó la cabeza sin acabar de creer que se hubiera vuelto tan transparente. Entre la habilidad de Yuuki y su vínculo, su hermana podía leer en él tan fácilmente como en un niño. No podía decir que se hubiera acostumbrado a aquello, la mayoría de las veces le hacía sentir extrañamente vulnerable, como si estuviera desnudo. La parte positiva era que les facilitaba la comunicación, teniendo en cuenta lo que le costaba normalmente a él expresar sus emociones.
-Espero que Shiki no pueda interpretar mis gestos tan claramente como tú, Yuuki.- contestó, enarcando las finas cejas.- Ciertamente, sería engorroso que supiera lo mal que me cae.
Ella rió, divertida, aunque al cabo de un momento se puso seria.
-¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe? -preguntó con calidez.- Senri tampoco va a poder ir, tiene un desfile. No creo... no sé si te sentirás cómodo yendo solo.
No me sentiré cómodo ni rodeado de un ejército, pensó Kaname para esbozar una media sonrisa y menear la cabeza.
-No, Yuuki, no quiero exponerte, no todavía. Ya tendrás ocasión de presentarte en sociedad en el Baile de Invierno. -y de sentirte vigilada por decenas de ojos.- Y menos delante de una persona que conspiró para resucitar a alguien que quería matarte.
Yuuki percibió la oleada de rabia de él a través de su vínculo antes que por su aura y le apretó la mano en respuesta.
-¿Qué... ?- se aclaró la garganta.- ¿Se puede juzgar a Lord Shiki de alguna manera por participar en la... eh… resurrección de Rido?
Kaname la miró de reojo, intentando controlar su ira para que ella no lo percibiera.
-No en sentido estricto. Sólo el Consejo podría haberlo acusado pero ya habrían buscado alguna excusa para no hacerlo. A fin de cuentas, a ojos de la historia yo nunca maté a Rido. Supuestamente, nuestros padres se suicidaron, no fueron atacados, así que el Consejo no podría admitir que Rido fue el culpable y que resultó casi ajusticiado. Muchos menos, condenar a alguien que participó en su resurrección. Formalmente, no existe delito y, además, el Consejo ya no existe.- torció el gesto tétricamente. Gentileza mía.- Tal como están las cosas ahora, supongo que podría matarlo. Podría considerarse justicia directa, como purasangre tendría todo el derecho.
Yuuki lo contempló con sobresalto. No acababa de acostumbrarse a la facilidad con la que Kaname hablaba de asesinatos y violencia. Sabía que la idea le repelía, que estaba harto de muertes, pero al mismo tiempo parecía creer que a veces eran inevitables. Y tenía la sensación de que la justicia vampírica solía saldarse con sentencias de pena capital en un número muy elevado de casos.
-Y... ¿no se le puede castigar de otra manera? ¿Sin... matarlo? -preguntó, vacilante.
Kaname suspiró, parándose en una esquina de la plaza y acariciando su mano con el pulgar.
-¿Podrías encerrar en la cárcel a alguien que va a vivir cientos de años, Yuuki? ¿Y que tiene el poder suficiente como para escaparse al menor descuido? Vivimos mucho y tenemos largas memorias, es fácil guardar rencor y exigir venganza a la menor oportunidad. Es peligroso dejar vivo a alguien que ha cometido un crimen.- contestó con expresión triste.
-Entonces... ¿vas a... ? ¿Vas a matarlo?- abrió mucho los ojos, incapaz de creer que le estuviera preguntando aquello a Kaname. Su dulce y a veces vacilante Kaname.
-No. No nos conviene.- él volvió a esbozar aquella sonrisa tan suya, entre nostálgica y excusada, mientras le retiraba del pelo una hojita arrastrada por el viento.- Acabé con todos los miembros del Consejo. Ya tengo en contra a lo que queda de esas familias. No quiero entregarle más seguidores a Sara pareciendo un asesino despiadado otra vez. Tengo que convencer al resto de la nobleza de que aquellas muertes fueron estrictamente necesarias y que no mato a la ligera, si quiero que tengamos alguna posibilidad de un futuro en paz. -torció el gesto en una mueca sarcástica.- Así que, a menos que me ataque, Lord Shiki saldrá vivo de nuestra pequeña cita. Esperemos que los beneficios a largo plazo compensen el riesgo que eso va a suponer.
-Oh... ya veo.
Yuuki desvió la vista a sus pies, desconcertada como siempre que Kaname le revelaba la telaraña de intereses en que se movían y la precaria situación en que vivían. Era fácil de olvidar entre los muros de la Academia, envuelta en aquella falsa sensación de normalidad. Y también era fácil condenar a Kaname por pensar con tanta frialdad... hasta que te encontrabas con que tu propia vida dependía precisamente de esa capacidad de analizar las cosas a largo plazo, de entender el gran esquema de movimientos sin dejarse llevar por los impulsos.
-¿Llegarás tarde? ¿Quieres que te espere despierta? -preguntó con suavidad, en un tono de voz que indicaba que no estaba juzgándole por aquellas duras palabras.
Porque sé que vas a necesitar consuelo y calidez después de esa reunión.
-Lo agradecería mucho, aunque, si me retraso, duérmete, por favor.- contestó con calor.
Realmente voy a necesitar a alguien que me ayude a quitarme la máscara.
Yuuki se puso de puntillas para darle un rápido beso de ánimo en los labios que le dejó con ganas de más. Siempre parecía saber lo que necesitaba en cada momento, lo vital que era su cercanía para él. Aquel pensamiento tuvo la desdichada virtud de hacer que sus encías cosquillearan. Cuanto más oscuros eran sus pensamientos o más bajo era su estado de ánimo, más deseaba su sangre, era como un bálsamo para sus heridas, un ungüento cicatrizante que le daba energías para seguir enfrentándose al mundo. Porque los vampiros también consolaban sus tristezas con aquel líquido vital. Empezó a notar la garganta reseca y a salivar en anticipación y juró por lo bajo, maldiciendo que estuvieran en una plaza iluminada rodeados de hordas de humanos consumistas.
-¿Kaname?- la vacilación en el tono de ella le indicó que también había percibido aquel sutil cambio de su estado anímico.
-Estoy bien.- era mentira, claro, pero esperaba que, aún sabiéndolo, no lo presionara más. Afortunadamente, no lo hizo.
El purasangre paseó la vista por la plaza en busca de alguna distracción. Vaya, eso podía considerarse una distracción... Su mirada tropezó con un iluminado escaparate donde se exponían distintos conjuntos de lencería femenina, decorado con una enorme fotografía de Rima posando sensualmente en ropa interior prácticamente transparente sobre unos cojines rojos de seda. Suerte que ya se había acostumbrado a encontrarse de vez en cuando con su compañera de clase en vallas publicitarias y conseguía separar perfectamente a la modelo de la estudiante de la Clase Nocturna.
-Mira eso, Yuuki.- cabeceó hacia el escaparate.
-¿El qué... ?- ella giró la cabeza, despistada.- Oh, carambas... - enrojeció rápidamente. ¿Aquella era Rima con ropa interior transparente? Y Kaname la estaba mirando...
El purasangre rió entre dientes al ver la expresión que empezaba a pintarse en el rostro menudo de Yuuki.
-No te señalaba el cartel, sino la ropa del escaparate.- apuntó con la mano.- Te debo un sujetador, ¿recuerdas?
-¿Un sujet....? Uh... - frunció los labios, pasando la mirada entre los modelitos del escaparate y la expresión demasiado inocente en el rostro de él. Seguía percibiendo aquel oscuro estado de ánimo en Kaname, pero él parecía decidido a intentar obviarlo.- Bueno, tú... ¿quieres entrar conmigo en una tienda de...eh... lencería?
El joven mantuvo la misma sonrisa ladeada e hizo una pequeña reverencia, extendiendo el brazo en ademán de acompañarla hacia la tienda.
-¿Por qué no? Yo lo rompí, es justo que te compre otro, así que... ¿por qué no asesorarte?
El simple pensamiento de Kaname revolviendo modelos de braguitas de blonda y sujetadores de encaje bastó para volver a sonrojarla hasta la raíz del pelo y la lengua se le pegó al paladar, incapaz de pronunciar palabra. Su hermano probablemente no habría entrado en una tienda así en la vida y no diferenciaría una copa A de una D. Uh... ¿el viento no era frío hacía un momento? El contraste entre las oscuras emociones que podía percibir en él y aquella propuesta juguetona volvió a desconcertarla por un momento, aunque creyó entrever lo que se escondía debajo.
Kaname se había sentido feliz aquella tarde en la fiesta mayor y en la discoteca porque había podido olvidar por completo quién era y qué se esperaba de él, porque se había podido perder en el anonimato del mundo humano. ¿Necesitaba aquella terapia como una máscara de oxígeno antes de sumergirse de nuevo en el mundo vampírico? ¿Era su manera de insuflarse ánimos para enfrentarse quizás a recuerdos dolorosos que podía avivar aquel encuentro? Bien, visto de aquel modo... probablemente podría soportar algo de... eh... vergüenza.
-¡Oh, está bien! -Yuuki bajó la cabeza mientras echaba a andar hacia la tienda de lencería como un cordero camino al matadero. Tenía la sensación de que aquello iba a ser bastante embarazoso.
Kaname le sostuvo gentilmente la puerta para que entrara primero en la tienda, brillantemente iluminada. Era una de aquellas franquicias que se prodigaban en las zonas comerciales de las ciudades, con un apartado de ropa interior para el día a día, de vivos colores y precios asequibles; una parte de pijamas, camisones y saltos de cama, y un último apartado donde podían encontrarse prendas más sofisticadas.
A aquellas horas de la tarde, la tienda era un hervidero de jovencitas que recorrían los estrechos pasillos, escogiendo modelitos y riendo como gallinas entre sí. Las pocas dependientas no daban a basto volviendo a recolocar las prendas y atendiendo el probador.
Yuuki recorrió las hileras de ropa murmurando excusas cada vez que daba un codazo a alguien sin querer, examinando los sujetadores cómodos de algodón que solía usar. Intentó concentrarse en las prendas y en las tallas, pero encontró la tarea sumamente difícil con la mirada de Kaname desviándose de ella hacia los sujetadores. Los cuchicheos de los grupos de ratitas tampoco ayudaban, ni que alguna de las dependientas hiciera un abrupto alto en sus tareas para dirigir mal disimuladas miradas de admiración al alto joven moreno vestido con traje.
No pasaría desapercibido ni en un callejón a oscuras, pensó Yuuki con el ceño fruncido mientras cogía un práctico sujetador rosa palo, pensado para que no se transparentara con ropa clara. Se volvió en derredor, buscando a su hermano, y el estómago le dio un breve salto cuando lo encontró pasando delicadamente los largos dedos por un sujetador negro de encaje con un pequeño lacito rojo y unas diminutas braguitas a juego. No estará pensando en que yo me ponga eso, ¿no?
Al parecer, por la demoníaca sonrisa de reojo que le dedicó mientras alzaba las cejas, sí, estaba pensando exactamente en eso.
Yuuki se escurrió entre un grupo de jovencitas que espiaban a Kaname con la legua fuera y se acercó a él roja como una amapola.
-Kaname, no pienses que yo me voy a poner... -empezó, siseando por lo bajo.
-¿Ni siquiera para mí? -preguntó él en el tono más inocente posible, hablando en voz suficientemente alta como para que las niñas de alrededor captaran sin lugar a dudas con quién estaba él.
Yuuki boqueó como un pez fuera del agua, girándose un momento para fulminar con la mirada a un grupo de chicas de su edad que susurraban estupideces como "oh, qué atento" e "imaginaos que hará cuando la vea con eso". Meted la nariz en vuestros asuntos, parecían decir sus ojos. Cuando volvió a mirar a Kaname, éste sostenía el conjunto escogido justo delante de sus... de su parte delantera y entrecerraba los ojos, tomando medidas.
-Mmmm... No estoy seguro de si es tu talla, tendría que probártelo...
-¡Trae eso aquí!- Yuuki le arrebató el conjunto de las manos, liándose con las perchas al mirar la etiqueta del sujetador.
¿Cómo... ? Era justo su talla. ¿Cómo narices sabía Kaname qué talla usaba? ¿Es que se sabía de memoria la forma de sus... ? Levantó la cabeza para dedicarle una mirada completamente fuera de juego y lo sorprendió con las manos abiertas justo a la altura de sus pechos, con los dedos extendidos, y la cabeza inclinada hacia un lado, mordiéndose el labio como si se estuviera esforzando en recordar exactamente su tamaño. El grupo de chicas estalló en risitas, verdes de envidia.
-¡Oh! ¡Pasa al probador de una vez! -Yuuki extendió el brazo, señalando hacia el fondo de la tienda.
Él alzó las manos con las palmas hacia fuera y se encogió de hombros, aceptando la reprimenda con buen humor. La joven pensó que no conseguía acostumbrarse a aquella faceta... juguetona de Kaname, probablemente porque no la había visto demasiado a menudo. ¿Quizás si algún día conseguía salir del todo de aquel caparazón de nostalgia su verdadera personalidad sería así? ¿Sensual y traviesa?. Yuuki suspiró mientras la dependienta de los probadores le entregaba una tarjeta con un número que indicaba las prendas que había seleccionado. El mundo no estaba preparado para un purasangre así, estaba convencida.
Como en la mayoría de tiendas de ropa para jovencitas, muchas de quienes entraban lo hacían para pasar el rato más que para fundirse la tarjeta de crédito comprando, con lo cual había probadores libres sin necesidad de hacer cola. Algunos novios aburridos esperaban justo fuera de los probadores, cumpliendo con su tradicional función de porteadores de bolsas. Yuuki se encaminó al probador del fondo de la hilera, descorriendo la cortina. Afortunadamente, era bastante amplio y tenía colgadores para las prendas, así que no tendría que hacer malabarismos. Levantó un dedo admonitorio a Kaname, que se había apoyado en la pared justo afuera del cubículo.
-Se supone que los chicos no pueden entrar, ¿vale?
Kaname alzó las cejas, mirando alrededor como quien busca un cartel de "Prohibido novios", y volvió a ojearla con ironía.
-Si tú lo dices.- los dientes blancos destellaron cuando le dedicó una deslumbrante sonrisa.
Yuuki le cerró la cortina con rapidez, no fuera a ser que se propusiera desafiar las normas, y procedió a desvestirse. ¿Cuál podía probarse primero? Sostuvo el conjunto que había seleccionado Kaname. Jamás había tenido una cosa así, tan... sexy. Así que, ¿por qué no ver cómo le sentaba? No es que pensara comprarlo, claro, sólo por curiosidad. Cogió la goma de pelo que llevaba en la muñeca y se ató la melena en un moño rápido, para poder probarse las prendas sin liarse con el cabello.
Las diminutas braguitas semitransparentes eran justo de su talla, podía verlo sin necesidad de probárselas, así que se despojó del jersey, la camiseta y de su propio sujetador para ponerse el de encaje. Abrochó el cierre de la espalda y ajustó los tirantes, contemplándose en el espejo. Oh, vaya... Parecía que hubiera aumentado una talla. A lo mejor sí que podría llevárselo...
-Impresionante.
Yuuki desvió la vista del espejo y la dirigió a la cortina del probador. El rostro de Kaname asomaba de una esquina, con los ojos muy abiertos y una sonrisa ladeada. Antes de que pudiera replicarle, él retiró la cara, al parecer para comprobar el pasillo, y apartó la cortina para entrar con ella en el probador, volviendo a cerrarla.
-¡Kaname! ¿Qué haces aquí dentro? -susurró con apremio.
-Comprobando el efecto, claro.- comentó mientras se situaba a su espalda.- Sólo por si necesitabas una segunda opinión.
Apoyó las manos en la estrecha cintura de ella, girándola hacia el espejo, para apoyar la barbilla en su hombro y observarla a través del cristal. El sujetador de encaje realzaba sus pequeños pechos, formando un atractivo valle allá donde se juntaban, señalado por el lacito rojo, que atraía su mirada como un imán. Paseó la vista por toda aquella superficie cremosa, reparando en que la piel de ella era un tono más oscura que la suya. Subió las manos lentamente por sus brazos, poniéndole la piel de gallina, para comprobar la diferencia de tonos en el espejo. Los ojos de Yuuki estaban muy abiertos y tenía los labios rosados algo separados mientras seguía sus movimientos.
Kaname frotó la nariz contra la base de cuello, reparando en que Yuuki se había recogido el cabello. ¿Se daba cuenta de lo tentadora que podía ser aquella imagen para un vampiro, de la invitación implícita que contenía? La sensación de picor en las encías que lo había acuciado antes volvió a asaltarlo con renovadas fuerzas cuando sus agudos sentidos percibieron el pulso acelerado de ella justo contra sus labios.
-No has debido hacer eso.- murmuró de manera casi inaudible.
-¿El qué... ?- la pregunta se le cortó en seco cuando Kaname la miró a través del cristal.
Los ojos borgoña de él se oscurecieron un instante para luego adquirir el familiar color de la sangre y una mirada depredadora. Duró un instante, hasta que volvió a desviar el rostro hacia su cuello, lamiendo el punto donde latía su pulso con la punta de la lengua. Luego besó con suavidad aquella zona, dejando que los labios permanecieran contra la piel unos instantes cada vez. Sus manos se posaron en los hombros de ella y bajaron los tirantes del sujetador.
-¡Kaname!- el susurro de Yuuki se volvió más acuciante.- ¡Estamos en una tienda!
En aquel momento, los labios de él llegaron a la zona de mordisco, de donde se había alimentado de ella en dos ocasiones recientemente, contando la noche de su cumpleaños. Su lengua trazó una lenta pauta sobre aquel punto y Yuuki dejó de poner objeciones. Los nervios agudizados bajo su piel enviaron calambrazos por todo el cuerpo, tensándola, y levantó instintivamente el brazo derecho para aferrar sus cabellos. Cuando las caricias de su lengua se hicieron más rápidas y sintió el leve arañazo de sus colmillos, no pudo evitar gemir en voz baja, haciendo esfuerzos para que el sonido no saliera del probador. Las descargas se sucedían por su cuerpo desde aquel punto, sincronizándose con la incipiente tensión en su bajo vientre. ¡Dios! No le extrañaba que Kaname hubiera perdido el control en la discoteca.
Las manos de él abandonaron sus hombros para deslizarse por su espalda hasta el cierre de su sujetador. Esta vez no lo rompió. Empujó la prenda con suavidad por sus brazos hasta que cayó al suelo y levantó la cabeza de su cuello para admirarla a través del espejo. Los ojos carmesíes de él recorrieron sus formas desnudas mientras sus manos tapaban sus pechos con delicadeza. Yuuki cogió aire, haciendo que sus redondeces rozaran las palmas de él. Kaname siguió con la vista fija en los ojos de ella a través del cristal, con la barbilla apoyada en su hombro, mientras sus dedos largos dibujaban círculos en sus pequeños pezones, endureciéndolos.
Yuuki se arqueó, sin saber qué sensación era más fuerte, si la lengua de él sobre su zona de mordisco o sus dedos delicados en sus pechos. ¿Y si se juntaban las dos...?
Kaname pareció pensar lo mismo, porque bajó de nuevo la cabeza hacia el cuello. Las caricias lentas sobre su vena se alternaron con roces de mariposa en sus pezones y Yuuki se estremeció contra sus caderas. Las primeras oleadas de placer serio empezaron a llegar hasta Kaname a través de su vínculo, unas ondas expansivas que se juntaron con su propia necesidad, haciendo que olvidara por completo dónde estaba.
Tomó los pezones de ella entre sus dedos, frotándolos con cuidado, al mismo tiempo que las puntas de sus colmillos dejaban finas líneas rosadas en su cuello, preparándolo. Tomaría su sangre aquí y ahora, con ella semidesnuda entre sus brazos. Como tenía que ser...
El eco de aquella fuerte emoción resonó en la sangre de Yuuki, disipando un tanto la neblina de su mente. Abrió los ojos, sin darse cuenta de que los había cerrado, y se tropezó con la sensual imagen del espejo. Ella medio desnuda, los dedos de Kaname jugueteando con sus pechos, sus largos mechones oscuros acariciando sus hombros pálidos y su cara enterrada en su cuello. Donde debía estar... La sensación era tan intensa que Yuuki volvió a entrecerrar los ojos, ahogando un jadeo y rindiéndose a lo que Kaname quisiera hacerle.
-Disculpe, ¿no ha visto a un chico moreno alto y una chica bajita entrando en el probador? Soy su amiga y estoy casi segura de que los he visto entrar en la tienda...
Las pestañas de Yuuki se abrieron de golpe cuando aquella voz familiar llegó a sus sentidos, al mismo tiempo que Kaname soltó sus pezones para estrechar sus pechos con toda la mano, apretándose contra ella y presionando los colmillos contra su vena, listo para perforarla.
-Oh, sí, los recuerdo... sobre todo al chico.- la voz de la dependienta del probador le llegó algo más cerca, como si estuviera a punto de recorrer el pasillo de los distintos cubículos.- Qué raro, estaba aquí hace un momento. La chica entró en el probador del fondo.
Yuuki se retorció entre los brazos de Kaname, pugnando por liberarse de su abrazo.
-¡Kaname! ¡Es Yori, viene hacia aquí! ¡Tienes que soltarme! ¡Au!
Respingó cuando los colmillos se él se clavaron en su cuello, tan sólo unos milímetros. Kaname se paralizó al instante, registrando el sonido de las voces y la alarma de Yuuki. Oyó pasos resonando en el parquet del pasillo de los probadores y retiró los colmillos con presteza, lamiendo las heridas superficiales. Tomó aire bruscamente, apoyando la espalda en la pared del probador, con los ojos cerrados. Maldita sea la confianza de las amigas... ¿A quién se le ocurría ir a buscar a otra persona a un probador?
-¡Kaname, vete! Yo... te... te esperaré despierta que vuelvas, te lo prometo, ¿vale?
Él asintió, echándose el cabello sobre los ojos. No iba a conseguir hacer retroceder del todo los colmillos hasta pasados unos minutos, estaba claro, y quizás tampoco que sus ojos volvieran a adquirir su color natural, ya de por sí llamativo. ¿Cómo podía ser que Yuuki consiguiera hacer trizas su autocontrol sin ni siquiera proponérselo?
-Quédate los dos sujetadores... El negro me ha gustado especialmente.- murmuró con voz velada, mientras le dedicaba una última mirada hambrienta.- Distrae a Yori.
Apartó un poco la cortina y echó a andar por el pasillo, manteniendo la vista fija en su reloj de pulsera cuando se cruzó con Yori y la dependienta.
-Hola, Yori, creo que Yuuki necesita tu consejo...
-Eh... Ho... hola.
-¡Yori, aquí!- la voz de Yuuki era ligeramente temblorosa cuando asomó la cabeza y un hombro por la cortina, haciendo señas.- ¿Por qué no me dices qué te parece este conjunto?
Kaname contempló la punta de sus zapatos mientras salía de la tienda iluminada sorteando grupos de jóvenes. Sólo se atrevió a alzar la mirada pasados cinco minutos, cuando el aire frío del atardecer le ayudó a hacer retroceder a la bestia justo en el limite de la superficie. Había sucumbido al ansia de sangre varias veces en su vida, especialmente tras la muerte de sus padres, cuando su necesidad de consuelo había podido más que su control o sus valores, pero la sensación era distinta al ansia que le despertaba Yuuki. En aquellas oscuras ocasiones, la desesperación y el hambre habían impuesto su ley. Ahora era el amor y el deseo. Y no estaba muy seguro de qué combinación era más letal.
Escrutó las calles adyacentes a la plaza, donde las farolas empezaban a encenderse, arrojando una luz anaranjada sobre las formas de los humanos que se apresuraban a realizar las últimas compras antes de que cerraran las tiendas. Distinguió el morro de una limusina en una esquina y se pasó una mano por el pelo, intentando calmarse. Justo lo que necesitaba, pensó, una entrevista con uno de los vampiros a quien más odiaba con el ansia de sangre mordiéndole los talones y sin poder desahogarse con él.
Aquello prometía ser duro.
OOO
Los aterciopelados cojines carmesí que decoraban el alto sillón orejero de cuero eran mullidos, el olor que surgía de la copa ancha de brandy que sostenía en la mano combinaba acertadamente con el clásico mobiliario caoba de la biblioteca y con la gran alfombra persa que pisaba. La luz de la luna se filtraba por el gran ventanal, con vistas a los jardines de la villa. Kaname pensó que podría llegar a sentirse cómodo en aquel salón... si no tuviera a Lord Shiki sentado en el sillón de enfrente.
Levantó la copa con gesto lento y elegante, tomando sólo un sorbo antes de depositarla en el posavasos de la mesita baja de madera oscura que separaba ambos sillones. Con la facilidad de la práctica, cruzó una larga pierna sobre la otra, dejando reposar las manos relajadamente sobre el regazo e inclinando un ápice la morena cabeza, en ademán de distraída atención. Toda su postura emanaba serenidad, confianza, seguridad en sí mismo y poco más que una aburrida atención por su interlocutor... lo adecuado para recordarle a Shiki cuál era su posición: inofensiva y por debajo suyo. Cómo odiaba aquellas malditas mascaradas.
Hasta ahora, la entrevista se había desarrollado como preveía, con un educado intercambio de preguntas que escondía el velado interés de Shiki por conocer las intenciones del purasangre de ahora en adelante y serenas respuestas de Kaname asegurándole que ocuparía el lugar que le correspondía por nacimiento en el mundo vampírico, sin aclarar a qué fecha de nacimiento se refería. Era una charada, por supuesto. Como conspirador, Lord Shiki conocía perfectamente qué habitaba en el interior de Kaname y cuáles habían sido los planes de Rido al respecto. También sabía que Kaname había contado con aliados cazadores lo bastante poderosos como para matar a Rido y que aquello le había dejado como el único e indiscutido heredero de los Kuran, a quien casi todos consideraban como la familia regente.
No era una posición cómoda para Lord Shiki y algo de aquella incomodidad podía percibirse en la manera en que daba vueltas a su copa con dedos largos y huesudos. No obstante, Shiki sabía que a Kaname no le convenía matarlo, y se valió de aquel conocimiento para presionar un poco más al joven purasangre. Kaname había mejorado mucho en aquellos años; cuando era más joven era difícil saber qué pasaba por su cabeza, ahora era completamente imposible. Ni siquiera su aura traslucía emoción alguna.
-Confío en que Senri se encuentre bien y plenamente recuperado de aquel desdichado encuentro con su…mmm… padre. Mi sobrino nunca ha sido un joven resistente en ningún sentido. Dice mucho de tu benevolencia que no haya sido... castigado por su desafortunado papel en aquella conspiración.- comentó casualmente, mirando al purasangre por encima del borde de la copa.
Te estoy diciendo que Senri es un pusilánime que se dejó influenciar por las malas artes de su padre, sin que yo tuviera nada que ver al respecto, y que estoy tanteando tus motivos para mantenerle con vida.
-Agradezco su preocupación por Senri, Lord Shiki.- Kaname esbozó una sonrisa lobuna.- Su sobrino ha probado ser uno de mis nobles más leales y cercanos, le estoy muy agradecido de que decidiera enviarlo a mi lado a la Academia Cross, hace ya años. Por supuesto... -balanceó tranquilamente una pierna.- he decidido darle una segunda oportunidad para enmendar su error. Si no fuera proclive a permitir que las personas, digamos... reevaluaran sus posiciones, habría tenido que castigar a muchos nobles.
Senri no es tuyo, nunca lo ha sido, la jugada de enviarlo a la Academia para tenerme vigilado se ha vuelto en tu contra y te estoy dando la oportunidad de jurarme lealtad auténtica para salvar tu pellejo.
Shiki se inclinó con gracia para depositar su copa vacía en la mesa, asintiendo con la cabeza al mismo tiempo. Estaba atrapado entre dos fuegos igualmente poderosos: la purasangre Sara, el antiguo Ichijou y el puñado de familias de la más rancia aristocracia que les daba apoyo por un lado, y el purasangre Kaname Kuran, el ancestro de los Kuran, con su hermana purasangre -podía oler su esencia en la piel de él-, quizás junto con las familias de los estudiantes de la maldita Academia. Aquella era la última lealtad que le quedaba por conocer antes de decidir su postura.
-Me alegro de que Senri pueda disfrutar de la compañía de otros jóvenes de familia noble, siempre ha estado algo... alejado del mundo en el que nació.- sonrió con suficiencia.- Hace algún tiempo que no hablo con mi sobrino, ¿puedo esperar tratar con sus amigos y sus familias en el Baile de Invierno? Me gustaría saber también si depara la debida deferencia a tu... hermana.-concluyó con las cejas alzadas.
¿Tienes apoyos que puedas exhibir ante el núcleo duro del mundo vampírico? ¿Acaso las familias de tus estudiantes estarán contigo y al lado de tus tonterías sobre la coexistencia racial en nuestro acontecimiento más relevante? ¿O esas mismas familias llamarán al orden a sus hijos? ¿Mostrarás a esa esquiva y desconocida hermana tuya?
Kaname lo contempló en silencio unos segundos, leyendo entre líneas con tanta facilidad como si le hubiera hablado en voz alta. ¡Ah, Shiki, nunca estuviste a la altura de Ichijou en cuanto a manipulación! En cambio, él sí que había aprendido algunas cosas de aquella maldita sanguijuela. Ensanchó la sonrisa hasta el punto de exhibir la punta de sus colmillos.
-Por supuesto, Lord Shiki. No se me ocurriría privarle del placer de conocer a los amigos de su sobrino, si es la voluntad de Senri, y de saludar a sus familias, aunque estoy seguro de que conoce a la mayoría.- enlazó los dedos con una postura de triunfo relajado.- Casi todas han estado al lado de los Kuran desde hace generaciones, además de que el círculo social de Senri se ha ampliado con algunos nuevos amigos. -su sonrisa se torció algo, imprimiendo un matiz sardónico.- Estaré encantado de presentarle a mi hermana y prometida, estoy seguro de que recibirá la máxima cortesía por su parte.
No estoy solo, mi círculo de apoyos se amplía y ya no hay un pobre principito huérfano de los Kuran. El niño ha crecido y cuenta con una igual a su lado. ¿Quieres enfrentarte a eso o prefieres unirte a nosotros?
Lord Shiki asintió, encajando la nueva información. Siempre había sido un superviviente, alguien que había resistido el embate de los siglos sabiendo escoger bien sus aliados. Las tornas habían cambiado de manera imprevista, el viento había girado de golpe y, si no tomaba una decisión en aquel momento, lo precipitaría desde el acantilado hacia el oscuro mar de la desaparición. Esbozó un media sonrisa cortés y precavida. Aún así, no pudo evitar la tentación de un último dardo, de recordarle a Kaname que había estado sometido también a su voluntad.
-Transmítele mis saludos a tu hermana por anticipado. Estaré encantado de conocerla en persona en el Baile y de compartir una velada pacífica con las otras familias nobles.- se puso en pie, indicando que iba a finalizar la reunión, y se ajustó la impecable chaqueta.- Oh, disculpa mi descuido, pero no quisiera resultar inadecuado en la bienvenida a nuestra nueva purasangre. ¿Se consideraría cortés que acudiera con algún... regalo fresco?
Exteriormente, Kaname ni siquiera parpadeó, manteniendo la misma sonrisa de relajada superioridad, y su aura tampoco se resintió en lo más mínimo. Toda su voluntad de hierro, cultivada durante años de solitaria resistencia, acudió en su auxilio para disimular el impulso repentino de descerrajar la garganta de Shiki y dejar que se desangrara en la alfombra persa. Su sangre no valía ni para alimentar a las bestias carroñeras. ¡Cómo osaba! ¿Cómo se atrevía a poner a prueba su paciencia hasta el punto de insinuar una bienvenida a su hermana con sacrificios humanos? Con pobres almas arrastradas hasta el matadero de cualquier fiesta vampírica para ser desangradas por una inocente Yuuki ante las miradas hambrientas del resto de los vampiros, condenadas a la locura eterna. Las imágenes de su propia infancia rompieron la cadena de la celda de los recuerdos donde estaban encerradas y se precipitaron aullando sobre su conciencia. Hijo de perra… Lentamente, dejó que su sonrisa adquiriera un tinte de abierto desprecio para luego ponerse en pie con calma sobrecogedora.
-Le agradezco el gesto, Lord Shiki, como siempre, pero me temo que las normas de etiqueta han cambiado. –se abotonó con calma la americana sin apartar la vista de los ojos del noble.- Da la casualidad de que yo soy el anfitrión del Baile, en esta ocasión. Le comunicaré las nuevas reglas adecuadas de comportamiento social cuando sea oportuno. Después de todo, incluso el viejo mundo vampírico cambia, seguro que sabrá adaptarse a los nuevos tiempos.
Shiki entrecerró los ojos, acusando el golpe sin haber conseguido resquebrajar el frío control de Kaname. Ciertamente, pensó, parecía que se acercaba el ocaso del mundo vampírico que conocía. Era cuestión es escoger con quién quería ver el nuevo amanecer, aunque ello le supusiera tragar una bilis amarga como el veneno. Maldito crío, Rido debió matarte antes de nacer…
Jaque mate.
Kaname rodeó el sillón con una cortés inclinación de cabeza de despedida y salió de la biblioteca escoltado por Shiki. Seiren se despegó a la pared donde había estado aguardando con una mirada tan inexpresiva como siempre, aunque escrutó con rapidez a su líder para asegurarse de que seguía de una pieza. Lord Shiki les acompañó hasta las escaleras del porche de la villa, a cuyo pie les esperaba la limusina que les trasladaría de vuelta a la Academia, despidiéndoles con un saludo impecable.
Vivir tantos siglos para verse vencido por unos estudiantes de secundaria…
No voy a darte el gusto de matarte, maldito bastardo, vas a sufrir viendo cómo tu pútrido mundo de sadismo se desmorona…
Ninguno de los dos abandonó la cortés etiqueta hasta girarse, uno hacia el interior de la mansión y otro para acomodarse en la parte de atrás del coche. Kaname sólo se permitió apoyar la cabeza en la palma de la mano y suspirar cuando la limusina dejó atrás la villa de los Shiki, serpenteando por una solitaria carretera. Vio que Seiren le miraba un instante de reojo y esbozaba una rápida media sonrisa de comprensión y apoyo y, por primera vez, no le importó que alguien pudiera darse cuenta de lo que maldecía aquellos bailes de máscaras. Confiaba en Seiren y el sentimiento de saber que, de vez en cuando, podía bajar un poco la guardia, aunque fuera un poco, le hacía sentir menos solo que cuando había sufrido las atenciones de Lord Shiki y del resto de buitres del Consejo. Los apoyos que había insinuado no eran del todo ciertos, algunas de las familias de los alumnos de la Clase Nocturna no le habían jurado lealtad todavía y era Lord Aido y no él quien organizaba el Baile de Invierno, aunque probablemente las cosas acabarían sucediendo como le había dicho a Shiki. Lo suyo había sido un farol, en alguna medida, una interpretación más. Se había convertido en un magnífico actor.
Si Takuma pudiera estar ahora a su lado…
Kaname giró completamente la cara hacia los cristales tintados, ocultando a Seiren la congoja que asomó a su expresión antes de poder evitarlo. Takuma había sido su único apoyo en aquellos años en los que había tenido que soportar a Ichijou como carcelero, en los que había tenido que someterse a los designios del Consejo para evitar que le declararan mentalmente inestable y acabara pudriéndose el resto de sus días en algún agujero olvidado, junto con Shizuka Hio. No pudo evitar volver a maldecirse por haber desconfiado del sonriente y cálido nieto de Ichijou, pero ¿cómo podría no haberlo hecho? ¿Cómo podía creer que de semejante hijo de perra había nacido, una generación después, aquel ángel? A Takuma le había llevado mucho tiempo de compañía silenciosa, de apoyo incondicional, incluso de mentir por él, ganarse su confianza.
Kaname nunca se lo había dicho, nunca le había llamado amigo. Primer gran fallo. Le había dejado acercarse a él como a ningún otro noble, pero jamás le había llamado amigo. Y ahora aquella zorra de Sara Shirabuki lo tenía prisionero, manejándolo a su antojo, justo como el abuelo de Takuma había hecho con él. Qué irónico que ahora Kaname no pudiera devolver el favor al rubio noble, no pudiera protegerlo de quienes querían abusar de él, como había hecho Takuma en aquellos largos años oscuros. Segundo fallo. Una cosa estaba clara: si por alguna milagrosa e inesperada circunstancia Takuma se viera libre de aquel sello de sangre y volviera a su lado, Kaname no le llamaría amigo.
Le llamaría hermano.
El purasangre parpadeó varias veces, forzando a que el nudo en la garganta que le impedía respirar se aflojara y a que las lágrimas volvieran allá de donde no debían salir. Parecía mentira. No había llorado en su vida, bajo ninguna circunstancia, era algo que nunca se había podido permitir porque implicaba sentir demasiado. Y, desde hacía una semana, desde que Yuuki había levantado el tapón de sus miedos y sus inseguridades, parecía que tenía que luchar contra las lágrimas cada vez que recordaba algún momento de su vida. Aquello se llamaba estrés postraumático, comprendió. No importaba cuántos años mantuvieras tu mascarada de indiferencia y control, en algún momento pasaba algo que la hacía estallar por los aires y todo lo que habías mantenido por debajo, toda la pena y la rabia, salía a borbotones.
Sacrificios humanos para Yuuki...
Lord Shiki había sido de los últimos nobles en acudir a la casa de Asato Ichijou para dar personalmente el pésame por la pérdida de sus padres al pobre príncipe Kuran. Shiki no formaba parte del Consejo de Ancianos, pero era un amigo íntimo de Ichijou, tanto como podía aplicarse aquella palabra a aquel grupo de hienas carroñeras.
-Adecéntate, tienes visita.
Ichijou había anunciado la nueva visita con la misma voz de seca superioridad que lo había estado haciendo todas aquellas noches durante las que había tenido que soportar el desfile de miembros del Consejo anunciando con voz compungida que compartían su dolor. Y que le habían traído pequeños presentes que quizás podrían ayudar a mantener su pesar bajo control. Qué manera tan burda de amenazar a un niño de ocho años con encerrarlo bajo llave si dejaba entrever el mínimo signo de debilidad mental ante la muerte de sus padres. Qué manera tan cruel de coaccionarlo para que aceptara los sacrificios humanos...
Kaname había arrastrado los pies por el pasillo alfombrado de la villa Ichijou, fingiendo no ver el destello rubio de la cabeza de Takuma atisbando desde la puerta entreabierta de su habitación. No tenía energías para cuestionarse por qué el nieto de aquel demonio se empeñaba en hacer ver que se preocupaba por él. En aquel momento, Kaname no tenía energías para nada. Ichijou le había ocultado incluso las tabletas de sangre experimentales con las que se atracaba las primeras noches para evitar desangrar hasta la muerte a aquellos humanos de ojos aterrorizados. Aunque, bien pensado, al menos así les libraba de un destino peor. Sí, quizás era más piadoso matarlos, así les evitaba la locura y privaba a aquellos bastardos de disponer de Niveles E a su costa. Aunque no podía hacerlo, no podía matarlos. Aquello indicaría que su pesar seguía fuera de control y le condenaría a más sacrificios hasta apagar su pena o hasta convencer al Consejo que su cordura empezaba a estar peligrosamente en cuestión.
Contempló con ojos vacíos al alto noble de cabellos caoba que le escrutaba con una mal disimulada mezcla de fastidio y... glotonería. ¡Ah, sí! Cuánto desearían aquellas viejas momias hincar los dientes en su cuello y beber el preciado néctar de su sangre. Dos niñas humanas, no mucho mayores que él, esperaban maniatadas con las manos sobre el regazo y arrodilladas en el brillante suelo del salón de baile de la mansión Ichijou, sin atreverse o sin poder alzar el rostro. Lo más probable era que estuvieran drogadas, como el resto. Lo que no entendía era qué papel tenía la jovencita que esperaba con ojos muy abiertos un paso más atrás de Shiki. Era una vampira aristócrata, estaba claro por su pose, de no más de 12 años, y sus largos cabellos morados tenían un parecido inconfundible con los del alto noble. ¿Su hija? Qué más daba...
-Mi más sentido pésame por la muerte de tus padres en tan... gravosas circunstancias, joven Kaname.- Lord Shiki habló con voz espesa mientras hacía una pequeña reverencia con la mano en el corazón.- No alcanzo a imaginar tu pesar, aunque confío en que la tradicional fuerza de los purasangres te ayude a sobrellevarlo. - desvió una mirada indiferente hacia las dos niñas humanas.- Sé que no puedo cambiar lo ocurrido, pero espero que mi pequeño presente sea al menos una ayuda para contribuir a tu... recuperación.
-Sin duda lo será, amigo mío. El joven Kaname te está muy agradecido y dispondrá de tu presente con rapidez. ¿No es cierto?- la mirada esmeralda de Ichijou era fría como la de una cobra, vigilando cualquier cambio en su expresión facial, cualquier muestra de rebeldía que le diera una excusa para abatirlo.
No iba a darle aquella satisfacción. No cuando el futuro de su hermana dependía de él... Kaname tragó la bilis que le subía a la boca, odiándose aún más cuando sus comillos se alargaron a la vista de aquellos suaves cuellos níveos. Debía controlarse... No debía matarlas... No podía permitirse matarlas... Yuuki no se podía permitir que él fuera encerrado...
Qué irónico le parecía ahora, con la perspectiva de los años, tener el dulce e inocente rostro de su hermana en la mente mientras desangraba a aquellas niñas. Qué sucio le hacía sentir estar recordando las suaves manitas de ella jugando con su cabello, ignorando que lo que sentía eran las manos aterrorizadas de la niña humana intentando estirar sus mechones en agonía mientras la forzaba con sus colmillos. Qué condenadamente absurdo era que pensara en que estaba trabajando por asegurarle a Yuuki un futuro de seguridad cuando estaba enterrando el porvenir de aquellas niñas. Qué asqueroso era intentar convencerse que hacía lo posible por mantener la inocencia de Yuuki mientras violaba a aquellas criaturas.
Kaname se pasó el dorso de la mano por la boca, manteniendo la vista fija en el suelo de mármol colorido mientras los guardaespaldas de Lord Shiki retiraban piadosamente los cuerpos de las dos niñas, estremecidos con las convulsiones del cambio. Había conseguido no matarlas a costa de pensar en Yuuki. Ahora que podía pensar como un adulto, ¿acaso no estaba enlodando también a su hermana asociándola a aquellos viles actos, aunque sólo fuera de pensamiento? Pero, ¿qué más podía haber hechor? Al levantarse sintió las primeras oleadas de náuseas desde la boca del estómago y, a su pesar, se obligó a recurrir de nuevo a la imagen angelical de su vulnerable hermana durmiendo en su camita para controlarse.
-Gracias, Lord Shiki.- murmuró.- Me encuentro... mucho mejor.
Arriesgó una mirada hacia arriba para encontrarse con la expresión depredadora del noble, que no consiguió ocultar del todo a tiempo el destello carmesí de sus ojos a la vista de la sangre. Por cómo contemplaba su cuello, supo que era su sangre pura lo que querría beber. Shiki se recompuso con rapidez, volviendo a sonreír con educación y pasando un brazo por encima de los hombros de aquella joven vampiresa, que ahora contemplaba a Kaname con una indisimulada expresión de pánico.
-Sé que aún eres joven para desear tales cosas, heredero de los Kuran.- apretó algo los estrechos hombros de la niña.- Mi hija también lo es, pero espero que puedas considerar tomarla en el futuro. Nada satisfaría más a mi familia que poder reforzar los lazos de sangre con los Kuran... aunque fuera de manera... no oficial.
La chica emitió un pequeño sonido, una mezcla de exclamación aterrorizada y sollozo, y contempló a su padre con los ojos muy abiertos para volver a fijarlos luego en el rostro manchado de sangre de Kaname. El purasangre abrió la boca de pura sorpresa antes de poder reprimirse. Sus padres le habían hablado de aquella bárbara costumbre... pero nunca creyó que alguien se lo plantearía a él. La tradición de que las familias nobles entregaran a sus hijas a los varones purasangre para que engendraran un hijo, reforzando el linaje de los aristócratas con algo de sangre pura. Era una vulgar venta donde las jóvenes eran tratadas como mercancía a cambio de un purasangre bastardo que pudiera elevar el estatus de aquellas familias. Nadie se preocupaba por saber si aquellas jóvenes querían calentar el lecho de los purasangres, simplemente se daba por hecho. En la mayoría de los casos, era una violación disfrazada de privilegio.
La oleada de náuseas fue tan intensa esta vez que Kaname se limitó a asentir a Lord Shiki y a Ichijou, incapaz de articular palabra. Los ojos desorbitados de aquella jovencita y los gritos descarnados de las humanas en transformación lo persiguieron mientras se forzaba por abandonar el salón de baile y recorrer los pasillos hacia su habitación con pasos calmados. El autocontrol le llegó hasta el piso donde se encontraban los dormitorios. Una vez allí, corrió hacia el baño más cercano, levantando la tapa del inodoro justo a tiempo de vomitar gran parte de la sangre que había ingerido, doblándose en dolorosos espasmos. Aferró el váter con las dos manos, temblando como un potrillo recién nacido, intentando controlar los angustiados sonidos que brotaban desde su garganta y una nueva acometida de su estómago. No podía perder el control... no en casa de Ichijou... no podía.
-Sshh... todo está bien, Ka... Kaname. Ya ha pasado...
Unas manos cálidas se posaron en sus hombros temblorosos, apretándolos con suavidad. Se mantuvieron allí unos instantes para luego retirarse y Kaname oyó a Takuma cerrando el pestillo del lavabo y mojando una toalla de mano, que apretó contra su frente, sosteniéndolo cuando las arcadas lo forzaron a inclinarse de nuevo para vaciar su estómago.
Takuma no se movió de su lado en todo el rato. No hizo ningún comentario hiriente ni despreciativo. Se limitó a sostener su frente y sus hombros cuando las náuseas se apoderaban de él, ofreciéndole un vaso de agua para aclararse la boca cuando, al final, se sentó en el suelo del baño, temblando, con la espalda apoyada en la bañera. Aquellos ojos verdes, del mismo color que los de su abuelo, mostraban una calidez y una preocupación verdadera que sólo había visto en los de Yuuki. También había inseguridad allí, una necesidad de consolarle a la que no se atrevía a dar rienda suelta por miedo a su rechazo. ¿Quizás... quizás no estaba del todo solo en aquel infierno? Murmuró un agradecimiento tan bajito que sólo supo que Takuma lo había oído cuando el niño sonrió con ojos chispeantes. El noble le tendió la mano para ayudarle a levantarse.
-¿Sabes? Me ha llegado el primer número de un manga muy divertido. ¿Quieres...? -dudó un momento, antes de que su natural desenvoltura se impusiera.- ¿Quieres leerlo conmigo?
Kaname contempló aquellos enormes ojazos verdes, los desordenados mechones dorados y la sonrisa resplandeciente falto de palabras. Takuma había visto su fallo de control y ni lo había despreciado ni había corrido a chivarse a su abuelo. Aún no sabía si podía fiarse de él por completo pero, en aquel momento, no podía desear más rodearse de aquella alegría.
-Por favor... -replicó mientras aceptaba la mano de Takuma.
Kaname frunció el ceño, recurriendo a los rescoldos de su fuerza de voluntad para devolver aquellos recuerdos a la oscuridad y evitar el creciente sentimiento de frustración. Sí, Rido estaba muerto. El Consejo también. Pero Asato Ichijou y Lord Shiki aún vivían, por el simple hecho de que no le convenía matarlos. Aún seguía siendo prisionero. Y una purasangre regía ahora la mente amable y suave de Takuma... Apretó los puños, notando además un revelador escozor en las encías.
No era justo desear la sangre de Yuuki ahora, no después de haber contaminado su imagen con aquella asociación de ideas. Volvía a sentirse sucio, indigno de su toque de pureza. Pero no podía evitarlo. Yuuki siempre había sido la estrella entorno a la cual giraba su vida y ahora estaba cerca, al alcance de su mano. Kaname suspiró, preguntándose si la encontraría despierta al volver a la Academia.
OOO
Lord Shiki se sirvió algo más de brandy en la copa mientras contemplaba con aire absorto cómo se alejaba la limusina oscura de Kaname, haciendo crujir la gravilla. Maldito niño, qué bien has fingido todos estos años...
Kaname nunca había sido el títere obediente que les había hecho creer a la mayoría -ignoraba si Ichijou había caído en su engaño-. Había fingido someterse a sus designios mientras mantenía en secreto la existencia de su hermana y urdía un plan para acabar con Rido y el Consejo, refugiado en aquella obscena Academia de la Coexistencia.
Bien, por mucho que le fastidiara reconocerlo, silos apoyos que había admitido eran ciertos, el joven purasangre había ganado la partida. Su comportamiento tranquilo le estaba valiendo la confianza de muchas de las familias nobles, que recelaban de la arrogancia y la belicosidad tradicional de los purasangres. Kaname no esperaba sacrificios, no producía Niveles E, no reclamaba a sus hijas, no interfería bruscamente en sus asuntos... Daba más seguridad y tranquilidad a aquellas familias que Ichijou, de quien todos conocía su fama letal, y de Sara, la ambiciosa heredera de la familia rival de los Kuran. Era lógico cambiar de bando y apoyar a Kaname... ahora sólo tenía que ingeniárselas para escapar de la furia de sus aliados tradicionales.
-Qué decepción, Lord Shiki... No esperaba esta volatilidad de tu parte. Aunque hace las cosas mucho más fáciles.
La voz femenina a su espalda, casi un ronroneo bajo, le hizo girarse bruscamente, derramando parte del brandy. La menuda y elegante figura de una joven morena, con las manos cruzadas pícaramente a su espalda, apenas se destacaba entre las sombras que rodeaban la puerta del salón, alejada de los ventanales. Justo detrás de ella, un joven rubio de mirada ausente apoyaba lánguidamente la mano sobre la empuñadura de una katana. Shiki volvió su mirada a los ojos oscuros de la mujer, que destacaban en un rostro de nácar, y vio su muerte escrita en ella.
-Sara... -murmuró, a pesar de todo, intentando infundir naturalidad a su voz.- No te había oído entrar, querida. ¿Qué te trae a mi casa?
La mujer se encogió de hombros con una sonrisita que no alcanzó a sus ojos y dio un ligero paso de puntillas hacia delante.
-Preparar el terreno, podíamos decir. Pensaba que sólo serías un sacrificio colateral en esta guerra, hasta estaba preparada para lamentarlo, figúrate.- emitió una ligera risita.- Pero qué considerado por tu parte... -la risa se desvaneció de golpe cuando los ojos oscuros brillaron en carmesí y su aura estalló con la violencia de una supernova.-... al final me has dado motivos para matarte.
El último pensamiento que Lord Shiki fue capaz de hilvanar mientras su carne y sus huesos se descomponían en cenizas, en un momento de dolor atroz que pareció suspendido en el tiempo, era que tendría que haber escogido el lado de Kaname mucho antes.
