14: Brasil

Bajo la tenue luz de su diminuta habitación de hospital, Ginny apenas distinguía el par de pies junto a su cama.

–¿Harry? –dijo Ginny dirigiéndose a los pies, la única parte visible de él.

Se quitó la capa de invisibilidad. Tenía el pelo más desordenado de lo normal y las gafas torcidas.

–He... er… venido a visitarte –dejó la capa en la silla y se acercó al lado de la cama.

Ginny se sentó, sin creerse del todo que estuviera allí.

–Me alegro de que lo hayas hecho.

Él se quedó allí de pie tras el enrejado de la cama, incómodo... con ambas manos tras la espalda.

–Te he echado de menos –susurró Ginny, extendiendo la mano.

Él la cogió, apenas ejerciendo presión alguna en sus dedos, sin mirarla a los ojos.

Viendo su rostro pálido y hermético, Ginny deseó saber qué hacer ahora. Penélope le había dicho que fuera paciente. Pero él la trataba como si fuera una figurita de cristal y no pudiera con ella.

¿No había nadie en el mundo que comprendiera lo que sentía... lo que quería? De pronto se enfadó tanto que hizo lo más infantil que se le ocurrió. Le apretó la mano tan fuerte como pudo y luego le clavó las uñas, por si acaso.

–¡Au! –exclamó él, sorprendido, mirándola por fin–. ¿Por qué has hecho eso?

–Shhh –le regañó distantemente, sin dejarle ir–. Los sanadores te van a oír.

–¿Te importaría? –siseó él, dejando caer su mano. Vio sus ojos chispeantes durante un segundo antes de que se alejara dos pasos y luego se detuviera junto a la silla, dándole la espalda.

Ya estaba, lo había hecho. No lo culparía si siguiera caminando y la dejara allí sola. ¿Qué es lo que lo mantiene aquí?, pensó. Su horrible pelo era lo único que hacía juego con el horrible modo en que le estaba tratando. Si estaba decepcionada porque no la entendía¿qué debía pensar él de ella?

–Por supuesto que me importaría –dijo, con la voz rota–. Quiero que te quedes –no añadió que quería que él la consolara. Eso sonaría demasiado desesperado.

–¿En serio? –su voz sonaba muy débil, aunque no estaba tan lejos.

–Sí, Harry –le dijo a su espalda–. He pasado un día largo y odioso después de una noche larga y horrible y te he echado muchísimo de menos. ¿Qué creías que diría?. ¿Me alegro de verte, y ahora vete que quiero dormir?

–Creía que estarías dormida –admitió, volviéndose por fin.

Ginny abrió mucho los ojos.

–Te has escapado de dondequiera que estuvieras, y de alguna forma te has colado en San Mungo… ¿y solo ibas a verme dormir?

Él miró el suelo.

–Sí que suena un poco...

–Estúpido –dijo Ginny, con una pequeña sonrisa. Apartó las mantas y se deslizó por la cama para acercarse a él.

Harry levantó la vista, con el dolor reflejándose en sus ojos.

–Y dulce, y típico de ti –terminó con voz más suave, intentando alcanzarle.

Harry vaciló.

–¿Y ahora qué? –soltó ella. Tuvo que ponerse de rodillas para llegar hasta él.

–¿Estás segura de que estás bien? –preguntó, inclinando la barbilla para mirarla. Aún no la había tocado, aunque ella tenía los brazos alrededor de su cuello–. Quiero decir... pensaban que podías morir por el veneno.

–¿Parezco muerta? –apoyó todo su peso en él, de modo que tenía que abrazarla o perder el equilibrio–. ¿Me sientes muerta? –le siseó al oído.

–No –contestó él débilmente–. Te siento viva –hizo una pausa–. Er... ¿sabías que esto no tiene parte de atrás?

Ginny había olvidado que llevaba puesto un viejo camisón de San Mungo que se ataba por el cuello. Él tenía la mano en su espalda desnuda. El enfado se evaporó y soltó una risita.

–Se me había olvidado. Solo recordaba que era feo.

Como si no pudiera contenerse, Harry se relajó durante un momento y recorrió su espina dorsal con la mano, arriba y abajo.

–Harry –le rogó al oído–. Tenemos que hablar. Puedes tumbarte a mi lado en la cama, eso no me hará daño.

–¿Qué hay de los sanadores?

–No me molestarán hasta por la mañana, a no ser que los llame. Y aunque estuvieras en el lado contrario de la habitación, seguirías metido en problemas si te pillaran, así que podrías ponerte cómodo, ya que estás.

–Ya que estamos en el baile, bailemos,¿no?

Ginny había oído el refrán antes, pero no estaba segura si Harry dirigía el sarcasmo hacia ella o hacia sí mismo. Lo descubriría, prometió. Al menos había consentido en quedarse.

Ginny se ajustó para que cupiera en la estrecha cama. Quedaron los dos boca arriba, con las cabezas en la almohada de Ginny, los hombros tocándose. Por suerte, el enrejado de la cama impedía que se cayeran. Harry se puso la capa invisible sobre las piernas por si necesitaba esconderse rápidamente.

–Bueno, veo que eso de la comodidad es algo relativo –señaló Harry. Su otro hombro se salía por el enrejado.

–Es mejor que sentarte en una silla de madera toda la noche –replicó Ginny, intentando mantener una expresión agradable. Harry no se estaba quejando exactamente, y parecía más relajado, pero seguía habiendo algo que no estaba bien.

–No hay grietas en el techo –observó, mirando arriba.

Ginny levantó la vista también.

–Ni me había dado cuenta. ¿Sabes? –meditó–, no me encontré ni una sola araña en la finca Malfoy.

–Debe ser por las serpientes –dijo él–. Las arañas huyen de las serpientes, Ron y yo lo descubrimos en segundo.

–Conocí una serpiente buena –hizo una pausa–. Aunque supongo que "buena" es algo relativo.

Le vio sonreírle al techo.

–Yo también conocí a una serpiente buena una vez –contestó despacio–. En el zoo. Hablé con ella, aunque entonces no sabía que hablaba pársel.

–¿Qué dijo? –preguntó ella.

–Que quería ir a Brasil –la voz de Harry sonaba ronca y estaba mirando al techo con resolución–. Leí tu entrevista.

Ginny se acordó de cuando leyó la entrevista de Harry en El Quisquilloso la primavera pasada, y de la impotente rabia y el dolor que había sentido. De repente la abrumó la culpa por haberle hecho pasar por eso.

–Lo siento –dijo–. Cometí muchos errores. Quiero decir, no tenía que haberme ido, para empezar. Descubrí más tarde que Lucius Malfoy nunca iba a aparecer.

–Esa Harriet era bastante convincente –dijo Harry–. Cuando me llegó tu memorándum, Biggs se apareció a la casa inmediatamente. Para cuando yo llegué con la escoba, había desatado a Harriet y ella ya se había ido. No tenía ni idea de que había estado transformándose en vaca durante años.

Ginny suspiró. Al menos no era la única a la que Harriet Hathaway había engañado.

Harry continuó.

–No estoy muy seguro de cómo, pero Percy apareció –le echó un vistazo como para medir su reacción.

–Eso me han dicho –dijo Ginny, que quería oír el lado de la historia de Harry.

–Percy sospechaba de Harriet. No le veía sentido a que Lucius Malfoy se hubiera limitado a atarla y dejarla atrás para contarlo todo. No sabíamos que habías sido tú la que la había atado. El caso es que Percy y yo fuimos al gabinete de abogados. Allí es donde la encontramos, junto al cadáver del abogado, ordenando pergaminos como si no estuviera pasando nada inusual.

–Estaba loca –susurró Ginny horrorizada.

–Como una regadera –confirmó Harry–. Percy le sacó toda la historia poniendo su "cara ministerial". ¿Sabes cuando suena como la voz de la autoridad?

Ginny se rió. Ése era Percy.

–Creo que Harriet pensó que era un abogado, porque le enseñó el nuevo testamento de tu tía, y el original de los Hathaway. Percy la alabó por su eficiencia, y luego ella le contó que había engañado a Lucius Malfoy.

Harry suspiró, y cerró los ojos un momento.

–Fue entonces cuando empezamos a tener esperanza. Sabía que Voldemort te quería muerta y Lucius Malfoy no. Y ya sabíamos la razón, así que parecía que si Malfoy te cogía primero, entonces podrías vivir un poco más.

–Lo siento –dijo Ginny, poniéndole la mano en el hombro.

Él giró la cabeza sobre la almohada para mirarla a la cara.

–¿Sabías que había miembros de la Orden por toda la finca? –preguntó–. Pero tú coges y te escapas con tía Martha sin que te detecten –tenía la sonrisa torcida.

–Lo siento –susurró.

–No tienes que sentirlo –dijo él con impaciencia–. Es solo... irónico.

–No se me da bien la ironía –dijo Ginny.

–A mí tampoco –Harry se sentó, de modo que le daba la espalda, y solo podía verle el lado de la cara. Se puso a arrugar la capa invisible, de mal humor.

–¿Estás...? –Ginny no sabía cómo preguntarlo, así que se limitó a hacerlo–. ¿Estás enfadado conmigo?

Él se giró rápidamente.

–¿Enfadado por qué?

–Porque Quien-Tú-Sabes consiguió mi sangre –le observaba con cuidado–. Porque creí a la serpiente y pensé que podría destruir la finca Malfoy.

Él la miró con ojos entrecerrados.

–Sí que destruirte la finca Malfoy. ¿Y por qué demonios iba a culparte de que dos magos adultos te dominaran y te rajaran el brazo?

Ginny hizo una mueca de dolor ante su tono de voz.

–Porque... –su voz tembló–. Porque debería haber sido capaz de defenderme sola; debería haber sido más rápida, o quizá ni siquiera debería haber ido allí. Y debido a que cometí todos esos errores, Quien-Tú-Sabes consiguió lo que quería.

Los hombros de Harry se hundieron.

–Ginny, a mí me venció un solo mago, y me ató a una tumba y mi sangre permitió que Voldemort se alzara de nuevo. Así que en realidad, por mi culpa, esto te ha pasado a ti. ¿Estás lista para enfadarte conmigo ahora?

Se había olvidado por completo de la cicatriz en el brazo de Harry. Y eso que se había dado cuenta de ella una semana antes. Cómo debió haberse sentido...

–Lo siento –murmuró, sentándose con dificultad–. Se me había olvidado.

–¡Quieres dejar de decir eso! –explotó él. Podía ver todo su cuerpo en tensión.

–Lo siento –susurró Ginny, un poco asustada. Nunca se había sentido objeto de su ira antes y no sabía cómo superar la brecha entre ellos–. Harry, tienes que hablar más bajo.

La miró por encima del hombro.

–No estoy enfadado contigo –le dijo, con voz baja e intensa–. Es solo que no quiero que te abrumes por la culpa. Ya es suficientemente malo todo lo que has pasado.

Ginny creyó que eso era especialmente irónico viniendo de Harry, que todavía se culpaba de muchas cosas sobre las que no tenía control. Seguramente se culpaba por no haberla encontrado antes en la finca Malfoy.

–¿Y qué hay de ti, Harry? –preguntó con la misma intensidad–. ¿No crees que deberías soltar algo de tu culpa también? Ya es suficientemente malo todo lo que has pasado.

Sus palabras, reflejando las de él, quedaron colgadas entre los dos. Se miraron el uno al otro, perdidos en sus respectivos pensamientos. Imágenes horribles atravesaban la mente de Ginny; imágenes que había pasado todo el día intentando ignorar, imágenes de cuchillos y sangre y colmillos y cuerdas y manos huesudas y labios azules. Se sentía como si se estuviera ahogando en una ola de fría oscuridad y no tuviera fuerza para nadar. ¿Lo sentía él también?

Entonces Harry se movió para ponerse delante de ella, y con un dedo trazó el corte de su brazo.

–Cicatrices a juego –dijo por fin.

Ella dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Lo entendía. Había sentido todo lo que ella estaba sintiendo.

Todo lo que necesitas.

Ginny descubría cada vez más y más sobre esa afirmación, pero antes de que pudiera aclararse o decirle algo a Harry, un movimiento captó su mirada. La puerta se abría silenciosamente.

Sin otra palabra, se tiró a la almohada, empujando a Harry con ella. Él se echó la capa invisible sobre la cabeza. Ginny cerró los ojos, intentando hacer su respiración tan regular como fuera posible.

–¿Señorita Weasley? –susurró la sanadora del turno de noche, acercándose al lado de la cama. Era joven y entusiasta y la última persona a la que Ginny quería ver.

Abrió lentamente los ojos y dijo con voz soñolienta:

–¿Es hora de una poción?

–No –la tranquilizó la sanadora–. Creía que había oído voces.

Ginny se puso la mano en la frente y dijo, somnolienta:

–Estaba soñando. A veces hablo en sueños.

–¿Necesitas algo para dormir sin sueños? –preguntó la sanadora, preocupada.

–Oh, no –intentó no sonar demasiado despierta–, no estaba teniendo una pesadilla.

–De acuerdo entonces –la sanadora se mostraba reacia a marcharse. Ginny pensó que seguramente estaría aburrida, y preparar una poción para dormir sin sueños mataría veinte minutos–. Llámame si me necesitas.

La puerta se cerró.

–Eso ha estado cerca –dijo Harry, quitándose la capa de la cara y los hombros. Los ojos le brillaran, como si hubiera disfrutado la pequeña aventura.

–Ya lo creo –Ginny se puso boca abajo, sujetándose con los codos. Quería sacar el tema de tía Martha, pero no sabía cómo.

Empezó a arrugar la almohada con un dedo. Miró una hendidura formarse y desaparecer.

–Esto,¿Ginny? –su voz sonaba tan rara que dejó de jugar con la almohada inmediatamente para mirarle–. ¿Te das cuenta de que esa cosa no tiene parte de atrás?

Aquello era tan inesperado que le dio la risa tonta.

–No paro de olvidarlo. No es como si mi espalda fuera algo interesante.

Él cerró los ojos con fuerza durante un segundo.

–Er, yo creo que toda tú eres interesante –dijo–. Que es por lo que no puedo tener una conversación contigo así.

–Puede que no quiera hablar más –le murmuró a la almohada. No quería parecer descarada, pero no la había besado (besado de verdad) durante lo que parecían dos años en vez de dos días.

–Debes estar agotada. Perdona, no debería haber venido aquí esta noche –Harry se sentó, al filo de la cama, y sacó las piernas por el lado de la cama.

Ginny se puso de rodillas, maldiciendo el estúpido camisón de hospital que parecía alejarlo de ella.

–No te vayas todavía –suplicó–. No sé cuándo podremos estar solos otra vez.

Harry ralentizó sus movimientos.

–Dormiré mejor si sé que estás aquí conmigo –le dijo a su espalda, intentando no recordar que la última vez que había tratado de dormir a su lado, había sido una pesadilla.

La miró por encima del hombro con los ojos entrecerrados.

–Quédate solo hasta que me duerma –intentó persuadirle.

Sabía en su corazón que si no se había ido cuando se había portado de forma tan horrible con él, no se iría ahora. Pero seguía siendo un alivio verle suspirar y volver a ponerse cómodo en la cama, colocándose de lado con cuidado para que ella tuviera más espacio. Luego sacó la varita y bajó la llama de las antorchas un poco más para que la habitación estuviera oscura, aunque las luces de los edificios muggles aún brillaban a través de los huecos de las cortinas.

Ginny, también de lado, puso la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos. Tal vez debería intentar dormir. Pero no podía hacerlo si Harry estaba tan rígido junto a ella. Se sentía... sola. ¿Por qué no quería tocarla?.¿No veía que era eso lo que necesitaba?

Ginny rebuscó en su mente algo de lo que hablar que no fuera muerte ni culpa ni dolor. La historia de la serpiente en el zoo parecía un buen punto de partida.

–¿Harry?.¿Por qué quería esa serpiente ir a Brasil?

–¿Eh? –casi pudo oírle fruncir el ceño–. Oh, er... de ahí era su especie. Pero nació en cautividad.

–Pero... ¿por qué iba a ser Brasil un hogar para una serpiente de zoo? –preguntó Ginny–. ¿Un lugar en el que nunca había estado?

–Ginny, no estás durmiendo –la riñó.

–No, en serio –continuó ella–. ¿Había algún recuerdo de Brasil transmitido en los genes, y por eso la serpiente quería ir allí?

A Harry no le interesaba la serpiente.

–Si yo no estuviera aquí, no tendrías nadie con quien hablar, y por tanto, estarías dormida.

–Vale –suspiró–. Quiero que te quedes.

Se movió un poco más cerca de él. Oyó su inhalación y le sintió ponerse rígido. Ginny espero hasta que se relajó y luego se acercó un poquito más. Su nariz le tocaba la camiseta, y olía tan bien...

De pronto, volvía a estar con él en esa habitación blanca con el olor de las rosas a su alrededor... y entonces estaba con él bajo las estrellas con la música de las piedras en los oídos.

Era como esa serpiente del zoo, pensó. Quería ir a su Brasil de recordada felicidad y libertad.

No importaba que estuvieran en una cama dura y estrecha en un hospital antiséptico de una parte mugrienta y oscura de Londres. Brasil estaba a solo unos centímetros.

Harry había arriesgado mucho para visitarla a horas intempestivas y no iba a dormir desperdiciando su tiempo con él, pensó, con el pulso acelerándose ante la nueva idea.

Pero a Harry se le había metido en la cabeza que debía dormir. Y hacer cambiar de opinión a Harry, especialmente si consideraba que estaba siendo noble y sacrificado, era prácticamente imposible.

Ginny suspiró. Tal vez besar y tocar a Harry no fuera lo correcto tan cerca de la muerte de tía Martha.

Te proporcionó despedirte.

Tía Martha lo entendería. Después de la dura tarea de decirle adiós, tía Martha querría que Ginny volviera a casa. Y de repente, su casa no era un lugar.

¿Pero cómo iba a convencerle? Ginny nunca había seducido a nadie antes. Más aún, sentía una gran desventaja con su horrible pelo y su camisón arrugado de San Mungo.

No pienses en eso, se dijo a sí misma. Piensa en él. No había dicho ni una palabra de su pelo, pero sí que había mencionado su espalda dos veces; su no muy interesante espalda pecosa. ¿Qué quería decir eso?

No serviría de nada exhibirse; se limitaría a concentrarse en él y hacer las cosas que le gustaba hacer.

Decidió empezar por las gafas. Déjalo ciego primero y luego ataca, pensó Ginny con una risa interna. Antes de perder la resolución, se las quitó de la nariz.

–¿Qué haces? –preguntó él con cautela.

–He pensado que estarías más cómodo –contestó Ginny, poniéndolas en el alféizar de la ventana–. Eh, siempre me he preguntado... ¿cómo ves sin gafas?

–Veo bien de cerca, pero no las distancias –llegó la respuesta.

Ginny pensaba que sería mejor si no pudiera verla bien, pero ya no podía hacer nada al respecto.

–Deberías intentar dormir –la urgió.

–Vale –dijo ella, acercándose más para que su boca estuviera junto a ese intrigante hueco en su omóplato. Podía sentirle intentando alejar la barbilla de su cabeza. Se esforzaba tanto por no distraerla del sueño. El bueno de Harry, pensó, rozando suavemente su piel con los labios.

–Ginny...

–¿Qué? –preguntó antes de desabrochar un botón y mover la boca hacia abajo por la abertura. Seguía tan moreno y saludable y... hermoso.

–Se supone que tienes que dormir –dijo, algo desesperadamente. No podía alejarse porque ella le tenía acorralado contra el enrejado.

–Ah –dijo ella, pasando al siguiente botón.

Casi le había desabrochado la camisa cuando su camisón, que se arrugaba bajo ella, le tiró del cuello de pronto, ahogándola.

Se arañó el nudo, pensando en lo mucho que odiaba ese camisón, odiaba el hospital, odiaba su pelo.

Y no tenía ni idea de cómo seducirle.

Se estaba asfixiando; ahogándose en la impotencia de estar atada, igual que...

El fino algodón se rasgó bajo su mano, pero el lazo siguió atado. De repente, era demasiado; con un sollozo, enterró el rostro en una curva del cuello de Harry.

–¿Ginny? –parecía asustado.

–Este camisón es tan feo... –dijo, con la voz quebrada–. Y me está ahogando, igual que esas cuerdas.

Todo salió en cascada de ella: lo que había estado tratando de esconder todo el día, de los sanadores, de sus padres, de sí misma.

–Me cortaron y me hirieron y me hicieron fea, y ahora soy fea por dentro, porque no puedo dejar de pensar en toda esa maldad. Y tú... –estaba llorando con más fuerza ahora, y sus lágrimas hacían que la piel de Harry se volviera húmeda y pegajosa e incómoda bajo su mejilla–. Tú eres lo único hermoso que queda.

Sintió que la envolvía con los brazos.

–No he servido para nada en todo este asunto. Desearía saber qué hacer –le confesó él, hablando en lo alto de su cabeza.

Ámame, llegó la respuesta de lo más profundo de su alma, como hacías antes de que fuera fea, cuando todo era bueno.

Le oyó inhalar bruscamente.

Tal vez había dicho esas palabras en voz alta.

–Vale –susurró él, besando la lágrima en el borde de su ojo. De pronto estaba ahí, sin contenerse, sin miedo de tocarla.

–Vale –repitió, besándole el otro ojo. Volvía a tocarla con manos amables y la besaba por todo el rostro, como si fuera lo más hermoso del mundo.

No pudo dejar de llorar durante un rato. La maldición cruciatus había separado cada célula de su organismo de manera que el dolor era todo lo que su cuerpo recordaba.

Pero él la recompuso de nuevo, lentamente, cuidadosamente, cariñosamente.

Desató ese lazo odiado y la besó en el punto en que le había presionado en la carne. Le acarició el pelo; movió la cálida boca por su cuello y sus hombros. Luego tiró de la horrible prenda y la cubrió con su propio cuerpo.

Mientras se aferraba a él, la imagen de su ciervo cabalgando sobre el agua tormentosa de la finca Malfoy le vino a la mente. Había puesto la cabeza sobre el cuello de su unicornio y juntos, las dos mejores partes de ellos habían iluminado la hora más oscura de la noche.


–¿Harry? –aún estaba muy oscuro fuera, y había mucho silencio: ni siquiera los molestaba el ruido del tráfico todavía.

–¿Hmm? –estaba a medias dormitando y acariciándole el cuello con la nariz, con los brazos firmemente envueltos a su alrededor.

Ginny respiró hondo.

–Penelope dijo que tú necesitabas más apoyo emocional que yo.

Abrió los ojos como platos, como si acabara de vaciarle un cubo de agua en la cabeza.

–¿Qué quiere decir eso?

–Quiere decir... –Ginny no sabía lo que quería decir en realidad–. Que no he sido muy justa contigo.

Él se movió para poder verle la cara. Se sintió fría donde sus brazos la habían dejado, pero luego volvió a sujetarla con fuerza de nuevo.

–Ginny... –veía que se sentía perdido con ese giro de la conversación–. No existe lo justo¿vale? Tú eres la que ha pasado por todo eso, no yo.

–Pero ¿qué hay de la búsqueda?. ¿Y toda esa preocupación?

Harry cerró los ojos un momento.

–La peor parte era no saber, y sentirme inútil. Y ahora, cuando he venido aquí esta noche, me he sentido igual de inútil. No sabía cómo ayudarte.

–Pero sí que me has ayudado –le susurró.

–Pero no sabía qué hacer hasta que tú me lo has pedido –hizo una pausa–. Tú nunca me pides nada... –tragó saliva–. Y yo quiero dártelo todo.

–Oh –Ginny exhaló, sintiendo que el corazón se le derretía de ternura por él. Le acarició el pelo–. Eso no es verdad... Esta noche te he pedido que te quedaras y lo has hecho. Y ayer te pedí que estuvieras bien por mí.

Los ojos eran de un verde suave y desarmado cuando le devolvieron la mirada.

–Estás bien,¿verdad? –le preguntó.

Harry no contestó rápidamente, pero la abrazó con fuerza, sin mirarla a la cara.

–Lo estoy ahora –le dijo a su hombro–. Pero no podía estar bien yo solo, así que en realidad no hice lo que me pediste.

–No te puse ninguna condición, tonto.

–Lo sé. Creo que te necesito más de lo que tú me necesitas a mí, y eso es...

–Harry,¡no puedes creer eso de verdad! –intentó mirarle a la cara, pero él la mantuvo enterrada en su cuello mientras hablaba.

–Cuando no podíamos encontrarte, no dejaba de recordar la parte de unicornio que hay en ti, a la que no se puede atrapar –su voz era apagada y débil–. Y no paraba de pensar, "por favor, que el bien gane esta vez".

–El bien siempre gana, Harry –podía decir eso con absoluta fe. Lo había visto¿no?–. Puede que tenga que pasar mil años inactivo, pero siempre está ahí, intacto.

–Mil años es demasiado tiempo –dijo él con seriedad.

–Sí que lo es –estuvo de acuerdo–. Pero no sé qué puedes hacer tú para cambiar eso...

Por fin levantó la cabeza.

–He leído tu entrevista. Sé lo que te costó pasar por todo eso. Eres una bruja poderosa, Ginny.

–¡Pero eso no quiere decir que no te necesite! No habría sabido nada de eso... No habría creído lo suficiente en mí misma para acceder a esa magia si no hubiera sido por ti y por tía Martha –le miraba a los ojos, deseando que la creyera–. Harry, yo no estaba bien hasta que has venido aquí esta noche; y tenía a mis padres y a los sanadores y a todo tipo de gente siendo amable conmigo –hablaba más rápido ahora, como si acabara de tragarse un vaso de veritaserum–. Tú eras el único que quería... tú eres el único que me hace feliz. Podremos tener cicatrices a juego, pero eso no es todo lo que tenemos... –bajó la vista hacia él y le puso las manos a los lados de la cara para enfatizarlo–. Tenemos Brasil.

Él se quedó mirándola.

–¿Brasil?

Ginny soltó una risita por lo bajo.

–Ya sabes, la serpiente de zoo recordaba que allí hacía calor y se estaba bien.

–Sigo sin...

Le besó con delicadeza, adorando la sincera confusión de su rostro.

–Es un lugar solo para nosotros dos y en el que, no importa dónde estemos, aún puedo oír las piedras cantando y ver las estrellas fugaces. Eso es lo que quiero decir con Brasil.

–Pero...

–Es como un hogar feliz –le acarició la nuca.

–Ah.

–Al que los dos pertenecemos –le rozó los hombros.

–De acuerdo –susurró él, apoyándose en el antebrazo y tocándole la cara.

Los ojos de Ginny se bloquearon en los de él.

–Es lo bueno que hay entre nosotros.

Los dedos de Harry rozaban sus cejas, sus labios.

–Y no nos ha costado mil años encontrarlo.

–No –empezó a besarla bajo la barbilla, a lo largo de la mandíbula.

–Y no está a miles de kilómetros –su boca estaba torturantemente cerca cuando la besó en la mejilla.

–¿Dónde está? –le sonrió a los ojos, con los labios a centímetros de los suyos.

Su corazón se disparó al verle sonreír de nuevo.

–Justo aquí –dijo.


Oían a los sanadores nocturnos saludar al siguiente turno que llegaba. Harry le dio un último beso en el hombro y luego se puso a buscar el camisón.

–Sí que es feo –dijo, pasándoselo–. Pero tú no lo eres.

–Aún no tienes las gafas puestas –señaló ella. Se sentó y se anudó el camisón arrugado en el cuello. La luz de la mañana era suave y clara. Iba a ser un día hermoso.

Harry se estiró y cogió sus gafas del alféizar de la ventana.

–Estás guapa –dijo lentamente–. Y tu pelo es más largo.

–Por fin te has dado cuenta –resopló–. Penelope me echó desechos de pociones –puso los ojos en blanco–. Créeme, hacer crecer el pelo duele.

–No tanto como que te crezcan los huesos –contestó él con una amplia sonrisa. Empezó a buscar su camisa.

Ella sacudió con la cabeza.

–No hay forma de que pueda competir contigo,¿verdad?

–No, y no quiero que lo hagas –dijo. Se puso la camisa distraídamente y recogió la capa invisible.

–De verdad disfrutas merodeando con esa cosa¿verdad? –observó.

Él se rió.

–Anima un poco las cosas, sí.

–Merlín te libre de aburrirte algún día –dijo Ginny, poniendo los ojos en blanco.

–No si estás tú cerca –dijo él con ojos brillantes.

Encantada del cumplido, se puso de rodillas, estirándose hacia él como había hecho por la noche. Esta vez él la estrechó con fuerza.

Habían manejado la tormenta, y la luz del día era resplandeciente.

–Estamos bien,¿verdad? –preguntó Ginny.

Sus labios se giraron en una sonrisa involuntaria.

–Sí.

–Siempre vamos a estar bien,¿verdad? –preguntó ella, sintiéndose fuerte y llena de esperanza al mirar los ojos verdes que tanto amaba.

–Siempre.


N/A: Gracias a Sherry por aguantar mis nervios y muy especialmente a Julu, que me convenció de no suicidarme más de una vez. En este capítulo tenía que llevar a mis dos personajes del dolor a la comprensión a la curación y a la felicidad, y tenía que hacerlo de modo que ninguno fuera demasiado intuitivo. Lo creáis o no, los comentarios que he recibido de todos vosotros sobre el capítulo trece fueron una gran ayuda. Ver qué funcionaba en ese capítulo me ayudó a darme cuenta de lo que no funcionaba en este capítulo (y había mucho que no funcionaba, creedme).

¡Un capítulo más!