Saludos desde Ecuador para mis lectores.
Aprovechando que mi motivación para escribir sigue más viva que nunca, les traigo un capítulo más de mi saga.
Como siempre quiero agradecer de antemano a las personas que disfrutan de esta trama y a quienes además me apoyan con sus comentarios. Muchas Gracias Hikaru Kino88, Suki90 y Kumikoson4 por sus reviews.
[Saint Seiya/ Los Caballeros del Zodiaco] – Saga: CATACLISMO 2012
Escrito en Ecuador por Kazeshini
CAPÍTULO 14: ¡MAGNIFICENCIA! EL VERDADERO PODER DE VIRACOCHA
El término quechua 'Pacha', además de referirse a la tierra como elemento, también significa (a la vez) tiempo y espacio, es decir, un plano de existencia. Los pueblos ancestrales andinos dividieron la realidad en varios espacios horizontales: La Ñaupa Pacha (el mundo primigenio, el mundo del ayer, el mundo de los ancestros), la Kay Pacha (el mundo del aquí y del ahora, el mundo humano actual), la Hanan Pacha (el mundo de arriba, el mundo de los dioses), La Sanka Pacha (el mundo de los castigos, el mundo de los condenados) y la Urin Pacha (el mundo de abajo, el inframundo.)
==Santuario de Atenea, Casa de Tauro==
Los antecesores y sucesores de Aries y Tauro se reunieron en las ruinas de lo que fue el Segundo Templo. El dios caído se reincorporó para ver que ahora debía que derrotar a cuatro poderosos rivales.
—Cuatro contra uno es injusto, ¿no creen? —comentó Viracocha con un sutil dejo de sarcasmo.
—Lo siento, supremo inca. Pero esta batalla innecesaria está a punto de terminar. ¡Como Santos de Atenea que somos, no permitiremos que acabes con la existencia de humanidad! —desafió enérgico el renovado Zephyrus de Tauro.
Aquel joven conformista y apático fue reemplazado por un guerrero decidido y valiente.
—Me es grato ver que has recuperado la razón, pero no creas que eso te bastará para derrotar a un dios.
Sin previo aviso, la deidad inca arremetió contra el Caballero de Tauro, dando un salto recto hacia él. Advirtiendo aquello, Mû y Kiki interpusieron en su camino dos 'Muros de Cristal', uno tras otro. Por desgracia el cosmos divino que emanaba el atacante fue suficiente para quebrarlos sin esfuerzo.
—¡No te será fácil vencerme, Viracocha! ¡'Brazo de Acero'! —exclamó Zephyrus lanzando un fuerte golpe a la vez que su rival.
Ambos puños se estrellaron uno contra otro con la misma magnitud, lo cual ocasionó una violenta explosión cósmica. Aldebarán, Mû y Kiki se vieron obligados a protegerse de la fuerte onda de choque generada.
—Es demasiado fuerte. La fuerza física no bastará para vencerlo… —admitió entre dientes el Santo de Oro, al notar que la protección dorada de su antebrazo derecho había sido completamente destrozada, al igual que los huesos de su mano.
—Al fin pude ver el verdadero color de tus ojos, Zephyrus. Para nada eres un humano común —lo elogió el dios de cabello verde, frotando el brazo impactado en un intento por mitigar el dolor.
La técnica de Tauro había fracturado huesos de su antebrazo
—Ahora entiendo el porqué de tu fuerza. Estoy seguro de que por tu sangre corre la herencia de mis ancestros incas.
—Nací en Sudamérica si a eso te refieres —reveló con orgullo el fornido Caballero—. Específicamente en Ecuador.
—Lo sabía… Ese porte, esa negra tonalidad de cabello, ese inmenso poder, esa voluntad inquebrantable; son todos dignos de un auténtico habitante de los Andes. Atenea fue muy sabia al otorgarte la armadura dorada que representa al Búfalo Dorado.
—Se acabó, Viracocha. No podrás pelear en esas condiciones contra cuatro de nosotros —intervino amenazante el joven de Aries, cambiando el hilo de la conversación.
—Espera Kiki. Aún es muy pronto para que te precipites —lo atajó su maestro Mû—. Recuerda que nuestro enemigo es nada más y nada menos que un dios supremo.
La deidad andina clavó los ojos negros en sus cuatro rivales. El silencio en las ruinas de la Segunda Casa era interrumpido solo por el silbido del viento.
—Qué fuertes se han vuelto los humanos en todos estos años. Hace un tiempo atrás, no podrían imaginarse siquiera tocar a un dios. Pero ahora es distinto…
El semblante de Viracocha se tornó serio al mirar su grueso brazo goteando sangre.
—Sin duda su voluntad y determinación me demuestran el verdadero valor de la humanidad. ¡Pero si quieren salvar a su especie, deberán ser capaces de derrotarme! ¡Enfrentarán el poder máximo que es capaz de desatar el supremo inca!
Los Santos de Atenea se pusieron en guardia tras la terrible amenaza. Todos excepto Aldebarán, quien dando unos pasos al frente, se posicionó delante de su sucesor.
—Supongo que podría considerarme como tu maestro, Zephyrus. Así que observa bien y aprende lo que puede hacer la máxima técnica de Tauro —le ordenó el de armadura negra al nuevo Caballero de su signo, quien solo atinó a mirarlo confundido.
—Aldebarán, espera. Tú solo no podrás…
—Señor Aldebarán para ti, muchacho —le reprendió aún dándole las espaldas—. Recuerda que debes respetar al guerrero que vestía esa armadura dorada incluso antes de que tú nacieras…
Zephyrus se vio intimidado por su antecesor, y sin protestar retrocedió poniendo atención a cada uno de sus movimientos. El joven de Tauro entendía el orgullo que podía llegar a poseer un Caballero Dorado. De igual forma, al comprender lo que sentía Aldebarán, Kiki y Mû solo se limitaron a observar.
El cosmos del antaño Toro Dorado se elevó hasta el infinito, estremeciéndose el Santuario entero ante tal demostración de poder.
—¡'Supernova Titánica'! —bramó con furia Aldebarán posando fuertemente las palmas de sus manos en el piso. La tierra bajo él se despedazó y se elevó para dejar escapar una poderosa ráfaga de energía luminosa que impactó directamente contra la deidad. Los picos de tierra combinados con la mortal carga de luz dorada, vapulearon a su objetivo.
Aquella técnica nunca antes ejecutada por Aldebarán tuvo un efecto devastador. El terreno entero de la Segunda Casa había sido arrasado y solo quedaba un enorme cráter en su lugar. En su centro se podía ver a Viracocha de pies, tras una densa nube de polvo. Aunque había algo diferente en él…
—Es cierto que ya no puedo pelear contra ustedes físicamente debido a mi brazo roto, pero aún me queda el poder de mi cosmos. Jamás lo subestimé, Caballeros de Atenea. Y espero que ustedes no me tomen a la ligera tampoco.
Los cuatro guerreros se quedaron boquiabiertos al observar la figura que se irguió ante ellos cuando el polvo se asentó. Viracocha estaba portando su majestuosa armadura.
—Una vez más me has obligado a tomar medidas extremas para protegerme, Aldebarán. Les presento mi 'Armadura Suprema'. Yo mismo forjé estos ropajes sagrados en las entrañas de la Tierra, por lo tanto no les será nada fácil destruirlos —aseveró el dios, haciendo alarde de grandeza.
El metal de la 'Armadura Suprema Inca' poseía una extraña tonalidad marrón con retoques dorados. Colores que le otorgaban un brillo glamoroso e incluso parecían darle vida propia.
Aquel apantallador ropaje estaba bellamente adornado con decoraciones autóctonas de su tierra. Las pesadas partes que lo conformaban, habían sido diseñadas para dar una defensa perfecta al usuario, ya que cubrían todo el cuerpo de su portador al tener una proporción un tanto exagerada. A cualquiera le habría dado la impresión de que el movimiento sería difícil con tal artilugio encima, pero el dios parecía moverse con soltura.
El portentoso ken de Aldebarán se desvanecía en forma de humo dorado sobre la armadura de Viracocha, quien había resultado ileso de la agresión. Sus rivales se sintieron intimidados al contemplar a la deidad inca en toda su gloria.
—Maestro, creo que no tenemos más opción que utilizar la técnica que me enseñó… —propuso Kiki a su mentor, quien en actitud calmada negó con la cabeza.
—Sabrás el momento exacto en el cual usar esa técnica, Kiki. Por ahora concentrémonos en desaparecer primero su armadura —sugirió con calma—. Aunque la poderosa técnica de Aldebarán no dañó al dios, estoy seguro que tendremos éxito con nuestra fuerza combinada. Somos cuatro Caballeros de Oro juntos —terminó de decir el maestro de Jamir, levantando así los ánimos de sus colegas.
—Respeto su gran determinación, guerreros. Pero todo intento que hagan para derrotarme, será infructuoso.
Ninguno de los cuatro le puso atención a la advertencia del hombretón de verde melena. Los contendientes humanos habían empezado la tarea de encender sus cosmos a su máximo posible. El cuarteto de auras doradas que iluminó por completo el recinto de Atenea, daba a entender que los guerreros estaban listos para ejecutar sus técnicas al unísono.
—¡Por la humanidad! ¡'Extinción de Luz Estelar'! —exclamó el Caballero Dorado Kiki de Aries, para luego liberar su energía luminosa.
—¡Por las personas que amamos! ¡'Gran Cuerno'! —rugió Zephyrus de Tauro, expulsando su poderoso ken con los brazos cruzados.
—¡Por la justicia en la Tierra! ¡'Revolución de Polvo Estelar'! —gritó Mû, el Caballero Blanco de Aries, disparando miles de proyectiles luminosos.
—¡Y por Atenea! ¡'Supernova Titánica'! —bramó nuevamente Aldebarán, Santo Negro de Tauro, haciendo que su técnica recorra la tierra en línea recta hacia el dios en Armadura Suprema.
Las cuatro técnicas se fusionaron en una enorme masa de energía dorada.
Con los ojos casi desorbitados, el inca presenció el ken combinado acercándosele peligrosamente.
—«No pienso recibir con mi cuerpo tal cantidad de cosmos. Bastará con mi velocidad para evitar salir herido» —reflexionó confiado Viracocha en la transición con el impacto.
Ninguno de los presentes notó que una bella música estaba siendo entonada por una lira. La dulce melodía fue capaz de conseguir el prodigio de paralizar a la deidad andina por completo.
—¡Esa música la conozco! ¡Pero cómo es posible que impida así mi movimiento! —profirió desesperado el dios en un intento por liberarse, mas todo esfuerzo fue inútil.
—'Serenata del Viaje de la Muerte' —intervino una débil voz femenina.
June de Lira había llegado a escena y con el apoyo cósmico de sus compañeros de Plata, consiguió ejecutar su poderosa técnica. El cosmos combinado de Jabú, Nachi, Geki, Ichi y Ban reforzó el ken musical. La Amazona y sus camaradas consiguieron un milagro: detener el movimiento de un dios. Aunque sus armaduras estaban destrozadas y sus cuerpos maltrechos, entre todos habían formado un único y poderoso cosmos, el cual alcanzó el Séptimo Sentido.
—¡Ni la muerte podría detener a los Caballeros de Atenea en su intento por defender la justicia! —manifestó entre lágrimas el Santo de Plata Ichi de Cuervo.
—¡Ni mi esfuerzo, ni el de mis compañeros será en vano! —lo secundó Geki de Hércules, esforzándose por mantener la consciencia.
Los Santos de Plata habían caído al piso exhaustos por el esfuerzo, pero aún así seguían apoyando a June. El cosmos alrededor de esos seis valientes se había tornado dorado por un corto instante.
Viracocha simplemente se limitó a observarlos esbozando una ligera sonrisa.
—«Sin duda los humanos son capaces de lograr grandes proezas —admitió para sí la deidad ataviada en armadura sagrada—. Sabía que esos Caballeros de Plata eran guerreros poderosos».
Lo único que pudo hacer el hombretón fue cerrar los párpados y esperar resignado la colisión. La cuádruple técnica lo impactó estrepitosamente, provocando una gigantesca explosión de luz dorada. Los indefensos Santos de Plata fueron alejados violentamente de la escena. No tenían energías para protegerse de aquella terrible expansión de energía.
Tal cantidad de cosmos liberado había destruido una gran proporción del Santuario de Atenea. Una gran extensión de terreno detrás del lugar de la explosión se vio completamente arrasada.
—¡Lo logramos, maestro! —se regocijó el nuevo Carnero Dorado, al no sentir el cosmos de la deidad—. ¡Con la ayuda de nuestros amigos de Plata pudimos vencer a ese dios!
—No me confiaría todavía, Kiki —le aconsejó su camarada Zephyrus—. No debemos subestimar a Viracocha aunque su cosmos se haya apagado.
La calma había vuelto al lugar y solo se veían pequeñas motas de luz desprendiéndose del piso y de la 'Armadura Suprema Inca'. El silencio se tornó perturbador.
Los cuatro guerreros observaron atentos la figura inmóvil de Viracocha, quien aún se mantenía en pie.
Pese a las predicciones de su creador, el poderoso ropaje supremo lucía ligeramente agrietado y dañado. La expresión en el rostro del dios era de dolor inconcebible. Su deformado semblante mostraba unos ojos en blanco, y una boca abierta a su máximo posible, como si estuviera gritando.
Inerte, cayó de bruces al piso. El peso combinado del hombretón y su armadura, retumbaron fuertemente contra la tierra.
—Parece que definitivamente conseguimos la victoria, amigos —supuso el Caballero Negro de Tauro, acercándose con cautela para inspeccionar a la víctima de las cuatro técnicas doradas.
Aldebarán apenas pudo dar un par de pasos, porque la tierra se empezó a sacudir con intensidad. Aquel sismo que tenía como epicentro al cuerpo del dios inca, pudo ser sentido en prácticamente toda Grecia. Viracocha, con su rostro aún en tierra, no había sido derrotado todavía y su cosmos divino se elevaba en una proporción inimaginable.
—Caballeros de Atenea... He experimentado nuevas sensaciones que para mí como un dios, eran desconocidas. Gracias a ustedes conocí el dolor, e incluso el miedo a dejar de existir —admitió reincorporando su peso y el de su armadura—. Y ahora me obligarán a ejecutar una de mis técnicas divinas para terminar de una vez con esta batalla que jamás debió comenzar.
Una majestuosa aura cósmica marrón baño el cuerpo del inca.
—Mi naturaleza de cosmos está representada por el elemento de la Tierra —explicó recuperando el porte solemne, a pesar de lo maltrecho que se encontraba—. La Pacha Mama es la Madre Tierra, a la cual todos volveremos algún día. Ahora será su turno para regresar a su lugar de origen...
Kiki, Mû, Aldebarán y Zephyrus estaban exhaustos por el esfuerzo reciente. No sabían cómo reaccionar ante tal ultimátum. Su instinto de supervivencia les obligó a querer alcanzar entre los cuatro el nivel cósmico que estaba desatando su oponente, mas su esfuerzo fue inútil y se quedaron cortos en comparación con el poder de Viracocha.
—¡'TERREMOTO EN KAY PACHA'! —exclamó el andino, dejando caer fuertemente su pie izquierdo sobre la tierra.
Las entrañas mismas del planeta se estremecieron tras el portentoso impacto, provocando un fuerte terremoto que fue capaz de destrozar los Doce Templos, los cuales colapsaron cual frágiles castillos de naipes. La cámara del Patriarca, el Monumento de Atenea, Starhill y el pueblo de Rodorio fueron también despedazados en segundos.
El terrible sismo llegó al extremo de sentirse en todo el mundo. Desde Asgard hasta la Antártida, la humanidad entera fue testigo del poder del supremo inca.
Aquel terremoto era apenas el inicio de la técnica divina. Desde el epicentro originado en el pie de Viracocha, una innumerable cantidad de picos y plataformas de tierra y roca se elevaron a gran velocidad, vapuleando y aplastando de manera inmisericorde a los cuatro guerreros de Atenea. Ni siquiera Kiki y Mû con su 'Telequinesis' o sus 'Muros de Cristal' fueron capaces protegerse.
La calma volvió tras el cataclismo, pero la Tierra entera era un caos para entonces, ya que para muchos el Fin del Mundo había comenzado.
En lo que alguna vez fue el Santuario de Atenea, los cuatro valientes guerreros que se atrevieron a retar a un dios permanecían inmóviles sobre la irregular tierra. A pesar de las graves heridas sangrando sin cesar, el dolor ya no significaba nada para ellos, pues sus cuerpos estaban entumidos a causa del excesivo maltrato.
Para rematar, los ropajes dorados de Aries y Tauro estaban casi destrozados, al igual que las armaduras negra y blanca de Aldebarán y Mû, respectivamente.
—«Ya no puedo sentir nada... ¿Entonces así se siente morir? —reflexionó Kiki observando por inercia la Maravilla Suprema flotando sobre él. Aquella fortaleza emanaba un hermoso resplandor divino, que el joven muviano apenas podía contemplar. Su visión se veía nublada porque su cabeza estaba aturdida y casi no podía moverse.
—«Si Seiya y mis amigos me vieran así, de seguro se reirían de mí» —se dijo a sí mismo, sonriendo levemente.
Unos cálidos dedos hicieron contacto con los suyos. Su antecesor y maestro Mû, había hecho un esfuerzo para arrastrarse hasta llegar a su pupilo y tomarlo de la mano. Esa suave caricia lo volvió a la realidad.
—«Kiki...Ahora que la vida se me escapa, debo confesarte que desde siempre has sido más que solo un alumno para mí. Me has acompañado con tu sonrisa en la soledad de Jamir y has iluminado mis días con tu actitud jovial. Te considero como un verdadero hijo y perdóname por no habértelo dicho antes».
Las palabras telepáticas de Mû consiguieron sacarle lágrimas al joven de cabello castaño rojizo, quien no supo qué responderle a su mentor.
—«No sabes el orgullo que tuve al verte como todo un hombre, vistiendo mi querida armadura de Aries. Me imagino lo mucho que habrás luchado por obtener el título de Caballero Dorado. Por eso, perdóname también por haber sido tan drástico al probar tu valía como Santo de Atenea —le continuó diciendo con nostalgia el antaño Dorado—. La existencia temporal que se me otorgó en este mundo, está a punto de terminar. Por su parte Aldebarán y Zephyrus han perdido la consciencia y están luchando por sus vidas. En este momento eres nuestra única esperanza… Mi querido Kiki, tú sabes qué hacer...»
Viracocha observó con pesar a sus cuatro rivales tendidos en el piso. Apenas y podían moverse. Ver a los humanos que se atrevieron a retarlo en tan mal estado, provocó que la compasión naciera en su corazón divino.
—Han luchado con todas sus fuerzas y los admiro por eso, Caballeros —declaró el inca, dándoles las espaldas a sus maltrechos contrincantes—. Y como ya he causado suficiente daño en la Tierra con mi técnica, me marcharé en paz y les perdonaré la vida.
—¡Espera, Viracocha! ¡Esta batalla todavía no termina! —exclamó con autoridad una voz detrás del dios.
Cuando éste se dio la vuelta, vio que se trataba de Kiki de Aries, quien se tambaleaba para mantenerse en pie.
—Estás más muerto que vivo, joven guerrero. No pienso pelear más contra ustedes ya que el resultado de esta lucha ya fue decidido.
—¡¿Aun siendo un dios benévolo planeas acabar con la humanidad?! —inquirió repentinamente el Ariano—. ¡¿Aun cuando te demostramos nuestro valor como deseabas, quieres seguir con tus planes de exterminar a toda la gente del Planeta?!
El dios se mantuvo en silencio por varios segundos. No quería titubear en su respuesta.
—Sí... exterminaremos a todos los humanos… —respondió fríamente y con gran seguridad—. La humanidad perdió la inocencia y la bondad con la que originalmente fue creada. Mi deseo es ver el nacimiento de una especie que sí respete al medio ambiente y a los demás seres con los que convive, tal como hacía mi pueblo ancestral inca.
Sus palabras consiguieron desatar la frustración e ira del Ariano.
—No todos los humanos son destructores de la naturaleza, Viracocha. Nos hemos ganado el derecho de existir a lo largo del tiempo. Por eso, en nombre de mis amigos, en nombre de mi maestro... ¡En nombre de mi diosa! ¡Y en nombre de la humanidad entera! ¡Acabaré con tu existencia aquí y ahora!
El cosmos de Kiki se elevó a niveles insospechados para un Santo de Oro. Viracocha observó atónito aquella grandiosa demostración de poder.
—¡Increíble! ¡Este joven está a punto de superar los límites del Séptimo Sentido! —expresó desconcertado el inca, al ver el ambiente iluminado en dorado—. No podría ser que despierte… la Gran Voluntad… ¡el Último Sentido…!
Por un instante, Kiki fue capaz de trascender los límites de la máxima manifestación de cosmos del Séptimo Sentido, para desatar ese súper sentido que va mucho más allá de los demás. Aquel estado superior de conciencia que permite liberar la energía creadora del Universo.
—¡Maestro Mû! ¡Esta es nuestra última esperanza! ¡La técnica capaz de vencer a un dios!... ¡'Onda de Espíritus Celestiales'!
Continuará…
¡Gracias por leer este capítulo! En el siguiente... ¡el desenlace de la pelea contra Viracocha! Un abrazo desde Ecuador.
Próxima actualización, sábado 21 de julio de 2012
