Condes de Chester:

Capítulo XIV.

—¡Joey!— gritó la joven a quien los Condes llamaban Roux Anne cuando estuvo a una corta distancia de la carreta en la que el rubio, Mokuba y Serenity viajaban. Le había llevado unos cuantos minutos acercarse y estaba agotada, además de nerviosa por su repentino encuentro con Crawford y su esposa. Aún así, no creía que él hubiera logrado reconocerla.

Le dolían las piernas, el par de calzado que llevaba era muy incómodo y por eso se lo sacó en medio de la carrera. Lo malo era que no había prestado atención a la dirección en que lo había arrojado. Pero luego se preocuparía por ello.

Joey conducía la carreta, deseando que Yami se encontrara en la tela, aunque fuera por mera casualidad, o que hacía allí se dirigiera también y que no tardara mucho en llegar. Porque al igual que el doctor Shaadi, Joey también creía que Mokuba era capaz de hacer berrinches.

Cuando Joey había aprendido a conducir las carretas, Salomón le había enseñado dos lecciones fundamentales, además de lo prudente que era jamás desviar una carreta cuando conducía por un lugar en pésimas condiciones. La primera era que jamás apartara su mirada del frente y tampoco su atención; porque así podía ver en qué condiciones se hallaba el camino y concentrarse en determinar por dónde convenía que el carruaje pasara. La otra era que jamás sacara la cabeza por un lado para mirar hacia atrás, porque tal acción podía desencadenar accidentes lamentables.

Pero Joey imponía su propio estilo de conducción, por eso no hizo caso a las recomendaciones de Salomón cuando oyó que lo llamaban. Sacó la cabeza del interior de la carreta y vio que se trataba de Roux Anne. No dudó en detenerse y bajar enseguida, ignorando las protestas de Mokuba, porque si la joven había alcanzado la carreta a pie algo malo debía estar sucediendo.

Roux Anne no aguardó a que Joey terminara de recorrer la distancia que los separaba para comenzar a hablar.

—El Señor Salomón no se encuentra bien. Necesitamos regresar y ni Tea ni yo sabemos conducir…— dijo agitada, despegando su mirada de Joey y dirigiéndola a su lado.

Joey hizo lo mismo y comprobó que Mokuba también había abandonado la carreta, no así Serenity, y ahora se encontraba junto a ellos. En su rostro se notaba que estaba desilusionado, al parecer todo complotaba para que no asistiera a la tela. Lo peor de todo era que Yami sí lo estaba esperando y no se había olvidado de su promesa.

Pero el chico no era tan egoísta para querer continuar sin importar lo que ocurriera con Salomón. Seguramente habría otra oportunidad de ir.

Mokuba dio media vuelta y en silencio se encaminó al carruaje cabizbajo, seguido de Joey y Roux Anne. La prioridad era volver al castillo, luego Joey iría por Shaadi.

En cualquier persona podía notarse la expresión de asombro luego de semejante confesión. En cualquier persona excepto el doctor Shaadi. Su rostro imperturbable marcaba presencia a cada instante viera lo que viera, oyera lo que oyera o sintiera lo que sintiera. Shaadi no era Shaadi si su rostro filtraba alguna emoción.

Y esto era algo que todos los habitantes de Cheshire sabían. Y esto Seto lo sabía.

Pero el mayor de los Condes de Chester también tenía claro que Shaadi— como cualquier otro— debía estar desconcertado tras escuchar su petición. Seguramente se cuestionaba los motivos por los que Seto pretendía que todos creyeran que su hermana estaba enferma.

—¿Esto que me pides— habló por fin, tomando asiento en uno de los sillones marrones e indicándole con la mano a Kaiba que se sentara en el otro— tiene que ver con la cita que tengo fijada con tu hermana esta tarde?

Seto sí se extrañó ante aquella pregunta, y no dudó en demostrar su asombro.

—No sabía que atenderías a mi hermana hoy.

Shaadi asintió y explicó:

—Esta mañana Yami vino a verme bastante preocupado por el comportamiento de Tea e insinuó que determinadas actitudes podían tratarse de síntomas de alguna enfermedad, aunque yo dudo que lo sean.

Seto notó que Shaadi no solo miraba con atención a un lugar de la sala donde no había nadie sino que sus ojos lucían igual que en las dos oportunidades en que se había estado mofando de él. ¡Pero allí no había nadie!

Kaiba irritado sacudió la cabeza, no estaba comprendiendo qué pasaba por la mente del médico del condado y sus últimas palabras no cargaban con indicios de qué se podía tratar.

—¿Qué síntomas?— interrogó preocupado.

Él no había notado nada en Tea que lo hiciera pensar en que pudiera estar enferma, aunque últimamente no le había prestado mucha atención a su hermana. Recordó que esa mañana en la que había discutido con Mokuba, ella lucía tan normal como siempre.

Shaadi volvió a prestarle atención, ahora sí con su rostro y su mirada inmutables.

—Dijo que se acostaba demasiado temprano y que en medio de la noche…

—Ya— lo interrumpió Seto—. Nunca me interesó cuándo se acuesta mi hermana ni qué hace después— luego de esta aclaración innecesaria continuó—. No te vine a pedir que le digas a Tea ni a Yami ni a Mokuba que está enferma, sino a los demás, en el caso de que un ó una desconocida venga a preguntarte.

Seto tenía claro que la única persona que le preguntaría sería una mujer.

—¿Por qué?

Lo cierto es que Seto aguardaba esa pregunta; podía decirse que la veía venir desde que le confesó por qué venía. Pero no estaba muy seguro de hasta qué punto debía explicarle su plan. ¿Cuánto le convenía que Shaadi supiera?

Sin percatarse de ello, Seto se sumergió en su debate consigo mismo sobre qué hacer por unos cuantos minutos en los que Shaadi ni se molestó a interrumpirlo. No al menos hasta que comprendió que si Seto seguía sin decir nada estaría perdiendo un tiempo valioso para ocuparse de otras cosas que se disponía a hacer antes de la inesperada visita.

Además, sabiendo su profesión, Seto tenía que tener claro que no podía hacer lo que le pedía.

—No hace falta que me expliques tus razones si no quieres. De todos modos, no puedo ayudarte— puntualizó con parsimonia. Aquella rotunda afirmación alarmó a Kaiba—. No puedo mentir sobre ese tipo de cosas, y doy por descontado que eso lo sabías.

—Pero… solo le tendrías que mentir a una persona.

— Una mentira puede desencadenar muchas más. Ni si quiera tú deberías mentir…

Shaadi clavó su mirada en la entrada, y Seto creyó que daba la conversación por terminada. No podía ser…

—¿Y no puedes no decir que Tea no está enferma?— insistió.

Seto no pudo obtener respuesta de Shaadi porque en aquel momento Joey entró en la sala corriendo. El rubio se detuvo junto a Shaadi y dijo:

—Doctor, necesito que venga al castillo— Joey respiró profundo antes de dar alguna explicación. Shaadi y Seto ya estaban de pie y eso hizo que notara la presencia del Conde allí, lo que le extrañó—. El señor Mouto no se encuentra bien.