Acá les dejo el siguiente capítulo, ¡con más de 12 páginas de Word!

Muchas gracias a Paladium y Leixandra Aymar por sus reviews.

¡A leer!


Capítulo 14: Las muchas sombras de Severus Snape.

Lily respiró hondo, cerró los ojos y hundió la cabeza en el pensadero, hasta que sintió que tiraban de ella, alejándola del mundo real y sumergiéndola en las brumosas memorias de Severus. Al abrir los ojos, se encontró en medio de un dormitorio pequeño, sombrío y escasamente amueblado. Pronto se dio cuenta que era la misma habitación que Severus utilizaba ahora como estudio.

Miró hacia su derecha e inmediatamente descubrió a un Severus de diez y seis años, sentado frente a su escritorio, escribiendo algo en un pequeño trozo de papel, con una expresión solemne y concentrada en su rostro. Lucía asombrosamente joven; Lily se había acostumbrado tanto a la forma en que se veía estando cerca de sus cuarenta, que casi había olvidado cómo era su apariencia cuando su rostro estaba cubierto de granos en vez de arrugas y sombras, cuando su cuerpo era incluso más delgado, más esquelético de lo que era ahora, y cuando sus ojos estabas constantemente oscurecidos por mechones de cabello negro y descuidado. Ni su contextura ni su corte de cabello habían cambiado dramáticamente desde entonces, pero (como Lily había notado inmediatamente al ver al Severus adulto) había algo dramáticamente diferente en la manera digna en que el Severus de treinta y ocho años se comportaba, comparada con la forma enfurruñada con que el tímido muchacho de diez y seis años permanecía encorvado.

Era un precioso día de verano. Hacía calor, pero había viento; el roble en el jardín trasero ser veía verde y suntuoso; y el sol brillaba en el cielo celeste, sin nubes. Pero la habitación de Severus estaba más oscura que el nido de una criaturita oscura del bosque. Severus mismo estaba sentado en el rincón más oscuro del cuarto. Lucía tan pálido que Lily dudó que hubiera siquiera puesto un pie en el exterior en todo el verano. Apoyaba el mentón en una mano, mientras hacía repiquetear sin descanso la punta de su pluma contra la mesa, mirando intensamente un pedazo de papel que se encontraba frente a él, con una mirada melancólica y atormentada en sus ojos.

–¿Qué tienes ahí? –preguntó Lily, sin esperar una respuesta de aquella vieja memoria.

Espió sobre el hombro de Severus para ver qué había escrito. Inmediatamente sonrió con malicia y comenzó a reír descontroladamente.

–¡Oh, no…! –exclamó, aún riendo–. ¡No puede ser!

Severus había escrito un poema.

Te amo

como amo a la luna

como amo las tierras extranjeras tras mares extranjeros

y los libros olvidados que cargan la esencia de la noche.

Camino hacia ti bajo tierra

sobre el cielo

entre mundos de niebla y piedra.

Mi alma sueña contigo.

Tu nombre está gravado en mi interior.

–Oh, Dios –dijo Lily, intentando recuperar el aliento–. ¿Quién lo hubiera adivinado? Severus Snape, ¡el poeta secreto! Siempre supe que dentro de ese exterior frío y adusto ocultabas un alma sensible y un romántico sin remedio.

El adolescente Severus (que obviamente no podía ver ni escuchar a Lily) siguió contemplando el poema con seriedad, hasta que de repente partió el papel en dos y, gruñendo, tiró los trozos a un lado.

–¡Oh, vamos, no era tan malo! –dijo Lily con dulzura, y sonrió–. De acuerdo, era malo. Creí que la habilidad para hablar y para escribir un poema decente iban de la mano. Pero vaya, evidentemente no. Quedó espantoso, pero tengo que decir que me parece adorable que escribas poemas.

Su sonrisa murió en sus labios cuando de repente recordó que todavía estaba enfadada con él.

–Así que, ¿de esto se trata? –dijo Lily cansinamente–. ¿Me muestras recuerdos depresivos sobre ti escribiendo poesía de poco nivel y sintiéndote miserable, y esperas que perdone todo lo que dijiste por lástima? Lo siento, Sev, pero esto no cambia nada. Me doy cuenta de que eras infeliz, y lo siento por ti, pero eso no quiere decir que tengas el derecho de…

Se detuvo y perdió el hilo de sus pensamientos, cuando su atención captó lo que Severus había escrito en un papel en blanco. Era una carta y estaba dirigida a ella, pero no podía recordar haberla leído.

Querida Lily:

Por favor, por favor, por favor, no destruyas esta carta antes de leerla. Sé que no quieres volver a hablarme, pero te ruego que me escuches por esta vez. Yo nunca, jamás, quise lastimarte. No sé por qué dije lo que dije, pero te aseguro que fue un accidente, un error. Daría cualquier cosa en el mundo por volver atrás, porque te extraño tanto que voy a volverme loco.

–Lo sé –dijo Lily en voz baja.

Una parte de ella sólo quería perdonarlo y olvidar, pero no podía hacerlo hasta que Severus comprendiera realmente por qué estaba enfadada con él. Sabía que no podría volver a confiar en él, hasta saber con seguridad que entendía que estaba equivocado.

–¿Por qué no puedes entender que nunca tuvo que ver con que me insultaras? –suspiró, ansiosa–. Sé que no querías decirlo, pero ese no es el punto. Estoy tan cansada de repetirlo. Si no tienes nada nuevo que decirme, no sé por qué quieres que vea esto.

Y entonces, como si la hubiera escuchado, el Severus adolescente rompió la carta en pedazos, sacó otra hoja de papel en blanco y garabateó unas pocas palabras con una mirada febril en los ojos. Lily espió sobre su hombro para ver qué había escrito y lanzó un grito ahogado.

Lily

Te adoro.

¿Por qué no puedes oírme?

S

Por varios segundos, Lily contempló sobrecogida aquella carta escrita a toda prisa, incapaz de formar un pensamiento coherente en su mente.

–¿Severus? –dijo, con voz muy débil, mitad sorprendida, mitad asustada.

Miró a Severus, esperando verlo reír histéricamente ante la carta, pero lucía increíblemente serio. Sentía cada una de las palabras que había escrito.

Sin poder hacer nada, Lily miró la carta, luego a Severus, nuevamente la carta, y nuevamente a Severus, abriendo la boca como si fuera a decir algo. Pero por una vez en la vida, estaba sin palabras. ¿Se estaba perdiendo algo, o acababa de confesar que él, Severus –Severus Snape, Sev– sentía algo por ella? Debía haber entendido mal. Era imposible…

Le hubiera gustado tener un momento para ordenar sus pensamientos y sentimientos, ya que parecían estar dispersos por doquier, como si algo dentro de ella hubiera explotado. Pero siquiera tuvo tiempo para pensar en lo que acababa de ver, ya que Severus se había puesto de pie. Colocó la carta en un sombre y se dirigió a la puerta.

–Ahora o nunca… –escuchó que murmuraba entre dientes.

El mundo alrededor de Lily se tornó borroso y la escena cambió. Aquella vez, Lily se encontró frente a la puerta de su casa de la infancia. Severus estaba de pie a su lado, vistiendo la misma ropa que en el recuerdo anterior y sosteniendo la carta que había escrito para ella. Debía haber pasado muy poco tiempo entre ambos recuerdos.

Lily se sintió mareada. Todo estaba sucediendo tan rápido que ni su mente ni su corazón parecían poder seguir lo que veía y oía. Siempre había sido bastante buena para analizar sus sentimientos, pero en aquel momento no podía siquiera nombrar la emoción que aceleraba su corazón y hacía temblar sus rodillas. No podía siquiera decir si le gustaba u odiaba aquella sensación.

–No lo entiendo, Sev… Yo… Yo no… –tartamudeó.

Pero volvió a perder el hilo de sus pensamientos cuando Severus (que había estado contemplando la puerta cerrada durante sus cavilaciones) respiró profundamente y tocó el timbre, luciendo como si estuviera a punto de vomitar sobre sus zapatos.

Por favor, que esté en casa. Por favor, que esté en casa… –murmuró, repiqueteando los dedos en la carta con nerviosismo.

Finalmente, la puerta se abrió, y la expresión esperanzada de Severus se convirtió en un ceño fruncido.

–Petunia –dijo simplemente, asintiendo mecánicamente a la chica que había abierto la puerta.

–No quiere verte –replicó Petunia agriamente, adivinando qué iba a preguntar–. Me dijo que no te dejara entrar. No es como si yo te hubiera recibido, de todas formas. Esta vez sí que la has hecho, ¿verdad? Nunca la había visto tan enojada.

Severus apretó los dientes, como si estuviera resistiendo las ganas de convertirla en un tritón.

–Me gustaría que le dieras esto a Lily –dijo, lenta y torpemente, como si hiciera poco que había aprendido a hablar, extendido el sobre, vacilante–. Por favor –añadió a regañadientes a último momento.

Claramente, procuraba sonar educado, pero falló rotundamente en el intento.

–¿Qué es esto? ¿Una carta de amor? –preguntó ella burlonamente, haciéndole un gesto desdeñoso al sobre.

Severus se estremeció, y eso fue suficiente para que Petunia comprendiera que había dado en el clavo.

–¡No es de tu incumbencia! –gritó acaloradamente.

Pero era demasiado tarde. Petunia ya sabía.

–Oh, por Dios –dijo, su voz denotando desdén–. Sí es una carta de amor, ¿verdad? Qué triste y ridículo eres. Siempre supe que te gustaba, pero jamás pensé que fueras tan idiota como para pensar que ella podría sentir lo mismo por ti. Mi hermana puede ser una anormal como tú, pero no está ciega ni es una deficiente mental, y eso significa que está fuera de tu alcance. No me extraña que dejara de hablarte.

El rostro de Severus se volvió púrpura.

–¡Sólo dale la carta a Lily, estúpida…!

–¡No me grites, asqueroso! –chilló Petunia, cortándolo antes de que pudiera terminar–. ¡Ésta es mi casa y no tienes ningún derecho de estar aquí! ¡Estoy harta de ti, Snape! ¡Siempre eres horrible conmigo y pretendes ser genial, poderoso y mejor que cualquier otro! ¡Vete a la mierda, fenómeno! ¡Lily no te quiere aquí y yo tampoco! ¡Me alegra que finalmente haya recuperado el sentido y te haya mandado a la mierda, porque te odio y no quiero volver a ver tu horrible nariz por aquí otra vez!

Severus no necesitó que se lo repitiera. Giró rápidamente y se alejó enfadado, destrozando la carta en su puño cerrado.

La voz aguda de Petunia todavía resonaba en el aire cuando repentinamente la escena cambió y Lily se encontró en otro recuerdo.

En aquella ocasión, se encontraba en una de las calles más concurridas de Hogsmeade, en un claro y tranquilo día de invierno. Severus (que aún parecía tener alrededor de diez y seis años) bajaba por la calle con las manos en los bolsillos. Mantenía la cabeza tan agachada, que Lily apenas podía verle la punta de la nariz sobresaliendo entre la capucha de su túnica negra de invierno. A diferencia de todo el mundo que lo rodeaba, no estaba pasando el día acompañado de un risueño grupo de amigos, haciendo las compras de navidad para sus seres queridos. Caminaba por las calles sin compañía, sin nada en sus manos, luciendo terriblemente triste y solo.

Lily sintió que algo se retorcía en su interior y comenzó a sentirse incómoda. No era la primera vez que Lily lo veía luciendo miserable, pero era la primera vez que se daba cuenta qué –o, en realidad, quién– era la causa de su miseria.

–No lo sabía –dijo en voz alta, sacudiendo la cabeza–. Juro que no lo sabía. Nunca tuve ninguna pista…

Y entonces, como si no luciera ya suficientemente abatido, Severus levantó la cabeza y sus ojos se abrieron con horror. Lily siguió su mirada para ver qué era lo que había visto, e instantáneamente imitó su reacción.

Severus había divisado una alegre pareja –una chica pelirroja de diez y seis años y un joven de cabello negro con gafas– al otro lado de la calle. El muchacho corría delante de la chica, cargando varios regalos de navidad, mientras la chica lo perseguía. Ninguno de ellos notó a Severus, que permanecía inmóvil al otro lado de la calle, como si el frío lo hubiera congelado.

–¡Regrésamelos, James! –gritó la Lily de diez y seis años–. ¡No soy una niña! ¡Puedo llevar mis cosas, por Merlín!

Oh, no, pensó Lily, al tiempo que comprendía qué suceso estaban por presenciar Severus y ella. Recordaba aquel día muy claramente, ya que era un recuerdo muy especial para ella.

–¡Suficientes cambios de humos, Evans! –replicó James, sonriendo ampliamente–. Primero me dices que tengo que tener modales, y ahora que al fin estoy haciendo algo caballeroso, me dices que me detenga. ¡Decídete, mujer! ¿Qué te enciende más? ¿El caballero sexy o la bestia sexy? No puedo actuar de las dos maneras al mismo tiempo.

Desde el punto de vista de un espectador externo, podría parecer que estaban discutiendo ferozmente, pero Lily sabía que no era así. De esa forma se comunicaban James y ella en aquella etapa ambigua de su relación. Se insultaban, se menospreciaban y se juzgaban constantemente; pero era más un amistoso ritual de cortejo que una verdadera discusión. Detrás de la aparente superficie de hostilidad, ya se habían enamorado el uno del otro.

Había una pequeña sonrisa coqueta en el rostro de la joven Lily cuando lo atacó.

–Mi bolsa y mis regalos, Potter. ¡Ahora! –dijo, con voz profunda y autoritaria, extendiendo una mano.

James le dirigió una encantadora sonrisa.

–Estaba bromeando, Evans –dijo–. No te pongas tan nerviosa, o me veré obligado a ayudarte a calmar.

–Umm. Suficiente tiempo actuando como caballero, ¿eh? Oh, bueno. Lo mantuviste por casi dos minutos. ¡Nuevo record!

–Sé que eres tan capaz de levantar y cargar cosas pesadas como este apuesto y perfecto atleta.

–No estaría tan segura, Potter. Tienes más experiencia en cargar cosas grandes y pesadas. Ese ego gigante tuyo no debe caminar solo, ¿o sí?

–De hecho, ¿por qué no cargas mis cosas para variar?

Lily parpadeó, entrecerrando los ojos con suspicacia.

–Bien –dijo finalmente–. Quizás lo haga.

–Aquí vas –dijo James.

Y apiló todos los regalos y paquetes que había estado cargando sobre los brazos de Lily.

–¿Lo ves? –dijo ella con orgullo–. Sencillo. Lo siento si lastimo tu fe en la superioridad masculina por no actuar como la damisela en peligro que esperas que sea. Como puedes ver, soy capaz de encargarme de las tareas diarias sin problema.

–En realidad, sólo has reforzado mi fe en la susodicha superioridad masculina –replicó James.

Había un brillo de astucia en sus ojos color avellana.

–¿De veras? Por favor, dime cómo –dijo Lily, apenas reprimiendo un bostezo.

–Acabas de demostrar que eres significativamente inferior a mí cuando se trata de Defensa Contra las Artes Oscuras. Fíjate, yo jamás hubiera permitido que alguien me pusiera en una situación en la que me encontrara tan vulnerable e indefenso.

–¿Indefenso? –repitió Lily, enarcando una ceja.

–Exactamente –replicó James. Su voz se había suavizado ligeramente–. Tus manos están atadas, Lily. ¿Cómo harías para frenarme, si yo fuera a hacer esto?

Y entonces, de la nada, la había besado, por primera vez. Con los brazos ocupados, no pudo empujarlo, o golpearlo, o hacer nada de lo que instintivamente hubiera hecho si hubiera intentado aquel truco unos pocos meses atrás. No sólo porque no había sido capaz de pararlo, sino porque no había querido hacerlo. En lugar de eso, había respondido al beso, y había sido maravilloso. Había sido unos de esos momentos perfectos en su vida en los que no quería estar en ningún otro lugar que no fuera ese: besándolo en aquella calle llena de gente en aquel precioso día de invierno.

Y Severus lo había visto todo. Jamás lo había sabido.

Lily apartó la mirada de la pareja que continuaba besándose y contempló a Severus. Lucía muy triste antes, pero ahora se veía completamente destrozado. Sus ojos estaban muy abiertos y llenos de un indescriptible dolor. Su piel se había vuelto más pálida que la nieve bajo sus pies. Estaba tan quieto que ella no estaba segura si continuaba respirando… o si quería continuar respirando.

–¡No lo sabía! –le gritó, a la defensiva. Había más arrepentimiento que furia en su voz–. ¿Cómo podría haberlo sabido? ¡Nunca me lo dijiste! ¡¿Cómo se supone que debería saberlo si tú nunca me lo dijiste?

Severus giró lentamente sobre sus talones y comenzó a alejarse, caminado rígidamente. Luego, comenzó a correr, atravesando velozmente las idílicas calles de Hogsmeade, hasta que llegó al límite del bosque, donde ya nadie podía verlo. Allí cayó de rodillas sobre la nieve, como si hubiera recibido un tiro en la espalda, y vomitó a un costado de la calle.

La escena cambió.

Severus (que ahora lucía varios años mayor) estaba de pie en una colina ventosa, en una noche oscura. Sostenía con fuerza su varita, apuntándola hacia la oscuridad, como si esperara ser atacado en cualquier momento. Un instante después, una luz blanca voló a través del aire como una saeta eléctrica, cegando a Lily con su resplandor. Cuando segundos después recobró la visión, vio que Severus estaba de rodillas, desarmado y derrotado.

–¡No me mate! –exclamó Severus.

–Ésa no era mi intención.

Lily reconoció aquella voz inmediatamente, antes incluso de girar la cabeza para ver la majestuosa figura de Albus Dumbledore emergiendo de las sombras.

–¿Y bien, Severus? –continuó Dumbledore, en un tono de voz que sonaba amenazante y amable a la vez–. ¿Qué mensaje tienes de Lord Voldemort para mí?

–Ningún… Ningún mensaje. ¡He venido aquí por mi cuenta! –replicó Severus. Su voz sonaba ronca, tensa y angustiada, y no se parecía en nada a su habitual tono de voz–. Yo… vine con una advertencia… No. Una petición… Por favor…

Las pocas pero decisivas palabras que fueron intercambiadas tras la petición de Severus, dejaron a Lily temblando con una emoción que no pudo reconocer. Vio a Severus humillarse ante Dumbledore, jurándole lealtad eterna a cambio de su seguridad. Lily jamás lo había visto en un estado semejante, tan conmocionado y tan dispuesto a dejar su destino en manos de alguien en que claramente no confiaba. No parecía Severus en lo absoluto.

O quizás, pensó Lily, sólo quizás, aquel era el verdadero rostro de Severus, el que nunca le había mostrado a nadie.

–¿Esto es por lo que te volviste…? –dijo sin aliento, sin saber qué hacer con aquella revelación–. ¿Yo soy la razón por la que tú…? No, no puede ser…

El siguiente recuerdo que Lily vio resultó más desconcertante y demoledor que el anterior.

Severus se encontraba sentado en una silla en la oficina de Dumbledore. Lucía absolutamente destrozado. Si no hubiera estado jadeando y temblando como un hombre apuñalado, Lily habría pensado que estaba muerto, porque nunca lo había visto menos vivo. Era difícil decir cuánto tiempo había pasado desde el último encuentro de los dos hombres; los ojos de Severus parecían tan viejos y cansados que podrían haber sido los de un hombre mayor que Dumbledore, mientras que el resto de su cuerpo apenas había cambiado.

Y hablaron sobre una reciente tragedia que había tocado a ambos. James y Lily Potter habían sido traicionados y asesinados, pero su muerte había implicado la derrota de Lord Voldemort. Hablaron de un niño, Harry, que había sobrevivido. Y hablaron del juramente que Severus había hecho tiempo atrás, para el cual Dumbledore tenía ahora grandes planes.

Y Lily… ella permanecía a un costado, escuchando a ambos hombres hablar, pero sin mirar a ninguno, porque temía desarmarse si llegaba a mirar a Severus a los ojos. Tan sólo la desesperación en su voz resultaba insoportable. La respiración de Lily se había vuelto superficial, y sus brazos y piernas habían perdido la fuerza en sólo minutos. Era demasiado para ella. No tenía idea cómo debía reaccionar ante lo que acababa de ver y oír. Severus había arriesgado su vida para mantenerla a salvo y luego había prometido proteger a su hijo… Todo por ella.

–¿Por qué no me contaste sobre esto, Severus…? –continuaba repitiendo débilmente entre dientes, porque era el único pensamiento medianamente sensato al que podía aferrarse–. ¿Por qué nunca me lo dijiste?

Antes de que pudiera darse cuenta, la oficina desapareció a su alrededor, llevándola a un nuevo recuerdo.

Era una mañana de otoño y el clima era terrible. Severus y ella se encontraban fuera de las pesadas verjas de un cementerio. Lily había pensado que ya lo había visto tocar fondo, sin embardo ahora lucía incluso más miserable. Su rostro ceniciento estaba cubierto de barba y sombras oscuras, el blanco de sus ojos se había vuelto rojo casi por completo, y olía a alcohol y suciedad. Sus ropas estaban manchadas y rotas en varios lugares, y ella dudó que hubiera comido o dormido algo en varios días. Y aun así, nada de todo eso parecía molestarle. Parecía haber perdido por completo el deseo de vivir, como si sólo la costumbre mantuviera su corazón en funcionamiento.

Los enrojecidos ojos de Severus estaban fijos en la puerta de hierro del cementerio. Ella no podía decir si se sentía tentado o aterrado ante lo que esperaba encontrar allí. De cualquier forma, avanzó entre el mar de lápidas y mausoleos, hasta encontrar un nuevo par de tumbas. Al verlas, quedó clavado en el lugar.

Lily no se sorprendió al ver su propio nombre gravado en el blanco mármol de la lápida.

Severus contempló la tumba con sus enrojecidos ojos negros, formando vaho a su alrededor cada vez que exhalaba. El mundo a su alrededor era silencioso, frío, descolorido e inmóvil como una pintura antigua, pero también extrañamente pacífico por un momento, hasta que Lily comenzó a escuchar el sonido de pasos acercándose. Sabía que Severus también podía oírlo, pero no reaccionó en lo absoluto, hasta que la causa del sonido lo llamó por su nombre.

–Snape.

Severus miró sobre su hombro y se encontró con Petunia. Lucía pequeña, nerviosa e impresionada, como una niña en un cuerpo de mujer.

–Petunia –dijo Severus pesadamente, sin muestras de interés.

Y volvió su vista a la tumba.

–No estabas en la ceremonia –dijo ella, casi tímidamente.

–Tampoco tú –replicó llanamente.

–No pude. No podía. No quería estar ahí, con aquella gente… –replicó, sacudiendo la cabeza–. Estuve viendo desde lejos, pero no podía acercarme a ellos.

Severus no dijo nada. Petunia lo observó con una mirada suplicante en los ojos, casi como si esperara alguna clase de perdón o redención de su parte, pero Severus no parecía estar muy conciente de su presencia. Al no ser capaz de obtener alguna reacción de su parte, suspiró y colocó un ramo de flores –lirios del valle– que había llevado con ella, sobre la tumba de su hermana menor. Severus fijó la mirada en las flores y sonrió con desprecio.

–¿Por qué estás aquí, Petunia? –preguntó, la irritación asomándose en su inexpresiva voz.

–¿Por qué? –repitió Petunia, perpleja–. ¡Era mi hermana! ¡Por eso!

–Lo cual nunca te importó demasiado –replicó Severus, con tono adusto–. Es un extraño momento para comenzar a fingir que ella te importa.

–¡Oh, ya basta! –chilló Petunia. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas–. ¿Por qué siempre tienes que ser tan horrible conmigo? ¿Qué te he hecho? ¡Nada! ¡Sólo era diferente a ti!

Severus soltó una risa horrible e inquietante.

–Es increíble cómo puedes estar de pie junto a la tumba de tu hermana y aun así pensar sólo en ti –dijo, sin siquiera mirarla–. Lárgate, estúpida e inútil mujer. Ella no necesita tus vacías condolencias ni tu autocompasión. Ya es muy tarde para eso de todas formas.

Petunia ignoró sus insultos y se acercó a la tumba.

–Me he vuelto loca pensado en todo lo que podría haber hecho para evitar esto –comenzó–. Cosas pequeñas. Cosas tontas. Sé que no es mi culpa, pero no puedo evitar… no puedo… no puedo evitar pensar en todas las veces que, sin querer, influí en su destino. Yo… he estado pensando tanto en aquella vez que golpeaste a nuestra puerta con una carta que me rehusé a entregar. Estaba pensando… Si le hubiera dado aquella carta, quizás se hubiera enamorado de ti… Y entonces quizás no se hubiera casado con ese Potter y nada de esto hubiera sucedido.

–¡Basta! –rugió Severus–. ¿No ves que no tiene sentido? Está muerta y nunca volverá, no importa cuando roguemos y pidamos y nos arrepintamos. ¡Se ha ido!

Se tambaleó y cayó al suelo, y no se preocupó por volver a levantarse. Petunia comenzó a llorar, derramando lágrimas amargas, y por un momento ninguno de los dos dijo nada.

–Entré en la morgue anoche. Para verla –dijo Severus finalmente.

–¡Oh, Snape, tú no…! –exclamó Petunia, con horror.

–Tenía que hacerlo. Tenía que ver su cuerpo –continuó–. No creía, no podía creer que había muerto, por eso fui a verla. Estaba tan blanca y tan fría como una estatua de mármol, pero su cabello… era tan rojo como siempre. Era como una muñeca de cera, hecha para verse como ella, pero sin su espíritu. ¿Tienes idea lo que es eso? ¿Verla así y no poder hacer nada para ayudarla? Por supuesto que no. Tú estás contenta de que haya muerto, ¿no es así, Petunia? La envidiabas. La odiabas.

Con eso, Severus volvió a ponerse de pie.

–Adiós, Petunia Evans –dijo sarcásticamente, y se volvió, dándole la espalda–. No volveremos a vernos jamás. Espero que la vida te trate bien. Ciertamente lo mereces. ¿O no, Petunia?

Petunia abría la boca con furia, sin emitir sonido.

–¿Odiarla? –chilló–. ¡Por supuesto que la odiaba! ¡Era mi hermana, por amor a Dios! ¡La odiaba y la amaba! ¡Eso no quiere decir que yo quisiera esto! Tú no lo entiendes. ¿Cómo podrías entenderlo? No tienes hermanos. ¡Y no me hables de amor, desagradable! Tú no la amabas. Sólo la deseabas. Sólo querías llevártela al horrendo agujero del que habías salido, porque eres insignificante y despreciable sin ella.

Severus se detuvo y contempló a Petunia. Contrariamente a lo que Lily esperaba, en sus ojos no había furia o desprecio. Su rostro le recordó a Lily la forma en que Severus lucía a los catorce años, los doce o los nueve. Era una mirada honesta, triste y sensible. No había furia, falsedad ni amargura.

–La amaba con cada fibra de mi ser –dijo sinceramente–. La amaba más de lo que he amado el día o la noche, la magia, los sueños, la vida, o cualquiera de esas cosas poéticas que significan tan poco para mí en un mundo en el que ella ya no existe. La amé más de lo que odié cualquier cosa en este mundo, y he odiado demasiado. Ella hacía que quisiera convertirme en un hombre mejor de lo soy capaz de ser. Ella era todo lo que siempre quise y todo lo que voy a extrañar cuando sea mi turno de dejar este maldito mundo atrás. Y cuando dices que soy insignificante y despreciable sin ella… tienes toda la razón.

Lily lo miró, sorprendida, sin aliento y sin poder hablar, consumida por aquella emoción que no podía identificar. Sus manos estaban temblando.

–Ahora –continúo Severus, al no recibir una respuesta por parte de la sorprendida Petunia. Una vez más, se volvió, dándole la espalda–. Adiós, Petunia. Vive tu vida. Olvida este mundo que tanto te asusta. Si te sirve de consuelo, te doy mi palabra de que vengaré la muerte de tu hermana. El que la traicionó pagará por ello.

–¿Y qué hay del chico? –le gritó.

Severus la miró por sobre su hombro e hizo una mueca de dolor.

–Ellos… Él… Dumbledore me dijo que debía cuidar de su hijo, aunque yo le dije que no. Dijo que debía recibirlo porque todavía está en peligro y yo soy su pariente más cercano. ¡Pero no puedo! ¡Tengo mi propia familia y mi propio niño a quien cuidar! ¡No quiero a esa cosa anormal y peligrosa cerca de nosotros! ¿Qué pasa si vuelven por él y terminamos como su familia?

Severus apretó los dientes.

–Sólo mantenlo a salvo –dijo–. Mantenlo a salvo, o tendrás que responder ante mí.

–¿Entonces, por qué no puedes tenerlo ? –exclamó Petunia.

–¡Porque no quiero a ese chico cerca de mí! –bramó Severus–. Todo lo que quiero es saber que está seguro y a salvo, y eso es sólo porque ella lo hubiera querido así. ¡No quiero pensar en él, no quiero oír hablar de él y no quiero verlo!

–También lo notaste, ¿verdad? –dijo Petunia, en un tono de voz completamente diferente–. Esos ojos verdes… Luce casi igual que…

–¡BASTA! –gritó Severus–. Vete, Petunia. Haz lo que te han dicho y olvídate de mí. Yo también me olvidaré de ti.

Petunia lo miró. Parecía temerle, respetarlo, odiarlo y compadecerlo, todo al mismo tiempo. Luego, se marchó, sin decir una palabra más.

Severus suspiró y contempló la tumba por última vez.

–Buenos días, Severus.

Lily pegó un salto, viendo repentinamente a Dumbledore, quien había aparecido justo al lado de Severus, sin ser notado. Ella estaba segura que tampoco él lo había escuchado llegar, pero no parecía en absoluto sorprendido de verlo.

–Déjeme en paz, Dumbledore –dijo Severus, cansinamente–. Me rehúso a ser su sirviente hoy.

–¿Ah, sí? –dijo Dumbledore, entrecerrando sus ojos azules–. ¿Y qué, permíteme preguntar, tienes pensado hacer hoy?

–Nada que le incumba, viejo –masculló Severus, sombríamente.

Si Dumbledore estaba ofendido por la manera irrespetuosa en que Severus se había dirigido a él, era increíblemente bueno ocultándolo.

–Te equivocas, Severus. Me incumbe, si lo que vas a hacer impedirá que cumplas con tu palabra –replicó con calma–. Espero que sepas que matar a Sirius Black no resolverá nada.

Severus entrecerró los ojos de manera desafiante.

–Espero que sepa que no es educado escuchar las conversaciones privadas de los demás.

–Sirius Black ya ha sido capturado y sentenciado… Bastante injustamente, si me lo preguntas, incluso ante un crimen tan grave. Ya no es una amenaza para nadie, y ambos sabemos que a Lily Potter no le hubiera gustado ser la causa de una sanguinaria vendetta. Ergo, matarlo no sólo sería moralmente incorrecto, sino que no tendría sentido. ¿O qué es lo que esperas ganar matando a un hombre ya condenado, además de cadena perpetua en Azkaban?

–Satisfacción –dijo Severus, desapasionadamente.

Dumbledore sacudió la cabeza.

–No vas a matar a nadie. Me prometiste que me ayudarías a proteger al hijo de Lily Potter en el futuro y me aseguraré de que estés allí para ayudarlo cuando él te necesite.

–No me importa el futuro –replicó Severus, contemplando la distancia a través de sus párpados semi-cerrados.

–Creo que estás mintiendo, Severus –afirmó Dumbledore–. Te importa y te importa mucho. Esta actitud insensible e indiferente puede ir bien con tu actual estado de ánimo, pero ambos sabemos muy bien que no es así como eres en realidad. Tanto si estás dispuesto a admitirlo o no, eres un hombre muy leal, con un fuerte sentido del deber y el honor, y es por eso que he decidido confiar en ti.

Severus no contestó.

–Ahora, vamos, Severus –dijo Dumbledore–. Tenemos muchas cosas que hacer.

El cementerio se disolvió alrededor de Lily, transformándose en el castillo de Hogwarts y los terrenos que lo rodeaban.

Severus, que había envejecido al menos diez años desde el último recuerdo, se encontraba solo fuera del castillo, en la noche, bajo la luz de la luna, contemplando pensativamente el lago. Aquel Severus lucía sorprendentemente diferente del Severus consumido y destrozado que Lily había visto en el recuerdo anterior. Aquel Severus era frío, calmo, controlado, introspectivo y claramente en control de sus emociones. Su túnica negra se veía limpia y prolija, y estaba bien afeitado.

Lily miró hacia el catillo y vio a Dumbledore aproximándose a Severus. Lo escuchó suspirar pesadamente cuando el anciano mago se unió a él.

–Ah, Severus –dijo Dumbledore, alegremente–. Supuse que te encontraría aquí.

–Buenas noches, Dumbledore –dijo Severus, sin intentar ocultar su disgusto.

–Tuvimos un banquete maravilloso, ¿no lo crees? Los estudiantes están tan llenos de energía al comienzo del año escolar.

Severus se encogió de hombros.

–Tenemos un banquete cada año. Es lo mismo para mí. Perdóneme si no estoy demasiado emocionado.

–Y dime… –dijo Dumbledore, misteriosamente–. ¿Lo viste?

–Por supuesto que lo vi. No estoy ciego.

–¿Y?

–Y supongo que el verdadero propósito de esta conversación sin sentido es preguntar si la promesa que hice diez años atrás todavía vale.

–¡Diez puntos para Slytherin, señor Snape! Qué mal que ya no seas un simple estudiante aquí en Hogwarts –bromeó Dumbledore.

Severus no parecía divertido.

–La respuesta es sí. Soy un hombre de palabra –dijo–. Y ya que discutimos este tema, al que querría volver tan poco como sea posible, me gustaría utilizar esta oportunidad para recordarle su parte del trato.

–¿Que no debería decirle a Harry Potter, ni a nadie más, que Lily Potter fue el amor de tu vida? –preguntó Dumbledore, inocentemente.

Severus le dirigió una mirada sombría.

–Sí. Eso.

–Por supuesto, si es lo que quieres –replicó Dumbledore, inclinando la cabeza en una reverencia–. Bien, creo que iré a acostarme. Ha sido un día agotador y emocionante, ¿no crees? Sólo puedo imaginar lo que nos espera. Algo me dice que éste será un año para recordar. ¡Buenas noches, Severus!

Con eso, Dumbledore se alejó, volviendo al castillo, tarareando alegremente, dejando solo a Severus.

Lily estudió el inexpresivo rostro de Severus y sintió que rompería a llorar en cualquier momento. Hasta entonces, lo había visto en diferentes estados de desesperación y angustia, pero ninguno podía compararse con lo que estaba viendo ahora. Había visto a Severus adoptar aquella expresión un millón de veces, pero no había sabido lo que aquel semblante hermético y melancólico escondía. Ahora sabía. Escondía a un niño, que no pudo hablar de sus sentimientos hasta que fue demasiado tarde; a un adolescente, cuyo corazón había sido roto de una manera muy cruel; a un joven, que había arriesgado su destino para salvar la vida de la mujer que amaba; y a un hombre, que había perdido el deseo de vivir, pero continuaba viviendo de todas formas.

Sabía que no podía tocarlo y que él no podía sentirla. Pero aun así, levantó una mano, vacilante, para tocar su rostro e intentó acariciar su mejilla con sus dedos. Su mano lo atravesó, como si estuvieran hechos de niebla en vez de carne.

De repente, la mirada de Severus se endureció y tomó su varita sin ninguna razón aparente.

–¡Expecto Patronum! –exclamó, y movió su mano, conjurando el hechizo en dirección al lago.

Lily soltó un grito ahogado. El patronus de Severus tomó la forma de una grácil cierva, idéntica a su propio patronus. La cierva brincó sobre la superficie del lago y se deslizó a través de la oscuridad como una nube brillante, iluminando el aire a su alrededor con su magnífico resplandor. Severus la contempló, añorante, la luz plateada reflejándose en sus ojos negros.

La escena se disolvió por última vez. Lily levantó la cabeza y volvió al mundo real, jadeando.

Aún se sentía conmovida, abrumada y conmocionada por la emoción que fuera que se agitaba ferozmente dentro de ella como una tempestad. Sentía ganas de llorar, pero todavía estaba muy aturdida como para derramar una lágrima.

Una vez más, Lily deseaba desesperadamente un momento de paz y soledad para poder poner en orden sus pensamientos y descubrir qué sentía realmente sobre todo lo que acababa de ver, antes de precipitarse sobre conclusiones apresuradas y acciones poco prudentes. Y, claro está, no tuvo ese tiempo para pensar como le hubiera gustado, porque –como había predicho antes de tocar siquiera el Pensadero–, pronto comprendió que, en algún momento, Severus había aparecido en la entrada.

Parecía ser que había estado esperándola por mucho, mucho tiempo.


20/03/2012 07:05 p.m.