Buenas noches, amable gente de Fanfiction. Como siempre, es martes, o víspera de Miércoles, o como prefieran decirle. Y subir este capítulo, en lo particular, me llena de alegría porque finalmente ha llegado el baile de otoño. Ya se me acabaron las excusas para atrasarlo más, así que, vayamos directo al grano.
Espero que lo disfruten tanto, como yo cuando por fin logré terminarlo… A las tres de la mañana.
Finalmente llegó la gran noche. Chris Redfield llevaba cerca de diez minutos mirándose en el espejo de cuerpo entero de su hermana, sin la intención de buscar alguna falla en su vestimenta, sino para verse a sí mismo y comprobar que era cierto. Que iría al baile de otoño a cumplir su promesa, aunque fuese del brazo de otra persona.
Aunque Chris debía considerar la propuesta de su madre de llevar un jubón en lugar del clásico flux, que los chicos de su edad acostumbraban a vestir para ese tipo de ocasiones.
-Toma – Claire arrojó con una actitud algo atareada un saco de color negro y una corbata verde botella que Chris atajó desprevenido – Ponte eso. No permitiré que te hagas novio de mi mejor amiga, vistiendo una gorguera.
-¡Oye! – Reclamó el chico con el vestido de gala entre los brazos - ¡Esto, estuvo de moda en el siglo dieciocho!
-Y, a menos de que quieras hacerte novio de María Antonieta, te sugiero que te pongas lo que te traje. Me costó mucho convencer a mamá, así que vamos ¡Vamos!
No iba a intentar razonar con ella. Chris creía firmemente en la palabra de su madre. Ella le había dicho que se veía como un auténtico Don Juan, al igual que su padre en sus años mozos, con su gorguera y su jubón. Y ahora que lo pensaba, recordaba haber visto una foto de Edgar Redfield a los dieciocho en la que llevaba un peinado de afro, era extremadamente delgado – Además de que le gustaba llevar franelas sin botones, por lo que pudo comprobar que vellos, no le faltaban – y tenía algo parecido a una arruga mutante de color verde en la frente; lo cual explicaría la supuesta "marca de nacimiento", que su progenitor tenía en la misma zona… Quizás no debía prestarles tanta atención a su madre y a su abuela, cuando le piropeaban para hacerlo sentir mejor.
En fin, se colocó el traje y volvió a lo que antes estaba haciendo: Contemplarse en el espejo. Esta vez, Chris se examinó de arriba hasta abajo sin dejar de sorprenderse. Dicen que una persona se reconoce a sí misma diez veces más atractiva de lo que realmente es. El muchacho de cabellos negros pensaba, que su apariencia, al menos ayudaría a disimular esa supuesta fealdad, de la que hablaba la teoría.
Pero todo aquello se fue al garete, cuando su hermana le dijo.
-Pareces un ogro, con traje.
-Muchas gracias, Sally – Novia de Jack Skelligton.
La verdad, es que Chris no encontró un verdadero motivo para decirle eso, más allá de devolverle el chiste de forma sardónica a Claire. La chica, por lo general deslumbraba por su belleza, sin necesidad de aplicarse mucho en ello. Se deshizo de su habitual lazo y en su lugar, su cabello rojizo, planchado y liso se dejaba caer libremente por sobre sus hombros desnudos con alguna que otra peca. Un vestido rojo, con algunas lentejuelas, enmarcaban su contorneada figura. Misma, que Chris tendría que proteger hasta que encontrara a Leon S. Kennedy, devorando la mesa de tentempiés.
Le sonrió con una mueca de orgullo que obligó a Claire a sonrojarse. Lorenzo Lamas le silbó desde la ventana y en respuesta, Chris le lanzó un coctel molotov.
-¡Lo pagarás, Chris!
-¡Ve a piropear a otro lado, Lamas!
Después de un rato, la pelirroja se preguntó porque el actor norteamericano no había estallado en llamas. Luego recordó que este, era un fic de y continuó con sus pensamientos normales, como por ejemplo: Preparar una entrada perfecta para su hermano y sorprender a Jill, o pensar en que universidad estudiaría finalmente o plantearse el hecho de ser tesorera de la campaña de la sanguijuela mutante.
Tenía muchas cosas en la cabeza, pero algo era seguro.
-Oye, Claire ¿Crees que pueda llevar estos pantalones bombachos sobre los pantalones de traje, sin que nadie lo note? Son mi amuleto de la buena suerte.
Chris no sobreviviría esa noche, sin ella.
Rebecca y Billy tenían al menos media hora de haber llegado al auditorio donde se celebraba el baile escolar. Eran las nueve de la noche y apenas una quinta parte del colegio, se congregaba en torno a la pista de baile. Por no decir que era una cuarta parte del mismo, la que había llegado temprano al evento. La pareja ya había reservado una mesa lo bastante amplia para albergar a todos sus amigos y sus posibles acompañantes. Billy intentó convencer a su novia de dejarle poner un mapache rabioso en la silla de Carlos, pero Rebecca le hizo desistir, recordándole que era ilegal poner rabioso a un mapache en Racoon City.
Las puertas dobles, custodiadas por el guardia de seguridad Wilkins, ataviado con sus mejores ropas… Ósea, el mismo uniforme de guardia, pero con el detalle de una rosa en uno de los compartimientos superiores de la chaqueta – Regalo de Rebecca al llegar a la fiesta – que recibía a las parejas con la mejor cara de alegría que una persona como él, que ha llegado a la mayoría de edad, podía lucir.
Su sonrisa, no era muy diferente a la de Kristen Stewart, pero era algo…
Vieron aquellas puertas dobles, decoradas con una hoja gigante de papel maché color ocre, abrirse de par en par y dejar pasar a la primera pareja de la noche.
Jill Valentine, dejándose llevar del brazo por un reluciente Carlos Oliveira. Cabía destacar, que Carlos, llevaba un atuendo bastante jocoso. Un blazer blanco, sin botones, por lo cual, lo único que protegía a la chica de cabellos castaños, del pecho desnudo del latino, era la camisa púrpura con detalles de pétalos de rosa de él, pero ni así, pues Carlos consideró, que era un crimen contra todas las chicas lindas de la ciudad, guardarse su irresistible masculinidad para él solo. Además, le hizo recordar a Jill unas diez veces durante toda la noche, lo afortunada que era por tener una vista V.I.P., de sus pectorales.
-Bueno… Al menos no tendrá espacio para traer ninguna rosa.
Error, Carlos fue más astuto que la mayoría de las veces, y a diferencia de Chris, él no tenía ninguna hermana que le impidiese traer pantalones bombachos a un baile. Así que tenía un par de bolsillos tan holgados como dos sacos de patatas.
Rebecca y Billy, agarraron a Jill por la cadena del collar que le había regalado Chris, con el bastón del Dr. House, que le pegaría bastonazos en la nuca a Billy por el resto de la noche, por el hecho de haber tomado su tercera pierna sin permiso.
-¿Qué estás haciendo?
-¿Qué? – Fue lo único que alcanzó a decir Jill con los ojos desorbitados y una expresión de total incredulidad en el rostro – Muchachos, ¿Pueden ver la cadena de este corazón de plata?
-La verdad, es que es bastante delgado, es muy complicado de ver – Respondió Billy, tratando todavía de ubicar el fino hilo plateado que se suponía, era la cadena que Jill llevaba en el cuello.
-Bueno, antes de que se les ocurra volver a tirar de ella con un bastón, podrían venir a saludarme o tocarme el hombro con un dedo para llamar mi atención. Saben que Carlos no es la persona con el sentido de la alerta más sensible del mundo, ¿Verdad? – La chica señaló al latino, que continuaba haciendo poses exóticas para una Jill imaginaria, con la rosa todavía entre los dientes. Las espinas debían de haberle desgarrado alguna encía, pues sangraba por la comisura de los labios.
La pareja se mostró cabizbaja ante el regaño de su amiga. Tenía razón, por más que esto fuese una historia ficticia, no podían atentar contra la vida de uno de los personajes… A menos de que seas el autor y te tomes la libertad de crear un sub-sótano secreto, que contenga una piscina plagada de cocodrilos y varias compuertas escondidas, a lo largo y ancho de la ciudad, que se abrirán a tu antojo con solo oprimir un botón.
-Bueno – Dijo Billy – Al menos todavía nos queda la opción del mapache rabio…
-¡NO BILLY! – Le detuvieron las chicas al unísono.
Pero sus gritos escandalosos, fueron amortiguados, tan pronto escucharon el rechinido de los goznes que Mark Wilkins, abría con una emoción, que solo podía reflejar en la revista de chismes que estaba leyendo.
Para la desilusión de Jill, no se trataban de los hermanos Redfield, sino de Jessica Sherawat, acompañado por un chico de otra sección. Sonrió para sí misma, después de todo, no logró engatusar a Chris.
Lo que siguió después de la chica de rasgos hindúes, fue mucho más agradable. Ada Wong, con un vestido violeta estilo oriental y una flor de carmín, del mismo color, acomodándole el cabello a manera de lazo. Venía acompañado por un chico alto, de rasgos fuertes, pero con detalles que recordaban a la chica que lo acompañaba. El trío no tardó mucho en armar el resto del rompecabezas, cuando Lorenzo Lamas exclamó.
-Oh, por Dios… ¡Es John Wong! ¡El mariscal de campo de los Racoon Braves! ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH! – Grito de niña, acompañado por desmayo al estilo Ned Flanders.
La pareja llegó a saludar de inmediato a los amigos de Ada. La chica, se tomó la molestia de presentar a su hermano, quién rápidamente empezó a entablar una conversación con Billy, quién por pura casualidad, era el mariscal de campo del equipo del instituto.
-¿Y bien, Jill? – Preguntó Ada, pasando un brazo por encima de la mesa para coger un vaso con agua.
-Bueno, mi supuesta pareja, está por allá – Indicó Jill con el dedo, pero las tres fruncieron el entrecejo, cuando en lugar de ver al latino y una de sus ridículas poses, lo ubicaron charlando de lo más ameno y relajado con Jessica – No sabía que ellos dos se conocían.
Rebecca se mordió el labio y Ada aprovechó los momentos de duda de Jill para mirarla con preocupación. Al parecer, sabían algo.
-Jill…
Pero antes de que Rebecca pudiera terminar, una nueva pareja hacía acto de presencia en el salón.
-Gracias, Mark.
-Más te vale que le des uno con lengua esta noche, Redfield.
Chris lo miró con reproche a sus espaldas, pero Mark ni lo notó. Estaba muy ocupado leyendo un comentario en su revista sobre Adele y su supuesta bajada de peso.
Y entonces la vio… Claire había salido corriendo a encontrarse con sus amigas, pero cuando fue a saludar a Jill, simplemente se dedicó a sonreír. Ella, con ese vestido amarillo chillón que tan poco le favorecía, parecía a punto de llorar, y él, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un paquete con un lazo, estaba de piedra, viendo a la chica de sus sueños, sufrir una vez más por él.
Claire pudo ver lo que pasaba, como si fuera una de esas aves mensajeras, volando sobre el campo de batalla. Tomó de la mano a su mejor amiga y la acercó a trompicones al lugar donde estaba su hermano mayor, quién se aferró al paquete con ambas manos y aumentó su ritmo cardiaco cuando se encontró con aquella persona a la que él mismo había proclamado como su ángel, tiempo atrás.
-Hola, Chris.
-Hola, Jill.
Hubo una tos disimuladamente mala, pues Claire no la midió bien y por poco se ahogaba por tercera vez en dos semanas… Se fue a gatas de regreso a la mesa, mientras Ada le daba palmadas en la espalda para que recuperara el aliento.
La pareja de enamorados ni siquiera le prestó atención, se observaron como si fueran los únicos dos seres humanos en todo el mundo y sin darse cuenta, se hallaban nuevamente cogidos de la mano, haciendo de cuenta que aquello era algo natural entre los dos.
Cierta persona que cambió su chaqueta verde y sus jeans azules, por un traje de color azul marino, los observaba complacido; en una solitaria mesa, tirada a un costado del inmenso salón, mientras saboreaba un delicioso ponche.
Estrecharon las manos con fuerza, y a Jessica y a Carlos les empezó a salir humo de las orejas. Decididos, los dos terceros del cuadro amoroso, tomaron cartas en el asunto y cuales hienas carroñeras rondando un cadáver en plena descomposición, tomaron posesión de lo que ellos consideraban, eran sus presas.
-Esta es mi pareja, Redfield – Dijo tomando a Jill bruscamente del brazo. Chris observó la impresión de dolor de Jill por culpa del tirón y una furia incontrolable lo consumió.
Su puño fue lo primero que logró sacar a Mark Wilkins de su afanada lectura.
-¡En la cara, muchacho!
Jill lo miró perpleja y Chris le devolvió el gesto arrepentido. Por culpa de esa acción, había dejado caer el regalo y la tapa se había desacoplado de la caja, dejando expuesto el vestido de color azul celeste que la chica observó incrédula, para después devolverle la mirada a su enamorado.
-Chris…
-¡CHRIS!
Era Jessica, quién lo abrazaba por la espalda. El azabache reconoció su voz y pudo contener los reflejos heredados por parte de su abuelo, de tirarla al suelo con una patada y rebanarle el cuello con una navaja. De todos modos, no hizo falta. Jill hizo lo mismo, pero con una ganzúa… Ok, ok, solo estuvo a punto de hacer lo mismo. Ni siquiera llegó a tocarla con la punta del alfiler.
La morena se desmayó de la impresión y Wilkins vitoreó a Jill, olvidándose de los golpes furiosos que azotaban contra las puertas dobles, por parte de los adolescentes desesperados, que querían entrar.
-¡Esperen su turno, palurdos!
Aquel espectáculo, no era el que los muchachos esperaban ver, pero no había estado para nada mal. Ojalá Leon y Barry estuvieran ahí para verlo…
Un momento… ¿Dónde estaban Leon y Barry?
La pareja se agachó al unísono para contemplar el vestido más de cerca y Jill no pudo evitar pasar su mano por encima de la tela aterciopelada del regalo. Esta vez no lo pudo evitar y una lagrima repasó su mejilla, pero no llegó lo suficientemente lejos, antes de que Chris la detuviera con la punta de su dedo y ella en respuesta, le mirara con una sonrisa.
-Hace un tiempo, alguien me hizo comprender algo que no había querido entender desde hace mucho. Por suerte, problemas como: ¿Qué haré con mi vida? ¿O a qué me dedicaré en un futuro?, quedaron resueltas por mis sueños y ambiciones. Pero nunca me planteé quién era yo, de cara a las personas que más me importaban. Pude responder esa pregunta con todos, menos contigo, quizás porque tenía miedo de encontrar una respuesta, y que tú no la correspondieras.
-Pero puede – Complementó Jill – que esa respuesta, sea para ambos.
-Por eso…
-… No hay que disculparse como amigos…
-… Sino como lo que realmente somos.
-…Una pareja.
No hizo falta más drama, ni melancolía. El regalo quedó en segundo plano y Chris yacía de espaldas contra el suelo, con una inconteniblemente feliz Jill Valentine, aferrada a su cuello y a sus labios. La impresión inicial, quedó acallada por los vítores de sus amigos, pero una queja siempre estaría a favor de la noche, para arruinar el momento.
-Muy bonito, Redfield – Carlos ya se había incorporado, y pasaba su mano con furia por encima de su labio roto – Pero te recuerdo que ella es mi novia, ¡Es mía! La traje yo y se irá conmigo.
Estuvo a punto de volver a tirar de Jill del brazo, pero esta vez, fue la castaña la que con desdén, apartó la mano del latino de un manotazo y se puso de pie sin miramientos para encararlo.
-Ya no más – Contestó. Carlos notó que la chica de orbes grises, no pestañeó ni en un solo momento – Lo siento Carlos, pero… Si hay mentiras que pueden vivirse, esta no es una de ellas – Se agachó, tomó el vestido entre sus manos y contemplándolo una vez más, le dijo – Y no todas las verdades pueden resistirse, pero esta es una que en lo particular me hará feliz: Amo a Chris Redfield, desde que lo conocí. Y tengo la corazonada, por más estúpida que sea, de que así seguirá siendo.
Iracundo, Carlos dejó escapar un estruendoso grito que hizo retroceder a Jill y levantarse a los chicos de la mesa. Chris ya había tomado cartas en el asunto y se mantenía delante de ella. No iba a permitir que Carlos Oliveira le pusiera un dedo encima, nunca más.
-¡Este idiota, JUGÓ CONTIGO! ¡Yo lo vi, TÚ LO VISTE, besar a esta perra! –Señaló a Jessica, que lo miró con una expresión de desmoronamiento sin igual. Jill se percató de ello y en lugar de sentir odio, sintió lástima - ¡No puedes confiar en una persona así!
-¿Y cómo podría confiar en ti, Carlos?
Aquella voz, tan masculina, potente y correcta, solo podía provenir de una persona alta, bonachona, y pelirroja; a quién todos conocían muy bien y que se giraron al instante para verlo… Qué raro, o Barry se había cambiado de sexo o tenía una hermana gemela de la que jamás había hablado, idéntica a él en todo aspecto – Incluyendo el hecho de tener barba y una voz más masculina que muchos de los hombres presentes – salvo por el vestido de color rosa, estilo pastora de ovejas y el abanico con el que se echaba aire, mientras se aferraba de una mano, al brazo de Leon S. Kennedy, quién lloraba inconsolable por lo bajo que lo habían hecho caer.
Pestañearon mucho antes de comprender que aquello no era un sueño… No, sueño era un adjetivo demasiado suave para clasificarlo… Pesadilla, era la palabra adecuada.
En efecto, era Barry, vestido de mujer y acompañado por Leon. Ninguno de los dos, podría asistir sin una pareja y según el guión que Bidden había escrito, debían venir como tal.
-Ba… ¿Barry?
-¿Conoces a otro Barry, Chris?
-Pe… Pero… ¿Qué se supone, que?
-Eso lo atacaremos luego – Le dejó el abanico a Leon y se aproximó al lugar de los acontecimientos para darle su bendición a la pareja, ayudar a levantarse a Jessica y mirar con odio a Carlos, quien parecía a punto de volverse loco – ¿Dónde está Richard?
-¡Aquí! – Llegaba acompañado por Bridgette, una chica rubia, de estatura similar a la de él. De ojos claros, y tez bronceada. Richard le pidió que lo dejara tomar acción por unos minutos y ella encantada, se lo permitió – Barry, amigo… ¿Por qué?
-Es una larga historia, Helen te contará los detalles chistosos luego. Ahora, ¿Trajiste las pruebas?
-Aquí están – De su bolsillo, salió lo que parecía ser una micro tarjeta SD. La sostuvo por lo alto, mientras un aura dorada, emanaba desde el centro del artilugio y un coro de ángeles, de Dios sabe dónde, emitían cantos gregorianos para mejorar la acústica del lugar – Con esto, enterraremos a estos dos – Señaló a Jessica y a Carlos – Ahora, Barry, si me permites.
El pelirrojo le dio su celular y Richard pasó a introducir la tarjeta dentro. Se alejó del grupo hasta el lugar donde se encontraba el DJ Nemy y le pidió de manera muy amable, que le dejara rebajar la reputación de una persona hasta el subsuelo… El ser antropomórfico asintió y por todo lo alto se escuchó:
"Ya ves, Jessica. Todo lo que se necesita para tener a cualquier chica a tu merced, es un poco de paciencia y buen gusto. Aunque debo aceptar, que sin tu ayuda para sacar a Redfield del camino, no hubiera sido posible que este mensaje llegara a mi bandeja de entrada."
-¿Qué mensaje? – Preguntó, Jill.
Richard conectó el dispositivo móvil al reproductor de vídeo y fijó la cámara en un telón blanco, plano y extenso. Reflejó el correo de Carlos Oliveira y un mensaje en particular, que no era de otra persona más que Jill Valentine. Diciendo que iría con él al baile de graduación y que debían hablar de algo importante.
El mensaje, sin embargo, prosiguió.
"Jill y Chris por las mañanas y tú y yo por las tardes. Con eso tendremos, hasta la universidad."
El mensaje se repitió, tantas veces como las caras de incrédulos de los hasta entonces, confabulados, Jessica y Carlos, prolongaron sus quijadas hasta el suelo; antes de que Bidden hiciera lo que tanto había esperado por hacer, durante toda la noche.
-¡Adoro oprimir botones rojos!
Y de pronto, Jessica y Carlos ya no estaban más. A Chris le pareció que esta vez la caída era mucho más profunda, pero eso no le preocupó. Barry y Richard, eran un par de genios, y quedaría en deuda con ellos, eternamente.
El vídeo finalizó con una corta película independiente de Claire, anexada de última hora a la grabación. Donde se observaba a un muy ruborizado Chris Redfield, hablar del vestido azul celeste, que Jill tenía frente a sus ojos. Explicando los detalles de cómo lo consiguió y que lo llevó a buscarlo.
-Entonces, Chris – Dijo Richard a través del micrófono - ¿Vas a besarla o vas a esperar otros diecisiete años?
Sin pensarlo dos veces, tomó a Jill por la cintura y dejó que la muchacha dejara caer sus labios sobre los de él, mientras la mecía en el aire como si estuvieran danzando. De haber sido conscientes, aquel habría sido el momento más bochornoso de sus vidas, pero jamás lo recordarán de esa forma. Para ellos, siempre será, el día que tanto habían esperado. El día en que al unísono, lograron decirse el uno al otro sin temor a exteriorizarlo:
-Te amo.
Como un seguidor de esta pareja, me siento complacido de haber podido cumplir uno de mis deseos personales con esta historia, y ese deseo, era unirlos de la mejor manera que se me ocurrió y que espero, también los haya complacido a ustedes.
Buenas noches, a todos.
