Blanco, lila o rosado

Por PCR de Andrew

Capítulo 14

Albert, Albert, Albert. La abuela creía imposible soportar una sola mención más del segundo nombre de su sobrino. Llevaban dos horas de compras, aún en busca del dichoso vestido para la dichosa fiesta del dichoso viernes por la noche y la tía ya estaba mareada. Candy siempre había sido una parlanchina, pero ahora parecía no tener freno. Si la búsqueda se prolongaba más, la abuela temía que terminaría por fin llamando "Albert" a "William" y esa era una batalla en la que no estaba dispuesta a ceder. ¡Jamás!

Pero como no hay mal que dure cien años (ni tonta que lo resista), por fin la abuela determinó que la búsqueda llegaba a su fin con un hermoso, vaporoso y elegantísimo vestido de seda color rosa que tenía una hermosa cinta de color lila para acentuar la cintura de Candy. En realidad Candy se habría visto hermosa incluso con un saco de papas, porque la belleza estaba en su rostro, que irradiaba una alegría indescriptible, y en sus ojos, que brillaban como nunca… o más bien, recordó con nostalgia y cierto cargo de conciencia la tía, como aquel primer día de Candy en la mansión, mientras conversaba con Anthony.

Anthony.

El sobrino que también había perdido, el único hijo de su sobrina, que también había perdido, la única hija de su hermano… Ya era suficiente, no podía dejarse llevar por ese camino o terminaría convirtiéndose en una vieja llorona. Las lágrimas estaban reservadas para la intimidad de su habitación, no para el público.

Ansiosa de ahogar el llanto, la miró otra vez. Toda una vida pasó ante sus ojos. El pasado, cuando la chica no tendría más de 12 años y había emergido de su escondite bajo la mesa, con la cara manchada de pastel. Lo primero que había conocido de Candy era su risa, estruendosa y sin protocolo y luego, su rostro inocente, con su frágil cuerpecillo vestido con las ropas de una sirvienta. Entonces la recordó enfundada en los hermosos trajes que el "tío abuelo Albert" le había regalado al tomarla bajo su tutela. Luego pasaron los años y la vio de lejos vistiendo el blanco del San Pablo, mismo blanco que luego observó, consternada, cuando Candy vestía el que para ella era el vergonzoso uniforme de una enfermera.

Pero por esos días en que la despreciaba más que nunca, su rabia no alcanzaba para llamarle más la atención, pues su único sobrino directo, la razón de años de desvelos y mentiras para "protegerlo", como a los Andrew les gustaba decir, había desaparecido.

Llevaban meses de angustiosa búsqueda y ya incluso George parecía estar perdiendo las esperanzas. Y Candy… Candy, esa chica vestida de enfermera era la única heredera legal de todos los bienes del irresponsable de su sobrino. Si algo le ocurría, toda su vida y los años de esfuerzo para proteger la fortuna, el honor y toda la parafernalia del apellido Andrew habrían tenido un final irónico. Pero sobre todo, doloroso. "¿Dónde estás, William?", lloró muchas veces la tía abuela, "Por favor, Dios mío, has que vuelva, no permitas que lo pierda como ya he perdido a casi toda mi familia". No lo perdió.

Sin previo aviso, un buen día, William apareció. Meses más tarde, la tía, aprovechando la reclusión voluntaria de su sobrino antes de su presentación en sociedad, determinó junto a los Leagan que si la huerfanita era la heredera de su sobrino, bueno sería casarla con el hijo mayor de Sarah, la hija de su difunto marido [1, ve nota al final del capítulo]. El arreglo parecía excelente, pero había que hacerlo rápido, antes de que William se enterara, y la forma de evitar que incluso él interviniera, sería dando a conocer públicamente el enlace. Pero Candy se las arregló para huir y sin saber cómo, se contactó con William y éste la salvó, humillando públicamente no sólo a los Leagan, sino que a ella, la matriarca.

Durante mucho tiempo la mujer no se atrevió siquiera mirar a los ojos a su sobrino. Sabía que estaba furioso y que Candy había ganado la partida. Elroy se sentía absolutamente humillada, pero también culpable y muy confundida. Cada vez que Eliza y Sarah la habían envenenado contra "la huérfana" que vivía con "un vagabundo", en realidad, la habían estado predisponiendo contra la mujer que estaba salvando a su sobrino del hambre y el abandono. No podía dejar de sentir escalofríos de sólo pensar qué habría sido de William si Candy no se hubiese jugado su puesto, su buen nombre y reputación por ese desconocido. Finalmente lo perdió todo; pero aún así, no lo abandonó.

¿Qué clase de mujer era esa? ¿Había sido realmente culpable de la partida de Stear a la guerra? ¿Era realmente una trepadora? Y de ser así, ¿por qué seguía viviendo lejos de todos, en su orfelinato, sin los lujos de los Andrew? Muchos meses pasaron, muchas conversaciones de mantuvieron y muchos actos tuvo que observar para comenzar a aceptar muy lentamente que tal vez… y sólo tal vez, se había equivocado. Lejos de la influencia de los Leagan, alejados de la familia por orden de William, Elroy pudo ponderar muchas situaciones.

Ya habían pasado varios años de todo aquello y sin darse cuenta, había comenzado a mirar a la chica a través de los ojos de sus sobrinos, de Archie, que la adoraba como a una hermana y, por supuesto, de William, que la adoraba… como a una mujer.

Saber al heredero enamorado de Candy le robó noches de sueño y estaba dispuesta a mover mar y tierra para evitar su acercamiento, pero entonces, una tarde que él la había invitado a la mansión, los observó.

Se fijó en cómo William la miraba, en cómo la protegía, en cómo la oía y en cómo sus ojos brillaban al estar a su lado. Ese brillo era exactamente el mismo que había visto en los ojos de su hermano muchos, muchos años atrás. Para nadie era un secreto que el joven era muy parecido a su padre y esa tarde, viéndolos sentados en un banco del jardín, de pronto Elroy tuvo la sensación de estar viajando en el tiempo, de ver los árboles más jóvenes y la brisa más dulce, sus ojos ya no necesitaban anteojos y sus manos eran finas y delicadas, sin manchas ni arrugas. La moda era distinta y el acento era diferente.

De pronto, se vio a sí misma ante otro ventanal, en otro jardín de otra mansión, en otro país, Escocia, y desde ahí, ella espiaba a su hermano mayor. El joven tomaba la mano de una hermosa jovencita de preciosos ojos verdes y en ese instante, en ese preciso instante, la joven Elroy Andrew supo que esa chiquilla sería la madre de sus sobrinos. Lo supo en su corazón tal como ahora, volviendo de golpe al presente, sabía que su sobrino, que en ese momento estaba tomando la frágil mano de otra rubia de hermosos ojos verdes, sería el padre de los hijos de Candice White.

La revelación la impactó. Era absolutamente evidente que ellos se amaban y Candy, la atolondrada Candy, miraba a su sobrino con la misma devoción que muchos años antes su cuñada había mirado a su hermano. En un primer momento pensó luchar y separarlos, pero… si quitaba a su cuñada su abolengo, su apellido aristocrático, los finos vestidos y los millones de su familia, sabía que no tendría a una chiquilla muy distinta a la Candy que Albert, como ella lo llamaba, miraba con devoción. Albert era igual a William, su padre: noble, humilde y sencillo y sobre todo, necesitaba que alguien lo amara desinteresadamente contra toda adversidad, alguien que estuviera dispuesta a arriesgarlo todo por él: su trabajo, su estabilidad económica y su buen nombre. Candy ya lo había hecho antes sin saber quién era él en realidad. Si Candy no era la mujer adecuada para Albert… ¿quién más podría serlo?

Fueron largas noches de insomnio, tardes enteras mirando por los ventanales de la vieja mansión. Entonces cedió. Ya estaba vieja y cansada. ¿Cuántos años más le quedarían? ¿Cinco, quince, uno? Nadie lo sabía. Pero lo que sí sabía es que estaba harta de batallar y que la energía de Albert, sumada a la de Candy, era mucho más de lo que ella podría enfrentar. Y ya no quería, no, ya no quería luchar más. Quería disfrutar. Había criado sola a tres inquietos jovencitos. Dos habían muerto. El cuarto, que debía haberse quedado con ella, le rehuía. ¿Qué más le quedaba entonces? Al lado de Candy, Albert era feliz, no había quién lo dudara; ella ya no se opondría.

- Dime una cosa, Candy –preguntó Elroy mientras tomaban el té ya de vuelta en la mansión tras las compras.

- Claro, tía.

- ¿Has pensado alguna vez en casarte?

La pregunta la tomó por sorpresa y casi se atragantó con la galleta que tenía en la boca. Desde hacía algunas horas, precisamente después de la intensa sesión de besos y caricias que había tenido lugar en esa misma sala durante la madrugada, Candy no había dejado de pensar en una vida en pareja junto a Albert, pero casarse era otra cosa. ¿O no?

- ¿Casarme?

- Sí, casarte. Ya sabes, tener un novio, formar una familia, tener hijos.

- Yo… yo nunca tuve una familia, tía abuela–contestó Candy melancólica-; quiero decir, no una familia tradicional. Usted sabe que tengo dos madres y muchos hermanitos y hermanitas, pero…

- Te comprendo, Candy. Por favor, no me lo tomes a mal. Yo sé que… bueno, yo sé que no soy la más indicada para hacer esta pregunta porque… yo… yo sé que muchas veces te lo saqué en cara para humillarte –dijo cabizbaja Elroy.

- Tía, yo no…

- No, Candy, déjame continuar. Yo sé que te hice mucho daño y que hay cosas que no se pueden borrar, pero… -vaciló un momento. ¿Debía decírselo? Tal vez la rechazaría, pero qué más daba, ella ya era una mujer vieja y un desprecio más o uno menos, no sería la gran cosa – yo quiero, quiero decir que me gustaría mucho que pudieras formar tu propia familia, Candy, junto a un hombre que te quiera y con hijos que te den tantos dolores de cabeza como mis sobrinos me los dieron a mí. Ya es justo que tú pases por los mismos aprietos que yo pasé con ustedes, ¿no crees? –bromeó la tía.

Candy estaba totalmente sorprendida. Las buenas intenciones de la tía parecían tan sinceras. ¿Sabría ella qué había pasado con Albert? ¿O acaso quería…?

- Tía, perdone, pero si usted está pensando en presentarme a algún joven yo no creo que…

- ¿No crees que sea una buena idea?

- No, tía Elroy.

- Candy, no puedes seguir ocultándote toda la vida.

- No lo hago.

- ¿Entonces?

- Es que yo no quiero…

- ¿O es que acaso ya has elegido a alguien? –cuestionó la mujer directamente.

- Yo, yo… -ahora sí que estaba acorralada.

- ¡Buenas noches, familia!

El señor de la casa había llegado.

Sin pensarlo dos veces, Candy se puso de pie de un salto y casi corrió a sus brazos, pero de pronto notó que los ojos de la tía la miraban fijamente y sintió que sus pies pesaban como el plomo. Albert, en cambio, la miraba embelesado con ojos brillantes, con los ojos que William, no su sobrino, sino su hermano, miraba a su esposa cada tarde al llegar de la oficina. La sensación de haber vivido todo aquello antes fue tan fuerte que entonces ya no tuvo dudas. Albert y Candy se amaba y más aún: se lo habían confesado uno al otro.

Lentamente, Elroy se puso de pie, saludó con un gesto a Albert y se acercó a Candy para hablarle en voz muy baja mientras estrechaba en sus manos la mano derecha de la chica.

- Has elegido bien, querida. Por favor, hazlo feliz.

Candy la quedó mirando con la boca abierta y sin más, la tía salió de la habitación.

- Voy a prepararme para la cena. Los espero en media hora. No se tarden.

La tía abuela cerró la puerta tras de sí y Albert y Candy quedaron solos.

Por fin.

CONTINUARÁ


[1] Según el árbol genealógico de los Andrew, publicado por la propia autora de historia, Kyoko Misuki, la tía abuela Elroy habría contraído matrimonio con un viudo cuya hija era Sarah, la madre de Eliza y Neil. Esto explicaría la predilección de la tía abuela por estos chicos y la cercanía de los Leagan con los Andrew (fuente: web oficial de Kyoko Mizuki)