Capítulo 13
-Serendipity-
Hay muchos casos de serendipia en la ciencia. El propio Albert Einstein, un Muggle tan famoso que hasta Cho Chang sabe quién fue, reconoció esta cualidad cuasi mágica en algunos de sus hallazgos. La manzana de Newton, mismamente, es un claro ejemplo de serendipia. Hasta hay quien dice que si no le hubiera dado ese fuerte golpe en la cabeza, quizá la gravedad hubiese tardado más tiempo en ser descubierta.
Pero la serendipia (o serendipity en su voz inglesa) no sólo hace alusión a aquellos descubrimientos científicos afortunados e inesperados, a los que se ha llegado de manera completamente accidental. A ese poco de suerte mezclada con grandes dosis de talento.
No…
El término también se puede aplicar a encuentros fortuitos pero igualmente magníficos que una y otra vez juntan a dos personas, ya sea por propia voluntad o no… Lo importante es que son casualidades cuya naturaleza o fuerza ni siquiera Einstein –o Newton, a manzanazo limpio- sería capaz de explicar.
Magia, tal vez. La naturaleza obstinada de Cho, más bien. Porque tras varios días sin haber visto a Hermione, Cho Chang había llegado a una conclusión clara, cristalina.
Como si fuera una suerte de alquimista de lo imposible, la Ravenclaw, cansada de que el destino no le favoreciera, había decidido darle la vuelta, ponerlo a su favor. Si la montaña no iba a Mahoma, Mahoma iría a la montaña. ¡Cho Chang escalaría aquella montaña¡. Aunque para ello tuviera de aliada a una serendipia completamente falsa que Hermione Granger, por supuesto, asumiría como completamente cierta.
Al día siguiente de su discusión, el mañana que pronosticaron los ojos de Cho nunca llegó. Aunque parezca extraño, en Hogwarts es estadísticamente imposible no encontrarte con quien tú deseas. Las dimensiones del castillo podrían ser un impedimento, evidentemente. Pero la realidad es otra, porque sus habitantes se acaban encontrando tarde o temprano. Tropiezan unos con otros aquí y allá, en uno u otro momento del día, en ésta o en aquella esquina. Incluso con quienes no anhelan tropezar. A no ser, claro, que sea sábado, que haga un sol radiante y que los estudiantes estén más que deseosos de bañarse de ese sol y merodear un rato por los aledaños del lago o las calles atestadas de gente de Hogsmeade.
Y aquel día era sábado. Y Cho y Hermione saben muy bien que los sábados no son un día más de la semana. Porque los sábados en Hogwarts se aprovechan para hornear los cotilleos que no has podido cocinar el resto de la semana. La gente se interesa por los demás, por sus cosillas, por hechos que hacen que la vida sea más interesante: "¿Cómo que X está con Y?" "¿Fulanito se ha liado con fulanita?.¡Imposible¡.". "Yo sé quién se acostó con él…" y blablabla.
Es, en resumen, el día perfecto para meter la nariz en todo aquello que no has podido ni oler el resto de la semana porque has estado demasiado ocupado con las clases, los deberes o con obligaciones que no son tan apasionantes como husmear en la vida de los demás.
Por eso, aunque las dos habían conseguido conciliar el sueño del que se habían privado ellas mismas durante toda la semana, ninguna se sentía tranquila o relajada.
Como Cho, cuyo despiste crónico le había hecho olvidar que tenía entrenamiento de Quidditch. Los Ravenclaw habían reservado el campo y faltar cuando es tan difícil tenerlo en exclusividad puede llegar a convertirse en una grave afrenta a tu equipo.
-¡Cho¡.¡Despierta de una vez¡.¡Se te va a hacer tarde¡.-oyó que le decía alguien.
Cho se giró hacia el otro lado, molesta por la voz que le estaba martilleando la cabeza.
-Cho: te juro que es la última vez que te lo digo. Si no te levantas ahora mismo, no pienso volver luego.
Abrió un ojo ante la insistencia. Sólo uno. El derecho. Luego se incorporó en la cama, bajó las sábanas hasta la cintura y sacó su cabeza.
-¿Tarde?. –preguntó.
Marietta Edgecombe puso los ojos en blanco y dejó caer sus manos sobre sus muslos, enfadada.
-El entrenamiento. ¿Lo has olvidado?. –le dijo antes de lanzarse sobre su cama, provocando que el colchón de la buscadora "Ay, no hagas eso" rebotara.
Cho abrió el segundo ojo y miró a Marietta con desgana. Tenía tal resaca que pronto descubrió aquel molesto y pinchante dolor justo encima de su ceja. Se llevó una mano a la sien intentando aplacarlo con un suave masaje, pero no funcionó.
-¿Y bien?. –oyó que le preguntaba su amiga.
-¿Y bien qué?.
-¿Dónde te metiste ayer?. Desapareciste sin más. Te estuvimos buscando.
Ah, eso…
-Me fui a dar un paseo –dijo con poco convencimiento, evadiendo la mirada de su amiga.
-¿Un paseo?. –Marietta enarcó una ceja -¿Te apetecía dar un paseo mientras todos estábamos en la mejor fiesta del año?.
-Eso he dicho: un paseo -Cho la esquivó y descolgó las piernas de la cama para introducir los pies en unas zapatillas blancas. –Estaba mareada.
Marietta se quedó mirando su espalda e hizo una mueca mientras Cho se levantaba para enfundarse la bata que tenía encima de su baúl.
-Draco Malfoy dijo que te fuiste muy enfadada –insistió.
-¿Eso dijo?. –recogió su neceser y una toalla sin ni siquiera mirarla. –A estas alturas de nuestra vida, creo que deberías saber que no hay que hacerle mucho caso a Malfoy, Marietta. El 90 por ciento de lo que dice es falso y el otro 10 por ciento lo dice sólo para molestarnos.
-Supongo –asintió, encogiéndose de hombros. Se levantó de la cama y se puso al lado de Cho. –Por eso pensé que te habías ido con alguien. Me pareció muy extraño que te fueras sola.
-¿Con alguien?. –preguntó Cho, distraída. Estaba más ocupada intentando recordar si se había olvidado alguno de sus enseres de aseo.
-Bueno, sólo digo que si te fuiste de la fiesta acompañada –hizo una pausa para comprobar que Cho la estaba escuchando- puedes contármelo. A fin de cuentas, soy tu amiga.
-Lo sé, pero no entiendo qué te hace pensar que hay alguien –se defendió Cho, que ya estaba caminando hacia la puerta. -No hay nadie. Cuando lo haya, serás la primera en saberlo –esta vez sí se giró para mirarla- Tienes mi palabra.
Cho le dedicó una sonrisa misteriosa antes de cerrar la puerta de la habitación. Marietta frunció el entrecejo, se dejó caer de espaldas sobre una cama, miró el techo y ese "cuando" que había dicho Cho, en lugar del "si" que debería haber dicho en circunstancias normales, pareció dibujarse en su frente. ¿Cómo que "cuando"?, pensó extrañada.
Hermione corrió exactamente la misma suerte. Malditas ganas tenía de alejarse del castillo, pero el "Vamos, Hermione, te sentará bien" había dado resultado.
Pero no, estaba segura de que no le iba a sentar nada bien. Sobre todo porque tenía ganas de atarse a la pata de la cama. O de grapar su túnica al peldaño de una escalera para ver si alguien –alguien- la rescataba. Y tampoco le desagradaba la idea de pasar aquel sábado sentada en el Gran Comedor, dedicada a la mera observación de quién entraba o quién salía. De si entraba o salía Cho.
Hermione no era tonta. De hecho, era muy capaz de reconocer que se trataba de un sentimiento completamente irracional, aunque no supiera dar respuesta a su origen. Porque lo que no atendía a la lógica, no valía la pena analizarlo. Ella podía desmenuzar la complejidad de cualquier materia. Pociones, Encantamientos, Transfiguraciones… nada se le resistía. Pero cuando la asignatura lleva el título de Sentimientos Irracionales, Hermione suspendía. Una y otra vez. Así que esta evaluación había concluido con un redondo cero por tratar de evitar aquella fuerza interior que le estaba pidiendo que no se alejara del castillo.
Al final cedió y allí estaba, paseando por las calles de Hogsmeade, su mirada fija en las espaldas de Harry y Ron, que iban delante, y escuchando distraídamente a Ginny, que caminaba a su lado.
-¿Qué tal has dormido hoy?. –le estaba preguntando la pelirroja.
Ginny llevaba varios días preocupada. Y atada de pies y manos como estaba por desconocer los detalles, empezaba a perder la paciencia al tratar de ayudarla con los ojos vendados.
-Bien. Hoy he descansado.
-Ya, se nota –la pelirroja dio una patada a una piedra que se interpuso en el recorrido de su zapato. –Aunque todavía tienes mala cara –le dijo mientras la piedra rodaba.
-No han sido unos días fáciles –admitió Hermione, aunque trató por todos los medios de no dar una respuesta clara.
También pensó en cómo cambiar de tema, pero entonces Ron le abrió el cielo. Bendito sea.
-¡Mira¡.¡Es una Nimbus 2008¡. –anunció con entusiasmo tras haber detenido el paso para contemplar el escaparate de una tienda de deportes. Ron tiró de la manga de Harry con energía para que mirara. –Te juro que cambiaría a mi madre por una de éstas. Bueno –se detuvo- a lo mejor a mi madre no, pero a Percy sí.
Harry rió con ganas. Ginny no pareció prestarle excesiva atención. Y Hermione, en lugar de rodar los ojos como haría tras un comentario tan banal, sonrió entre dientes y cabeceó con cansancio.
Tan simple como siempre.
Fue, sin embargo, una tregua muy pasajera, aunque Hermione esperaba que así fuera. Si conocía bien a su amiga –y lo hacía- sabía que no se iba a dar fácilmente por vencida.
-Hermione…
-Mmmm… -respondió, fingiendo estar ausente.
-Sabes que no me gusta meterme donde no me llaman –cierto, Ginny detestaba inmiscuirse en la vida de los demás. Pero esto era diferente-, pero te veo preocupada, y sólo quería decirte que estoy aquí para lo que quieras, lo que necesites, de verdad. Quería que lo supieras.
Hermione recapacitó. No estaba preparada para contárselo a nadie y, en el fondo, qué cuernos, tampoco es que hubiera nada que contar.
-Lo sé, Ginny, gracias. Y te prometo que no me pasa nada –mintió. –Pero, por favor, sólo te pido que no hagas como Harry. Con uno que me dé la tabarra es suficiente. Dos ya son demasiados.
Ginny sonrió y Hermione comprendió que, por el momento, esa batalla estaba ganada.
El final del sábado las sorprendió a ambas sin haberse encontrado. Cho pasó el día intentando curar su resaca, la cual no le dio tregua ni bebiendo la poción casera que a menudo Roger Davies repartía entre los estudiantes tras noches de juergas alocadas.
Hermione lo pasó rodeada de sus amigos, y fue un alivio que ninguno le hiciera más preguntas indiscretas. Ni siquiera Harry, que intuyó en su mirada amenazante que no era el momento y que, probablemente, nunca lo sería.
Y como siempre hay una excepción que confirma toda regla, curiosamente tampoco el domingo se vieron. A pesar de la meticulosa rutina que llevaba Hermione al final de cada semana, ese domingo les fue imposible encontrarse.
Estuvieron a punto de hacerlo cuando Hermione salía del Gran Comedor ahíta de su almuerzo y Cho entraba hambrienta, en busca del suyo. La fatalidad fue cuestión de segundos y la culpa la tuvo un grupo de estudiantes de tercero que entró en batallón y pasó dando voces en medio de las dos cuando ambas se cruzaban.
También contribuyó a la causa Madam Pince y su tajante prohibición de que pisaran la biblioteca. Hermione entró unos minutos, pero se quedó casi en la puerta. Simplemente tenía que devolver un libro que la bibliotecaria llevaba semanas reclamándole bajo amenaza de detención por culpa del retraso.
-¡Alabado sea Merlín¡. Pensaba que se lo había quedado para siempre, señorita Granger –bromeó con ese humor obsoleto, tan pasado de moda que nadie en su sano juicio encontraría gracioso.
Hermione, que estaba de pie frente al mostrador mientras la bibliotecaria lo catalogaba, aprovechó para estirar su cuello con disimulo. De puntillas, su mirada analizó aquel mar de cabezas sumergidas en los libros, pero tampoco así pudo distinguir la de Cho.
-No hasta la semana que viene –le dijo la bibliotecaria, mirándola de refilón.
-¿Perdón?.
-Que no puede entrar hasta la semana que viene. Ustedes dos necesitan aprender la lección –dijo, malinterpretando la mirada de Hermione, que no era precisamente de anhelo de regresar a la biblioteca.
-Ah, ya… La semana que viene –respondió con desgana, haciendo las delicias de Madam Pince, convencida de que había aprendido la lección cuando la vio atravesar la puerta ligeramente cabizbaja.
A media tarde, tuvo lugar también una reunión en el despacho del director. Incluso en los días de guardar los profesores se veían obligados a cumplir con sus obligaciones cuando se trataba de situaciones excepcionales. Como lo era ésta. Los cuatro directores de las casas estaban escuchando atentamente lo que Dumbledore tenía que decirles.
-Como sabrán, han pasado ya varios días desde que el Ministerio confirmó nuestras sospechas –comentó, provocando el asentimiento de todos. –Y supongo que Severus les habrá puesto al corriente de mis motivos para no convocar todavía a las alumnas implicadas –de nuevo un asentimiento general. –Si les he citado hoy aquí es porque tengo intención de mantener una charla con todos esta semana, tanto con el culpable como con las dos alumnas implicadas. Será una conversación breve, por supuesto, dadas las circunstancias.
-¿Qué piensas hacer con él, Albus?. –preguntó Pomona Sprout, intrigada.
-Habrá un severo castigo, espero –propuso Snape, frunciendo el ceño que no daba pie a objeciones. El castigo debía adaptarse al crimen, por supuesto.
Un brillo misterioso atravesó los ojos del director, que carraspeó antes de dar una respuesta.
La semana concluyó de esta manera. Con tan pocas aventuras y sorpresas que Cho, una persona acostumbrada a los días excepcionales, se sintió bastante deprimida cuando se metió en su cama el domingo por la noche. Durante dos días no había pasado nada. No había visto a Hermione. Ni siquiera habían hablado, aunque se suponía que ya no existía ningún resto de enfado entre ellas. Y por Merlín que la echaba de menos… de alguna manera, la maldita Gryffindor despeinada se había colado en su vida y Cho no deseaba que se fuera de ella. Así que al agarrar firmemente su almohada y recapacitar un poco sobre los días que habían pasado, la estudiante de Ravenclaw decidió que ya era hora de tomar cartas en el asunto.
Serendipia. Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Con sus propias manos la escalaría si era preciso.
A la mañana siguiente, Hermione llegó a Transfiguraciones acompañada de Harry y Ron. Y como era habitual en ellos, tomaron asiento en una de las últimas filas. Ron, que todavía estaba tan dormido que hasta tenía una inmensa legaña que no le dejaba abrir uno de sus ojos, empezó a quejarse de lo corto que se hacía siempre el fin de semana.
-¿Por qué no pueden durar más?. Un día más tampoco sería tan traumático.
-O cuatro días más –bromeó Harry, acomodándose en la silla que le había tocado.
-No es para tanto, Ron –intervino Hermione-, piensa que mañana ya es martes –Ron elevó las manos al cielo, como queriendo decir que aquello era evidente pero no un consuelo.
Hermione se agachó para sacar de su mochila un pergamino y así estar lista para la clase que iba a dar comienzo. Al incorporarse, notó algo raro, como un extraño silencio. Sus ojos recorrieron primero la estancia y luego se posaron en el umbral de la puerta, donde alguien recibió con una sonrisa su cara de sorpresa.
-Perdón –dijo Cho, cuyas palabras rompieron el mutismo de los estudiantes de sexto. A fin de cuentas, no era normal que una alumna de séptimo apareciera en una de sus clases. Y aún menos Cho Chang, que despertaba tal admiración entre los chicos que a Hermione no le costó demasiado comprender el significado de sus miradas. –Me he dejado un libro –escuchó que decía.
Cho caminó entre las mesas, meneando adrede aquellas caderas tan curvilíneas que lanzaban su minúscula falda a uno y otro lado con aquel "fru- fru" que despertaba verdadera admiración. Pasó por delante de Hermione, aunque esta vez no la miró. Tampoco la saludó. Recogió un libro que se había dejado olvidado adrede en una de las mesas del fondo y dijo "adiós" antes de salir con esos andares de seguridad que dejaron a todos sin respiración. Hermione siguió todo el proceso con un pergamino congelado entre sus dedos y tardó un buen rato en menear la cabeza y hacerle caso a Ron, que siguió quejándose hasta que McGonagall entró y pidió silencio.
Algo parecido ocurrió durante los siguientes días. Cho lo tenía todo planeado. No podía ser ni muy evidente ni demasiado directa y en el fondo deseaba que Hermione sufriera un poco. No se lo podía poner fácil. No, no, no. Quería que ella despertara y la única manera era que la echara un poco de menos.
Así que Cho estuvo toda la semana en la sopa de Hermione. Y ésta la bebía sin chistar. A todas horas. Cuando menos lo esperaba. En los pasillos, al doblar una esquina e incluso en la entrada de clases en las que ella estaba matriculada y que Cho ya había cursado en años pasados. Y, por supuesto, en el Gran Comedor, donde las miradas llegaban a su máximo apogeo. Cruzándose. Encontrándose. Buscándose sin descanso para que una sonriera coquetamente a la otra.
La sopa de Cho incluso la bebía Hermione cuando llegaba temprano a sus clases y Cho tarde a las suyas. Que lo hacía tan sólo para robarle un "hola", un "adiós" o ese "llego tarde, mejor me voy" que ya se había convertido en rutina entre ellas dos. No hablaban de nada, pero sólo esto ya compensaba. Era preferible a fingir que no lo necesitaban.
Otro día empezaron las notitas. De alguna manera, Cho y sus amigas se las habían ingeniado para inventar aquel sistema de comunicación en las clases. Era muy sencillo: bastaba con escribir en un pergamino especial el nombre de la persona con la que querían hablar e inmediatamente el mensaje aparecía en el pergamino que el destinatario tuviera enfrente.
Hermione, escribió Cho con esa letra curvada y firme que tenía, reflejo de su carácter.
La Gryffindor se asustó bastante cuando el pergamino la saludó. "Hola, Hermione". Porque, joder, ya tenía un bagaje con los diarios. Diarios y Voldemort eran la misma cosa. Así que miró a derecha e izquierda, con un gesto de terror en su cara que a Harry no le pasó desapercibido.
-¿Qué pasa?. –preguntó extrañado.
Hermione iba a contestar, pero justo escuchó el sonido de algo que rasgaba el pergamino y volvió a fijar su mirada en él a tiempo para descubrir que decía "No te asustes, soy yo, Cho". La Gryffindor bufó, pero también sonrió y se cuidó muy mucho de disimular delante de Harry y ladear su cuerpo para que éste no pudiera leer las letras que iban apareciendo. Harry miró a Ron, como si buscara respuesta al comportamiento de Hermione. Pero el pelirrojo se encogió de hombros en un gesto que venía a decir "Yo ya te he dicho que está muy rara".
Aunque no sabía cómo se utilizaba, cogió su pluma, la posó sobre él y escribió.
"Me has dado un susto de muerte. ¿Cómo has hecho esto?".
La respuesta no se hizo esperar.
"Sortilegios Cho. Los gemelos Weasley no son los únicos que tienen imaginación".
"Ya veo…"
"¿Acaso molesto?" bromeó Cho.
"Un poco. Estoy en clase".
"¿Sabes, Hermione? No pasa nada si un día no prestas atención".
"Y esto lo dice una Ravenclaw…".
"Una Ravenclaw que te está enviando notitas en medio de su clase…"
"¡Pero estamos en una parte muy complicada¡.¡Faltan semanas para los exámenes¡".
"Si tienes problemas, yo te ayudo".
"No tengo ningún problema. Y para eso ya está el profesor. Al que no me estás dejando prestar atención, por cierto…"
"Como quieras. Entonces te dejo para que sigas atendiendo. Un beso".
Y así, Cho se despidió. Hermione trató de garabatear más mensajes de protesta en el pergamino, no quería dejar la conversación a medias, pero no obtuvo ninguna respuesta. Para sorpresa de Harry y de Ron, que habían acabado pensando que su amiga estaba tomando apuntes, Hermione dejó la pluma con desgana a un lado y aguantó su cabeza con la mejilla, fastidiada.
No, no y no.
La decisión estaba tomada. Tenía un orden de prioridades en esta vida. No podía ser de otra manera.
Y era realmente desesperante que Cho consiguiera imponerse a todas ellas…
La prohibición de Madam Pince quedó oficialmente levantada el jueves. Bien, porque Hermione necesitaba urgentemente ir a la biblioteca. No era lo mismo estudiar en la sala común de Gryffindor, donde siempre tenía que aguantar las idioteces de Seamus y sus alardeos sobre sus conquistas producto de su imaginación o las incómodas preguntas de Lavender y Parvati sobre su privada e inexistente vida sentimental.
Cho también estaba interesada en ir a la biblioteca. Pero tenía otras razones, claro. Después de haberlo pensado sabía que Hermione no aguantaría ni un día más en volver por allí a escasas semanas de que los exámenes dieran comienzo. Eso sí, convenció a Marietta Edgecombe para que la acompañara porque sabía que si no su aparición no tendría el mismo resultado.
Al abrir la puerta lo primero que les golpeó fue aquel sepulcral silencio. Madam Pince estaba contenta, aunque su cara se tornó cuando advirtió la llegada de Cho. La Ravenclaw la saludó con la mirada y siguió andando hacia donde estaban las primeras mesas de la biblioteca. Había varios sitios libres y sin embargo continuó caminando, como si buscara desesperadamente un sitio en concreto. Entonces lo vio. Y cuando Marietta hizo ademán de sentarse en una de las primeras mesas, Cho se quejó.
-No, espera –dijo en un susurro para que nadie la oyera. Ningún estudiante levantó la cabeza de su libro. –Más al fondo –propuso.
Marietta no comprendió sus intenciones, pero tampoco opuso reparo y continuó andando sin rechistar, pasando largas hileras de mesas y mirando hacia atrás, pues Cho la estaba siguiendo, pero ella no tenía ni idea de a dónde quería llegar.
Marietta pasó de largo la mesa en la que estaban sentados Ron y Hermione y hasta que no llegó a la última mesa, donde ya empezaban las laberínticas estanterías de libros, no se dio cuenta de que Cho se había detenido. Se giró y vio que estaba de pie justamente a lado de la mesa donde ella menos deseaba estar.
-Hola –la escuchó saludar mientras tomaba asiento en uno de los dos sitios que quedaban libres enfrente de Ron y Hermione.
Cho lo hizo de la manera más natural. Tan pronto tomó asiento se agachó para sacar sus libros. Ron la saludó con la cabeza y en seguida retomó lo que había estado haciendo. Hermione enmudeció unos segundos, los que empleó Marietta en rehacer el camino andado y llegar adonde estaba para mirarla con cara de pocos amigos. Cuando Cho se incorporó, se encontró con los ojos furiosos de Marietta, que sin duda le estaban diciendo ¿Aquí?.¿Tenía que ser justamente aquí?. Cho sonrió con diversión y escuchó el seco "hola" con el que la saludó Hermione.
La buscadora no le dio demasiada importancia. Sólo le dedicó una sonrisa antes de abrir su libro y fingir que leía. Durante un buen rato los ojos de Hermione bailaron de su libro a Cho y de vuelta a su libro. Ron, que estaba sentado a su lado, no dejaba de emitir gruñidos desesperados que indicaban que no estaba comprendiendo una parte especialmente complicada. A su vez, Cho se deleitaba en el placer de no estar prestando atención a Hermione porque de esa manera iba a conseguir exactamente lo que ella quería.
Así fue. Tras media hora de ignorarla completamente, la estudiante de Gryffindor empezó a relajarse, a bajar la guardia. Los minutos habían conseguido que tomara su presencia como algo natural y que consiguiera, aunque a duras penas, concentrarse en memorizar los párrafos que le quedaban.
Un poco más, sólo un poco más. Se animaba Cho a medida que pasaba el tiempo.
Y entonces ocurrió. Cuando menos lo esperaba, Hermione sintió que un pie descalzo le había tocado. Al principio el roce fue tan vago que sólo levantó la cabeza de su libro para encontrarse con que Cho ni se había inmutado. Pensó que había sido un error. Quizá hasta lo había imaginado. Pero entonces el pie volvió al ataque y empezó a acariciar son delicadeza extrema sus tobillos.
Hermione miró a Cho; Cho no miró a Hermione.
Se detuvo en sus gemelos, jugó a trazar círculos en ellos. Subió y bajó todo lo que quiso mientras a Hermione se le teñían de rojo las mejillas.
Seguía mirando a Cho, como buscando una explicación. Porque ella estaba enfrente. Porque no podía –no debía- ser Marietta. Pero la buscadora ni siquiera le prestaba atención y hasta juraría que había retomado su costumbre de tararear por lo bajo mientras rasgaba su pergamino haciendo sabe dios qué trabajo.
¿Ahora?.¿De veras es momento de tararear?.
La caricia se intensificó y Hermione notó cómo el pie subía por sus piernas, poniéndole los pelos de punta, abriéndose camino a través de sus muslos, que se contrajeron levemente ante la presión. Luego apartó lentamente su falda, y al hacerlo el pie no encontró ninguna queja, ninguna oposición. Ni de la falda ni de la dueña. Finalmente se posó en su entrepierna, en donde se quedó un rato con la intención de acelerar la respiración de Hermione, que no pudo evitar que se le escapara un gemido delator.
-¡AH¡.
Varias cabezas salieron de los libros para investigar de dónde procedía aquel sonido. La cara de Ron adquirió un rojo intenso que tiñó hasta sus orejas. Marietta se rió entre dientes. Y Cho preguntó con el tono más casual que pudo entonar:
-Hace calor aquí¿verdad?. Yo estoy sudando.
Y miró a Hermione con una sonrisa radiante, extremadamente burlona.
La Gryffindor estaba tan ruborizada que casi se queda sin habla. Pero tras unos segundos fue capaz de juntar las fuerzas necesarias para lanzarle una mirada asesina que brilló reflejada en la rojez de sus mejillas.
-Sí –respondió entre dientes. –Hace calor –dijo, casi escupiendo las palabras.
Cho retiró el pie y no volvió a intentar tocarle en todo el tiempo que permanecieron allí sentados. Cuando una hora después los dos Gryffindors se despidieron para regresar a su sala común, el enfado de Hermione se intensificó al descubrir que todavía estaba tan excitada que andar le pareció toda una hazaña.
-¡Buf¡.¡Por fin¡.¡Acabó¡. –Ron se dejó caer sobre un sillón de la sala común y puso los pies sobre la mesa que había enfrente.
-Sí, la verdad es que esta semana ha sido muy dura –dijo Harry, tomando asiento a su lado y quitándose los zapatos para ponerse cómodo.
-¿Algún plan para el fin de semana?. –era Ginny, que había regresado con ellos tras la última hora de clase de la semana.
-Yo, estudiar –afirmó Hermione.
-¿Un viernes por la noche?.¿Te has vuelto loca?. –preguntó Ron, bajando los pies de la mesa para mirarla con descrédito.
-Cualquier día es bueno, Ron –se defendió Hermione. –Quedan tan sólo unas semanas para los exámenes y no quiero cargarme la nota media ahora. Vosotros deberíais hacer lo mismo.
-¡Pero tienes todo el fin de semana por delante¡. –intentó razonar el pelirrojo.
-Déjalo, Ron –Harry le agarró por el hombro- Si ella quiere estudiar, deja que lo haga. Ya sabes lo que pasó la última vez que…
-¡Eso era diferente¡. –protestó Hermione al ver que Harry sonreía burlonamente.
-¿Diferente?. Estuviste toda la noche del viernes torturándonos con eso de "voy a sacar un cero, voy a sacar un cero"… ¡Volvimos media hora después porque te estabas agobiando¡.
-Y luego sacaste las mejores notas de la historia de Hogwarts –apoyó Harry a su amigo. –Tu nombre acabará apareciendo en los anales del colegio, Hermione.
-Estaba sometida a mucha presión¿vale?. –precisó ella, cruzándose de brazos y empujando su espalda contra la del sillón orejera en el que estaba sentada.
-Pues como no queremos que te sientas obligada a venir con nosotros –razonó Harry, cogiendo los zapatos que había dejado en el suelo-, esta vez te dejaremos que estudies y nosotros nos buscaremos un plan.
Harry y Ron se levantaron, todavía con una sonrisa en sus caras, y se encaminaron hacia las escaleras para subir al dormitorio de los chicos. Hermione seguía con el ceño fruncido.
-No les hagas caso –Ginny le hizo una caricia en la espalda cuando ellos dos se perdieron de vista- sólo lo hacen para que te sientas mal y acabes yendo con ellos.
Hermione sabía que tenía razón. Sólo trataban de picarla. Pero esta vez no caería.
-Ya, pero se van a quedar con las ganas. Ellos pueden hacer lo que les dé la gana. Yo me voy a la biblioteca¿vienes?.
-No puedo, tengo planes –dijo la pelirroja, ruborizándose levemente. No quería que Hermione pensara que no deseaba su compañía o que estudiar no le importaba nada.
-Oh, vale… Bueno, pues entonces nos vemos mañana.
Cuando llegó a la biblioteca, se dio cuenta de que volvía a ser la única estudiante de todo Hogwarts más preocupada por sus exámenes que por salir de juerga un viernes por la noche. Allí no había nadie. Todos se habían dado un merecido descanso. Incluso los Ravenclaw. No es que le importara… Bueno, le hacía sentir un poco extraña, pero tras recapacitarlo un rato se sintió bien. Estaba llevando a cabo sus planes. Sus prioridades. Sus metas en la vida.
Se sentó en una mesa al azar, donde posó todos sus libros, que pronto empezó a revisar. Estuvo bastante tiempo pasando páginas y páginas, ligeramente desconcentrada, pero no tanto para no darse cuenta de que necesitaba consultar un libro que ella no tenía. Se levantó y cruzó la biblioteca hasta llegar a la sección indicada, en donde empezó a sacar tomos que luego apilaba en el suelo por si detrás de ellos estaba el que quería encontrar.
Cuando hubo sacado tantos que la estantería se quedó vacía, le pareció ver dos ojos que la observaban desde el otro lado, por el hueco que había dejado. Hermione se asustó y se echó a un lado. Luego estiró la cabeza para comprobar si efectivamente había alguien ahí detrás. De ser así, seguro que sería Madam Pince y su macabro gusto de asustar a los estudiantes que se quedaban a solas en la biblioteca. En cambio, esta vez no vio nada, por lo que decidió rodear la estantería para asegurarse de que no se trataba una alucinación.
Tranquila…
Se dijo a sí misma, con el corazón desbocado. Llevaba la varita en alto. Pegó su espalda al borde de la estantería antes de dar un salto y cruzar hasta la otra esquina con la intención de asustar a quien estuviera allí.
No había nadie.
Ya te lo dije…
Hizo ademán de girarse para regresar a su sitio y continuar con la búsqueda de aquel libro, pero entonces sintió que alguien le había agarrado la mano.
El movimiento fue tan brusco que Hermione dejó caer su varita. Se encontró entonces frente a frente con alguien que atrajo su cuerpo hacia el suyo y empezó a besarla. Por instinto comenzó a empujar con fuerza para desprenderse de esos brazos que la tenían acorralada, pero cuando abrió los ojos se dio cuenta de que era Cho quien la estaba besando, quien la agarraba como si le fuera la vida en ello, y quien al ver que no oponía resistencia empezó a empujarla sin dejar de besarla, hasta que consiguió que Hermione retrocediera y quedara arrinconada contra una de las paredes de la biblioteca.
Su cuerpo estaba tan cerca del suyo que notó que le faltaba el equilibro. Ya no opuso más resistencia. Hermione sintió todo su cuerpo flotar y su mente navegar a la deriva. Dejó caer sus brazos a lo largo del cuerpo mientras los muslos de Cho se encajaban entre los suyos y su mano se deslizaba entre sus piernas.
Hermione gimió de placer y Cho no se detuvo en ningún momento. Empezó besando su cuello, mordisqueándolo cada vez con más fuerza. Primero le dio pequeños mordiscos, luego más intensos, pasando a su vez su lengua, por si dolía, por si era necesario curar una herida. -¿Duele?.
-No, dios…
Cho estaba cada vez más excitada, explorando cada milímetro de su cuerpo, moviendo sus caderas mientras Hermione arqueaba su espalda y hundía sus dedos en su pelo para que no se escapara.
-¿Te gusta así?.
-Sí.
Seguramente tocó en algún punto certero porque Hermione gimió y agarró su cabeza intentando controlar aquel escalofrío que empezó a recorrer su espalda. Cho no se detuvo en ningún momento. Al tiempo que la tocaba, saboreó todo su cuello, bajando con suavidad hasta el hombro, lamiendo, mordiendo incluso la clavícula, donde su lengua trató de hacerse hueco entre el nudo de la corbata y el final de la camisa. Como no encontró más piel que seguir saboreando, sus manos buscaron a tientas los botones del final de su camisa e intentaron desabrocharlos.
-Es… no… no es una buena idea… -se quejó Hermione al sentir un hilo de aire fresco que le subía por la barriga.
Cho desabrochó otros dos botones, los justos para retirar la camisa hacia los lados.
-Llevo más de una semana esperando.
Desanudó lo justo su corbata para poder separarla y se agachó para besarle la tripa, trazando con su lengua el camino hacia arriba. Hermione volvió a gemir y la mezcla del aire frío de la biblioteca con el rastro que dejaba la lengua de Cho hizo que clavara sus uñas en su espalda. Cho deslizó una mano por debajo de su sujetador, lo apartó y atrapó su pezón entre sus labios. Luego lo mordió.
-Buff…
Hermione dejó caer sus manos. Las posó en las caderas de Cho, las empujó contra las suyas y agarró su cabeza por la nuca para que sus bocas se juntaran de nuevo. Más. Mucho más. Con la otra mano bajó hasta el final de su falda, que levantó para posarla encima de sus bragas y notar lo húmeda que estaba. Oh, dios, estaba tan excitada que Hermione quiso deshacerse de aquella minúscula falda. Cho lanzó un gemido de placer cuando empezó a tocarla.
-Hermione, quiero hacerte el amor –le susurró al oído, desatando una bandada de mariposas en su interior. –Pero aquí no.
Hermione sintió que la cabeza le explotaba. Quería hacerlo con toda su alma, pero Cho tenía razón: allí no. Lo malo es que no sabía cómo controlarse. Días sin decirse nada, días sin verse, días de miradas encontradas en el Gran Comedor. Todo se acumulaba, quemaba en su piel, en su sexo, en su espalda arqueada, en esas manos que no podían dejar de tocarla. La deseaba allí y ahora.
Empezó a besar con mayor intensidad a Cho. Le tocaba, pero lo hacía por encima de la ropa, por miedo a no poder controlarse. Estrujándola, que aquellas prendas eran tan molestas que llegaban a desesperarle. Hermione las hubiera hecho añicos a mordiscos a no ser porque escuchó pasos detrás de ellas.
-Alguien.. –dijo de repente.
-¿Alguien?. –se sorprendió Cho. -¿Falta alguien más aquí?.
-No… idiota… -dijo Hermione, con la respiración todavía entrecortada. -Viene… alguien.
Cho se separó lo más rápido que pudo. Hermione empezó a abotonarse la camisa, todavía con aquel rubor intenso en las mejillas, pero lo hizo mal, no atinó ojal con ojal. Y para más complejidad, tenía la corbata ladeada y ni le dio tiempo a colocársela.
-¿Hola?.¿Hay alguien ahí?. –la voz estaba tan cerca que Hermione y Cho pegaron un respingo. -¡Por Merlín santo¡. ¿Se puede saber qué están haciendo?.¡Llevo horas buscándolas¡.- protestó McGonagall al encontrarlas entre las hileras de libros de la biblioteca.
Las miró de hito e hito y reparó, claro está, en el descompuesto atuendo de Hermione, en la falda medio subida de Cho y en la varita olvidada en el suelo. –Tenga –dijo, conjurando un hechizo que la levantó y la dejó flotando enfrente de Hermione- Se le ha caído esto.
La recogió y la guardó en un bolsillo interior de su túnica. Cho reprimió una sonrisa. No era el mejor momento para partirse de risa.
-Acompáñenme. El director quiere verlas.
McGonagall puso cara de desconcierto, se giró y su capa ondeó con el movimiento. Hermione y Cho se miraron, sonrieron con diversión y empezaron a andar para seguir a su profesora, camino del despacho de Dumbledore.
-Luego –leyó Hermione en los labios de Cho...
NdA: Ay… ya no sé qué más comentar de la historia. Este capítulo ha sido largo porque ha seguido, más o menos, una línea temporal de acontecimientos. Quería explicar un poco la evolución de los personajes, cómo Cho se decide a perseguir a Hermione porque no está dispuesta a perderla y, bueno, se lanza a la piscina para ello. Tened en cuenta que para mí Cho es una persona con poca paciencia. Si quiere algo, no se lo piensa. Aunque no sé si vosotros estaréis de acuerdo… como con todos los personajes secundarios, poco desarrollados por el autor en cuestión, todo son suposiciones nuestras.
De nuevo no he querido darle demasiadas vueltas al texto. Quizá no haya sido tan apasionante como el anterior –las discusiones también dan más de sí, eso seguro jaja-, pero espero que no os haya restado interés. He querido hacerlo un poquito menos psicológico y más de acción, pero eso ya es por capricho personal. Me gusta variar levemente para no aburrirme demasiado o contar lo que al final acabamos contando todos. Soy de las que aman jugar a ratos con las diferentes formas de lenguaje y, bueno, en esta ocasión me ha salido con tintes raros de cuento, como narrando los días… espero que no se os haya hecho pesado. Así que nada… esto sigue, aunque cada día queda menos. Como siempre, un besazo a todos. Booh-
Eowyn: espero no haber tardado demasiado¡ Te dejo que creer ese club de amenaza si ves que algún día me retraso más de lo normal ;)
Chikane89: debe de ser agotador abrir la página cada cinco minutos. Y qué tal una alerta? Eso te sacará de dudas y no tendrás que entrar a todas horas. En cualquier caso, yo super feliz de que te guste tanto.
xxHatsuYumexx: ahora lo que tienes que hacer es animarte a escribir mas y más Cho/Hermione. XD Extiende la religión¡ A ver si un día me saludas en el foro, porque sigo sin saber quién eres o a lo mejor es que no me he fijado como debería haber hecho? Hmmm… no sé.
Claudia: yo espero de veras acabar el Oliver/Hermione¡ Pero primero quiero terminar este, que es el que más dolores de cabeza me da. A ver si consigo arrastrarte hasta la otra historia también jeje. Y también pienso hacer más femslash¡ Mucho más. Tengo un proyecto ahora que a ver si sacamos a buen puerto jeje
Sabris: no te muerdas las uñas, ni te desesperes por diossss¡ Para eso ya estoy yo y tampoco es esa la intención. Y mucho menos que te cree dolor de espalda. Ya falta menos, ya falta menos. Escríbeme cuando quieras, ya sabes. Mucha
Sandokan: gracias por pensar que es emocionante. Si, ya falta menos. Estamos llegando casi al final, aunque todavía faltarán… no sé, quizá dos o tres más. Pero no puede durar eternamente, claro está. Gracias por leer y por comentar¡
akabreverof: jo… no sé qué decir. Gracias, de verdad. Yo intento que disfruteis con ello. Realmente soy de las que odia escribir demasiado rebuscado. Pienso que cualquier historia se disfruta más con un lenguaje un poco más llevadero, más fluido, más cercano. Pero esa soy yo. Para gustos, colores. Aquí cada uno tiene el suyo y todos son respetables. Un besazo.
