¡Hola a quienes leen!

Les dejo aquí la continuación de esta historia. Espero que sea de su agrado.

No se olviden de comentar xD


Capítulo XIII: La frialdad que acompañó a la traición

.

Se despertó con los rayos del sol entibiándole la cara. Había dormido toda la noche de corrido, sin preocuparse por turnos ni vigilancias; se había desmoronado, exhausto, en los brazos de Eren luego de hacer el amor. Había sido una insensatez, lo sabía con certeza; los tiempos no estaban como para tener una actitud tan despreocupada.

Ahora que su cerebro funcionaba correctamente, abrió los ojos sobresaltado y se incorporó sobre el brazo izquierdo; Eren dormía tranquilo, dándole la espalda, y sólo soltó un suspiro hondo cuando él se movió. Ladeó el cuello y aguzó el oído: nada, ni un solo ruido se sentía en las inmediaciones de la cabaña, ni siquiera un bufido de Bullfart. Sin terminar de saber si eso era una buena o mala noticia, Jean decidió levantarse.

—Despierta, gatito —dijo en un susurro sobre el oído derecho de Eren, antes de darle un beso suave ahí donde empezaba la línea de su cabello—. Ya tuvimos un descanso demasiado largo.

Eren se negó a ponerse de pie de inmediato, y Jean no pudo resistir el impulso de quedarse a mirarlo: el chico se tendió boca abajo y estiró el cuerpo; como si se tratara de un verdadero felino. Jean sonrió y repartió un par de besos por todo lo largo de su espalda antes de ponerse de pie.

—Es en serio, Eren —volvió a decir mientras se ponía la ropa interior y los pantalones—. No tuvimos el resguardo de hacer guardia durante la noche. Fue un descuido demasiado grande. —Se sentó en la orilla de la cama y se calzó las botas. Estaba subiendo el cierre de la última cuando sintió que Eren se sentada en la cama y se abrazaba a su espalda—. ¡Anda, levántate!

—No, quédate un rato más conmigo —pidió Eren en un susurro tan suave y ronco que parecía un ronroneo—. Nadie nos persigue, nadie nos vio salir del pueblo. —Le besó la nuca, deslizando los labios suaves y cálidos por sobre los huesos que, debido a su cabeza inclinada, sobresalían de su columna—. Si nos hubieran seguido, ya habrían llegado.

—Aun así —dijo con voz paciente y suave; prácticamente rendido a sus labios—, si no son los traidores, espero que sean nuestros amigos los que lleguen. —Con la mención implícita a Mikasa, Armin y Levi, Jean sintió cómo Eren terminaba de despertar y recuperar el juicio; sabía que era sólo el sueño el que lo hacía ser tan irresponsable—. Ya ha pasado un día entero desde el ataque, es tiempo suficiente para que hayan reagrupado las fuerzas.

—Tienes razón. —La voz de Eren había cambiado: era fuerte y rígida, la voz de un soldado—. Además, sé que el Comandante Smith está siempre abierto a oír a quien sea, sin importar los rangos, así que escuchará a Armin —dijo más esperanzado—. Tal vez ya estén de camino hacia acá.

Jean se dio la vuelta y se obligó a sonreírle, Eren tenía razón, pero sólo si Armin había sobrevivido a esa noche de traición y destrucción, aunque no se le pasó por la mente verbalizar sus pensamientos sombríos. Recogió su camisa del suelo polvoriento y se la puso, estaba abotonándosela cuando su vista se detuvo en la silueta de Eren: sentado con las piernas cruzadas en la cama y cubierto de la cintura para abajo con su capa verde oscuro, su torso de piel trigueña y desnuda, ahora erizada por el frío, parecía más atrayente bañada por los rayos del amanecer. Jean no pudo contener las ganas y bajó el rostro para besarlo, enredó los dedos en el cabello que le caía a los costados del rostro y capturó su labio inferior, mordiéndolo suave hasta oír un delicioso gemido.

—Vístete, por favor vístete —dijo cubriendo con los labios la boca ajena—. De lo contrario, no respondo por lo que podría hacerte. —Su súplica provocó una carcajada de Eren, que a pesar de no parar de reír, le hizo caso.

Mientras Jean lo miraba ponerse los pantalones y la camiseta, cubriendo su hermosa piel, rogó a los dioses de las murallas que les permitieran volver con vida al castillo; no había pedido nunca nada con tanto fervor.

Eren se terminó de calzar las botas y se puso de pie; era el turno de las correas del equipo tridimensional. Jean sacudió la cabeza y lo imitó, tomó sus correas y comenzó a ponérselas una a una: eran un trabajo minucioso que debía ser realizado con precisión, porque el funcionamiento de todo el equipo dependía de cuán bien estaban las correas; el más mínimo error podía significar una caída en pleno vuelo. El sonido del metal y el cuero tensándose inundó la pequeña cabaña, Jean se dio cuenta que el sonido era magnificado por el silencio imperante.

—Todo está tan callado... —susurró una vez que terminó con las correas y se puso la chaqueta. Recogió su capa de la cama y se la echó a los hombros después de darle una sacudida; por el rabillo del ojo vio que Eren hacía lo mismo—. No me gusta este silencio sepulcral, es como un mal augurio.

—No creí que fueras así de supersticioso, Jean. —Eren trató de bromear, pero el tinte de preocupación teñía su voz; también él había sentido ese presentimiento.

No dijo nada más.

Caminó hasta la entrada de la cabaña, ahí donde la mañana anterior se habían sacado los compartimientos especiales para guardar las cuchillas. Su espalda le había agradecido haberse liberado del peso de las enormes cajas de metal por todo un día, pero ahora era importante estar preparado; no sabían lo que podía pasar. Recogió las cajas y se las acomodó al cinturón especial del arnés: ahora su equipo de maniobras tridimensionales estaba listo.

—Es mejor que termines de ponerte el equipo —dijo a Eren antes de abrir la puerta de la cabaña—. Tenemos que estar preparados. —El chico hizo un movimiento de cabeza y recogió su cinturón, empezando con la tarea de ajustar el equipo.

Jean salió de la cabaña con todos sus sentidos alerta, atento al menor indicio de peligro, pero afuera no había nada sospechoso. Divisó a Bullfart distante a varios cientos de metros, pastando tranquilo. Cuando el caballo lo sintió, levantó la cabeza y movió las orejas adelante y atrás antes de ladear el cuello para mirarlo y soltar un bufido. Se había soltado de la amarra debido a las riendas en mal estado, por eso no se oía cerca de la cabaña. Dejó al caballo pastar tranquilo, que aprovechara ahora que podía; no todos tenían la suerte de ser ignorados por los Titanes.

Jean bajó los dos peldaños de la escalera de la cabaña con mucha lentitud, sintiendo cómo la madera vieja crujía bajo el peso de sus pisadas, y se encaminó al bosquecillo que crecía al pie de la montaña, justo atrás de la cabaña. No era el bosque de secoyas gigantescas que crecía a las afueras de Roothmar, sino una floresta pequeña de una variedad de especies de menor tamaño.

Mala cosa —pensó Jean mirando los árboles que se mecían con la brisa fuerte y helada que bajaba de los picos nevados cercanos—. Estos árboles tan pequeños serían derribados en instantes por los Titanes.

El bosque estaba formado por arbustos pequeños y zarzas, los árboles más grandes eran los robles, que alcanzaban hasta veinte metros y en esa época ya habían perdido todas sus hojas y ahora eran esqueletos grises en medio del dorado rojizo de los arces pequeños y el verdor aquí y allá de unos cuantos pinos.

La humedad que bajaba de las montañas formaba una neblina baja y espesa que parecía hacer que los árboles flotaran en medio de un mar gris, y a pesar de que la mañana era soleada, el aire estaba tan frío que la respiración de Jean se condensaba en el aire.

—¡Jean, mira! —La voz animada de Eren saliendo a la carrera de la casa, lo hizo dar la vuelta y correr hasta la entrada de la cabaña—. Viene alguien.

Cuando llegó a la entrada, Eren señalaba con el dedo índice dos pequeñas figuras negras que se movían en el horizonte, resaltando contra el verde de la pradera. No alcanzaba a distinguirse de quién se trataba debido a la distancia, pero era obvio que eran miembros de la Legión de Reconocimiento, la duda era si eran amigos o traidores.

—Son sólo dos... —dijo Jean arrugando el ceño para mirar a contraluz—. ¿Por qué son sólo dos? —Sin ser consciente, estaba verbalizando sus pensamientos—. No tiene sentido que vengan sólo ellos, a menos que sean los únicos sobrevivientes.

—Tal vez no estaban seguros de que el mensaje no fuera una trampa y enviaron a dos hombres a inspeccionar el terreno. —Eren se encogió de hombros y soltó lo primero que se le pasó por la cabeza. A pesar de todo lo que había pasado, aún no conseguía desconfiar de sus compañeros—. Debe ser sólo la vanguardia de la Legión de Reconocimiento. Es imposible que sólo haya habido dos sobrevivientes.

—Es posible… —dijo Jean dándole una vuelta a las palabras de Eren—. Las traiciones demostraron ser impensadas y es lógico que ahora duden de todo y de todos. Es probable que al recibir mi mensaje de la boca de Armin, el Comandante Smith haya decidido inspeccionar el terreno antes. —Se acarició la herida de la barbilla con la mano, le ardía un poco, pero su vista estaba fija en las dos figuras que se movían en el horizonte—. Tal vez no están seguro que yo no soy un traidor, por eso sospecharon del mensaje.

—Pero eso no tiene sentido. —Eren entrecerró los ojos y habló bajo, como si temiera que alguien más oyera sus palabras—. Si tú fueras uno de los traidores que sólo quería mi cabeza, ¿por qué haberles tendido una trampa? —Miró a Jean, confundido, pero éste seguía con la miraba fija en los dos jinetes—. Si fueras uno de los traidores, a estas alturas ya me habrías matado y tu misión estaría completa. No hay necesidad de atraer a toda la Legión de Reconocimiento hasta aquí.

—Supongo que luego de lo que pasó en Roothmar, el Comandante Smith está sospechando de todo. Es natural que se haya vuelto más precavido de lo que ya era.

—Tal vez...

—No lo sé, esto no huele bien. —Jean se retractó de sus anteriores palabras a los segundos; un frío le había erizado la piel de un momento a otro—. Es mejor ocultarse hasta saber quiénes son y decidir si son de confianza o no.

—Sí, tienes razón. —Eren movió la cabeza a modo de asentimiento—. Pero... ¿En quiénes podremos confiar y en quienes no?

—Mikasa y Armin son tus amigos de infancia, jamás te venderían. ¡Por nada en el mundo! —dijo Jean al instante, sin una pisca de duda en la voz—. Me consta que ellos morirían por ti de ser necesario.

—Levi tampoco es un traidor. —Eren no sabía por qué tenía tanta seguridad en ello, pero así era—. No creo que se preocupe particularmente en mi vida, pero si hay algo de lo que estoy seguro que no haría jamás, es trabajar para burgueses de Sina.

—Estoy de acuerdo. —Al igual que Eren, inexplicablemente Jean estaba seguro de la lealtad de su Capitán—. Ni el Capitán Levi, ni el Comandante Smith, ni la Mayor Hanji venderían sus ideales.

—Supongo que con ellos cinco muere la lista.

—Me gustaría poder contar entre los amigos seguros a los chicos del escuadrón 104, pero luego de la traición de cuatro de ellos, me he vuelto desconfiado.

—Es esperable... —Eren sabía que Jean hablaba de Ymir, Bertolt, Reiner y Annie, sobre todo de esta última; su traición había traído la muerte de Marco.

—¡No hay tiempo que perder! —dijo Jean tomando el brazo derecho de Eren, sacándolo de improviso de sus pensamientos—. Vamos al bosque de atrás y nos ocultaremos entre los árboles más grandes.

Se dirigieron a la carrera hacia los árboles y gracias a su equipo tridimensional, en cosa de segundos estuvieron ocultos de la vista entre el follaje del pino más grande que crecía en aquel bosque: ambos se sentaron entre las ramas cercanas a la punta, apoyando las espaldas en el troco. Jean ni siquiera se tomó la molestia de ocultar al caballo; así como ellos fueron capaces de verlos, era lógico que también los habían divisado, más aún cuando tenían el sol a su favor.

Aunque los otros soldados venían corriendo a toda la velocidad que le permitían sus monturas, llegaron a la base de las montañas cerca de media hora después, y cuando estuvieron al alcance de su vista, los reconocieron sin problemas: Historia y Strauss.

El hombre era uno de los más antiguos líderes de escuadrón que aún quedaban en la Legión de Reconocimiento. Había pasado los cuarenta años, pero se mantenía en forma. Era un hombre bajo y de contextura esbelta, pero con músculos duros como el acero; un hueso duro de roer que había sobrevivido a numerosas expediciones extramuros, y su récord de ser el hombre vivo con el mayor número de expediciones en el cuerpo lo hacía temible y respetado dentro de las tropas mismas.

Jean sudó frío al reconocerlo: sabía que si era un traidor y le tocaba luchar contra él, se podía dar por muerto. Pero estaba Historia, la chica más dulce que haya conocido, así que la hipótesis de la traición se hacía improbable a su lado, a menos que ella haya sido engañada por su superior. Jean frunció el ceño y chasqueó la lengua, molesto, con este pensamiento.

Strauss e Historia se bajaron de sus monturas. La chica miró en todas direcciones, pero el hombre en cambio, estudió el caballo unos instantes y luego se adentró a la cabaña; la chica lo siguió. Los perdieron de vista a ambos por varios minutos, hasta que Strauss volvió a salir de la cabaña y la recorrió a grandes zancadas, observándolo todo, seguido de cerca por Historia.

—¿Cree que Eren esté por aquí? —preguntó la chica. El sol del amarecer arrancaba destellos dorados de su cabello rubio—. El caballo está aquí... Tal vez le pasó algo malo.

Jean se dio cuenta que Eren se movió intranquilo a su lado, la rama en que se apoyaban se meció suave con el movimiento, pero por suerte el viento hacía lo mismo, así que no los podrían ubicar gracias a eso. De todas formas, le puso la mano derecha sobre el muslo, más arriba de la rodilla; un gesto confidencial que buscaba tranquilizarlo.

—Alguien durmió en la cabaña —dijo Strauss tranquilo. Era un hombre imperturbable, que se movía con pasos ágiles y sigilosos, mirando con cuidado hacia abajo, como si estuviera estudiando algo en el pasto bajo sus botas—: se nota en la cama. Además, está herido; había sangre.

—Tal vez llegamos demasiado tarde. —La tristeza en la voz y mirada de la chica era palpable.

—Yo creo que aún está aquí.

—¿Cómo lo sabe?

—Puedo sentirlo en el aire —respondió el hombre luego de olfatear en varias direcciones. Esto bastó para que Jean tragara duro y la camisa se le empapara de sudor frío en la espalda.

Historia se ahuecó las manos entorno a la boca para que su voz se oyera amplificada y gritó.

—¡Eren! —Jean no sabía si era una simple coincidencia, pero Historia gritaba hacia el bosque y Strauss miraba junto hacia ellos, como si pudiera verlos, a pesar de lo denso del follaje—. ¿Estás aquí? ¡Eren!

—Sal muchacho, estás seguro con nosotros. —La voz ronca, casi rasposa, del hombre mayor, se sumó a la voz delicada de la chica.

Silencio. Sólo el murmullo del viento entre los árboles respondió a su llamado.

Strauss ladeó el cuello y se inclinó un poco para susurrar algo directo sobre el oído de Historia, pero Jean estaba seguro que, al ver sus labios moverse, el hombre había dicho "Háblale, haz que confíe en ti".

—Eren, venimos siguiendo tus huellas —explicó Historia una vez que Strauss se alejara de su oído—. Yo estaba junto al líder de escuadrón Strauss la noche en que fuimos atacados; no sólo por los Titanes, sino también por nuestros propios compañeros. Si no hubiera sido por el líder Strauss, habría muerto esa noche, pero él me salvó. —Aunque la voz de Historia siempre había sido suave, ninguno de los dos tuvo problemas para oír sus palabras. Se veían tan frágil y triste, como si esa traición de doliera—. En ese momento nos dimos cuenta que los traidores andaban detrás tuyo, que lo que querían era asesinarte, así que te buscamos igual que ellos; los cadáveres fueron los que nos guiaron hasta el bosque de secoyas —dijo con voz queda, como si a medida que relataba, estuviera viendo los cadáveres de sus compañeros y superiores—. Desde ahí, gracias a las habilidades del líder Strauss, pudimos seguirte las huellas, primero a pie, luego de que encontraste un caballo, seguimos las huellas del animal. Por la orilla del río, hasta esta planicie. Cuando vimos el caballo junto a esta cabaña, supimos que te habíamos hallado.

Sólo en ese instante Jean se dio cuenta que ninguno de los dos había reparado en su presencia, al igual que los traidores que habían atacado a Eren, Strauss e Historia también creían que el chico estaba solo.

Eso es bueno —pensó mirando a Eren de reojo—. Tal vez podemos usarlo a nuestro favor.

Durante los breves minutos que Jean los perdió de vista para mirar a Eren, Strauss se había puesto en movimiento y era seguido de cerca por Historia. El experimentado explorador caminaba con suavidad por sobre las hojas secas y podridas, seguía con la vista fija en el suelo, y Jean ahora supo el porqué.

¡Las huellas! —pensó con el corazón acelerado—. Está mirando las huellas.

Aunque la cubierta vegetal era blanda y dificultaba que alguien los pudiera seguir, la lluvia de los días anteriores había cubierto de lodo el suelo, y ahora sus pisadas eran claras. Jean miró en todas direcciones, planeando el mejor lugar para una huida rápida, pero la voz de Strauss lo hizo darse cuenta que estaban a tan sólo metros de distancia.

—¡Eren! —gritó el hombre deteniéndose. Jean apretó la mano que mantenía sobre el muslo del chico—. Ven con nosotros, entre los tres estaremos a salvo, nosotros te protegeremos hasta que nos reencontremos con el Comandante Smith.

—Es verdad —intervino Historia—. El Comandante Smith está esperándote junto al resto de las tropas sobrevivientes. Volveremos juntos hasta el punto de encuentro.

Eren se dio la vuelta para mirar a Jean, sonreía suave y el brillo de sus enormes ojos turquesa lo hipnotizó por unos instantes.

—El Comandante nos está esperando —susurró—, bajemos Jean.

—No lo sé, Eren… —respondió volviendo a mirar con desconfianza a los otros dos soldados—. Si los hubiera enviado el Comandante Smith, ¿por qué no vino él personalmente?

—Sólo se asegura que esto no es una trampa. —La sonrisa en el rostro de Eren se amplió; se veía tan tranquilo que hizo que la preocupación de Jean se esfumara mientras lo miraba, casi como si se tratara de un hechizo—. Tú mismo lo dijiste, Jean. Es normal que él desconfíe de todo después de lo que pasó en Roothmar.

—Eren, no bajes aún.

—Tranquilo, Jean, es Historia.

—¡Eren! —susurró, pero fue inútil. Ayudado por su equipo tridimensional, Eren se dejó caer hacia abajo.

En ese instante no supo qué hacer: qué sería más sabio, esperar a ver las acciones que develaran si los otros dos soldados eran traidores o amigos, o bajar de inmediato para hacer compañía a Eren y enfrentar su mismo destino. Sabía que esperar era lo más sabio; podría tomar a los otros desprevenidos en caso de necesitarlo, pero al ver cómo Strauss sacaba la escopeta que mantenía colgando en su espalda y apuntaba a Eren, ya no pudo pensar nada más.

Activó su equipo de maniobras tridimensionales y se descolgó, dejando que la inercia lo llevara hacia abajo, delante de la figura de Eren.

No supo en qué momento sus pies tocaron el suelo, porque todo pasó demasiado rápido. Primero el vértigo de la caída libre de los casi quince metros del pino, luego el sonido que le retumbó en los oídos casi al mismo tiempo que sentía un doloroso ardor que le perforaba el pecho, y después cayó hacia atrás, justo a los brazos de Eren.

—¡No, Jean! —gritó Eren, presa del pánico.

—Huye —susurró con una voz tan áspera que apenas pudo reconocer como propia; su boca estaba inundada de sangre.

—¡Jean, tienes que mantenerte despierto! —Eren lo sostuvo entre sus brazos, pero Jean veía cada vez más borroso; estaba cayendo en la inconsciencia, lo sabía—. ¡Mírame, Jean!

Luego todo se volvió negro y ya no oyó nada más.