Gracias a la imaginación de Charlaine Harris que nos ha regalado estos personajes con los que jugar. Todos suyos.


14.

No podía con tanto placer, los dedos de Eric se curvaban dentro de mí haciéndome gozar como hacía mucho que no pasaba. Su boca abandonó mi clítoris y sus ojos se encontraron con los míos. Casi estaba esperando oírle decir "mírame, amante...", como tanto tiempo atrás, y supongo que si no le hubiese estado haciendo cuando levantó los ojos, lo habría dicho. Asentí con suavidad y le di mi permiso con una sonrisa. Primero preparó la zona mientras sus dedos no me descuidaban ni un segundo, luego mordió con sumo cuidado y por último succionó dándome el mejor orgasmo en años, y había tenido muchos y muy buenos, pero no me los había proporcionado él... Apoyó la cabeza contra mi pubis se quedó unos instantes así, acariciando mi muslo y besando lo que quedaba a la altura de su boca. Mientras mi respiración se normalizaba, lo que requirió unos minutos, mis manos acariciaban su pelo de forma inconsciente. Levantó los ojos hasta los míos y me sonrió. Dios, me hubiese muerto del gusto allí mismo, en la oficina del jefe de mi cuñada, Eric entre mis piernas, otra vez y sonriéndome como si no hubiese pasado ni un día desde la última vez que había hecho eso.

_ Amante... – susurró.

_ Eric – respondí.

_ Eres exquisita pero ¿por qué tu sabor y tu cuerpo me resultan tan familiares? – me revolví incómoda, ¿qué le podía contesar a eso? ¿la verdad?

_ La sangre de hada, ya sabes a qué sabe, la mía está más diluida pero lo es igualmente – me excusé ignorando la parte de mi cuerpo.

_ No – negó con convicción.

_ Me temo que sí...

_ Cataliades me dijo que ya habías pasado por esto, ¿qué significa? – se incorporó y se acomodó en el sofá conmigo.

_ Significa que ya he sido de un vampiro.

_ ¿Algo serio? – preguntó después de unos instantes de sorpresa.

_ Algo muy serio – confesé con un hilo de voz, no me salía mentirle en algo así.

_ ¿Alguien a quien tenga que matar? – murmuró con rabia.

_ No – sonreí levemente ante la idea.

_ ¿Te hizo daño?

_ Sí, pero no fue su intención. La situación se complicó y todo acabó mal para los dos – durante unos segundos consideró mi respuesta y pensó su siguiente pregunta.

_ ¿Alguien que conozca? – por fin preguntó lo que se moría por saber.

_ Me atrevo a afirmar con toda seguridad que sí...

_ No me vas a decir quién es, ¿verdad?

_ No, es mejor para todos... – le abracé y le besé, me hubiese quedado el resto de mis días pegada a él pero la realidad era que tenía una casa y una pareja a la que volver – Tengo que irme, Eric.

_ Lo sé – me abrazó más fuertemente.

_ No me quiero ir...

_ Pues no te vayas – sonrió contra mi boca.

_ Tengo que hacerlo, ya lo sabes.

_ ¿Te veo mañana?

_ Sí... – dudé antes de contestar- Estaré sola, ¿puedes volar hasta mi casa?

_ Sí... – se detuvo y me miró extrañado- ¿Cómo sabes que vuelo?

_ Sé muchas cosas de ti – me deshice de su abrazo y me levanté antes de que procesara mi respuesta-. ¿Crees que el señor Powell tiene un baño privado donde poder asearme algo antes de irme?

Abrí una puerta y descubrí que sí. Al cabo de unos minutos salí con mi ropa recompuesta, mi maquillaje arreglado y habiendo eliminado todas las evidencias que creí encontrar de Eric en mi cuerpo. Sólo quedaba una y no estaba en mi mano. Me paré delante de él en el sofá y me subí la falda y puse mi pie, con mis Louboutin de vértigo, en el sofá entre sus piernas. Una sonrisa pícara se curvó en sus labios.

_ Cúrame, por favor – le mostré las punciones de sus colmillos y por un momento pensé que se había molestado.

_ ¿No quieres llevar mi marca?

_ No quiero que me la vea nadie, todavía... – añadí con una sonrisa.

Me devolvió la sonrisa y cuando pensaba que iba a pincharse un dedo para darme con su sangre, hizo algo inesperado. Besó las punciones y lamió la zona a conciencia apretándome contra su boca, con sus manos agarrándome como si me fuese a escapar. Volvió a besar el lugar donde había mordido y levantó los ojos hasta los míos otra vez.

_ Sana, sana, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañana – murmuró contra mi piel mientras las heridas desaparecían como por arte de magia.

Sería mi perdición, lo tenía muy claro, Eric Northman, al final, acabaría siendo mi perdición.

Me separé como pude de él y me volví a recomponer la ropa. Mi aseo de antes había resultado inútil, volvía a estar húmeda y a oler a hembra en celo, seguro. Suspiré, si no me iba ya, acabaría haciéndolo con él en un sitio en el que ninguno de los dos quería.

_ No has comido nada... – miró la comida con pena-. Debes de alimentarte, ya lo sabes.

_ No me has dejado tiempo de acercarme a ver qué has traído... – me reí.

_ Tengo entendido que Teresa es una gran cocinera...

_ No tendrías que haberla molestado, incluso si no no hace mucho porque tú no comas.

_ Ocuparme de ti nunca es una molestia, amante, es lo que quiero hacer el resto de mis días...

¿Qué le podría haber contestado a eso? Ni se me ocurría una respuesta tonta, cuanto más una inteligente. Me limité a coger algo de comida y degustar las delicatessen que Teresa había preparado para mí. Miré el reloj y me dí cuenta de lo tarde que era, no podía ser que hubiese pasado todo ese tiempo ya.

_ Tengo que volver ya – dije más para hacerme a la idea que para anunciárselo.

_ Lo sé. ¿Te causará problemas el hada? ¿Quieres que te lleve volando y que ordene que lleven tu coche?

_ No es necesario, ya le dije que tenía una reunión de trabajo.

_ Richard ha dejado esto para ti – me tendió una carpeta-. Es lo que quiere para su fiesta, la lista de invitados y todo lo que necesitas saber.

_ Pensé que era una excusa – me sorprendí.

_ No, quiere celebrar una fiesta, yo sólo me he aprovechado de la situación – mi vikingo, el oportunista.

Me abrazó y volvió a besarme. Bien, esa era una buena forma de morir, pegada a su cuerpo y a sus labios. Pero había que volver a la realidad. Le acompañé a la terraza del despacho y me despedí de él, otra vez. Le vi irse y llamé al vigilante para que me acompañara a la salida. Powell, muy astuto, le había comentado que estaría allí trabajando un rato. No me extrañaba que cobrase un dineral por sus servicios, pensaba en todo.

En poco más de media hora, estaba aparcando en la puerta de mi casa. Durante unos minutos no me pude mover del coche. La casa estaba a oscuras y la señal que representaba la mente de Preston parecía estar muy relajada. Abrí la puerta rezando porque estuviese dormido y, gracias a Dios, lo estaba. Entré sigilosamente y me fui directa al baño, me duché rápidamente y a conciencia, y volví al salón donde mi novio dormía en el sofá para despertarle.

_ Preston, cielo... – murmuré.– Vamos a la cama.

_ Sook... – musitó confundido aún por el sueño.

_ Son más de las once – de hecho, prácticamente las doce-. Vamos...

Le acompañé al dormitorio y le dejé acostarse. Me hice la ocupada, no quería ir con él a la cama.

_ ¿No vienes...? – murmuró extrañado.

_ Sí, ahora, tengo que buscar algo para el señor Powell y ya voy.

Se acomodó en la cama y se volvió a quedar dormido en pocos minutos. Cuando oí su respiración regular y pausada, volví a entrar y me fui a la cama. Estaba mal, todo lo que hacía, lo mirara desde donde lo mirara, Preston era un buen hombre y no se merecía que le tratase así. No se merecía que me hiciese la loca hasta que se durmiese para acostarme a su lado, no se merecía que estuviese a su lado soñando con otro. Nada más tocar la cama, se movió y me abrazó. Aguanté la respiración, rezando para que no se despertara. Dios no estaba de mi parte esa noche. Normal...

_ ¿Te ha hecho trabajar mucho Richard? – murmuró en mi oído.

_ Bueno, es..., es bastante... meticuloso y perfeccionista – sus manos comenzaron a acariciar mi cuerpo-. Preston...

_ ¿Ajá...? – musitó contra mi cuello mientras sus manos estaban a punto de perderse entre mis piernas.

_ Estoy cansada, amor... – la palabra "amor" me quemó en la boca y me sentí la peor de todas-. He estado trabajando desde las nueve de la mañana...

_ Bueno, déjame relajarte – sonrió y me encogí ante lo que venía a continuación.

_ No... – le paré y me miró confundido- Déjame a mí.

Le empujé y cayó sobre su espalda. Me puse a cuatro patas sobre la cama y por fin sonrió sabiendo lo que le esperaba.

_ ¿No estabas cansada...? – preguntó aguantando la respiración mientras mis manos se metían dentro de sus boxer.

_ Sí, pero – me paré un segundo pensando una respuesta plausible. Era una zorra- mañana te vas...

Cogí su erección y la acaricié, ¿estaba a punto de hacerle una felación a mi novio para que no me hiciera lo mismo que Eric unas horas antes? Sí, a ver si ahí terminaba nuestra noche... Me empleé a fondo, sin querer pensar en lo que estaba haciendo. Me limité a lamer, chupar y succionar como si me fuera la vida en ello, porque le debía a ese hombre rendido ante mí en nuestra cama una lealtad que ya no sentía y la culpa estaba empezando a ahogarme. Procuré que durante los minutos que dediqué a satisfacer a mi prometido, ningún vampiro rubio se cruzara por mi mente. Y volví a repetirme lo que llevaba una semana larga diciéndome, que era una puta. No obstante, lo peor no fue mi acción, fue que una vez terminada, Preston me abrazó y me besó con amor. Ese fue mi castigo.

Tardé en dormirme pero lo conseguí en el momento en el que me deshice de su abrazo, que acariciaba mi cuerpo y atenazaba mi corazón.

Me despertó la alarma del despertador. Por un momento dudé si quedarme en cama todo el día pero oí a Preston por la casa y recordé que se iba, que estaría en Nueva York los próximos tres días. Durante unos segundos me excitó la idea. Sacudí la cabeza y de nuevo salió mi Escarlata interior, ya me flagelaría mañana por haber pensado así. Me levanté y fui a darme una ducha rápida, tenía tiempo antes de que Preston se fuese. Unos minutos después entré en la cocina y me fui directa a la cafetera, necesitaba cafeína en vena. La puerta del lavadero estaba entreabierta y pude ver a Preston que había entrado para dejar su ropa sucia en el cesto. Me extrañó que estuviese de pie sin moverse apenas delante del cesto, me fijé un poco más y me di cuenta de lo que hacía. Tenía mi blusa en sus manos y se la llevaba a la nariz. Había borrado todas las evidencias de mi cita con Eric en mi cuerpo, pero no de mi ropa. Se giró y me miró y no supe leer su expresión pero me asustó lo que vi.

_ Preston... – murmuré con un hilo de voz.

_ Ahora, no – me cortó con un gesto saliendo con paso firme de la cocina.

Le seguí hasta nuestro dormitorio, cogió su bolsa de viaje y su maletín, y se dirigió a la puerta.

_ Por favor – rogué, no era que supiese lo que le iba a decir, pero no quería que se fuera así.

_ Te he dicho que ahora no – y se desvaneció.

Me quedé unos minutos donde estaba, sin moverme. Pensando lo que estaba haciendo con mi vida, arrepintiéndome de todas las decisiones que había tomado en las últimas semanas, alguna que se remontaba a una década atrás y, ¿por qué no?, a toda mi vida. No podía ser que Eric me dominase como lo estaba haciendo, cuando estuvimos juntos nunca lo permití, me acabó arrastrando hacia su vórtice pero siempre le hice frente, ¿por qué ahora no lo hacía? ¿Por qué se lo permitía? Porque ahora sabía lo que era estar sin él, porque ahora sabía lo que le había amado y le había necesitado junto a mí mejor que cuando le tenía. Había tenido que perderle para apreciarle, con lo difícil que se lo puse durante todo el tiempo que estuvimos juntos. Y luego estaba Preston, que había sido mi apoyo fundamental, la piedra sobre la que había construido mi nueva vida, esa que era una mentira, y que no se merecía lo que le había hecho. Mi vida era un asco. Volví a la cocina y encendí mi móvil. Tenía algunos mensajes, entre ellos uno de voz. Buenos días, amante – ahí estaba diciéndolo como si me tocara-. Estoy contando las horas para esta noche, eres mi último pensamiento antes de dormir y me muero de ganas porque seas también el último rostro que vea al amanecer. Llámame para decirme a qué hora quieres que vaya – hizo una ligera pausa en la que esperé escuchar un te quiero, pero era pronto para él-. Hasta la tarde...

_ Hay que joderse – murmuré con el corazón encogido por la emoción que me habían producido sus palabras-, ahí está, poniéndomelo fácil...