Capítulo 14: Navidad de recuerdos
Mankar abrió los ojos. Se encontraba ahora en una cama de la enfermería. Se sentía bastante débil. Distinguió a su alrededor varias siluetas.
—Está despertando —dijo la voz de su tío.
Mankar parpadeó. Las personas que lo rodeaban eran Haher, Gonza y sus compañeros de los Wimbourne Wasps.
El recuerdo de lo que había pasado en el partido lo tenía muy impresionado. ¿Había sobrevivido a esa caída, así como así? Lo habría creído, sino hubiera sido por lo débil que se sentía.
—¿Cómo estás? —preguntó Gonza.
—¿Qué pasó? —dijo Mankar, confundido.
—Caíste de tu escoba —explicó Melb—. Ibas directo al suelo pero...
—Hice el hechizo ese —interrumpió Haher—. El que disminuye la velocidad de los objetos. El que el profesor Zancaturtania nos enseñó.
Mankar asintió lentamente.
—Pero la escoba no aparece —continuó Melb—. Quién sabe a dónde fue a parar.
En su mente, Mankar recreó el horror que sintió cuando veía a la Cometa 900 desintegrarse. Le impactó tanto que incluso su respiración se aceleró.
—Alguien trató de matarme —dijo Mankar.
—¿Qué dices? —exclamó Gonza alarmado.
—Lo sé. «Lo único que puede interferir en una escoba». Magia tenebrosa —explicó Mankar—. Lo aprendí en Dumblemort.
Angie y Samira asintieron.
—¿Pero cómo sabes...?
—Porque perdí el control por completo —dijo Mankar— y la escoba empezó a hacerse polvo, poco a poco, y... y no recuerdo qué pasó después...
—Jóvenes, por favor —les dijo Unik Granger, la enfermera, que tomó por los hombros a Melb y Kamui—. Este chico necesita descansar. Sería mejor que lo visitaran menos personas a la vez.
Melb asintió.
—Nos retiramos, Mankar —anunció—. Por cierto, ¡gracias a ti ganamos el partido! —dijo eufórico—. Intenta conseguir una escoba para el próximo, porque el equipo no tiene más, ¿de acuerdo?
Mankar asintió con la cabeza enérgicamente, mientras las demás Avispas se despedían y le deseaban que se mejorara pronto. La enfermera Unik se dirigió a su escritorio y se quedó leyendo un folleto.
Gonza le lanzó a Mankar una mirada penetrante.
—¿Se estaba desintegrando? —preguntó.
—¿Eh? —dijo Mankar—. ¿La escoba? Sí... me daba la impresión que se encogía, pero luego me di cuenta... Es por eso que no aparece.
Gonza se quedó pensativo un instante.
—Quizás sé que pasó —dijo por fin—. No se estaba volviendo polvo. Estaba convirtiéndose en cenizas.
Hubo un breve silencio.
—¿A qué te refieres? —preguntó Haher.
—La escoba se estaba quemando —explicó Gonza—. ¿Viste humo salir de ella?
Mankar abrió bastante los ojos, mientras lo iba entendiendo todo: durante el partido, él mismo estaba quemando la escoba, con fuego invisible, el mismo hechizo Infocúbilum, quizás, sólo que involuntario. Era obvio... estaba muy emocionado... el Rubí estaba brillando...
—¿Tu magia... volvió a...? —intentaba preguntar Haher.
Mankar se moría por levantarse la manga del brazo y explicárselo todo a Haher sobre el Rubí, pero era sencillamente incapaz. Pensaba que, si su tío se enteraba, creería que sólo podía hacer fuego y montar en escoba gracias a la gema. Y en realidad era así. Tal vez a Haher ya no le importaba tanto... pero Mankar tenía miedo de ser rechazado de nuevo.
—Entonces fui yo —dijo Mankar.
—¿Hiciste magia tenebrosa? —preguntó Haher.
—No... claro que no... magia accidental —explicó Gonza.
—Bueno, eso debería tranquilizarnos —dijo Mankar—. Sería terrible si alguien intentara hacerme daño.
—Además de Juanjo —comentó Haher—. Pero, ¿quién no tendría envidia de un golpeador como tú?
—No hice gran cosa...
—¡Sí! —dijo Gonza—. Antes de caer, le diste a una bludger que justo golpeó el palo de la escoba del buscador de los Chudley Cannons. Era increíble —relató entusiasmado—. Empezó a dar vueltas en el aire y le pegó a la snitch, ¡desviándola directo a las manos de Angie Mounier!
Mankar abrió aún más los ojos.
Saber que había ganado su primer partido de quidditch, aunque fuese el último en enterarse, lo llenaba de orgullo. A pesar de que su accidente lo había asustado mucho, se sentía muy seguro de seguir jugando, y de que no le temía de nuevo a las alturas.
Y pasar todo el día en la enfermería escuchando a Haher y a Gonza narrando el partido una y otra vez, fue tan satisfactorio como los aplausos de toda la multitud que había asistido al partido.
• • •
El mes de noviembre terminó rápidamente. Mankar se asombraba de que, aún faltando pocos días antes de las vacaciones de Navidad, lo siguieran saludando por los pasillos y felicitándolo por su hazaña en quidditch. Eso se acabaría pronto, pues Mankar, Haher y Gonza planeaban regresar a sus casas para pasar esas fechas con su familia.
Era una lástima que al finalizar el trimestre las notas de Mankar fueran tan regulares. Pero sólo había una forma de mejorarlas, y era tomando poción multijugos. ¿De quién? Él sabía perfectamente de quién. El día que comenzaban las vacaciones, mientras estaban empacando sus pertenencias para el viaje, en su dormitorio de la Sala Común de Gryffindor, Mankar se lo propuso.
—Mmm tío...
—No me digas así, Manu.
—Haher —sonrió Mankar—. Estaba pensando...
Sé quedó callado un instante, aún intentando escoger las palabras correctas. Haher lo volteó a mirar. En ese momento, no había nadie más en la habitación.
—Sabes que aún no puedo hacer ningún hechizo... —dijo Mankar.
—Ajá.
—Y mis notas están bajando mucho por esta razón —comentó.
—¿Sí?
—Pues... se me ocurría una solución para ello.
Haher parpadeó como respuesta.
—Podría... —insinuó Mankar tímidamente—, mientras aprenda a realizar más hechizos... mmm... podríamos preparar una poción multijugos, y así tener la capacidad de realizar magia.
—Es buena idea —admitió Haher—. Pero, ¿cómo sabrán que eres tú?
—Pues... podría conservar mi apariencia física si me transformo en un metamorfomago.
Haher sonrió.
—Ah, ya entiendo por qué tanto misterio —dijo—. Sabes que puedes contar conmigo.
—Claro, y además que te salen bien todos los hechizos que realizas —admitió Mankar
—No... últimamente no me va tan bien como antes... —respondió Haher—. ¡Lo de la poción sería lo máximo! ¿Ya tienes los ingredientes?
—No —respondió Mankar con emoción—. Pero creo que podríamos tomar un poco del despacho de la profesora Anna Black.
—Lees mucho Harry Potter.
En ese momento, ambos se quedaron callados. Alguien intentaba abrir la puerta del dormitorio. Entraron dos chicos, hablando. Rob Potter, bastante serio, cargando a Vancer, su gato, en los hombros; y Ron Lesson, bajo, pelirrojo y de ojos verdes.
A duras penas saludaron a los otros dos, y se dispusieron a organizar sus baúles. Vancer saltó al suelo y se acercó a Mankar. Por algún extraño motivo, el gato se sentía bastante atraído por el chico, como si sintiera afecto por él. Entonces se tumbó junto a sus pies. Para Mankar no era desagradable, pues a él siempre le habían gustado los gatos, así que sonrió.
—Bueno, pero si queremos hacerlo tendrá que ser después de vacaciones —dijo Mankar—. No vale la pena en este momento, que iremos a nuestras casas y no la necesitaré.
Al mediodía, todos los alumnos del colegio que deseaban regresar a sus casas para pasar las vacaciones hacían filas frente a la gran puerta de roble del castillo.
En grupos de cuatro personas, iban ingresando a carruajes tirados seguramente por thestrals, los caballos invisibles que sólo pueden ver aquéllos que han presenciado la muerte de otra persona.
Haher, Gonza, Mankar y Jessi subieron al mismo. Hablaron muy animadamente durante el trayecto, saliendo de los terrenos del colegio, hasta llegar a la estación de trenes donde se habían bajado hacía varios meses.
Allí los esperaban varios trenes. No eran tan grandes como el expreso de Harrylatino. Los chicos siguieron las instrucciones de los profesores que los acompañaban, y entraron al tren que les correspondía.
—¿En qué dirección viajaremos? —preguntó Haher, mientras entraban a uno de los compartimientos.
—Directo al norte —respondió Jessi—. Me pregunto cómo será el viaje esta vez, si es sólo por tierra o también por aire...
Esa duda quedó despejada enseguida. El tren emprendió marcha y anduvo durante un buen rato por tierra. Por la ventana no veían más que bosques y montañas. Entonces, ingresaron a una cueva, y bajaron por un túnel lleno de lava, mientras una voz femenina anunciaba la segunda etapa del viaje.
Mankar se sintió de nuevo nervioso. Recordaba cómo la última vez se había desvanecido el vidrio de la ventana, y tenía miedo de que en cualquier momento la lava entrara, a pesar de que estaba convenciéndose de que él no había hecho nada el día que se enfrentaron a Juanjo en el avión.
El resto del trayecto fue muy agradable. Los chicos estuvieron entretenidos, hablando de toda clase de cosas. Había pasado tanto en tan poco tiempo...
Mankar había perdido definitivamente el miedo a las alturas, y se dio cuenta en la última fase del viaje. El avión de Harrylatino aterrizó, y un rato después todos los pasajeros bajaban por el mismo puente por el que hacía más de tres meses habían abordado la nave.
Jessi de inmediato se fue a reunir con sus familiares. Se despidió de Mankar con un beso en la mejilla que lo hizo sonrojarse.
—¡Hijo! —gritó la voz Merlín, acercándose corriendo entre la multitud—. ¿Cómo estás, hijo? —preguntó, dándole el más fuerte de los abrazos.
El reencuentro de los niños con sus padres fue bastante emotivo. Gaby también estaba allí, al igual que Kriss y Kalin.
Gonza se despidió y fue a reunirse también con su madre.
Había tanto que contar... tantas cosas qué decir... pero ya habría tiempo suficiente para todo eso y mucho más, en lo que serían unas geniales vacaciones de Navidad. Después de todo, aun cuando no podía usar su varita, se consideraba ya un mago, por el sólo hecho de ser el nuevo jugador estrella de quidditch.
• • •
—¡Feliz Navidad! —exclamaban los unos a los otros, cuando el reloj dio las doce en punto, en Nochebuena.
Mankar nunca se había sentido tan alegre en una reunión familiar como se sintió aquella noche. El hecho de saber que tenía en su interior algo de mágico, así fuera sólo montando en una escoba, lo llenaba de satisfacción, y lo volvía más extrovertido y más alegre, ya que por fin tenía en común con su familia lo que siempre debía haber tenido.
Estaban en casa de Gaby, donde había adornos navideños por doquier. Toda la familia Weasley estaba allí reunida. Había un gran banquete esperándolos, pero sería después de abrir los regalos, en cuanto terminaran de saludarse.
—Feliz Navidad, cariño.
Mankar se encontró siendo abrazado por su abuela, mucho más fuerte de lo normal.
Había decidido contarle todo a ella acerca de lo que había pasado. Después de todo, ella era la única que sabía lo del brazalete, además de Gonza. Era importante para él que Gaby supiera lo que en esos meses había aprendido acerca del Rubí. Sólo estaba esperando el momento adecuado.
Debajo del árbol de Navidad había muchísimos regalos. Mankar estaba acostumbrado a recibir obsequios en esa celebración, pero hasta ese día, ninguno de ellos lo había emocionado de verdad, excepto por su gorra invisible. La razón era que casi nunca le regalaban nada mágico, y cuando lo hacían, resultaban objetos bastante sencillos. Así, mientras sus tíos y primas se divertían siempre con bengalas mágicas, polvos de oscuridad, chivatoscopios, pelotas de quidditch e incluso escobas voladoras, a Mankar siempre le tocaba conformarse con ranas de chocolate o miniaturas de criaturas mágicas.
Entonces, cuando ya todos se habían deseado feliz Navidad, cada uno de los chicos se dirigió bajo el árbol y comenzaron a escarbar en busca de los que les pertenecieran. Mankar lo hizo también, mucho más emocionado que en cualquier otra ocasión, aunque no tanto como sus tíos y sus primas.
Además de las infaltables ranas de chocolate, recibió un moderno juego de ajedrez mágico, regalo de tío Kalin; unas gafas que cambiaban de color como él quisiera, las cuales le recordaron al profesor Zancaturno, regalo de tía Kriss; y un simpático suéter con motivos de quidditch por parte de Gaby.
Mankar se dirigió a cada uno de ellos a darles las gracias, pero la voz de Merlín lo detuvo:
—Todavía hay regalos tuyos allí, hijo.
Mankar se dio la vuelta, extrañado. Creía haber abierto todos sus obsequios. Entonces Haher le señaló sonriente una caja grande y alargada que había detrás del árbol de Navidad.
Llegó de un brinco y miró cuidadosamente la tarjeta de la caja alargada. Era un regalo para él. Se lo había dado su padre.
Desgarró la envoltura y abrió una caja. Lo que había allí era algo que jamás pensó que recibiría. Era una escoba de último modelo. Sencillamente increíble. Con un palo que brillaba reluciente, que incluso vibraba, y las ramitas de la cola perfectamente rectas. En el mango estaba grabado el modelo de la escoba: Saeta 87.
—¿Qué tal? —dijo la voz de Gaby, quien estaba agachada junto a él.
—Es... ¡fabuloso! —exclamó Mankar incrédulo. Corrió y se tiró a los brazos de su padre—. ¡Gracias!
—No es nada, hijo —sonrió Merlín—. Era lo menos que podía hacer por ti, sabiendo que juegas quidditch pero no tienes escoba.
Mankar no lo podía creer. Era un escoba carísima. Para Merlín debió ser muy difícil conseguir tanto dinero. El chico se sentía agradecido como nunca. Era un regalo de los que jamás recibiría de nuevo.
Haher estaba muy impresionado. A él también le había regalado una escoba, Nimbus 2006, pero no era comparable con la que Mankar había recibido. También, todas las tías y las primas de Mankar quisieron acercarse a tocarla y admirarla.
Entonces Gaby anunció que podían pasar a la mesa. Mankar se sentó junto a Haher pelirrojo y a su abuelita, sin soltar su Saeta 87. Aquella noche, hasta ese momento, no había podido ser mejor.
Todos los niños comieron con muchas ganas. Mankar se puso sus lentes que cambiaban de color. Los adultos estaban bastante felices. Era un ambiente muy diferente, y quizás Mankar lo notaba ahora que era mago.
—Me habría encantado ver cómo volaste en ese partido, Mankar —dijo tía Norita.
—Apuesto a que lo harías genial aún con la peor escoba —dijo tío Kalin—. ¡Es porque lo tienes en las venas, chico!
Mankar lo miró con expresión de pregunta.
—Hijo —le dijo Merlín, con emoción—, ¡es que yo también fui golpeador cuando era joven!
Mankar sonrió incrédulo. Eso explicaba mucho, aunque no entendía por qué jamás lo había mencionado.
—Pero yo siempre le gané —dijo entonces Kalin.
Merlín empezó a discutir.
Entonces Mankar se dio cuenta que era el momento perfecto para entablar conversación con Gaby. Suspiró.
—Abue... ¿Recuerdas lo del... brazalete? —insinuó en voz baja.
—Por supuesto, corazón —respondió Gaby con disimulo.
—Creo que ya sé qué es —le contó—. Tengo un amigo de Harrylatino que sabe mucho de tesoros mágicos... él mismo se dio cuenta —aclaró rápidamente—, y me lo explicó.
Mankar le dijo a Gaby, sin que nadie lo notara, todo lo que sabía del Rubí del Fuego: que él era elegido para llevarlo, lo que se necesitaba para usarlo, el hecho de que no produjera humo y que la única forma de separarse de él era en su muerte. Ella quedó muy sorprendida.
—Jamás había escuchado algo así...
Gaby tuvo expresión pensativa un momento. Luego, reaccionó como si acabara de darse cuenta de algo.
—Si esa leyenda es cierta... —dijo, con un brillo en los ojos—. Debes tener mucho cuidado.
Mankar asintió. Era una lástima que Gaby no supiera nada al respecto. Entonces, su abuela de nuevo se sobresaltó.
—Tengo una idea —dijo ella, con los ojos muy abiertos—. Ven conmigo.
El chico se paró de su asiento. Le dejó sus gafas a Haher, quien se moría por probárselas. Ya había terminado de comer. Gaby le hizo señas a Alita, la prima de Mankar, para que los siguiera.
Mankar y Alita estaban bastante confundidos. Gaby los llevó a su dormitorio, en el segundo piso. El chico aún agarraba fuertemente su escoba.
—Me encanta tu Saeta —dijo Alita.
—Mis niños, hay algo que quiero enseñarles —dijo Gaby, ya dentro de la habitación.
Ella se dirigió a un armario. Lo abrió y sacó de una especie de compartimiento secreto un objeto bastante atractivo. Era una especie de vasija de piedra circular, que tenía runas grabadas alrededor y varias joyas incrustadas por fuera.
—Es mi pensadero —explicó Gaby—. Todas las personas necesitamos uno de vez en cuando para ordenar nuestras ideas y nuestros recuerdos.
—Es genial —dijo Mankar.
—Es útil que ustedes aprendan a extraer sus recuerdos, nunca saben cuándo los podrían necesitar —continuó Gaby—. Y nadie puede hacerlo por ustedes.
Los niños se quedaron callados. Su abuela colocó el pensadero en un mueble y se volvió a acercar a ellos.
—Quiero que coloquen su varita en la sien —les pidió.
—Abue, yo no...
—Mejor veamos cómo lo hace Alita —dijo Gaby, seguramente recordando que Mankar no podía hacer hechizos—. Primero tú, corazón —le dijo a la niña.
Alita siguió las instrucciones.
—Concéntrate fuertemente en un pensamiento, o en un recuerdo —le indicó—. Con ayuda de la varita mágica, intenta sacarlo. Sólo los magos podemos hacer esto, y algunas criaturas mágicas.
—Pero... eso se puede hacer sin varita, ¿no? —preguntó Alita a su abuela.
—Así es.
—Entonces, ¿por qué Mankar no puede hacerlo, así no tenga aquí su varita?
—Porque él no tiene experiencia en esto, corazón —dijo Gaby—. Al igual que tú. Por eso es recomendable usarla.
Entonces Alita se quedó callada un instante. Separó de su cabeza la varita, y de ésta ahora pendía una especie de hilo plateado. Alita lo dejó caer al suelo y se desvaneció.
—Bien hecho —dijo Gaby.
Alita sonrió.
—Necesito un favor tuyo —le dijo Gaby a su nieta—. ¿Recuerdas lo que pasó hace unos meses, en el patio? Cuando tú y Laura...
—Sí, sí me acuerdo.
—Quiero que extraigas ese recuerdo —pidió Gaby—. Así podremos saber de una vez por todas qué pasó ese día.
El corazón de Mankar dio un brinco y empezó a latir con una fuerza increíble.
—Puedo intentarlo... —dijo Alita.
Entonces la niña se llevó de nuevo la varita a la sien, y se concentró fuertemente.
Gaby sacó un frasco pequeño de un cajón del mueble donde tenía el pensadero.
Alita separó levemente la varita de su sien. Su respiración se agitó al revivir ese recuerdo. Sin duda ella habría querido olvidarlo.
El hilo que unía su varita y su sien era ahora mucho más grueso, tanto que empezó a gotear. No era precisamente un líquido... más bien parecía un gas... o ambas cosas. Gaby acercó el frasco, haciendo que toda la sustancia se introdujera en él. Entonces el hilo se cortó y Alita bajó la varita.
—Eso es todo —anunció la niña, visiblemente cansada—. Espero haberlo hecho bien.
—Muchas gracias, corazón —dijo Gaby, sonriendo—. Si lo deseas, puedes recostarte. Descansa.
Gaby se acercó de nuevo al mueble y vació por completo el contenido del frasco en el pensadero. La sustancia comenzó a arremolinarse rápidamente. Mankar estaba atónito.
Sentía miedo. Se iban a internar en aquél recuerdo, de varios meses atrás, el día en que descubrió la gema... Pero recordaba el tono de la voz de sus primas que horrorizadas relataban cómo Mankar había dicho cosas muy extrañas, con otra voz.
—¿Quieres descansar un poco y acompañarnos cuando te sientas mejor? —preguntó Gaby.
—No, abue, gracias —dijo Alita, dirigiéndose a la puerta—. Voy a sentarme en la sala de estar.
La niña salió. Gaby y Mankar se miraron.
—¿Estás listo?
La respuesta era no.
—Sí.
—Vamos, entonces. Sabes hacerlo, ¿verdad? Introduce tu cabeza en el pensadero.
Mankar asintió. Se acercó al mueble e inclinó la cabeza sobre la vasija. Veía claramente el soleado patio de la casa de Gaby, desde arriba. Tomó bastante aire, como si estuviera a punto de sumergirse en un lago profundo, y metió la cabeza por completo.
Sintió una especie de temblor muy fuerte en el suelo, mientras era arrastrado por completo al interior del pensadero. Viajó a través de un remolino muy oscuro y, de repente, se hallaba de pie en el jardín de la casa de Gaby, con la luz del sol de ese día de agosto cegándolo. Su abuela aterrizó justo a su lado un instante después.
No había nadie allí. Sólo se escuchaba el soplar del viento, agitando las ramas del árbol que tenían a tan solo unos metros. Había un par de escobas tiradas en el centro del patio.
Mankar, por puro instinto, caminó detrás del pedazo de tronco que había en el suelo junto al árbol, justo en el mismo instante que un chico pelirrojo salía por la puerta de la cocina con una expresión seria. El Mankar del pasado se sentó en el tronco, mientras Alita y Lalita salían al patio, y montaban en sus escobas. Al verse a sí mismo tuvo una sensación más extraña, era increíble.
—Sólo somos dos, así que no podemos hacer más que unos pases con la quaffle —dijo Alita a Mankar con voz clara, mientras empezaba a elevarse ligeramente—. Pero si quieres, además de quedarte ahí, podrías lanzarnos la quaffle cuando se caiga.
Cuando el Mankar del presente escuchó eso, sintió un brinco muy fuerte en el corazón. Las palabras de Alita le hicieron sentirse aún más raro, pues ya lo había vivido.
Entonces el Mankar del pasado fue convencido para jugar con sus primas. Mankar y Gaby, que los observaban desde el árbol, se mantuvieron muy atentos a cualquier señal que pudiera resultar sospechosa.
Un rato después, los tres niños jugaban una extraña especie de combinación entre fútbol y quidditch. Mankar era el portero, que guardaba un arco imaginario de un par de metros de ancho.
—¡A ver si puedes con esta, primis! —exclamó Alita, exactamente como Mankar lo recordaba, lanzando la quaffle con bastante fuerza, directo hacia la ventana. Él se acercó en dos zancadas a ver qué iba a ocurrir.
El Mankar del pasado, con reflejos geniales, se lanzó hacia su derecha con la vista fija en la pelota, con una expresión de seguridad. Estiró hacia arriba su brazo izquierdo, para intentar agarrar la quaffle, y hacia abajo su brazo derecho, para amortiguar la caída. El Mankar del presente se dio cuenta: un brillo apareció en la palma de la mano derecha.
Pero, aunque la pelota pasó muy cerca de su mano, él no la agarró, sino que se estrelló contra la ventana, rompiendo el vidrio.
El chico cayó al suelo. Tenía los ojos muy abiertos y fijos en un lejano punto, y la boca abierta. Al ver que no reaccionaba ante el golpe, las niñas corrieron hacia él.
—¡Manky! —gritaba Lalita—. ¿Te encuentras bien?
El Mankar del presente también corrió preocupado, seguido por su abuela.
—Falta muy poco —oyó Mankar que decía una voz escalofriante, proveniente del chico que estaba tirado en el suelo.
—¿Qué dices? —preguntó Alita muy asustada.
El Mankar que estaba tirado duró un instante en volver a hablar. Pero su voz era igual de extraña, era potente, no parecía suya. Seguía con la mirada perdida.
—El sobreviviente y el sustituto se encontrarán y se enfrentarán... Dejarán a un lado las diferencias y unirán sus fuerzas, creando un nuevo futuro... Lo que siempre ha faltado, pronto será recuperado. Nunca estuvieron juntos... pero inseparables serán.
Mankar, al verse a sí mismo hablando de esa forma, se asustó como nunca. Retrocedió algunos pasos muy sorprendido, mientras escuchaba que alguien caminaba apresuradamente.
—¡Manky! ¡Oye, Manky! ¿Estás bien?
Gaby lo miró fijamente. Se acercó a él y lo tomó suavemente del brazo.
—No necesitamos ver nada más —dijo ella—. Ya podemos irnos.
Entonces ambos se elevaron, y de repente, Mankar se encontró en el dormitorio de Gaby. Estaba tan impresionado que no podía sostenerse por sí solo, y cayó de rodillas.
—No fue un ataque —dijo seriamente Gaby—. Tú has hecho una profecía.
