Capítulo 14
Un punto de Inglaterra, domicilio Weasley-Granger
-¡No hagas eso, Ron!
-¡Ah! ¡Qué susto me has dado, Hermione!
-¿Qué se supone que estás haciendo con el deluminador?
-Comprobando que las luces de Navidad están bien. Ya sabes, por si alguna está fundida y eso...
-¿Y para eso llevas cinco minutos encendiéndolas y apagándolas?
-Quiero estar completamente seguro de que no hay ninguna bombilla que cambiar.
-Es evidente que no hay ninguna fundida ¡Ron! ¡No lo vuelvas a hacer!
-Perdona, Hermione. Era una última comprobación. Mi padre se llevará una desilusión si no puede jugar a reparar ristras de bombillas muggles... ¡Piensa que son mejores que las órbitas de polvo de hada!
-Pues ya que sale el tema de los inventos muggles, nos vamos a ir un fin de semana a Madrid.
-¿Madrid es un invento muggle?
-Posiblemente. En cualquier caso lo que quería decirte es que he comprado billetes de avión para nosotros y para Rose. Hugo al ser menor de tres años no paga y...
-¡Hermione!
-¿Qué pasa?
-¡Has dicho billetes de avión!
-Si. ¿Y?
-¡Pero...! ¡Pero si podemos ir en escoba!
-Ya sabes que no me gusta mucho lo de la escoba. Además, he pensado que es bueno que los niños se familiaricen con el mundo muggle.
-Cuando tienes estas salidas, me dejas pensando si realmente has asumido del todo que eres una bruja.
-¡Ron!
-¡Era una broma!
-¡Ah! ¿Si? Pues te haré una pregunta, Señor Don Mago. ¿Cuántos de nuestra clase han viajado a la Luna?
Ron abrió la boca sin conseguir que saliera de ella ninguna replica ni protesta. Al fin y al cabo, Hermione siempre fue mucho mas inteligente que él.
-¿Lo ves? Así que ya sabes, ve haciéndote a la idea de que vamos en avión. ¡Oh, cielos! Hugo está llorando. Debe haberse despertado de su siesta.
Ron se la quedó mirando hasta que se perdió por las escaleras camino del cuarto de su hijo. ¡En avión! – pensó recordando la gran duda fundamental de su padre sobre cómo y por qué un cacharro enorme y metálico podía sostenerse en los cielos. Y sin darse cuenta, volvió a presionar el deluminador mientras consideraba que realmente no tenía ninguna utilidad poner el pie en la Luna.
Madrid, domicilio Fernández de Lama – Pizarro.
-Lo prometido es deuda. Aquí tienes el libro.- Cecilia tendió un grueso volumen con brillantes tapas de cuero granate a su primogénita.- Puedes tenerlo hasta el próximo lunes, que es la fecha que expira el plazo de devolución.
-Gracias- Contestó ella tomándolo con un poco de timidez. -¿Tu lo has ojeado?
-Muy por encima.
-Vale... ¿Me lo puedo llevar a mi cuarto?
-Puedes. Pero recuerda no dejarlo a la vista de Alberto o de Cristina.
-¿Mencía puede verlo?
Cecilia suspiró antes de contestar. Había reflexionado sobre el tema muchísimo llegando a la conclusión de que si le daba el libro a Isabel malamente iba a impedir que Mencía lo viera. Y si solamente permitía que la chica lo abriera en su presencia o en su dormitorio, ella lo percibiría como un ataque frontal a la confianza que, según ella, merecía como adulta a medio hacer.
-Mencía puede verlo si ella quiere. No la fuerces ni la engañes para que lo haga.- Y señaló con el dedo una nota en portada, en letras doradas pequeñas que rezaba "Contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad del lector".
-Vale...- Murmuró Isabel. Y sin añadir nada mas dio media vuelta y se marchó a su cuarto mientras su madre se encomendaba a todos los santos para que aquel experimento con su adolescente saliera bien.
Un rato mas tarde, una silente Isabel seguía a su madre de un lado para otro de la casa mientras ella se ocupaba de la pequeñita, de supervisar que Alberto no se había roto los pantalones y que había hecho los deberes y de que Mencía se había tomado su poción para el oído.
-¿Quieres algo, hija? – Preguntó Cecilia, consciente de que la llevaba pegada de un lado para otro.
-Esssstoooo... no.
Cecilia dejó la pila de platos para la cena sobre la mesa de la cocina y la miró fijamente. Quería transmitir a la niña que tenía toda su atención, a ver si así se decidía a contar lo que fuera.
-Eeeeehhhh... ¿mamá?
-¿Si?
-Pueeeees... pues que he estado mirando el libro.
-Bien.
-Yyyyyyy
-Te escucho.
-Y que no he pasado de la página veinte.
-¡Ah!
-¿Podrías...?
-¿El qué?
-¿Mirarlo conmigo?
Cecilia alzó las cejas sorprendidísima. ¿Desde cuando una adolescente reclamaba la presencia de su madre para mirar juntas un libro de adultos, aunque fuera de adultos mágicos y sobre licantropía? ¡Aquello debía ser rarísimo!
-Pues.. si tu quieres...- Contestó con cuidado. Isabel se limitó a asentir con la cabeza.
-Puede que esta noche tenga pesadillas.- Horas después, mientras se metía en la cama, Cecilia no pudo evitar advertir a su marido.
-¿Por qué? – Preguntó Alberto alzando la vista del libro que leía y mirándola fijamente.
-Pues porque he estado viendo con Isabel unas fotografías de transformaciones de licántropos que son espeluznantes.
-¿De veras? – Alberto, mas impresionado por la información relativa a que su hija también había estado contemplando las fotos que por las impresiones de Cecilia, cerró el libro de golpe y lo dejó sobre la mesilla.
-Se descoyuntan. Primero los hombros- Y Cecilia hizo un gesto con los suyos como si los abriera.- Después las caderas, la mandíbula... crecen las extremidades dolorosamente...
Al llegar a ese punto Alberto se levantó de la cama, se calzó sus zapatillas y se encaminó raudo hacia la puerta.
-¿Dónde vas?
Pero él no contestó. Volvió al cabo de medio minuto y, sentándose en el borde de la cama correspondiente al lado de Cecilia la miró fijamente.
-La criatura duerme plácidamente, al menos de momento.
-¡Oh! ¡Así que me has dejado aquí, plantada cuando iba a desahogarme, para comprobar que tu hija está bien!
-¡A ver! ¡Me dices que tu estás impresionada, y me empiezas a describir algo que suena muy mal y que nuestra hija ha estado viendo!
-Isabel lo ha llevado bien. Creo que incluso mejor que yo. Salvo la parte del sexo.
-¡Pero Cecilia! ¿Había escenas de esas?
-Estaban transformados. Mas bien era como un documental sobre lobos, ya sabes.
Alberto negó con la cabeza antes de preguntar.
-Entonces, se ha impresionado porque sabía que se trataba de personas aunque con apariencia lobuna...
-No.- Negó Cecilia.- Ha sido por la postura.
-¿La postura? ¡Cecilia! ¡Serás de magia antigua y todo lo que tu quieras pero...! ¿Qué le has estado enseñando a mi hija?
-Estaban como los perros. O como los lobos...
Alberto la miró fijamente sin saber qué decir al respecto.
-Ya sabes cómo son las niñas de casi trece años...
-Pues no, no lo se porque soy varón. Y menos cuando se trata de brujas.
-Ser bruja no tiene nada que ver. Solamente que dispone de información clara sobre el tema de su propia madre, algo que ya no está resultando tan raro entre muggles. Isabel está en la fase de querer ser admirada y querida por los chicos, saberse atractiva para ellos y demás. Aún no le interesa el sexo desde un punto de vista tan físico. Así que le ha parecido asqueroso que lo hicieran de esa manera.
-No se si alegrarme o preocuparme.
-Es normal, no te preocupes. He aprovechado para insistir en la importancia de que ambos estén de acuerdo, ninguno se sienta presionado y se haga de forma responsable.
-¿Y del amor? ¿No le has hablado del amor?
-Claro que lo he hecho. Siempre lo hago, una y otra vez, para que cale. – Cecilia extendió la mano y acarició la mejilla de su marido. Alberto suspiró, le apretó la mano y volvió a acostarse y a retomar su lectura. Solo le duró medio minuto. Volvió a dejar el libro sobre la mesilla y se giró, quedando apoyado en un codo mientras la miraba.
-¿Ceci?
-¿Sí?
-Hablando de esas cosas, hace un montón de días que tu y yo no...
-Es que llevo unos días que entre el trabajo y los niños acabo agotada...
Alberto se aproximó más y la besó en los labios.
-Y caes en la cama y te duermes al instante...- murmuró antes de volver a besarla.
-Si...
-Y dices que hoy podrías tener pesadillas...- añadió a la vez que, despacito, empezaba a retirar de su camino tejidos que pudieran obstaculizar sus fines.
-¿Vas a intentar un contra hechizo? – Bromeó ella mientras se dejaba besar en el cuello.
-Exactamente...
Alberto y Cecilia llevaban varios minutos muy ocupados en conjurar las posibles pesadillas cuando escucharon un golpe y a continuación un lloro agudo y voces gritonas.
-¡BUAAAAAA!
-¡MAMÁAAAAAA! ¡PAPÁAAAAAA! ¡CRISTINA SE HA SALIDO DE LA CUNAAAAAA!
-Tendré pesadillas, seguro.- Exclamó Cecilia mientras se abotonaba la camisa del pijama. Alberto ya se había quitado de encima de ella y procedía exactamente igual, a toda prisa. -... pero soñaré con niños con chichones que se han caído de sus cunas y cosas así...
Ministerio de Magia de la Federación Mágica de España y Portugal. Sede de Madrid, al día siguiente...
-Este mago solo lleva inscrito en la AUALP dos semanas.
-Ya lo se. Pero tu también sabes que no se precisa antigüedad en la Asociación para asistir a las transformaciones.
-Precisamente, es algo que llevamos reivindicando mucho tiempo. Eso y que además quede constancia de que sus intenciones son honorables.
-No puedo hacer mas, desde el punto de vista administrativo. Todo está en regla...
-Estamos hartos de personas que van por morbo, Viridiana.
-¿Te crees que no lo se? Pero insisto, Lucrecia. No puedo hacer mas de lo que legalmente está en mi mano. Bastante que retraso la tramitación de solicitudes todo lo que puedo. ¡Cualquier día me llamarán la atención mis superiores!
Lucrecia Plaza guardó la lista de asistentes de la AUALP en un portafolios de piel de Louis Vuitton y se levantó muy digna.
-Espero que no haya quejas el lunes.
-Yo también lo espero. Personalmente estoy de acuerdo contigo, pero...
-Ya, ya me lo has dicho. La normativa está como está y no se puede hacer mas.
Viridiana Vázquez acompañó a Lucrecia Plaza hasta el ascensor. En el trayecto comprobó que su secretaria estaba de cháchara al teléfono, como siempre. Esta chica era incorregible. Despidió a Lucrecia diciéndose mentalmente que ella había procedido con toda la corrección que podía demandarse a un funcionario.
