Disclaimer: Los personajes y el mundo de Harry Potter pertenecen a JK Rowling y editoriales. No obtengo ninguna ganancia económica con esto, sólo ideas en mi cabeza que me quitan el sueño y piden ser escritas. Los vicios en los que se basarán las viñetas corresponden a la Tabla Ilusoria, de la comunidad elejotera 30 Vicios.
Fandom: Harry Potter
Claim: Luna Lovegood
Vicio: #7 Estrella fugaz
Advertencia: Rating T
Estrella fugaz
Ese cuadro de La Gioconda era una imitación barata, pensó. Y un segundo después, que no debería estar pensando en esas cosas. No, debía pensar y poner toda su concentración en las sábanas arrugadas debajo de su cuerpo desnudo, en esa mano masculina que pretendía darle placer. Sí, Luna pensaba que eso era lo que pretendía, pero no lo lograba. Al parecer, su acompañante no tenía el mismo problema que ella: a juzgar por sus gemidos y las frases incoherentes que soltaba, la estaba pasando de maravillas.
William era una buena persona, eso tenía que reconocerlo. Le llamaba la atención todo lo que él parecía saber sobre los muggles. A Luna le gustaba escucharlo porque podía hablar de todo con él: siempre tenía algún comentario que hacer, alguna anécdota que contar. Y, cada vez que lo hacía, gesticulaba apasionado, convencido en lo que afirmaba. Después del quinto café que compartieron (¿después de la quinta cita? Luna no estaba segura si esas charlas entre filosóficas y banales podrían considerarse citas, pero a ella le gustaba pensar que sí lo eran) Will le preguntó si quería ir a su apartamento. Una réplica espectacular de la obra de da Vinci, montones de vinilos, lo mejor de la literatura inglesa...El muchacho se había jactado de poseer todo un museo que contenía las mejores manifestaciones artísticas de los muggles, y se lo quería mostrar. Luna aceptó y, después de comprobar que su colección no era tan impresionante como le había dicho, el joven se abalanzó sobre su boca y la apretó contra la estantería de libros más cercana.
Al principio, Luna se sorprendió por ese ataque. Después, se sintió agradecida y divertida: era la primera vez que alguien la besaba y tocaba con tanto entusiasmo, como si se hubiera estado conteniendo hasta el momento y no aguantara más por hacerlo. Y también lo disfrutó, por supuesto: un agradable cosquilleo se extendía por su cuerpo, especialmente, entre sus piernas.
Luego de unos minutos, el bueno de William la condujo hasta su cama y ahí fue cuando la cosa empezó andar mal. Tal vez era culpa suya, pensó Luna, por no haberle avisado que era virgen. Pero tenía veinticinco años, el momento se había dado y Luna –que prefería la espontaneidad y lo natural a lo forzado o pretendidamente perfecto– decidió dejarse llevar. Le gustaba William, pero no lo amaba; sin embargo, eso era suficiente para ella, porque tenía ganas de vivir esa experiencia y le parecía el momento indicado para hacerlo.
No tardó en darse cuenta de que se había equivocado. Nadie le había avisado a ella que tener sexo era un poco pegajoso, incómodo, con dedos que invadían su cuerpo en zonas incorrectas y en movimientos que no le causaban sensaciones agradables, sino todo lo contrario.
Después del dolor inicial, Luna no sintió nada más que algo que entraba y salía de sus entrañas, sin pena ni gloria. Algo que tenía el mismo grosor que dos dedos de su mano juntos, y que se movía rápida y erráticamente.
- Por Merlín y Han Solo... ¡Qué bien se siente!
A Luna le hubiera gustado poder decir lo mismo, pero no quería mentirle. En cambio, decidió esforzarse un poco más. Envolvió sus brazos en el cuello del chico y acarició su espalda morena, arqueándose un poco más. Nada. Probó de gemir, aunque no sintiera ganas de hacerlo, para ver si terminaba gimiendo de verdad. No funcionó. Trató de rememorar en su mente situaciones anteriores en las que haya experimentado placer: recordó ese primer beso que se dio con Neville, y cómo ella estuvo a punto de gemir justo cuando sus bocas se separaron; la vez que descubrió esa zona sensible en su cuerpo mientras se duchaba, y sus dedos explorando su intimidad...No era suficiente.
- ¡Aaaah, aaah...! ¡Sí, sí, muéstrame como se hace, mi pequeña princesa Leia!
La muchacha tuvo que morderse los labios para no reír. Tampoco nadie le había dicho que, en esas situaciones, la gente llegaba a decir estupideces.
Posó su mirada en la porción de cielo que se podía ver desde la cama, con la ventana abierta en el octavo piso del edificio, y se acordó de algo. Oh sí, se acordó de ese glorioso día.
Esa vez, Luna había acompañado a su padre a la casa de Rufus, un viejo amigo de la familia. Mientras los dos hombres se entretenían mirando fotos de su juventud, la hija de Xenophilius Lovegood se perdió en los vericuetos de la antigua mansión, hasta que llegó a un cuarto lleno de trastos que en un principio le parecieron inútiles. Sin embargo, pronto descubrió un boomerang de madera, de color rojo y, como pudo comprobar después de lanzarlo un par de veces en el reducido espacio, sin ningún agregado mágico. Era un boomerang muggle, común y corriente. Cuando lo volvió a arrojar por el aire, lo hizo con tanta fuerza que el artefacto cayó detrás de una máquina. Luna se acercó al aparato cuadrado y blanco, lleno de botones y con una portezuela circular a través de la cual podía ver el interior de...de esa cosa. ¿Qué era lo que veían sus ojos? Luna arrugó el ceño y rebuscó en su memoria, convencida de que Rufus le había dicho alguna vez cómo se llamaba aquella cosa...Lavarropas. Sí, eso tenía que ser un lavarropas: el trasto del que se valían los muggles para limpiar su vestimenta de manera rápida y eficiente. Saciada su duda, Luna se inclinó sobre el artefacto y vio que el boomerang estaba atrapado en el pequeño espacio que había entre el lavarropas y la pared. Se inclinó hacia delante, pero no llegaba ni por asomo a la abertura. De un salto, se encaramó en la máquina y metió su brazo en el hueco, pero aún no llegaba: debía inclinarse más abajo, porque el boomerang estaba encajado en el suelo. En su intento por recuperar el objeto, tocó sin querer uno de los botones con sus piernas. Y el lavarropas se empezó a mover.
Sobresaltada, Luna se sentó agarrándose de los bordes, temiendo que esa máquina que se agitaba de manera endiablada la arrojara al suelo. Fue entonces que, despatarrada encima del lavarropas con las piernas abiertas, lo sintió. Una cosquilla, un calor, justo ahí abajo. El lavarropas vibraba y Luna, con diecinueve años a cuestas, sintió que se acercaba a algo que nunca había experimentado antes. Algo muchísimo mejor que lo que sentía cada vez que se tocaba. La respiración era agitada, el sudor resbalaba por su frente, sus ojos estaban cerrados y su boca jadeaba como nunca lo había hecho, cuando Luna apretó aún más su entrepierna en la base del lavarropas y tiró la cabeza hacia atrás, gritando. Llegando al orgasmo más placentero de su vida.
Luna volvió de ese viaje en el tiempo y gimió, esta vez, de verdad. Por primera vez desde que el chico la había desvestido con brusquedad y comenzado a tocarla y lamerla con prisas y sin mucho tacto, Luna se estaba excitando. Will continuaba penetrándola y ella, por fin, lo estaba disfrutando.
Pero después de un par de embestidas más, William se desplomó sobre su cuerpo con un grito ahogado. Había acabado y Luna...Luna se quedó en la mitad del camino.
Suspiró, rendida. Acarició distraídamente el pelo del muchacho, que por lo visto no pensaba salir de encima suyo por un buen rato, mientras tenía la mirada perdida en el cielo nublado. Y la vio.
Una estrella fugaz. Un punto luminoso que caía desde el cielo a velocidad supersónica. Fueron sólo unos segundos, pero Luna pidió su deseo rápido: por favor, que no acabe este día sin tener un maldito orgasmo.
Una hora después, despeinada y con la camisa fuera de los pantalones, Luna caminaba por las callecitas del barrio de Will, sola.
La noche caía sobre su cabeza y Luna consideró comprar un lavarropas.
N/A: ¡Gracias Hoshinohi por tu comentario!
