Colmillos afilándose

Dedicado a Annie (Annabeth-Cyone)


Prompt #49. If I burn. Tabla She gets revenge.


-Psique y el fuego-


If I burn, you will see
The fire in your mind when you sleep
And if I rise up in smoke around your eyes
You'll know it's me.

And the rain won't wash away
The ashes underneath your nails today
Doesn't matter where you go or what you do
'Cause if I burn, so will you

Emilie Autumn.


—¡Shi!

Despertó frente a su demonio, que mantenía la forma de la joven Mahiru, aún con su vestido rojo y un jersey grueso, con motivos navideños, que le quedaba muy grande: sin duda de Shinya, cuando él aún era bastante heterosexual.

—¿Shinoa? ¿No deberías estar dormida?

Volvieron a llamarla con sollozos desde el otro lado de la puerta. La tormenta arreciaba y Shinoa se estremeció, pese a seguir cerca del fuego. Con gran culpa, se dedicó a la que hubiera sido antes Mahiru.

—Mis amigos…

—Todo a su tiempo. En realidad, ¿no querías saber cómo terminaste siendo una vaca sagrada?

Shinoa se limpió las lágrimas.

—Esto es más importante…

Mahiru se encogió de hombros, comenzó a tararear una canción, exasperando a Shinoa, quien dudaba de dar rienda suelta a la violencia que le inspiraban tales tratos: su hermana había sido temible y Shi…la conocía lo bastante bien como para contenerse.

Ella era una parte oscura de sí misma. Una parte, un reflejo, una influencia, un anhelo, un sueño y un victimario. También había sido, todo ese tiempo, tan víctima de los abusos como Shinoa.

Shi era su mitad de un todo del que volvía a hacerse dueña tímidamente.

—¿Cuál es el próximo cuento mentiroso que deberíamos quemar? –preguntó Mahiru, con una sonrisa perezosa, bostezando y presta a dar la espalda a Shinoa.

…eso no era lo que quería. Deseaba los finales de cada historia. No obstante, tal vez esa destrucción era la única manera en la que Shi le permitiría revivir sus recuerdos, acaso antes de perderlos.

Y mientras la distraía de eso otro que acontecía afuera. Shinoa volvió a señalar otro libro del montón, que parecía llamarla. Mahiru se inclinó para sacarlo con aplomo en sus movimientos.

—Oh, Psique. Uno de mis preferidos sobre traición a la sororidad y motivos por los cuales no puedes confiar más en otras mujeres que en hombres…


Psique se convirtió en la amante de Eros, que temía ser utilizado. Previendo las conjuras de la mortal y queriendo probar su afecto, el dios la raptó, la tuvo en un palacio a solas todo el día y visitó su lecho solo de noche, exigiéndole que jamás le viera el rostro, ni mientras que hacían el amor.

O la violaba, como prefieras decirlo.

Las hermanas de Psique envidiaban su cárcel, perdón, palacio; y sus grilletes, digo, joyas y vestidos de telas ricas. Así que le infundieron mayores dudas sobre su esposo, como si no hubiera tenido bastantes.

No funcionó para separarlos. Pero sí que le dio problemas a ella. Luego.


—Nunca había visto algo así.

Él se aburrió de su cuerpo un instante. De torturarlo, cuando menos, más no de mirarlo. Hizo girar el anillo del colgante en su mano, aún mojado en múltiples fluidos de Shinoa.

—"Algo" es la palabra, mi señor Crowley. Ella es una abominación…

Horn, dando vueltas alrededor suyo, limpiando los instrumentos ensangrentados.

—¿Le has dado las inyecciones esta mañana?

—¿Los fármacos? Sí. También preparé los placebos con agua bendita como me dejó indicado.

—Eficiente como siempre. ¿Y Chess?

—Está muy cansada, ya sabe usted cómo es. Se fue a dormir en su ataúd de mal humor. No me creyó cuando dije que sin duda tendríamos su esperada visita hoy. Si la muy perezosa no se despierta, me aguantaré sus lágrimas.

Él se rio. Shinoa trató de recuperar el aliento, saboreando la sangre. Una gota de sus labios cayó sobre un dedo de Crowley, quien la sorbió, sonriendo.

—Has logrado vestirla.

Ya no hablaban de la vampireza ausente. Shinoa escuchó un siseo de la mayor.

—Desde luego. Aunque pienso que es un desperdicio. Ya tengo su uniforme de ganado preparado, para cuando el señor Crowley me indique llevarla a donde pertenece.

A pesar de tener los ojos cerrados y rehogados en sangre, Shinoa los abrió solo para descubrir que fuera a tiempo para intercambiar su mirada de desesperación con la de Crowley, en la que acaso se reflejaba cierta inseguridad.

—Oh, vamos, Horn, ¿qué le pasará a una vaca como esta si la dejamos a solas con el resto del ganado?

La vampira se echó a reír. Un par de carcajadas secas, parecidas al sonido de balas rodando por el suelo.

—Bueno, lo que usted ha hecho hasta ahora no le parecerá nada, mi señor. Supongo que Sanguinem dispondrá de unos…cien hombres en edad de copular. La tomarán en tropilla. Si la dejáramos hoy mismo, para mañana estaría preñada.

—¿Y después?

—No lo sé, mi señor, muchas vacas se mueren de eso. Si sobrevive al parto será declarada esposa de algún humano más fuerte que el resto. O puede que la ofrezcan para dormir con otros a cambio de comida u oro. Sabe usted cómo son ellos. Me sorprendería, en todo caso, que viviera más de un año. Si no fuera una abominación, claro está.

Crowley lanzó su propia carcajada. Eran risas de muerto. Ella supuso que reían así porque su tiempo en la tierra se había acabado y ese gesto era solo un eco del original en una caverna oscura.

—Precisamente porque es abominable, deseo conservarla, Horn.

—¿Con…servarla?

—¿Crees que le gustaría quedarse aquí? Tú y Chess podrían atenderla.

La vampireza abrió la boca, temblando horrorizada y en evidencias, usando toda su fuerza súper humana para no mostrar su gran disgusto ante la idea.

—¿Yo…y Chess? Pe-pero tenemos que ir a la batalla con usted.

—Somos progenitores, Horn. Si lo disponemos así, encontraremos motivos para llenar esa burocracia. Le pediré a Ferid que se encargue…

—Yo…

—¿No te agrada la idea?

—No estoy diciendo que no me guste, mi señor, yo venero todo lo que usted piensa y obedezco sus órdenes sin chistar. Es solo que… ¿sabe usted? A las humanas les gusta. Eso que sus hombres hacen. Tal vez se mueren de gozo. Ella llora cuando usted la acaricia, por ejemplo, la muy ingrata. Pero no dudo que le encanta porque así es su cuerpo. Y sucede lo mismo con esos humanos sucios. Estoy segura de que le gustará…

—¿…a ti te gustaría, Horn?

La vampira ya era muy pálida pero acaso palideció más y su color pasó de cadavérico a color nube de invierno.

—¿…a mi, señor?

—¿De qué están hablando sin llamarme? Escuché mi nombre un par de veces.

Sonidos de tacones contra los peldaños de piedra. Chess Belle bajaba hacia sus compañeros, echándole una mirada hambrienta a Shinoa.

—Horn me decía que quiere ir a la zona del ganado. Y que desea ser poseída por cien humanos de allí.

Probablemente la cara de sorpresa y horror de Chess Belle solo fue solo superada por la de Horn Skuld, quien parecía a punto de desmayarse.

Crowley no cedió, sin embargo. Le divertía la idea. Y allí se hacía todo lo que él pedía…


Shinoa abrió los ojos, no muy segura de sus sentimientos pero resolviendo inclinarse por el odio.

—¿Por qué me muestras esto? ¿Debería despertarme pena…?

Mahiru se echó a reír. Las llamas habían consumido el anterior volumen. Shinoa volvió a escoger otro, su firmeza fingida debilitada ante el espectáculo de sus manos temblorosas y alcanzándole el libro de cuentos históricos a Shi, con la forma de su hermana.

Juana de Arco. Este es muy triste, ¿sabes? Si nadie intentó prenderte fuego alguna vez, fracasaste como ícono feminista.

Shinoa asintió, cerrando los ojos de nuevo, apurando las visiones, oliendo el papel quemado con ansiedad enfermiza.


Juana escuchaba voces desde siempre. Mil demonios la habitaban, algunos más gallardos que otros. Así es como se hizo guerrera.

Los enemigos la atraparon, sin embargo. Y como era una bruja, decidieron purificarla con fuego.


Horn Skuld había partido durante las horas marcadas como el atardecer, aunque por entonces, la luz no llegaba allí.

Chess la esperó llorando en un sillón. Había envuelto a Shinoa en un vestido color vino, tremendamente escotado, que Crowley hubiera mandado a hacer para ella.

—Esto es tu culpa –la acusó Chess, sacudiendo la cabeza y mostrando los colmillos.

Incluso la llama de las velas y su ardor lastimaban y confundían a Shinoa. Era como si todo su pasado ardiera en ellas y lo que quedara, envuelto en esa tela suave; fuese algo inhumano, casi muerto inclusive.

Todavía la ataban por entonces. Tenía, permanentemente, las manos tras la espalda. Chess Belle la miraba como si estuviera planeando, no tan en secreto, asesinarla de mil maneras horribles. Mil, sí. Acaso para sacarse la duda sobre la carne de Shinoa.

Shinoa. Los monstruos no decían su nombre o lo pronunciaban mal. ¿Más para qué quería la única pieza de ganado ahí llamarse de una forma diferente?

Horn Skuld volvió por la tarde. Chess Belle había jurado que iría por ella si llegaba la noche y su hermana aún no estaba. Cuando la vampireza rubia regresó, fue abrazada como si hubiese faltado por décadas, mimada como si siguiera siendo una niña y Chess Belle le sirvió fragantes copas de sangre caliente mezclada con pétalos de rosas mosquetas.

Shinoa pensó que el aspecto de la mujer -que no era una mujer, de todos modos- nunca había sido tan malo. ¿Era ella una de las que habían tomado su vida sin siquiera congraciarse lo bastante como para completar el trabajo, dejándola a medias respirando a la merced del tirano al que idolatraban?

Horn Skuld, hasta entonces, con su inmortalidad, solía parecer detenida en el tiempo, como una pintura que hablaba, hacía las tareas del hogar y mataba, de ser necesario, usualmente turnándose con su compañera Chess para bajar al sótano a callar ciertos murmullos que hacían llorar a Shinoa.

¿Puede un monumento del tiempo, como esa vampireza, ser saqueado y destruido? Evidentemente, los humanos lo habían intentado.

La no-mujer estaba desmelenada pero su pelo parecía endurecido como si alguna sustancia extraña lo hubiera pegoteado antes. Su ropa estaba desgarrada, exceptuando la capa, que llevaba sobre los hombros. Su expresión denotaba cierta desorientación. De haber sido mortal, quizá, habría tenido cortes y moretones.

—¿Cómo…fue? –preguntó Chess, acariciando los sucios cabellos de la mayor, conteniéndose tal vez de besarlos por algo relacionado al asco.

Shinoa se sorprendió por el amor que se profesaban. Algo le dijo -acaso Shi, anestesiada- que de no haber sido su querida Horn la repudiada, Chess hubiera encontrado la exigencia de Crowley y el hecho de que su hermana se viera obligada a cumplirla, divertida inclusive.

—Se atrevieron, si eso es lo que preguntas –explicó Horn, los ojos cerrados como si aquel día hubiese sido su noche más larga en cientos de años. Probablemente así era.

—¿De…verdad?

—Les enseñé el mandato del Amo Crowley…una moneda de oro para cada quien. Algunos quisieron hacerlo dos o tres veces, aunque yo les había dicho que solo se les pagaría en una ocasión.

—¡Horn! ¿Los mataste?

—El Amo Crowley me advirtió que no podía. Solo…me los sacaba de encima cuando sucedía. Si me daba cuenta de que era una cara repugnante que ya conocía. Generalmente…buena parte del asqueroso acto ya…

—¡No se diga más, Horn!

Se abrazaron y acariciaron como si fuesen las últimas de su especie en el mundo.

—Esto…es su culpa.

—Lo sé.

—¿Podríamos…?

—Ahora mismo…

Clavaron los ojos en Shinoa y antes de que ella pudiera levantar la cabeza, comprender siquiera, Chess Belle la sujetó del cuello, la empujó hacia el suelo, abriéndole los botones del vestido con violencia. Mientras que Horn Skuld vertía sobre su cuerpo el contenido de una botella transparente que Chess guardaba junto con la sangre.

El líquido olía fuerte a alcohol. Y más importante que eso, se prendió sobre la piel de Shinoa ni bien acercarle la llama de una vela.


Prompt #50. Holiday song. Tabla She gets revenge.


-El milagro de la carne-


One day I'll be looking back
Until then this is all yours to keep
"Give thanks it could be worse"
At least that's what you tell yourself,
and it's almost convincing.

She wants revenge.


Despertó gritando. Shinya de nuevo la miraba como si fuese una niña inestable, tratando de apretarla contra su pecho.

—¡Ya ha pasado! Fue solo un sueño…una memoria distante.

—Si. Por lo menos, la última vez que alguien intentó lastimarnos…le demostramos que no era tan fácil, ¿eh? –comentó Mahiru, desde el rincón de la chimenea, frotándose los brazos y sosteniendo otro volumen de tapa carmesí.

Shinoa iba a protestar, a quejarse. Pero ningún sonido salió de su boca cuando leyó el título del libro.

—¿Este…?

—Si.

Dos lágrimas gruesas rodaron por sus mejillas. La historia siguiente era: San Nicolás y los niños en el barril.


San Nicolás era un santo que concedía milagros. Un día entró en la carnicería de una ciudad que había padecido hambruna. El propietario, enloquecido por la pobreza, se había decidido a invitar niños pobres a su casa, alimentándolos para luego beber su sangre y cortarlos en pedazos. Así seguía teniendo carne para vender.

Los niños asesinados estaban en un barril con sal. San Nicolás visitó el lugar pidiendo específicamente que lo dejaran verlos, pues eran soldados y él un ángel. El carnicero lloró como lloran los muertos en vida. Pidió perdón pero San Nicolás no lo escuchó. Con solo tocar los cuerpos, estos volvieron a unirse y levantarse…


Shinoa miraba al cielo raso. Las vampiras la habían soltado luego de que se resignaran a que el fuego le había derretido la piel solo brevemente, en tanto su cabello volvía a crecer, más fuerte, más largo y brillante que antes.

—Es algo con las brujas, Horn, qué se puede hacer si nuestro señor no quiere –insistió Chess, encogiéndose de hombros, dedicándose a pulir la porcelana utilizada durante las fiestas de té y los almuerzos opulentos que Crowley había dejado pedido que se organizaran para Shinoa.

Horn no tenía el uniforme blanco de los progenitores, sino una larga camisola de seda, que la hacía lucir vulnerable. Casi humana. También le faltaban los broches a sus cabellos y tenía una expresión sombría que hablaba sobre cómo su mente estaba en otro lugar, lejos de su cuerpo ultrajado.

Igual que la de Shinoa.

Como si alguien la llamara desde arriba, dijera su nombre, una y otra vez. Un nombre extraño, ajeno, que nada tenía que ver con lo que le habían hecho, que la dejaba muda.

La tierra se movió.

—¡¿Un temblor?! –exclamó Chess, tomando las manos de Horn, rodéandola con sus brazos instintivamente. Tal vez los demonios y los muertos pueden amarse. Entre ellos, desde luego.

—Tendremos que ir abajo –suspiró Horn, resignada. Su hermana la observó con horror.

—¡Yo aún no me he encargado de…la carne! –susurró Chess Belle, solo entonces soltando a su compañera para avanzar hacia Shinoa, como quien olvida un objeto de importante valía que su amo le ha ordenado resguardar.

Shinoa, que se había quedado de pie, mirando hacia el techo que se sacudía al igual que el suelo, sujetando el pliegue de su nuevo impúdico vestido.

—¿Qué más da? –suspiró Horn Skuld, sacudiendo la cabeza, en tanto Chess aferraba las muñecas de Shinoa y se volvía hacia ella.

—¿Y si la carne…nos ataca? Sabes cuánto detesto…

Explosiones.

—Vamos, no seas tan mimada.

Horn tomó de su cintura una llave diminuta y abrió la puerta hacia el sótano. Las escalinatas llevaban a lo más húmedo y profundo de la casa. Chess jaloneó a Shinoa de los cabellos para obligarla a caminar a su par.

Shinoa, sin embargo, se dejó hacer con el mismo aire ausente, solo tornándose ocasionalmente en la dirección abandonada, como un niño que ha sido obligado a dejar el lugar en el que espera a sus padres.

Horn bajó mucho más rápido, de a varios escalones, sosteniendo una vela que tomara de un aparador arriba. Shinoa no pudo distinguir bien las formas ante ellas, que fueron igualmente muy rápidas.

—¡Alto ahí, vampiro!

Shinoa había tenido tempranamente sueños parecidos a aquel. Alguien venía por ella, alguien estaba vivo y la buscaba. Pero tenerlo frente a frente resultaba doloroso y absurdo.

Kimizuki Shiho era más un personaje sobre el que había leído tiempo atrás. O una película que había visto siendo pequeña. Y algo en la prehistoria del hogar de Crowley, de sus manos, de sus juegos y torturas. De las vampirezas que la cuidaban.

No podía calcular cuánto llevaba ahí.

—Oh, por favor, novillo –jadeó Horn, cansinamente.

Shiho, aparición nocturna desde esa boca de lobo, sostenía sus cuchillas contra la garganta de la progenitora. Tomó impulso con la clara intención de desgarrar.

Horn golpeó con el dorso de su mano el sostén de las armas, que se disolvieron en el aire, debido a la fuerza colosal de la vampira. Kimizuki cayó al suelo, jadeando como bestia herida.

—¡Shiho!

No…

El evidente encierro sufrido no había sido más amable con Mitsuba que con Shiho. Tenían ambos la misma expresión de locura vacía y desespero que Shinoa, acaso también que Horn. Ojeras, palidez extrema y temblores que los sacudían. La chica, con una túnica negra ajustada -similar a la del ganado- avanzó hacia su esposo, lo abrazó protectoramente y miró con ansias desafiantes a sus enemigas.

Shinoa estaba confundida. Aunque su propio nombre se escapaba y mezclaba con el de esas sombras de carne y hueso, tenía la seguridad de que estas debieron observarla de otro modo. Más cálido. Esperanzado. Admirado.

—Un día en el que no corto la carne y ya se revoluciona. ¿Qué hacemos, Horn? –preguntó Chess, pasando un brazo sobre los hombros de Shinoa y haciéndola avanzar, con cautela, hacia un rincón.

—¿Y yo qué sé? –demandó Horn, con el puño en la cadera, prendiendo dos antorchas con la llama de sus velas.

—¡Yo estoy cuidándola a esta! El Amo Crowley se enojará si viene y no hay sangre fresca de su cuello para él. Le ha tomado mucho gusto…—se quejó Chess, frotando los hombros de Shinoa, como si acaso fuera una mercancía muy valiosa.

—Shiho…ella…¿no es…? –murmuró Mitsuba, solo entonces estudiando con horror a la muchacha cuidada por las vampiras.

Kimizuki Shiho solo sacudió la cabeza. Finalmente, iluminada toda la habitación por el fuego, Saotome Yoichi dio un paso hacia ellos, igualmente ataviado y maltratado, acaso más delgado y al borde de la enfermedad.

—¿Shinoa?

Ese nombre…

—Maldita sea, Horn, está llorando. Su cuello estará muy duro cuando el Amo venga y él nos preguntará si hemos hecho algo… ¿Podrías encargarte de una vez? Tuvimos suficientes percances, ¿no?

Horn sacudió la cabeza, cerrándose la bata sobre la camisola de seda.

—El ganado no necesita nombres. En especial cuando es de uso privado, como ella. Está aquí para que el Amo Crowley haga lo que más desee con su cuerpo. Beberla, acariciarla…esta vaca no parece tener un problema con eso. Incluso sus mejillas están más redondas, ¿o no? No la reconocieron...—explicó Horn, arrastrando las palabras de sus explicaciones y sonriendo con agudeza ante las expresiones de asco, ira y desconsuelo.

—Ha comido bien –se carcajeó Chess, enredando sus dedos en el cabello de Shinoa, quien estaba a punto de desmayarse, la escena borrosa por sus lágrimas y el líquido en sus venas frío.

Los tres jóvenes se estremecieron, mirando con horror e incredulidad a Shinoa, que era una cosa sin nombre por entonces.

—No es posible…—murmuró Shiho, sacudiendo la cabeza.

Lo es. Esta quedó tonta por tomar los mismos fármacos que ustedes –continuó extendiéndose Horn.

—Pensamos que tal vez…el shock del corte habría disminuido el efecto. Convertirse en carne para el plato de ella…—la interrumpió Chess, acariciando los cabellos de Shinoa como si se tratara de una niña o de una muñeca.

—¡Shinoa! ¡Tienes que escucharnos! –exclamó Kimizuki, con toda la intención de ir hacia ella.

(Pálido, ojeroso, con esa expresión de locura tortuosa en la cara, seguía siendo la sombra de un recuerdo: caminar por pasillos, hablar sobre cosas que eran terribles antes de lo peor).

—¡No puedes! Shiho, te matarán, idiota –lo detuvo Mitsuba, ferozmente, ayudada por Yoichi, todavía confundido.

—¡Devuélvannosla! ¡Para tenerla así, sería mejor que muriera, monstruos! –aulló Kimizuki, forcejeando con debilidad por su reciente Posesión, consciente de que sus amigos le impedirían ir hacia Shinoa.

Mitsuba dio un paso atrás de repente, agarrándose el estómago, soltando a Shiho. Los ojos de Horn, que tenían un color opaco desde la noche en que fuera a cumplir con los obscenos pedidos de Crowley, relampaguearon.

—Calma, novillo. Tengo una oferta que puede interesarte –replicó ella, con calma.

—Horn…hay que devolver la carne a su recipiente, no hablarle –le recordó Chess, con un susurro lleno de pánico.

—Pues hazlo tú –la instó Horn, ante lo cual, Chess abrió la mandíbula de afilados dientes con enorme sorpresa.

—Yo estoy cuidando el juguete del Amo –replicó, haciendo una mueca nerviosa, dejando entrever lo poco que le apetecía acercarse a los jóvenes.

—¡Nuestra Sargento no es un juguete, putas dentudas!

—Shiho…—Mitsuba volvió a tirar de la manga del uniforme de ganado con ojos llorosos, evitando enfocar a Shinoa, como si su sola vista le fuera insoportable y también tuviera algo más imperioso de lo cual ocuparse.

—Kimizuki, cálmate –le pidió Yoichi, aún sujetándolo, esquivando un puñetazo.

Horn observó a Shiho con extrañeza admirada, más que con ira, aunque Chess se estremeciera con indignación.

—¡Novillo insolente! Sabes muy bien lo que hemos hecho con ustedes todo este tiempo, carne…—comenzó, molesta. Antes de que Horn la interrumpiera quedamente.

—Aquí somos juguetes del Amo las tres. Y yo empecé a negociar antes de que a ti se te ocurriera opinar, así que ahora te callas, por perezosa y glotona, Chess…

—Horn…

—¿Crees que no he notado que les lamías las heridas a medida que se curaban? Eres repugnante. Debes controlarte mejor.

Chess daba la impresión de estar a punto de abrir la boca para replicar pero decidió, evidentemente, morderse la bífida lengua con los colmillos afilados que tenía.

—…la carne es carne.

Los rostros de los muchachos se retorcieron avergonzados. Mitsuba seguía tocándose el estómago.

—A la cuenta de tres, a por Shinoa. Me queda algo de energía…—les indicó Kimizuki, aunque Mitsuba fuese, en teoría, la segunda al mando.

—Shiho, yo…—comenzó Mitsuba, con las lágrimas rodando por sus mejillas.

—Mitsu, te ves diferente –aventuró Yoichi, el primero en notar una redondez mayor en su vientre que antes del campo de batalla ensangrentado.

—Lo sé. Yo…

—Se ha movido, ¿cierto? –adivinó Horn, sonriendo con todos sus dientes puntiagudos—. Sigue con vida, al igual que ustedes.

Los ojos de Mitsuba se volvieron enormes, aunque sus pupilas empequeñecieron. Shiho solo empalideció más y se quedó sin habla, a media frase artera.

—¡No!

Chess siseó, burlándose.

—¡Claro que sí! Fui yo la que se lo dije a Horn, vaquita. Nos hemos hecho muy cercanas, ¿verdad?

—¡Cállate, asquerosa! –sollozó Mitsuba, jalándose los cabellos desmelenados y resecos que le caían en mechas sin vida alrededor de sus hombros y espalda, haciéndola lucir mucho mayor que su hermana Aoi en el pasado incluso—. Shiho…—comenzó la chica, con suavidad en su desamparo. Tal vez solo Shinoa era la persona más sola ahí. Porque contar a Horn Skuld hubiera estado de más.

—No importa. Como dije, a la cuenta de tres…—se mantuvo Kimizuki, como si no la hubiese escuchado, para gran sorpresa de Mitsuba, abrazada por un igualmente pasmado Yoichi, que se secaba las lágrimas.

—¿"No importa"? ¡¿Escuché bien?! –soltó Mitsu con un sollozo, empujando a Shiho y negando con la cabeza.

—¿Cuánto tiempo hemos estado aquí? –se atrevió a preguntar Yoichi, tras mirar de reojo a Mitsuba, como haciendo cálculos.

Las dos vampiras jadearon, carcajeándose. Un gesto apagado en el caso de Horn Skuld.

—Los hemos tratado como carne. Perdían el sentido bajo nuestros cuchillos. Los cortábamos y separábamos para alimentar a esa…princesa vaca, que tanto ha hechizado a nuestro señor. Pero siempre volvían a unirse. Uno o dos días más tarde –explicó la mujer quebrada que no era tal cosa, herida en su orgullo y amor propio inclusive.

—¿Cuánto, maldita sea? –volvió a exigir saber Mitsuba, abrazándose el estómago y temblando, como leona herida en plena selva.

—Diez años. ¿O acaso cien, ganado? –se mofó con sorna Chess, acariciando los cabellos de Shinoa, cuyos ojos se habían humedecido.

Los tres prisioneros con uniforme dejaron de respirar.

—Entre esto y aquello, ha sido menos de un año –corrigió cansinamente Horn Skuld, sin molestarse siquiera en reprocharle nada a Chess.

—Pero…el bebé…—comenzó Mitsuba, como si las palabras en su boca no le pertenecieran.

—Lo corté muchas veces pero es tan abominable que se rehusó a morir. La infección profana de ustedes se pasó hasta esa cosa horrible que tienes adentro…—siseó Chess, con soberbia fundamental.

—¡No llames "abominable" a mi…! ¡…A mi…! –Fue demasiado para Mitsuba, probablemente. Yoichi hizo lo que pudo por evitar que cayera entre temblores y sollozos al suelo. Sirvió para amortiguar su caída de rodillas.

—Shiho, ella dijo algo de un trato. Por favor, escuchémosla –pidió el muchacho más joven y consumido. Había, sin embargo, más cordura en su porte que en el de Kimizuki Shiho, que era poco más que un animal acorralado y enloquecido.

Horn alzó el mentón, recobrando parte del brillo altanero que la caracterizaba no tanto tiempo atrás.

—Se van. Ese es el trato –explicó, haciendo una mueca de falso desinterés y un ademán de la mano acompañando el concepto.

—¿Nos vamos? Es una trampa. No hacemos acuerdos con chupasangres traicioneros como ustedes –gruñó Kimizuki, con más energía, mostrando los dientes.

—¡Shiho, no seas idiota! Odio cuando te portas así –lloró Mitsuba, golpeando su hombro. El que fuera su esposo la miró con cierto remordimiento.

—¿Y Shinoa? Nosotros nos vamos, ¿y nuestra Sargento? –preguntó Yoichi, con voz débil.

—Ella es el juguete, el trofeo…la esposa, como lo llamen ustedes, ganado. Del Amo Crowley. No se acerquen a nosotras y pueden irse. Ese es el trato –suspiró Horn, cruzando los brazos.

—¡Pero ellos son la carne del juguete! Sabes cuáles fueron sus órdenes, no podemos simplemente…—comenzó Chess, frenada por la mirada de reojo que le lanzó Horn.

—Yo ya obedecí suficiente. Más de lo que hubiera debido.

—H-Horn…

—Si no estás de acuerdo, ve tú a ensuciarte las manos cortando la carne.

—¡Lo haría encantada pe-pero…! ¡Alguien tiene que cuidar a esta vaca! ¿Tú no…?

No.

—¡Diablos, Horn! –protestó Chess, asustada e infantil, dando golpeteos con el taco de sus botas en el suelo de piedra.

Diablos no. Humanos –la corrigió su amiga vampira.

—No hay trato. Somos el Batallón de Exterminación Vampírica y moriremos como tal, llevándonos a nuestra amiga con nosotros como debe ser –replicó Shiho, con voz ronca, el semblante envuelto en sombras.

Mitsuba chilló, poseída por sus temblores y le soltó numerosas bofetadas que él frenó con cansancio.

—¡Cómo no puedes pensar en mi ahora! ¡En nosotros! En…

—Recuerda quién te desató, maldita sea –se quejó Shiho, sujetándole las muñecas y enseñando los dientes, en tanto Mitsuba volvía a echarse a llorar, débil.

—Supongo que podríamos…volver por Shinoa luego –se atrevió a decir Yoichi, poniéndose entre la pareja, tomando partido por Mitsu, como protegiéndola de la ira de Kimizuki.

Cualquiera hubiera dicho que si uno de esos muchachos era el padre de la criatura dentro de Mitsuba Sangu, era Yoichi Saotome y no Shiho Kimizuki, quien tras una amarga pausa reflexiva se volvió, vista gacha y derrotada, hacia los monstruos. Evitando contacto visual con su amiga cuidada por ellos.

—¿Dónde están nuestras armas? –preguntó Shiho, apretando los puños.

—Y nuestros anillos –agregó Mitsuba, haciendo una mueca, calmada por Yoichi, quien le apartara el cabello mojado en sudor de la frente.

—¿…puedes pensar en eso ahora? –resopló Shiho, mirando de reojo a Mitsuba, con cierto resentimiento en su cansancio.

—¡La verdad que me vendría bien un recordatorio de por qué…!

—Chicos, por favor…—los interrumpió Yoichi.

Nombres y caras eran borrosos para Shinoa. Volvían, se iban. Aquello era un juego de luz y sombras cuando fuera presente. Pero al ser un escenario revivido, podía apreciarlo con la lupa de su memoria recobrada.

Podía detestarse, envuelta en su vestido color sangre, pálida y flaca, sonrojada como si hubiera bebido, de pie ante ellos, abrazada por Chess como si esta mujer de dientes afilados fuera una dama de hierro atenazándola.

—Sus armas están en el palacio de nuestra reina, Krul. El resto de sus pertenencias, sin embargo, ocupa algunas cajas en la habitación de Chess. Lo que podía guardarse, claro.

—¡Oye, Horn…! –se quejó Chess, siendo silenciada de inmediato por una furtiva pero acertada mirada de su compañera. Atragantada por sus palabras, se podía decir que cierto sonrojo cubría las mejillas de la vampireza en apariencias (y actitudes) más joven.

—Estas son las reglas: contaré hasta cien. Ustedes, ganado, tienen tiempo hasta entonces para marcharse de la casa de mi señor y no volver jamás –explicó Horn, con firmeza.

Los ojos de Shiho relampaguearon.

—¿Todos nosotros? –indagó, con dientes apretados, sin duda implicando que Shinoa…

—Ella se queda. No pertenece más a ustedes. Me guste o no, mi señor ha tomado gusto de ella. Un paso hacia nosotras y el desdichado que lo haga perderá la cabeza.

—Shiho…—comenzó Mitsuba, poniéndose de pie nuevamente, con las manos a la altura del vientre, como quien saborea algo por primera vez en largo tiempo.

—No malentiendas las cosas. Es Mirai quien me preocupa. Un año, maldita sea, quién sabe cuánto tiempo sin medicinas…—gruñó Kimizuki.

Las lágrimas bajaron redondas por los ojos de Mitsu. Su mentón tembló.

—…bueno, podemos olvidarnos de los anillos, cuando menos –suspiró sin voz.

—Shinoa, volveremos por ti. Y si tú no has vuelto en ti, para entonces…o nos has traicionado, te mataremos –explicó Shiho.

Los rostros enflaquecidos de sus amigos asintieron, estremecidos. Un nuevo temblor sacudió los cimientos.

—Una cosa más. Hay un monstruo asechándonos. Es culpa de ustedes, los humanos. Pero si sobreviven eso…los guardias están dispersos –continuó Horn, ante el grupo que se volvió desde las escaleras para escucharla.

Bajo las luces débiles de la puerta hacia el sótano, los tres parecían almas en pena escapando de las profundidades del Infierno. Les hubiera hecho falta un Orfeo, una Eurídice.

(Lo más cercano a uno y otro que conocieran lo habían perdido en un campo de batalla ensangrentado. Yu no se encontraba con ellos, tampoco Shinoa realmente. Una muñeca sin nombre se quedó llorando en los brazos de una vampira).

—¿Y Yu? ¿Guren Ichinose? ¿Qué han hecho con ellos? –se volvió Mitsuba, con esa ansiedad histérica que la poseía cuando sus sentimientos se quebraban. Yoichi trató de contenerla.

—¿Los otros, dices? Muertos, supongo. O en otra parte. Nosotros solo sabemos de nuestro botín, ¿me explico? –se sonrió Horn, encogiéndose de hombros, fingiendo servilismo.

Putas –murmuró Shiho, sujetando a Mitsuba del brazo y obligándola a volverse para seguir subiendo las escaleras húmedas de piedra. Chess lo escuchó con la boca abierta.

—¡Quién te crees que eres, novillo! –exclamó, apretando el puño. Pero no la escucharon.

—Contaré hasta cien, vacas. Uno…dos…tres…—anunció Horn, haciendo una mueca burlona.

—¡Vamos! –los instó Kimizuki a correr. Shinoa no estuvo segura de si su estremecimiento por la espalda y su negativa a mirar hacia atrás tenían que ver con su tono de voz rasposo: un llanto masculino mal disimulado.

—¡Volveremos por ti, Shinoa! –le prometió Yoichi, limpiándose las lágrimas.

—¡Yo misma te mataré si no quieres venir con nosotros entonces, Sargento! ¡Tendrás que conocer a mi hijo! –le juró Mitsuba, tironeada por las urgencias de Kimizuki.

El conteo de Horn llegó hasta diez. Las vampiras observaron la huida con cierta extrañeza.

—Horn, ¿qué has hecho?

—Once…doce…lo que les dije, Chess. Estoy harta de limpiarlos, cortarlos y servirlos. Mejor le damos a esta putita algo más normal.

"Trece…catorce…

—¡¿Y si deciden quemar la casa?! Si le hacen algo a la puerta…

—Veinte, veintiuno…ya se han alejado, tonta.

—¡Ya sabes a lo que me refiero! ¿Cómo has podido dejarlos ir?

—Veintiocho, veintinueve…Bien que te quedaste ahí parada, sin hacer nada. Los hubieras detenido de querer hacerlo pero estás tan cansada como yo. Y no has sufrido tanto.

—¡Que no he sufrido! Cuando el Amo Crowley te envió a hacer esas cosas horribles, me sentí tan mal como si me lo hubiera pedido a mi…

—Pero no fuiste a hacerlas conmigo, ¿eh? Treinta y cinco…

—Bueno…alguien tenía que quedarse a…cuidar la vaca sagrada del Amo.

—Cuarenta…si, seguro, Chess.

—¡Tengo miedo, Horn! Los escucho ahí arriba.

—Ya se irán.

—¿Crees que realmente la dejarán?

—Son humanos. Solo piensan en sí mismos. Y la hembra está preñada. Qué más les da. Uno más, una menos. Cincuenta y dos…

—Te quiero, Horn. Nunca hagas algo así de nuevo sin consultarme –rogó Chess, aferrando la mano de su amiga, tras soltar una de las de Shinoa.

Horn sonrió con ironía.

—Sesenta y tres… ¿Ves? Se han ido.

—Ahora tenemos un problema con la escasez de carne…—suspiró Chess.

—Y lo resolveremos. Como siempre hemos resuelto todo –anunció Horn, frotando los pulgares en el dorso de la mano de Chess.

Shinoa clavó la vista en la palidez de ellas, fantasmal en la oscuridad. Los ruidos arriba habían cesado de repente. Sus amigos ya no estaban.

Era ella sola en el Infierno.

—No sé de qué se ríe esta puta infame –se quejó Chess.

—Se ríe y llora, querrás decir –observó Horn, con cierto dejo de lástima.


N/A: Feliz Noche de los muertos. Ya que el autor original hizo algo parecido a esto, no vi motivo para no hacerlo yo.

Saludos :)