Capítulo XIII: Yo estoy aquí para ti
-Pronto va a amanecer- Me digo con calma, camino en soledad y silencio hasta que lo veo a él. Me topo con esos ojos color cielo, más sin embargo hoy llevan una tela oscura debajo de sus parpados.
-¿También pasaste una mala noche?- Me dice con una sonrisa triste al percatarse de mi presencia, pero no contesto nada, simplemente me le quedo viendo, como si estuviera en presencia de un fantasma, como si el chico del pan fuera a desaparecer por siempre de mi vida, como si en este instante él fuera a alejarse por siempre de mi, justo como lo hizo mi padre.
-Lo que dijiste ayer... Sobre ganar... ¿Qué quisiste decir?- Pregunté nerviosa.
Peeta sonrió ligeramente como antaño, cuando era atrapado en una de esas travesuras que no quería que su madre descubriera.
-Porque yo quiero que ganes Katniss, si alguien va a salir de la arena espero que seas tú... No... Más bien, vas a ser tú...- Decía como si aquello fuera una afirmación.
Esas palabras calaban hondo en mi corazón, esta parecía una despedida, él sabía que no lo volvería a ver, que en cuanto pisáramos un pie en la arena jamás nos volveríamos a encontrar y esa simple idea me daba más pavor que el simple hecho de ir a matar.
Quise rebatir aquella idea de la mente de Peeta, quería decirle que no se atreviera a desistir de vivir, sin embargo la voz de Effie nos sorprendió con su ya típico -¡Arriba, arriba, arriba! ¡Va a ser un día muy, muy, muy importante!-
Por lo regular no me molestaba el comportamiento extravagante de Effie, pero esta mañana sí que me había fastidiado.
-¡Vamos, vamos, vamos!- Decía con una gran sonrisa mientras nos empujaba al comedor.
Miraba de reojo a Peeta, su expresión decaída me envolvía en una tela de oscuridad que no me gustaba, me hacía sentir como si el mundo hubiera perdido su color, me arrastraba hacía esos días, hacía aquella tarde cuando nosotros, en medio de la lluvia nos despedimos entre lágrimas y gritos, entre silencios y reclamos, nos despedimos de la forma más triste que un par de niños no podrían entender, y que inclusive ahora sigo sin entender.
-¡Siéntense! ¡Siéntense! -La voz de Haymitch me despertó al entrar por la puerta. Una gran bandeja de comida nos esperaba en la mesa, huevos, jamón y montañas de patatas fritas, un frutero metido en hielo, para que la fruta se mantenga fresca, y una cesta de panecillos que habrían servido para alimentar a toda mi familia durante una semana. Mi estomago se tensó al instante al pensar en aquello.
-Toma- De pronto Peeta me sacó de mis pensamientos y colocó frente a mí una taza con algo de color marrón intenso que nunca había visto antes, miré fijamente sus ojos azules, intentando descifrar si ese gesto lo hacía porque me había visto ponerme mal o si sólo era un simple gesto de su torpe gentileza.
-Lo llaman chocolate caliente- Me dice Peeta con una sonrisa -Está bueno, te va a gustar- No deja de observarme hasta que pruebo un trago del líquido caliente, dulce y cremoso, me recorre un escalofrío, su dulce sabor al instante me hace pensar en la esencia de Peeta y rápidamente la bebida se lleva por completo mi atención. Aunque el resto de la comida me llama, no le hago caso hasta que termino la taza.
Cuando siento que el estómago me va a estallar, me echo hacia atrás y observo a mis compañeros de desayuno. Peeta sigue comiendo, troceando los panecillos para mojarlos en el chocolate caliente, al parecer su habito por llevar el pan a los líquidos no ha desaparecido, instintivamente se forma una sonrisa en mis labios que se pierde al observar a Haymitch no le había prestado mucha atención a su bandeja de comida, sin embargo estaba tragándose un vaso de zumo rojo que no dejaba de mezclar con un líquido transparente que sacaba de una botella.
Al instante me doy cuenta que detesto a ese hombre; no es de extrañar que los tributos del Distrito 12 no tengan ni una oportunidad. La gente rica que apoya a los tributos ya sea porque apuestan por ellos o simplemente por tener derecho a presumir de haber escogido al ganador esperan tratar con alguien más elegante que Haymitch.
-Entonces, ¿se supone que nos vas a aconsejar? - Le pregunto algo molesta.
-¿Quieres un consejo linda? Sigue viva- responde Haymitch, y se echa a reír.
Miro a Peeta y me sorprende su expresión dura, cuando normalmente es tan afable.
-Muy gracioso- Dice con tono molesto, de repente, le pega un bofetón al vaso que Haymitch tiene en la mano y el cristal se hace añicos en el suelo desparramando el líquido rojo sangre hacia el fondo del vagón -¡Pero no para nosotros, no para ella!- Su tono totalmente furioso me sorprende al percatarme que habla sobre mí, y que su molestia es por la actitud que Haymitch muestra frente a mí.
Haymitch lo piensa un momento, observa a Peeta y luego a mí, de pronto le da un puñetazo a Peeta en la mandíbula, tirándolo de la silla. Cuando se vuelve para coger el alcohol, clavo mi cuchillo en la mesa, entre su mano y la botella; casi le corto los dedos -¡No te atrevas a tocar a Peeta!- Digo inconscientemente y me preparo para rechazar un golpe que no llega; el hombre se echa hacia atrás y nos mira de reojo con una sonrisa torcida que no entiendo.
-Bueno, ¿qué tenemos aquí? Parece que algo interesante está pasando- Toma otro vaso y se vuelve a servir alcohol -¿De verdad me han tocado un par de luchadores este año?- Dice con una media sonría llevándose el líquido a la boca -¿O es qué hay algo pasando entre ustedes que no sé?- Me mira aún con el vaso en los labios.
Me quedo petrificada al escuchar aquellas palabras, pasan algunos minutos y el silencio incomodo se desvanece cuando Peeta se levanta del suelo y coge un puñado de hielo para ponerlo en su boca.
-No- lo detiene Haymitch -Deja que salga el moratón. La audiencia pensará que te has peleado con otro tributo antes de llegar al estadio-
-Pero eso va contra las reglas- Responde Peeta confundido.
-Sólo si te atrapan. Ese moretón dirá que has luchado y no te han descubierto; mucho mejor- Después se voltea hacia mí -¿Puedes hacer algo más con ese cuchillo, aparte de clavarlo en la mesa?-
En ese instante me doy cuenta de que, si quiero ganarme la aprobación de Haymitch, éste es el momento adecuado para impresionarlo. Así que arranco el cuchillo de la mesa, lo cojo por la hoja y lo lanzo a la pared de enfrente; la verdad es que esperaba clavarlo con fuerza, pero se queda metido en el hueco entre dos paneles de madera, lo que me hace parecer mucho mejor de lo que soy. Haymitch sonríe complacido y deja su bebida.
-Vengan aquí los dos- Nos pide Haymitch, señalando con la cabeza el centro de la habitación. Obedecemos y al instante él da vueltas a nuestro alrededor, tocándonos como si fuéramos animales, comprobando nuestros músculos y examinándonos las caras -Bueno, no está todo perdido. Parece que están en forma y cuando los arreglen los estilistas, se verán bastante atractivos- Peeta y yo no lo ponemos en duda, porque, aunque los Juegos del Hambre no son un concurso de belleza, los tributos con mejor aspecto siempre parecen conseguir más patrocinadores.
-Está bien, haré un trato con ustedes: si no interfieren con mi bebida, prometo estar lo suficientemente sobrio como para ayudarlos, siempre y cuando hagan todo lo que les diga- Sonríe burlonamente.
-De acuerdo-Responde Peeta -Pues entonces ayúdanos. Cuando lleguemos al estadio, ¿cuál es la mejor estrategia en la Cornucopia para alguien...? -
-Cada cosa a su tiempo- Lo interrumpe Haymitch -Dentro de unos minutos llegaremos a la estación y estarán en manos de los estilistas. No les va a gustar lo que les hagan, pero, sea lo que sea, no se resistan- Después coge la botella de la mesa y sale del vagón.
Cuando se cierra la puerta, el vagón se queda a oscuras; aunque todavía hay algunas luces dentro, es como si la noche se tragara la luz del sol. Me doy cuenta de que debemos estar en el túnel que atraviesa las montañas y lleva hasta el Capitolio. Peeta y yo guardamos silencio mientras el tren sigue su camino. El túnel dura y dura, nos separa del cielo, y se me encoge el corazón, me pone nerviosa y ligeramente alterada. Odio estar encerrada en piedra, me recuerda a las minas y las minas me recuerdan a mi padre, atrapado, incapaz de llegar hasta la luz del sol, enterrado para siempre en la oscuridad. El aire comienza a sentirse pesado y la escasa luz comienza a volverse borrosa, sé que mis manos comienzan a ponerse sudorosas y unas gotas frías recorren mi cuello.
-Hay viene- Balbuceo para mí misma, el miedo viene otra vez por mí, es lo único en lo que pienso. Una sombra se asoma en la esquina de la pared del vagón, con una forma inhumana que no alcanzo a entender, mis pupilas se dilatan y un temblor le gana a mi lógica. Veo como se acerca lentamente con pasos aterradores y tambaleantes, me hago instintivamente hacía atrás chocando con Peeta Mellark, quien trata de entender que es lo que veo.
-¿Katniss?- Leo que pronuncia mi nombre en sus labios, pero su voz no alcanza a mi alma, quien ya está navegando en las olas del terror. Sé que mis temblores comienzan a agravarse y los ojos de Peeta acompañan a mi miedo con la preocupación.
-Allí está- Digo con la voz entre cortada, observando la esquina nuevamente.
-Katniss no hay nada allí- Peeta jala mi rostro para que lea lo que dicen sus labios, pero sigo intentando regresar mi mirada hacía ese lugar oscuro y frío.
-Allí está Peeta, viene por mi- Siento que las lágrimas se derraman por mis mejillas, acompañando mi voz quebrada y casi vacía. El terror me traga por completo, ya no hay nada más que oscuridad en ese lugar y la sombra amorfa que se acerca lentamente.
-Katniss mírame, hey ¡Mírame!- Las cálidas manos de Peeta me toman por el cuello y sus preciosos ojos azules parecen más que nunca el preciado color del cielo. -Katniss, Katniss- Repite mi nombre en sus labios, pero no alcanzo a percibir su voz -Katniss hay algo que... yo lo... Regresa...- No logro entender sus palabras, no logro leer lo que dicen sus labios, lo único que logro sentir en ese instante es un cálido aliento cerca de mí y una húmeda sensación en mis labios. Mis ojos se cierran por un instante y mi cuerpo es cubierto por una sensación de felicidad, alegría y tristeza mesclada con un fresco aroma a canela y hierbas.
Estoy en un lugar oscuro y solitario, donde el frío cala hasta los huesos, siento el temor creciendo en mis entrañas. Hay polvo por todos lados y una muchedumbre de personas están tiradas en el suelo, sollozando con los ojos cubiertos de oscuridad, derramando lágrimas negras. Me encojo ante aquella escena, me cubro los hombros con mis pequeñas manos.
-Katniss- Escucho una voz atrás de mi, pero sigo inmóvil por el miedo -Katniss- Escucho nuevamente, sé que se para frente a mí, mis ojos que están con la visto en el suelo se percatan de sus pies, un par de pequeñas manos me toman por las mejillas, invitándome a mirarlo a los ojos.
-Yo estoy aquí para ti- Me dice con una amplia sonrisa y con esas simples palabras toda la oscuridad desaparece, los cuerpos se pierden y el miedo se marcha lejos.
La soledad se convierte en un precioso día de primavera, las personas se vuelven hermosas flores en el vasto pasto verde, la tranquilidad se asoma por los arboles y se lleva todo lo malo a lo lejos, levanto mis ojos hacía el cielo azul que acompaña al brillante sol, asomo una sonrisa por mis labios y me dejo llevar por la escena que ven mis ojos.
El niño me observa con alegría aún parado frente a mí y una pequeña niña con dos trenzas llega por él, corren tomados de la mano por la pradera, el viento se siente fresco bajo la sombra de un árbol, ellos se voltean y se despiden con gran alegría.
-Gracias- Es lo único que alcanzo a susurrar, es lo único que puedo pensar y por una vez en mucho tiempo me da la sensación que mi mente está en paz.
Una luz brillante inunda mi habitación, por mi ventana puedo ver algo que sólo hemos visto en televisión: el Capitolio, la ciudad que dirige Panem. Llena de grandeza, el esplendor del Capitolio no puede ser capturado por las cámaras. No logran capturar el esplendor de los edificios relucientes que proyectan un arco iris de colores en el aire, de los brillantes coches que corren por las amplias calles pavimentadas, de la gente vestida y peinada de forma extraña, con la cara pintada y aspecto de no haberse perdido nunca una comida. Todos los colores parecen artificiales: los rosas son demasiado intensos; los verdes, demasiado brillantes, y los amarillos dañan los ojos, como los caramelos con forma de discos planos que nunca podemos permitirnos en la tienda de dulces del Distrito 12.
De pronto mi puerta se abre y entra Effie totalmente emocionada -Ven querida debes ver esto- Me arrastra fuera de la cama hasta uno de los vagones que tiene un gran ventanal. Dentro se encuentra Haymitch y Peeta, por alguna extraña razón no puedo dirigir mi mirada hacía el chico del pan, una sensación cálida se apodera de mis mejillas.
De pronto me doy cuenta que la gente empieza a señalarnos con entusiasmo al reconocer el tren de tributos que entra en la ciudad. Me da la sensación que para ellos no somos más que unas criaturas extrañas y graciosas. Me aparto de la ventana, asqueada por su emoción, sabiendo que están deseando vernos morir. Sin embargo, Peeta se mantiene en su sitio, e incluso empieza a saludar y sonreír a la multitud, que lo mira con la boca abierta. Sólo deja de hacerlo cuando el tren se mete en la estación y nos tapa la vista.
Siento una enorme furia en mi interior, ¿Lo había juzgado mal? ¿Acaso Peeta era como los otros tributos?
Sé que Peeta se percata de mis intenciones, al instante me responde: -¿Quién sabe? Puede que uno de ellos sea rico- Su forma de pensar me asquea más que la misma gente del capitolio.
Empiezo a pensar en sus acciones desde que comenzó la cosecha: el amistoso apretón de manos, sus padres regalándome galletas y prometiendo cuidar de mi familia. ¿Sería idea de Peeta? Su forma de presentarse voluntario, retar a Haymitch esta mañana al descubrir que por lo visto, hacerse el bueno no servía de nada. Y ahora, saludando por la ventanilla, intentando ganarse al público.
Las piezas todavía no encajaban del todo, pero siento que se forma un plan, que quizás Peeta no ha aceptado su muerte como me había dado a entender, que está luchando por seguir vivo, lo que significa, además, que el bueno de Peeta Mellark, el chico del pan, está luchando por matarme.
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Notas de la Autora: Antes que nada mil gracias a todas las personas que se tomaron la molestia en enviarme mensajes preguntando si seguiría con esta historia, dándome ánimos para que continuara a pesar de que el tiempo de espera ya había sido bastante grande.
He decidido retomar la historia e intentar terminarla como lo había planeado desde el principio, aunque es posible que tarde un buen tiempo en hacerlo, intentaré dentro de mis posibilidades seguir con el proyecto, espero me tengan paciencia.
De ante mano una disculpa y muchas gracias nuevamente.
