Capítulo 12

Ella tiene una naturaleza de lo más tierna y amable, pero es un poco propensa a fantasear.

Al poco rato regresó Anna del mercado y encontró la casa hecha un caos total. Carolyn estaba acurrucada en la escalera vertiendo el corazón a sollozos mientras en la planta superior resonaban gritos masculinos.

—¿Qué diablos pasa? — masculló Anna, dejando su cesta de la compra en el suelo. Se quitó la capa mojada y se desató la papalina—. ¿Qué pasa, niña? ¿A qué se debe tanto alboroto?

Carolyn levantó la cabeza que tenía enterrada en la curva del codo y enseñó la cara mojada de lágrimas.

—¡No era mi intención hacer eso, lo juro! Él tiene toda la culpa. ¡Yo sólo quería protegerla de él!

Estremecida por otro violento sollozo, pasó corriendo junto a Anna, abrió la puerta principal y desapareció en el patio mojado por la lluvia.

Más alarmada aún, Anna se cogió de la baranda y empezó a subir la escalera a un paso que no había empleado en más de veinte años.

Encontró a Nicholas y a Jimmy ante la puerta abierta de la habitación de lady Eleanor. Nicholas tenía al niño cogido por los hombros.

—Tienes que decirme la verdad — le estaba diciendo a gritos—. ¿Qué puso Carol en ese pastel? Sé que quieres proteger a tu hermanita, pero si no me lo dices, Candy podría morir.

Jimmy negó con la cabeza. Aunque le temblaba el labio inferior, contestó a Nicholas con igual energía.

—Carol nunca haría nada que dañara a Candy. No sé de qué habla.

Entonces fue cuando Anna vio a su joven señora, acostada en la cama, detrás de ellos, tan pálida e inmóvil como si estuviera muerta.

—¿Qué le ha pasado? — preguntó, corriendo hacia la cama a poner la mano sobre la frente húmeda y pegajosa de Candy—. ¿Qué le pasó a mi corderita?

Nicholas y Jimmy la siguieron, con expresiones afligidas.

—No estoy del todo seguro — dijo Nicholas, mirando a Jimmy con expresión sombría—. Sospecho que ha sido víctima de una broma cruel destinada a mí.

Recordando las llorosas palabras de Carolyn, Anna se giró hacia Jimny y bramó:

—Corre a la cocina, muchacho, y tráeme una tetera con agua hirviendo y un poco de la raíz negra seca de mi cesta de hierbas. Y date prisa.

Con alivio dolorosamente obvio, el niño escapó corriendo.

Mientras Anna iba a coger la palangana del lavabo y algunos paños limpios, Nicholas se sentó en el borde de la cama. Cogió la mano fláccida de Candy y se la llevó a los labios, sin dejar de mirarle atentamente la cara pálida.

—No logro despertarla. ¿No deberíamos hacer llamar a un médico de Londres?

—No se inquiete, señor Nick. No hay ninguna necesidad de traer a ningún matasanos elegante que no hará otra cosa que meter sanguijuelas en los bonitos brazos de la señorita Candy. Vamos, la he cuidado desde que era una niñita pequeña. La cuidé durante un feo ataque de escarlatina, justo después que murieron sus padres. — Pasándole un paño mojado por la frente, agitó la cabeza—. Esta niña jamás se ha preocupado por sí misma, ni siquiera cuando era pequeña; siempre ha estado demasiado ocupada preocupándose de su hermano y su hermana. — Comenzó a desatarle las cintas del corpiño, pero se detuvo, dirigiendo a Nicholas una intencionada mirada—. La mayoría de los hombres no sirven de nada en la habitación de un enfermo. Si quiere, puede esperar abajo.

—No — dijo él, sosteniéndole la mirada con expresión de impotencia—. No puedo.

Anna tuvo buen motivo para agradecer que Nicholas se hubiera quedado. Cuando el estómago de Candy comenzó a sentir los efectos de la infusión emética que ella le metió en la garganta a cucharadas, él fue el que perseveró en sostenerle la cabeza sobre la palangana; cuando ella se desplomó sobre la sábana, temblorosa y agotada, él fue el que le quitó suavemente los mechones de pelo pegados a la cara y la arrebujó bien con la colcha. Y cuando ella despertó de su agotado sopor bastante después de que hubiera caído la oscuridad, era él el que estaba sentado en la silla junto a la cama, con las piernas estiradas.

Candy tardó un nebuloso momento en darse cuenta de que no estaba en su cama. Levantó la vista hacia el elegante medio dosel, aspiró el almizclado y limpio olor masculino que la rodeaba y lentamente giró la cabeza; entonces vio a Nicholas dormitando en la silla.

Aunque tenía el pelo colgando suelto sobre la cara y manchas oscuras de cansancio bajo los ojos, seguía pareciendo un príncipe, de la cabeza a los pies. En todo caso, lo encontraba más atractivo aún que el día en que lo encontró en el bosque. Entonces sólo era un guapo desconocido; en esos momentos no era solamente su buena apariencia la que admiraba sino también su inteligencia, su agudo ingenio, y esos seductores relámpagos de mal genio y ternura.

Como si él hubiera sentido su pensativa mirada, abrió los ojos.

—¿Qué me pasó? — le preguntó, sorprendida por lo ronca que le salió la voz.

Él se enderezó y se inclinó hacia la cama, apretándole una mano.

—Digamos que las habilidades culinarias de tu hermana dejan algo que desear.

—Debería habértelo advertido — graznó ella—. ¿No te he contado lo de esa vez cuando horneó una empanadilla de barro rellena con doce gusanos y se la sirvió al reverendo Tilsbury para el té?

—No — contestó él con una sonrisa sesgada—. Si me lo hubieras dicho, yo podría haber declinado su ofrecimiento de la tarta que hizo para mí.

—Ay, ojalá la hubiera declinado yo.

—Sí. La próxima vez que te sorprenda codiciando mis dulces, simplemente tendré que negártelos. — Le apartó el pelo revuelto de la cara, con los ojos serios—. Aunque tengo que confesar que en este momento no sé si sería capaz de negarte algo.

Candy le acarició la mejilla, pensando cómo podía habérsele hecho tan querida su cara en tan poco tiempo. Él le ofrecía el mundo mientras ella le negaba su derecho más fundamental: su identidad. En ese momento comprendió lo que debía hacer; debía decirle todo, aun cuando eso significara revelar su engaño. Pero entonces él jamás volvería a mirarla con esa atractiva mezcla de desconcierto y ternura. Jamás volvería a estrecharla en sus brazos ni acariciar su boca con sus besos.

Giró la cara hacia la almohada para ocultar las lágrimas que sentía brotar en los ojos.

Confundiendo su tristeza por agotamiento, él apagó la vela y le dio un tierno beso en la frente.

—Duerme, cariño. Iré a decirles a los demás que te vas a poner bien.

—Ojalá — susurró ella a la oscuridad después que él se marchó.

Lo primero que pensó Nicholas cuando entró en el corral granero fue que no había nadie ahí. Entonces oyó un sigiloso movimiento en el altillo, como si un animalito asustado estuviera enterrándose más en su nido.

Subió la escala hasta el altillo y una vez allí miró atentamente la penumbra, hasta que por fin localizó un brillo dorado bajo los aleros. Carolyn estaba acurrucada en el heno con los brazos alrededor de las rodillas levantadas, los cabellos colgando en mojados mechones alrededor de la cara. Estaba mirando hacia el frente, no a él, con huellas de lágrimas secas en las mejillas.

—Candy está muerta, ¿verdad? — dijo ella antes que él pudiera hablar—. A eso ha venido, a decirme que ha muerto.

Nicholas se apoyó en un poste lleno de astillas.

—He venido a decirte que tu hermana está despierta.

La incrédula mirada de ella voló hacia su cara. Él asintió.

—Se va a poner bien. Mañana por la mañana ya podrá levantarse.

Nuevas lágrimas brotaron de los ojos de Carolyn, pero ella se las limpió antes que pudieran lavarle la pena de su cara.

—¿Cómo la voy a mirar? No me perdonará jamás lo que he hecho. ¿Cómo podría perdonarme?

—Ella no sabe que haya nada para perdonar, aparte de un acceso de mala cocina. No se lo he dicho.

Las lágrimas de Carolyn acabaron tan repentinamente como habían empezado.

—¿Por qué? ¿Por qué no se lo ha dicho?

Él se encogió de hombros.

—Aunque no logro recordarlo, supongo que alguna vez yo también tuve diez años. Pero no te equivoques — añadió, entrecerrando los ojos—. Fue una fea travesura la que intentaste hacerme, y te sugeriría que no volvieras a hacerlo.

Carolyn se puso de pie sorbiendo por la nariz, mohína.

—Ese pastel no le habría hecho mucho daño a un bruto grande como usted.

Pasó junto a él para bajar por la escala pero él le cogió firmemente el brazo, girándola para que lo mirara.

—Sé que no me quieres, Carol, y creo que adivino por qué.

Sintió pasar un leve estremecimiento por el pequeño cuerpo de la niña.

—¿Sí? — dijo ella.

Él asintió, aflojando un poco la presión de su mano, y dijo con voz más suave:

—Creas lo que creas, no tengo ninguna intención de remplazarte en el corazón de tu hermana. Mientras lo desees siempre habrá un lugar para ti y para Jimmy en nuestra casa.

Durante un minuto ella pareció conmovida, como si no deseara otra cosa que echarle los brazos al cuello. Pero en lugar de hacer eso, se soltó de su mano y empezó a bajar la escala sin decir otra palabra.

Nicholas tuvo que caminar bastante por el campo para encontrar a Jimmy, Cuando llegó a las ruinas de la casa quemada, situada en el borde de la propiedad de la casa señorial Graham, la lluvia ya había escampado totalmente, dejando una ligera niebla flotando como humo sobre la tierra. Pasó por debajo de una viga rota y encontró a Jimmy exactamente donde Anna le había dicho que estaría: sentado en el hogar desmoronado de lo que en otro tiempo fuera la sala de estar de la modesta casa parroquial. Estaba mirando el cielo a través del enorme agujero que había sido el techo.

Nicholas no esperó a que el niño supusiera lo peor.

—Tu hermana está despierta. Se pondrá bien.

—Eso lo sé — repuso Jimmy, obsequiándolo con una fría mirada de desprecio—. No la habría dejado sola con usted si no lo hubiera sabido.

Nicholas se le acercó otro poco, evitando por un pelo poner el pie en un tablón podrido.

—Este lugar es peligroso. Me sorprende que no lo hayan derribado hace tiempo.

—Lady Eleanor y Candy querían derribarlo, pero yo no quise oír hablar de eso. Cada vez que hablaban del tema yo cogía una rabieta que hacía parecer a Carol un ángel perfecto. — Continuaba mirando el cielo como si esperara encontrar una estrella brillando a través de las nubes—. Yo fui el que dejó la lámpara encendida esa noche, ¿sabe? En todos estos años, Candy jamás me lo ha reprochado.

—Eras sólo un niño — dijo Nicholas, ceñudo—. Fue un accidente. Una terrible tragedia.

Jimmy cogió un trozo de escombro quemado y lo tiró al aire.

—Los recuerdo, ¿sabe? A mis padres.

—Entonces eres muy afortunado — dijo Nicholas en voz baja, sintiendo una punzada de vacío en el pecho. Jimmy negó con la cabeza.

—A veces no estoy muy seguro de eso. — Frotándose las manos para quitarse el polvo, se levantó, con los hombros hundidos—. Si ha venido a buscarme para la paliza, iré sin chistar.

Nicholas levantó una mano para detenerlo.

—No sé si tuviste o no algo que ver en la travesura de Carol, y la verdad es que no necesito saberlo. No he venido por eso.

—Entonces, ¿a qué ha venido? — preguntó Jimmy, ya sin intentar ocultar su beligerancia.

—Puesto que parece que tu hermana va a vivir lo suficiente para convertirse en mi esposa el próximo miércoles por la mañana, me encuentro en necesidad de un padrino. Esperaba que consideraras la posibilidad de hacerme ese honor.

Jimmy lo miró boquiabierto por la sorpresa.

—No puedo servir de padrino — dijo con amargura—. ¿No lo sabe? Soy sólo un niño.

Nicholas negó con la cabeza.

—La verdadera talla de un hombre no tiene nada que ver con la edad y todo que ver con lo bien que cuida de aquellos que dependen de él. He visto lo mucho que haces en la casa, cómo cortas leña y ayudas a Dower con el ganado y cuidas de tus hermanas. Y Candy me ha asegurado que un padrino sólo requiere dos cualidades: debe ser soltero y debe ser mi amigo. — Le tendió la mano—. Me agrada pensar que reúnes esas dos condiciones.

Jimmy le miró la mano extendida como si no la hubiera visto nunca antes. Aunque la expresión de sus ojos continuó recelosa, se la cogió en un firme apretón, con los hombros y la cabeza, erguidos.

—Si necesita a alguien para que le acompañe en la boda, supongo que yo soy su hombre — dijo.

Mientras sorteaban los escombros para salir de allí, Nicholas apoyó ligeramente el brazo sobre los hombros del niño.

—Aún no has cenado, ¿verdad? Yo estoy muerto de hambre.

Tal vez podríamos pedirle a Carol que nos prepare algo dulce.

Aunque necesitó hacer un visible esfuerzo, Jimmy se las arregló para mantener la cara seria.

—Eso no será necesario, señor. Creo que Anna ha preparado una horneada de bollos especialmente para usted.

A medida que pasaban los días sin tener ninguna noticia de Dower, Candy se iba poniendo cada vez más nerviosa. El viejo no había aprendido a escribir, pero ella lo había enviado con un monedero lleno y la orden de pagarle a alguien para que le escribiera una nota si descubría algo acerca de un caballero desaparecido que requiriera investigación. En un pequeño rincón desvergonzado de su corazón, deseaba que no regresara antes de la boda, que siguiera ausente hasta que Nicholas estuviera unido a ella para siempre, o por lo menos mientras vivieran los dos.

Los preparativos para la boda continuaban a un ritmo frenético, tan implacable como el tic tac del reloj de pared del vestíbulo. Cada vez que Candy se giraba se encontraba con Anna esperando para ponerle un largo de blonda sobre los hombros o enterrarle otro alfiler en la cadera. Aunque la anciana no paraba su animosa cháchara, en especial cuando estaba presente Nicholas, Candy sabía que estaba tan preocupada como ella por el paradero de Dower. Incluso Carolyn parecía haber perdido su exuberancia y le había dado por vagar alicaída por la casa o desaparecer durante horas seguidas.

La mañana del domingo se leyeron por tercera y última vez las proclamas. Cuando el reverendo Tilsbury preguntó si alguien sabía de algún impedimento para que los dos se unieran en matrimonio, Candy se tensó al lado de Nicholas, pensando aterrada que de pronto ella misma se pondría de pie de un salto para gritar que la novia era una impostora embustera. Lo único que se lo impidió fue imaginarse la expresión de repugnancia que se extendería por la cara de Nicholas, una expresión que ella tendría que soportar todas las noches en sus torturantes sueños. Esa noche estaban reunidos alrededor de la mesa del comedor cenando cuando el silencio fue interrumpido por el tintineo de los arreos de un caballo. Dejando la cuchara en la mesa, Candy se levantó de un salto y corrió a la ventana. Estaba mirando atentamente por si veía algún indicio de movimiento en el oscuro camino de entrada cuando Jimmy se aclaró intencionadamente la garganta.

Se giró lentamente y vio un gatito blanco y negro arrastrando por el suelo un cascabel que llevaba atado con una cinta roja. Cuando se volvió a sentar con un descorazonado suspiro, Carolyn cogió al gatito y el cascabel, poniendo fin al alegre tintineo.

Cuando Anna salió de la cocina con el siguiente plato, Nicholas estaba paseando la vista por las tristes caras.

—Sé que tratáis de disimularlo, pero veo que todos estáis preocupados por Dower. ¿Queréis que vaya a Londres a buscarlo?

—¡No! — gritaron los cuatro a coro.

Él se reclinó en el respaldo de la silla, claramente perplejo por la reacción.

Candy se limpió la boca con la servilleta, preocupada de que él no le notara el temblor de las manos.

—Te lo agradezco, cariño, pero creo que mis nervios no lograrían aguantar la tensión. Sólo faltan tres días para nuestra boda. Puede haber boda sin Dower, pero no creo que pueda tener una sin el novio.

—No se preocupe por nosotros, señor Nick — dijo Anna.

Aunque le estaba dando palmaditas en el hombro a él, su mirada estaba fija en Candy—. Ese viejo pícaro mío debe de estar metido en una taberna por ahí. Llegará aquí arrastrándose la noche anterior a la boda, apestando a licor y pidiéndome perdón. ¡Veamos si no!

Jeremiah Dower estaba sentado ante una sucia mesa en la penumbra de un rincón de la Boar's Snout, bebiendo su tercer gin de la noche. La taberna era una de las más sórdidas de los muelles, y más de un cadáver se había encontrado flotando en el Támesis después de una noche de gozar de sus dudosos placeres. Se rumoreaba que si uno no moría a manos de los clientes o los taberneros, moría envenenado por el gin barato. Otra forma de morir, más lenta, era de sífilis purulenta, después de subir borracho y tambaleante a la planta superior con alguna de las desaliñadas prostitutas que pululaban por los muelles. Varios pobres jóvenes cachorros habían perdido su inocencia, su monedero y finalmente su vida entre esos serviciales y gordos muslos.

Su madre había sido una de esas prostitutas; él había pasado su infancia limpiando las manchas de tabaco y vaciando baldes de agua sucia en una taberna similar a ésa. Después de que ella muriera, estrangulada por uno de sus clientes, él decidió cambiar las sofocantes nubes de humo y gritos de borrachos por el aire dulce y puro de las mañanas de Hertfordshire y la sonrisa de Anna.

Era esa sonrisa la que ansiaba ver mientras estaba hundido en su silla observando a la variopinta clientela. Había pasado la semana peinando las calles y muelles por si oía rumores sobre la desaparición de un caballero. Incluso había visitado la cárcel Newgate y el manicomio, por si oía noticias de una huida reciente. Pero hasta el momento sus averiguaciones no habían producido nada y se le estaba acabando el tiempo.

Si el martes por la noche no estaba de regreso en Arden con las pruebas de que el misterioso caballero de Candy estaba comprometido o casado con otra, Candy seguiría adelante con la boda. Su joven señora siempre había sido de naturaleza dulce, pero cuando ponía el corazón en algo no había forma de interponerse en su camino. Y era evidente que tenía puesto el corazón en ese joven cachorro.

Dower frunció el entrecejo. El hombre bien podía no ser un fugitivo de la ley ni un lunático escapado del manicomio, pero eso no lo hacía menos peligroso para una muchacha inocente.

Estaba a punto de pagar la consumición para marcharse cuando vio a un muchacho pelirrojo de dientes torcidos y amarillentos abriéndose paso hacia él. El muchacho se inclinó sobre su mesa y movió el pulgar hacia la puerta de atrás.

—Hay un tipo en el callejón que dice que quiere hablar con usted. Dice que podría tener algo que le gustaría oír.

Dower asintió y le dio una de las monedas que le había dado la señorita Candy. No deseando parecer demasiado impaciente, se tomó su tiempo en acabar el gin y luego se limpió la boca con el dorso de la mano.

Cuando se levantó, tuvo buen cuidado de subirse un poco las mangas de la camisa, y disfrutó al ver agrandar los ojos a la prostituta que estaba sentada a horcajadas en las rodillas de un barbudo en la mesa del lado. Sabía por experiencia que cualquier carterista que intentara robarle a un anciano frágil lo pensaría dos veces al ver los gruesos cordones de músculos que le fajaban los brazos.

Con la noche había llegado la niebla; cuando se cerró la puerta de la taberna detrás de él, se materializó un hombre salido de las sombras. Él había esperado encontrarse con un quejumbroso mendigo deseoso de ganarse una moneda fácil, pero enseguida se le hizo evidente que ese hombre no tenía ninguna necesidad de sus chelines.

Llevaba un sombrero de copa de fieltro y en sus manos enguantadas balanceaba un bastón con empuñadura de mármol. Tenía el tipo de cara redonda y fofa que podía confundirse con otras cien.

—Espero que me perdone por interrumpir sus libaciones nocturnas, señor...

Dower se cruzó de brazos.

—Dower. Y no soy señor.

—Muy bien, entonces, Dower. No querría molestarle, pero me han informado que ha estado haciendo ciertas averiguaciones en los muelles.

—No he hecho nada de eso — protestó Dower—. Sólo he hecho unas pocas preguntas.

El hombre tenía una sonrisa falsa.

—Según mis socios, ha andado preguntando por un hombre alto de pelo castaño, bien hablado y bien formado, que podría haber desaparecido hace dos semanas.

Los malos presentimientos le hicieron hormiguear la nuca; su intención había sido salvar a Candy de las garras de un desconocido, no enviarla a la cárcel arrestada por secuestro.

—Esos socios podrían no saber tanto como creen saber.

—Ah, puedo asegurarle que son muy concienzudos. Y por eso he llegado a la conclusión de que podríamos estar buscando al mismo hombre.

La curiosidad casi pudo con Dower, pero algo que vio en los sosos ojos castaños del hombre se la quitó.

—Lo siento, compañero — dijo—. Se ha equivocado de hombre. Lo único que ando buscando esta noche es una botella de gin y una muchacha bien dispuesta a calentarme la cama.

—Con la recompensa que ofrecen mis clientes podría comprarse todo el gin y todas las putas que pueda desear un hombre.

Pese a la fría humedad del aire, Dower sintió brotar gotas de sudor en la frente.

—¿Y qué hace valer tanto a ese tipo que busca?

El hombre se pasó el bastón a la otra mano.

—Si viene conmigo, se lo explicaré.

Dower nunca había soportado bien la bravuconería, y menos aún cuando venía disimulada bajo un frágil barniz de palabras cultas y modales finos. Enseñó los dientes en una poco practicada sonrisa.

—Creo que tendré que declinar. Tengo una invitación mucho mejor de una pelirroja que estaba en la mesa del lado.

Acto seguido se giró hacia la puerta de la taberna.

—Eso es una verdadera lástima, señor Dower, porque me temo que debo insistir.

Antes que Dower se girara, la empuñadura de mármol del bastón cayó sobre la parte posterior de su cráneo, lanzándolo al suelo despatarrado. Escasamente tuvo tiempo para admirar el lustroso cuero de las caras botas del hombre cuando una de ellas le golpeó la cara, sumergiéndolo en un pozo de oscuridad.

Continuara...