1981. Septiembre
Hacía frío en Edimburgo y se arrebujó en su capa un poco más. Cojeaba un poco a pesar de que habían pasado varias semanas desde que la furia del Lord cayera sobre él. La poción no estaba lista, faltaba algo, y no sabía que era.
Había consultado todos los libros que se le habían ocurrido, pero nada, algo fallaba, y aunque no deseaba que aquel demente consiguiera alcanzar sus objetivos, estaba obsesionado con aquella puñetera poción.
Las noches y los días las pasaba encerrado en lo que había vuelto a ser un tétrico laboratorio, sin el cálido cuerpo de Black junto a él, sin su risa perruna, su mirada gris que le abrasaba.
Parecía como si nada de aquello que había ocurrido en los pocos días de agosto que habían compartido fuera real, tan solo un sueño provocado por el anhelo de Severus.
Lucius lo había vuelto a acorralar, ambos sabían que estaban en un momento álgido de la guerra, la tensión se notaba, las muertes estaban resultando horribles, y la duda que él ya tuvo aparecía ahora en el platinado. Temía por su familia, pues a pesar de todo, él los amaba. El pequeño heredero era uno de los bebes más hermosos que él hubiera visto, y su padre temía por el futuro que le estaba construyendo para él.
El Lord había perdido toda aquella energía embaucadora con la que defendía los principios que tantos otros habían adoptado. La sed de sangre, la unión con criaturas de lo más insospechadas iban en contra de todo por lo que ellos luchaban.
Y la crueldad era insoportable, el sadismo con el que estaban atacando a sus víctimas, aquello nada tenía que ver con la pureza de la sangre, con las tradiciones del Mundo Mágico, y cada vez se daban más cuenta.
Voldemort ya no se fiaba de nadie, y su paranoia se notaba en cada una de sus acciones, la locura le llenaba los ojos, y había pasado más límites de los que eran posibles para retornar.
Severus se sentía cansado por todo ello, y había prometido ayudar a su único amigo en todo aquello, el motivo por el que finalmente se unió a aquella locura.
Había ido hasta allí buscando un libro que había localizado en una pequeña librería especializada en Artes Oscuras.
Su mente estaba llena de todos aquellos sin sentidos en los que todos vivían, preocupado por Lily y su pequeño hijo.
Sintió una fuerte mano en su cintura y un cuerpo tras él pegado, el fuerte tirón en su ombligo le anunció que le estaban desapareciendo. Pero había podido percibir su olor claramente, era inconfundible.
Estaban en una habitación de alguna pensión, el agarre seguía fuerte en su cintura, y unos labios enterrados en su cuello.
La urgencia arrasó en todo su cuerpo, girando a toda velocidad, besando los abrasadores labios de Black, sus manos agarrando su cabello, tirando, arañando con sus manos.
Le había echado de menos, le deseaba con rabia, con pura necesidad, y todo fue muy rápido, muy brusco y muy placentero. Sus piernas sobre los hombros de Black, taladrando su interior con rápidas estocadas, sus bocas devorándose.
Rápido y caliente, y necesitado, y real.
—Primer round—le sonrió Black en los labios antes de tumbarse a su lado y abrazarlo.
—No tengo mucho tiempo—dijo Severus acariciando el pecho de Black—.He venido a por un libro.
Perdió el hilo de sus palabras desperdigando besos sobre la piel que iba encontrando. Tenía un tiempo límite, sí, pero no iba a desaprovechar ese encuentro que tanto había deseado.
—¿Cómo me has encontrado?—le dijo mientras lamía uno de sus pezones perezosamente.
—Simple casualidad, estaba en Edimburgo, y te vi, al menos pensé que te vi—dijo buscando sus labios—.No puedes imaginarte la de veces que he creído verte—su voz transmitía pesar.—Pero esta vez eras tú, y no iba a dejarte escapar.
Severus se liberó de los brazos que le tenían bien sujeto para colocarse a horcajadas sobre él. Exhibiendo una generosa erección que Black devoraba con los ojos. Y comenzó a acariciarse lentamente, sentía aún su cuerpo algo lánguido por el brutal asalto que acababan de tener, pero le gustaban esos ojos febriles mirándole con hambre mientras se masturbaba.
Black no era conocido por ser paciente, un espectador, él era acción. Y agarró las pálidas caderas de Severus para llevarlo hacía su cara. Engullendo por completo su erección, Severus gemía complacido, mientras Black le brindaba uno de los mayores placeres orales.
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Había sido breve pero lo habían disfrutado, a Severus le había dado una fuerza que había ido perdiendo a lo largo de ese funesto mes, no habían hablado de guerras y muertes, solo cuerpos, besos, caricias y risas. Un solaz para sus almas castigadas.
Black le había implorado por un encuentro cercano, era arriesgado, tremendamente arriesgado. Pero Severus estaba viendo la muerte a diario, y temía que en breve sería la suya la que se sucediera.
¿Qué malo había en darle a un condenado unas horas de felicidad?
Le había dado las señas de la mugrienta casa de La Hilandera, la casa de su padre muggle abandonada, no había vuelto a visitar en aquellos años desde que sus padres murieron. Para él solo había significado sufrimiento y tristeza. Pero le parecía el lugar más seguro pues nadie le relacionaba ya con aquel lugar abandonado.
El mes de septiembre cabalgó ente visitas a librerías y mensajes cifrados en El Profeta para reunirse con Black.
1981. Octubre
Desde que se citaban en su casa, Severus la había adecentado un poco, se había desecho de cuanto le recordara a su odiado padre y cualquier rastro de la tristeza de su madre, pero la casa parecía haber absorbido aquel ambiente deprimente y desolado de su infancia.
Estaba leyendo un libro al lado de la chimenea cuando Black apareció.
Estaba demacrado, sus ojeras eran casi tan profundas como las suyas propias. Pero la vida que corría por sus venas seguía siendo salvaje, indomable. Severus se nutría de eso, le gustaba la determinación con la que caía sobre él incansable. Y la seguridad en lo que ambos estaban haciendo, en aquella historia secreta a ojos de todos, a pesar de fraguarse en los peores momentos, mantenía a pocionista alto de ánimos.
De dos zancadas se sentó sobre Severus, en su regazo a horcajadas devoró sus labios como si hubiera sido un náufrago que acababa de encontrar agua para calmar su sed. No podía negar que era así como él mismo se sentía. Vivo tan solo cuando estaba con él, persona entre sus brazos.
Solían tener solo un par de horas, Severus tenía al Lord encima de su cuello, la poción no había salido como él esperaba y había pagado las consecuencias, caras, muy caras. El Señor Oscuro conocía su alma, había entrado en ella para torturarlo, pero Severus era un gran oclumante, paciente y minucioso. Hacía años que había conseguido tener un hueco en su mente, un compartimento secreto donde había colocado sus más codiciados secretos. Lily y su condición de espía habían sido lo que almacenaba a salvo del maníaco de su Señor, pero desde que Black llegara a su vida, el hueco se había quedado pequeño, por decirlo de algún modo.
Demasiados recuerdos buenos, demasiado poderosos, a veces temía que se salieran de allí y él pudiera descubrirle, y se había dado cuenta, sería un sádico, un psicópata, Severus no tenía duda de lo trastornado de al que seguía, pero era sin duda poderoso y perceptivo como pocos.
El escalofrío que sintió cuando su sibilina voz recorrió su cuello, demasiado cerca, había levantado sus barreras, nunca bajas cuando él andaba cerca, protegiendo su mente y sus recuerdos. Black le asaltaba cada dos por tres y eso era sumamente peligroso.
Sintió sus largos dedos en su nuca.
—Mi pequeño Severus, cualquiera diría que ocultas algo—el pocionista tragó duro.
—No tengo secretos para mi señor—dijo él sin flaquear.
—¿Qué es ese lugar que tanto ocultas de mí?—Notó como unos fríos dedos le arañaban la piel de su cuello cuando otros tocaban su mente, suaves y letales, pero Severus no caería, no podía.
—Malos recuerdos de mi asqueroso padre Muggle, ya los sabéis, mi señor.
El Lord le acarició el cuello, odiaba esos roces de sus manos, eran perturbadores y estaban cargados de una maldad psicópata.
—Mi niño—susurró en su oído.—Por eso acabaremos con todos esos sangres sucias que piensan que esos asquerosos monos tienen algún tipo de derecho. La Magia está infectada.
El discurso racista de nuevo, Severus suspiró tranquilo cuando comenzaba ya sabía que estaba libre de sus sospechas, como cualquier buen fanático se enardecía con discursos vehementes, pero él hacía tiempo que había dejado de escucharlos.
—Severus—le susurró Black en su oído, aquella suave caricia le hizo volver las atenciones a su amante.
Se dejó llevar por sus besos y sus caricias. La realidad en la que él quería vivir, los brazos de Sirius Black.
Black estaba vistiéndose, su cuerpo perfecto se veía magullado por las heridas del último ataque que habían enfrentado, pero orgulloso pudo ver sus propias marcas en su piel. Y una imagen de ellos dos en otro contexto en el que lo que les esperara fuera no estuviera plagado de odio y muerte le hizo pensar en cómo sería tener una relación, una relación de verdad con el moreno. Despertar a su lado, ir a trabajar, las comidas juntos, la tranquilidad de un hogar habitado por ambos. Su corazón el que un día creyó muerto latía al son de sus besos, de su futuro si ambos sobrevivían a toda aquella locura.
"Amor" y "esperanza", extraños sentimientos que el pocionista no había llegado a conocer en su vida, y aquellos ojos grises que le miraban con devoción se lo entregaban en cada gesto, en cada caricia.
—Si me miras así no podré irme—le dijo Black gateando por la cama completamente vestido arrebatándole un beso.
—No te vayas...—le susurró tan bajo que no sabía si realmente lo había llegado a decir.
—Cuidado con lo que deseas—dijo tras otro beso—.Puede que se haga realidad...—Sus besos no le daban opción a continuar, pero Sirius le sostuvo la cara con determinación.—Tú y yo estaremos juntos, me encargaré de ello—dijo Sirius antes de abandonar la casa.
La determinación de sus palabras le estremeció, un sentimentalismo que le sobrepasaba que le fortalecía y le debilitaba a parte iguales, y las palabras atascadas en su boca, incapaz de decir lo que sentía por Black pero con la necesidad de expresarlo.
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Severus se arrepentiría siempre de no haber podido decirle a Sirius que le amaba, que no cometiera locuras, pero sería la última vez que le vería, a los poco días, el 31 de octubre, todo acabaría.
Su corazón murió con los Potter, con Lily en sus brazos, con la desaparición del Lord, con la traición de Sirius.
Y todo era culpa suya.
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Hace meses y meses que no escribo nada de esta historia, tengo un par de capítulos pendientes de corregir.
No abandono las historias, nunca, y esta está siempre presente en mi mente. Pero es más compleja que las demás y quiero tomarme mi tiempo con ella.
Espero que os guste y me tengáis paciencia :)
Besos
Shimi
