Capítulo catorce
Y la pesadilla comenzó.
Regresé al departamento esa misma noche, arrastrando los pies y con la mente hecha un torbellino de fuego. No dejaba de pensar, de preguntarme incesante: ¿La maté yo? Si, la maté, yo la maté. Yo se la di al mar. La vi morir. La entregué sin velarla, sin decirle a su familia, sin un entierro digno. ¡Dios, ¿qué hice? ¡¿Qué hice?!
¿Y qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Decirle a la familia? Confesar que me la habían entregado confiando en mí, y una vez más, había fallado. Y no cualquier falla, no un error entendible… ¡La había matado! La cabeza me daba vueltas, el corazón tumbos, y la maldita debilidad me estaba arrastrando a la negrura.
-¿Ranma? –alcé la vista, frente a la puerta del departamento estaba Ryoga, sonriente. ¿Por qué sonríes idiota? -. Te ves fatal.
-¿Qué haces aquí?
-Llegué a la ciudad hace diez días, ¡diez! Y hasta ahora pude dar con tu casa, ¡vaya que me ha costado! ¿Me vas a dejar pasar?
No.
-Si –pasé a su lado y saqué las llaves del bolsillo de mi pantalón. Las manos me temblaban tanto, que al verlas moverse sin control casi pierdo lo poco que me quedaba del resto de mi cuerpo, y las llaves resbalaron entre mis dedos. Escuché el tintineo contra el suelo como algo vago, irreal, me quedé con la mirada perdida, pensando en que una vez dentro todo me recordaría a ella, ¡el departamento olía a ella! A su perfume, a su esencia, al café que preparaba cada mañana.
-¿Qué te sucede? –la sonrisa de mi incondicional y optimista amigo se borró como si se la acabaran de arrebatar de un golpe. Su tono fue preocupado, y seguramente sus ojos brillaban de lo mismo, pero no podía verlo. No podía, porque verán, ¡lo descubriría en mi mirada! Apenas me viera, sabría que la habría matado yo. Me delataría sin quererlo, y no podría soportar verlo culparme, ni que me odiara.
-Vete –logré articular, con un hilo de voz.
-¿Qué?
-Vete, Ryoga, ¡vete! ¡No quiero verte!
-¿Por qué no me miras? –puso una mano en mi hombro y yo me sacudí de su contacto, casi con desesperación, como si me quemara.
-¿No me escuchas? ¿Eres tan idiota, que no entiendes lo que te digo?
-¿Dónde está Akane? -¡Dios! ¿Es que ya lo había detectado en mi voz? ¿Tan obvio era? ¿Tan patético?
¿Y qué contesté? Nada, de nuevo solté un gemido, a pesar de ya no tener una sola lágrima más para derramar, y mis rodillas finalmente fallaron, doblándome las piernas. Ryoga me detuvo en seguida, con una agilidad que había obtenido después de dejar de ser P-chan para siempre.
-¡Ranma! ¿Pero qué sucede? ¿Qué te pasa? –estaba angustiado y confundido.
-No puedo… -susurré.
-¿Qué no puedes? ¿Por qué estás así? ¿Te puedes poner de pie? –estaba arrodillado frente a la puerta, con las manos apoyadas en ésta y la respiración tan agitada que salía por mis labios ruidosamente. Parecía que había corrido una eternidad y que estaba a punto de darme un paro al corazón.
-No.
-Te ayudo.
-No –me resistí-. No, no, Ryoga, tienes que irte.
-¿Estás loco? ¿Cómo voy a dejarte así? Estas… -buscó las palabras, prácticamente lo vi intentando dar con una-. Diferente.
-¿Tú crees? –reclamé con ironía.
-Parece que estas a punto de morir. ¿Estás herido? –su tono se endureció aún más.
-Si, Ryoga, estoy herido de muerte.
Su silencio sorprendido me pesó como un costal lleno de rocas.
-¿Dónde? –no contesté-. Ranma, ¿dónde? ¿Dónde te hirieron? ¿Quién fue?
Sonreí amargamente, tenía la garganta seca y los ojos hinchados, mi pecho era un martirio, pero sonreí.
-Akane –enmudeció, mirándome ahora con los ojos abiertos de par en par-. Fue ella, Ryoga. Ella va a matarme.
-No lo creo –murmuró.- No creo que sepas de lo que estás hablando. Tienes que tranquilizar tu respiración, estas hiperventilando.
-¡Estoy muriéndome maldición! ¡¿Qué no lo entiendes? –exploté, y mi voz se elevó tanto que la sentí recorrer el edificio entero y hacer retroceder un poco a Ryoga.
-Levántate –ordenó, y antes de que pudiera responder pasó uno de mis brazos por detrás de sus hombros y me obligó a ponerme de pie. Él ya tenía las llaves, y abrió el departamento ignorando mis reclamos y súplicas.
Avanzamos por el comedor hasta la sala, y me dejó ahí, sentado en el sofá, como a un muñeco sin cuerdas, y casi grito de puro dolor y pena al comprobar que todo el lugar me hablaba de ella. ¡Todo! ¡Estaba maldito! ¡Yo, el departamento, ella!
-¡Ranma, mírame! –sentí que me agitaba por los hombros, y entonces enfoqué mis ojos en él, que se veía realmente preocupado, como nunca antes lo había visto-. ¡Dime qué fue lo que pasó! ¿Dónde está la herida? ¡¿Dónde?
Alcé las manos tan rápido que ni siquiera lo notó hasta que cerré los puños en el cuello de su playera, acercándolo tanto a mí que sentí su aliento contra mi rostro.
-Dentro de mí, imbécil. Como una enfermedad, como si me hubiera desgarrado cada músculo. ¡Ahí está la herida! ¡¿Ya? ¿Te queda claro?
Me empujó alejándose de mí un par de pasos, y me observó como si me desconociera, abrumado y casi podría jurar que asustado.
-¿Dónde está Akane? ¡Dímelo, Ranma! ¡Necesito saberlo! –yo seguí con mi mirada fija en él, hasta que casi no lo pudo soportar, pues era hiriente, en mis ojos había un filo que no sabía que podía tener, y era letal; le estaba demostrando lo roto que estaba… Tan roto que podría matarlo en un segundo si se me daba la gana.
-Muerta –confesé, pero apenas me di cuenta que la palabra había salido de mi boca, fue como si alguien más lo dijera por mí. Y sin embargo, ahí estaba, diciéndolo en voz alta.
La expresión que se formó en su rostro es difícil de explicar con detalle. Pero fue como si de pronto toda la sangre se le fuera a los pies, palideció como yo mismo estaba, y abrió y cerró la boca sin decir palabra una par de veces. Casi pude sentir su parálisis, y el frío repentino que debió llenarle el pecho.
-Mientes –retrocedió torpemente hasta acabar sentado en el sillón para uno-. Mientes.
-Ryoga… Me destruyó. ¿Crees que hago mal en culparla? ¿Crees que haría mal si la odio? Me juró que iba a regresar. Pero, ¿es eso posible? Toda nuestra vida nos hemos enfrentado a hechos que no pueden ser ciertos, hechos fantásticos, magia de verdad. Entonces ¿por qué? ¿Por qué me parece tan imposible que ella pueda volver de la muerte?
-Dime qué pasó. ¡Tienes que decírmelo!
-¡Yo no tengo que decirte nada! ¡Nada! ¿Quién eres tú sino el amigo que me apuñalaría por la espalda sin pensarlo? ¿Quién, sino el hermano que no dudó ni un segundo en intentar quitarme a la mujer que amo?
-Tú sabes que nunca…
-¡Nunca, ¿qué? ¡¿Eh? ¿Nunca me la hubieras quitado? Lo sé, pero no por ti, sino por ella. ¡Porque ella jamás te abría hecho caso! Pero si no fuera por eso… ¡No me exijas nada, maldito cerdo, porque no te diré nada!
-No puedes dejarme así –suplicó, aún demasiado desconcertado por la noticia como para asimilarla.
-¡Haré lo que se me venga en gana! –ah, pero amigo, que frágil te ves ahora, dime, ¿así me veo yo? ¿Así de dependiente, de débil? Siento pena por ti, tanto como por mí.- Perdóname. No quise hablarte así… No sé qué hacer.
-Habla. Te lo imploro, Ranma, cuéntame qué ocurrió.
Y lo hice, comenzando desde esa noche en la que salió corriendo y la encontré casi inconsciente en ese parque, luego sus cambios, físicos y de personalidad, y todo, todo lo demás. Le hablé de ese ser, de mi semana en ese lugar, de cómo ella me había dejado pero entre la vida y la muerte me indicó dónde encontrarla.
-Me escapé del hospital, le pedí a un amigo su camioneta, y casi volé en ésta hasta Shinagawa.
-Pero eso queda a…
-¡Te digo que volé! ¡O no sé qué hice pero llegué esta mañana ahí! La vi en el faro, porque ella me dijo que ahí la buscara.
-¿Para qué?
-Supongo que para poner fecha límite. Ella no me lo dijo, Ryoga, tengo que ser claro en esto. Yo puse la fecha, pero porque lo vi en sus ojos, lo mismo que vi en la mirada de la Akane atrapada en esa jaula. Tres días, me decía, como en una promesa.
-¿Y si lo imaginaste, Ranma? ¿Qué tal que lo imaginaste? ¿Te dijo que si? ¿Aceptó tus términos?
-Me dijo que confiara en ella –al recordarlo sentía que habían pasado años de eso, y no apenas unas horas-. Corrí como un loco hacia el mar. Hacia las rocas. Salté, nadé, ¿qué más podía hacer? Y llegué a su cuerpo. Estaba muerta, bañada en su propia sangre. La tomé en brazos como si fuera de cristal, porque verás, para mi es de cristal. Siempre lo ha sido, ¿no lo crees? Tan fuerte que se ve, pero tan delicada que es en realidad. La llevé a la orilla y ahí me dejé caer de rodillas con ella en mis brazos –la voz se me quebraba y volvía, sentía la lengua de cartón, pero era como si una parte automática de mi estuviera contando todo eso, mientras la otra lloraba y se quejaba, sufriendo de dolor-. Limpié su sangre, la hablé, y…
-¿Y?
-La dejé ir. No supe qué más hacer. No pensé que fuera buena idea quedármela, ¿qué haría con el pasar de los días? Su cuerpo se iría descomponiendo. ¿Qué pasaría si la descubrían? ¿Cómo podría explicárselos a nuestros padres? –pensé mis palabras con más detenimiento y solté una risita tan amarga como mi última sonrisa-. Sueno como un criminal.
Él se quedó callado, observándome pero en blanco, no me veía a mí, no veía nada, estaba demasiado impresionado, la noticia le había caído como balde de agua helada. No sabía si iba a ser capaz de asimilarlo… Ni siquiera sabía si yo podría.
-¿Por qué no saltaste detrás de ella? Lo has hecho mil veces, ¡mil! ¡¿Por qué no saltaste y la protegiste con tu cuerpo? ¿Con tu habilidad? –que desesperado estaba por entender, por no levantarse y asesinarme a golpes.
-No había de dónde sujetarse.
-¿De qué hablas, idiota? ¡¿De qué carajos hablas? ¡Te he visto estar en el aire sin nada de qué sostenerte y caer en pie! ¿Qué demonios quieres decir con eso?
-¡Era un faro, no una montaña! Abajo el arrecife se cubría con las olas y volvían a aparecer las rocas. ¿Qué no lo ves? De haber saltado con ella, ¡hubiéramos muerto los dos! ¡El faro es liso! Ella se hubiera zafado de mí en cuanto empezara a buscar una forma de detenernos. ¡Una forma que no existe! ¡Fue suicidio, Ryoga! ¡No se cayó por accidente, nadie la tiró, nadie atentó contra su vida! ¡Ella eligió ese maldito lugar porque sabía que no podría protegerla! ¡Le dije que saltaría tras ella, se lo advertí, pero me pidió que confiara en ella! –las palabras salían atropelladamente, y me sentía como un imbécil tratando de excusarse, ¡quería convencerme, porque me preguntaba lo mismo! ¿Por qué no saltaste, Ranma? ¿Por qué?-. Hace años, Akane me estaba curando las heridas y usó una bandita mágica que me hizo enamorarme de todas las mujeres que se me pusieron enfrente. Acabamos en un edificio en construcción, hasta arriba, y ella se interpuso en la pelea entre Ukyo y Shampoo, y cayó. Yo fui tras ella, ¡y no tuve de dónde sostenernos! La cubrí con mi cuerpo y por suerte esa vez había una colina de arena que nos salvó. Pero esta vez fue diferente. ¡Abajo estaban las rocas! ¿Ya lo ves? ¿Ya lo entiendes? -¿ya lo veía yo? ¿Ya lo entendía? ¿Existía el perdón para mí?
Ryoga ya no dijo más, todo eso era demasiado, venía como en toneladas, y aunque sé que quiso seguir hablando, interrogándome, las palabras habían quedado atascadas en su garganta, quebrándonos a ambos.
