Una Navidad Dorada


Capítulo 14: "El Baile de graduación y un milagro de Navidad" (Parte II)


Disclaimer: "Hey Arnold!" no me pertenece. Ella y todos sus personajes son propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon, excepto los que inventé para darle sentido a mi historia. Este fic no tiene fines de lucro.


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La llegada de la tarde estaba volviéndose excesivamente adversa. A medida que pasaban las horas, el día se hacía cada vez más gélido y gris. Espesas capas de nieve en un cielo profundamente cargado, se hacían previsibles.

Edward Powell era un sujeto de baja estatura, algo calvo y de expresión simpática, cualidad atípica en varios hombres de la política. Había arribado con prisa al edificio, junto a un par de miembros de su comité. Amplia fue la sonrisa que Lucy exhibió al reconocer a aquel compañero de fórmula electoral de su padre. Quizás ella era una utópica, ida de la realidad, soñadora, incluso; pero la historia de vida de los niños del Hogar había calado muy fondo en su ser. La chica conocía perfectamente el ambiente del poder, con todas las inimaginables presiones y actos de corrupción, de los que tanto su padre solía quejarse.

—Sr. Powell, buenas tardes. —saludó con verborragia. Se giró a ver a Arnold, Rhonda y Curly, como instándolos a que se acerquen también. Las personas que acompañaban a Powell decidieron esperarlo a unos metros.

—Buenas tardes, señorita. ¿La conozco? —saludó con empatía.

—Mi nombre es Lucy Martin, ellos son mis amigos, Arnold, Rhonda y Curly, señor. —dijo presentándolos. El hombre sonrió con cortesía, respondiendo al saludo del grupo.

—¿Lucy Martin? ¿Acaso eres la hija de...?

—...Patrick Martin. —dijo ahora ella, completando la frase.

—¡Por Dios, cuánto has crecido! —exclamó Powell, levantando sus brazos.

—Sí, tengo diecisiete años...

—¡Dios, cómo pasa el tiempo! Prácticamente, he visto todo el embarazo de Claire. ¿Cómo están ellos, por cierto?

—Mis padres están muy bien, se han separado hace ocho años, señor...

—Oh... —dijo con otro tono de voz—. Lamento escuchar eso... Con Patrick hemos sido muy unidos durante el tiempo que fuimos fórmula...

—Sí, gracias. Lo sé, tengo algunos recuerdos de usted, visitándolo en casa... Él vive en Dakota del Norte ahora.

—Ah... Nunca supe más de él...

—Él abandonó la Política por el momento. —Explicó.

Los chicos presenciaban la conversación sin intervenir.

—Señor Powell, sé que lleva prisa, pero debo admitir que mi visita guarda sus motivos...

—Oh... Bien, te escucho.

—Nosotros somos colaboradores del Hogar "Luz y Amor", que alberga a al menos, veinte niños de entre ocho y quince años...

—Ajá... —asentía el hombre.

—Ellos serán desalojados por la fuerza, ya que construirán un parque temático allí. —dijo Lucy con elocuencia.

—Entiendo...

—La cuestión, es que aparentemente, nadie se "acordó" de hallarles un nuevo lugar donde vivir.

—Los echarán en cinco días, señor... —habló Arnold.

—Sí, así es... —comentó una consternada Rhonda.

—Quiero que me disculpe el atrevimiento que me he tomado, para venir hasta aquí a molestarlo... —aseguró Lucy.

—Por favor, ha sido un placer, jovencitos. No tienen por qué. —Afirmó Powell, negando con la cabeza.

—Quisiéramos saber si usted, desde su función podría ayudarnos... —concluyó Lucy.

El hombre pareció pensarlo por un momento.

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—Así que... ¿Eres Shaylene? —preguntó Ellen, con sequedad y manteniendo cierta distancia.

La mencionada la miró, mientras desparramaba nieve con sus botas, cuando comenzaron a caminar.

—Sí. Y tú Ellen, la jovencita de la que Helga no dejaba de hablar maravillas. —dijo Shaylene, sonriendo, casi por primera vez en todo el día.

La rubia le dedicó una mirada fugaz.

—Mira, Shaylene... —comenzó, pausadamente—. Sé lo que hiciste anoche.

La chica se detuvo, obligando a Ellen a detenerse, también.

—Yo... ¿Cómo lo sabes?

—Una de las chicas te vio, Lila.

Shaylene bajó la mirada.

—Sólo accedí a ayudarte, porque dices saber cómo arreglar todo esto; porque Helga y Arnold son muy importantes para mí, y sobre todo, —dijo con énfasis— porque odio a las personas mentirosas.

—Agradezco tu colaboración, Ellen.

La niña no agregó nada más, continuando la marcha por la fría ciudad en completo silencio.

—¿Adónde vamos? —preguntó.

—Iremos a buscar a un amigo del Hogar. Su nombre es Axel. —dijo la rubia, guardando las manos en sus bolsillos.

—"Axel..." qué lindo nombre... —comentó Shaylene, reflexiva.

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—¿Ella dijo eso? —preguntó Phoebe, horrorizada.

—¡¿No la escuchaste desde arriba?! —chilló Helga.

—No, desde allí no se oía. Vaya...

—Phoebe, es increíble... ¿Por qué pasan todas estas cosas? Si nosotros éramos tan felices...

La oriental entristeció.

Éramos tan felices, y ahora el mundo parece estar conspirando para vernos separados... —se lamentó la chica.

—Debes hablar con Arnold, aclarar todo este asunto, Helga... No puede esperar, no más.

—El problema, es que no sé dónde está... Sigue con el teléfono apagado. O lo volvió a apagar.

—Todo se solucionará... —aseguró Phoebe, fundiéndose en un fraterno abrazo con su amiga—. Lo encontraremos... ¿Dónde más que en su casa, podría estar?

—Él no quiere oírme; lo sé, porque esta mañana estábamos hablando, y decidió que no era importante nuestra charla. —dijo entre lágrimas.

—Él te escuchará, Helga. Estoy segura de que te creerá.

Helga no estaba muy de acuerdo con su amiga.

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—Cielito, no es tan sencillo como pareciera... Hay muchos organismos involucrados de por medio, y yo...

—¡Oh, por favor, Sr. Powell! Nosotros conocemos a estos niños hace más de tres años. —dijo Rhonda.

—Si de mí solamente dependiera, sabes que haría lo que me piden, pero... —prosiguió el sujeto.

—Señor, Rhonda y yo hemos buscado a la madre de una niña que residía en el Hogar, —comentó Curly— la buscamos por toda la ciudad, cuando parecía imposible dar con su paradero... Lo logramos, en Navidad, ellas se reencontraron hace tres años. ¡Fue un completo milagro! —dijo Curly emocionado—. Lo que mi novia quiere decir, es que es posible que usted sea el artífice de otro milagro navideño...

A Rhonda le dolió oírlo mencionar a Lucy como su novia. Maldita sensación... ¿Por qué Lucy era tan buena? Así, era complicado odiarla; era un ser sumamente querible, protestó internamente.

—¿Qué posibilidades existen, Sr. Powell? Juntos, podríamos impedir que los echen del inmueble... —acotó Arnold, con preocupación y decisión, a la vez.

Powell suspiró, lanzándoles una mirada ligera a sus acompañantes, que continuaban esperando por él, a varios metros de distancia.

—Hace nueve años, también viví un milagro de Navidad... Encontraron a la hija perdida de una persona muy especial para mí; y seis años más tarde, me ocurrió el milagro más increíble de todos: conocer a mis padres, que estaban perdidos en la jungla hacía diez... Y de la nada, en Navidad, se presentaron en mi puerta... ¡En mi puerta, después de medianoche! Sé que esto no se trata de buscar a alguien... —aclaró el rubio—, sé que no es el mismo caso...

Todos lo veían atentamente.

—Pero sí se trata —continuó diciendo— de hallar a las personas que tengan la suficiente voluntad de no dejar desamparados, a un grupo de niños que toda su vida fue una lucha entre el abandono y desamparo...

—Además, la señora Lauren, quien dirige el refugio, se encuentra muy debilitada... —añadió Rhonda.

—La verdad, no puedo creerlo, chicos... —decía el hombre—. Ustedes creerán que estoy fabulando, o que mi función, debiera saber de estas cosas... Sin embargo, —dijo apenado— no abarcamos todas las falencias...

—Los Senadores se han olvidado de de contribuir con ellos... —dijo Curly, con sorna.

—Hablaré con mi comité, por favor, espérenme allí, en la recepción. —indicó en el pasillo del piso doce, a la vez que se adentraba con las otras personas que lo esperaban.

—Espero que podamos lograrlo... —susurró Lucy, con tristeza pero mínima esperanza.

Curly la cobijó con sus brazos.

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—Axel, ella es Shaylene. —dijo Ellen con desgano—. Él es Axel.

El chico lucía claramente alegre de recibir la visita inesperada de su rubia amada, aunque esta no resultaba estar sola.

—Así que eres Shaylene... ¿Cuál es la misión? —preguntó sin rodeos.

—Vaya... Eres conciso, niño... —acotó la chica.

—Por supuesto, ¿para qué dar vueltas? A propósito. ¿Por qué besaste a Arnold, si sabías que estaba de novio con Helga?

Shaylene se sintió abrumada por los cuestionamientos de los niños.

—Miren, no sé qué han escuchado sobre mí, pero puedo asegurarles que estoy inmensamente arrepentida de muchos de mis actos. Y para demostrarlo, es que estoy aquí, buscando a Arnold.

—¿Para confesarle tu amor? —inquirió el chico, con ironía.

—No. Tengo algo que demuestra que nadie engañó a nadie; y que Arnold jamás me correspondería.

—Eso espero, Shaylene... Sería muy triste que en su aniversario estén peleados y que por culpa de terceras personas no vayan a su baile de graduación... —dijo Ellen, frunciendo el ceño.

—¿Adónde lo iremos a buscar? Acudí al hogar, con la idea de encontrarlos a todos allí... —aclaró, con pena.

—Primero, en su casa. —afirmó Axel—. Si no está allí, en el vecindario.

—Espero que no sea demasiado tarde... —murmuró la chica, con preocupación.

—Me pregunto quién podrá ser... —dijo Stella como para sí, cuando se dirigía a abrir la puerta.

—Buenas tardes, Sra. Shortman. —saludó la chica rubia con cortesía—. Mi nombre es Ellen, él es Axel —aclaró señalándolo con la mirada— y pertenecemos al hogar "Luz y Amor", ¿se encuentra Arnold?

—¡Oh! Por fin los conozco, chicos. —exclamó ella ciertamente emocionada, saludándolos.

—Gracias. El gusto es nuestro. —aseguró Axel.

—Me temo que no, jovencitos. Arnold salió al mediodía, camino al hogar, ¿no lo han visto allí?

—Sí, sí, —comentó Ellen— es que ahora lo necesitábamos por otros motivos...

—Qué extraño que no haya regresado todavía... —reflexionó su madre.

—Él se marchó antes que el resto de su clase... Al parecer, recibió una llamada telefónica y debió irse...

¡No me digas! Oh, qué raro... Él siempre da aviso sobre dónde estará... Intentaré llamarlo. ¿Quieren pasar? Adelante, chicos... —propuso con hospitalidad.

—Muchas gracias, Sra. Shortman, pero llevamos prisa, gracias de todos modos.

—Oh, bien, quizás otro día podamos tomar algo caliente y platicar un rato... —dijo ella lamentándose.

—Sí, por supuesto... —sonrió la chica.

—¿Saben qué? ¿Tienen un teléfono? Les daré mi número y pásenme el suyo, así, ni bien sepa sobre Arnold les aviso...

—¡Excelente! —agradecieron ambos.

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Unos instantes más tarde...

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—¿Y bien? ¿Quién era la mujer tan simpática? —preguntó Shaylene, que se había quedado a unos metros de distancia.

—Era su madre, Arnold no regresó aún... Nos dio su número, por si tiene novedades...

—Oh... —dijo la chica, visiblemente decepcionada.

—¿Y qué es eso tanto que tienes para 'salvarlo todo'? —interrogó Axel, con suma desconfianza.

—Es algo que no fallará, tengo muchas otras pruebas... Lo sabrán al mismo tiempo que Arnold, descuiden... ¿Qué les parece si vamos por algo caliente para la garganta? ¡Me estoy a punto de congelar! —chilló con voz aguda.

Axel y Ellen le dieron la razón.

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—Bien, muchachos... —los llamó Powell—. Todos se levantaron de inmediato, en dirección al hombre.

—¿Sí, Sr. Powell?

—He estado conversando con mi comité, ellos no estaban al tanto de la situación que ustedes han venido a plantear...

—Tan típico... —dijo Rhonda en una tos que ocultaba la indirecta.

—... Pero ya nos pusimos en contacto con el comité administrador de...

—Mire, Sr. Powell, —comenzó Rhonda, interrumpiéndolo— Lucy nos ha hecho venir hasta aquí, porque según cree, usted le debe un favor a su padre.

—¡Rhonda! —la reprendió Arnold.

Powell se quedó sin palabras.

—Si va a hacernos dar vueltas sin una solución, díganoslo ya, así ambos nos evitamos perder más tiempo.

—Srta. Lloyd, está usted equivocada, nosotros tenemos toda la voluntad de impedir consecuencias gravosas, tales como el desalojo del hogar, pero no es tan sencillo...

—Mire, Sr. Powell, sé cómo se manejan las cosas en la Política y en el mundo del poder, y esto se arregla fácilmente con mínima voluntad y mínimo dinero. —dijo desafiante, ante la sorprendida mirada de Curly y Lucy.

—Creo que no nos estamos entendiendo...

—No, en absoluto. —prosiguió Rhonda.

—¿Sabe tu padre que estás aquí? —preguntó Powell a Lucy.

—No, señor. Él no lo permitiría. —dijo ella, con temor. El sujeto pareció pensarlo.

—Me podré en contacto con mi gente, Srta. Martin. Para su tranquilidad, Srta. Lloyd, le diré que tenga por seguro que todo se habrá solucionado para mañana mismo.

La pelinegra lo miró de reojo, incrédula.

—Gracias por su tiempo. Buenas tardes. —espetó, avanzando, mientras dejaba a los demás atónitos, detrás de sí.

—Gracias... —se despidieron todos con prisa. Powell asintió, sonriente.

—¡"Lo solucionaremos"! "Hablaré con mi comité", bufaba para sí, a la vez que el resto la alcanzaba.

—Rhonda, ¿qué fue todo eso? ¿No crees que quizás lo solucionaría?

La aludida se giró a verlo, furiosa.

—¿Cómo puedes creer semejantes patrañas, Arnold? No tienen intención de arreglarlo; no les importa, pues no obtienen votos a través de acciones tan escuetas como estas...

Lucy la escuchaba anonadada.

—Pero quizás...

—Arnold. —dijo con desprecio—. No sé qué anda pasando por tu cabeza. No puedo entender cómo puedes creerle a este tipo y no a Helga. No me voy a detener hasta que esté solucionado.

El chico no supo qué agregar.

—Cielos, lamento tanto todo esto... —comentó Lucy, viendo a su alrededor. Curly tomó su mano, en una muestra de apoyo—. Pensé que nos iría mejor aquí...

—No es tu culpa, cariño.

—No, pero me siento culpable.

—Tranquila. —Rhonda dijo ahora, aun molesta—. Tus intenciones fueron buenas, sólo que... Estos tipos son así.

—Sí... Gracias, Rhonda. —agradeció la chica, dedicándole una sonrisa tenue.

—Aún no hemos perdido, chicos. Me encargaré de que esto se arregle. Tengo los medios para que así sea...

Arnold, que si bien se sentía un poco herido por las palabras sin filtro de la pelinegra, la interrogó.

—¿Tienes un plan...?

La chica se tomó un par de segundos para responder, y ya en la vereda, giró a verlo.

—Siempre tengo un plan, Arnold. Siempre.

Curly la miró con intriga.

—Esto es lo que haremos: Lucy. —dijo reclamando atención de esta—. ¿Tienes alguna cuenta de Twitter, Facebook o similar?

—Sí, Rhonda... Todas, ¿por qué preguntas?

—Excelente. Tú me filmarás.

Todos fruncieron el ceño, sin comprender.

—¿Filmarte? —dijo Curly.

Rhonda pareció ignorar su comentario.

—Me filmarás, y lo publicarás en tus cuentas y en las mías.

—Curly, tú buscarás a algún corresponsal, periodista o como quiera que sea. Deberán presenciar esto.

—¿Qué estás por hacer, Rhonda? Suena descabellado, desde ya te lo digo...

—Curly, —le dijo, con un tono de voz frío, que lo asustó—. ¿quieres salvar el hogar de niños? —él asintió— ¡Entonces haz lo que diga y no me hagas tantos cuestionamientos! —chilló, furiosa.

—Arnold, tú te quedarás conmigo.

Es necesario.

El ojiverde asintió contra su voluntad.

—¡En marcha! —ordenó.

—Y cuando consiga a un cronista, ¿qué hago?

—Tráelo para aquí. Serás quien le diga a mi padre que sintonice mi cuenta, donde verá el video. —aseguró.

Las actitudes tan firmes de Rhonda, provocaban que Lucy temiera sus posibles represalias. Después de todo, ella no conocía a Rhonda, aunque se estaba percatando de por qué Curly y la chica habían tenido un pasado juntos.

Oh, sí. Hillwood es Hillwood, y los rumores van, y vienen. No tardaría demasiado en saberlo; como tampoco podía obviar el hecho de saber sobre los sentimientos hacia Rhonda, no del todo resueltos de su novio. Y estaba el factor determinante: Daniel Saint Priestley, quien había logrado confundirla la noche anterior. Quizás su destino no se escribió como esperaba. Quizás, su destino aún estaba en blanco total, como esa tarde...

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—¿Tienes mi contraseña?

—Sí. Ya ingresé.

—Bien. —asintió con prisa—. Arnold, es hora. —dijo adelantándose.

—¿Qué harás, Rhonda? Imagino que no será una locura... ¿Verdad?

—Me voy a subir a la antena del edificio gubernamental, te guste o no; te resulte peligroso, o no, Arnold.

—¡¿Has perdido la razón?! —exclamó, colérico.

—¡No, y no me vas a lograr detener! —dijo con firmeza.

—¿Qué obtendrás con esto? Además de quizás, no sé, ¡¿matarte?!

—Arnold. —dijo pausadamente—. Hay veces en la vida, que sólo debes actuar; no importa si es muy loco, si es muy tonto, o si no funcionará. Debes hacerlo; porque la vida se trata sobre correr riesgos y ver qué alcanzas.

—¡No es tiempo de metáforas!

—Nunca las entenderías, de todos modos. —sentenció, con más tranquilidad.

La nieve se aligeró. Corría una considerable ventisca que helaba la piel. Arnold trató de procesar lo que Rhonda le estaba diciendo.

—Me treparé por la terraza del edificio contiguo, ¿me acompañarás? ¿O te quedarás aquí, pensando todavía que Helga te ama menos que tú a ella, y por eso te 'engañó'? —preguntó con ironía.

Arnold la miró con molestia, sin querer admitir que tenía razón.

—Lucy, haz una toma donde se vea que entro al edificio. Arnold te llamará desde arriba, indicándote cuándo debes comenzar a filmar. ¿De acuerdo?

Lucy parpadeó con nerviosismo.

—¿Estás segura de esto, Rhonda...?

—Nunca estuve más segura de algo en toda mi vida. —afirmó, yéndose junto a Arnold.

Al cabo de diez minutos, ambos yacían en la terraza del edificio de Finanzas, que lindaba con el de Gobierno. No fue nada fácil el escabullirse de los guardias, pero raid mediante, lograron los fines iniciales de la pelinegra.

Se estaban congelando, literalmente. Rhonda dio la orden de filmar. Luego de innumerables intentos en vano por parte de Arnold para convencerla de desistir, la chica comenzó a escalar los techos bajos de la terraza, hasta dar con la base de la heladísima antena.

—¡Rhonda, esto es una locura!

—¡No, Arnold! No lo es. ¡¿Sabes qué fue una locura?! ¡Dejar a Curly! ¡Hacer que él me dejara, que se hartara de mí! —acotó, mientras trepaba con dificultad. Arnold suspiró con pesar, a la vez que la chica ganaba altura. Lucy ya filmaba, pero desde un lugar, del que no se suponía que estuviera.

—¡Una locura, fue verlo con Lucy por primera vez, odiarla, querer que desaparecieran la chica y él!

Arnold trastabilló y la siguió oyendo con atención.

—¡Estoy enamorada de él! —gruñó desde lo alto.

—¡Esa no es razón para...!

—¡Cállate! ¡Yo sé jugármelas por lo que vale la pena! ¡Si no, ¿crees que lo hubiera besado casi frente a Claire, cuando sabía que era la madre de Lucy?! ¡Tú, Arnold, te quedas con la versión externa de los asuntos!

—¡¿Qué quieres decir?!

—¡Helga debe estar muriendo por dentro, por saber que estás enojado con ella, idiota!

—¡No puedes hablar como si supieras todo, no estás en nuestra relación!

—¡Idiota! ¡¿Sabes todo lo que aprendí de ella?! ¡No! ¡Helga es una excelente persona! ¡Ella jamás te haría algo como eso! —le gritó con todas sus fuerzas.

Rhonda resbaló, casi a punto de caer.

—¡Ahhhh! —exclamó aterrorizada.

—¡Rhonda! —gritó Arnold, temiendo lo peor.

—Sólo resbalé. No es nada. Asegúrate de que Lucy esté filmando.

—Pero...

—¡Hazlo! —ordenó.

El chico obedeció, asomándose a una de las paredes de la terraza.

Arnold no divisó a Lucy en la increíble distancia que había desde allí, a la calle. Sin embargo...

—¡Aquí, aquí! —exclamó la chica a unos metros suyo, en la terraza del edificio co-lindante.

—¡Lucy! ¿Estás bien? ¿Pudiste filmar?

—Sí.

—¡Excelente!

Rhonda llamó a Arnold, anunciándole que había llegado a lo más alto de la antena satelital. La chica se horrorizó al saber que Lucy había estado escuchando todo.

—¡Lo estoy subiendo a las redes! —aclaró la novia de Curly.

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—No era necesario, Helga. —aseguró la mujer, ofreciéndole una taza de té hirviendo.

—Gracias, pero quería hacerlo. —dijo con los ojos humedecidos—. Eres como una madre para mí, Stella. Lo último que quisiera, es que pienses mal...

—Jamás lo haría, cariño... —suspiró—. Estoy preocupada porque no sé dónde está... Ni siquiera Gerald sabe.

—La última vez que lo vi, salía del hogar con prisa. —afirmó la rubia.

—Sí, y Gerald dijo que Rhonda y Curly lo habían llamado para algo, pero ninguno de ellos responde a sus teléfonos...

—¡Oh, cielos! ¿Les habrá ocurrido algo malo?

—Espero que no, Helga... Miles fue en busca de ellos... Quería acompañarlo, pero me pidió que me quedara, por si Arnold llegaba...

—Ojalá aparezca pronto. Necesito decirle todo...

—Yo creo que quien debería disculparse, es él... —afirmó Stella, bebiendo su taza de té. Helga miró con tristeza por la ventana, anhelando una pronta solución a todo el asunto que tanto la aquejaba.

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—¡Curly acaba de llamarme! ¡Dijo que ya le avisó a tu padre, Rhonda!

La pelinegra asintió, en conformidad.

En menos de veinte minutos, el video de a extraña chica que decía ser capaz de subirse a una antena altísima, por una buena causa, se había viralizado completamente.

Las autoridades del edificio gubernamental habían tomado cartas en el asunto, e incluso, los Wellington Lloyd se hicieron presentes tan rápido, como les fue posible.

Curly llegó escoltado por dos corresponsales, quienes cubrían la escandalosa noticia de último momento. Rhonda Wellington Lloyd, había perdido la razón, por una buena causa. El resto de la pandilla arribó al lugar. Todo, excepto Stella y Helga, que habían salido a caminar por un momento, a reflexionar sobre el futuro, y sobre Arnold.

—Esta noche... —comenzó, con un tono apagado en su voz—. Esta noche, iríamos al baile de graduación... Queríamos contarles, a ustedes y a mis padres, que fuimos aceptados en la misma universidad...

Stella brincó de emoción.

—¡¿Es en serio?! ¡Oh, Helga, felicitaciones! —dijo abrazándola de inmediato.

—¿Qué sentido tiene alegrarse, Stella? Nada resultará como pensábamos.

Queríamos irnos a vivir juntos allí. Sabíamos a ustedes les parecería bien, pero teníamos nuestras dudas, respecto de Bob.

—Helga, cariño. —le dijo con suavidad—. Escúchame... —le pidió, tomando una de sus mejillas—, todo saldrá bien, ¿de acuerdo? Arnold te ama tanto como tú a él. Nada es irreversible. Ha estado angustiado por varias cosas, entre ellas, cegado por celos infundados; pero él es un buen chico, ¡tú lo conoces, pasaste más cantidad de años que yo, junto a él! Confía en mí.

Helga miró al cielo, una vez más. Miró al cielo, suplicando por un milagro navideño. Quizás, por otro más, de tantos que había vivido…

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CONTINUARÁ…


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Hola a todos, queridos lectores. Espero que estén bien, aquí actualizo el penúltimo capítulo de este fanfic; me quedó bastante extenso, así que decidí hacer el final en dos partes.

Ojalá les guste; sé que no tuvo el mismo recibimiento que la historia que la antecedió, pero nunca abandonaría un proyecto a mitad del camino. Defiendo mis ideas hasta terminarlas como corresponde, y agradezco inmensamente a quienes me acompañaron en este trayecto.

En una semana estará publicado el final. Asimismo, la próxima semana estará el penúltimo episodio de "Un carruaje para Cecile".

Muchas gracias a sweet-sol y eli gam por sus reviews, respondo vía PM.

Nos leemos en unos días.

Saludos a todos.