Como un ejército, irán cayendo uno por uno.
La masacre del ejército de Artemisa.
Los dioses del Olimpo habían levantado sus defensas, cercando sus dominios con grandes muros impenetrables. Los océanos se levantaban y grandes olas barrían las costas de los continentes; la luna se mantuvo en lo alto cuando el sol salió en todo su esplendor y ambos vigilaron aquel lado de la Tierra celosamente, esperando el inminente asalto de peligrosos ladrones. Fuertes tormentas dominaban el lado del planeta que sufría la noche sin luna; rayos y tornados barrían con pueblos y ciudades enteras y éstos quedaban a la deriva;las puertas del Inframundo permanecían abiertas y eran semejantes a hormigueros, dejando escapar seres de tinieblas enloquecidos cuya bruma de muerte cubría el aire saturado del poder de los Olímpicos. Volcanes en erupción, huracanes, terremotos, heladas, países contra países;todas las armas divinas habían sido puestas en marcha y funcionaban a máxima potencia, con el único objetivo de detener el inminente descenso de Caos.
El mundo era un hervidero de actividades y movimiento indescriptible, una clara muestra de que los dioses regentes preferían destruirlo todo antes que aceptar su mediocridad. En varios puntos estratégicos aquellas deidades amadas por la humanidad se preparaban para una guerra, incitando a los hombres a unirse a ejércitos cada vez más numerosos y en cuyas totalidades abarcaban llanuras el Olimpo aquellos que se mantenían lejos también se preparaban, bloqueando cada acceso a la montaña, ajena al desastre y lejos de la mirada de la humanidad mientras en el Santuario de Athena, guardias espantados y temblorosos cargaban el cuerpo maltratado de una chica inconsciente, trasladándolo sin cuidado alguno a la prisión subterránea, con la esperanza de que muriera a causa de la marea creciente.
Los Pilares de la Creación, que llevaban consigo el cosmos acumulado de Caos junto a su corazón, llegaron desde la inmensidad del cielo y aterrizaron en cuatro sitios diferentes, produciendo un estruendo similar al de cometas estrellándose contra la Tierra. Los mismísimos cimientos del Inframundo y la Atlántida se sacudieron y tras ellos un silencio propio del miedo se instaló en el mundo, sumiéndolo en un completo silencio y deteniendo todas y cada una de las catástrofes, dejándolas a medio camino. Cada cosa, suceso y corazón permaneció quieto y callado mientras los guardianes de la diosa más poderosa del universo descendían para poner a su señora a salvo y en lo alto por sobre toda cabeza, nación y montaña.
El inmenso poder que albergaban, sumado al cosmos que traían les imposibilitó descender juntos, por lo que se vieron obligados a caer en puntos opuestos y distantes entre sí de la faz de la Tierra, y sin embargo, no les tomó más de unas milésimas de segundos reunirse. Owen, el Pilar de la Creación y la Destrucción, llevaba consigo el auténtico corazón de Caos; aquel que tenía la fuerza suficiente para albergar el cosmos inmortal en el cuerpo mortal y que se encontraba lo suficientemente preparado para suplantar al órgano vital humano, cuyos latidos lastimeros le provocaban un profundo pesar.
Atravesando los mares ahora en calma llegó a la costa, donde un acantilado se alzaba y daba comienzo a la tierra firme, allí donde en una prisión submarina construida directamente en la roca encontró lo que buscaba. El cuerpo inerte pero aún con vida de Meagan flotaba en el agua que inundaba la prisión, mecido con cuidado por la corriente, como si el dios de los mares hubiese comprendido que hubiera sido mejor tratar con clemencia a esa mujer antes que intentar asesinarla con toda la fuerza de un tsunami.
Posó sus pies sobre la superficie del agua como si fuese firme y segura para andar y ésta se retiró, dejando un espacio vacío en la prisión y permitiéndole a Owen destruir los barrotes con algo menos que un pensamiento. Con cuidado y con calma, cubrió con la capa de su vestidura divina el cuerpo semi desnudo de su señora, ocultando los signos del maltrato que había recibido por parte de los humanos, quienes engañados por los dioses, habían creído que el objetivo de ella era destruirlo todo. Sin más preámbulos se la llevó hasta el otro lado del océano, donde en la cima de una montaña que parecía que acababa de formarse, sus hermanos, los Pilares restantes, esperaban por él.
Habían preparado el lugar, por supuesto. Aunque una cordillera más allá de la gran masa continental hacía alarde de tener el punto más elevado de la tierra, la montaña que habían elegido era en realidad el punto más alto del mundo y, por tanto, también el más seguro para el descenso de Caos. Estaban al tanto de que era probable que eso le trajera consecuencias al planeta, pero nada de todo eso hubiese sucedido si los dioses hubiesen hecho caso a Caos.
Altair estaba esperando, ya listo para recibir en sus brazos el precioso, frágil y herido cuerpo. Por primera vez desde que fuese creado, sería él quien cuidaría a su señora y no al revés. Ella siempre lo había tenido por hijo e incluso por amigo, pero en ese momento Meagan era su tesoro y él, el encargado de protegerla con su vida. Había esperado que los llamara mucho antes que todo se saliera de control y aunque tenía algunas dudas sobre lo que sucedería, prefería confiar en ella y dejarle resolver sus asuntos, limitándose a obedecer órdenes y cumplir con los objetivos que le fueron encomendados. El suyo, más que ningún otro, era mantenerla a salvo de cualquier peligro por mínimo que fuera mientras su lado inmortal se unía a su lado mortal. Y si eso quería decir que debía eliminar a cualquiera que se interpusiera en su camino, entonces lo haría sin reparos.
Eliminar una vida no era algo que ninguno de ellos quisiera hacer y, no obstante, fue necesario. Un gran ejército se acercaba desde la costa del continente y aunque Altair no sabía con certeza cuántos eran, sí estaba seguro de que su objetivo era destruir lo que quedaba de Meagan de Escorpio para que Caos no tuviera un cuerpo que poseer, y él no iba a permitir semejante atrocidad. Mucho menos, por parte de un puñado de millones de humanos desagradecidos y asustadizos. Luego de dejar reposando el cuerpo herido de su señora en un lugar seguro y cómodo, se dirigió a su hermano para comunicarle cuál era la tarea que se le asignaría apenas Caos comenzara a descender.
El trabajo de Argus en ese caso era estar en la primera línea de ataque puesto que él no tenía reparos ni escrúpulos a la hora de actuar y no le molestaba en lo absoluto consumir una vida hasta la muerte. Así que cuando Altair le ordenó acabar con la amenaza que se acercaba a gran velocidad desde la costa, sintió que había llegado su hora de dar la primera muestra de por qué la humanidad y los dioses no debieron meterse con Caos y con ellos en primer lugar. Su capacidad de destrucción no era tan grande como la de sus hermanos mayores pero su fuerza serviría bien a la causa de probar su punto al resto del universo. Atravesó el espacio de tierra y agua que lo separaba de su objetivo y llegado a un punto determinado, se quedó a la espera, empuñando un báculo de oro que su señora le había dado como arma miles de años atrás y que jamás había tenido la oportunidad de utilizar, pero al que planeaba darle finalmente el uso que había deseado desde que su señora les informó de lo que ocurriría en el futuro. Debajo de él, el agua —que se había mantenido en total calma desde que pusieron un pie en la Tierra— comenzó a moverse. Al principio no eran más que uno o dos puntos acercándose, pero con el paso de los minutos Argus se elevó varios metros en el aire para verlos llegar. Miles y miles de mujeres y hombres en diferentes formaciones avanzaban con firmeza,guiados por una primera hilera de soldados en cuyos hombros cargaban flameantes banderas, anunciando grandeza y poderío. Detrás de la primera centena de soldados iban al menos cien navíos de guerra cargando más soldados, vistiendo armaduras y empuñando grandes armas blancas. Detrás de estos últimos, otra centena más de soldados con alas blancas parecidas a las de los ángeles no llevaban armas pero surcaban el cielo bajo, al ras del océano.
Y casi al final y escoltada por una mujer de cabello celeste muy claro, la diosa Artemisa iba seria y preparada, empuñando su báculo.
Argus vio casi impresionado la tremenda fuerza que expresaba ese ejército, casi cubriendo por completo una buena parte del espacio que separaba ambos continentes, todos con un solo objetivo en mente: matar a Meagan. Sonriendo, se compadeció de ellos por su ingenuidad. Agitó con fuerza su báculo, enviando una ráfaga de viento tan fuerte que las primeras filas de soldados se dispersaron y los gritos y confusión se extendieron, logrando que la marcha se detuviera. Varias voces se alzaron, instandoa continuar avanzando. Argus sabía que podían surcar el océano gracias al poder que la diosa les otorgaba, pero eso no significaba nada para él. Podía acabar con ellos rápidamente y sin sufrimiento y, de hecho, podría haberlo hecho si esa ráfaga que acababa de enviarcontra ellos no hubiese hecho que cientos cayeran al agua que supuso, debía estar helada. Pero bien, ya había comenzado a causar pánico así que, ¿por qué no seguir en ello un poquito más? Ellos creían que con su armamento podían hacerle frente a Caos, pero para llegar a ella primero tendríanque pasar por sobre los cuatro Pilares.
Ladeandosu sonrisa, alzó en lo alto su báculo, cuyo extremo superior se iluminó como un pequeño sol llevando un pequeño trozo de día a aquella parte del , a ras del agua, todos los ojos se alzaron hacia él y los barcos detuvieron su marcha. Entonces, un mar de flechas fue directo a su encuentro, pero todas se detuvieron a un metro exacto de distancia de él antes de voltearse y hacer su camino de regreso a una velocidad talque fue imposible verlas... al menos hasta que se incrustaron en los cuerpos de varios hombres y mujeres, que cayeron en las heladas aguas y acompañarona aquellos que intentaban mantenerse a flote con sus pesadas armaduras. El sonido de cientos decañones siendo acomodados y el posterior y correspondiente estruendo al ser disparadosle llamaron la atención, y en lo que Argus pensaba que era una hazaña única, tomó cada munición a medida que llegaban y las mantuvo levitando sobre su mano izquierda para luego lanzarlas todas a la vez,dirigiéndolas hacia los cascos de los barcos, destrozándolos. Los gritos a la distancia junto a las voces gruesas dando órdenes de resistir y otras de evacuar no se hicieron esperar, pero estaban en medio del jodido océano. No había hacia dónde evacuar.
Cansado de estar simplemente de pie, Argus fue al encuentro de un grupo organizado que parecía tratar de darle alcance. Aquellos humanos no tenían habilidades para sobrevivir a un combate en el aire y sus pesadas y largas lanzas y espadas no eran más que simples adornos que expresaban una fuerza que no poseían. Argus fue a través de ellos, transformandosu báculo en una lanza de una única punta con la cualatravesó a esos hombres, cortando limpiamente y a veces incluso en el punto exacto en el cual sus frágiles columnas unían a la cadera con la parte superior de sus cuerpos. Abajo, el océano comenzó a tomar un tinte rojo opaco y marrón en algunas zonas, mientras los cadáveres o partes de ellos caían y se mantenían a flote durante un momento antes de sumergirse para siempre. Y cuando Argus creyó que aquello había sido demasiado rápido incluso para un Pilar de la Creación, miles de hombres más llegaron surcando la superficie del agua roja y blandiendo sus ridículas armas en medio de gritos de guerra que se suponía tenían como objetivo subir la moral de los soldados, pero que no hicieron otra cosa más que hacerles parecer como si corrieran hacia él para morir tan rápido como pudieran. Concediéndoles sus deseos, Argus se propulsó hacia adelante y blandió su arma de un lado a otro, levantando olas de altura considerableque atraparon a las primeras filas de enemigos y desperdigaron a los que sobrevivieron.
Más de la mitad de las tropas estaban haciendo un camino de regreso por donde habían llegado, ocultándose a la sombra de los barcos que se tambaleaban de un lado a otro de manera incontrolable. Decidido a no dejarlos escapar, Argus utilizó su báculo para lanzar un cúmulo de su cosmos que atravesó el airecomo un rayo, matando todo lo que tocaba y persiguiendo cualquier cosa viva hasta alcanzarla y acabarla. Fijándose en los barcos de los cuales hombres desesperados comenzaban a saltar, decidió apiadarse de ellos enviando un haz de luz que incendió rápidamente la madera hasta que las naves se convirtieron en figuras ardientes que navegaban en un mar rojo. El azul típico de las grandes masas de agua ya no podía apreciarse a simple vista y el mar burbujeaba con el óxido de la sangre, yendo y viniendo, zarandeando sin piedad los cuerpos sin vida y las armas que, por supuesto, no habían servido de nada. Emocionado por su tarea y por lo que venía a continuación, Argus se preparó para blandir nuevamente su báculo; pero un estruendo sordo [y bajo] lo detuvo en el acto y le hizo tragar con algo de dificultad. Impedido de actuar y ansioso, miró hacia atrás y pudo ver la tenue figura alta y delgada de su hermano mayor formándose a través del humo y la espuma.
—Altair… —susurró Argus en su mente, saludando a su superior con la voz de su cosmos.
Su hermano, ese hombre de cabello oscuro como el punto más profundo de un agujero negro y con los ojos plateados semejantes a la luz de un relámpago en una tormenta solar se dejó ver finalmente, utilizando su armadura divina y portando su escudo en el brazo izquierdo y su espada en la mano derecha. Era una visión aterradora en demasía; los buques incendiados seguían navegando en círculos y chocándose unos contra otro, el agua acarreaba cadáveres, partes de armaduras y armas, grandes olas formaban remolinos que se consumían en sí mismos y él estaba allí, de pie en el aire como un ángel salido desde lo más profundo del infierno.
—Vuelve a su lado y discúlpate —susurró Altair, hablando en la mente de su hermano. Argus estaba cubierto de sangre, manchas rojas en su armadura, en su mano derecha, en su báculo, un regalo precioso de Caos. Su mejilla tenía una gran mancha que caía por su cuello y se perdía entre su ropa, y algunos mechones de su cabello rubio habitualmente impecable estaban pegajosos y adheridos a su cara. Se veía como un asesino desalmado y descuidado que mataba por placer, y Altair no dudaba que fuera así ya que, después de todo, al ser el Pilar de la Luz y la Oscuridad, Argus tenía que lidiar constantemente con ambas naturalezas de los corazones de quienes vivían; la pureza y la agresividad conviviendo todo el tiempo con él en ocasiones daba lugar a disputas internas de las que él mismo no era consciente, acabando en situaciones en las que Argus resultaba ser desconocido y peligroso. Pero supo que la consciencia y la bondad habían retornado a su hermano cuando se vio a sí mismo y apreció el paisaje alrededor. La destrucción que había causado era de hecho un buen mensaje para los dioses pero causar muerte no estaba en sus manos, sino en las de ella.
—La has entristecido mucho con esto que hiciste.
Argus no respondió y, en lo que fueron dos latidos de corazón acelerado, él se esfumó entre el humo, el viento y las olas.
Todo lo que estaba a la vista se había vuelto rojo y naranja y Altair no pudo sino compadecerse por el sufrimiento innecesario causado por su hermano menor, así que al ser consciente de que aún quedaban unos cuantos miles tratando de sobrevivir en el agua embravecida y también en el aire mientras se sacrificaban a sí mismos para que su diosa pudiera escapar con vida, Altair extendió su mano hacia el frente y con su palma mirando hacia el cielo y en menos de lo que le tomó formar el pensamiento, miles de destellos de luz comenzaron a amontonarse en su mano a la vez que finalmente se hacía el silencio en medio de aquel desastre, dejando únicamente lugar para los ligeros sonidos producidos por los cuerpos cayendo sin vida al agua. Cuando aquellos también acabaron ya no quedaba en esa zona ningún ser humano vivo, sino solo él y la diosa Artemisa, quien ataviada con su armadura miraba aterrada la forma en que sus sirvientes desaparecían en el océano. Sus luminosos ojos, puros y altivos, lucían nerviosos; sus labios estaban crispados en un grito silencioso; su cabello largo y ondulado era llevado por el viento de un lado a otro sin piedad y no se veía tan imponente como seguramente creía que era. Altair cruzó el espacio que los separaba en un santiamén, surcando la superficie del agua y haciendo que ésta retrocediera, dejando una brecha por la que formaciones rocosas del fondo marino se dejaron ver. La atrapó tomándola por su cuello largo y delgado, y presionó con fuerza hasta que ella hizo un sonido que parecía un gemido de súplica. Trabando miradas, Altair la acorraló contra la roca más grande que se había descubierto. Los bordes filosos de la superficie de la roca y la fuerza con la que impactó contra ella lograron que su armadura divina se hiciera pedazos, partiéndose en fragmentos tan pequeños que lucieron semejantes a copos de cristales lloviendo desde el cielo. Acercándose hasta que pudo respirar su mismo aire, entornó la mirada sabiendo que sus ojos se volverían cuencas luminosas y aterradoras y presionó un poco más con su mano hasta que estuvo seguro de que el aire no circulaba hacia los pulmones de la diosa, cuyas mejillas se pusieron rojas.
—Si vuelves a intentar ponerle una mano encima a mi señora —susurró, hablando con su cosmos—, te haré desear estar muerta mil veces antes de realmente quitarte la vida.
Dicho aquello, utilizó su cosmos para mantenerla quieta y en su lugar mientras se alejaba y ocupaba un lugar a una altura considerable. Cuando se aseguró de que ella lo veía con aquellos luminosos ojos expresando furia y vergüenza, le dedicó una sonrisa a la vez que las grandes masas de agua volvían a su lugar, enterrándola temporalmente junto a su gran ejército. Tras mirar el paisaje desolado por un minuto entero, se encaminó hacia donde su señora esperaba.
Podría estar a kilómetros de distancia pero los gritos de dolor de Meagan indicaban que el proceso del despertar de Caos había comenzado.
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Nota al margen: Artemisa recordó brevemente cómo fue su encuentro cara a cara con los Pilares de Caos y lo mal que se sintió, pero no profundizó mucho en el tema así que quise darles una miradita más profunda de lo que pasó. También mostrar el otro lado de los Pilares; por cosas que pasan sin querer los pinté de manera que los perciban como chicos necesitados de amor y en busca de su fuentecita de amor maternal (véase también: Milo) pero ellos en realidad son más que solo guardianes o caballeros, o guerreros. Estos cuatro fueron las creaciones más esmeradas de Caos y tiene sentido que aunque parezcan adolescentes con los que uno puede simpatizar, sean este tipo de monstruos o seres superiores ajenos a la bondad por las vidas humanas. De hecho, ellos no sienten respeto o apego por la humanidad más allá de Meagan/Milo. Pero bueno, ahí lo tienen, el primer especial de El Caos de Milo.
Postada: GRACIAS a Ana que se toma el tiempo para corregir; Dios te bendiga xD
