Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas
Sid Adler
Lo que había sucedido con su hermana había sido una vergüenza a escala nacional. Toda la alta sociedad —es decir, las importantes familias de sangre limpia— se había enterado de que Juliet Adler había tenido una especie de relación con Sirius Black, algo que la relacionaba demasiado con la muerte de Natasha Winsett, y sus padres se habían alarmado: Si continuaban esos rumores acerca de su hija, nunca habría manera de encontrarle un pretendiente decente. Así que los señores Adler le habían buscado un buen hombre.
Roger Greengrass era casi diez años mayor que Juliet, pero habían creído que era la mejor opción para volver a poner a su hija en sus casillas. Sid jamás había visto a sus padres tan enfadados con alguno de sus hijos como lo mucho que se habían enfadado con Juliet cuando esta se había negado a aceptar el anillo de proposición de Greengrass. Aunque les había dicho a todos que lo suyo con Black se había acabado antes de terminar el curso escolar, Sid no se lo creía. Conocía a su hermana demasiado bien como para saber cuándo mentía o cuándo no. Siempre que lo hacía miraba fijamente al receptor de sus mentiras, para demostrar una seguridad que no tenía. Juliet era buena actriz, pero no con él, que por algo era el hermano mayor.
Además su hermana había dicho que ya no existía ninguna relación oficial entre ellos, no que no pudieran verse a escondidas. Y si algo tenía la mansión de los Adler en Kent eran un montón de pasillos para huir y entrar a hurtadillas, así que pensaba tener a su hermana bien vigilada.
Sid se había unido a los mortífagos nada más terminar el curso en Hogwarts. Siempre había sabido que continuaría con el negocio familiar, pero le había parecido una buena manera de secundar sus ideales haciéndolo. Sus padres se habían llenado de gozo, porque la gesta de su hijo mayor eclipsaba parcialmente la deshonra de su hija menor. Y a él le parecía perfecto hacer felices a sus padres. Fue por eso que cuando llegaron las noticias a finales de agosto, se sintió completamente realizado. La carta se la había mandado Tatiana que, aunque no se había unido a los mortífagos —sus padres no habían querido que su ahora única hija se pusiera en peligro de ese modo—, seguía manteniendo una fuerte relación con Alecto Carrow.
Como la había recibido antes de bajar a desayunar, cuando apareció por la cocina —donde su madre intentaba convencer a Juliet de preparar unas tortitas, para estrechar un poco la relación de ambas en esos momentos tan tensos— todos pudieron ver una amplia sonrisa de satisfacción en su rostro. Su madre dejó de cocinar y su padre levantó la mirada del periódico cuando el monólogo que mantenía la señora Adler con su hija se calló. Sid se hizo rogar un poco, tomando asiento en la mesa de madera donde madre e hija habían estado dejando lo preparado para el desayuno. Normalmente cocinaba los elfos, salvo en alguna ocasión contada, como aquella. Se centró unos momentos en examinar la humeada pared de la cocina, llena a rebosar de trastos para cocinar de latón. Finalmente, se decidió a hablar.
—Ya sabemos quiénes son los nuevos miembros de la Orden del Fénix —anunció con solemnidad.
A principios de verano les había quedado claro que había nuevos miembros. Eran más. Normalmente esos locos iban con la cara descubierta, no como los mortífagos. Lo hacían porque, según le había oído decir a uno de ellos, no eran unos cobardes. Claro, como tenían al Ministerio de su parte. El caso, es que Sid estaba convencido de que quienes iban con el rostro descubierto era porque no tenían a nadie que ellos pudieran liquidar. Por lo menos, nadie que pudieran encontrar. No eran tontos, desde luego.
¿Cómo sabían que habían aparecido nuevos miembros? Había sido todo muy irónico, realmente. Dos semanas después de terminar el curso escolar, se habían cruzado con ellos en una misión. Iban vestidos con unas estúpidas camisetas con un gran pájaro dorado estampado. Un fénix. Y se cubrían el rostro con una máscara dorada. A Sid le había parecido una burla hacia sus máscaras plateadas, pero nadie se había preocupado por ello: más miembros significaban más molestias, y eso no le gustaba a nadie. Así que no habían tardado en empezar a investigar quiénes ponían ser.
Finalmente los habían descubierto en su totalidad y los nombres que encabezaban la lista habían molestado y alegrado a Sid por igual. Su familia le miraba expectante, invitándolo a continuar hablando sobre ese tema. Él no iba a hacerse rogar más, porque se moría de ganas de ver la expresión de su hermana. Sonrió victorioso antes de anunciar los nombres.
—Potter, Black, entre otros —gruñó entretenido—. Ya no es necesario que continúen llevando las máscaras.
Juliet dejó caer la bandeja de plata que estaba sujetando, donde su madre había preparado el te. La tetera y las tazas se rompieron contra el suelo y ella se manchó las piernas con el líquido caliente que contenían. Miró furiosa a su hermano, con los labios tan apretados que apenas eran dos finas líneas. Eso demostraba su teoría: ella seguía enamorada de Black, aunque hubiera dicho que todo entre ellos había terminado. Cuando su hermana hubo cerrado la puerta tras de sí, su padre se volvió hacia su madre.
—Me niego a seguir tolerando este comportamiento —concluyó—. Vamos a acelerar el tema de la boda.
Sid sonrió satisfecho. Sus padres se encargarían de la parte bonita, él se encargaría de liquidar a Black, a Potter y a quien se le pusiera por delante. Así se acabarían definitivamente todas esas tonterías. Todo volvería a seguir el orden natural.
…
Nadie sabía dónde estaba la sede de la Orden del Fénix. Eso era terriblemente obvio. Lo que sí sabían los mortífagos, o deducían, era que los miembros de la Orden vivían en la sede porque una vez se descubría su identidad, era realmente imposible encontrarlos. Como si hubieran borrado su existencia del mapa, junto con la de sus familiares. Aunque eran pocos, porque había pocos que fueran capaces de asumir ese riesgo, sin ser aurores. ¿Quién era el loco que se atrevía a desafiar a los mortífagos de ese modo?
Antes de que llegara la nueva hornada de alumnos de Hogwarts, solamente eran doce. Claro que tenían el apoyo del Ministerio, pero también sabían que en el Ministerio había infiltrados y que no podían fiarse de ellos. Solo se fiaban de los demás miembros de la Orden y de Dumbledore. Unos años atrás habían sido más pero con el tiempo habían acabado muertos; todos los que estaban allí sabían de las altas posibilidades de que eso sucediera. También tenían colaboradores, gente que les daba información y soplos sobre los planes de los mortífagos, mayoritariamente de forma anónima o a cambio de cierto grado de protección.
Sin contar a Dumbledore, que vivía en Hogwarts, los demás se habían instalado en la casa de los Fenwick, en Maidenhead. Era un edificio bastante viejo, de paredes mal pintadas debido a la humedad y con todas las ventanas tapiadas. Desde lejos, solamente parecía una casa medio en ruinas donde era mejor no acercarse, rodeada de prados donde crecían indomables las malas hierbas. Si te acercabas, extrañamente recordabas que tenías otras cosas que hacer y te ibas a otro sitio. Por dentro estaba lleno de habitaciones que habían ampliado mágicamente para esconder a los familiares de los miembros y que pudieran tener suficiente espacio para no sentirse aprisionados entre cuatro paredes. Si había algún lugar más seguro que Hogwarts, seguramente era la sede de la Orden del Fénix.
Elphias Doge era un mago viejo muy amigo de Dumbledore, de pelo canoso y calva incipiente, se afeitaba cada día rigurosamente la barba y, cuando aparecía Dumbledore, no tenía reparos en echarle en cara que su espectacular barba le hacía parecer mucho más viejo. Su amigo sonreía y no le hacía caso. Pese a que Elphias Doge pudiera parecer un viejo loco, estaba más cuerdo que muchos de ellos y tenía mucha experiencia en el campo de la lucha contra los mortífagos. Era de los pocos que estaban allí sin familia alguna sin que fuera por culpa de un asesinato.
Sturgis Podmore era un mago de unos veinte años, había coincidido en Hogwarts con James y los demás. Era un joven de mandíbula cuadrada y pelo muy tupido, de color paja. Vivía escondido en la sede de la Orden con sus padres y su hermana menor, de siete años. La niña, llamada Violetta, se pasaba el día persiguiendo a Sirius Black. Y él encantado, más o menos, dejándose peinar por la pequeña cuando no tenía nada que hacer.
Dedalus Diggle y Dorcas Meadowes eran un mago y una bruja de mediana edad. El primero era conocido por su excentricismo y la segunda por ser una bruja poderosa. Cuando los nuevos miembros llegaron a la sede, Dedalus les contó que los Mortífagos habían liquidado a toda la familia de Dorcas: Su marido y sus dos hijos. Desde ese día su único objetivo era borrar esas alimañas del mapa, como había comentado varias veces.
Frank y Alice Longbottom eran, sin duda, los que estaban más contentos de tener nuevos miembros en la Orden. Mientras que los demás los habían mirado escépticos —eran la nueva hornada de Hogwarts, todavía les quedaba mucho por aprender—, el joven matrimonio sabía cómo se sentían e intentaban hacer que su estancia allí fuera de lo más amena y que se implicaran cuanto antes en los temas de la Orden. Alice los ponía al día y Frank se encargaba de entrenarlos mientras Moody no estaba en la sede. Con ellos vivían los padres de Frank, puesto que los padres de Alice habían preferido esconderse en otro sitio.
Benjy Fenwick tenía una cicatriz en la mejilla. Les explicó a los nuevos que eso se lo habían hecho los mortífagos el día que entraron en su casa y mataron a sus padres y a su esposa. También les explicó que podría habérsela borrado con alguna poción, pero que quería que se quedara allí, porque no creía que él tuviera que haber sobrevivido y sus seres queridos no. Esa cicatriz sería un recuerdo del fatídico día.
Caradoc Dearborn era un hombre de mediana edad. Había sido un infiltrado en el Ministerio hasta que lo descubrieron y, desde entonces, se refugiaba en la sede con su esposa y sus dos hijos, a quienes habían sacado rápidamente de Hogwarts. Desde que sabía que su vida corría peligro, había optado por participar activamente en la Orden.
Para todos fue una alegría reencontrarse con Marlene, especialmente para Fabian. La primera vez que la vieron, casi no la reconocieron. El enorme barrigón de embarazada les indicó que todo iba bien, pero tenía expresión agotada y cansada. Le faltaba poco por dar a luz y Eric había dejado de participar en las misiones para ayudarla a ella única y exclusivamente. No habían querido casarse hasta que sus amigos salieran de Hogwarts y, el primer fin de semana que estuvieron en la Sede, se realizó una pequeña ceremonia. Ahora Marlene se apellidaba McKinnon y sonreía como una boba cada vez que un fino anillo dorado brillaba en su dedo y Fabian no podía evitar reírse de ella.
Y, finalmente, quedaban Ojo loco Moody y Gideon Prewett, el hermano de Fabian, quienes se encargaban de organizar las misiones si Dumbledore no estaba.
Ese martes de la segunda quincena de Agosto, la mayoría de los miembros de la Orden estaban preparándose el desayuno cuando llegó Dumbledore con expresión seria. Todos sabían que eso significaba malas noticias, así que dejaron de lado las tostadas y el té, y se sentaron alrededor de la mesa a la espera de las novedades. Los familiares que estaban en la cocina reconocieron la importancia de la situación y se alejaron, dejando que los miembros hablaran tranquilamente.
—¿Y bien? —preguntó Ojo loco.
La expresión de Dumbledore se tornó más tranquila, para intentar calmar a sus compañeros. Poco a poco, vio como las expresiones de quienes le rodean se contagiaban con su serenidad. Entonces llegó el momento de hablar.
—Van a ir a por la Ministra, esta noche —les explicó Dumbledore. Millicent Bagnold, una bruja anciana, acaba de ser nombrada Ministra de Magia, puesto que el anterior Ministro había dimitido abrumado por el caos que estaba causando la Guerra. Los miembros se miraron entre ellos. Siendo la Ministra debía tener a todo el Departamento de Aurores a su servicio, así que no entendían cómo podían ayudar más ellos—. Creo que es un señuelo para atraer a los Aurores a un punto en concreto y, con esto, disminuir los efectivos en otros de sus puntos de mira.
Moody asintió a su lado y Gideon corroboró la teoría de Dumbledore con el mismo gesto.
—De todos modos, no vamos a dejar a la Ministra sin nadie que la vigile —continuó Dumbledore—. Vamos a dividirnos a partir de esta noche y seguiremos así hasta que llegue el ataque. Con un poco de suerte, estaremos en lo cierto —finalizó, alzándose. Los demás lo imitaron—. Alastor, creo que los chicos ya pueden ir esta vez.
…
Hasta ahora, las misiones que se les habían encomendado a los nuevos miembros habían sido tonterías y ninguna había sido real. James y Sirius casi no habían podido contener la emoción cuando Dumbledore se fue, pero tuvieron que aguantarse o Ojo loco les habría dicho que si eran tan inmaduros como para alegrarse por tener que arriesgar su vida es que no estaban preparados. Así que se contentaron con sonreírse el uno al otro cada vez que cruzaban miradas; obviamente, Remus había visto ese gesto, lo conocía suficientemente bien como para no saber que por dentro sus dos amigos rebosaban emoción. Peter, por eso, se pasó todo el día desviando la mirada de un lado a otro. No estaba muy convencido.
Cuando llegó el anochecer, el primer grupo se separó y fueron hacia la casa de Millicent Bagnold, en las afueras de Londres. Alice y Frank se habían llevado con ellos a Remus y a Peter y, al último, no le parecía buena idea eso de ir precisamente hacia el objetivo oficial de los mortífagos.
Se escondieron en las afueras de la casa, en una zona de terrenos donde la espesura de los árboles los escondía de miradas ajenas pero desde donde ellos podían observar con claridad las ventanas de la casa. Si sucedía algo malo, lo verían. El más bajito de los cuatro se había afincado detrás de un enorme árbol. Aunque no fuera a reconocerlo, sabía que si las cosas se torcían se convertiría en un ratón y huiría.
Pasada una hora de guardia, Remus se acercó a él con expresión seria. Faltaban pocos días para la luna llena y su expresión se veía excesivamente cansada y enfermiza.
—¿Qué te pasa, Peter? —le preguntó en un susurro, sentándose a su lado.
Peter negó con la cabeza. No quería que los demás pensaran que estaba asustado y que era un cobarde. Eso haría que no se fiaran de él y no quería que eso sucediera. Le sonrió tímidamente a su amigo.
—Hay algo que me huele mal en todo esto —concluyó al final. Remus asintió a su lado.
Remus no creía que fueran a atacar a la Ministra. Lo había dicho en la Sede y se lo repetía interiormente. Era una tontería atacar ese lugar, que tenía casi al completo todos los aurores del Ministerio. Por otro lado, también era algo estúpido pensar que los de la Orden no caerían en que, si los efectivos de aurores se multiplicaban esa noche allí, habría gente tan importante como la Ministra muy desprotegida. Remus tenía claro que eso era una trampa pero como tampoco sabían dónde iban a atacar, solamente les quedaba esperar.
Se quedó al lado de Peter, pensando en sus cosas. Echaba de menos a Mary. No la veía desde que habían entrado a la Sede y no creía que volviera a verla con facilidad. Las cosas estaban muy peligrosas como para escaparse a ver a una chica que no era ni tu "novia" de verdad. Él no podía confesarle su secreto y ella sospechaba, así que era mil veces mejor dejarse de ver.
No obstante, la añoranza lo mataba por dentro. Aunque no fuera a reconocerlo.
Unos pasos que se acercaron rápidos a ellos lo sacaron de sus pensamientos. En una décima de segundo había sacado su varita, Peter había hecho lo mismo, y apuntaban a Frank, quien acababa de aparecer detrás de un árbol.
—¿Qué sucede? —preguntó extrañado Peter.
Frank les hizo señas para que se acercaran a ellos. Anduvieron entre la espesura hasta que se encontraron con Alice, subida en la rama de un árbol observando atentamente la mansión donde vivía la Ministra.
—Sigue repitiéndose —comentó forzando la vista en la oscuridad, para ver algo que debía estar sucediendo en la casa.
Remus y Peter la imitaron y se subieron al árbol, con alguna dificultad. La rama no era muy ancha ni muy gruesa, así que se dobló un poco bajo su peso y la rubia se desestabilizó. Cuando recobró el equilibrio, les señaló los enormes ventanales de la casa. No sucedía nada extraordinario, así que se volvieron de nuevo hacia Alice.
—En el segundo piso, la tercera ventana empezando por la derecha —comentó.
Los dos muchachos miraron hacia allí de nuevo. Había dos personas, seguramente aurores, paseando por el pasillo. Cuando llegaban al final del mismo, se quedaban quietos unos instantes, como si dudaran, y volvían a repetir el camino. Haciendo exactamente los mismos gestos que habían hecho al hablar la última vez que habían repetido el camino.
—¿Qué creéis que es? —preguntó Alice, con una media sonrisa, como si les pusiera a prueba.
Remus contestó enseguida.
—El maleficio Imperius mal hecho —comentó. Esos dos aurores se debatían entre ser dueños de sus acciones y hacer lo que les ordenaban. Y eso solamente podía significar una cosa: algo iba mal en casa de la Ministra.
Quizás, a fin de cuentas, no era un soplo falso el posible ataque a Millicent Bagnold.
…
Sirius había ido de camuflaje delante de la casa del Primer Ministro muggle, en el número 10 de Downing Street, en Londres. Se había llevado su moto y esperaba paciente delante de la verja que impedía la entrada al recinto. Los demás estaban escondidos no muy lejos, vigilando otros puntos. Él miraría quién entraba y dejaba de entrar por esa zona, apoyado en la moto mientras fumaba un cigarrillo.
Llevaba ya una hora de vigilancia y todavía no había pasado nadie por allí. Aunque tampoco creía que los mortífagos fueran a aparecer por la puerta principal identificándose a los policías que seguramente habría dentro del recinto. Sonrió al imaginarse a los mortífagos llamando a la puerta del Primer Ministro muggle. El cigarrillo se terminó sin que nada extraño hubiera pasado en esa calle, así que lanzó la colilla al suelo y la pisoteó con descaro. Miró el reloj. No, nada, el tiempo pasaba tan lentamente como la última vez que lo había mirado.
Entonces se escucharon pasos al final de la calle. Automáticamente se puso la mano en el bolsillo de los pantalones, donde tenía guardada su varita y esperó atento. Já, ya le hubiera gustado a él que Ojo loco hubiera visto su "reacción" ante lo imprevisible, pensó cuando tuvo más cerca el origen de los pasos. Cuatro chicas que avanzaban con la calle, vestidas para ir a comerse el mundo.
—¡Ya verás cómo te gusta, Eliza! —le decían a la rubia que estaba más rezagada que el resto. La muchacha parecía no muy convencida de seguir a sus amigas. A Sirius se le pasaron varias manera de convencer a una rubia como esa de lo que fuera, pero ahora debía centrarse. ¡Quién hubiera dicho que él dejaría escapar una chica como esa!
Y algo le decía que no solamente era por la misión. El nombre de Juliet se repetía mentalmente en su cabeza. Los días pasaban y las cosas seguían su curso, Sirius no había hecho nada para evitarlo y sabía que estaba haciendo lo correcto, pero no era lo que quería. Si por él fuera, hubiera secuestrado a Juliet y la hubiera encerrado en la Sede de la Orden, para que nadie de su familia la encontrara y la obligaran a casarse con ese desgraciado.
Ese era todo el futuro que le podía ofrecer él, y ni siquiera estaba seguro de que estuviera enamorado de ella. No le podía hacer eso y luego dejarla tirada. Quizás sí que estaba madurando, o algo parecido a eso.
Cuando el grupito femenino desapareció por el final de la calle, notó pasos de nuevo. No tardó en escuchar la voz de James identificándose. Pero sabía que eso no era todo, que los mortífagos podía haber capturado a James —Merlín no lo quisiera— y se podían haber transformado en él. Por lo visto, James opinaba lo mismo que él. Cuando llegó a su altura, ambos se apuntaban con la varita en alto y una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué me dijo James Potter cuando reconoció estar enamorado de Lily Evans? —preguntó Sirius, para picarlo.
—Que lo tenía jodido —sonrió el otro—. ¿Qué me dijo Sirius Black cuando se escapó de casa de sus padres?
Sirius sonrió, al estar seguro de que era James.
—Que lo había conseguido —se rió el moreno—. Suerte que estamos solos, que si no…
Pero no. No estaban solos. Habían aparecido por el final de la calle mientras ellos hablaban y uno había avanzado unos pasos por delante de los otros, apuntándolos con la varita. James reaccionó el primero, lanzándoles un torbellino de agua. Les habían explicado que cuando atacaban, tanto los miembros de la Orden como los mortífagos, acostumbraban a crear barreras para que no se pudiera aparecer en una determinada zona. No era necesario ser un lumbreras para imaginar que les sería imposible hacerlo en ese lugar. Así que Sirius saltó encima de su moto y James le imitó.
El motor rugió en medio de la calle antes de empezar la persecución.
…
Se había acercado poco a poco a la casa. Sabían que los miembros del equipo de aurores les ayudarían siempre, pero no contaban con que unos pudieran estar bajo el maleficio Imperius. Si había dos, perfectamente podía haber tres o cuatro. O quizás todos. Habían avanzado cuidadosamente por los descubiertos terrenos; curiosamente, no parecía que nadie fuera a interceptarlos y hasta consiguieron llegar a la casa sin cruzarse con nadie. Eso fue lo que más sospechoso les pareció: Si estaban intentando proteger a la Ministra de los mortífagos, ¿Cómo había conseguido llegar ellos allí sin cruzarse con nadie? Realmente estaba sucediendo algo raro.
Pegados al edificio recorrieron su perímetro hasta llegar a una pequeña puerta trasera. Frank la abrió con un hechizo y entraron. Estaban en un pequeño almacén lleno de cajas y olía a moho por doquier. Peter arrugó la nariz y siguió a Remus, al segundo en la fila. Alice cerró la puerta cuando entró y se juntó a ellos.
—No encendáis ninguna luz —susurró la joven, cuando dejaron el pequeño almacén y aparecieron en la cocina, donde les saludó un fuerte olor agridulce de comida en mal estado. Alice se tapó la nariz cuando empezó a notar nauseas. ¿Qué demonios estaba sucediendo allí?
—Quizás deberíamos alertar a alguien —comentó Peter, cuando dejaron la cocina y llegaron a un largo y oscuro pasillo. Todas las puertas estaban cerradas salvo la del final. Era demasiado fácil y obvio que los estaban conduciendo a algún lugar en concreto. Alice negó con la cabeza. Estaba claro que se había metido donde no debían y ahora les sería imposible huir sin pelear. Además, la Ministra seguía en la casa y no la podían dejar ahí. Tenían que seguir adelante con el recorrido que alguien, muy probablemente los mortífagos, les había preparado hasta dar con el final del camino.
Llegaron al inicio del pasillo y se encontraron con el recibidor de la imponente mansión. En el techo había una lámpara de araña cubierta de telarañas y polvo. Los cristales de la puerta principal estaban tan sucios que no se podía ver nada a través.
—O a la Ministra no le importa vivir entre la inmundicia o nuestra nueva Ministra hace tiempo que ha muerto —comentó molesto Frank, parándose delante de la escalinata que llevaba al primer piso. La moqueta del suelo estaban tan sucia que, a cada paso, se levantaba una pequeña nube de polvo—. Por intentarlo no pasa nada…
Sacó la varita y, sin mediar palabra, conjuró un ente plateado y reluciente. Un patronus. Peter se quedó maravillado ante el animal, que tenía forma de león. El ser pareció entender la gravedad de la situación y, tras inclinarse a modo de salutación hacia Frank, corrió hacia la puerta principal, traspasándola con facilidad. De haber habido unos cristales menos sucios, hubieran podido comprobar si el patronus traspasaba las barreras que, seguramente, habrían creado los mortífagos para que no escaparan de la casa.
—¿Preparados? —les preguntó Frank, iniciando el camino de ascensión hasta el segundo piso. Iban directamente hacia allí porque en ese lugar debían encontrar los aposentos de Millicent Bagnold, según la información que les había prestado Dumbledore. Ninguna escalera crujió bajo su peso y eso puso todavía más nervioso a Peter. El silencio era aterrador.
Llegaron al segundo piso, finalmente. El corredor junto a los ventanales que habían estado observando desde el bosque estaba desierto. No había absolutamente nadie allí. La habitación de Millicent Bagnold debía estar en la segunda puerta a la izquierda. Se dirigieron hacia allí sin preocuparse por hacer ruido o no. Estaba claro que los estarían esperando, quizás observando, desde que se habían plantado en los terrenos. Frank se volvió un momento hacia ellos para darles ánimo con la mirada y, finalmente, abrió la puerta.
…
Francis Delacour, que llevaba siendo Jefe del Departamento de Seguridad Mágica desde 1976, había resultado ser un hombre encantador. Era un viejo amigo de Ojo loco, así que los invitó a todos a tomar un té nada más llegaron. Como Lily había imaginado, Dorcas Meadowes no lo aceptó y se largó al patio exterior de la casa a hacer vigilancia. Caradoc Dearborn la acompañó y les dijo a la pelirroja y a Edgar Bones que se quedaran dentro de la casa, con el señor Delacour.
—Voy a por el azúcar —comentó el hombre, dejando a los dos miembros de la Orden del Fénix solos.
Fue entonces cuando Lily vio algo raro. Cuando habían entrado en la pequeña casita, Lily había podido ver la cocina tras una puerta entreabierta. Pero no era la misma puerta por dónde acababa de meterse el señor Delacour. La pelirroja agarró a Edgar de la manga con fuerza y dejó la taza de té encima de la mesita que había delante de los sofás donde les habían sentado. Negó con la cabeza y señaló hacia dónde había entrado el señor Delacour. Edgar pareció entenderla y sacó la varita.
Ambos se acercaron a la puerta cerrada y pegaron el oído contra la madera. Al otro lado se escuchaban voces.
—Sí, están aquí. Los voy a entretener hasta que lleguéis —la voz no era la del señor Delacour. Quien quiera que fuera, debía haberle hecho algo al jefe del Departamento de Seguridad Mágica. Y estaba más que claro que se refería a ellos. Edgar y Lily se miraron una décima de segundo antes de decidir atacar. No tendrían tiempo si no empezaban ellos.
Con un fuerte crujido, la puerta salió de su marco. En el pequeño comedor donde había entrado el señor Delacour haciendo ver que iba a por azúcar, estaba Sid Adler apuntándolos con la varita, acompañado de tres mortífagos más. Tanto Lily como Edgar habían pensado que allí dentro solo había una persona, así que la sorpresa jugó a su contra.
—Mierda —murmuró Lily. Demasiado bonito y fácil parecía todo de buen principio.
Una explosión en el exterior de la casa les indicó que, con un poco de suerte, acababan de llegar los refuerzos.
…
La habitación estaba destrozada. Alguien había partido en pedazos todos los muebles de madera y el colchón de la cama estaba apedazado, dejando a la vista su interior. Tumbado al lado de la cama había un cuerpo que alguien había cubierto con unas sábanas, manchadas de tacas marrones. Seguramente era sangre seca. El cuerpo, por su complexión, era el de Millicent Bagnold. ¿Cuánto tiempo llevaría muerta?
Unos aplausos les llegaron desde la esquina de la habitación. Automáticamente, Frank encendió la luz con su varita y apuntó en esa dirección. Como temían, varios pares de máscaras plateadas brillaron en la oscuridad, amenazantes. Las tres varitas restantes se alzaron en posición defensiva y una risa irónica y estridente llenó la habitación.
—No es necesario —comentó una voz de mujer—. Somos más en número, no podréis escapar de aquí bajo ningún concepto —se notaba su satisfacción.
Al lado de Remus, Frank hizo una mueca. Los dos Gryffindors también habían reconocido esa voz. Era Bellatrix Lestrange y, en esos momentos, era de las peores personas que se podían haber cruzado en ese casalote. Peter dio un traspié hacia atrás de forma inconsciente y se chocó contra Alice. Eso hizo que varios de los mortífagos presentes en esa habitación soltaran una risotada.
—¿Se os ocurre por qué estáis aquí? —comentó Bellatrix, burlona—. La Ministra hace días que está muerta. De hecho, la verdadera Millicent Bagnold jamás llegó a ser Ministra. Imagino que conoceréis la Poción Multijugos —la mujer se había quitado la máscara, consciente de que sabían quién era y segura de que nadie escaparía vivo de allí.
Remus hizo una mueca de disgusto. Les habían dividido para que tuvieran menor poder. Seguramente, a esas alturas, los demás estarían en la misma situación, rodeados por varios pares de mortífagos que los pasaban en número. En realidad, no habían planeado matar a nadie importante, solamente poner un señuelo para que ellos se dirigieran hacia diferentes puntos de encuentro. A ellos les habían apresado dentro de una casa, quizás a los demás también. Apretó con fuerza su varita. Habían sido demasiado estúpidos al caer en esa trampa.
—Hace rato que os observábamos —continuó Bellatrix, yendo hacia la cama y sentándose en ella insolentemente, impasible al lado del cadáver de Millicent Bagnold—. Si no hubierais entrado, os hubiéramos dado caza en el bosque —explicó, hablando de ellos como si fueran tristes liebres—, nos lo habéis puesto más fácil —sonrió.
Remus sabía que no se esperaban un ataque de golpe y porrazo. Los mortífagos empezarían la pelea, cuando Bellatrix terminara de hablar. Le gustaba marear a la presa antes de darle la estocada final. Por eso se le ocurrió que debían empezar ellos. Estaban en la puerta de la habitación, podrían salir corriendo, aunque los mortífagos les siguieran. Si podían seguirles, claro.
No había tiempo ni manera de comentárselo a sus compañeros, así que alzó la varita, ante la cara de sorpresa de Bellatrix Lestrange, hacia el techo de la habitación. Si había funcionado en la cueva de Hogsmeade, allí también podía funcionar.
—¡Bombarda maxima! —exclamó. El rayo impactó contra el techo, justo en medio de Bellatrix y los demás mortífagos y, en cuestión de décimas de segundo, empezó a caer pesadamente contra el suelo la piedra que lo formaba. Pudieron ver cómo Bellatrix se tiraba a un lado para escapar antes de que Frank los empujara fuera y Alice cerrara la puerta de golpe. Peter decidió imitar el hechizo de Remus, apuntando al suelo. Se abrió un enorme boquete por donde podían pasar perfectamente dos personas y bajar al piso inferior. El ruido de la habitación les indicaba que seguía cayendo el techo.
Alice no se lo pensó dos veces y se lanzó por el agujero que acababa de crear Peter, repitiendo otro desde el primer piso hasta la planta baja. Tras ella saltaron los demás chicos. Frank se volteó nada más tocar el suelo hacia el agujero que techo.
—¡Reparo! —exclamó. Se recompuso todo con rapidez. Quizás si salían los mortífagos no caían en que habían atravesado el suelo para escapar, eso les daría unos instantes para poder huir. Si luchaban, no tenían nada que hacer contra ellos. Escapar era su única posibilidad. Repitió la misma operación cuando alcanzó la planta baja, junto a sus compañeros.
Se miraron los cuatro unas décimas de segundo, intentando decidir qué hacer. Se escuchó una explosión en la segunda planta y, tras eso, echaron a correr pasillo abajo, en dirección opuesta de por donde habían venido. Llegaron al final de un pasillo, donde no había ninguna puerta. Tres pares de ojos se pararon en Remus Lupin, así que captó el mensaje. La pared estalló en pedazos, dejando ver los terrenos de la casa y, a lo lejos, el bosque.
—No creo que hayan ampliado la barrera a algo más lejos que los terrenos —comentó pensativa Alice.
—Si salimos seremos un blanco fácil —se quejó Peter, quien imaginaba las buenas vistas que tendrían de sus espaldas los mortífagos desde las ventanas de cualquier piso.
Se miraron los unos a los otros intentando decidir qué hacer, mientras el aire corría entre el campo que los separaba del escondite de los árboles. Si no se daban prisa, los mortífagos los encontrarían.
…
Cuando llegaron a la casa del Jefe del Departamento de Aurores, no encontraron a nadie. Todos los armarios estaban vacíos y no quedaba un solo retrato familiar en las paredes de la casa. Nadie los había secuestrado, se habían escondido, como cabía esperar. Tampoco los miembros de la Orden habían ido a investigar antes, pero estaba claro que la familia de Damien Fawcett estaría en los puntos de mira de los mortífagos.
Fabian se metió en la cocina, donde no había nada de comer, y encontró una botella de agua. No estaba siendo un verano caluroso, desde luego, pero rastrear la casa por completo para ver si había alguien —ya fuera familiar o indeseado—, le había dejado la garganta seca. Elphias y Gideon estaban en la chimenea del comedor, hablando con los que se habían quedado en la Sede. Obviamente Marlene no había ido y todos le habían insistido a Eric para que se quedara con ella. Dedalus Diggle estaba en el Ministerio, vigilando a alguien, y Sturgis Podmore se había quedado para hablar con todos y comunicarlos entre ellos si era necesario.
Cuando iba a dejar la botella de agua, tras bebérsela entera, apareció algo encima de la mesa de la cocina que consiguió que soltara la botella de golpe y exclamara un insulto debido a la sorpresa. Gideon no tardó en aparecer por la puerta.
—¿Qué ocurre? —exclamaba antes de entrar, pero cuando llegó, vio lo que también veía él.
Encima de la mesa había un pequeño ser amorfo plateado. Había sido un patronus bien formado, pero habría ido perdiendo fuerza debido a los intentos de alguien, probablemente un mortífago, por destrozarlo. Aun así, parecía que había llegado a su destino.
—Millicent Bagnold. Trampa —era la voz de Frank Longbottom.
Elphias había llegado también a la cocina y miró alternativamente a los dos hermanos Prewett. Estos también se miraron una milésima de segundo antes de desaparecerse de la casa de los Fawcett. Cuando volvieran a abrir los ojos, estarían en los jardines de la mansión de Millicent Bagnold.
…
Peter todavía no sabía cómo había ocurrido, pero los demás miembros de la Orden del Fénix habían aparecido antes de que ellos tuvieran que salir del pasillo. El problema es que no habían aparecido solos: les acompañaban todavía más mortífagos. Y la casa de la Ministra se había convertido en una batalla campal de rayos que se perdían en la oscuridad de la noche. El pánico lo invadió mientras sus amigos salían a luchar hacia los jardines y se quedó en el pasillo, temiendo dejarse ver.
Se quedó allí pensando que también podían aparecer mortífagos por ese pasillo y que, si nadie se quedaba a vigilar, cuando estos aparecieran sus amigos estarían de espaldar a ellos. Y correrían peligro, mucho peligro.
Así que era buena idea que Peter se quedara allí, esperando a que alguien llegara mientras sus amigos luchaban fuera.
Pudo ver cómo James y Lily se juntaban debajo de un árbol tras abatir a dos mortífagos más; Sirius apuntaba a su prima a lo lejos, mientras Bellatrix hacía lo mismo con él; Remus y Fabian, quienes parecían haber dejado de lado sus problemas, se defendían el uno al otro espalda contra espalda. Y los demás estaban demasiado lejos para que Peter los pudiera distinguir. Fue entonces cuando escuchó un crujido a sus espaldas y se volteó con la varita en alto, muerto de miedo.
Allí estaba, vestida de negro. Por las formas, había deducido que era una mujer. Lo miraba con unos ojos helados detrás de la máscara. Y supo quién era. No le quedó la menor duda. Pero ella pasó de largo, como si no le hubiera visto, tras dirigirle una pequeña mirada. Alecto Carrow no le hizo nada, pese a saber que él podría haberla atacado cuando se volviera de espaldas, y desapareció en lugar de adentrarse en el terreno de batalla. Peter se quedó plantado. ¿Por qué había hecho eso? ¿Por que él no la había delatado en Hogwarts?
Empezó a ver cómo los mortífagos caían abatidos. Algunos habían escapado, como Alecto, y los pocos que quedaban esperaban a ver qué hacía Bellatrix Lestrange. Cuando ella hubo atacado una última vez a su primo, desapareció. Todos la imitaron, salvo un mortífago. Ojo loco lo tenía atrapado contra un árbol y, poco a poco, todos fueron acercándose allí para ver qué sucedía.
Cuando su captor le quitó la máscara, la mitad de los miembros de la Orden reconocieron a Sid Adler, furioso y aterrado a la ver por haber sido capturado.
—Te espera una larga estadía en Azkaban, después de un beso de buenas noches —le gruñó Ojo loco, agitando la varita para que las cuerdas lo soltaran del árbol y lo atraparan con más fuerza todavía. Le hizo un gesto a Gideon y desapareció con su captura.
…
La batalla había terminado con muchos rasguños. En la Sede, los potes con pociones y medicinas para curar cualquier cosa habían pasado de mano en mano. Lily se encargaba de untarle a James un horrible corte que tenía en el brazo con una poción maloliente. James se quejaba fastidiado, porque decía que él no necesitaba que lo curaran. Ojo loco regresó con Dumbledore y los miembros se reunieron alrededor de la mesa para hablar sobre lo sucedido. Estaba claro que les habían parado trampa. Por su lado, Albus Dumbledore parecía mucho más tranquilo que sus compañeros. Quizás sabía algo que ellos no sabían, quizás estaba contento porque nada hubiera salido mal al fin y al cabo.
—No volverá a ocurrir nada parecido —comentó el director de Hogwarts.
Fue Marlene quien apareció, entonces, con un enorme cazo con la cena. Antes de que la sirviera, Dumbledore se levantó.
—El otro día llegó esto a mis manos —comentó, sacándose una cámara fotográfica muggle de algún sitio—. Me preguntaba si la señorita a la señorita Evans le gustaría sacarnos una foto —le sonrió a Lily.
Eric McKinnon, al lado de la pelirroja, se levantó antes de que ella pudiera decir nada.
—La sacaré yo, ya que no he hecho absolutamente nada en esta misión —comentó, sintiéndose un poco culpable.
Se dirigieron hacia el salón de la casa. Estaba vacío, porque nadie se había molestado en amueblarlo. No era necesario, por el momento. Allí había mucho espacio y todos se colocaron en grupo. Eric sacó la foto y, pasados unos días, Dumbledore regresaría con una copia para cada uno y una edición del Profeta donde se explicaba la cadena perpetua que le había caído a Sid Adler.
Sé que me desaparecí, que soy muy mala, y que falta un capítulo. Tuve que retirarlo para poder editarlo, pero lo subiré con varios cambios próximamente. Como no tiene relación con este, no creo que haya problema hasta que lo suba, pero pido disculpas por las molestias.
No ando con mucho tiempo para contestar los reviews. Empiezo ya a tener muchos trabajos para la U y he decidido iniciar un original. No sé cuánto tiempo me llevará pero si vuelvo a desaparecer, podéis tener por seguro que es por culpa de la universidad, no por culpa del original.
Gracias por la paciencia que tenéis conmigo, no sé cómo agradecérosla salvo intentando seguir publicando :)
Muchísimos besos,
Eri.
