Capítulo 14: Fin de la partida
Castle había perdido un porcentaje considerable de sus fichas en una sola mano, y eso era malo. Pero también había logrado sacar de quicio a El Ruso, lo cual era muy bueno, pues es cuando uno pierde la calma que empieza a mostrar sus defectos en el juego. Para aquel entonces el resto de las partidas que había en marcha en la sala se habían detenido y toda la concurrencia se agrupaba alrededor del tapete en el que Kastroff y Castle parecían estar jugándose mucho más que las fichas.
- Subo quinientos – dijo Castle, cuando la crupier hubo puesto las tres primeras cartas sobre la mesa.
El Ruso observó sus cartas una vez más antes de coger el vaso de leche y ponerse a juguetear con la pajita de plástico de la que llevaba sorbiendo toda la noche. Kastroff cruzó su mirada con la de Castle antes de dejar el vaso de leche a un lado, sin haber llegado a beber nada.
- Veo tus quinientos – dijo, lanzando las fichas con desprecio al montón –, y subo otros mil.
En aquel instante una idea cruzó la mente de Castle como si de un relámpago se tratara. Sus ojos azules se clavaron en el vaso de leche que reposaba junto al codo derecho de Kastroff y dejó escapar media sonrisa. Allí estaba su tic.
- Envido – dijo el escritor, para sorpresa de todos los presentes, empujando todas sus fichas hacia el centro de la mesa.
Un rumor sordo se extendió entre la multitud, mientras los ojos de Beckett luchaban por salirse de sus órbitas contra la voluntad de la detective. A su lado, Gusano parecía igual de sorprendido. El único que había sido capaz de mantener la calma era El Judío que regaló a Castle una media sonrisa parecida a la del mismo escritor. Por su parte, Kastroff parecía estar manteniendo un intenso debate interno que terminó con él lanzando las cartas sobre la mesa, rindiéndose ante la jugada de Castle.
A partir de aquel momento las partida de un vuelco de 180 grados. Castle tenía a Kastroff dónde quería, ya que su anfitrión no se había percatado de cuál era el tic que lo había delatado. Además, a esas alturas Castle interpretaba su papel de ganador fanfarrón de forma natural, ya que realmente estaba disfrutando ganándole la partida a uno de los tipos más peligrosos de la ciudad en su propio local.
- Bueno Kastroff – dijo Castle al recoger por última vez las fichas del centro y añadiéndolas a su propio montón –, me parece que con esto deberíamos dar la partida por terminada. A no ser que quiera seguir perdiendo su dinero conmigo, claro está…
Cuatro manos le aprisionaron sendos brazos y le obligaron a mantenerse sentado en la silla. Dos de los gorilas de El Ruso lo tenían inmovilizado mientras le dedicaban una mirada poco amigable.
- Estos caballeros le acompañarán a la salida señor Castle
Antes de que pudiera decir nada, Castle se vio obligado a levantarse cuando los dos hombres les agarraron de la chaqueta y lo arrastraron a la parte trasera del local. Sin ser el dueño de sus pasos, Caslte atravesó un almacén polvoriento y cayó al suelo del callejón que había en la parte de atrás del local tras cruzar una puerta de salida de emergencia con la cabeza por delante.
Sin darle tiempo a reaccionar uno de los matones le agarró por debajo de los hombros obligándole a levantarse e inmovilizándolo por completo. Castle pensó en la posibilidad de gritar para pedir ayuda, pero pronto concluyó que de poco le serviría. Se revolvió entre los brazos de aquella bestia rusa con el único resultado de que ésta cerró su presa sobre él con más fuerza.
- Ahora comprobará lo que le pasa a la gente que se atreve a reírse de nuestro jefe señor Kastroff – dijo el otro matón con un marcado acento de la Europa del este.
La parte positiva fue que no lo vio venir. Antes de que pudiera parpadear, los nudillos curtidos a base de numerosas palizas en desigualdad de condiciones de aquel gorila impactaron contra la mandíbula de Castle, causando estragos en sus últimos empastes. El sabor de su propia sangre no tardó en hacerse presente en su boca. El escritor se relamió la parte interior de los labios tratando de identificar y taponar el origen de la herida.
Su hombre del saco particular se disponía a continuar con el escarmiento y Castle cerró los ojos, a la espera del siguiente impacto, preguntándose qué parte del cuerpo se resentiría en aquella ocasión.
- ¡Policía de Nueva York, no se muevan!
Caslte abrió los ojos justo a tiempo para Beckett hacía su segunda entrada triunfal de la noche.
- ¿Dónde la tenías escondida? – preguntó el escritor señalando la pistola con una mano, llevándose la otra a su dolorida mandíbula
- No quieras saberlo
El reloj que colgaba de una de las paredes de la habitación marcaba las seis menos cuarto de la mañana. Castle se sujetaba la bolsa de hielo contra su dolorida mandíbula mientras dividía su atención entre la estancia que le quedaba a la izquierda y la que le quedaba a la derecha. En las salas de interrogatorio uno y dos, Ryan y Espo por un lado y Beckett por el otro, interrogaban a Nikko y Pietro, los dos matones a los que El Ruso había encargado la paliza de despedida para Castle.
Como si lo hubieran ensayado, ambos interrogatorios acabaron al mismo tiempo y los tres detectives se reunieron con el escritor en la sala de observación.
- ¿El vuestro has dicho algo? – inquirió Beckett
- Ni una palabra – respondió Esposito –. No conoce a ningún Mark Stevens y que, por supuesto, no le pegó ninguna paliza por orden de Kastroff.
- Eso resulta muy fácil de creer – intervino Castle.
- Está bien, llevadlos a los dos abajo y traedme a Kastroff – dijo Beckett con autoridad
Diez minutos más tarde, Roman Kastroff esperaba pacientemente con los dedos entrelazados sobre la mesa de la sala de interrogatorios. Cuando Beckett y Castle entraron, apenas se dignó a levantar la vista, dejando claro que ninguno de los dos merecía su respeto.
- La prefería con su otra vestimenta detective – dijo esbozando una media sonrisa dirigiéndose a Beckett, que había cambiado su provocativo vestido por unos tejanos y una camisa austera.
- Es una lástima que no vaya a volver a ver un vestido como ese en mucho tiempo entonces – respondió la detective, dejando caer el expediente de El Ruso sobre la mesa.
Castle y ella ocuparon sus respectivos asientos frente al interrogado. El escritor había cambiado la bolsa de hielo y abría y cerraba la boca con movimientos exagerados, tratando de determinar si tenía la mandíbula fracturada. Kastroff lo observaba con una mezcla de desprecio y sorna en la mirada.
- ¿Le duele mucho?
- No tanto como le debe haber dolido a usted perder dinero conmigo, ¿me equivoco? – respondió Castle, alzando una ceja a la par que sonreía de forma provocativa.
Bekcett pudo ver como los músculos de la cara de Kastroff se contraían cuando éste apretó los dientes con fuerza, tratando de mantener la compostura. Caslte le sacaba realmente de quicio, algo que no podía reprocharle del todo.
- ¿Qué hago aquí? – preguntó, obviando la presencia del escritor, que seguía sonriendo a pesar de que eso le provocaba un dolor considerable.
- Las preguntas las hago yo señor Kastroff – dijo Beckett abriendo un segundo portafolios y sacando la foto de Mark Stevens para colocarla en la mesa entre ella y su interrogado –. ¿Conoce a este hombre?
- No le he visto en mi vida – respondió El Ruso al instante
- Su respuesta sería mucho más convincente si hubiera mirado la fotografía – intervino Castle.
Kastroff alzó las cejas, mirando todavía en dirección a Beckett, y se dejó caer sobre el respaldo de la silla.
- No lo conoce, ¿eh? – El Ruso negó con la cabeza – Pues no deja de ser curioso, porque tengo varios testigos que dicen haberlo visto entrar en su local la misma noche en que lo asesinaron. ¿Sabe cómo? De una paliza similar a la que estaba a punto de llevarse el señor Castle.
- A mi local viene mucha gente detective y no sé nada de ninguna paliza.
Le estaba mintiendo. Le estaba mintiendo de una forma tan evidente y descarada que a Beckett le entraron ganas de agarrarlo por el cuello de su chaqueta de chándal de saldo y empotrarlo contra la pared que quedaba a su espalda. Para suerte de Kastroff, sin embargo, Beckett era una buena profesional que supo anteponer el deber a sus deseos personales.
