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Si por mi fuese, me hubiera quedado tumbada en la cama por el resto de mi existencia. No tengo nada de hambre (el estómago revuelto por correr desde la escuela hasta la casa hace inclusive que, por episodios, tenga ganas de vomitar), pero esta noche es mi turno de hacer la cena, y tengo que cumplir con mis obligaciones de hermana mayor, ahora que Rika no está.
Papá y Misaki están en la sala, mirando un documental. Yo estoy en la cocina, lavando tomates. He decidido que esta noche haré lasaña, por lo que tengo todos los ingredientes esparcidos en la encimera, a la espera de que termine de desinfectar y lavar los vegetales.
Desde la alargada ventana que está arriba del fregadero, puedo ver la calle. El sol se está poniendo, con lo que la calle tiene una tonalidad anaranjada, parecida a la piel de un durazno. Apenas y se ven un par de personas caminando: unos son oficinistas que están regresando a sus hogares tras un pesado día, otras son amas de casa, que regresan de la tienda de conveniencia, con los últimos ingredientes para preparar la cena perfecta.
Sin embargo, de entre los adultos que regresan a sus hogares, veo a alguien que sale de su casa y enfila por la calle: con paso ligero, las manos en los bolsillos y mirando al piso, Eriol se acerca por la banqueta, en dirección a mi casa.
Quiero gritar, pero me contengo. El tomate que sujetaba entre ambas manos, cae al fregadero, dentro del bowl con agua y desinfectante del que lo acabo de sacar, produciendo un ruido de salpicadura. Aún con la mirada fija en la calle, cierro el grifo, me seco las manos en un paño, y con la misma velocidad, brinco del banquillo, y me dirijo a la parte posterior de la casa.
Estoy saliendo por la puerta que lleva a la cochera, cuando escucho el timbre, y como papá se pone en pie, dispuesto a abrir a Eriol, porque es Eriol y no hay motivo por el cual no debiera dejarlo pasar.
Vuelvo a correr para llegar al otro lado de la cochera, agazapándome detrás del auto de papá.
Si saliera de mi escondite, se me podría ver desde el frente de la casa, con lo que mientras el corazón me late a mil por hora, no puedo hacer más que esperar. Entonces, escucho como la puerta vuelve a cerrarse (¡Eriol ya está dentro de la casa!) y emprendo de nueva cuenta la carrera.
Corro a toda velocidad, hasta el final de la calle. Allí, justo en la esquina, está la antigua casa de los Ichihara. Los Ichihara eran un par de viejitos que confían tanto en sus vecinos, que nunca ponían candado a la verja del patio trasero. Se mudaron hace apenas un par de meses (pusieron la casa a la venta), pero como nadie la ha comprado aún, tengo la esperanza de que la verja siga sin candado.
Golpeándome contra ella, giro el pomo, ¡y este cede!
Pese a que soy consciente de que estoy invadiendo propiedad privada, me cuelo dentro.
Estar aquí me trae recuerdos. Los Ichihara nunca tuvieron hijos, pero les gustaban tanto los niños, que colocaron varios juegos (un par de columpios, un sube y baja, y también una caja de arena), e inclusive construyeron una casita del árbol, por si los chicos de la cuadra querían jugar allí por las tardes.
Corro hasta llegar al pie del árbol, y subo con dificultad los peldaños (son demasiado chicos para una niña de casi diecisiete años), pero finalmente logro llegar a la cima, y entrar a la casita. Aún con el corazón en la boca, me dejo caer, abrazándome del piso, con ambos brazos extendidos, y procedo a recuperar la respiración después de esta segunda carrera del día.
Me he de haber quedado en la casita del árbol de los Ichihara un par de horas, pues cuando finalmente me atrevo a salir, está completamente oscuro. Con pasos tambaleantes, consigo bajar los peldaños, y corriendo de nuevo (esta vez agachada lo más que puedo, como si temiese que Eriol pudiese verme también desde la ventana de su sala, pese a lo oscuro que está), recorro el camino de regreso a casa.
Para evitar pasar por delante de la casa de Eriol, vuelvo a entrar por la cochera. Me asomo velozmente a la cocina (donde debido a lo limpia que está, puedo suponer que papá y Misaki ya han cenado), y como aún tengo el estómago revuelto, me abstengo de comer algo, con lo que subo de puntillas a mi habitación.
No enciendo la luz. La de la recámara de Eriol sí está encendida, y puedo apostar lo que sea a que apenas encienda yo mi luz, una piedrecilla golpeará mi vidrio, y en aquella otra ventana habrá una hoja esperando por ser leída.
No puedo pasar por ello, no de este modo, y definitivamente, no esta noche.
Ese es el plan. Voy a seguir corriendo hasta que me quede sin aire, escondiéndome en cualquier lugar que encuentre viable, y huiré de Eriol por el resto de mi vida.
O por el tiempo suficiente como para que él se olvide de la carta y todo vuelva a la normalidad.
A la mañana siguiente, me levanto más temprano de lo usual. Cuando papá y Misaki bajan a la cocina, no solo el desayuno ya está servido, sino que los almuerzos ya están preparados, y yo estoy ya más que lista para marchar rumbo a la escuela.
-¿No es un poco temprano? -pregunta papá.
-Me toca el aseo -miento a toda velocidad.
La verdad es que no pienso arriesgarme a toparme con Eriol tan temprano. Inclusive, por si las dudas, tomo una ruta un poco diferente.
Existe la posibilidad de que Eriol no haya recibido su carta, y solo se haya enviado la de Li por equivocación (se vale soñar), pero no pienso arriesgarme a que mis ensoñaciones resulten ser nada más que eso, sueños, por lo que, pese a que prometí a Eriol de que estaría allí para él, después de que Rika terminó con él, en estos momentos no puedo cumplir mi promesa.
¡Hola a todxs!
Les dejo la up super temprano, antes de que el trabajo consuma todo mi día, y les dejo la firme promesa de que mañana sábado también tendrán up, así que ¿pueden dejar review? !Ahahaha! Se agradecen también los follow y favorite.
¡Nos seguimos leyendo!
