Fionna empezó a limpiar enérgicamente la casa, incluso tarareaba mientras lo hacía. El vampiro la observaba en silencio. Cuando terminó de ordenar y limpiar todas las habitaciones miró a Marshall con una pícara sonrisa.

-¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras así? –Preguntó el vampiro extrañado.

-Vamos a ponerte guapo –Dijo Fionna antes de reírse de forma malvada.

-¿Qué? ¡No! –Exclamó el vampiro mientras huía por la casa asustado.

-No huyas, no te haré daño –Le dijo mientras sacaba un peine y un secador.

El vampiro se oponía a limpiarse y a arreglarse y por eso se escondió en el armario de su cuarto. Aún así, Fionna no tardó en encontrarle.

-¡Sal del armario y desnúdate! –Le gritó.

-¡No! ¡Vete!

-Tienes que desnudarte para ducharte y en cuanto a esa ropa que llevas, si se la puede llamar ropa, debería tirarla porque creo que ya no se puede limpiar.

-¿Por qué debería hacerte caso? –Preguntó el vampiro abriendo un poco la puerta del armario.

-Porque tu novio está esperándote.

-¡Qué! ¿Mi qué? Yo no tengo nada de eso –Dijo el vampiro alterado. -¡No digas estupideces!

-Aquí el único que dice estupideces eres tú. No me importa si aceptas o no tu evidente relación con el príncipe, pero debes salir aquí y arreglarte porque nos vamos al castillo. No puedes negarte, te he limpiado toda la casa, incluido el baño que tenía una pinta horrible.

-Pero…

-No hay peros que valgan. Mientras te duchas te prepararé la ropa que debes ponerte para ir a verle. Y no se hable más –Fionna abrió las puertas del armario y sacó al vampiro de dentro para empezar a revisar su ropa. –He dicho que te vayas al baño.

Marshall acabó cediendo a las órdenes de Fionna y se duchó, cosa que no había hecho en semanas. Al salir de la ducha se puso la ropa limpia que Fionna le preparó y cuando estuvo vestido, le secó el pelo y le peinó.

El vampiro quedó reluciente después de arreglarse, tenía un aspecto totalmente diferente al apagado chico que había visto Fionna al llegar a su casa. Además, su casa estaba como nueva, incluso se podía respirar el aire de dentro y se podía andar por ella sin terminar con varias capas de suciedad en los pies.

-¿Ya estás contenta? –Preguntó el vampiro con expresión seria.

-No estaré contenta hasta que estéis juntos y habléis vuestras cosas –Le respondió. –Y no pongas esa cara tan seria.

Éste le respondió con una mueca.

A mitad de la noche salieron de la cueva de Marshall y se dirigieron al castillo.


-Aún no entiendo por qué me haces ir en mitad de la noche –Dijo el vampiro oponiéndose a salir de casa.

-Porque hay prisa, no puedo esperar –Respondió ella emocionada. –Además, el reencuentro por la noche es más bonito que de día.

-Fionna… No sé por qué te estás implicando tanto en esto, y más sabiendo que va a salir mal –Le dijo Marshall con un expresión triste y desanimada.

-No digas eso, todo va a salir bien –Respondió mientras le empujaba fuera de su casa.

-No hace falta que me lleves a rastras.

-¿Seguro?

Durante la primera mitad del camino estuvieron totalmente en silencio, lo único que rompía el silencio eran los sonidos de las criaturas nocturnas que poblaban los campos y las praderas. Aquella noche la luna brillaba con una intensidad especial.


-Oye… ¿Crees que todo esto saldrá bien? –Dijo finalmente el vampiro.

-¿Sinceramente? Yo creo que sí. No tiene porque salir mal –Respondió la chica con una mirada esperanzadora.

-Gracias por todo, Fionna, sin ti nada de esto habría sido posible.

-Realmente yo soy la que os debe una, me salvasteis de las garras de la tirana Reina Hielo. Daros un pequeño empujoncito en vuestra relación es lo mínimo que puedo hacer.

Marshall sonrió por primera en semanas. Y tras esto volvió a reinar el silencio.


Los dos caminaban sin emitir ningún sonido, admiraban el paisaje nocturno como quien admira una obra de arte con la luz apagada. Pese a la intensidad de la luz lunar no podían distinguir con precisión muchos de los elementos del paisaje, sobre todo de los más lejanos, pero sí podían ver lo que tenían más cerca.

Las flores, las colinas, los pequeños riachuelos. Cosas tan simples, tan ordinarias, conseguían una esencia especial por la noche. Bajo el manto del cielo estrellado todo parecía mucho más bello.

El vampiro después de mucho tiempo, se reencontró con la belleza del mundo, con la belleza de las estrellas, de la luna, de la noche, incluso del aire. A todo le podía encontrar algo que lo hacía imprescindible. Al haber estado tanto tiempo recluido, apartado de todo, había olvidado la importancia de disfrutar de las pequeñas cosas y cuando las recuperó, sintió que había llenado un pequeño vacío.

Si tan solo los elementos de la naturaleza habían conseguido llenar un pequeño vacío de su interior, ¿Cómo se sentiría al recuperar al príncipe?

Conforme se acercaban a Chuchelandia Marshall empezaba a ponerse más y más nervioso.


-Recuerda que tienes que tirarle piedrecitas a su ventana –Dijo Fionna entre risas.

-¿Eso era una broma o tengo que hacerlo? –Le respondió nervioso.

-No sé, haz lo que quieras. Y recuerda decirle todo lo que sientes y pide disculpas.

-Lo haré.

En poco tiempo llegaron a las murallas del castillo.

-¿Qué? ¿Nervioso? –Preguntó la chica con una gran sonrisa.

-Sabes que sí.

-Déjate de tonterías, todo va a salir muy bien –Le dijo dulcemente.

-Muchas gracias por todo, Fionna –Dijo el vampiro.

-Suerte –Le respondió ella mientras le daba un último abrazo antes de irse.

Marshall recogió unas piedras pequeñas que encontró por el suelo y se acercó flotando al balcón del príncipe.


Estaba cerrado. Se sentía muy nervioso. Las piernas le temblaban. En la garganta no tenía un nudo, tenía una colección entera de nudos náuticos. Una de las piedrecitas le resbaló de la mano a causa de los nervios del momento. Respiró profundamente. Miró a la luz de la luna por última vez. Volvió a tomar aire.

Lanzó una piedrecita contra la puerta acristalada que tenía a unos tres pasos. Realmente eso de tirar piedrecitas, en el caso del vampiro, era totalmente innecesario ya que podía flotar hasta la ventana del príncipe y entrar. Lo de tirar piedras a una ventana se hace cuando el que está tirando las piedras no puede entrar a la casa de ninguna forma y no puede avisar al que está dentro sin llamar por teléfono o al timbre, cosa que despertaría a otras personas. Pero Marshall siguió los consejos de Fionna fielmente, quien le había dicho que tirara piedras a su ventana como broma porque suponía que el vampiro se daría cuenta de que era innecesario. Por los nervios del momento o por inadaptación a las situaciones sociales básicas, Marshall ni siquiera había pensado que lo que hacía era estúpido y por eso siguió tirando piedrecitas.

Lanzó una segunda piedra al cristal. Empezó a desesperarse porque esto no causaba ninguna reacción en el príncipe y cada vez estaba más nervioso.

Con el corazón latiendo como si acabara correr un maratón, con la garganta seca y las extremidades temblando, abrió la puerta del balcón y entró en la habitación.


La habitación del Príncipe Chicle estaba totalmente aseada, cada cosa en su lugar. La tenue luz de la luna se proyectaba en el chico que estaba en su cama durmiendo. El vampiro se acercó a la cama con el pecho a punto de estallarle. Cuando estuvo de pie junto al príncipe se acercó a su cara y le observó. Ya no recordaba su belleza, había olvidado que el príncipe era precioso. La luna, las estrellas, el cielo y los demás elementos de la naturaleza quedaban en una categoría inmensamente inferior a la del príncipe, no había nada en el universo que se le pudiese comparar.

El vampiro, nervioso, tomó aire profundamente por última vez y suavemente besó al príncipe en los labios.

-¿Qué? –Dijo el príncipe sobresaltado.

-No te asustes, soy yo –Le dijo el vampiro con calma.

-¿Marshall? ¿Estoy soñando?