N de Número.

Esto estaba bien para él, aceptaba su destino con humildad. Después de haberle dado la espalda a Ishvala y a sus enseñanzas, de haber preocupado y alejado al único familiar que le quedaba, el tomar aquella muestra de redención era lo menos que podía hacer. Porque morir en lugar de su hermano pequeño resultaba un mejor final que sólo fallecer sabiéndose un asqueroso desterrado, recordado como un hereje inútil que ni siquiera pudo cumplir su promesa de salvar a su pueblo.

O, al menos, no de la forma que había asegurado. Y ahora él no sería más que un mero número alquímico, otra de las tantas almas ishvalanas a la espera de que aquel trabajo fuera completado. Él jamás podría ver su trabajo con la piedra filosofal acabado, pero confiaba en que sus procedimientos hubieran sido los acertados y que, en algún día muy próximo, el arma que había buscado se completase.

Por eso acogía la idea de ser un ingrediente más para la piedra y daba su vida a cambio de la supervivencia de su hermano. Porque, además, al fin podría encontrarse nuevamente con su hermosa y querida amada.