14. El principio

Lo primero que hizo Quinn al levantarse y salir del apartamento la mañana posterior a su conversación con Rachel, fue meterse de cabeza en una librería y caminar pacientemente entre las numerosas estanterías repletas de género hasta que, media hora después, encontró lo que deseaba.

Un ejemplar en inglés de la famosa obra de Gastón Leroux, "El Fantasma de la Ópera".

Sí, necesitaba algo que leer para pasar el tiempo y tratar de no pensar. Al mismo tiempo, se le había ocurrido que quizás ese libro en concreto la ayudaría a entender los tempestuosos y nuevos sentimientos por los que su compañera de piso estaba siendo doblegada.

Todavía no tenía ni idea de a qué había venido la repentina cólera de Berry, la forma en la que le había hablado y aquél tembloroso "No puedes gustarme" que hiciera las veces de despedida en su último y fatal encuentro. Se sentía extrañamente desanimada. No sabía qué había esperado que le dijese Rachel cuando le preguntó si le gustaba, pero desde luego, no era aquél frío y distante adiós.

Paseó tranquilamente hasta Central Park, encontró una agradable zona en la que los frondosos árboles impedían el paso de los rayos solares, creando un ambiente fresco y relajado, y se tumbó apoyada contra el tronco de uno. Sacó de su bolso una manzana y abrió su nuevo libro. Olía a papel nuevo, a tinta recién imprimida, a aventuras, a misterio, a sabiduría. Lo hojeó de principio a fin y leyó los títulos de todos los capítulos. Luego, se fue de nuevo a la primera página y comenzó a leer.

Ajena a todo lo que le rodeaba, Quinn Fabray pasó lo que pudieron ser horas apoyada contra aquél majestuoso roble, inmersa en la lectura, hasta que notó cómo el estómago le rugía de hambre. Debían de ser las cinco de la tarde.

Así pues, guardó de nuevo el libro y se encaminó al apartamento, donde esperaba que la tensión existente entre Rachel y ella misma no hiciese mella en su ya de por sí inestable estado de ánimo. Cruzó la puerta, decidida a llevarse a la boca lo primero que encontrase y encerrarse en su cuarto para terminar de leer el libro, que misteriosamente la había atado a él con una fuerza casi magnética, hasta que Quinn se encontró a sí misma murmurando las mismas palabras de aliento que la joven Christine Daaé de la novela le susurró al fantasma una vez.

Sin embargo, una vez más, la suerte no estaba de su parte.

Lo primero que vio cuando entró fue a Berry, atareada en la cocina. Lucía aún su pijama de seda marfil, estaba despeinada, sin maquillaje y con aspecto de haber pasado la peor noche de su vida. Quinn sintió cómo le daba un vuelco el corazón.

¿Había, pues, algo más que añadir a las imprecisas palabras con las que la rechazó la noche anterior?

¿Sería una señal de que Rachel estaba tan poco convencida como ella de que lo único que pasó mientras ensayaban fue un fallo momentáneo de su voluntad?

Sin emitir ni siquiera un pobre saludo, atravesó la sala y se metió en su cuarto. Guardó el libro en la estantería, la misma que encontrara vacía el día de su llegada a la ciudad, que ahora estaba empezando a cobrar vida con todos los títulos que Quinn había añadido a su parca pero bien elegida colección. Se quitó los zapatos y se dejó caer en la cama. Incluso el hambre voraz había desaparecido de su estómago dejándola envenenada por una insulsa desazón.

¿Tenía esperanzas, o Rachel, realmente, no sentía lo que Quinn había creído interpretar en su comportamiento?

- ¿Puedo pasar? – La voz tímida y ronca del objeto de sus pensamientos penetró en la habitación antes de que su dueña lo hiciera. Ésta, apostada en el marco de la puerta, acarreaba consigo una pila de camisas recién planchadas. Quinn asintió secamente y la morena dejó el montón de ropa en el escritorio de la primera. – Esto es tuyo. He estado haciendo la colada. Kurt tiene turno de tarde, y como no tenía hambre no he preparado nada. En el frigorífico hay ensalada y sobras del asado del otro día.

Dijo todo esto dándole la espalda a la joven que, postrada en la cama, no perdía de vista ni uno de sus movimientos. Cuando terminó de colocar la ropa en dos montones (uno para los pantalones y otro para las camisetas) giró sobre sus talones.

Respiró hondo. Hizo con las manos el gesto nervioso que siempre hacía cuando calentaba antes de salir al escenario.

Cerró los ojos con calma.

- Quinn…

La rubia, al escuchar la llamada, se puso en pie como accionada por un resorte y caminó hacia ella.

- ¿Si? – Susurró. Tenía razón. Rachel no estaba convencida. Sí que le gustaba, y mucho, por cómo pudo advertir por el temblor que le entró en todo el cuerpo cuando se dio cuenta de que Quinn comenzaba a arrinconarla… Una vez más.

Intentando que su cerebro no volviese a desactivarse y a permitirle hacer de ella un simple pelele guiado por el calor del cuerpo de la rubia, la empujó con suavidad y se alejó de ella todo lo que pudo.

- Tenemos que hablar. Yo… te… te debo una disculpa.

Fabray, resignada a la cobardía de su compañera, se sentó en la cama e hizo un gesto a Rachel para que la imitara. La morena, sentándose en el extremo opuesto al que Quinn ocupaba, dejó laxas las manos sobre el regazo y clavando la vista en el techo, se armó de valor.

Iba a hacerlo.

Lo haría, en breves momentos, su confesión resonaría entre las cuatro paredes que encerraban la habitación de Quinn, y después, el silencio vendría seguido por las recriminaciones de su antigua amiga.

- ¿Y bien? – La rubia, no abandonando en ningún momento su tono relajado, sereno, apremiaba a Rachel, deseosa de escuchar de sus labios aquellas palabras que habrían de cambiar su vida para siempre.

- Te mentí, Quinn. Yo… en realidad, sí que me gustas.

Y lo hicieron. El estómago de la aludida vibró con violencia, todos sus sentidos fueron sacudidos por una ola de auténtica felicidad. Sentía palpitar su corazón con tanta fuerza que los latidos eran audibles incluso para Rachel, que seguía sentada en el otro extremo de la cama, dándole la espalda. Todo, todo había cambiado. Su soledad había terminado.

Aquel era el principio de su auténtica vida. De la vida de la Quinn Fabray y la Rachel Berry que se querían y no encontraban ningún impedimento para estar juntas.

- ¿Lo… dices en serio?

Rachel asintió.

- ¿Y por qué no me lo dijiste cuando te lo pregunté? – El tono de indignación estuvo más que presente en el interrogante de Quinn.

- Tenía miedo. No he sido capaz de admitir que tú… Tú me has cambiado. Desde que me diste ese beso en el baño del McKinley, tú y solo tú has sido lo único para mí. Y no quería aceptarlo. Para mí ha sido muy duro experimentar este cambio tan radical. Me miro al espejo y… y no queda en mí nada de la Rachel que un día estuvo al pie del altar, cogida del brazo de un hombre grande y fuerte, deseosa de empezar una vida como mujer, esposa y madre. Todo cambió desde el mismísimo momento en que decidiste poner tus labios sobre los míos.

- No sé si eso es bueno o malo, Rachel.

Se produjo un silencio en el que cada una se sumió en sus pensamientos. Lo que debían hacer a continuación, ya lo sabían. Sólo trataban de demorar el momento para que el recuerdo del mismo fuese más claro en sus mentes.

- Yo tampoco. Y creo que sólo hay una manera de comprobarlo.

Rachel Berry se dio la vuelta y se levantó al mismo tiempo que Quinn. Era lo único que les quedaba por hacer. Era la única salida a sus sufrimientos separados.

Lo único sensato en aquel momento era empezar. Juntas. Cerrar la puerta al pasado y dar a luz a un nuevo presente que podía convertirse o no en un futuro que alcanzar.

Y ésta vez le tocaba el turno a Rachel, que se acercó a su compañera, presta e impaciente, y como ya hubiese hecho en otra ocasión, rodeó su cuello con los brazos y despacio, a pesar de que no creía poder esperar un segundo más, acercó sus labios a los de ella. Quinn la cogió por la cintura, encerrándola en un cariñoso abrazo y una vez más, posó su boca en la de Rachel. Al principio, el beso se quedó en una tímida caricia por ambas partes, hasta que Rachel, sintiendo que se derretía con el simple contacto de los carnosos y suaves labios de Quinn, presionó con delicadeza el hueco entre ellos con la lengua.

Eso bastó para desatar el caos.

Quinn abrió la boca y dejó que Rachel penetrase dentro de ella, buscándola, ansiándola como nunca lo había hecho con ninguna otra persona. Salió a su encuentro para ocuparse unos minutos de acariciar con rudeza la lengua de la morena con la suya, mientras sentía un escalofrío producido por los torpes dedos de Rachel enredándose en su melena rubia. Apretó las manos temblorosas que aún estaban cerradas en torno a la fina cintura de Berry, y ésta, en respuesta, aprisionó su labio inferior entre los suyos y con mucho cuidado lo mordió, lo lamió y lo cubrió de delicados besos. Hizo Quinn lo mismo con el labio superior de Rachel, rozando su nariz contra la mejilla caliente de la chica, aspirando su tenue y dulce olor. Ese gesto le recordó que aún le quedaban muchísimos centímetros de piel por explorar y se desesperó. Quería fusionarse con ella, apretarla tanto contra su cuerpo hasta que se convirtieran en uno. Hundió la nariz en su melena color chocolate, presa de una emoción sobrehumana, con lágrimas en las comisuras de los ojos. Le faltaba tiempo, le sobraban ganas, quería, necesitaba comérsela a besos, allí mismo, demostrarle la felicidad que sólo ella le había hecho sentir.

Era suya…

Rachel se había rendido a ella.

Ésta aún tardó unos minutos en volver a la realidad, completamente extasiada por las envolventes caricias de su compañera. Con cada parsimonioso movimiento de lengua, lo único que había hecho Quinn había sido demostrarle que la sentía, que la necesitaba.

Y ella también.

Cuando abrió los ojos, lo primero que se encontró fue con la mirada verde de la chica con la que acababa de compartir el momento más increíble de su vida. Dos lágrimas de cristal brillaban mejillas abajo en el rostro de Quinn. La sonrisa más sincera y más alegre ocupaba ahora los labios que minutos antes había besado hasta la extenuación.

También Rachel lloraba. Lloraba de pensar lo mucho que había retrasado aquél momento que, paradójicamente ahora era el único de su vida en el que se había dejado llevar y había llegado a ser realmente feliz. Y lo mejor era que se sentía invadida por la sensación de libertad de la que horas antes le hablara su padre. Ella era Rachel Berry. Y había besado a Quinn Fabray. ¿Qué había de malo en eso?

Los minutos parecían pasar a la velocidad de segundos mientras Rachel y Quinn estaban allí, abrazándose, en silencio, ajenas a todo lo que no fuesen ellas mismas. Pero nada podía ser eterno, así que, cuando Quinn presintió que ya llevaba suficiente rato estrechando a Rachel como si quisiese absorber hasta la última gota de calor que quedase en el cuerpo de ésta, se separó e, inconscientemente, como si llevase toda una vida haciéndolo, entrelazó sus dedos entre los de la morena. Rachel sonrió con emoción, gesto que le fue devuelto con creces por su compañera.

- Eres increíble, Quinn. Jamás… jamás había sentido nada parecido con Finn ni con ningún otro… - Roto el silencio, Quinn arrugó la nariz con desagrado al escuchar la mención del ex novio de la que posiblemente estaba a punto de convertirse en su pareja.

- Olvida a Finn, Rach. Y a Puck. Olvídalos a todos. Esto es entre nosotras. – Replicó la rubia, aún sin separarse de Rachel, como si temiera que desaparecería si le soltaba las manos.

- Y… Y ¿Qué es esto? – Preguntó Rachel, con un brillo de inocente niña enamorada en el rostro, esperando una respuesta que aún no habría de obtener.

- Esto es el principio.

Y hecha esa rotunda afirmación, volvió a atraerla hacia sí y a hundir de nuevo su boca en la de Berry.

Sólo volvieron a tomar consciencia del mundo en el que vivían cuando tras una media hora de besos y caricias ininterrumpidas, percibieron el sonido de la llave al meterse en la cerradura de la puerta del loft. Se separaron con tanta rapidez que a Kurt apenas le dio tiempo a ver cómo Quinn empujaba con presteza a Rachel y ésta se daba la vuelta haciendo ademán de buscar algo en la estantería que había tras ella.

- ¡Chicas! – Sobresaltado, escrutó los rostros de ambas, que presentaban todas las marcas de sus amores. El brillo de labios de Quinn había pasado de su lugar correspondiente a las comisuras de la boca de Rachel, que la rubia había besado con dulzura segundos antes. Por otro lado, los resecos labios de la última estaban salpicados con la ansiosa saliva que Rachel había derramado en un intento desesperado de devorarlos sin piedad. Las cabelleras revueltas, la ropa descolocada por las caricias y los abrazos. Todo en ellas delataba que habían protagonizado un momento íntimo, algo especial, algo suyo. - ¿Qué está pasando aquí?

Una rápida mirada cómplice a la rubia le sirvió a Rachel para saber que no debía revelar nada aún. Fingió seguir interesada en los objetos de la estantería e ignoró la pregunta.

- ¿Qué ha pasado? – Quinn, haciéndose la confundida - ¿Ha pasado algo?

- A mí no vais a engañarme. Sé que ha pasado algo entre vosotras. Oléis a... – Kurt olfateó unos segundos el aire. – Aquí huele a dos chicas que han estado enrollándose.

Rachel soltó una risita nerviosa, sin pasar por alto la mirada pícara de su compañero, a la que se le unió Quinn.

- Vamos, Kurt. Quinn y yo solo estábamos…

- Hambrientas. – Completó la rubia, metiendo los dedos entre un par de revistas para sacar el folleto de un restaurante chino. – Pensábamos ir a por comida china. ¿Qué te parece?

- Cortad el rollo. Exijo una explicación detallada. – Bramó Kurt. Comenzaba a desesperarse ante la persistencia de sus compañeras, que se hallaban muy entretenidas leyendo los menús del folleto. – Está bien. Esperaré a después de la cena.

Conformes con el plazo, aunque conscientes de que no iban a cumplirlo, Quinn y Rachel se hicieron a la calle con el folleto todavía en las manos, riéndose a carcajadas de la forma en que habían salvado aquella incómoda situación. No obstante, la diversión se les acabó pronto y, mientras andaban por la Quinta Avenida, se miraron con inseguridad.

- ¿Y ahora qué? – Fabray se encogió de hombros ante la interrogación de la morena. – Nos… ¿Nos cogemos de la mano?

Dirigió a Rachel una mirada fulminante, como si acabase de decir una locura impensable.

- Más quisieras. – Le contestó con dureza. Rachel se quedó parada por la frialdad de la respuesta y no vio cómo la rubia arqueaba las cejas y sonreía con suficiencia.

- ¿Qué pasa ahora, Quinn? – Apenas llevaban unas horas de convenio y ya estaba todo a punto de irse al garete. Le gritó con rabia, procurando que los transeúntes que pasaban junto a ellas se enterasen bien de lo que le decía - ¿Te da vergüenza que Nueva York sepa que me has besado como si el mundo se fuese a acabar mañana?

- No, Berry. Lo que no quiero que Nueva York piense es que voy a venderme con facilidad por unas cuantas caricias y unos besos inocentes. – Respondió con acritud, sabiendo que aquel calificativo no era el que describía precisamente los besos que se habían dado. – Te cogeré de la mano cuando me hayas hecho una petición formal.

Rachel bufó y siguió caminando detrás de ella. Encima venía con exigencias.