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..•.¸¸•´¯'•.¸¸.ஐ CAPITULO 12 ஐ..•.¸¸•´¯'•.¸¸.
No querían creerle. Kuki negó con vehemencia: Candy Rose no era Victoria. No podía ser. Adam fue más razonable. Formuló preguntas con el propósito de encontrar incoherencias. Charlie destruyó cada explicación que dio Albert. Tom permaneció desacostumbradamente silencioso. Con la vista fija en el vaso, de vez en cuando sacudía la cabeza. Daba la impresión de estar demasiado atónito para hablar.
—Coincidencia —dijo Kuki, golpeando la mesa con el puño para enfatizar.
—¿Cuándo nació Victoria? —preguntó Adam, con voz trémula de emoción.
Albert ya había contestado tres veces pero, conservando la paciencia, enunció una vez más la fecha:
—Dos de enero de 1860.
—¡Santa Madre de Dios! —susurró Adam.
—Muchas personas nacieron el dos de enero —argumentó Charlie.
—Sé razonable —le pidió Albert.
—Explícanos cómo llegaste a la conclusión de que nuestra Candy Rose es la mujer que estabas buscando.
—Charlie, ya lo he explicado.
—Me importa un bledo, Albert. Explícalo otra vez.
—Está bien —accedió—. La mujer que vio a Candy Rose en el internado informó del incidente a la gente de Elliott. En ese momento, yo estaba en Chicago por asuntos de negocios. La mujer vivía a corta distancia por tren, de modo que fui a hablar con ella.
—¿Cómo te enteraste de su existencia? ¿Acaso Elliott tenía gente trabajando para él en Norteamérica? —preguntó Charlie.
—Sí, pero no fue por eso por lo que lo supe. Recibí un cable de Londres. Había pedido que me mantuviesen informado. Elliott se había dado por vencido.
—Pero tú no —señaló Charlie.
La tenacidad de Albert lo fastidiaba.
—No, no me había dado por vencido, y tampoco el resto del personal. Me avisaron. Contraté un abogado en St. Louis para que interrogase a Candy Rose.
—Los abogados se juntan como las moscas y las sanguijuelas, ¿no? —dijo Kuki.
Albert no contestó al insulto.
—Lo que averiguó el abogado despertó más aún mi curiosidad.
—No le dijo nada —afirmó Kuki—. No sería capaz.
—Es cierto. No le dijo nada. Fue precisamente lo que el abogado no pudo averiguar lo que me intrigó. La directora dijo que la madre de Candy Rose vivía en el Sur. Por supuesto, me pregunté por qué, pero no me pareció lo bastante insólito para investigarlo. Las hermanas alardean o se quejan de los hermanos. Por lo menos, eso fue lo que yo creía, pero Candy Rase no dijo una sola palabra con respecto a vosotros cuatro. El abogado comentó que ella estuvo en guardia, y que parecía asustada y un tanto agitada.
—Desconfía tanto como nosotros de los abogados —le dijo Charlie.
—Sí, lo entiendo —dijo Albert—. El modo en que reaccionaste al saber cómo me gano la vida, fue otro indicio de que alguno de vosotros podía tener problemas.
—Le dijimos a Candy Rose que no hablara sobre nosotros. No queríamos que la gente husmeara en asuntos que no le concernían.
—Como ya dije, ahora lo entiendo, pero en aquel entonces, no.
—¿Qué era lo que no entendías? —preguntó Kuki.
—Que, en el pasado, todos vosotros hubieseis quebrantado la ley. Como fuera, la reticencia de vuestra hermana despertó mi curiosidad.
—¿Y entonces? —preguntó Charlie.
Albert conservó la paciencia. Sabía por qué lo hacían explicar una y otra vez: buscaban fallos. Era comprensible. En su lugar, él habría hecho lo mismo.
—A lo largo de los años, hubo cientos de informes sobre mujeres que se parecían a la madre de Victoria, o a una tía, prima o pariente lejana y aunque la mujer que había visto a Candy Rose insistió mucho en el parecido, yo no habría venido a Montana sólo por una semejanza. No, vine por el informe de la entrevista a Candy Rose.
Albert alzó el vaso y bebió un trago. En realidad, no quería el licor, pero tenía la garganta seca.
—Hay un retrato colgado en la biblioteca de Elliott —empezó.
—¿Qué? No habías hablado de un retrato —dijo Charlie. Supuso que no.
—Poco después de haberse casado con Agatha, Elliott encargó a un famoso artista que pintara el retrato de su esposa. Cuando vi a Candy Rose caminando por uno de los pasillos en el almacén de Morrison, por un instante creí que Agatha había descendido del retrato al óleo y que se acercaba a saludarme. El parecido de vuestra hermana con ella es asombroso. El resto, ya lo sabéis. Ninguno de vosotros me ha facilitado la tarea.
—Me alegra que pienses que hicimos algo bien —intervino Kuki.
—Todos disteis respuestas extrañas y sin sentido a mis preguntas, y esa renuencia alimentó mi curiosidad. Sólo personas que guardan secretos actuarían así. Me repetisteis muchas veces que, en esta región, era peligroso hacer preguntas, y sin embargo me asaltasteis con ellas. Además, estaba esa desconfianza vuestra a cualquiera relacionado con la ley. Aunque no lo creáis, los abogados cumplen un propósito, y muy bueno. No somos el enemigo, pero vosotros os comportabais como si estuvieseis convencidos de que sí lo somos. Para mí, resultó muy evidente que teníais algo que ocultar. Mi error fue pensar que intentabais ocultarme la verdad con respecto al secuestro. No creí que vosotros lo hubieseis planeado, pero sí que estabais protegiendo a la persona que se la había llevado. Ahora que he llegado a conoceros, comprendo que llegasteis aquí por vuestros propios medios. Sólo contabais con vosotros mismos.
Albert hizo una pausa para ordenar sus pensamientos, y los hermanos esperaron a que continuara.
—Decidisteis manteneros unidos y formar una familia. Entonces, llevando a la pequeña, os encaminasteis al oeste. Candy Rose es lady Victoria, ¿no es cierto?
Adam cerró los ojos, y adquirió una expresión abatida.
—Dios mío, debe de serlo.
Charlie se apoderó de la botella, y Albert vio que le temblaba la mano. Aunque el vaso estaba lleno, no lo notó.
Kuki miraba fijamente a Albert, con expresión desolada. El volvió la vista hacia Adam.
—Por el bien de tus hermanos, de tu hermana, y del tuyo propio, dame un dólar.
La petición no tenía sentido para ninguno de ellos, y Adam no se movió. Albert lo repitió, en tono más duro.
El hermano metió la mano en el bolsillo del chaleco, sacó una moneda de plata y se la arrojó a Albert, que la atrapó en el aire.
—¿Para qué lo querías? —preguntó Charlie.
—Es una retención. Me importa un rábano si os gustan o no los abogados: a partir de ahora, yo os represento. ¿Todos entendéis y estáis de acuerdo?
Antes de continuar, hizo que todos le diesen su consentimiento verbal. Sólo entonces, cambió de posición, observó a su audiencia, y dijo:
—¿Quién empieza a contarlo?
—¿Piensas que la robamos? —preguntó Kuki.
—No lo hicimos —dijo Charlie—. Alguien lo hizo. Quienquiera que fuera, debió echarse atrás.
—La encontramos —dijo Kuki.
—¿Dónde? —preguntó Albert.
—En la basura —contestó.
—¿Dónde?
No era su intención levantar la voz, pero la sorpresa le hizo exagerar la reacción.
—Ya me has oído. La encontramos sobre un montón de basura, en nuestro callejón. Nosotros cuatro habíamos formado una banda. Por Dios, qué jóvenes y estúpidos éramos.
—Erais niños —replicó Albert—. La cantidad os daba seguridad.
—Sí —admitió Kuki, a desgana. Se dirigió a Adam—: Cuéntale lo que pasó.
Adam asintió.
—Habíamos formado una especie de pandilla. Vivíamos en la calle. Yo había llegado a la ciudad de Nueva York de manera clandestina, pero no pensaba quedarme. Le había prometido a mi madre que iría al oeste. Le parecía que estaría más seguro allí, hasta que cambiara la situación.
—¿Qué situación? —preguntó Albert.
—Nuestra madre nos mantenía al tanto de las noticias. Lincoln hablaba de terminar con la esclavitud. El movimiento estaba creciendo en el norte, y madre sabía que se avecinaba la lucha. Si se inclinaba a nuestro favor, seríamos libres. Era una esperanza, y me aferré a ella.
"Mis hermanos y yo vivíamos en el callejón. Dormíamos juntos para mantenemos calientes. Corría el mes de mayo, pero ese año, las noches aún eran frescas, y no teníamos mantas."
—¿En l860?
—Sí, en 1860 —dijo Adam—. Había otras bandas de chicos abandonados que merodeaban por las calles en busca de alimento y de problemas. El callejón era nuestro hogar, y estábamos decididos a defenderlo. Hacíamos turnos para vigilar a la entrada. Esa noche, le tocaba a Tom. Charlie, Kuki y yo estábamos profundamente dormidos. Tom silbó, y nos señaló el montículo de basura. Luego, se fue. Tenía curiosidad por algo, y quería investigarlo.
"Oí un ruido" —continuó Adam—. Después, Tom me contó que creyó que había un gato dentro. Recuerdo que Charlie tenía miedo de que fuese una víbora.
—¿Dentro de qué? —preguntó Albert.
—De una canasta —respondió—. Como sea, yo también pensé que había un animal dentro. Me acerqué para mirar mejor, y entonces vi a las ratas.
—Dios mío...
—Estaban todas encima. Tuve que encender mi antorcha para ahuyentarlas. Una había subido a la tapa, y estaba mordiéndola. Si dejaba pasar un minuto más, la rata la habría alcanzado.
Albert se imaginó lo que sin duda le hubiese pasado a Candy Rose, y casi se desmayó.
—Pero llegué a tiempo, y eso es lo que cuenta. Pensamos que era un niño, y la llamamos Sidney.
—Ella lo sabe todo, ¿no es así?
—Oh, sí, sabe cómo la encontramos. Nunca le ocultamos ningún secreto. También sabe todo lo que concierne a nosotros.
Albert sonrió.
—Ahora entiendo por qué se alteró tanto cuando Kuki la llamó Sidney.
—Sí —dijo Kuki—. Es para recordarle que no es superior a nadie. Es resistente. Es pura de corazón, y noble, y...
La voz de Kuki desmentía su expresión pétrea. Adam se aclaró la voz, y continuó:
—Esa noche, hicimos un pacto: hacer todo lo que pudiésemos por ella. Estábamos seguros de que no sobreviviría si la llevábamos a uno de los orfanatos de la ciudad. Charlie era el único que estaba seguro de que nadie lo buscaba. Entonces, nos convertimos todos en White, y nos dirigimos al oeste. Nos llevó mucho, mucho tiempo llegar aquí y construir una casa.
—Pero lo logramos —dijo Kuki—. Ahora que lo pienso, tal vez el padre de Candy Rose nos haya ayudado.
—¿De qué manera? —preguntó Albert.
—Tom le quitó el dinero a la mujer que abandonó la cesta. Era magnífico en eso de limpiar bolsillos. Ese dinero financió nuestro viaje durante mucho tiempo. Quien se llevara a la niña, también debió haber robado el dinero.
—¿Cuántos años teníais?
Le respondió Charlie:
—En realidad, yo tenía nueve para cumplir diez, pero les decía a todos que iba a cumplir los once. Tenía miedo de que no me aceptaran si era demasiado pequeño. Quería convencerlos de que podía sostenerme, en caso de pelea. Tom y yo sabíamos lo que era vivir en un orfanato, y no queríamos volver. Supongo que tuve la perspicacia de saber que necesitaba protección. Adam me pareció grande y recio, y por eso decidí importunarlo día y noche hasta que, por fin, me dejó quedarme con él. El tenía trece. Tom y Kuki tenían once años.
—Erais niños —afirmó Albert—. Sin embargo, ¿no se os ocurrió que la niña podría haber sido robada?
—¿Cómo iba a ocurrírsenos semejante cosa? —preguntó Kuki—.Sólo creímos que su padre y su madre ya no la querían.
—¿Creísteis que la habían abandonado? ¿Cómo pudisteis creer semejante cosa?
Kuki y Tom se miraron, y luego a Albert.
—¿Por qué no? —preguntó Tom—. A nosotros nos abandonaron.
A Kuki le costaba entender la incredulidad de Albert.
—¿Cómo crees que la ciudad se llenó así de niños? ¿En realidad piensas que todos ellos se perdieron? Las autoridades sabían la verdad. De vez en cuando, atrapaban a todos los que podían, los subían a trenes y los mandaban lejos. Nadie sabía a dónde iban esos trenes.
Tom suspiró.
—Nadie los quería —dijo—. Y nadie nos quería a nosotros. El caso de Adam era diferente. Su madre lo había alejado para que estuviese a salvo. No lo abandonó.
—Yo no sé si mi madre me hubiese abandonado —comentó Kuki, en voz despojada de emoción—. Oí decir que era una buena mujer. Murió al darme a luz. Se llamaba Candy, y supuse que podía sentirse feliz poniéndole su nombre a nuestra Candy Rose.
Adam tuvo la misma idea con respecto a Mama Rose. Tom decidió que combinásemos ambos nombres.
—¿Y qué hay de tu padre, Kuki? ¿Sabes algo de él? —preguntó Albert.
—Me tuvo con él por un tiempo y, en un momento dado, empezó a preferir el whisky y la ginebra. Trató de venderme. Lo escuché intentar cambiarme por dos botellas, y me escapé.
Albert se quedó tan atónito que no pudo hablar. No podía imaginar vidas tan desoladas. Entonces, comenzó a comprender la maravilla de la situación. Empezó a ver a los hermanos bajo una luz muy diferente, y en su expresión fueron evidentes el respeto y la admiración.
Habían hecho lo imposible y habían florecido, pese a los obstáculos.
—Todos vosotros sois hombres de coraje.
Tom no aceptó la aprobación de Albert, y negó con la cabeza.
—No, sólo hicimos lo mejor que pudimos. Éramos todos pequeños asustados, que queríamos asegurarnos de que Candy Rose tuviese a alguien que la cuidara. En realidad, ninguno de nosotros creía que lo lograría. Yo creí que ninguno de nosotros lo conseguiría. Y, sin embargo, merecía una oportunidad en la vida, ¿no es cierto?
—No habrá sido fácil.
—Lo peor fue cambiarle los pañales.
Evocándolo, Kuki sonrió.
—¿Cómo sabéis la verdadera fecha de nacimiento? Candy Rose me dijo que tenía documentos. ¿Qué son?
—Metidos en el sobre, junto con el dinero, había dos papeles—aclaró Tom—. Adam los tiene en la biblioteca. En uno de ellos, hay muchos números anotados. El otro parece una página de un libro. En la parte superior, estaba la fecha de nacimiento de la pequeña. También anotaron el peso y la medida.
—Es una página de la Biblia de la familia.
—¿En serio?
—Sí —confirmó Albert—. Le faltan dos páginas. Una fue devuelta con la nota de rescate, como prueba de que realmente tenían a Victoria. En la última línea, estaba escrito su nombre completo.
—Yo les hablé a mis hermanos de los papeles, pero en aquel entonces nos importaba más el dinero. Adam era el único que sabía leer. Miró los papeles y nos dijo lo que había allí. Los conservamos en la canasta durante años. Los guardamos sólo para que Candy Rose tuviera algo de su pasado.
—¿Quién os enseñó a leer? —le preguntó Albert a Tom.
—Adam.
—¿Sabes quién estranguló a la niñera? —preguntó Kuki.
—No —contestó Albert—, pero Elliott nunca se convenció de que actuara por sí sola. No tenía la astucia suficiente para planear el secuestro. Además, era muy tímida. Debió de tener un cómplice.
—Puede ser que, a estas alturas, esté muerto —dijo Tom.
—Pudo haber sido una mujer —aventuró Albert.
—Fue un hombre.
—¿Cómo lo sabes?
—Yo lo vi.
Albert empujó el vaso con la bebida, sin advertir, siquiera, lo que hacía.
—¿Lo viste?
La voz le tembló de emoción. Tom asintió.
—Creo que me toca a mí hablar, ¿no es cierto? Un hombre se apeó de un coche de aspecto lujoso. En la puerta había un escudo heráldico. Llevaba una capa negra, como las que usan los ricos para ir a la ópera, y un sombrero con el ala inclinada sobre la frente. Todavía recuerdo su cara. Se paró debajo de la lámpara de la calle, y volvió la vista en mi dirección.
Pero él no me vio. Debió oír un ruido, y por eso se volvió. De todos modos, yo lo vi bien. ¿Quieres que te lo describa?
—¿Cómo puede ser que lo recuerdes? Tenías doce años, Tom. Con los años, los recuerdos se deforman y se confunden. Pasó hace mucho tiempo.
—Háblale de tu corte, Kuki —propuso Tom. El aludido sonrió.
—Teníamos, más o menos, quince años, ¿no es así, Tom? Yo todavía era estúpido. Me metí en el negocio de otro, creyendo poder conseguir unas pieles de animales. Necesitábamos abrigos para el invierno. Pensé que conseguiría algunas. Era realmente silencioso, ¿no es cierto, Tom?
—No lo suficiente, Kuki.
—En ese campamento, habría unos veinte renegados. Habían estado asolando la región, robando, matando, y quemando a la gente desde hacía un buen tiempo. Todos les tenían miedo. Yo también, pero quería las pieles, y supuse que debía apropiármelas, por mucho que me asustara. Todos esos malditos me persiguieron. Recibí un corte en el vientre, que me dolió como los fuegos del infierno. Recuerdo muy bien el dolor. Adam tuvo que coserme y, mientras lo hacía, Candy Rose lloraba.
—Te sostuvo la mano, ¿recuerdas?
Kuki sonrió. Claro que lo recordaba.
—Creyó que me ayudaría de ese modo. En aquel entonces, tenía tres o cuatro años, y era dulce y atrevida como la que más.
—¿Cómo pudiste escapar de los indios? —preguntó Albert.
—No lo hice solo. Estaba concentrado en huir, y luego en pelear por mi vida, y no pude ver al que me cortó. Pero Tom sí. Venía cabalgando hacia mí con el revólver en alto, y amartillado. Vio las caras de los dos que me sujetaban y del tercero, que me cortó. El canalla quería destriparme. Tom empezó a gritar en el último instante, y ellos salieron corriendo a buscar sus armas.
Kuki hizo una pausa para evocar el incidente antes de continuar. Albert estaba fascinado por el relato, pero no se imaginaba qué relación podría tener con la discusión sobre el secuestro de Candy Rose. Esperó para enterarse.
—Regresamos. Había llegado el invierno, y tuvimos que esperar. Pero no olvidamos, y en cuanto la nieve se fundió, fuimos tras ellos.
—Los hicimos confesar que habían sido ellos.
—¿Cómo? ¿Entendían el idioma?
—Uno de ellos entendía un poco. Pero no importaba, porque Tom nunca, jamás olvida un rostro.
—Se jactaron de haberte cortado, ¿no es cierto, Kuki?
—Creyeron que sus amigos nos alcanzarían.
—Nos aseguramos de que no pudieran —dijo Charlie.
Albert no preguntó qué les pasó a los indios: ya lo sabía.
—La tribu que echó a los descarriados se enteró y, a partir de entonces, nos abrió el paso —explicó Kuki—. Ahora, ¿estás dispuesto a escuchar la descripción de Tom?
Albert asintió:
—Sí.
—El sujeto que vi en Nueva York tenía bigote de color claro. No pude verle el color de los ojos. Medía, más o menos, un metro ochenta, y era muy delgado. Tenía las mejillas hundidas como una calavera. La nariz era puntiaguda, y los labios finos. Pensé en un modo de robarle. Estaba vestido con ropa negra de noche.
"La mujer no quería recibir la cesta, y decía que no con la cabeza. Yo no estaba lo bastante cerca para oír lo que decían. El tipo sacó el sobre del bolsillo y se lo dio. Ella se lo arrebató muy rápido, y entonces se apoderó de la canasta."
—¿El hombre bajó del coche con la canasta?
—Sí.
—¿Y ella ya estaba en la esquina, esperándolo?
—Sí.
—¿Y el cochero? ¿Pudiste verlo?
—No. En cuanto vi el sobre, no le quité la vista de encima. La mujer se lo guardó en el bolsillo del abrigo. El hombre volvió al carruaje y se marchó. La mujer esperó a que el hombre desapareciera de la vista, y empezó a buscar un lugar donde deshacerse de Candy Rose. Eligió nuestro callejón. Corrió dentro, arrojó la canasta y se fue. Yo esperé a que llegara otra vez a la esquina, silbé para atraer la atención de Adam y que viese la cesta, y luego seguí a la mujer. Le quité el sobre del bolsillo en el mismo momento en que abordaba el tren de medianoche.
Albert se recostó en la silla. La expresión de sus ojos era helada de furia.
Kuki lo observó con atención.
—¿Sabes quién es el tipo? —preguntó Kuki. Albert asintió con lentitud.
—Creo que sí. Primero, me cercioraré.
—¿Está vivo? —preguntó Tom.
—Sí... si es el que yo creo, está vivo.
—¿Atacarás a tu indio del modo que lo hicimos nosotros?—preguntó Kuki.
Albert entendió la pregunta. Quería saber hasta qué punto estaba dispuesto a llegar para vengarse. ¿Lo haría del mismo modo que los hermanos se vengaron del enemigo?
La respuesta fue inmediata:
—Sí.
—¿Acaso has olvidado que eres abogado? —preguntó Adam.
—No lo he olvidado. De un modo u otro, se hará justicia. Tom, cuéntame otra vez lo que pasó. Empieza desde el principio.
Tom accedió. Albert esperó a que hubiese terminado, y luego lo atacó a preguntas. Por fin, quedó satisfecho, seguro de que sabía todo lo que podían contarle.
—¿Y ahora, qué? —preguntó Charlie—. ¿Cuándo vas a decírselo a ella?
—Yo no se lo diré —respondió—. Creo que...
Charlie no lo dejó continuar.
—¿Por qué tendríamos que creerte? No has hecho otra cosa que mentirnos desde el principio. En realidad, nunca quisiste aprender a manejar un rancho, ¿verdad?
—Sí, quería aprender—contestó—. Había pensado que, en algún momento, volvería a las Highlands, pero ahora sé exactamente dónde me instalaré el resto de mi vida. Llegaré a tener mi propio rancho, y el trabajo legal me sostendrá en las épocas difíciles.
Todos mis planes han cambiado —añadió—. Cuando llegué aquí, ni siquiera estaba seguro de que Candy Rose fuese Victoria. Claro que vi el parecido, pero no era suficiente. También se parece un poco a ti, Kuki: ojos verdes, cabello rubio. Aunque es mucho más hermosa. Cuanto más descubría, más me confundía. Ella no debía haber tenido ningún motivo para ser tan reticente conmigo. Todos vosotros me aclarasteis el misterio. Como dije antes, vuestra reacción al descubrir que yo era abogado, fue extraña. Una noche, Candy Rose me preguntó por qué pasaba las veladas conversando con Adam. Parecía preocupada, y cuando me preguntó si lo interrogaba acerca del pasado, llegué a la conclusión de que no quería que averiguara algo que él había hecho. Si hubiese pasado las veladas conversando con Charlie, Kuki, o Tom, hubiese estado igualmente preocupada, ¿no es así?
—Tal vez —dijo Kuki—. Le contamos todo lo que habíamos hecho.
Conoce todos nuestros pecados.
—Sí —concedió Albert—. Me lo dijeron. No me costó mucho adivinar que os habían unido para formar una familia, pero no podía admitir que hubierais llegado a Montana por vuestros propios medios. Del mismo modo que vosotros no tenían motivos para confiar en mí, yo no los tenía para confiar en vosotros. Todos tuvimos nuestros motivos. En el trayecto, cometí varios errores. Dos, me sorprendieron mucho.
—¿Cuáles fueron tus errores —preguntó Tom.
—Uno, me demoré. Podría haber averiguado mucho antes lo que quería, pero me dejé estar. No quise aprovechar oportunidades y ya sabéis que eso no es común en mí. Nunca fui hombre de posponer nada...
—No hace tanto tiempo que estás. Hace sólo seis o siete semanas—le recordó Kuki.
—Me parece mucho más. Hace poco comprendí que estaba retrasándome. Crecí bastante solo, y nunca había sabido, realmente, lo que era una familia. Cada uno de vosotros daría la vida por salvar a los otros. Para mí, semejantes amor y lealtad eran conceptos extraños. Amé a mi padre y le fui leal a él y a mi gobierno. Mi lealtad también alcanzó a Elliott. Hay un lazo entre nosotros por lo que ambos hemos sufrido, pero no es lo mismo.
—¿Lo mismo que qué? —preguntó Kuki, deseoso de entender.
—Que el lazo entre hermanos —aclaró Albert—. Vosotros me asombráis permanentemente. Os insultáis. Os gritáis y os dais órdenes. Discutís todo el tiempo, os empujáis y, por Dios, no sabéis cuánto os envidio. Todos estos años, imaginé a lady Victoria como una víctima y, sin embargo, Dios estaba cuidándola. Le dio a vosotros cuatro.
Albert se detuvo a tomar aliento.
—Kuki, cada vez que tú me empujabas como te he visto hacer con Charlie y Tom, cada vez que me amenazabas o te reías de mí, me sentía parte de vuestra familia.
La sinceridad de Albert conmovió a los hermanos, pero Kuki fue quien mejor entendió sus sentimientos. Todavía recordaba la soledad y la desolación que había sentido antes de que Adam lo tomara bajo su ala.
—¿Cuál fue tu otro gran error? —preguntó Adam—. Dijiste que cometiste varios, pero, en realidad, nos has sorprendido.
Albert asintió, pues recordaba lo que había dicho.
—Me he enamorado de vuestra hermana.
Kuki movió la cabeza.
—Ella te odiará porque la has engañado.
—Por un tiempo, supongo que sí —admitió—. Pero no importa. Quiero que todos vosotros os deis por enterados de mis intenciones, aquí mismo. La tendré.
La fuerza de sus palabras concentró la atención de todos. Ninguno supo qué decir ante afirmación tan vehemente.
—¿Qué es lo que quieres decir? —preguntó Kuki.
—Soy hombre de honor —empezó Albert—. Por lo menos, eso creo.
—¿Y? —insistió Kuki.
—Estoy comunicándoos mis intenciones.
—Pero, ¿qué es lo que estás diciéndonos? —preguntó Charlie.
—He protegido a vuestra hermana y, en general, la he dejado tranquila. Seguiré protegiéndola, pero desde este momento, os aseguro que no tengo intenciones de dejarla tranquila. Repasé todas las razones por las cuales no la merecía, y ninguna de ellas me importó más. Nunca tendré suficiente dinero. Charlie, un día creo que tú también entenderás la verdad. Elliott la casaría con alguien mucho más importante, según sus pautas sociales, pero no las mías. Nadie la amará nunca tanto como yo. Me pertenecerá.
Kuki se quedó con la boca abierta, pues nunca había oído hablar a Albert con tanta pasión.
Tom también se quedó pasmado:
—¿Quieres decir que piensas seducir a nuestra hermana?
—Sí.
—No hablarás en serio... —empezó Charlie.
—Nunca he hablado más en serio. Ella será mía. Para siempre. Llevará mi apellido y dará a luz a mis hijos.
Charlie negó con la cabeza.
—No puedo creer que tengas el coraje de decirnos lo que piensas hacer.
—¿Realmente piensas que te permitiremos que intentes tocarla?—preguntó Kuki.
Albert perdió la paciencia.
—¿Tratar? Nunca intento nada. Hago exactamente lo que digo que haré.
Tom sonrió.
—¿No crees que Candy Rose debería dar su opinión en cuanto a la seducción? Nosotros sabemos que tú no la forzarías.
—Es cierto, jamás la obligaría a hacer nada que no quisiera. Me ama, pero aún no lo sabe. Sin embargo, ya lo sabrá. Es una mujer muy inteligente. Antes de acostarme con ella, me dará su permiso, y os aseguro que me acostaré con ella.
—Eso dices —le espetó Kuki—. Adam, ¿qué opinas tú de esto?
—En efecto, lo ama —contestó—. En eso, Albert tiene razón.
—Albert ,¿no habrás ya...?
Charlie estuvo a punto de preguntarle si ya había seducido a Candy Rose, pero se contuvo. La mirada que le lanzó Albert le hizo erizar el cabello de la nuca.
Kuki rió.
—Demonios, Charlie, si se hubiese acostado con ella, no estaría de tan mal humor.
—Debo recordarte que estás hablando de tu hermana —musitó Charlie.
—¿Y qué hay con respecto a lord Elliott? —preguntó Adam—. Tú dijiste que él querría casarla con alguien de mejor posición. ¿Eso significa que piensas decirle que encontraste a su hija, o que lo dejarás en la ignorancia?
—Por supuesto, se lo diré —contestó—. Tiene derecho a saberlo, Adam, así, su agonía al fin acabará. Ese hombre ya ha sufrido bastante.
Durante largo rato, nadie añadió una palabra. Los hermanos pensaban en el padre de Candy Rose, y trataban de imaginarse cómo habría sido perder a su hija.
Por fin, Adam rompió el silencio.
—Sí, ya ha sufrido demasiado. Yo no habría dejado de buscar a mi hija. Estoy seguro de que estaría tan obsesionado buscándola como lo estaba Elliott. Dios querido, qué agonía soportaron él y su esposa. Me duele el corazón de sólo pensarlo. Su desdicha fue nuestra bendición —agregó, enfatizando con un gesto de la cabeza—. Me pregunto si lo entenderá.
—Yo se lo haré entender —le aseguró Albert—. No os echará la culpa, ni mandará a nadie a acosaros. Candy Rose tiene una familia en Inglaterra. Innumerables tías, tíos, y primos. Vuestra hermana posee título y fortuna. Elliott no vendrá aquí a verla. No será necesario, pues ella irá a verlo a él.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Tom—. Hace unos minutos, dijiste que tú no se lo contarías. ¿Acaso has cambiado de idea?
—No, no he cambiado de idea.
—¿Y entonces? —preguntó Kuki.
—Yo no se lo diré. Lo haréis vosotros.
Nadie dijo una palabra en mucho tiempo. Albert pensó que los hermanos estaban debatiéndose con sus respectivas conciencias.
Llegado el momento, harían lo correcto. Había vivido con ellos el tiempo suficiente para saber, con absoluta certeza, que serían honrados.
Adam adoptó la decisión en nombre de todos:
—Sí, se lo diremos.
—No querrá irse —arguyó Kuki.
—No tiene por qué irse para siempre —replicó Adam—. Y, sin embargo, tiene cierta obligación.
—Ella no lo verá de ese modo —dijo Charlie.
—Conocéis a nuestra hermana tan bien como yo. ¿Realmente creéis que dejará sufrir más tiempo a Elliott?
—Maldición, pero si casi no lo conoce... —dijo Tom.
—Tiene que ir a conocerlo. Querrá tranquilizarlo. Instándola sin brusquedad, Candy Rose hará lo que es debido. Es probable que quiera demorar la partida, pero nosotros no la dejaremos. Sabes que tengo razón, Tom. A mí no me gusta esto más que a ti.
Albert expresó su simpatía:
—No podéis culpar a nadie más que a vosotros mismos—dijo—.La habéis educado como a una persona noble.
—¿Cuándo te marchas? —preguntó Tom.
—Pronto —contestó Albert—. Ya me he quedado demasiado tiempo —añadió—. Elliott depende de mí para cerrar unas negociaciones relacionadas con una fusión que quiere hacer.
—En lo que a mí concierne, cuanto antes te vayas, mejor —dijo Charlie—. Sabes que no tenías por qué hablarnos acerca de Elliott. Es un hombre viejo, ¿no es cierto? Y ya había abandonado la búsqueda. ¿Por qué tenías que proseguirla tú?
—Porque sentí que era mi deber hacerlo. Si lo conocieras, me comprenderías.
—Yo creo que tendrías que marcharte antes de que se lo digamos a Candy Rose —dijo Adam.
—¿Por qué?
—Sería más fácil para todos —contestó.
—¿De qué modo sería más fácil?
Adam no se lo explicó, y la expresión inmutable de su rostro le dijo a Albert que sería inútil discutir.
—¿Cuándo se lo diréis? —preguntó.
—Cuando estemos preparados. Primero, mis hermanos y yo tendremos que conversar acerca de la situación. Nosotros decidiremos qué hay que hacer, y cuándo. Pero no quiero que te vayas, aún. Estoy seguro de que tengo más preguntas que hacerte antes de que Candy Rose descubra algo.
Albert empujó la silla hacia atrás y se levantó.
—Sé que habéis recibido un fuerte golpe. Si hubiese podido cambiar las cosas, lo habría hecho. Diablos, Elliott tampoco pidió caer en el purgatorio. Vosotros la habéis tenido bastante. La habéis visto crecer. El padre jamás disfrutó las alegrías de la infancia de su hija. Dejadlo, al menos, conocerla. Necesita verla, saber que está bien.
—Ya he dicho que Candy Rose misma querrá hacerlo —respondió Adam.
—No lo posterguéis —presionó Albert—. Os daré una semana, dos si puedo. Por Dios, espero que decidáis decírselo pronto. Pienso que os equivocáis si queréis que me marche antes de hablar con ella, pero la decisión es vuestra, y yo la respetaré. Esperaré catorce días. Si para entonces no habéis resuelto todas las dudas, ya será tarde. Kuki, no te atrevas a preguntármelo otra vez—agregó, al ver la expresión del otro—. Os he dado mi palabra. Ahora no le contaré a Canfy Rose nada con respecto a su padre, y no lo haré durante catorce días. Sencillamente, me iré. Volveré a Londres y se lo diré a Elliott en cuanto lo vea.
Albert hizo ademán de marcharse del comedor.
—Tenéis mucho de qué hablar. Os dejaré.
—Espera un minuto —lo llamó Kuki—. ¿Piensas seducir a nuestra hermana antes o después de que le contemos lo de su padre?
—Debería esperar, pero no lo haré.
—¡Hijo de...! —susurró Kuki.
Albert lo interrumpió antes de que terminara de pronunciar la blasfemia.
—Os he comunicado mis intenciones y mis términos. Os sugiero que los aceptéis.
Salió, y cerró la puerta.
Los hermanos menores se volvieron hacia Adam. Kuki preguntó:
—¿Qué vamos a hacer?
—No tenemos que hacer nada —argumentó Tom—. Ya has oído a Albert: dijo que Elliott no vendría aquí.
—También dijo que no tendría necesidad de hacerlo —intervino Charlie—. Que Candy Rose misma iría a él.
—Quisiera odiarlo —murmuró Kuki, en voz ronca de preocupación.
—¿Para qué querrías odiar a Elliott? —preguntó Adam.
—Me refiero a Albert. Está intentando destruir a la familia.
—No está intentándolo, ya lo ha hecho —dijo Charlie.
—Tenemos que hacer lo correcto —susurró Tom. ¡Oh, cuánto odiaba admitirlo!—. Tiene que ir a conocerlo.
Charlie y Kuki intercambiaron miradas afligidas. De los cuatro hermanos, ellos eran los más vulnerables y los más asustados. El futuro estaba lleno de incertidumbre, y cada uno pensaba que debería enfrentarlo solo.
Candy Rose había sido la razón de unirse y convertirse en una familia. Era la fuerza que los mantenía juntos. Cuando se fuera, ¿se acabaría el motivo para ser una familia?
Kuki sabía que llegaría el momento en que su hermana se casara y se fuera pero, empecinado como era, se negó a pensar en ello. Sin embargo, Inglaterra estaba océano de por medio, y la perspectiva de no volver a verla nunca más lo llenaba de angustia.
—Nuestra hermana ya ha madurado —dijo—. Pasó de la noche a la mañana, ¿verdad? Yo sabía que un día tendría que marcharse, pero no...
Dejó la frase sin terminar.
—¿Es momento para que todos nos marchemos?
—Es demasiado pronto para pensar en ese tipo de cosas —dijo Tom—. Kuki, tú querías comprar un pedazo de tierra cerca de la loma, que linda con la nuestra. ¿Acaso no pensabas construir ahí tu casa?
—Ya sabes que es así —respondió Kuki.
—No sé por qué las cosas tendrían que cambiar tanto. Charlie viaja tanto, que no está mucho en casa. Aun cuando la familia se separase, todavía compartimos negocios.
Adam dejó que los hermanos expresaran en voz alta sus preocupaciones largo rato. Por fin, se hartó de la autocompasión, y los hizo volver al problema inmediato.
—Podemos dejar para más adelante la conversación sobre los planes futuros. Ahora, nuestra preocupación es Candy Rose. Todo esto la perturbará, aunque no creo que tenga tiempo de afligirse. Puede hacerse a la idea de que tiene un padre durante el viaje a Inglaterra.
—¿Eso quiere decir que tendría que irse lo antes posible?—preguntó Charlie.
Adam asintió:
—Sí.
Kuki estuvo de acuerdo, aunque a desgana.
—Cuanto antes se vaya, antes volverá.
—Si es que vuelve —añadió Charlie.
Otra vez empezaron a afligirse ante semejante posibilidad, hasta que Adam dijo:
—Habéis oído lo que dijo Albert con respecto a que Elliott es un hombre de fortuna. Candy Rose ha llevado aquí una vida muy protegida.
—Fue al colegio en St. Louis —intervino Tom—. Ha visto algo de mundo.
—El internado estaba aislado de la ciudad. Allí también estuvo apartada —dijo Adam.
—¿Qué es lo que te preocupa? —preguntó Kuki—. ¿Crees que todo ese brillo le dará vuelta la cabeza?
—No —contestó—. Lo que no sé, es cómo afrontará los cambios. No quisiera que se sienta... vulnerable.
—Le resulta fácil hacer amigos —dijo Tom.
—No me gusta pensar que alguien hiera sus sentimientos. No quiero que se sienta inadaptada —dijo Adam.
—¿Quién la acompañará? —preguntó Charlie.
—Todos nosotros —respondió Kuki.
—Sé razonable —le dijo Tom—. No podemos irnos. Tenemos responsabilidades, aquí.
—Nosotros somos su pasado —dijo Adam—. Por mucho que me duela decirlo, ninguno de nosotros puede ir con ella.
—¿Sugieres que la dejemos ir sola? —preguntó Charlie, horrorizado—. Podría llevarla Albert —sugirió.
A ninguno de los hermanos le agradó la sugerencia y, por fin, a Adam se le ocurrió otra más aceptable.
—Podría acompañarla Anny. Se cuidarían entre sí. Ahora están llevándose bien, ¿no es cierto? Candy Rose es sensata, y hará lo que es debido. No tengo dudas al respecto.
—Volvió sola de St. Louis —dijo Kuki—. Sabe cómo conducirse cuando está entre desconocidos. También me aseguré de que supiera usar un arma. Estará bien.
—Los Cohen regresan al este para asistir a cierta celebración familiar. Yo tengo que ir a Hammond otra vez, a vender esos dos caballos.
Pasaré por su casa y me enteraré de los detalles. Quizá resulte, y Candy Rose y Anny puedan viajar con ellos.
—Si resultara, seguramente sería estupendo. Confío en John Cohen —dijo Kuki.
—Tendremos que devolver el dinero.
Tom fue el que hizo el anuncio, y todos se volvieron hacia él:
—¿Qué dinero? —preguntó Kuki.
—El de Elliott —aclaró Tom—. Cualquiera que hubiese raptado a Candy Rose, también se habría llevado el dinero. Nosotros usamos todo el que estaba en el sobre, y por eso ahora tendremos que devolverlo. Adam, ¿tenemos bastantes ahorros?
—Sí —contestó—. Y estoy de acuerdo. Lo más probable es que ese dinero se lo hayan robado a Elliott, y nosotros tenemos que devolverlo. Por un tiempo, estaremos algo apretados. Ahora lamento que hayamos comprado el ganado, pero ya hemos entregado el dinero, y es tarde para volverse atrás.
Los hermanos siguieron hablando de sus preocupaciones buena parte de la noche hasta que, al fin, Adam decidió ir a acostarse.
—Se lo diremos juntos —afirmó.
—¿Cuándo? —preguntó Kuki, levantándose y desperezándose.
—Pensemos mañana en el cuándo —propuso Adam.
Charlie y Kuki reaccionaron como se hubiese suspendido una condena de ejecución para ser colgados de un árbol. Tenían, por lo menos, veinticuatro horas más para fingir que todo estaba bien.
—¿Qué vamos a hacer con Albert? ¿Por qué no querías que se quedara hasta que se lo dijéramos a Candy Rose? —le preguntó Tom a Adam.
—Tengo que interrogarlo con respecto a Elliott —dijo Adam—.Tengo que averiguar en qué va a meterse Candy Rose. Quiero saber todo lo posible acerca de Elliott y de la clase de vida que lleva. Necesito estar en condiciones de preparar a Candy Rose. Y Albert es el único que puede darme la información que necesito.
—Tendremos que procurar que se mantenga alejado de nuestra hermana —insistió Charlie.
Kuki negó con la cabeza.
—Maldito sea, un hombre debería hacer votos antes de tener derecho a la novia.
Adam se reclinó en la silla.
—Yo creo que eso es, precisamente, lo que acaba de hacer Albert.
7 de febrero de 1867
Querida Mamá Rose:
Tenemos una sorpresa para ti. Mis hermanos y yo hemos estado ahorrando dinero para este día maravilloso. Creo que ya tenemos suficiente para que Kuki y Tom vayan a buscarte. Mamá, antes de empezar a sacudir la cabeza, escúchame. Antes que nada, si lo que te preocupa es el coste, olvídalo. Hemos resuelto todo, y cuando estés instalada aquí verás que nos arreglamos perfectamente. Todavía estamos en invierno, claro, y mis hermanos no podrán partir hasta después del rodeo de primavera. No puedo menos que regocijarme por nuestro ganado. Empezamos con dos vacas de raza, y ahora tenemos diez. Y después de los nacimientos, serán más. A nosotros nos lleva poco tiempo juntarlos, pero los vecinos acostumbran ayudarse entre sí, y por eso le echaremos una mano a la familia Pearlman. Ahora, tienen alrededor de ochenta novillos. Fueron extremadamente generosos con nosotros. No nos cobran por los servicios de su toro. Hemos prometido comprar uno y, cuando lo tengamos, les devolveremos la gentileza.
Estás preocupada por Livonia, ¿no es verdad? Ya sé que está ciega, mamá, y depende de ti para todo, pero nosotros también te necesitamos. Si preparases a otra persona para que te reemplace en tus tareas, Livonia estará bien, de todos modos tiene dos hijos para cuidarla. Y si bien sé que son de mal carácter, son sus hijos y, por lo tanto, responsables de ella. Por favor, no discutas con nosotros. Hemos esperado demasiado, y tú también. Estamos decididos. A menos que tengamos novedades de tu parte, Kuki y Tom llamarán a tu puerta alrededor del primero de junio.
Te ama
John Quincy Adam White.
CONTINUARA
