Agradezco a Fanny Frany Tsuki por sus reviews en cada capítulo :3
Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo. Esta historia y los personajes OC me pertenecen.
Cinco más diez por dos
Part XIV
Kiss then fall
El rechinar que hacían las cadenas del columpio le estaba colmando la paciencia, y cabía destacar que no tenía mucha después de todo un día oyendo los problemas de Momo. Pero ahí estaba, con un tic en la ceja derecha, sentado sobre el sube y baja, esperando a que Hiyori le revelara aquello tan complicado, aparentemente, que la tenía callada desde que comenzó a columpiarse.
En el cielo ya no había rastros del atardecer y algunas estrellas comenzaban a hacerse presentes. La primavera estaba influyendo en el viento, convirtiendo la brisa en una suave y tibia caricia pese a estar comenzando la noche.
—Estuve investigando sobre mis padres.
Ante esas palabras Toushiro se imaginó por dónde iría esa conversación y no le gustaba.
— ¿No eres feliz con los Urahara? — Preguntó, recibiendo la mirada enfadada de la muchacha—, oh…
No necesitó agregar nada más, quedaba claro que sus padres ya estaban enterados y le habían preguntado lo mismo. Decidió callar hasta que terminara, ya comenzaba a verse cabreada y no dudaba en que en cualquier momento le aventaría su bolso o alguna de sus zapatillas.
Hiyori no tardó mucho en revelar todo lo que había ocurrido, tenía que descargar lo que tenía dentro y Momo no era una opción, andaba victimizándose tanto últimamente, y le fastidiaría que le dijera "me siento igual", porque no podía, ninguno de ellos podía saber lo que sentía.
Desde que la adoptaron e incluso cuando estaba en el orfanato, todos le decían que sus padres habían muerto en un accidente y por eso acabó allí, pero una tardía respuesta de sus padres una tarde fue lo que la hizo dudar y pensar que quizás ellos estaban por allí, en algún lado, y eso le hizo querer encontrarlos. No era como si quisiera vivir con ellos, solo quería mostrarles la persona en la que se había convertido sin su ayuda. Quería y debía decirles que no los necesitaba.
—Sí murieron en un accidente, pero fue luego de dejarme en el orfanato —contó, sintiendo su boca reseca y los ojos picándole, cada vez que lo contaba sentía esas estúpidas ganas de llorar, pese a saber que era ridículo sentirse así por alguien que ni siquiera la quería—, encontré que tenía una tía. Al parecer nadie de la familia Sarugaki me quería, de otro modo, ¿por qué no me fue a buscar? Si yo la pude encontrar, ella también debería haber podido.
Toushiro la observaba atento, era curioso, hasta de niña Hiyori nunca le había parecido tan frágil como en ese momento. Pero la conocía, si llegaba a querer darle un abrazo lo iba a golpear, lo llamaría pervertido y no volvería a contarle nada.
—Con saber que existía estaba bien, ¿sabes? No es mi mamá, no tenía asuntos con ella, no es como si le hubiese pedido que viniera a verme.
— ¿Ella…? ―cuestionó sorprendido, no esperaba ese giro de los eventos.
— ¿Crees que yo le contaría a mis padres lo que estaba haciendo? —Replicó, pateando el suelo para echarle tierra encima a su amigo, este rechistó molesto pero no dijo nada más—. Apareció justo cuando llamaron de la escuela para que me vayan a retirar, cuando llegué ya se había ido pero Kisuke y Yoruichi tenían tantas cosas que decirme.
El chico despeinó sus cabellos, ya tenía la costumbre de hacerlo cuando estaba nervioso y trataba de espabilar su mente para dar una respuesta apropiada, Hiyori guardaba silencio así que supuso que no le diría qué tipo de charla tuvo.
—Entonces…
—Me dijeron que si no soy feliz con ellos puedo irme con ella, ¿¡cómo se atreven a querer deshacerse de mí!? —la voz terminó por quebrársele y sintió su rostro arder, con un movimiento innecesariamente veloz giró su rostro para que no la viese llorar.
—Detente —dijo Toushiro mientras se sentaba en el columpio de junto, era todo el apoyo que le podía dar sin resultar herido—, te estás imaginando cosas, así que te detendré. Ellos creen que la buscaste todo este tiempo porque no eras feliz, ellos te aman tanto que están dispuestos a dejarte ir. O tal vez piensen que cuando te vayas vas a extrañarlos y volverás. Su pregunta fue muy considerada contigo, no seas tonta.
No pretendía regañarla desde un principio pero no pudo decir otra cosa. Sabía que soportaría sus palabras, el problema era si en su estado llegaría a entenderlo, Hiyori era muy cabezotas a veces.
La rubia se quedó callada un buen rato, aparentemente lidiando con todo el lío que tenía en la cabeza, hasta que finalmente lo empujó e hizo que se golpeara la mitad superior derecha del cuerpo contra la estructura del columpio. Soltó una maldición ante el golpe, sí que su amiga tenía fuerza; al menos creía que ya se encontraba bien.
—Gracias —dijo sin mirarlo, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano; él procuró alejarse por su propia seguridad y volvió al sube y baja—. ¿Algún avance con Momo?
Negó con la cabeza, la verdad no tenía ganas de hablar de eso. No estaba enojado con su amiga, estaba sumamente dolido, por no poder ayudarla, por no poder hacerle olvidar a ese tipo, por no poder decirle lo que sentía.
—El amor da asco.
— ¿Amor? ¿En serio a esta edad te atreves a catalogarlo como eso? No sabes lo que es el amor —le regañó la muchacha, haciéndole girar los ojos—. ¡Hey, a mí no me haces caras! —protestó lanzándole una zapatilla, lo que le hizo reír pues ya se estaba tardando.
—Y tú sí sabes lo que es, ¿no? Por eso no me dejas decir que así lo siento—retrucó, al fin el ambiente volvió a ser ameno—. Ahora que estamos en ese tema, ¿no hay algo que quieras contarme de ese tal Shinji? No pude sacarle mucho a Momo, solo sé que se conocieron en secundaria y te acosa constantemente. ¿Por qué nunca me dijiste de él? Hablamos por mensaje desde los once años.
—Oh, disculpa, guardaba el tema para una pijamada, mientras nos hacemos trencitas y hablamos de nuestros períodos —dijo molesta, ¿desde cuándo Toushiro se había vuelto tan metiche en su vida? Ella decidía si le quería contar o no, y Shinji no era algo relevante, o al menos eso pensaba en un principio. No pudo evitar sonrojarse al pensar en él, trató de mantener la calma para que su amigo no lo notara y se refugió en la oscuridad de la noche.
—Bien, no me digas. Quedémonos en silencio las próximas horas y ya —dijo él con simpleza, recostándose sobre el tablón.
Hiyori caminó hacia el otro extremo y utilizó ambas manos para bajar el tablón, haciendo que su amigo terminara en el suelo con gran parte de su blanco cabello cubierto de tierra. Recibió varios improperios mientras éste se levantaba, ella solo le indicó que se sentara y ambos comenzaron a subir y bajar como si fueran niños otra vez.
—Si me gusta o no, no importa. Él tiene novia, desde siempre podías verlo con un montón de chicas. Una más linda que la otra —comentó, en voz baja, pues ni ella quería escucharse—. ¡A él solo le gusta molestarme! Si me llego a hacer ilusiones…
El joven volvió a dar otro pequeño salto para elevarse, ni siquiera podía mirarla a los ojos, la verdad solo la estaba molestando y no quería hablar de ese tema, lo creía algo que debería hablar con Momo u otra chica pues él definitivamente no le podría dar un buen consejo. Tal vez era porque creció conociéndola o porque solo tenía ojos para Momo, pero en verdad Hiyori no tenía mucho atractivo femenino para él. No usaba maquillaje, no se depilaba las cejas, aunque por ser su tono rubio no se notaba tanto; seguía haciéndose el mismo peinado desde que tenía cinco años y la única vez que la vio usar una falda fue cuando los profesores le amenazaron con hacer una junta con sus padres. Suspiró, llamando sin querer la atención de ella, que por su mirada algo inhibida dedujo que quería una respuesta.
—Mira, en tres años ya no lo volverás a ver. No es como si fuera tu amigo más indispensable, solo dile lo que sientes y si no te acepta solo evítalo.
—Creo que hoy quedó claro lo que pasa cuando trato de evitarlo —dijo con un tono más molesto, recordando la escena que habían hecho en medio del pasillo. Ese maldito ya le había arruinado su imagen en el primer mes de clases—. Pero no, no quiero —soltó de repente mientras daba un fuerte salto que los desestabilizó a ambos, pero lo ignoró y continuó—, es que…—pareció meditar sus palabras un momento, aunque en realidad solo buscaba una excusa—, no quiero que sea él mi primer beso. Eso, Shinji es como mi amor platónico que…—miró a Toushiro a los ojos y con un tono amenazante le obligó a prometer que no le contaría a nadie de esa charla. Él accedió en silencio—…que siento que es para siempre, ¿sabes? Y no quiero besar solo a un chico en toda mi vida.
—Eso es estúpido —se burló él, festejando que de saltar rápido su amiga no tendría forma de golpearlo sin caerse del juego.
Ambos rieron luego de un rato, tuvieron que bajarse del juego cuando el celular de él comenzó a sonar, era Hyorinmaru algo alterado sobre su paradero, siendo ese el momento en que notó la hora que era. No le pareció que hubiera transcurrido tanto tiempo, pero habían sido más de tres horas.
—Ojalá las clases pasaran tan rápido —dijo Hiyori mientras recogía su bolso del suelo—. Espero que mantengas tu promesa de…
Los ojos color avellana se abrieron de par a par, se quedó paralizada un momento y luego atacó con todo lo que tenía; no podía creer lo que había pasado: Toushiro la besó.
— ¿¡Pero qué demonios te pasa!? —cuestionó con el rostro enrojecido, no sabía si por la vergüenza o por la ira—. ¡Pervertido!
—Ahora puedes ir tras él —contestó tranquilo el chico, como si nada del otro mundo hubiera pasado, sacándola de sus casillas, ¿es que acaso andaba todo el tiempo besando a chicas en los parques?—. Ya habrás besado a dos chicos en tu vida, y no será tu primer beso—, comentó elevando sus hombros, restándole importancia.
Eso último la dejó un poco anonada, en una forma muy extraña, él le estaba ayudando a dar un paso al frente y afrontar sus sentimientos. Escupió hacia él y se limpió los labios con su antebrazo.
—Qué femenina —se quejó, mirando asqueado la baba de su amiga pegada a su uniforme, definitivamente al día siguiente no podría utilizar esa camisa.
—Cállate —ordenó, golpeándolo nuevamente con su bolso—. Menos mal que el problema no era ser virgen o me habrías violado aquí mismo, pervertido.
—Ya, no me llames así —dijo empujándola, recibiendo la otra zapatilla en su cabeza como respuesta.
—Más te vale que vayas con todo por Momo, no te dejaré rendirte después de toda esta basura, pervertido.
Él no respondió, solo le alcanzó la zapatilla y ambos se fueron cada quien a su casa. Debía admitir que le había costado besar a Hiyori, también era su primer beso y pese a no admitirlo en voz alta quería que éste fuera con Momo, pero no encontró mejor solución para desafiar a la rubia, porque eso había hecho y lo sabía, en cuanto volviera a clases seguramente iría a decirle a Shinji lo que sentía. Sonrió, ojalá él pudiera hacer lo mismo con Momo, pero lamentablemente aún no tenía el valor suficiente.
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Hyorinmaru subió hasta su habitación para poner a cargar su celular. Se sentó en su cama y se quedó un buen rato en medio de la oscuridad y el silencio. Tobiume se había marchado hacía unos minutos y él ya quería ir a buscarla, pero no podía. ¿Cuántas veces habían tenido ya esa pelea? ¿Cuánto tiempo le llevaría a su prometida entender el daño que le hizo su padre? No pretendía que hubiera lados, pero ella prácticamente los había creado, y no estaba en el suyo.
Miró la luz de su celular encenderse y en la pantalla aparecía el nombre de su hermana, lo dejó ser, recostándose en su cama y tratando de ignorar la melodía. Ni siquiera podía consigo mismo como para estar cuidando de otros. Sin embargo, volvió a sentarse y cogió la llamada, no quería ser un hermano mayor pero lo era, por eso llamó a Toushiro para que volviese a casa, por eso les dejó la cena preparada a ambos antes de ir a sumirse en su propia miseria.
—Hola, hermanita.
No obtuvo respuesta del otro lado, solo se escuchaba una respiración algo turbada. Se preocupó, ¿acaso estaba llorando? ¿Necesitaría que la fuera a buscar?
—Sode, no hagas que me preocupe, ¿estás bien?
—Hola, Hyorinmaru-kun—. Tragó grueso, no esperaba escuchar esa voz que reconocía muy bien. No era como si su amistad hubiera acabado mal solo se habían distanciado con los años, pero le daba mala espina que esa voz saliera del celular de su hermana—. Créeme que estoy igual de sorprendido que tú, no tenía idea que fuera tu hermana…
—Sembonzakura, ¿ella está bien?
—Mírate nada más, hecho todo un hermano mayor—. Gruñó un poco al escuchar el tono tan burlón de aquel tipo hacia su persona, sobretodo que evadiera su pregunta. Su interlocutor pareció darse cuenta y contestó—: Está bien, solo que bebió demasiado y se desmayó. Tenía tu contacto como "Hermano" así que supuse que alguien me podría decir a dónde llevarla.
—Ya sabes dónde vivo —dijo algo tajante, necesitaba explicaciones pero primero estaba el bienestar de Sode—. Te espero, no tardes.
Colgó. Dejó su celular nuevamente en la mesita de luz y se echó hacia atrás, tumbándose sobre su cama. ¿Por qué ahora? ¿Por qué él? ¿Estaban saliendo? ¿Dónde se habían conocido? Cerró los ojos y dejó salir un suspiro cansino, tal vez no era el gran hermano mayor que creía ser.
Toushiro llegó a su casa luego de quince minutos, había caminado muy lento ya que necesitaba pensar qué haría con Momo, porque ella sí era una amiga importante para él y perderla solo por sus sentimientos era algo que no se podría perdonar, sin embargo el verla de la mano de otro hombre tampoco era algo que lo pondría feliz. Era complicado.
Subió para darse un baño y encontró a Hyorinmaru dormido en una postura muy incómoda en su cama, se veía cansado, cerró la puerta del cuarto para dejarlo descansar. Ya luego podría preguntarle qué ocurrió con Tobiume, pues no era normal escucharlo usar ese tono de voz y menos con ella.
Antes de entrar al baño escuchó que alguien llamaba a la puerta, bufó molesto pero al ser el único despierto, ya que asumía que Sode también estaba durmiendo, decidió ir a ver de quién se trataba. La imagen con la que se encontró lo descolocó un poco, los ojos de aquel hombre lo escudriñaban y por eso se apresuró a recobrar la compostura.
— ¿Eres su novio? —preguntó mientras se hacía a un lado para dejarlo entrar junto a su inconsciente hermana, no podía creer que por un momento se preocupó por ella, a quien no debería considerar más que una extraña. Rechistó por lo bajo, pero el hombre lo escuchó y volteó para sonreírle.
— ¿No me recuerdas Toushiro-chan? —cuestionó con una sonrisa, si bien no había intercambiado muchas palabras con él, Hyorinmaru siempre le contaba sobre sus travesuras—. Veo que…no has crecido nada.
El chico gruñó enojado, ¿quién se creía ese tipo? Ciertamente no lo reconocía, pero si estaba con Sode no debería conocerlo. Se puso un tanto a la defensiva, cosa que el mayor notó con facilidad, como la preocupación al ver a Sode inconsciente, al menos una de las preocupaciones de ella era injustificada.
—Asumo que Hyorinmaru-kun está ocupado, dile que Sembonzakura pasó por aquí. Te dejo el resto, Toushiro-chan —habló rápido, sin darle oportunidad a replicar nada, y así como vino se fue dejando al chico a solas con la inconsciente mujer.
Toushiro rechistó y la dejó sobre el sofá, de todos modos aunque quisiera no podría subirla por las escaleras y no despertaría a Hyorinmaru solo para que durmiera cómoda. Ahora que lo pensaba aquel tipo no le había dicho ni cómo llegó a ese estado, ¿y si estaba muerta? Negó con la cabeza, ¿era idiota, cómo podía pensar eso? Sin embargo, tuvo que acercarse para ver si respiraba. Al comprobar que no había un cadáver en la sala se fue hacia el baño para acabar el día con un buen baño.
Salió luego de media hora, se había tomado su tiempo, chequeó que Hyorinmaru se hubiera acostado y arropado correctamente, pues la noche se estaba tornando fresca, y luego fue por algo de comer a la cocina. Pasó por la sala varias veces, primero de ida hacia la cocina, luego cuando estaba por subir hacia su cuarto, y maldijo una y mil veces dentro de este. No podía dejar a esa mujer padecer frío, no porque le importara sino porque Hyorinmaru no se lo perdonaría.
Dudó un poco antes de ir a buscar la almohada y sábanas a la habitación de Sode, nunca había entrado desde su llegada, antes ese era el cuarto de su madre y le daba cierta curiosidad cómo lo habría modificado. Al ingresar notó un suave color celeste pintando las paredes, todo se veía muy pulcro y ordenado, tal vez la mujer era una persona con trastorno obsesivo compulsivo en secreto. Sacudió su cabeza para alejar cualquier pensamiento, no tenía permiso para estar allí, debía tomar lo que necesitaba y salir, aunque le diera pena desarmar aquella cama tan bien hecha.
Una vez de regreso en la sala no le fue muy difícil colocarle la almohada bajo la cabeza, pesaba pero era manejable, y luego solo la cubrió con la sábana, notando cómo Sode se acomodaba mejor en el sillón, poniendo una expresión más relajada. Frunció el ceño, no hizo aquello porque ella le importara sino porque su madre le había enseñado a tratar bien a las mujeres, nada más. Y con ese pensamiento en mente se fue a su cuarto, debía comer y dormir. Ya no había tiempo para los deberes.
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Sumomo llegó agotada a su casa, pensaba que al haber trabajado tanto tiempo para ese restaurante se le haría más fácil el conseguirse otro horario pero su jefe era un mal nacido, después de tanto fiel servicio éste solo le escupía en la cara que si no le gustaban sus horarios podía renunciar y buscar otro trabajo.
Fue hasta la cocina y notó que Momo había hecho de cenar, para ella sola, no había nada guardado. Tomó asiento, sintió su frustración aflorar y sus lágrimas hacer acto de presencia. En su vida todo había ido mal, pero cuando su hija nació pensó que al menos tenía una alegría por la cual seguir, a quien debía proteger y darle lo mejor, pero en algún punto se había equivocado. ¿Cuándo? ¿Cómo era posible que Momo hubiera caído en las manos de una persona tan horrible como esa? Que ni siquiera trataba de esconder su edad, sino que gritaba a los cuatro vientos que le gustaban las menores de edad. ¡Ella aún era una niña!
Vio sus lágrimas caer contra la mesa, sus ojos se volvieron a aguar y la nariz le picó. No, ella ya no era una niña, tal vez uno de sus errores era seguir viéndola como tal. Ya era una jovencita, sin un padre y…sin una madre, se pasaba tanto tiempo trabajando que no le prestó la atención debida a su hija, la dejó criarse prácticamente sola.
—Mamá…
No levantó la cabeza, sino que se giró hacia el respaldar para ocultarse y limpiar sus lágrimas, ¿cuán patética habría de verse en ese momento a los ojos de su hija? No era la mamá genial que creyó ser, sino un fracaso. Un sollozo involuntario salió de su boca y sin querer volvió a llorar.
—Mamá…—la voz de la menor se quebró, dejó el plato de comida que le había preparado sobre la mesa y se acercó a abrazarla. Ya no podía estar enojada con ella, sin importar cuánto amara a su Aizen-sama para ella su madre era más importante—…mamá, perdóname.
—No, Momo. Hija, perdóname a mí. Perdóname por nunca estar, por dejarte sola, por hacerte buscar amor en otro lado —dijo Sumomo abrazándola fuertemente.
Ambas se quedaron calladas un buen rato, hasta que las lágrimas desaparecieron. Sumomo acariciaba los cabellos de su hija, mientras que ésta le sobaba la espalda.
—Perdón por no poderte dar una mejor vida.
—Mamá, sé que no quieres escuchar de él, pero quiero que sepas que no lo busqué, nos encontramos. No lo amo por su dinero ni lo que pueda darme, lo amo por cómo me hace sentir. Y ninguna vida podría ser mejor de la que llevo aquí contigo —confesó. Su corazón dolía, había tenido que elegir, tal como habría tenido que hacer si se iba con Aizen-sama y ahora que lo pensaba no habría podido hacerlo—. Aún no quiero irme de tu lado.
La mujer estaba conmovida por las palabras de su hija, sin embargo no podía hacer la vista gorda a todo el tema, Momo estaba ilusionada y debía con cuidado guiarla por un buen camino.
—Si quieres estar con este hombre, está bien. Pero primero has como él, vive tu vida, termina tus estudios, conoce a otras personas y permítete mirar más allá de tu nariz —dijo pensando seriamente en cierto chico de cabellos blancos—, hay más personas que te aman tanto como yo.
La menor sonrió y pensó inmediatamente en sus amigos, en los Urahara, en los Hitsugaya. Todos ellos habían estado a su lado desde pequeña, Hiyori era una amiga muy importante para ella y ni hablar de su Shiro-chan…
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Tobiume llegó a su casa con sus ojos hinchados de tanto llorar y agitada por haber corrido las últimas cuadras. La ira se había disipado por el camino y dio paso a la tristeza y decepción, tanto de ella misma como del comportamiento de Hyorinmaru. A su parecer, seguía siendo un chico inmaduro que no podía dejar ir las cosas malas y ver el daño que le estaba haciendo a su familia. Porque sí, su padre pese a muchas cosas que hubo hecho seguía siendo su familia.
― ¡Santo cielo, hija! ¿Qué pasó? ―. Lefiya se acercó alterada y preocupada hacia ella, imaginando el peor escenario. Tobiume lo sabía, su madre siempre exageraba las cosas, pero al tratar de tranquilizarla lo único que salió de su boca fueron sollozos―. Está bien, descuida, ya hablaremos.
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Un chocolate caliente la esperaba ya fuera del baño, pero no podía apartar su mente de lo ocurrido. ¿Quién estaba bien y quién mal? Por primera vez contempló la posibilidad de estar equivocada.
Lefiya la miraba con atención, había pocas cosas que ponían a su hija en ese estado y por eso podía sentirse tranquila al descartar un hecho delictivo y/o una tragedia, quedándose con la tercera y más posible opción.
― ¿Quieres contarme qué ocurrió con Hyorinmaru? ― solo al mencionar su nombre consiguió la atención de la otra mujer, quien pestañó varias veces para evitar llorar, eso la hizo sonreír pues recordaba que cuando era más joven su hija solía llorar más y echarse a sus brazos a balbucear lo sucedido. Ahora, tomó asiento a su lado en la mesa y comenzó a relatarle lo ocurrido.
Una discusión, por el mismo tema de siempre: ella inmiscuyéndose en asuntos de otras personas, solo que ahora creía tener el derecho al estar próxima a convertirse parte de esa familia. Su madre la escuchaba atenta, estaba segura que le recriminaría desde la primera vez que se entrometió en aquello, fue cuando ambos tenían veintitrés años, más precisamente el año en el que él los cumpliría. Ella fue hasta la casa de su futuro suegro, no para simpatizar con él sino para decirle muchas cosas que tenía guardadas, pero no pudo porque se dignó a hacer algo que Hyorinmaru nunca hizo: escuchar. Escuchó la historia desde su parte, y era muy diferente a la que contaban su novio y su mejor amiga.
―Te dije que solo te estaba manipulando.
Las palabras de su madre no le gustaron, trató de mirarla con enfado pero no pudo, tal vez tenía razón. Ese hombre podía ganar muchas cosas teniéndola de su lado, pero si era todo parte de un plan malvado, ¿por qué la meta era ser una familia feliz con sus hijos?
―Ya te lo dije, ¿verdad? ―Lefiya volvió a tomar la palabra―, si un padre quiere ver a sus hijos ni el mismo fin del mundo lo impedirá. Podía estar enamorado de otra mujer todo lo que quisiera, de dos, de cuatro, cuantas fuere; pero no habría dejado a sus hijos a la deriva como lo hizo―. Sentenció, sin dejar paso a ninguna réplica por parte de su hija, quien no se atrevía a hablar pues respetaba el hecho de que su madre tenía más experiencia en ese campo que ella.
― ¿Qué debo hacer? ―preguntó calmada, viendo cómo su madre suavizaba su expresión. Se acercó a ella y acarició su rostro, apreciaba ese gesto, pero ahora necesitaba algo más que eso.
―Debes apoyarlo en lo que él decida. Hyorinmaru será la persona más importante del mundo para ti, que el cielo quiera sea para toda tu vida, a él le debes todo y viceversa, nadie más importa. Ni siquiera tu papá o yo.
― ¡Yo jamás los dejaría de lado a ustedes! ―se apresuró a decir, su madre le sonrió como respuesta.
―Y él lo sabe. Jamás te separaría de nosotros, por eso si él no quiere volver a ver a ese hombre, tú debes estar de su lado y acompañarlo. Es su decisión, no la de alguien más.
Luego de esas palabras su madre la consoló y secó el resto de lágrimas que salieron de sus ojos. Más tarde pidió estar sola para pensar así que fue a su cuarto, prometiendo llamar a su futuro esposo al día siguiente. Lefiya la vio irse, hacía tiempo aceptó que ya no era su pequeña y eso le llenaba el pecho de un orgullo doloroso.
―Que no la separará de nosotros y una mierda, el muy malnacido se la llevará a esa casucha vieja ―protestó Arata, quien había permanecido escondido tras la puerta de entrada―. Debo amenazar a ese imbécil sobre hacerla llorar, así la próxima puedo golpearlo con motivo.
El hombre detuvo sus quejas al ver que su mujer no le prestaba atención, se acercó hasta ella y la abrazó, tantos años juntos le hacían saber que estaba llorando. Se rió bajo al pensar que su esposa siempre fue así, fingía ser fuerte frente a todos hasta que quedaba a solas y se largaba a llorar, por eso le gustaba el estar ahí, porque ahora la palabra "sola" no tenía lugar en su vida.
―Al menos tendrá una casa grande…―balbuceó, aferrándose al robusto cuerpo de su esposo.
―Sí, sí ―concedió, poniendo una mano sobre su cabeza y acariciando sus cabellos―, ¿quién es la que no quería una casa grande porque debería limpiar mucho? ―le recordó, recibiendo un pequeño golpe en su espalda.
Ya habían pasado veintisiete años desde el momento que eligieron vivir allí, y treinta años desde que se conocieron y jamás volvieron a separarse. A veces la vida parecía ir muy rápido…
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Ese día había sido de locos para ella, ahora recostada en su cama y pensando en retrospectiva había muchas cosas que cambiaría, pero ahí estaba esa disyuntiva que la agobiaba en esa ridícula etapa de la adolescencia. Sabía que no debía echarle la culpa a nadie por sus decisiones, ni por sus acciones, por eso a veces se consolaba de que estaba siendo sumamente estúpida solo por ser adolescente, por el tema de las hormonas y los cambios en su cuerpo. Levantó el puño como tratando de golpear algo que no estaba allí y es que se sentía tan mal, no quería admitir que tal vez ella era así y por eso las cosas resultaban de esa forma.
Escuchó el sonido de las escaleras y se apresuró a voltear hacia la pared, fingió estar dormida para no tener que ver a sus padres a la cara, no podía, todavía se sentía una malagradecida por lo que había hecho. Pocos minutos luego, al escuchar la puerta del cuarto de junto cerrarse se sentó en la cama, mitad de su rostro fue iluminado por la luz del pasillo, Yoruichi siempre hacía eso desde que de niña le confesó que le temía a la oscuridad. Pero ya no, ya no creía en fantasmas o monstruos.
Apretó la sábana con sus manos, esos mínimos detalles la devastaban, ¿por qué no fue capaz de verlos antes?
― ¿No puedes dormir? ―. La voz de su padre la tomó por sorpresa, sus orbes avellana se dirigieron a la puerta y entonces notó que estaba allí aún con su tonto kimono verde que solía usar en la tienda, aunque le era extraño verlo sin el sombrero cuando llevaba ese atuendo. No contestó, simplemente elevó los hombros, no le salían las palabras. Él le sonrió. ―Vamos a dar una vuelta.
Tardó un momento en responder, le daba pereza cambiarse pero no quería seguir despreciando esos amables ofrecimientos. Ahora que lo pensaba…desde que cumplió once años que no aceptaba salir con él. Asintió, ya que no le salían palabras, sentía un nudo en su garganta. Se levantó y colocó un buzo antes de ir detrás de su padre.
Sentada en el asiento trasero de la vieja bicicleta de Urahara, con la vista de la gran espalda de su padre delante y su casa alejándose más y más por detrás, sintió miedo. Uno ridículo, se dijo a sí misma, ¿temía que la abandonara? ¿Qué la llevara con su tía y nunca más pudiera volver a verlos? Ni siquiera se había despedido de su madre, ¿le correspondía después de haberla hecho sufrir tanto? Sin querer un sollozo salió de su boca, sintió el ardor en sus ojos y el picor en la nariz, propio de cuando se está a punto de llorar. Frotó su rostro contra su antebrazo, ¡ella no lloraba!
Por su parte, Kisuke ignoraba totalmente el estado en que se encontraba su hija y más su dilema mental. De ser sincero diría que jamás llegó a entenderla, y es que era tan cierto lo que una vez le dijeron: "crecen muy rápido"; parecía ayer que la adoptó y hoy ya estaba en la preparatoria. Sintió que su pecho le dolía, era tan mal padre que si le preguntaban qué planes tenía su hija para el futuro no sabría contestar, nunca se lo preguntó porque pensó que tenía tiempo, por eso el pensar que ella quiso irse…le rompía el corazón.
Luego de unos largos minutos pedaleando, se detuvo frente a un puesto de helados que estaba abierto las veinticuatro horas, un amigo suyo trabajaba allí y quería apoyarlo. Hiyori bajó primero, no conocía ese lugar aunque creía que era tonto estar abierto a esa hora, dentro estaba completamente vacío, el dueño seguramente se iría a la bancarrota en poco tiempo.
Tomó asiento en una de las mesas de fuera, no quería sentarse dentro pues la brisa de la noche le ayudaba a controlar ese inevitable llanto que parecía querer salir, Kisuke entró a pedir sus helados; se preguntaba si sabía de qué sabor le gustaba, pues hacía años que no salían y tal vez lo había olvidado.
¿Y de quién era la culpa?
Apoyó sus brazos sobre la mesa y recargó su cabeza sobre ellos, esa jodida vocecita de la conciencia la estaba torturando. Kisuke…su padre…siempre trató de hacer cosas con ella, pero así como lo intentaba, lo apartaba. ¿Por qué? No lo sabía, de pequeña e incluso ahora aprendió a quererlo, pero no sabía expresarlo, primero por timidez y luego, tal vez, por orgullo. Quería hacerse la adulta, ¿pero qué adulto le niega una muestra de afecto a su padre? Lo único que había conseguido era comportarse más como una niña.
―Disculpa la espera ―dijo el rubio tomando asiento frente a ella. Le tendió un cono de helado con varias bochas, tres para ser precisa, con salsa de caramelo y trocitos de chocolate―. Espero que te guste.
―Sí, me gusta ―se apresuró a decir, sorprendiéndose al ver que las bochas eran de menta, vainilla y chocolate, sus favoritos. Vio la sonrisa de su padre, sonrió algo tímida pues no estaba acostumbrada a hacerlo. Siempre se comportaba agresiva y distante, pero esta vez quería compensar, aunque fuera un poco, aquellos años de rechazo. Tras pensar aquello apartó súbitamente su helado, para que las lágrimas no lo bañaran.
―Hija, ¿qué sucede? ―preguntó alarmado Kisuke. ¡Oh, por todos los cielos, la llevaba por un helado y la hacía llorar, era el peor padre del mundo! ―. Mira, sé trucos de magia ―se apresuró a decir, recibiendo un puñetazo en el rostro, ni siquiera le había dejado mostrarle algo.
―Perdón ―dijo Hiyori al tiempo en que se levantaba y lo golpeaba nuevamente, esta vez en el brazo―, perdón, ¡perdón, papá!
El hombre sonrió con cariño, a pesar de que el dolor en su nariz comenzaba a ser punzante, tomó a su hija en brazos y la apretó fuerte contra sí. Repitiéndole que no era necesario pedir perdón, que el trabajo de una hija era darle problemas a sus padres y el trabajo de los padres era ayudar a sus hijos a resolverlos. Juntos, como una familia.
Luego de una larga conversación a ambos les sorprendió el amanecer, se habrían quedado mirándolo de no ser por el llamado de una muy preocupada Yoruichi, quien despertó y no encontró ni a su hija ni a su marido en casa. Por suerte, Hiyori estaba suspendida y no debía ir a la escuela ese día, más bien esa semana, por lo que podría llegar y dormir.
― ¿Está bien si me disculpo con mamá? ―preguntó la rubia, agradecía que Kisuke no le restregara por la cara que ahora les estuviera llamando "mamá" y "papá".
―Si crees que debes hacerlo, hazlo. Pero no esperes que las acepte ―respondió el mayor, riendo abiertamente―, Yoruichi-san es más terca que tú y yo juntos.
Hiyori lo miró mal por un momento pero no le duró mucho, si bien no quería que ofendiera a su madre, el hombre tenía razón.
―Por cierto, no le digas que lloré ―pidió, tratando de sonar suplicante pero sin querer aquello pareció una amenaza.
― ¡Será lo primero que le diga! ―exclamó Urahara, sintiendo cómo Hiyori le daba un codazo contra su cintura―, ¡lo siento, por favor, deja mi espalda de viejo en paz!
Y así, ese amanecer se encontró con una Hiyori totalmente diferente.
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En otra parte de la ciudad, unos ojos color amatista miraban su reflejo detenidamente hasta que el sol golpeó el espejo y la hizo apartar la mirada, algo que había tratado de hacer hacía unos minutos pero le era imposible. Una de las cosas que la mantenía atada a la promesa que le hizo a su hermana era el gran parecido que tenían, a veces incluso se peinaba como ella y trataba de decirse a sí misma que ya no tenía que obligarse a nada, que era libre, que sea feliz. Pero las palabras no salían.
―Hisana-nee-sama ―susurró mientras miraba el amanecer―. Estoy cansada…―confesó, sintiendo las lágrimas juntarse en sus ojos al pensar en algo horrible―. Lo siento, pero estoy tan cansada…
En ese momento, lo único que deseaba era que alguien la detuviera, que alguien le dijera que todo iba a cambiar, que todo estaría bien. Pero esa mañana no había nadie que detuviera la desgracia.
Continuará…
No pensaba agregar algo así a la historia e.e ya veré cómo lo resuelvo, me resultó interesante, después de todo cuando se empuja tanto a una persona joven que vive en un ambiente familiar desconsiderado pueden pasar estas cosas. Anyway :3 espero que les esté gustando y perdón por tardar tanto xD el próximo cap comienza con la continuación de esta escena ;3
¡Ja-ne!
