NdA: ¡Y superamos la mitad del fic! Ya queda menos para el desenlace (de la primera parte).


CAPÍTULO XIII

VICTORIA


Le quiero. No entiendo por qué, ni cómo, ni desde cuándo. Pero le quiero —España


Estrecho de Gibraltar

Argel se cubrió con una capucha para protegerse de las violentas ráfagas de viento. El mar estaba cada vez más turbulento y en breve iba a desatarse una tormenta, lo cual significaba que tendría que permanecer en la península un día o dos más de lo planeado.

Maldijo a Otomano por enésima vez en lo que llevaba de día. Le entraban ganas de salir corriendo cada vez que pensaba que, si descubrían su identidad, acabaría linchado y, probablemente, en manos del temible Santo Oficio. Argel no era alguien que se asustara con facilidad, pero tampoco era estúpido y los relatos de los moriscos españoles le habían creado un sano temor por los inquisidores, a los que esperaba no llegar a conocer nunca.

Se repitió que nadie iba a reconocerle, que sólo tenía que hacerse pasar por un mercader más: el tráfico en el Estrecho era bastante habitual, ya que los españoles habían fundado bastantes presidios por el norte de África con los que solían comerciar. Llevaba varias telas en un par de fardos para hacerse pasar por un comerciante y practicaba para sus adentros el castellano, que Hayrettin le había ayudado a perfeccionar. Los rumores decían que su dominio del idioma se debía a que su madre era española, pero cuando Argel se lo preguntó, Hayrettin se había limitado a sonreír misteriosamente y a encogerse de hombros. «Quién sabe» le dijo con evidente diversión.

Encontró por fin la taberna en la que había quedado con Otomano y se apresuró a resguardarse del viento con un suspiro de alivio. Pero de inmediato arrugó la nariz: el aire estaba viciado, olía a vino rancio y a comida pasada, además de, constató con repugnancia, a humanidad. Con todo, se estaba mucho mejor que fuera.

Se frotó las manos con fruición para entrar en calor, mirando a su alrededor, esperanzado. Sin embargo, Otomano no estaba por ninguna parte. Con un humor de perros, tomó asiento en una mesa sucia y algo coja de una esquina, y cuando se le acercó el tabernero pidió algo caliente para comer. Fuera estalló la tormenta.

De no ser por Otomano estaría disfrutando de un buen masaje con algunas de sus chicas o relajándose en los baños. Pero no, estaba allí, calado hasta los huesos, en territorio de sus archienemigos, esperando a un idiota que se creía que por ser un Imperio podía hacer esperar a los demás indefinidamente. Desmenuzó el pan con los dedos y lo fue comiendo poco a poco, con una retahíla de maldiciones desfilando por su cabeza.

Una hora más tarde alguien tomó asiento delante de él.

—La paz sea contigo, amigo mío.

Sonriente, Otomano se bajó la capucha y se sacudió el chorreante pelo.

—Llegas tarde —le espetó Argel.

—Yo también me alegro mucho de verte —Otomano hizo un gesto al tabernero y pidió para beber—. Piensa que he tenido que caminar bajo la lluvia y tú estabas aquí, tan calentito.

—Dirás asfixiándome —le corrigió con una sonrisa socarrona—. No es que huela a rosas.

Compartieron una mirada cómplice. No todos los musulmanes tenían siempre a mano baños y, por ejemplo, en las galeras la peste no era muy diferente a la de un barco cristiano. Pero la costumbre de los politeístas de no lavarse se volvía insufrible en espacios cerrados como aquel. Ni siquiera podían abrir las ventanas para respirar algo de aire puro porque el violento viento que sacudía los batientes habría apagado las velas.

—¿Qué tal todo por tu casa?

Argel se encogió de hombros.

—Ya sabes, como siempre. Bien. Salgo muy a menudo con mi rey a cazar barcos —bajó la voz lo máximo posible y dijo con profunda irritación—. Pero seguimos sin poder utilizar mi puerto.

El tabernero trajo la bebida de Otomano.

—¿Me estás diciendo que todavía no os habéis desecho del presidio del Peñón?

—Ojalá fuera tan fácil. Pero están muy bien pertrechados y cada vez que intentamos acercarnos, esos castellanos de mierda usan los cañones para hundir los barcos… Nuestro puerto es inservible. ¿Sabes el daño que hace a nuestra imagen?

—Puedo imaginarlo.

Argel entraba en ebullición interna cada vez que pensaba en los españoles. Hacía más de veinte años, los castellanos instalaron una cadena de presidios en la costa norteafricana para controlar a las poblaciones musulmanas y su tráfico comercial. Argel se rebeló contra ellos, llamando al primer Barbarroja para que lo liberara de su yugo. No se trató de una experiencia que fuera a atesorar con cariño —es más, cada vez que pensaba en el hermano mayor de Hayrettin se le revolvía el estómago (1)—, pero ni siquiera entonces pudo desterrar a los castellanos del Peñón. Aunque ya no estaba subordinado a los cristianos, seguía teniéndolos encima. Casi podía imaginar a Castilla sonreír petulantemente cada vez que partían barcos para avituallar a sus hombres en el Peñón.

—Pero te aseguro que nos libraremos de ellos. Lo juro por Alá.

Otomano asintió y alzó su vaso:

—Porque sea así.

Brindaron y Argel se terminó lo que le quedaba de bebida. Después hurgó en sus ropas y le entregó varias cartas:

—Llegan muchos de parte de la Sublime Puerta y a la mitad tenemos que responder que no tenemos ni idea de dónde demonios andas. ¿Cuándo piensas regresar?

Argel nunca lo admitiría en voz alta, pero que Otomano desapareciera sin dar señales de vida durante meses le preocupaba. Hasta que el propio Otomano no decidía contactar con ellos, no había manera de comunicarse con él. ¿Y si le pasaba algo y no podían ayudarle? ¿Entonces qué?

—Mira cómo está el tiempo —Otomano señaló con un gesto de la barbilla las ventanas—. Ya no estamos en temporada de viajar. ¿Quieres que me arriesgue a naufragar?

—Da la casualidad de que controlas el norte de África, Arabia y Levante, así que puedes hacerte el caminito a caballo sin problemas.

Argel sonrió a su jefe. A ver cómo respondía a aquello.

—Me has pillado —soltó una carcajada—. Pero no voy a volver tan pronto.

El joven arqueó las cejas:

—Tiene que ser alguien excepcional para que te quedes tanto tiempo.

Otomano no contestó, se limitó a juguetear con los pergaminos atados con hilos de seda. Argel se volvió a preguntar vez quién sería la persona que lo retenía. Al principio creyó que se trataba de Granada. Era un buen tío, con cojones, aunque fuera demasiado señorito para su gusto. Pero ahora empezaba a sospechar que se trataba de un humano. Si no, Otomano no habría tenido problemas en decirle que se estaba viendo con uno de los reinos ibéricos, ¿no? Siempre había sido seductor y le gustaba llevarse muy bien con sus aliados, así que no le habría extrañado que le prodigara atenciones a Granada, que era bastante guapo.

Pero con tanto secretismo debía haber un humano metido por medio.

Gruñó para sus adentros. Que Otomano estuviera arriesgándose a acabar preso por un humano lo volvía todo más ridículo y frustrante de lo que ya era.

«¿Por qué se la juega así por un cualquiera?».

Si se hubiera encaprichado, incluso enamorado, de un humano de Anatolia o de cualquiera que viviera en bajo su dominio, no le habría importado. Era algo habitual entre los reinos; los sentimientos no se podían controlar. Pero Otomano estaba viviendo tan lejos de su hogar, todo por una persona insignificante que terminaría por desaparecer… Además, no era de los que se dejaban llevar. Él era quien arrastraba a los demás. Le irritaba pensar que alguien podía sorberle tanto el seso como para conseguir monopolizarlo.

De pronto éste alzó los ojos y le sonrió maliciosamente. Argel tuvo la sensación de que le había leído la mente y se sonrojó.

—Gracias por traerme todos estos mensajes. ¿Cómo te vas a apañar para volver?

—Tendré que esperar a que amaine la tormenta —carraspeó aparatosamente.

Otomano asintió y se guardó los mensajes.

—Entonces me quedaré contigo. Ya que estamos, quiero que me hables de cómo están las cosas. Últimamente no he podido estar nada al tanto.

—¿No me digas? —ironizó—. Quizás si me dijeras dónde demonios estás podría mandarte todas las noticias que fueran necesarias.

El otro se rascó la barbilla y asintió:

—La verdad es que te he llamado por eso. Pensaba que iba a quedarme menos y que no habría problema por estar incomunicado un tiempo, pero ahora necesito mantenerme en contacto con la Sublime Puerta. Estoy viviendo en Granada.

—¿Con… él? —inquirió, rehuyendo su mirada.

Otomano ladeó la cabeza, ensanchando su sonrisa.

—A veces veo a Granada. Pero no estoy con él.

Argel apretó los puños bajo la mesa. ¡Lo sabía!

—¿Te pasa algo?

—No. Sólo que no entiendo… —vaciló, pero Otomano lo animó con un gesto a continuar—, ¿por qué jugarse tanto por un… humano?

Otomano soltó una suave risa y Argel se sintió humillado porque supo que le estaba ocultando algo y que no se lo iba a decir por mucho que insistiera.

—Me alegra saber que te preocupas tanto por mí. Es enternecedor —dijo Otomano, dándole una palmada amistosa en el brazo—. Pero sé lo que me hago.

—Lo dudo mucho —Argel hizo una mueca—. Si lo supieras no estarías aquí y te volverías a casa, donde nos eres útil a todos.

—¿Cómo sabes que lo que estoy haciendo no es útil? —rió Otomano.

Argel le fulminó con la mirada.

—¿Estás planeando algo drástico?

—No entiendo.

—Ya sabes, algo útil. Como cargarte al emperador.

Otomano se quedó mudo de sorpresa. Seguramente ni se le había pasado por la cabeza. Argel resopló y se pasó una mano por la cara.

—La verdad es que no creo que pudiera hacerlo. Entonces sí que correría peligro —musitó Otomano al cabo de un rato, pero mantenía una expresión ausente, como si se lo estuviera planteando con seriedad. Tamborileó los dedos sobre la mesa un par de veces y luego volvió a sonreír—. Te gusta pedir imposibles, ¿eh?

—Para ti no deberían serlo —se jactó Argel.

Pero en el fondo le alivió que Otomano tachara el asesinato del emperador como «imposible». Lo había soltado sin pensar e imaginarse a Otomano intentando matar a ese hombre le encogió el estómago. Eso que sería una locura.

—¿Dónde te alojas? —se incorporó, dispuesto a pagar la cuenta y largarse de ahí. Argel lo agradeció, porque el mal olor le estaba revolviendo el estómago. Incluso la torrencial lluvia era mejor opción que quedarse ahí.

—En una posada de mala muerte del puerto. No creas que hay mucho sitio para los dos.

—Bueno, algo se podrá hacer. No es la primera vez que vamos a compartir cama, ¿verdad? —y le dedicó una de esas sonrisas que desarmaban por completo.

Argel tragó saliva y se obligó a devolverle el gesto.

—Tenemos que ir con cuidado, ya han intentado asaltarme una vez.

—Si intentan hacernos algo con la que está cayendo, es que están mal de la cabeza. Vamos, antes de que se inunden las calles.

Otomano salió con resolución y Argel lo siguió calándose la capucha de la capa. La lluvia lo golpeó con fiereza, pero no le importó demasiado. La insinuación de Otomano le había creado mariposas en el estómago y sólo podía pensar en que, cuando llegaran a su habitación, los malos tragos del viaje iban a merecer la pena.


Noviembre de 1525, la Alhambra, Granada

—¿Crees que es buena idea?

España detuvo a su caballo y se volvió con una expresión de sorpresa. Era la primera vez que Sadiq se mostraba tan abiertamente remiso a hacer nada. Al menos delante de él.

—Sí, estoy seguro.

Sadiq arrugó el ceño, evidentemente en desacuerdo. España respiró hondo, intentando no ponerse nervioso. Llevaba planeando aquel día desde hacía semanas y no quería que todo se viniera abajo por los recelos, más que justificables, de Sadiq.

Sobre ellos se elevaban las imponentes murallas rojizas del palacio-fortaleza de la Alhambra, los pendones cristianos ondeaban en sus torres y se veían las diminutas figuras de los soldados montando la guardia.

—¿No es una locura meterme a mí ahí dentro?

—Si vienes conmigo, no —España sonrió de oreja a oreja, seguro de sí mismo.

—No, no lo entiendes. Me refiero a que Granada y Valencia podrían notar… que soy un reino.

La sonrisa de España vaciló, pero dijo:

—Granada no suele subir a la Alhambra, tiene su propia casa. Y cuando Granada no viene, Valencia tampoco lo hace —presionó suavemente los flancos del caballo, que echó a andar cuesta arriba—. Así que no te preocupes, nadie te dirá nada si vienes conmigo.

Sadiq todavía no estaba convencido, pero como España se alejaba lo siguió a regañadientes. Cuando llegaron hasta la Puerta de la Justicia, una antigua torre unida a la muralla que protegía la ciudad, y la entrada más importante a la Alhambra, los soldados que la guardaban les dieron el alto. España se levantó el sombrero para que pudieran verle la cara y luego hizo un gesto hacia Sadiq:

—Viene conmigo.

Más relajados, sonrieron y se abrieron a los lados para dejarles entrar, dándoles los buenos días. España miró a su compañero y musitó «¿lo ves?».

El aire frío de la mañana se concentraba en el pasillo quebrado, diseñado para ser defendido con eficacia sin demasiados soldados y, cuando salieron a la corraleta exterior, los caballos tuvieron que ascender por una rampa en la que solía esperar la caballería para acabar con quienes pudieran superar el pasillo. España siempre había encontrado fascinante esa combinación de elementos militares con la belleza del recinto.

Cuando dejaron atrás la rampa el mundo se llenó de colores. Incluso en otoño la piedra de la Alhambra relucía con una belleza hipnotizante, captando los débiles rayos del sol para teñirse de color rojizo; los caminos estaban salteados de hojas caídas y los árboles se teñían de castaño, preparados para la estación invernal. A todo ello se unía una explosión de olores a pino, a romero, a tierra mojada por la lluvia que había rociado Granada el día anterior, a perfume y a flores, que se cuidaban con mimo a pesar de que no era la época en la que florecían con su máximo esplendor.

Sadiq miraba a su alrededor con una mezcla de admiración y sorpresa, y España no pudo evitar experimentar una hormigueante sensación de orgullo.

—En verano y primavera es mucho mejor. Pero ahora también está precioso. Ven, vamos a los palacios.

—Espera, espera, ¿me vas a meter dentro?

España se rió.

—No te habría hecho subir sólo para dar una vuelta por fuera. He hablado con el marqués de Mondéjar (2) y me ha dicho que no hay problema con que ocupemos una estancia del palacio de Comares.

Sadiq le miró como si le hubiera salido otra cabeza.

—¿Quieres decir que nos vamos a quedar a dormir?

España frenó las riendas de su caballo, algo atribulado:

—Pensé que te gustaría la idea. Hace tiempo dijiste que te gustaría visitarla y… Y, bueno, la Alhambra es preciosa…

—No, con visitarla no tengo problema pero… —echó una mirada furtiva a su alrededor y luego se acercó a él y bajó la voz:—. Es muy arriesgado. Si nos descubren…

España volvió a reír:

—Oh, vamos, llevas casi un año aquí sin que te descubran. Y nadie te conoce. El único problema sería si estuvieran Valencia o Granada por aquí, pero ya te he dicho que no suelen subir.

Todavía no muy convencido, farfulló un «deacuerdoperonomegusta».

España le fue presentando los lugares por los que pasaban. Vieron la muralla de la alcazaba, tras la que se elevaban pequeñas columnitas de humo blanco, señal de que los soldados que vivían al otro lado con sus familias y que ejercían diferentes oficios como le de cocinero, talabartero, herrero, etc. conformando una diminuta ciudad, se preparaban para comer. Pero no se dirigieron allí, sino que emprendieron al trote hacia los palacios. Sadiq mantenía un aire sereno, pero no podía ocultar la admiración que se reflejaba en sus ojos, con los que devoraba todo lo que venía. España tenía que contenerse para no decirle: «pues tienes que verla por dentro».

Dejaron las monturas en manos de unos caballerizos aburridos y adormilados, atravesaron un patio y llegaron a la Sala del Mexuar. Allí Sadiq se quedó sin cuello de tanto mirar a lo alto y leer las inscripciones de las paredes, mientras España lo arrastraba hacia los arcos del oratorio que daban al este. Cuando Sadiq le preguntó si entendía las inscripciones de las paredes, sonrió tímidamente y miró al Mihrab mientras leía:

—«No seas de los negligentes. Ven a la oración». Me parece un sabio consejo.

—¿Tus padres saben que puedes leerlo?

Se encogió de hombros.

—Nunca se lo he comentado. Pero ven, quiero mostrarte muchas cosas.

Se cruzaron con numerosos criados, pero también con algún que otro noble o burgués. En todas las ocasiones España saludaba animadamente, intentando ocultar su nerviosismo, aunque lo cierto era que estaba tan contento de poder mostrarle a Sadiq una de las maravillas de su reino que ni siquiera estaba verdaderamente preocupado.

La Alhambra era una ciudad en sí misma, una fortaleza plagada de jardines por los que pasearse durante horas sumido en ensoñaciones. No era, ni es, un lugar que pudiera recorrerse en un par de horas. Había innumerables recovecos por los que perderse, callejones y estancias por las que dar vueltas y rincones en los que sentarse a tomar un breve descanso, rodeado de naturaleza.

De pequeño, aquel lugar se había convertido en un terreno abonado para jugar, y Andalucía y Castilla la Nueva habían sido sus grandes cómplices. No podía contar con los dedos de las manos la de veces que Castilla —la Vieja, como no dejaba de recordar jocosamente Andalucía cada vez que tenía ocasión—, había montado en cólera porque no conseguía encontrarlos cuando jugaban al escondite. Les llamaba a voces, cada vez más irritada, mientras se ocultaban en una habitación o en un jardín hasta que la risa les descubría. Luego se llevaban una buena reprimenda. Pero arriesgarse merecía la pena, en especial en las contadas ocasiones que Castilla se resignaba a unirse al juego.

Pocas veces había visto a su madre tan guapa como cuando correteaba tras ellos, con la aparatosa falda levantada, el peinado deshecho y las mejillas arreboladas por la risa.

Bueno, tal vez cuando estaba con su padre o con su hermano León.

Pero no todos los recuerdos eran agradables. Al pasar por el patio de los Leones rememoró a la pequeña Catalina, que había crecido en la Alhambra, pocos días antes de que se la llevaran a Inglaterra.

—¡Me moriré, no quiero que me dejéis sola, madre! ¡Por favor, no me hagáis marcharme! —sollozaba amargamente, abrazada a la reina, que no podía más que acariciarle el pelo y consolarla con palabras vacías. Porque Isabel, avejentada por el peso de los años y por las desgracias que se habían sucedido una tras otra, también sufría. Había perdido ya a dos hijos, entre ellos su adorado Juan, un nieto y las noticias de que Juana, heredera de su reino, estaba sufriendo trastornos de locura no habían hecho más que hundirla en la depresión.

La vida de Catalina no había mejorado mucho en Inglaterra, con tantos abortos que había experimentado, pero al menos tenía una hija sana y encantadora, según le había contado Carlos. Apretó los labios, sintiendo una súbita culpabilidad al pensar en Portugal y Castilla, tan empeñados en romper el compromiso con la pequeña María...

Suspiró y apartó esos recuerdos de su mente. No era el momento para ponerse melancólico.


—¿Esto es lo que creo que es? —preguntó Otomano.

—¡Sí!

Los baños del palacio estaban perfectamente conservados, iluminados por la tenue luz que descendía de los ventanales y de las pequeñas aperturas con forma de estrella. Un suave aroma llenaba las estancias, que establecían un recorrido básico: pasar por una sala de estar donde se dejaba la ropa, una sala fría donde ir mojándose y una sala templada desde la que salían pequeñas humaredas de vapor.

Otomano miró a España sin ocultar su sorpresa. Éste dijo con un aire travieso:

—La gente que vive aquí a veces los usa y los mantiene en buen estado.

—No me creo que los cristianos se atrevan a usar un baño musulmán. Es más, no me creo que lo usen para bañarse —rebatió al final.

España soltó una carcajada y se dirigió a un banco para quitarse las botas, las calzas y el resto de la ropa con rapidez.

—Le he pedido al marqués, como favor personal, que no entre nadie hasta dentro de dos horas. Pero tampoco tenemos todo el tiempo del mundo.

Otomano le siguió mientras su cabeza trabajaba a toda velocidad. Por una parte no terminaba de creer que fuera a poder bañarse sin tener que ir a escondidas a los baños que todavía se usaban en Granada —cada vez eran menos, los moriscos preferían mantenerse alejados para no revivir la hostilidad de los cristianos—. Por otra, le parecía encantador que España se las hubiese apañado para reservar el baño para ellos dos solos. Pensó en todas las implicaciones que tendría bañarse allí y sintió un delicioso golpe de calor en las ingles.

España entró primero a la sala del agua fría, donde había un par de piletas llenas de agua templada para lavarse el cuerpo. Otomano se fijó en un ancho banco de madera y España explicó que ahí solían tumbarse los bañistas en la época del emirato para que les dieran un masaje, aunque él ya lo había supuesto.

—¿Y ahora?

El chico se encogió de hombros.

—¿Quieres que te de un masaje? Soy bastante… bueno —Otomano sonrió de oreja a oreja.

España se ruborizó un poco, pero negó con la cabeza.

—No. Quiero darte yo un masaje. En la sala de vapor.

Otomano silbó y se dejó llevar hasta la sala, donde tomaron asiento en un par de bancos. Hacía mucho calor y en seguida empezaron a sudar. Exhaló un suspiro de satisfacción; hacía mucho que no se metía en ningún baño como Alá mandaba.

Se recostó bocabajo, dejando que España se montara a horcajadas sobre él y le hundiera los dedos en los músculos de la espalda. Gracias al sudor y la humedad, resbalaban por su piel con bastante facilidad y le recorrían la columna vertebral con una sinuosidad casi indecente.

—¿Has estado practicando? —quiso saber, divertido.

—Alguna vez he dado masajes a mi familia —España recorrió con los pulgares su cuello, provocándole un involuntario estremecimiento de gusto—, pero sí. He practicado un poco con Granada y Valencia —reconoció tímidamente.

Otomano se preguntó qué querría decirle España que requiriera una preparación tan metódica. Porque la visita a la Alhambra, el baño, todo tenía un objetivo. Pero no sabía cuál.

Cuando se estaba quedando adormilado, el chico lo llevó hasta la gran bañera, llena de agua. Otomano arqueó varias veces las cejas y le preguntó si sabía lo que implicaba bañarse juntos. No supo determinar si España estaba más rojo de lo normal por la vergüenza o por el calor. En cualquier caso, cuando se hundieron en las refrescantes aguas, Otomano se lo atrajo por la cintura y le susurró en el oído:

—Te dije que hacerlo en el agua era muy divertido, ¿verdad? —le mordisqueó el cuello.

—¡Pero no podemos hacerlo aquí!

—¿Me tomas el pelo? ¿Me has traído para que no hagamos nada? —se rió Otomano, acariciándole un pezón, y abriéndole de piernas para que se sentara sobre él.

—Nos van a escuchar —se quejó España—. Y tampoco tenemos mucho tiempo.

—Será rápido —le aseguró Otomano, besándole en la boca.

—Luego… en la habitación —le prometió España—. Aquí nos descubrirán seguro.

—No quiero —ronroneó Otomano—. Además, algo tengo que hacer con esto —, añadió, restregando su entrepierna contra la de España

Este farfulló unos cuantos insultos, pero no pudo disimular la reacción de su propio cuerpo. Echó un par de miradas furtivas hacia la puerta, como temiendo que alguien fuera a entrar de pronto, y hundió las manos bajo el agua para empezar a trabajar.

Otomano, encendido tras más de media hora de masaje y de tener sentado encima al chico, respondió con impetuosidad, devorando el cuello de España y apretándole las nalgas entre los dedos, buscando su entrada. Lo penetró bruscamente y notó cómo le clavaba las uñas en la espalda para reprimir un grito. Pero en seguida España comenzó a mover las caderas hasta imponer su propio ritmo. El agua entrechocaba contra sus pieles y resonaba atronadora en las amplias estancias, amplificada por el eco que rebotaba contra las paredes.

Tal y como había prometido, fue rápido. Se ocupó de que lo fuera, apurando el trabajo de manos hasta el final.

España se abrazó a él, con la respiración agitada.

—¿Qué te ha parecido?

—Sí que es diferente —admitió.

Otomano recordó sin ninguna dificultad que en la playa habían iniciado más de un juego y le bailó una sonrisa en la cara. Decidió que esa noche iba a enseñarle a España muchas otras formas de tener sexo «diferentes». Pero se lo calló de momento.


Pasaron buena parte del resto del día recorriendo los vastos jardines del Generalife y sentándose a escuchar el arrullo del agua de las innumerables fuentes que plagaban la Alhambra. Hacia el atardecer subieron a la torre de Comares; de las cuatro habitaciones, sólo una no estaba en uso, así que no pudieron recorrer el lugar donde antaño durmieron y amaron los antiguos emires de Granada. Pero desde la galería de arcos de su habitación pudieron ver la falda de las montañas, los cientos de casas y palacios que plagaban los pies de la colina y que absorbían la luz rojiza del sol.

España señalaba con un dedo las murallas y le explicó que la Alhambra era una fortaleza prácticamente inexpugnable:

—Ni siquiera los Reyes Católicos pudieron tomarla. No habrían conseguido entrar a menos que la población se hubiera muerto de hambre. Pero al final fue el emir quien les entregó las llaves…

Una escena pasó fugazmente por su cabeza y sintió una opresión en el corazón. Crispó los dedos en la baranda de piedra.

Sadiq, al verle palidecer preguntó, alarmado:

—¿Te pasa algo? ¿Estás bien?

Muy de vez en cuando, veía cosas que sus ojos nunca había contemplado. En esas ocasiones lo atravesaban sentimientos violentos, tan efímeros como un parpadeo, pero que dejaban unas sensaciones turbulentas a su paso.

Ahora, contra sus párpados, creía ver un ejército acampar a lo lejos, con pendones con la cruz en alto. Sentía dolor y rabia. Veía también caras llenas de desconcertadas, atemorizadas, rendidas. Y voces. No entendía, porque parecía que vinieran de muy lejos. Pero sí le llegaban los sentimientos, que solían sentarle como un puñetazo en el estómago.

Cuando abrió los ojos no vio más que las montañas de la Sierra Nevada. Las voces se habían esfumado.

—Sí, estoy bien —dijo tras exhalar un profundo suspiro. Se dio cuenta de que tenía la mano de Sadiq en el hombro y se sintió un poco mejor—. A veces veo cosas. Recuerdos, muy borrosos. ¿Nunca te ha ocurrido?

Sadiq apartó la mano y entrecerró los ojos con dolor, girándose hacia la ventana.

—Sí. Más de una vez.

España apoyó los codos en el alféizar y su mirada se perdió a lo lejos. Sabía perfectamente a cuándo correspondían aquellas escenas, que parecían sacadas de un sueño: a la caída de la ciudad. Al cerco de Isabel y Fernando.

No era difícil imaginar por qué Granada no quería pisar la Alhambra. No debía ser fácil ver los emblemas de los Reyes Católicos grabados en las paredes, las vírgenes encajadas en sus monumentos, ni pasear por el palacio en el que vivió sus últimos momentos de independencia.

Notó unos dedos firmes hundirse en su cabello. Sadiq le sonreía:

—No nos quedemos aquí. Todavía queda un rato antes de que anochezca y seguro que quieres mostrarme más cosas.

Cenaron con el marqués de Mondéjar, que les preparó un banquete digno de reyes. Por las miradas sorprendidas de Sadiq, España dedujo que le sorprendía no encontrar ni un plato con carne de cerdo. Mondéjar pertenecía a los Mendoza, una de las familias españolas más condescendientes en cuanto a religión se refería. Sólo había necesitado un comentario sutil para dar a entender que a su invitado no le gustaría que le sirvieran cerdo. A cambio, hubo patas de cabra, cordero, diferentes platos moriscos sazonados con fuertes especias, vino, leche endulzada, agua aromatizada y bollos aderezados con miel como postre. España devoró todo lo que le pusieron por delante, dejando que Sadiq respondiera a las preguntas del marqués y admirando la labia que tenía para desenvolverse en cualquier situación: en cuestión de minutos se había camelado hasta el tuétano de los huesos a su anfitrión, que le prometió que las puertas de la Alhambra siempre estarían abiertas para un invitado tan distinguido.

—Mi señor, España me ha comentado que la Alhambra es inexpugnable. ¿Es eso cierto? —preguntó con una sonrisa encantadora.

—Desde luego que lo es. Supongo que habrás visto que todo el camino está expuesto a las murallas; sólo unos cuantos escuadrones de arcabuceros y un ejército quedaría diezmado. Eso sin contar con la defensa de las murallas y la resistencia de las puertas. Sí, es imposible entrar por la fuerza a menos que haya una traición.

Sadiq asintió silenciosamente.

—Y ya veo que tenéis todo un pequeño ejército acantonado dentro de la ciudad.

El marqués sonrió:

—No tenemos intención de dejar que nos quiten la Alhambra.

España masticó con lentitud su trozo de pan. No era difícil imaginar de quién tenían que proteger la fortaleza.

—¿Y los emires no tenían caminos secretos por los que salir? —inquirió.

—Parecéis muy interesado por las formas que existen de entrar —el marqués arqueó una ceja.

—He visitado muchos palacios como este en el norte de África —respondió Sadiq con una enorme sonrisa—. Pero nunca había visto uno tan impresionante. Simplemente es curiosidad.

—Ya… —no parecía muy convencido.

—Don Íñigo —intervino entonces España—, os aseguro que mi amigo es un adicto a las fortalezas. Cuando estuvo en Córdoba me obligó a recorrerla también palmo a palmo. Le gusta mucho dibujarlas para darles realismo —añadió, pensando en los preciosos dibujos que había encontrado una vez en la habitación de Sadiq.

—Oh, ¿así que os gusta investigar las fortalezas? —el gesto del marqués era cada vez más tenso y España se preguntó si no habría metido la pata.

—Puedo haceros una representación para mañana, mi señor —ofreció Sadiq con galantería—. Tengo ya una pequeña colección, no sólo de las de este bello reino —y le guiñó un ojo a España—, sino también de Italia y ciudades como Argel.

—¿Argel? —el marqués se inclinó hacia delante, interesado.

—¿Os gustaría que os mostrara alguna, mi señor? Estoy seguro de que os interesaría saber cómo viven los valientes acantonados en el Peñón.

A partir de ahí la conversación recuperó un tono más alegre y España suspiró con alivio. Por un momento había temido que don Íñigo pensara que Sadiq era un infiltrado de los rebeldes.

Frunció el ceño y sacudió la cabeza, obligándose a despachar sospechas infundadas.


—¿Por qué tenías tanta curiosidad por las murallas?

Otomano suspiró mientras se quitaba el cinto y se deshacía del jubón. Les habían dado dos habitaciones en el patio del Mexuar. No había grandes vistas, pero desde luego era un lugar apacible y tranquilo, justo lo que necesitaban. Cuando los criados se retiraron, Otomano se había metido en el cuarto de España. Había una cama amplia y mullida, un elegante y amplio armario, una mesa con un candelabro y una jofaina y una palangana.

—No puedo evitarlo, deformación profesional.

—¿Es que quieres invadir la fortaleza o qué?

—Quiero invadirte a ti, ¿vamos a centrarnos o mejor lo dejamos?

Estaba a punto de anochecer y el contraste de las sombras le impidió ver que Antonio estaba completamente sonrojado. Lo que le había sugerido era algo tan inusual para él que le parecía vergonzoso. Pero al final, después de mucho insistir, había terminado por ceder.

—Dame las manos.

Se las tendió de mala gana y dejó que se las atara con el cinto. No apretó mucho, pero sí hizo un nudo firme porque sabía que iba a tironear.

—¿No me quito la camisa?

—No. Será más divertido así —le aseguró.

Antonio se había sacado las calzas y tenía las piernas desnudas, de modo que lo único que le cubría era aquella camisa blanca.

—¿Me dirás por qué tienes tanta curiosidad o no?

—Porque soy un cotilla sin remedio y me gusta husmear allá donde voy —lo tumbó con suavidad en la cama y gateó por encima de él, levantándole las manos por encima de la cabeza. Sabía que preguntaba porque estaba nervioso, pero también había notado que había cierta suspicacia en su tono, pero no le concedió mucha importancia. En cuanto se pusiera manos a la obra le haría olvidarse la conversación. Ató los extremos de la cuerda al cabecero—. A ver, tira. Un poco he dicho, no vayas a romper la cama. ¿Te aprieta? ¿Un poco? Bueno, un poco tiene que apretar.

—No estoy seguro de querer hacer esto —soltó una risilla nerviosa.

—Créeme —descendió hasta apoyar las manos a ambos lados de su cara y se inclinó para darle un beso—, me vas a suplicar que vuelva a hacértelo.

Antonio respondió rodeándole la cintura con las piernas y atrayéndolo contra sí. Otomano le cogió por la barbilla para dejar al descubierto el cuello, que recorrió con los dedos. Hizo descender las manos por el pecho con lentitud. Antonio tensó los brazos en un acto reflejo. Le frotó los pezones a través de la tela y los mordisqueó con suavidad hasta que dejó la camisa húmeda; después le acarició los antebrazos con tanta ligereza que lo hizo reír.

—¡No me hagas cosquillas!

—Se supone que puedo hacerte lo que quiera —respondió besándole el pecho y delineando sus caderas—. Mira lo que tenemos aquí —dijo al bajar la vista y ver el bulto entre las piernas—. ¿Ves como es efectivo? Al final resultará que te guste que te aten —le dijo al oído.

—Me gusta que me toques, no que me… —pero no pudo terminar la frase, porque Otomano le había levantado la camisa y comenzaba a acariciarle la curva del estómago. Antonio se retorció un poco—. ¿Es que sólo vas a tocarme… así?

—Paciencia —se incorporó y le hizo pasar las piernas a ambos lados de su cadera. Le dio un pequeño cachete en el trasero—. Si no te callas, te lo haré pasar mal —le prometió con una sonrisa maliciosa.

Como contestación recibió una mueca hosca. Pero pronto los quejidos del chico se convirtieron en gemidos ahogados. Fue lento, muy lento, porque quería deleitarse con todas y cada una de las partes de su cuerpo expuesto. Le subió y arremangó la camisa por encima de la cabeza, y besó, mordió y lamió su pecho, el estómago, el cuello, los labios. Antonio se arqueó con un suspiro buscando el contacto físico, pero Otomano se negaba a masturbarle, por mucho que moviera las caderas de una forma tan turbadora.

Se agachó entre sus piernas, recorrió la cara interna de sus muslos, lamió la ingle izquierda con la lengua. Antonio tenía las piernas tensas y completamente abiertas. Le miraba, apoyado en la almohada, con una mezcla de enfado y ansiedad, con los labios entreabiertos y el pecho agitándose a toda velocidad. Otomano tenía que hacer uso de toda su voluntad para no arrojarse sobre él y penetrarlo, a pesar de que el cuerpo se lo pedía a gritos. Se acercó, por fin, su miembro y lo recorrió de la base a la punta con la lengua. Antonio se arqueó con un gemido.

—Ponte boca abajo —le ordenó.

—¿Qué…?

—Bocabajo —repitió con tranquilidad—. Y con el trasero bien alto.

Antonio obedeció como pudo y se puso de rodillas. Otomano sintió tal punzada de deseo que creyó que se corría en ese mismo momento. Pero resistió y se puso él mismo sobre sus rodillas para poder rozar su cadera contra el trasero de él, mientras estrujaba sus nalgas entre las manos.

—Díos mío…

—¿Te gusta? —le preguntó, reclinándose sobre él y presionando con su miembro. Una, dos, tres veces, y cada vez más rápido—. Venga, atrévete a decirme que no te gusta.

—Métemela ya —jadeó él con la voz ronca y una mirada febril.

—Primero dime que te gusta —cerró una mano en su miembro y lo masturbó con fuerza.

—¡Sí… Me gusta! ¡Dios, me gusta! —admitió con grito ahogado de desesperación. Otomano pensó, divertido, que no era muy diferente a obtener la confesión de un torturado, y le besó la espalda y cerró los dedos sobre sus pezones de nuevo mientras le mordía el cuello.

Entonces Antonio sufrió un par de espasmos. Otomano chasqueó la lengua, le levantó una pierna, arrancándole un quejido, y dejó a la vista el semen que empapaba las mantas.

—Pero qué chico más malo eres… ¿Cómo te atreves a venirte antes que yo, eh?

Se empapó los dedos y se los introdujo por la entrada. En el fondo era una suerte, porque no tenía nada que hubiera podido usar como lubricante. Antonio soltó un gruñido de satisfacción.

—Shhh. O nos escucharán. Se nos oye mucho en el patio, ¿lo sabías?

Antonio retorció el cuello para mirarlo con sincero horror. Otomano se rió y metió otro dedo. Antonio mordió la almohada cuando comenzó a penetrarlo. Cuando estuvo completamente dentro, Otomano empezó a embestir con rudeza, ya al límite de su resistencia. Sostenía al chico por las caderas y cada vez se movía más rápido, a medida que se acercaba al clímax. Entonces salió y lo obligó a darse la vuelta.

—Quiero que me mires cuando llegue al final —le susurró, robándole un beso profundo que los dejó a los dos sin aliento.

Lo embistió frenéticamente hasta que, de pronto, Antonio dejó de moverse y las paredes de su entrada se cerraron de pronto con tanta fuerza en torno a su miembro que Otomano se vino sin querer.

Cuando le miró, comprobó, que Antonio no le estaba prestando atención, sino que miraba hacia la ventana. Otomano trató de escuchar, pero su propia respiración de lo impedía.

De golpe, la entrada se volvió a cerrar y esta vez pudo ver cómo se le demudaba la expresión.

—¿Qué pasa…?

Sonó un chasquido. Antonio había separado las manos, rompiendo el lazo y, acto seguido, le rodeó la cintura con los brazos. Cuando quiso darse cuenta el chico lo levantaba prácticamente en volandas. En un parpadeo estaban los dos junto al armario, Antonio abría la puerta y lo metía dentro de un empujón.

—¡Silencio, y no salgas! —le susurró, antes de cerrar y dejarlo a oscuras.

—¡Antonio, ¿pero qué haces…?! —hubo un fuerte golpe en la puerta de advertencia y Otomano, indignado, pegó los labios.

El armario, por suerte, no estaba lleno y pudo sentarse más o menos entre los ropajes, claramente incómodo. Trató de no moverse y aguzó el oído.

—¿Mi señor España? —preguntó una voz infantil.

—Un momento… —escuchó cómo se abría la puerta.

—Disculpe las molestias, pero Don Íñigo me ha pedido que le diga que mañana partirá pronto y que no podrá cenar con ustedes.

—Ah. Ya. ¿A dónde va? ¿Y no podías decírmelo por la mañana? —sonaba profundamente irritado.

—Eh, yo… Lo siento…

—Perdona, no quería hablarte así —un suspiro—. Es que estaba… ocupado.

—Sí, señor. Dice que su hermano le ha enviado un mensaje y tiene que partir inmediatamente. Ha dado orden a los guardias para que os obedezcan en todo hasta que os marchéis, y deja a su esposa a vuestra disposición por si necesitáis algo.

—Dile al marqués que le deseo un buen viaje y que espero volver a verle pronto.

Las pisadas se alejaron rápidamente. Tras unos instantes, la puerta se abrió y apareció Antonio, vestido apresuradamente con su jubón y los pantalones mal puestos.

—Déjame decirte que estás impresionantemente fuerte —le dijo Otomano con una media sonrisa. Había roto el lazo casi sin pestañear y luego lo había llevado a través de la habitación con un solo brazo. No estaba nada mal.

—¿Entonces la próxima vez me dejas atarte a ti? —sonrió ampliamente.

Otomano se fijó en que se le habían quedado marcas en las muñecas, pero supuso que el crío que había venido a interrumpirles no se había dado cuenta. O si lo había hecho, no había comentado nada. Salió de un par de pasos ágiles, lo abrazó por la cintura y le besó la marca de las cuerdas.

—Ni lo sueñes —lamió con lentitud, clavándole los ojos, y le dedicó una sonrisa traviesa—. Y ahora, ¿podemos terminar con lo que habíamos empezado? No sé tú, pero yo tengo fuerzas para una segunda ronda…

Antonio le sonrió, algo sofocado. Trastabillaron, abrazados, hasta dejarse caer sobre la cama. Esta vez pudieron llegar hasta el final sin interrupciones.


Cuando Otomano se despertó, lo hizo sintiendo una acaricia en la mejilla. Entreabrió los ojos. La luz mortecina del amanecer se colaba por la ventana e iluminaba tenuemente la habitación. Hacía frío: la parte de su espalda que no estaba cubierta por la manta estaba congelada.

Antonio se había arrodillado al lado de la cama y le miraba con una expresión de ternura, apoyado en una mano. Con la otra le apartaba el pelo de la frente. Pero al ver que Otomano se había despertado, apartó los dedos.

—Buenos días... —murmuró.

—Buenos días —dijo Otomano—. ¿Qué estabas haciendo?

—Mirarte dormir.

—Tiene que ser algo muy aburrido. ¿Llevas mucho?

—No demasiado —reconoció y esbozó una sonrisa tierna—. Pareces mucho más joven cuando duermes, ¿sabías?

Suspiró con un vago sentimiento de resignación. No le gustaba que lo vieran vulnerable. Pero, para su sorpresa, descubrió que si era Antonio no le importaba tanto.

—Y tú pareces un bebé, todavía se te cae a veces la saliva.

Antonio se rió, algo azorado, y se encogió de hombros. Otomano extendió una mano y le acarició una mejilla. Antonio la apretó y se la besó.

—¿Sabes una cosa?

Trató de sacudirse la modorra de encima, imaginando que le iba a contar por fin por qué había detrás de todo aquello. Pero se estaba demasiado bien en la cama, le pesaban los párpados. Habría podido dormir durante años…

—No puedo saberlo si no me lo dices.

Estaba muy guapo, con el pelo revuelto, el cuerpo prácticamente desnudo a excepción por en la que se había envuelto al salir de la cama, y esos grandes ojos verdes brillantes por la emoción. De repente se le antojó algo más maduro, algo más dueño de sí mismo. Tal vez fuera por la sonrisa, tan luminosa pero natural y tranquila al mismo tiempo.

—Te quiero.

Los ojos de Otomano se abrieron como platos.

—¿Qué…?

—Te quiero —repitió mirándole fijamente—. Te quiero.

Otomano se incorporó con la boca entreabierta. Tuvo la sensación de que un puño le aprisionaba el corazón y de pronto le costaba respirar. Antonio continuaba sujetando su mano contra la cara. Le acarició con el pulgar, aturdido.

—¿Sabes lo que estás diciendo?

—Llevo queriendo decírtelo desde hace mucho. No estaba seguro de cómo hacerlo, pero tenía que contártelo antes de que me volviera loco —reposó la cara contra la palma de su mano, cerrando los ojos al recibir la caricia—. ¿Me quieres tú también?

Se le formó un nudo en la garganta y las palabras no acudieron a su boca cuando trató de responder. Se había quedado en blanco.

España estaba esperando. Al final consiguió susurrar:

—…sí. Sí —repitió con más decisión.

La expresión de Antonio se iluminó y se abrazó a él con fuerza. Otomano lo recibió con aturdimiento, casi sin sentirlo. El chico reposó la cabeza contra su pecho.

—No sabes lo feliz que soy ahora mismo.

Otomano no respondió, pero le hundió los dedos en el cabello y le besó la frente.

Sentía un júbilo desconocido en el corazón. De repente la habitación le parecía cálida, escuchaba los pájaros cantar en el exterior con una melodía olvidada durante décadas y notaba cómo sus sentidos se despertaban, se expandía. El tacto de la piel de Antonio bajo sus dedos, la suavidad de su pelo, el calor de su respiración contra el pecho.

Lo percibía todo con una claridad desconcertante, abrumadora.

Durante minutos, se dejó arrastrar por aquellos sentimientos desbordantes, por esa felicidad que le llenó por dentro.

Y luego, todo se terminó tan súbitamente como había empezado.

Antonio se había adormilado sobre él y descansaba con una sonrisa de alegría. Otomano, en cambio, se sentía como si le hubieran atravesado el corazón y apretó los labios.

Debería estar contento. Aquello era lo que había estado buscando. Ya tenía toda su confianza. Era suyo.

Pero saberlo no le hizo sentir que hubiera alcanzado una victoria. Al contrario, le dejó un profundo regusto amargo en la boca.

¿Era eso lo que estaba buscando?

Lo pensaba y daba la impresión de que sí. Todo su trabajo se había centrado en ganarse su cariño, su amistad.

Pero, ¿su amor?

Otomano acostó delicadamente a Antonio, lo cubrió con la sábana y se apoyó contra el respaldo de la cama. Se pasó una mano por la cara y lo miró dormir plácidamente. Su corazón se estremeció y volvió a acariciarle con cariño, con dulzura.

No, no había ido a buscar su amor, pero lo había conseguido.

Ahora la pregunta era si se había enamorado él también. Pero no tenía una respuesta.


14 de enero de 1526, Alcázar de Madrid

Francisco paseaba nerviosamente por los aposentos que se habían convertido en su jaula desde hacía meses. La opresión que lo acompañaba desde que lo arrastraron a aquel rincón olvidado de la mano de Dios comenzaba a evaporarse. Casi podía paladear el sabor de la libertad.

Fuera nevaba copiosamente y la nieve se acumulaba en el alféizar de la ventana, y se acertaba a ver las tenues luces de una o dos mansiones. Por lo demás, todo estaba más oscuro que la boca de un lobo.

Estiró los brazos a los lados y sonrió antes de volverse hacia sus hombres. Todos de sangre noble, todos capacitados para confirmar la breve pero decisiva nota que llevaba a buen recaudo en un bolsillo.

—Bien, mis señores, creo que es el momento de que nos separemos. Me gustaría celebrarlo con una buena cena, ¡y vino!, pero no podemos llamar la atención.

—Majestad —se inclinaron con reverencia y esperaron a que les dieran orden para marcharse.

El rey los despachó con un gesto y se sentó en una cómoda silla, a cuyos pies había un brasero que calentaba toda la habitación. Cuando fue a quedarse solo, alzó la voz y llamó al último hombre:

—Marigny (3), quédate un minuto.

—¿Majestad?

Esperó a que se cerrara la puerta y Francisco sacó un pequeño sobre de un libro, que a veces leía cuando no tenía nada mejor que hacer en ese encierro que había estado a punto de volverlo loco.

—Me has servido fielmente, así como has servido a Francia. Ahora he de pedirte un nuevo favor.

—Estoy a vuestras órdenes, majestad.

—Entregarás este mensaje a la reina Luisa —le mostró el sobre—. Y también este anillo —extendió los dedos y se sacó un hermoso anillo coronado por un rubí que utilizaba para sellar documentos. Puso ambos en manos de Marigny—. Han de llegar juntos, no puedes perder ninguno. Lo más seguro será que los guardes en lugares diferentes. Mi señora madre ha de recibirlos y ha de quedarle muy claro que ese anillo tiene que llegar al destino que especifico en la carta. ¿Comprendes?

—Sí, majestad —guardó ambos objetos bajo su capa—. Os prometo por mi vida que llegarán intactos a las manos de la reina regente.

—Bien, amigo mío.

—¿Deseáis que me lleve también el otro documento? —inquirió, bajando la voz.

Francisco se lo pensó un momento y luego negó con la cabeza.

—Hemos firmados tres diferentes, prefiero quedarme con uno de ellos por si acaso. Nunca se sabe, el emperador es el hombre más imbécil que he conocido, pero sus servidores no, por desgracia. Prefiero tener un salvoconducto.

Marigny partió apresuradamente. Entonces Francisco volvió a sentarse con lentitud. Notaba un vacío en el dedo donde había llevado siempre el anillo, pero era una pérdida necesaria. Tocó de nuevo el bolsillo donde guardaba aquel documento que salvaría a Francia y sonrió con satisfacción.

Esa mañana había firmado un tratado por el cual, oficialmente, establecía la paz con el emperador, cedía sus derechos en Italia, Borgoña, Flandes, Artois… Y juraba no volver a prestar apoyo a las pretensiones del autoproclamado rey de Navarra.

Casi se había reído al estampar su firma.

Poco después redactó un breve documento en el que notificaba que el Tratado era inválido, pues le habían obligado a aceptarlo contra su voluntad, amenazándolo con el encierro perpetuo, e hizo firmar a todos los hombres que lo acompañaban como testigos.

—Hay que ser muy idiota para pensar que nadie va a resignarse algo así —dijo para sus adentros. Pero ya había comprobado que Carlos era un hombre muy cándido. Por suerte.

Había tenido que comprometer a dos de sus hijos y tendría que desposarse con la esposa de aquel hombre, pero todo precio era poco si a cambio podía regresar a París y siempre había mujeres dispuestas a abrirse de piernas para él.

No, lo que de verdad le importaba era que Carlos era hombre de palabra. Por tanto, no podía quedarle mucho para volver a ser libre.

Y entonces… Entonces terminaría la guerra de una vez por todas.

—Y puede que cuente con un aliado que no te esperas, Charles… —se sirvió una copa de vino y la saboreó en los labios.

Sabía a victoria.


(1) El primer Barbarroja, Oruch, que sí tuvo la barba roja, se estableció con sus piratas en Argel y otras tantas ciudades norteafricanas. En Argel en particular la tensión llegó a ser tal entre los ciudadanos y los piratas que hubo una rebelión en la que los argelinos y los castellanos del Peñón se unieron para expulsarles. Pero Oruch consiguió reprimirla y organizó tal represión que subordinó a la ciudad de Argel a base del miedo. Tras su muerte, su hermano Hayrettin se instaló en el trono y parece que gobernó con mucha más benevolencia.

(2) Íñigo López de Mendoza y Figueroa. Fue el alcaide de la Alhambra después de su padre y el capitán general de Granada. Los Reyes Católicos otorgaron este puesto a los Mendoza tras la toma de Granada.

(3) El nombre escogido es completamente aleatorio, ya que no se sabe quién fue el mensajero que acudió a la Sublime Puerta. Es más, es muy posible que el que llevara el anillo y el que muriera asesinado en Bosnia, camino del Constantinopla, no fueran el mismo.