No actualicé la semana pasada porque tenía mucha tarea, pero por suerte, la semana que viene es la ultima que tengo de clases y luego seré libre. Y mañana comienza el pridecember, espero tener preparados muchos fics junto con mi beta para darle la bienvenida al mes de este ship. Por ahora, disfruten este cap.


Yo no inventé YGO ni sus respectivos personajes


Una cálida respiración rozaba su piel, ese sonido y aroma se sentían tan familiares, que sonreía aun con sus ojos cerrados. Podía encontrar el hogar en ese calor que lo abrazaba junto con el canto de los pájaros que quizás volaban alrededor de la ventana. Las sabanas frescas y la sensación de tener ese cuerpo aferrado al suyo, causaba que su corazón se tranquilizara.

Hacía tanto que no había dormido tan bien, casi como sí…

Hubiera regresado a casa.

Abrió sus ojos lentamente, parpadeando por unos segundos hasta que su vista quedara completamente limpia. Frente a él tenía al rostro de su hermano mellizo, tan sereno y dormido. Pudo reconocer inmediatamente por el cómodo colchón y almohadas que estaba en la cama de Seto Kaiba, a veces tardaba en darse cuenta de que vivía en una mansión de tortura, pero a los pocos segundos se le pasaba. Era bastante consciente de donde estaba.

Aun así, regresó a su infancia por unos segundos al ver a Yuugi abrazado a su pecho, durmiendo plácidamente.

Acarició sin problemas el cabello de su hermano, logrando que este despertara a pasos lentos, mirando a Atem sonreír como sí todo su sufrimiento se hubiese desvanecido. No, no recordaba mucho de lo que ocurrió la noche anterior, ni cuando llegaron los dos a la habitación de Seto Kaiba, sin embargo, despertar con la calidez de su hermano, era algo del que estaba enteramente agradecido.

Yuugi sonrió también. Atem colocó sus manos en las suaves mejillas de su hermano, juntando sus frentes ligeramente como sí unificaran sus almas. Hasta que comenzó a reír, antes había puro silencio, pero las risas de Atem iban subiendo de volumen y después se sumaron las confundidas de Yuugi, llenando la habitación con puro disfrute y juego de hermanos.

Un minuto o dos pasaron que los mellizos calmaron sus risas y se sentaron en la cama; Atem miraba a su alrededor en busca de algo, no, alguien y sorprendentemente lo encontró a sus espaldas, con sus brazos cruzados como quien se abrazaba a sí mismo y sus rodillas a la altura de su estómago, pareciendo que había estado buscando la posición cómoda en el sillón.

Seto estaba durmiendo en ese sillón de dos cuerpos, no parecía estar hecho para eso y por su ceño fruncido mientras descansaba, estaba bastante incómodo. Atem se sorprendió de verlo así.

¿Qué fue lo que sucedió anoche?

—Se ve como una persona distinta, ¿no es así? — La voz suave de Yuugi lo sacó de sus pensamientos, hablando claramente de Seto. Atem no hizo más que asentir torpemente, pues tenía razón.

Cuando no se enojaba, cuando no estaba gritando, ni tampoco usando sus ojos azules como un arma filosa y fría, se veía como un ser tan…

Bello.

No podía negarlo, Seto podía ser bello, cuando no era Kaiba.

—No creí que dormiría en el sillón, me sorprendí bastante cuando me dejó recostarme a tu lado. — Yuugi confesó. Atem arqueó sus cejas, demostrando clara confusión.

—¿Qué sucedió anoche? — Esto pareció tomar por sorpresa a su hermano, quien apretaba sus labios notándose nervioso por siquiera recordarlo.

—¿De verdad no lo recuerdas? — Preguntó con un tono de voz demasiado bajo y tembloroso. Atem negó con su cabeza. —Repentinamente, te desesperaste e intentaste escapar de la mansión. El señor Kaiba consiguió calmarte de alguna manera, y conmigo te llevó a su habitación; te convenció de darte un baño y acostarte a dormir en su cama. Estabas tan aturdido que no le discutiste siquiera. — Yuugi explicó. A Atem no le sorprendió la parte en la que Seto cuidó de él, pues sucedió muchas veces, aunque, de todas maneras, sí seguía generándole cierto efecto de duda e interés.

Yuugi, sin embargo, estaba casi sobresaltado por la extraña amabilidad de Seto Kaiba, aquella que jamás había visto, además que sus ojos denotaban preocupación. No sabía sí mencionarle eso a Atem, a quien seguro le parecería ridículo.

Atem se mostró inexpresivo ante lo que su hermano le había contado, pero por dentro, estaba demasiado pensativo y se sentía un poco culpable por haber preocupado a Yuugi de esa forma. Llevaba sus manos a su pecho, sintiendo los latidos de su corazón al llevar sus ojos al relajado rostro del ojiazul, y dándose cuenta de que…

Su ropa, se sentía más holgada que de costumbre. Dejó de fijarse en Seto para recorrer sus manos por todo su cuerpo, sus prendas, observando lo que llevaba puesto.

Un pijama de seda blanco, que por supuesto jamás había tenido. Miró a Yuugi con curiosidad, ya que él estaba con una torpe sonrisa y sus mejillas ruborizadas. — Tomaste la ropa del señor Kaiba y te la pusiste por tu propia cuenta, ya que él insistió en que la tuya estaba mojada. — Yuugi explicó, Atem arrugó su nariz, harto de seguir usando las prendas que el castaño usaba diariamente.

Aunque, resultaba tan cómoda y su aroma era…

¡No! Sacudió su cabeza. No iba a dejarse llevar de nuevo por esa …

¡Riiing!

El timbre sonó dolorosamente en los oídos de todos, causando que Seto se despertara, moviéndose en el sillón, sintiendo sus musculos ardiendo y molestando con un intenso dolor. ¿Dónde se había dormido?

Abrió sus ojos, viendo a… ¿Atem? Con una extraña ropa blanca que lo hacía parecer angelical. El sol brillaba a su alrededor, y sus mechones dorados se movían como aretes sacudiéndose en las orejas de una elegante mujer. Atem tenía esa extraña belleza femenina mezclada con lo varonil, la firmeza de ambos géneros que lo volvía tan atrac… atracti…

¿¡En qué estaba pensando!? Al sacudir brutalmente su cabeza, casi cae del sillón, corriendo el riesgo de enfrentarse patéticamente con el suelo. Por suerte, rápidamente puso los pies sobre la madera y mantuvo el balance. Despertando completamente a su cerebro medio dormido que lo hacía pensar idioteces.

—Ah, despertaste. — La voz de Atem lo obligó a mirarlo fingiendo frialdad.

—Lo mismo digo. — No iba a negar que lo aliviaba verlo de un mejor humor, sin esos ojos totalmente muertos que había tenido anoche. Atem ni siquiera había tenido la fuerza para mirarlo con la típica furia que solía dedicarle. Tampoco es que estuviera preocupado por él ni nada parecido, solamente quería volver a ver esa llama luchadora característica del sirviente.

Era digno de ver, lo que admiraba de él.

—Más les vale irse, antes de que sea demasiado tarde. Y quiero que me devuelvas ese pijama. ¿Me entendiste? — Seto utilizó su tono firme y prepotente, que a Atem solía irritarle y a Yuugi le causaba un leve temblor.

Yuugi acababa de descubrir una personalidad de Kaiba que jamás había imaginado, que ni siquiera sabía sí era real. Así que seguía manteniendo esa muralla de jefe y sirviente que debía obedecer.

Atem tendría que hacer lo mismo. Sin embargo, su hermano constantemente le dedicaba suspiros a Kaiba, con su mirada desafiante y comenzando nuevas discusiones con el ojiazul, como sí le divirtiera de alguna forma estar siempre en peligro.

—Bien, bien, nos iremos. Pero no prometo nada con respecto al pijama. — Dijo burlonamente, y sí lo pensaba un poco, era cierto, pues la seda de las prendas era demasiado fresca y cómoda, sin contar que el aroma del castaño era imperdible, por lo tanto, tardaría bastante en devolverle la ropa prestada. De hecho, decidió seguir jugando y tomarse un atrevimiento. — Sí lo quieres de vuelta, vas a tener que quitármelo. — Enfrentó fijamente esos ojos amatista que denotaban un cierto falso brillo seductor hacia los ojos azules del mayor, quien lo miraba con confusión.

¿¡Qué rayos!? ¿Eso fue un coqueteo? — Seto no pudo evitar preguntarse en su cabeza, Atem lo había tomado desprevenido que sus mejillas no hicieron más que tornarse rojas.

No, estaba equivocado, Atem no podía estar coqueteándole, no sabía hacer algo así; no podía hacer algo así.

Tenía razón, si bien Atem quería jugar a molestar a su jefe, no tenía ninguna intención de coquetear, tampoco iba con la más mínima idea de que causaría ese efecto, sólo deseaba irritarlo. Aunque ya que estábamos, la reacción que Seto le dedicó era bastante curiosa.

—Vamos, Atem, antes de encontrarnos con los demás sirvientes. — Yuugi pidió, sabiendo que su hermano se estaba pasando de la raya. Atem obedeció, tardando unos segundos en quitar sus ojos de encima del castaño, con una media sonrisa que se desvaneció en cuanto le dio la espalda.

Los mellizos dejaron solo a Seto Kaiba, con las aceleradas palpitaciones que su sirviente acababa de provocarle.


La tarde se acercó, Seto sabía lo que eso significaba, comenzando a sentir una ligera desesperación que hacía tiempo que no lo tocaba. Sin embargo, los recientes sucesos con su sirviente, Atem, despertaron algunos recuerdos que trató de apartar. Aun no estaba presente, pero el olor a tabaco empezaba a enfrentar su sensibilidad, con la horrible sensación de sangre que ensuciaba las paredes y el suelo, fuertes nudillos y chasquidos que arañaban e impactaban contra el frágil cuerpo. ¿Por qué sentía tanto frío de repente? Tantos temblores que acababan con su firmeza.

Gozaburo había llegado.

La relajación de no ser observado se desvaneció completamente, la carencia de lagrimas y gritos no existía; debía mantener la cabeza en alto, con un personaje que ya no le correspondía. Por primera vez en mucho tiempo, Seto Kaiba se preguntaba cuándo terminaría todo esto.

Sin Mokuba a su lado, se sentía vacío, tan muerto como cualquier alma sin fe en este lugar. A veces sentía la necesidad de traer a su hermanito de vuelta, pero sabía que eso era un deseo egoísta que no podía escuchar. Mokuba no merecía crecer en un ambiente así, debía estar en paz.

Seto ya se consideraba a si mismo un alma muerta.

La puerta de su despacho había sido golpeada de una manera que sólo él podía reconocer. Sorprendentemente se sintió agitado y con la necesidad de permanecer en silencio para no tener que recibir a esa persona, como cuando era nada más un niño y no tenía control de sus decisiones. Pero ahora, ya era un hombre y debía tomar las situaciones como tal.

Abrió la puerta, dejando pasar al señor tan robusto y de mirada llena de cinismo que se hacía llamar su padre. —Es bueno volver a verte, Seto, y saber que mantuviste las cosas controladas. — Gozaburo rompió el hielo, caminando alrededor del joven con sus manos detrás de su espalda. Seto nada más tenía sus labios apretados y mandíbula tensa, asintiendo ligeramente. — Sabes, creo que no importa lo que haya hecho en mi viaje, sino lo que decidí durante el mismo. — El castaño prestó profunda atención a lo que Gozaburo tenía para decir. Pero el hombre no iba a jugar sencillo, mantuvo un silencio casi torturador.

El ojiazul esperó un minuto o dos a que su padre se decidiera hablar, pero él sólo seguía jugando al misterioso mientras encendía un cigarro en su propio despacho. El humo se esparcía por toda la habitación que Seto tuvo que resistir el tener que toser ante la sensación de asfixia. El castaño cubrió parte de su rostro con su mano para ocultar su incomodidad y soportar el olor.

—¿Lo tengo que adivinar? ¿O me lo piensas decir? — Seto rompió con el silencio con brusquedad que funcionaba perfectamente como un escudo. Gozaburo sólo sonrió, mirando fijamente a su cigarro.

—Quiero que te cases con Mai. — Finalmente pronunció, dejando perplejo a su hijo presente.

Seto recordaba haber tenido esta conversación antes, pero hoy todo se sentía distinto, sobre todo por lo que pasó entre Mai y su propio padre, además porque su corazón ya no le correspondía más a esa mujer. No podía aceptar. — Que curioso que lo digas, cuando fuiste tú quien quebró con mi compromiso. — El ojiazul respondió con ironía, cruzándose de brazos y demostrando una sonrisa desafiante.

—Cambié de opinión, esa mujer está perdidamente enamorada de ti y sé que tú también lo estas. No fue una sugerencia, Seto. — De nuevo ese tono autoritario que presentaba una amenaza para el joven de ojos azules. — Si no aceptas, me temo que deberé tomar otras medidas, como … Matar a uno de tus sirvientes. — Esto ultimo lo susurró, y entre ellos dos sabían a quién se refería específicamente.

Seto quería reír, sonaba completamente ridículo que lo solucionara nada más con una amenaza como el asesinato de alguien, pero increíble que sabía que Gozaburo era capaz de hacerlo, porque no le temblaba el pulso tener que acabar con cualquier persona que considerara inferior o una molestia.

Lo sabía muy bien.

Seto también sabía que tales palabras fueron suficientes para hacerlo aceptar. Sin embargo, ¿qué interés tenía Gozaburo en hacer que estos dos se casaran? Esa era la pregunta que ocupaba su cerebro. De todas formas, no podía expresar su duda ante su padre, que ya bastante clavaba esa mirada filosa sobre sus heridas abiertas.

Suspiró. —¿Algo más?

—Esta noche haremos una reunión especial por esta gran noticia y especialmente por el éxito en nuestro negocio, que se hizo presente en este viaje. — Gozaburo expresaba sacudiendo su cigarro por todo el lugar, esperando una sonrisa llena de orgullo de parte de su hijo, que por supuesto no consiguió. Seto detestaba ser involucrado en toda actividad que Gozaburo realizaba, como si fuera parte de sus negocios y juegos perversos; en cierta forma lo era, pero se conocía bastante bien como para saber que ellos dos no eran la misma persona, como Atem dijo una vez.

No estaba para nada orgulloso de la ocupación de Gozaburo, habiendo intentado cambiarla en el pasado y fallando miserablemente; pensar en ello, sólo le traía malos recuerdos. Además, detestaba esas reuniones que llevaban una regla que nadie más que él negaba.

Evitaría que sus sirvientes sean parte de semejante plan. Aunque en cierta forma, le resultaba imposible.

—Bueno, dicho esto, me retiro. — Gozaburo dio un ultimo suspiro lleno de tabaco, y camino hacia la puerta; chocando hombros con su hijo. — Mas te vale traer a tu sirviente de prestigio a nuestra reunión, no quiero que se pierda la fiesta. — Susurró en lo mas profundo de su oído, generando un incómodo mareo que Seto pudo sostener hasta que su padre se fue.

Gozaburo salió azotando la puerta, dejando a Seto solo con sus nervios.

Sabiendo que se encontraba nada más con él mismo, lo primero que dejó salir fue su rabia y frustración pateando una de las sillas que se encontraba en el despacho, causando que esta temblara, pero no que se volteara. Aunque era lo que deseaba.

Se sentía impotente, cada vez más incapaz de proteger a sus propios sirvientes, sintiéndose encadenado a su destino a ser la mano derecha de su padre, sabiendo todo lo que eso significaba. El sufrimiento, los gritos y los llantos de cada una de las personas bajo este techo los llevaba cargados en su espalda, junto con la sangre derramada en sus suelos.

Una bola en su corazón se formaba, apretando y desgarrando su carne, como si fuera a abrirse y estallar en remordimiento. Estaba cansado, agotado, harto de su vida misma.

Se arrodilló, cubriendo su rostro con ambas manos, suspirando pesadamente. —Maldita sea. — Esta era la peor época del año, esas fiestas horrendas donde vagamente podía controlar las cosas, recordando aquella noche donde descubrió la traición entera. Aprendiendo a no confiar en nadie más, ni siquiera en su propia sombra.

Sus manos temblaban, demasiado, que ya no podía calmarse.

Se levantó rápidamente, con un objetivo fijado; buscaba desesperadamente en su cajonera aquel elemento que había recibido como regalo de cumpleaños hace un tiempo. Nunca pensó que la usaría, ni tampoco que la estrenaría de esta forma.

Sobre su palma, ese objeto pequeño pero filoso estaba bajo su poder, sólo tenía que hacer un movimiento para acabar con todo. La pregunta era, ¿Dónde? ¿Cómo? Ya ni siquiera pensaba sí debía hacerlo. ¿Hacía algún bien el no tomar esta decisión?

No servía de nada su existencia, más que causar sufrimiento. Estaba harto, definitivamente harto.

Apoyó el filo de la navaja sobre su muñeca, justo donde sobresalían sus venas. Solo necesitaba ejercer presión; un solo movimiento y todo se acabó.

Pero no, no era ahí donde debía cortar. Alzó la navaja hasta la altura de su pecho, subió lentamente hasta su garganta. Si, justo ahí. Era perfecto.

Un intenso golpe en la puerta sonó, aunque eso no lo detuvo, esos pensamientos dolorosos aun ocupaban su corazón. — Señor Kaiba, me mandó a llamar. — Otro golpe en la puerta, y esa voz…

Yo no mandé a llamar a nadie. — Pensó frágilmente.

—¡Señor Kaiba! — La persona del otro lado de la puerta alzó su voz, y Seto finalmente pudo reconocer quién lo estaba llamando.

Bajó la navaja, y sonrió ligeramente. ¿Ese chico simplemente no podía dejarlo en paz?

Guardó el filoso objeto en el cajón, ocupándose de abrirle la puerta a nadie más y nadie menos que su sirviente insolente, quien ahora estaba frente a él, sonriéndole con una expresión llena de ironía. Tenía que regañarlo por su atrevimiento a venir a su habitación justo después de Gozaburo.

Entre sus brazos tenía el pijama de seda blanco, el ojiazul trató de no mostrarse sorprendido ante esto, en cambio, sólo le dedicó una mirada incrédula. —¿'Señor Kaiba'? ¿En serio? — Seto le quitó bruscamente el pijama de sus delgados brazos, viéndolo ahora vestido con una camiseta negra de mangas cortas y unos pantalones igual de oscuros. Aun así, podía compararlo con un ángel.

Su presencia evitó que cometiera el peor error de su vida, el peor acto de cobardía que podía existir.

Atem alzó sus hombros. —Tenía que mantener el personaje, me crucé con Gozaburo. — Esto lo dijo en una voz muy baja. Sin evitar gruñir, Seto lo tomó del brazo y lo llevó adentro del despacho para quedar a solas con él. Aunque debía tener mucho cuidado, ya que había cámaras que no sabía quien las estaba supervisando en ese momento.

Trató de buscar un punto ciego. Pero bastante difícil y casi imposible, ya que el despacho era pequeño y la cámara colocada en un lugar especifico para que no existiera ese punto ciego donde Seto pudiera ocultarse.

Sin embargo, Seto estuvo muchos años en esta mansión como para estudiar, observar y revisar todas sus esquinas y alrededores. Encontraría el punto débil de esa cámara.

Aprovechando el momento rápido en que acercó a su sirviente, se inclinó a su oído, susurrando sin darse cuenta del efecto que estaba causando en el muchacho. —¿Te dijo algo? — Sintió que Atem se tensó en su lugar, y no supo si era porque lo agarraba con fuerza, o por la pregunta que le estaba haciendo.

En realidad, no era ninguna de las dos, Atem se sentía perdido en sus sensaciones debido a lo cerca que tenía al ojiazul y su aliento y suave voz rozando su oreja. Antes eso le causaba furia y temblores, pero ahora era un sentimiento completamente distinto.

Podía disfrutarlo.

Aun así, se concentró en la importancia de la pregunta. Sacudió su cabeza. —No, sólo nos miramos, pero él no habló. — Le respondió, devolviendo el susurro. Atem no iba a negar que se sintió un poco… inquieto al encontrarse de nuevo con Gozaburo después de esas semanas de tortura. ¿A quien iba a engañar? Estaba asustado, se había encontrado con ese hombre en un pasillo oscuro y algo pequeño. Todo podía suceder en ese lugar.

Pero ese temor se desvaneció lentamente cuando llegó a la puerta del despacho de Seto. Como si hubiera llegado a su refugio. Aunque sabía que ese despacho tenía cámaras.

El ojiazul comenzó a caminar, casi recorriendo todo su despacho en silencio, Atem seguía con la mirada sus movimientos, sin poder descifrar exactamente qué era lo que planeaba. Seto se cruzó de brazos, apoyándose en la pared, al lado de la ventana. Fue entonces cuando con su dedo índice estirado, llamó la atención de su sirviente, indicándole que se acercara a él.

Atem obedeció, frunciendo su ceño demostrando confusión. Se puso frente a él, pero Seto pareció no estar conforme con su posición y tomando su brazo lo llevó más cerca de la pared. —Este es el punto ciego de la cámara. — Seto finalmente habló, aclarando parte de las dudas que volaban por la cabeza del sirviente.

—¿Y qué hay de los micrófonos? — Preguntó en voz baja.

—No hay micrófonos en mi despacho. — El castaño se atrevió a mostrar una sonrisa llena de orgullo, mientras Atem supo que en ese estrecho rincón estaba seguro, así que dejó salir un suspiro de alivio. —Tengo que decirte algo, pero necesito que me escuches atentamente antes de saltar a la histeria, como haces siempre. — Esto último, Kaiba lo dijo con cierta agresividad que Atem se dispuso a ignorar, rodando sus ojos.

El castaño utilizó esta actitud para calmarse a si mismo, primero que la distancia entre él y su sirviente era poca, y no debían moverse demasiado o quedarían a la vista de esa cámara. Segundo, la conversación con Gozaburo lo había dejado demasiado tenso, y tener que hablar de eso con Atem, no era nada satisfactorio, conociendo cómo era él.

Aun así, decidiría omitir el asunto con Mai. Eso no le concernía a su sirviente.

—Gozaburo vino a mi despacho para anunciarme algo en particular. Es algo que se hace siempre después de un viaje de negocios exitoso para él. — Comenzó a explicar mirando hacia la ventana. —Quiere hacer una 'reunión'. —

—¿Y a mi qué? Sólo los jefes estarán presentes. ¿No? — Atem internamente estaba asustado, aunque demostraba indiferencia. Necesitaba que Seto le aclarara que solo era asunto de los jefes. Sin embargo, el ojiazul apretó sus labios, denotando tensión.

—Los sirvientes deberán ocuparse de entretener a los invitados. La ultima vez, los invitados y jefes podían bailar con los sirvientes, pero, aquel sirviente que hiciera esto debería complacer a esa persona durante toda la noche. — Ante esta explicación, Atem no supo cómo reaccionar, quería pensar que Seto estaba mintiendo, aun sabiendo que podía ser verdad, ya que después de todo, se encontraba en un lugar lleno de mentes retorcidas.

Entendió perfectamente la definición de complacer, pero no podía cumplir con eso. Ya estaban yendo demasiado lejos. — No pienso hacerlo… ¡No pienso hacerlo! — Atem olvidó completamente el mantener la calma.

En cuanto su sirviente alzó la voz, no vaciló para cubrir su boca con su mano, para callar sus gritos. Sabía que él tendría esta reacción, y era razonable. — Cállate, no voy a permitir que eso se repita. — Seto dejó salir esas palabras como si fuera una promesa, como si no quisiera sumar algo más en la lista de arrepentimientos. Atem no iba a negar que sintió una sensación cálida en su corazón al escucharlo decir eso.

Sin embargo, no podía estar calmado. Atem consiguió apartar la mano de Seto y liberar su boca para hablar. —¿Y cómo planeas hacer eso? — Preguntó denotando fastidio.

Seto mantuvo el silencio, para luego romperlo con un suspiro. —No lo sé. — Fue lo único que pudo contestar, sintiendo la debilidad e impotencia invadir de nuevo su alma.

—¿Y querías que confíe en ti? — Atem masculló causando que Seto sintiera una dolorosa punzada en su pecho, que decidió ignorar.

—Lárgate, sólo quería avisarte esto. — Kaiba dijo firmemente, tratando de resistir su sentimiento molesto de culpa para no mostrarse vulnerable frente a su sirviente.

Pero, Atem, por supuesto, se quedó en su lugar. —No pienso irme hasta que me des una solución. No voy a exponer a Yuugi a este tipo de peligro. — Se mantuvo frontal, ignorando el temor que tenía internamente al pensar que esta regla podía ser aplicada con Gozaburo. Que posiblemente le tocaría complacer toda la noche a ese hombre; esto podía pasarle tanto a él como a Yuugi.

—¿Te crees que es fácil todo esto? ¿Qué puedo protegerlos del peligro con solo chasquear un dedo? — Kaiba lo miró fijamente.

—No te veo intentando.

—Que no lo intento… ¿¡Dices que no lo intento!? ¡Si no fuera por mi ya estarías muerto! — Ante la furia y frustración, el ojiazul no pudo evitar empujar a Atem contra la pared, tomando sus hombros con fuerza. —¡He creído toda mi vida que podía engañar a Gozaburo y cada día me siento más pequeño que él! Yo … Estoy cansado. — Estas últimas palabras, Kaiba no las había admitido, siempre trató de ser superior a su padre, de discutirle. Pero, seguía estancado en ese pequeño momento de angustia y perdición de cuando creía que Mokuba había muerto.

Y ahora se estaba abriendo a su sirviente, quien solo se le quedó mirando. Incluso Seto sintió que había soltado una pesada burbuja en su garganta, aflojando su agarre a los hombros de Atem.

—Seto, yo… — Atem no sabía por donde empezar, pues comprendía cada una de las palabras que Seto le había dicho. Primero que nada, su voz sonaba temblorosa, como si fuera a romper a llorar en cualquier momento, aunque conociéndolo, sabía que eso no sucedería. Otra cosa era que dijo estar cansado, Atem podía entender esa definición de cansado.

No estaba cansado porque había dormido poco o mal; no estaba cansado porque trabajaba mucho. Estaba cansado de la vida, de su vida. Agotado del sentimiento de impotencia y tristeza que pareció haberlo perseguido eternamente. Atem llegó a sentir lo mismo.

Tragó saliva y retomó sus palabras, acercándose al ojiazul. —Seto, yo también… — Le costó formular lo que quería decir. —Yo también tengo miedo. — Atem confesó con seguridad, admitiéndole a solo una persona lo que en verdad sentía.

Seto se mostraba sorprendido al escuchar esas palabras salir de la boca de su sirviente más insolente y corajudo. Además, se preguntaba si era eso lo que él mismo sentía. ¿Miedo? Sonaba ridículo, aunque en cierta forma, tenía sentido, pues cuando era pequeño él sentía esos molestos temblores y tal ansiedad que reflejaba el típico temor de un niño hacia su violento padre.

Atem reflejaba algo parecido, con la diferencia de que era más maduro.

Poco tiempo había pasado de la ultima vez que le sirvió a Gozaburo y, aun así, viéndolo después de ese momento o siquiera pensar en ese hombre, le causaba terror. Porque no quería volver a vivir esa tortura, porque les temía a sus manos, a su mente perversa; a sus intenciones.

Por supuesto que no quería tener miedo, ni Seto ni Atem aceptaban ese sentimiento que los volvía tan frágiles y vulnerables a cualquier peligro que debieran enfrentar. Pero no podían evitarlo, cada segundo debían estar alertas y vagamente podían seguir el ritmo.

Atem en un pasado estaba cansado, Seto ahora admitía estar cansado, sin embargo…

—Tengo un plan. — Atem dejó salir esas palabras llenas de seguridad. Él no estaba cansado, no se permitiría estar cansado.

Por Yuugi, por sus amigos; por Mokuba y … por Seto.


El cielo se tornó oscuro, y ya todos los sirvientes sabían lo que tenían que hacer. Algunos debían ocuparse de la comida, de servir el vino o atender a los invitados. Debían estar bien vestidos para la reunión, en un amplio salón parecido al comedor, pero con un aspecto más lujoso.

Jounouchi, Yuugi y Honda debían servir la comida y Anzu tenía que llevarle el vino a los invitados. Con una bandeja que tenía encima la botella y unas copas, a ella le resultaba un poco incomodo ya que la regla de complacer a la persona con quien bailara la tenía con los pelos de punta. Ya bastante tenía con los hombres atrevidos que se ocupaban de coquetearle e intentar soplar debajo de su pequeña falda.

Ella no eligió su ropa, la obligaron a usar una falda corta blanca con una camisa del mismo color y un delantal negro. Se sentía ridícula y expuesta.

Yuugi apretaba los puños al ver cómo trataban a su amiga, rozando sus dedos por sus muslos sabiendo que ella no podía quejarse, haciéndola correr el riesgo de que se le volcara la bandeja. El joven de cabello tricolor estaba ardiendo en rabia, impotencia; quería saltar a defenderla y no sabía cómo.

Atem, mientras tanto, tenía que quedarse al lado de su jefe Seto Kaiba, ya que era un sirviente de prestigio, casi pareciendo un perro leal.

El castaño estaba sentado en una silla bebiendo un poco de vino, teniendo a su sirviente parado a su lado. Veía llegar su padre; a Gozaburo, con Mai caminando por detrás llevando puesto un vestido rojo bien escotado y la mitad de su cabello recogido, dejando caer por sus hombros nada más una parte. El ojiazul sabía que antes se hubiera sentido atraído por esa figura, pero hoy, ella ya no era nada más que una traidora ante sus ojos.

Miraba a su alrededor, a todos sus sirvientes trabajando con sus rodillas temblorosas, asustados por lo que estaban obligados a hacer. Recordaba las caras de todos cuando los reunió en el comedor para avisarles lo que sucedería en esta … fiesta. Odiaba tener que hacer eso todo el tiempo, fingir crueldad y apreciación del terror ajeno.

Sin embargo, Atem cambió su posición al llevar esa mirada que reflejaba tanta convicción y certeza en lo que hacía. Seto se sintió sonreír ligeramente al ver a su sirviente a su lado.

El ruido de vidrio rompiéndose lo sacó de sus pensamientos, notando como Atem se sobresaltaba también. —Fíjate lo que haces, niña estúpida. — Un hombre gritó con su voz arrastrada, denotando borrachez. Parecía estar gritándole a Anzu, tirando de su brazo, caminando sobre el vino derramado. —Ensuciaste mi ropa, ahora tendrás que ayudarme a limpiarla. — Esto ultimo lo dijo con una risa seca y que sonaba asquerosa ante los oídos de Seto y Atem. El borracho acercó a Anzu, pegándola a su cuerpo, mientras la muchacha forcejaba por ser liberada.

Atem fue el primero en reaccionar, tomando la copa de vino de su jefe y con ella, caminaba hacia el hombre embriagado, quien seguía luchando con Anzu. El joven de cabello tricolor podría nada más dejarse llevar por su furia y partirle la copa en la cabeza a esa basura, sin embargo, decidió actuar inteligentemente, haciéndose el torpe.

Con la copa medio llena, en su mano, pisó su propio pie para tropezarse voluntariamente hacia el hombre. Derramando todo el liquido rojo sobre el borracho y la ropa de Anzu; ensuciándola bastante como para que tuviera que cambiarse.

—¡Oh! ¡Lo siento! — Atem soltó fingiendo nerviosismo y arrepentimiento. El hombre lo miró con odio, gruñendo como un perro, mientras Anzu trataba de controlar su risa. — Qué torpeza la mía, mi jefe no me perdonará. — Pasó dramáticamente sus manos por su rostro, manteniendo el personaje.

—Tienes razón, si sigues así, comenzaré a reconsiderar el hecho de que seas mi sirviente de prestigio. — Y la voz de Seto salió en la escena, con su presencia imponente. — Anzu, no puedes trabajar estando así. Ve a darte una ducha y no vuelvas hasta que estés limpia. — El castaño le ordenó a la muchacha, y ella le respondió asintiendo nerviosamente, sin antes mirar a su amigo.

Atem sólo le guiñó discretamente un ojo, causando que ella le sonriera. Anzu se alejó rápidamente, dirigiéndose a las duchas, como se le ordenó.

Seto se volvió a su sirviente. —Ahora deberías traerme más vino. — Le ordenó, con una media sonrisa.

Atem sonrió levemente. —Como ordene, señor. — El castaño pudo jurar que dentro de su estomago sintió un fuerte cosquilleo al escuchar ese tono suave provenir de los labios finos de su sirviente.

—¿Qué? ¿No vas a castigarlo? — Y el borracho interrumpió esa dulce satisfacción que estaba sintiendo. Kaiba se volteó para mirarlo con unos ojos fríos.

—Yo soy su jefe, y yo sabré qué hacer con él. Así que no te metas. — Kaiba dijo con firmeza, haciendo temblar al hombre que antes llevaba una actitud agresiva. Ser hijo de Gozaburo, para Seto tenía sus beneficios, ya que podía utilizar su poder para asustar a aquellas basuras que querían sobrepasarse con él.


Anzu caminaba apurada, tratando de ignorar el asqueroso olor a vino que ese hombre emanaba y que sobresalía de su propio vestido. Aunque, no era tan malo, sabiendo las intenciones de Atem al haber tropezado así. Sintió su corazón acelerado, ya no tenía nada de qué temer. En cuanto Atem le guiñó el ojo de esa forma, ella sabía que estaba protegida.

—¡Anzu! — Dos voces varoniles resonaron en sus oídos, causando que se detuviera en el pasillo. Yuugi y Jounouchi estaban con sus botellas de agua en mano, mirándola con preocupación.

—Estoy bien, chicos, no se preocupen. Solo tengo que darme una ducha. — Anzu trató de despreocupar a sus amigos, sonriendo ligeramente.

Yuugi frunció el ceño. —No tienes por qué sufrir este maltrato, Anzu.

—Yuugi, ninguno debería estar sufriendo esto, pero aquí estamos. Y lo que nos espera más tarde, es peor. — Anzu mencionó el hecho de que deberán complacer a su pareja de baile durante toda la noche. Quizás ella podría escapar de ese asunto, al perder tiempo limpiándose y buscando ropa limpia. Pero… Yuugi y Jounouchi…
O incluso Atem.

Estaba asustada por lo que pudiera pasarles.

Llevó su mano a su estómago, sintiéndolo rugir un poco, incomodándola ligeramente provocando una molesta pesadez.

—Tengo que irme, cuídense, chicos. — Anzu interrumpió toda posibilidad de Jounouchi o Yuugi para responderle, yéndose rápidamente para apartar su sensación incomoda, y no tener que quitarles más tiempo a los dos, pudiendo meterlos en problemas.

Yuugi y Jounouchi se quedaron solos en el pasillo, habiéndose separado de la multitud por unos minutos para quedarse a hablar y beber un poco de agua. Pensando en cómo escapar de esa regla especifica. Para calmar su ansiedad, Yuugi tomaba constantemente de su agua, pero Jounouchi todavía no había tocado su botella.

—Menos mal que Atem llegó a tiempo para salvar a Anzu. Yo estaba a punto de reaccionar mal, y la habría perjudicado. — Jounouchi rompió el silencio. Yuugi apretó sus propios labios, sintiéndose un poco avergonzado por no haber podido defender a su amiga. En cambio, fue Atem quien se tomó el atrevimiento de pensar astutamente y meterse con aquel borracho.

No estaba celoso, solo se sentía mal consigo mismo. Completamente inútil.

Aun así, estaba aliviado de que Anzu haya podido tener un pequeño tiempo de receso, aunque fuera nada mas para limpiarse.

Otro asunto que lo tenía inquieto era esa regla. ¿Qué significaba complacer por toda la noche? ¿Era lo que creía que era? Sea como sea, estaba nervioso, alterado, angustiado. No sabía como mantener la calma y alejarse del resto para ser evitado.

Llevó su mano a su estómago, sintiendo una fuerte presión que causó que se encorvara un poco. No, debía resistir; no podía sentir ahora un dolor de estómago. No se lo perdonarían.

—¿Qué hacen aquí? — Alguien de voz aguda y femenina ya reconocible, los sobresaltó ligeramente, causando que se voltearan para ver a Mai caminando hacia ellos con sus brazos cruzados.

Jounouchi le dedicó una mirada fría, mientras destapaba su botella de agua. —Bebiendo un poco de agua. ¿No ves? — El rubio no pudo evitar contestar agresivamente, pues esa mujer arrogante ya lo tenía cansado.

Mai le arrebató la botella, volcando ligeramente el agua. —Nadie dijo que fuera la hora de descanso para ustedes. — Así como la rubia dijo esto, llevó la botella a su boca y comenzó a beberse todo su contenido. Jounouchi gruñó, hartándose de la falta de respeto de todos a su alrededor.

¿No podía beber agua tranquilamente? ¿No tenía derecho a eso siquiera?

Terminada la botella, Mai la aplastó con sus manos y la dejó caer al suelo. —¡Ah! ¡Que sed que tenía! Ahora, tiren eso a la basura. No sean sucios como su amiguita. — La mujer habló despectivamente de Anzu, despertando ahora la furia de Yuugi, quien intentó saltar con sus puños apretados, pero Jounouchi lo detuvo.

La rubia les dio la espalda y se alejó con su caminar elegante.

—Déjala, Yuugi. Tenemos que trabajar. — Antes Jounouchi la habría atacado sin vacilar, pero teniendo a Yuugi a su lado, debía protegerlo y no meterlo en peligros absurdos.

No podían hacer nada contra la injusticia que sucedía bajo este techo. La única fe que podía mantenerlos fuertes era su propia amistad. Y nada más con eso, regresaron al salón, confiando en ellos mismos.

Una música lenta, con violines y un piano que sonaban deprimentes a los oídos de Atem, hacía eco por todo el lugar; llamando la atención de los mayores, quienes dejaban de beber de su vino para sonreírle a las sirvientes más tímidas y vulnerables. O al menos aquellas que se veían de tal manera.

—Es hora. — Seto murmuró, alcanzando el escuchar de Atem. Era momento de que su plan surtiera efecto, antes de que sea demasiado tarde.

La mayoría de los invitados de Gozaburo eran hombres, Seto le había comentado a Atem que algunos eran trabajadores de su empresa.

¿Cuál empresa? Se había preguntado Atem, y todo se asoció a ese lejano recuerdo de cuando Bakura seguía estando bajo este techo. Que el joven de cabello tricolor había descubierto una habitación pequeña y llena de polvo que guardaba armamento.

Todo ese armamento, era la otra mercancía de Gozaburo.

Gozaburo llevaba a cabo una corporación basada en venta y fabricación de armamento y productos militares, ese fue su primer ingreso, el que causó que tuviera tanto éxito y fuera el millonario que era hoy.

Volviendo a la fiesta, estaban aquellos que le compraban sirvientes de los Kaiba, ergo, Pegasus J. Crawford. Él era el más elegante de todos los invitados presentes, pues tenía su cabello atado como un rodete, una camisa blanca con un moño blanco y el resto del traje era del mismo color. Es como si a propósito hubiera elegido vestirse con blanco, como si tuviera alguna especie de simbolismo.

O quizás, solo era otro de sus caprichos.

Atem sacudió su cabeza, dejando de admirar el estilo de su exjefe, para concentrarse en las chicas que estaban siendo tomadas por los embriagados invitados de Gozaburo. Mientras tanto, un hombre guapo y pálido de traje rojo estaba dirigiéndose a él, con una media sonrisa que parecía estar dedicada explícitamente al joven de cabello tricolor.

—Bailemos. — Habló el hombre al tener su mano extendida, estando ya respetablemente cerca del sirviente. Atem admitió que era un poco guapo, pero definitivamente no aceptaría bailar con nadie. ¿Tenía opción?

De pronto sintió a alguien toser ruidosamente, recordando que Seto estaba sentado a su lado. —Disculpa mi tos. Creo que deberías pedirme permiso a mi primero. ¿No crees? — El ojiazul se metió, con una voz fría.

El hombre pálido miró a su alrededor. —No vi que todos los demás te pidieran permiso para bailar con tus sirvientes. — Se atrevió a decir.

Grave error.

Seto apretó sus puños y se levantó de la silla, demostrando ser mucho más alto que este tipo. — Primero, estamos hablando de mi sirviente de prestigio; segundo, si yo digo que me pidas permiso, me lo pides. Y tercero, hay muchas chicas con las que puedes bailar, ¿y decides bailar con un hombre? — Kaiba se cruzó de brazos, observando cada expresión de nerviosismo que la persona estaba reflejando.

El invitado se acomodó su garganta. — Si, así es. ¿Puedo bailar con él? — Esta pregunta la dejó salir con demasiada timidez, sabiendo que su derrota estaba muy cerca.

Kaiba sonrió y se sentó de nuevo en su silla. —No.— Respondió con simpleza. Atem, presenciando la discusión, tuvo que resistir una risa al ver la humillación que ese hombre estaba pasando. Aunque, a pesar de todo, le molestaba no poder decidir por si mismo. —¿Qué pensará Gozaburo de ti? ¿Qué pensara tu padre, siendo un hombre importante? Su hijo queriendo bailar y ser complacido por un hombre. — Kaiba no soltaba su mirada y su sonrisa llena de orgullo y poder, sabiendo que si ese tipo se metía con su Atem—no— su sirviente, le arruinaría la vida como jamás había hecho con nadie.

Aunque no tenía bastante claro por qué le molestaba que tocaran específicamente a Atem, que siquiera lo miraran con ese brillo como si les perteneciera de alguna forma.

No, Atem era suyo y de nadie más… Porque Atem era su sirviente, claro.

El invitado pareció no tener suficiente, acercándose al oído del castaño y susurrándole algo que le causó demasiada rabia. —Es que, aquí entre nos, ese sirviente parece ser la maravillosa mezcla entre un hombre y una mujer. ¿No lo cree? — Y Kaiba recordó lo que Keith le había dicho esa noche.

Tuvo que resistir la tentación de aplastarle la cara con su puño.

—Y aquí entre nos, si te acercas a él, eres hombre muerto. ¿Entendiste? — Kaiba se volvió cortante, sin querer dar más vueltas y asustando al invitado con sus ojos fríos.

Por suerte, había funcionado, y el hombre se alejó asintiendo nerviosamente, buscando su lugar lejos de Seto Kaiba.

El castaño se mostró relajado en su asiento, Atem no pudo oír la conversación de susurros, pero pudo comprender que el ojiazul lo tenía amenazado. ¿Acaso Seto lo estaba protegiendo? Se sintió sonreír ante esta idea.

Aunque, luego de un minuto o dos, su calma se había desvanecido, viendo esa figura que últimamente le causaba demasiada inquietud, acercarse a ellos. Gozaburo caminaba hacia él, tomando a Mai de la mano. El joven de cabello tricolor sintió un poco de nauseas al ver esta escena y recordando lo que Mokuba le había contado.

Sin embargo, se sentía demasiado nervioso, alterado al ver que Gozaburo lo estaba mirando fijamente mientras se acercaba. ¿Se estaba acercando a él? ¿O a Seto?

Su pregunta fue respondida en cuanto el hombre soltó su mirada y la llevó a su hijo, quien permanecía sentado en su lugar, con sus piernas cruzadas, denotando un aspecto de relajo.

—Es el momento especial de la noche, y creo que te toca esta vez a ti disfrutarlo, hijo mío. — Gozaburo habló, extendiendo la mano delgada de Mai hacia el ojiazul, quien no se movió para nada.

Seto resistió hacer un comentario bastante acido, recordando lo sucedido en el pasado. También se aguantó la necesidad de mirar a su sirviente, sabiendo que esto generaría más dudas que soluciones. No pudo hacer más que suspirar y tomar la mano de su prometida.

Atem vio la escena con cierta molestia en su pecho, concentrándose más en la mano de Seto tomando la de Mai, que en el hecho de que se quedaría solo y expuesto ante Gozaburo.

El castaño se levantó de su asiento, caminando hacia el centro del salón con la rubia agarrándose de su mano, viendo que la rubia se notaba tensa, con sus ojos apuntando a cualquier lado y sin tener esa sonrisa burlona en su rostro. ¿Qué le estaba pasando?

—¿Acaso no estas feliz, Mai? Tienes lo que querías. — Seto rompió el silencio entre ambos, con intenciones de poner a prueba su estado de ánimo, ya que esta estaba viéndose muy extraña.

Mai no respondió, siguió igual de tensa. Hasta que apretó un poco más la mano de su pareja y no pudo evitar agachar la cabeza, sintiendo la necesidad de abrir su boca y expulsar lo que la tenía tan incomoda. La mujer vomitó sobre el lujoso suelo lustrado, sin poder detenerse, sintiéndose indispuesta.

Seto arqueó las cejas, mirando a su alrededor, escuchando el ruidoso sonido de las arcadas de la mayoría de los sirvientes presentes en el lugar. Algunas chicas vomitaron sobre sus parejas de baile, y el ojiazul trató de resistir una carcajada.

Todos los sirvientes parecían estar descomponiéndose, sin poder dejar de vomitar y sintiendo dolores de estómago. El único que parecía no sentirse afectado, era Atem, y…

—¡Oye tú! ¡Ven a ayudarla! — La voz de Gozaburo resonó con desesperación hacia Jounouchi, obligándolo a atender a Mai que estaba con sus brazos sobre su estomago tratando de calmar su respiración, al haber dejado de vomitar por unos segundos. El rubio corrió hacia ella y con un mal gesto, la ayudó a incorporarse. —Llévala a su habitación, ocúpate de ella. — Gozaburo sonó más brusco, impaciente por que Jounouchi se moviera.

Jounouchi obedeció y se la llevó por los pasillos, ayudándola a caminar, escuchando nada más sus quejidos y suspiros pesados. Después de todo lo que esta mujer les hizo, sintió la necesidad de dejarla tirada en algún espacio, a solas y con su malestar, pero … No quería hacerlo, se estaría rebajando a su nivel y prefería no vivir con esa culpa.

Quería reír, antes no hubiera dudado ni dos segundos en siquiera discutirle al hombre que lo mandó a tratar con esta mujer vomitada, pero habiendo conocido a Yuugi, pudo despertar cierta bondad que había eliminado de su corazón. Yuugi revivió la luz que se había apagado.

Jounouchi esperaba poder salir de este lugar y ser libre con Yuugi.

—Mi habitación es esta. — Mai de pronto habló con su voz seca y débil, causando que el rubio se detuviera y mirara a su alrededor, fijándose de cual habitación hablaba.

Por supuesto, lo hizo detenerse frente a una puerta que disimulaba bastante bien, no parecía ser la puerta de la habitación de una supervisora. Aun así, Jounouchi ignoró este detalle y la abrió para llevar a la mujer dentro de la misma, hasta una cama.

En cuanto Mai se acostó, ella sintió una fuerte punzada en su estómago, con un ruidoso rugido que reflejaba su malestar.

Iba a vomitar de nuevo. La rubia hizo un esfuerzo por correr al baño pequeño dentro de la habitación y vomitar allí. Jounouchi trató de ignorar el violento ruido de sus arcadas, y observó la habitación, que tenía una pequeña cama de una plaza, a pesar de que el lugar era un poco más amplio. Había una ventana cubierta por cortinas, una mesita de luz al lado de la cama y un ropero.

Era simple, nada muy lujoso para la persona que dormía aquí.

¿Era lo que Mai quería?

Otra preocupación ocupó la cabeza del rubio, pensando en la mujer vomitando. Pues, la mayoría de los sirvientes comenzaron a vomitar, incluso Yuugi. ¿Qué fue lo que pasó?


La fiesta había sido un desastre debido a que ninguno de los sirvientes estaba en buen estado como para seguir con ella, ni siquiera podían limpiar su propio vomito como Gozaburo reclamaba. El hombre poderoso tuvo que calmarse para no quedar mal con sus invitados que ya bastante indignados estaban.

Seto se había quedado solo en el salón con ese desastre, mientras su sirviente de prestigio se había encargado de cuidar sus compañeros; llevándolos a sus habitaciones correspondientes y asegurándose de que estuvieran bien. Sonriente se encontraba ya que su plan había funcionado a la perfección.

Algunos guardias también se ocuparon de vigilar a los sirvientes, mientras Gozaburo se fue a dormir luego de que sus invitados se fueron, prometiendo hablar en la mañana con Seto. Por la forma en la que lo había dicho, a Atem le hacía temblar la idea de que podría estar pensando en algún terrible castigo.

Pero decidió no darle muchas vueltas al asunto, al menos no en esa noche.

Se reunió con el ojiazul en el salón, notando el amplio espacio que había ahora que el suelo estaba limpio y el lugar vacío. —Te dije que funcionaría. — Atem susurró por detrás a su jefe, sobresaltándolo unos segundos.

Seto se volteó para mirar su sonrisa orgullosa.

Atem planeó la falta de potabilización del agua en la mansión, sabiendo que los sirvientes solo podían tomar de sus botellas de agua. Cuando Seto los reunió en el comedor, su prioridad era que estos bebieran su agua mientras lo escuchaban. Casi todos los sirvientes fueron afectados, y esto nada más les causaría un malestar que les duraría un poco, pero al menos no tendrían el triste recuerdo y cicatriz de tener que servir en la noche a un desconocido.

Sabiendo todo lo que eso significaba.

Seto no iba a negar que fue un plan magnifico, que ni él había pensado. Atem pareció haberse fortalecido bastante de la primera vez que puso un pie en la mansión. El ojiazul podía ver su crecimiento. —Yo también… quiero crecer. — Dijo en su cabeza.

Atem dio unos pasos por el salón, admirando el espacio que había. —Es lindo para bailar, ¿no lo crees? — El joven murmuró.

Seto arqueó una ceja. —¿Quieres bailar? — Extendió su mano. Atem se le quedó mirando con incredulidad, el silencio llenando el salón. —Sin compromisos. — Aclaró.

Atem se acercó lentamente hacia él, como un perro que vacilaba al recibir una croqueta. — ¿No hay cámaras aquí? — Preguntó.

—Isono las está supervisando. No te lo ofrecería si supiera que nos metería en problemas. — Seto respondió, insistiendo. No sabía por qué, pero quería tener este momento con su sirviente.

Sentía que Atem merecía relajarse.

El sirviente tomó la mano de su jefe, sonriendo ligeramente, con sus mejillas tornándose ligeramente de rojo. —No sé bailar. — Atem confesó con timidez.

Seto tiró de su mano y lo acercó más a su cuerpo, llevando su otra mano a la cintura delgada de su sirviente. Sus rostros demasiado juntos. — Sólo sigue mis pasos. — Sin darse cuenta, el ojiazul había dicho esto en forma de susurro, causando un ligero cosquilleo en el estómago de su sirviente.

Atem llevó su mano libre y temblorosa al hombro del castaño, pudiendo admirar lo fuerte y firme que se sentía.

Así estuvieron, sus cuerpos unidos, dando vueltas lentamente por el salón, en el completo y tranquilo silencio, con nada más una potente luz que iluminaba el centro. El tiempo pareció detenerse mientras se miraban fijamente, quedando perdidos en la cálida y cómoda sensación de paz y serenidad.

Atem sintió la necesidad de tararear ligeramente, llamando la atención de su pareja… de baile. Seto sonrió. — Es que hacía falta un poco de música, sólo ayudo al ambiente. — Atem se justificó, tratando de ocultar su vergüenza.

Definitivamente desde que tomó su mano que había comenzado a sentir los fuertes latidos de su corazón reaccionar ante el tacto de Seto Kaiba, de nuevo esta atracción lo estaba afectando y parecía no desaparecer. Solo se volvía más fuerte.

¿Por qué? ¿Qué era lo que tanto le atraía de ese hombre? ¿Por qué le gustaba sentir su cálida respiración rozar su piel?

Estaba agitándose, y no era porque estaba bailando, sino porque la poca distancia y sus cuerpos juntos aceleraba sus palpitaciones, sintiendo un intenso calor que parecía no desaparecer.

Esto tenía que terminar, no podía sentirse así por su jefe. No podía hacerlo.

¿Cómo podría calmar esta extraña necesidad de estar con Seto Kaiba, y sentir su presencia todo el tiempo?

La respuesta la tuvo frente a él, y no tomó la oportunidad. Por supuesto que era un riesgo, esta idea era peligrosa y atrevida, pero tenía que servir de algo, pues ya no aguantaba este sentimiento.

—Seto…— Haría esta propuesta indecente, se atrevería a soltar esas palabras.

—Dime.

Atem tragó saliva y tomó aire. Tenía que hacer esto. —Tengamos sexo. — Esta palabra tuvo un efecto extraño que pareció hacer eco por toda la habitación.

Seto detuvo sus movimientos, sin soltar a Atem. Sintió una fuerte ventisca dentro suyo que causó su congelamiento. Su sirviente no podía estar hablando en serio, tenía que ser una especie de manipulación o broma que estaba jugando. Atem no decía estas cosas.

Un minuto o dos pasaron, que ninguno de los dos dijo nada. Seto trataba de controlar sus temblores internos, mientras que Atem sólo trataba de sentirse más seguro de su decisión.

—Seto, si tuviéramos el compromiso de hacerlo… ¿Lo harías? — Atem se soltó y se alejó unos pasos del ojiazul, tratando de verlo bien de pies a cabeza.

Seto abrió su boca, sintiéndose querer pronunciar algo, pero sin poder lograrlo. Tragó saliva y se acomodó la garganta. —¿Estás hablando en serio? — Su voz salió tan ronca que casi no se entendía.

—¡Por supuesto! — Atem insistió. —No pienso bromear con estas cosas y mucho menos contigo. — Esto último, no supo por qué lo dijo.

Seto dejó salir una silenciosa risita. — No estas obligado a hacerlo, no sé por qué siquiera trajiste este tema de conversación. — El castaño sacudió su cabeza, preparándose para darle la espalda a su sirviente y alejarse. Todo esto era ridículo.

—Parece que no soy tan atractivo como Mai. — Atem soltó, sin saber si fueron celos lo que expresó o nada más una provocación. Seto se volvió a él con su ceño fruncido.

—¿Otra vez con eso? — Se miraron fijamente.

—Pero es cierto, ¿o no? — Atem insistió, apretando los puños sin darse cuenta.

—¿Y a ti que te importa? — Seto se sintió internamente sorprendido de que Atem le estuviera discutiendo esto, ¿acaso él…?

Atem no supo qué responder al principio, pero rápidamente se reincorporó, dejando salir un gruñido. —¡Solo me molesta! — Pegó una ligera patada al suelo. ¿Qué era lo que le molestaba? Ni siquiera él lo tenía claro. —Escucha, si no soy lo suficientemente bueno como para tener sexo contigo, entonces, bien. — Ahora era turno de Atem para darle la espalda, pero pronto una mano en su antebrazo lo detuvo.

Seto tomó su brazo y lo acercó de nuevo hacia él. —Tú no sabes lo que yo quiero, ¿verdad? — El castaño susurró, sintiéndose aturdido de que Atem no pudiera comprenderlo. — Sigo sin entender por qué me pides esto, si siquiera seré tu primera vez. Pero yo no puedo ser quien haga esto contigo. No lo considero justo. — Al decir esto último, añadió un poco más de suavidad a su tono, que consiguió hacer comprender a Atem de las verdaderas intenciones de Seto.

No es que Seto prefiriera a otra persona, sino que lo estaba cuidando, estaba respetando su intimidad y considerando algo tan importante como la primera relación sexual de Atem. Por supuesto que el ojiazul no podía saber si Atem ya había hecho esto o no, pero no se había equivocado.

Atem jamás había tenido sexo, y si lo hiciera con Seto, él sería su primera vez.

¿Se arrepentiría de haberlo hecho? No lo sabía, pero quería quitarse este sentimiento de encima, y hasta ahora Seto parecía una persona adecuada para entregar su virginidad. No es como si antes le hubiera dado vueltas a ese asunto.

Atem lo miró fijamente y llevó su mano al rostro del ojiazul, sintiendo su corazón volver a latir intensamente. —Quiero hacerlo. Es mi decisión. — Respondió suavemente.

Estuvieron largos minutos mirándose, Seto no supo qué decidir, pues para ser honestos, él jamás había tenido relaciones sexuales. Quizás con Mai pudo tener un encuentro íntimo, pero nunca había llegado demasiado lejos. Así que también era considerado virgen.

Otro punto era que, estos días se sentía bastante atraído por su sirviente. Aunque le negara admitirlo, ahora que Atem le planteaba esta situación, esa idea voló por su cabeza. Así que quizás este momento surta efecto y desvaneciera todo deseo reprimido, alejándolo de la atracción que aumentaba cada día.

Seto no hizo más que asentir, llevando al joven a su habitación.


Estaban solos, completamente solos, nada ni nadie iba a detener este momento y finalmente parte de lo que sus sueños mostraban se estaba haciendo realidad. No es como si lo desearan de toda la vida, sólo era un simple encuentro que acabaría con sus impulsos que los cegaban.

Seto estaba recostado sobre su espalda en su cama. Atem estaba encima suyo, sus ojos enfrentándose mientras las pequeñas manos acariciaban su cabello castaño. Ante el primer tacto, la respiración de Seto se tensó, cerrando sus ojos sintiendo una gota de sudor cayendo por su sien. ¿Qué era esta mezcla extraña de nerviosismo y comodidad?

El colchón se hundió ante el peso de ambos cuerpos. Atem se inclinó levemente para besar la mandíbula de su jefe y morder ligeramente, sus manos se aferraban a su pecho, cuando el ojiazul suspiró sosteniendo la cintura del muchacho.

Atem se atrevió a alzar la mirada, y unir sus labios con los del joven debajo suyo, pudiendo sentir aquello que nada más tenía en sus sueños, es decir, pesadillas.

Aunque, esta sensación cálida e intima entre sus cuerpos unidos y sus lenguas acariciándose unas a otras, no sabía cómo describirlo, pero definitivamente no podía llamarse una pesadilla.

Algo estaba seguro, que esta noche acabaría con todos esos sentimientos extraños que ambos sentían.

No supieron cuanto tiempo estuvieron besándose, sin hacer nada más que eso. Quien tomó la iniciativa fue Seto, con sus dedos rozando el borde del cinturón y tratando de pasar por el final de la camisa de Atem, logrando sentir un poco de su suave piel. Aunque pronto escuchó un quejido salir de la boca de él.

No le estaba gustando, quizás era demasiado pronto. El castaño decidió calmar sus impulsos, y no avanzar al paso de quitarse la ropa hasta que Atem lo decidiera.

Atem soltó sus labios para besar el cuello del ojiazul, pasando su lengua y asegurándose de no dejar ninguna marca. Seto cerró sus ojos, sintiendo la calidez subir por su garganta, generando que dejara salir leves jadeos.

Podía acostumbrarse a esto…

¡No! Se suponía que estaban haciendo esto para acabar con esta insoportable atracción y volver a sus situaciones normales donde mantenían una distancia respetable.

Después de esta noche… ¿Eso volvería a existir? ¿Querían tener otra vez esa distancia?

Atem se dejó llevar, y permitió que su mano recorriera el firme abdomen del castaño hasta llegar a su cintura, lentamente intentando acceder a esa zona intima y calurosa.

Pero sintió un apretón en su muñeca que lo detuvo completamente. Atem vio como Seto estaba jadeando nerviosamente, con sus dedos temblorosos actuando instintivamente. Pronto el ojiazul lo soltó, y volteó su rostro. —Lo siento, no puedo hacerlo. — Murmuró.

Atem se acomodó, sintiéndose calmado sin saber por qué, ya que él había comenzado todo esto. Aunque si lo pensaba un poco, estaban apurándose demasiado y ninguno de los dos se encontraba en condiciones para entrar en una situación intima y tocarse el uno al otro, con la sensibilidad que sus cuerpos tenían luego de la tortura recibida durante tanto tiempo.

No estaban listos para algo así.

Atem, de todas formas, apoyó su cabeza en el pecho de Seto. —Está bien, creo que yo tampoco estoy listo. No debí apurarnos. — Dijo suavemente.

—¿Qué? ¿Apurarnos? ¿Siquiera tenemos que hacer esto? — Seto lo apartó de su lado, a pesar de que el pequeño cuerpo de Atem encima suyo se sentía demasiado cómodo. Atem se dio cuenta de la manera en que lo dijo, y por unos segundos quiso retractarse, pero, no lo iba a hacer. —Tú no tienes por qué perder tu virginidad conmigo. Es lo único que te queda de tu vida antes de venir aquí, y no voy a quitarte eso también. ¿Por qué le pediste esto a tu torturador? ¿Recuerdas que soy quien te dejó la espalda con cicatrices? ¿No recuerdas todo lo que hice? Dijiste que besarme sería como besar a un demonio. ¿Qué pasó con todo eso? — Seto insistió, dejando salir esas dudas que no lo dejarían dormir al menos que Atem le contestara ahora.

Aunque, Atem tampoco sabía la respuesta exacta, solo que… —Eres diferente a cuando te conocí la primera vez. Y el hecho de que me protejas así, provoca que me cuestione muchas veces cuál es tu forma de ser. — Confesó. Tragó saliva, con su palma en su pecho, escuchando los latidos de su corazón, se atrevió a decir lo siguiente: — Creo que me gustas.


Adelanto del próximo capitulo:

—¿¡Acaso fue ese maldito sirviente tuyo el que causó todo esto!? — Gozaburo soltó con su voz potente, que era tan fuerte que parecía que iba a reventar las ventanas. Seto se sobresaltó al darse cuenta de quien estaba hablando. —¡Él los envenenó a todos! ¡Es un pequeño demonio! ¡Una sabandija! ¿¡Cómo pudiste permitir que esto pasara!? — Al gritar esto, el hombre tomó a Seto del cuello de su camisa y lo sacudió.

El ojiazul no se sintió temblar ante su brusquedad, pues no era lo peor que recibió de él. Este berrinche que hacía no era nada en comparación con lo que hizo en el pasado.

Gozaburo se dio cuenta de que no podía asustar a su hijo, así que se calmó. Debía pensar en otra cosa.

—Bien, no es tu culpa, no puedes tener mil ojos revisando cada esquina. — Seto se mostró sorprendido ante la repentina calma de su padre, pero sabía que no podía fiarse. —Sin embargo, tendrás que demostrar que todavía sirves de algo. — Al decir esto, Gozaburo apuntó su mirada a uno de sus guardias. —Tráeme a ese sirviente. — Ordenó.

Seto sintió que su corazón se detuvo, ya sabía lo que le pediría hacer, y no tendría otra opción que obedecerlo en cuanto se lo pidiera. Tenía que evitarlo a toda costa, él ya …

Seto no podía lastimar a Atem de nuevo.


Muchas gracias a mi beta reader(Pharah Kaiba) por ayudarme siempre a que la lectura sea comprendida y disfrutable. También gracias a mi aibou y a Shamtal por su gran apoyo!

Pero más que nada, gracias a ustedes por leer esta historia!


El plan de Atem: estuve vagando por muchos sitios web y fuentes de información para poder encontrar la manera de envenenar a los sirvientes de una forma NO mortal. Pensaba día y noche en cómo podrían solucionar esa situación, aunque antes iba a hacer que solo Atem y algunos no sufran de esa regla especifica, pero después me dije que sería injusto. No quería que algunos sufrieran algún tipo de abuso muchisimo más grave.

Ideas separadas: Este capitulo se me había ocurrido hacía bastante, sin embargo, estaba juntado con lo que sucedió con el Bandido Keith, como dije antes, se me había ocurrido que otra persona intentara abusar de Atem, y ese sería el invitado guapo que quería bailar con él. Pero los roles cambiaron, y me adelanté con la idea. Llegando el Bandido Keith, así que el invitado se volvió nada más un cobarde con una sexualidad dudosa.


¡Gracias por leer! ¡Hasta la próxima!